El Consejo de Hierro
Octava Parte: Rehacer » 29
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Aunque era invierno, la temperatura había ascendido de repente. «Sorprendente» no era la palabra: era algo extraño, como si la ciudad estuviera exhalando. Un calor que parecía brotado de las entrañas invadió las calles. El grupo fue con Toro.
Durante dos noches recorrieron las calles, siguiendo a Ori, que se detenía y miraba fijamente todas las pintadas. La inquietud de Qurabin se volvió animal. Toro pasaba un dedo por las marcas de Espiral, encontraba algún signo, asentía y bajaba la cabeza, embestía y desaparecía durante largos minutos, y al fin regresaba y sacudía la cabeza:
—No, ni rastro.
Una vez no pudo encontrarlo; otra, lo encontró, pero en el extremo norte de la ciudad, en el silencio de la colina de la Bandera, grabando sus marcas en las paredes, tan poco asustado por su presencia como siempre. Los demás no podían llegar hasta allí. Ori siguió a Espiral Jacobs por toda la ciudad, pero hasta que no regresara al cabildo de la Perrera, sólo él podría alcanzarlo, y Ori no podía hacer nada por sí solo.
Todos los días habían de vivir con la idea de que el agente de la destrucción de la ciudad estaba libre, de que no podían tocarlo. Cuando podían, trataban de proteger las calles del Colectivo. Desde la orilla del río presenciaron la batalla entre dos trenes que viajaban paralelamente por la línea Dexter, uno colectivista y otro de la milicia, intercambiando tiros por las ventanas.
Hubo una incursión relámpago de dirigibles que esparcieron panfletos sobre ellos. MIEMBROS DEL AUTODENOMINADO «COLECTIVO», decían. EL GOBIERNO DEL ALCALDE TRIESTI NO TOLERARÁ LOS ASESINATOS MASIVOS Y LA CARNICERÍA QUE HABÉIS DESENCADENADO SOBRE NUEVA CROBUZÓN. DESPUÉS DEL CRIMEN DE LA TORRE DE BARRACÁN, TODOS AQUELLOS CIUDADANOS QUE NO PROCUREN FUGARSE ACTIVAMENTE SERÁN CONSIDERADOS CÓMPLICES DE LOS DESPRECIABLES ACTOS DE VUESTROS COMITÉS. ENTREGAOS A LA MILICIA CON LOS BRAZOS EN ALTO Y DICIENDO QUE QUERÉIS RENDIROS, etcétera.
La tercera noche. Allí estaban, en las calles, entre cientos de colectivistas, una última oleada de movilización de todas las razas. Pequeños alfilerazos de magia, prestidigitaciones de luz, aves ilusorias hechas de resplandor creadas por cromotaumaturgia. Los rebeldes convirtieron la noche en un carnaval, como había sido una vez.
Por todas partes la gente corría, empujada por la noticia de una incursión de la milicia, un momento de pánico, un rumor, nada. Bebían, comían la poca y repulsiva comida que habían conseguido o introducido de contrabando entre las líneas milicianas. Reinaba un sentimiento milenarista. Los bebedores brindaban con Judah y Toro y Cutter y los demás al verlos pasar bajo la luz incierta de las farolas de gas, levantando jarras de licor casero y cerveza y aclamándolos en el nombre del Colectivo.
Qurabin gemía. En voz baja, pero siempre audible.
Pasaron por el cruce de Bohrum, cuyas casas convergían formando un triángulo de arquitectura antigua, junto a fuentes secas en las que los huérfanos de la guerra jugaban a alguna tontería y le ataban casquillos de bala a un perro que estaba demasiado enfermo para comérselo. Toro caminaba sin hacer esfuerzos por ocultarse, y los niños los señalaban y vitoreaban.
—¡Eh, Toro, eh, Toro!, ¿qué vas a hacer? ¿A quién vas a matar? —Cutter ignoraba si pensaban que Ori era sólo un hombre con un extraño uniforme o creían que habían visto al famoso bandido aquella noche. Puede que en el exotismo del Colectivo, los dioses y las rarezas arcanas no fueran dignas de asombro.
Rahul caminaba con andares de saurio, y un cuchillo en cada una de sus manos humanas, mascando con sus musculosas mandíbulas de reptil.
—Vamos vamos —decía Qurabin.
Ante cada pared con una pintada Ori se detenía y miraba fijamente con sus refulgentes ojos de Toro. Con un gruñido esforzado, enderezaba las piernas, asomaba a la nada y volvía a aparecer, atravesando un nuevo desgarro a pocos pasos de allí, tan rápido que Cutter creía a veces que sus pies no habían desaparecido aún del primero cuando su cabeza reaparecía a pocos metros de distancia.
—Está aquí —dijo Ori esta vez—. Estación Trauka. Vamos.
A poco más de un kilómetro de allí. Siguiendo el muro que delimitaba la ribera, pasaron por los mercados vacíos, donde aún se levantaban los integumentos de los puestos, costillas de metal pegadas unas a otras, un rebaño de esqueletos. Se aproximaron a Trauka por callejuelas con una fea mezcolanza de arquitecturas, bajo pintadas que proclamaban «territorio del Colectivo», o «que te jodan, Stem Fulcher». Una de estas últimas estaba tachada y a su lado, escrita por una mano diferente, había otra que le respondía «hecho, colega». Toro desaparecía, reaparecía a una calle de distancia, los llamaba con gestos, perforaba la piel de la realidad para asegurarse del camino que seguía su presa, regresaba con el grupo para guiarlo. Como si estuvieran siguiendo a una docena de hombres idénticos con máscara de toro por la ciudad.
El humo y la sangre de milagrosos colores que resbalaba por el casco de Toro eran densos; la cornamenta emitía chispas como si estuviera friccionándola contra algo. Tanta violencia contra la ontología estaba poniendo a prueba los límites de los circuitos taumatúrgicos.
—Vamos —dijo Toro de nuevo, y los llamó con un gesto—. Justo ahí, dos esquinas más allá, izquierda e izquierda otra vez, está moviéndose, vamos.
Judah se detuvo y colocó rápidamente los conductores cerámicos y un embudo en la parte más oscura de un callejón de ladrillos. Hubo un chasquido taumatúrgico. Susurró una invocación… No, no era una invocación —le había explicado a Cutter que la diferencia era crucial— no una invocación sino una creación, una constitución de materia o ideomateria. Cutter observó a Judah mientras éste iba reuniendo la energía. Sintió cómo reptaba el asombro por su propia piel al contemplar al hombre por el que sentía y siempre había sentido un sentimiento tan animal, seguramente el golemista más poderoso de Nueva Crobuzon, un mago autodidacto.
La oscuridad se extendió. El mecanismo de Judah succionaba las sombras. Un plasma tenebroso empezó a desplazarse; se arrastraba como una manta lenta y resentida, una nube de no-luz hecha de sombras, y como una corriente de agua hundiéndose en un sumidero, las tinieblas penetraron girando en el cono, condensándose, oscureciéndose a medida que avanzaban. Los ladrillos que habían abandonado eran una catástrofe de la física, algo totalmente antinatural. No incidía la menor luz sobre ellos, pero con la desaparición de la oscuridad eran claramente visibles, como si los iluminara una luz severa, pero sin color, de un gris perfectamente delimitado. El callejón sin salida se había convertido en un imposible: una visibilidad incolora e iniluminada en medio de una oscuridad absoluta.
Las sombras brotaron por la boca del embudo y adoptaron una forma que era algo a medio camino entre un cuerpo y un charco de aceite, una presencia hecha de oscuridad, carente de solidez pero profundamente presente. Dioses, ¿es esto lo que fuiste a buscar a tu estudio?, pensó Cutter. Había visto a Judah dar vida a centenares de gólems. Pero nunca a uno tan incorpóreo. Judah alzó las manos. El gólem de oscuridad se levantó. Casi tres metros de silueta. Salió a la noche y se volvió medio visible, una sombra entre las sombras, moviéndose como un hombre.
Judah recogió sus instrumentos y susurró:
—¡Vamos!
Echó a correr, y sus compañeros, aturdidos por lo que habían visto, dejaron que pasara un instante antes de recobrar las energías. Junto a él, avanzando con zancadas totalmente silenciosas, se encontraba el gólem, como un gorila hecho de sombras.
A la izquierda y a la izquierda. Por callejones dominados por estalagmitas de mampostería oscura, ventanas sin puertas, acantilados de ladrillo y argamasa que parecían un atisbo de algo inacabado, la tierra detrás de las fachadas.
Toro corría delante de ellos. Uno de sus cuernos estaba cubierto de fuego y vibraba. Les llamó, pero su voz fue engullida por la trepidación del casco, el zumbido, el chisporroteo de los cuernos. Chillando, con el metal de su casco ardiendo, Ori buscó las correas a tientas. Tras un forcejeo momentáneo, logró quitárselo y enderezó la espalda. Tenía el rostro empapado de sudor.
—¡Allí! —señaló.
Había un viejo al otro extremo de la calle, observándolos, con un pincel húmedo en la mano. Se volvió y se alejó corriendo con torpeza hacia la esquina más próxima. Espiral Jacobs.
—¡No lo perdáis de vista! —gritó Ori y corrió tras él, dejando abandonado el casco envuelto en llamas azules. Cutter vio que los ojos de cristal taumatúrgico se agrietaban y el fuego emitía extraños colores y chispas mientras el calor arcano iba devorando el metal. Ya no parecía la cabeza de una estatua sino un cráneo, un cráneo bovino envuelto en llamas.
Trataron de alcanzar a Ori, que corría como si la fuerza de Toro siguiera aún en su interior.
—No paréis, cogedlo —les gritaba.
En los límites de su campo de visión, donde el giro a la izquierda ocultaba la alargada avenida, Jacobs se movía velozmente a pesar de su edad y de sus andares. Judah y Cutter seguían a Ori, secundados por las oscuras zancadas del gólem, y seguidos por Drogon y los demás en orden cambiante. La calle estaba llena de ecos, del ruido de sus pies. No había más sonidos. Ni las detonaciones de la guerra, ni las bocinas, ni los ruidos del Colectivo o de la ciudad del Alcalde. Sólo pasos sobre los ladrillos húmedos.
—¿Adónde va? —gritó Ori. Cutter se volvió y vio que Rahul, que corría dos o tres segundos por detrás, desaparecía momentáneamente al otro lado del recodo y no volvía a aparecer. ¿Dónde estaba? La reconfiguración de Jacobs lo había dejado atrás, en algún otro lugar de Nueva Crobuzon; al doblar la esquina se encontraría saben los dioses dónde.
Jacobs seguía corriendo y, ¿qué era aquello? ¿Riéndose? Aceleraron un poco más y entonces, sobre los tejados volvieron la luz y el sonido. De repente Drogon pareció frenarse, y Jacobs dejó de correr, con el pincel húmedo en la mano, y la avenida terminó y el eco de sus pasos desapareció de repente al emerger a un claro. Sus perseguidores corrieron tras él. Se encontraban bajo un viento helado, de nuevo en la ciudad, al otro lado de aquella imposible avenida.
Rahul había desaparecido, y también Drogon. Habían tropezado y se habían perdido en algún lugar de la geografía errante. Cutter se adelantó. Judah avanzó, acompañado por su gólem de oscuridad, paso a paso. A varios metros de distancia se encontraba Espiral Jacobs. Ni siquiera estaba mirándolos.
¿Dónde estaban? Cutter buscó la luna. Miró entre las torres y las paredes. Estaba medio enclaustrado. Luchó por encontrar sentido a lo que veía: un monolito terminado en punta, y luego otro, y allí un minarete, y allá otro, mucho más grueso y tachonado de luces, y sobre ellos las enormes siluetas de las aeronaves. Habían salido del Colectivo.
Sobre sus cabezas se elevaba una enorme columna coronada de alambres radiales. La Espiga. Se encontraban en un patio de forma irregular. Las paredes estaban hechas de piedras diferentes, en diferentes colores. Un estremecimiento se aproximó a ellos entre el hormigón. Estaban a gran altura. Cutter bajó la mirada y recorrió con ella un horizonte abierto, la ciudad.
La estación de la Calle Perdido. Naturalmente, se encontraban en el inmenso y vacío anfiteatro creado por el azar, tapizado de protuberancias, el pequeño páramo del tejado de la estación. Carente de diseño, un espacio olvidado en medio de aquella vastedad. El pasadizo por el que habían llegado ya no parecía una avenida sino una deformación del hormigón.
El muro, un edificio de enormes ladrillos que les hacían sentirse como muñecos, estaba cubierto por los restos de los pisos de madera de cuando aquel espacio abierto había sido un interior. Estaba totalmente pintarrajeado. Un tupido bosque de espirales, tan alto como un baldaquino. Algunas tan complejas e intrincadas como una maraña de zarzas y otras sencillas como juegos de niños. Miles. Meses de trabajo. Cutter exhaló. Desde lo más alto de la pared descendía una línea negra, cruzando el bosque de pictogramas helicoidales. Una espiral centrada en aquel lugar.
Al otro lado del patio cubierto de polvo de ladrillo y maleza salvaje se encontraba Jacobs, el embajador de Tesh. Estaba trazando imágenes en el aire, y cantaba.
—Está apresurándose —dijo Qurabin. Su voz incorpórea sonó muy próxima—. Tiene que actuar. No estaba preparado, pero ahora va a hacerlo, antes de tiempo… Va a tratar de forzarlo, de traer al thysiaco, el genocispíritu… ¡Estoy percibiéndolo! Rápido —y la voz desapareció.
Ori echó a correr. Al otro lado de la desolación, entre la hierba crecida que la escarcha había vuelto crujiente, la llanura abierta y las luces de Nueva Crobuzon se extendían debajo de él. Los demás lo siguieron, aunque nadie sabía qué hacer.
Espiral Jacobs estaba temblando, y el aire temblaba con él. Un centenar de formas empezaron a cobrar solidez emergiendo de la nada. Cutter vio un parche de aire lechoso, una catarata, que cobraba una forma bulbosa, peristaltizada como un gusano, y se transformaba un pálido banquillo espectral, y luego en un utensilio de cocina flotando sobre su frente. A su lado había un insecto, imposiblemente grande, y una flor, una cazuela y una mano, una vela, una lámpara, todas las manifestaciones que habían estado atormentando a Nueva Crobuzon. Parecían incompletas, levemente deformes y descoloridas, y flotaban en el aire dando vueltas. Y mientras Cutter se aproximaba, las manifestaciones empezaron a desplazarse y a moverse unas alrededor de otras describiendo órbitas cada vez más cortas, una interpenetración de silenciosas trayectorias espirales de complejidad inimaginable. Las cosas no colisionaron ni rozaron a nadie. Se movían rápidamente, centradas en Espiral Jacobs. Un vórtice de mundanidad, lo cotidiano insólito.
Ori empezó a golpearlas. Aún no estaban completas; no estaban succionándole el color. Llegó junto a Espiral Jacobs. El viejo lo miró y le dijo algo: un saludo, supuso Cutter.
Siguió mirando al muchacho mientras trataba de alcanzar a Espiral Jacobs sin ningún éxito. Sus puñetazos estaban constantemente mal dirigidos, mal sincronizados. Ori gritó y cayó de rodillas. Judah estaba un paso por detrás de él y su gólem de oscuridad avanzó.
La gran criatura movió su enorme mano de sombra y la no-luz cubrió a Espiral Jacobs al asirlo. Lo oscureció durante un prolongado momento. Jacobs vaciló y su figura se apagó, secundada por todas las formas ectoplásmicas, que empezaron a nublarse todas a la vez, como lámparas gastadas. Pero regresaron al tiempo que él recobraba las fuerzas y la luz, y entonces gruñó. Demostrando furia por vez primera.
Movió las manos y la bandada de manifestaciones móviles cambió, se aglutinó y se precipitó bruscamente sobre el gólem, dejando un reguero de luz en el núcleo de la criatura. Ésta retrocedió tambaleándose, como un hombre herido, y de nuevo estiró la mano hacia el cuello de Jacobs, imitando los movimientos de Judah. La luz de su núcleo creciendo.
El gólem se tambaleó y se apoyó en sus talones, más borrosos a cada segundo que pasaba, mientras la linterna de sus entrañas iba consumiéndolo. Jacobs se libró de sus manos de sombra. Enseñó su manchada dentadura. Las manifestaciones se apelotonaron como un enjambre de insectos. Jacobs estaba envuelto en una telaraña formada por la oscuridad que el gólem había dejado; estaba ahogándolo. Vomitó un chorro de sombras vacías. Se derramaron sobre el suelo y se alejaron reptando de regreso a sus lugares naturales, a su misión de bloquear la luz. El gólem de oscuridad cayó, y Judah cayó con él, y mientras yacía en el suelo, inerte e inconsciente por un segundo, el gólem desapareció.
Ori estaba llorando. Seguía tratando de alcanzar a Jacobs y seguía sin conseguirlo. Espiral Jacobs no lo miró. Le dio la espalda mientras el miserable muchacho lanzaba un puñetazo, perdía el equilibrio y volvía a intentarlo. Jacobs estiró una mano y Ori salió catapultado en dirección contraria y quedó adherido a una pared. Un puñado de apariciones con forma de tentáculo atravesó el aire, y golpeó a Elsie sin llegar a tocarla, tejiendo un fugaz halo de formas giratorias y descoloridas a su alrededor: un cuenco, un hueso, un pedazo de algodón. El rostro de Elsie se tiñó instantáneamente de gris y perdió el conocimiento con los ojos inyectados en una sangre sin color de sangre. No cayó. Con el mismo cuidado que si se fuera a la cama, se tendió sobre el suelo, se tumbó y murió.
Las manifestaciones giraban tan deprisa que empezaban a perder integridad a ojos vista y parecían fundirse en una especie de remolino de aceite. Espiral Jacobs dibujó otra forma en el aire y todo se convulsionó. Ori estaba temblando en la pared a la que estaba clavado, emitiendo pequeños gemidos.
Judah despertó. Espiral Jacobs movió las manos. Ya no había manifestaciones; en su lugar, el aire era una leche diluida de su residuo, recorrida por regueros de vapor. El esfuerzo de Jacobs era tal que estaba temblando. Estaba extrayendo algo de la nada y temblaba vívidamente. Como aparecida detrás de una roca, o emergiendo de las profundidades, una presencia empezó a insinuarse.
Era muy pequeña, o era muy grande y estaba muy lejos, y al cabo de un segundo pareció mucho más grande de lo que Cutter había pensado o estuvo mucho más cerca, moviéndose muy despacio o enormemente deprisa a lo largo de inmensas distancias. No podía distinguir sus parámetros. No veía nada. La oía. No veía nada. La criatura hacía ruidos. La cosa que Espiral Jacobs estaba invocando, el genocispíritu, el asesino de la ciudad, aulló. Se acercó más y más, como una manta de hiedra, creciendo o elevándose como si estuviera saliendo de un pozo. Emitió un aullido metálico.
Cutter vio que las luces de la ciudad cambiaban por debajo de ellos. A medida que la invisible y palpable criatura se aproximaba, los edificios empezaron a resplandecer. La arquitectura de Nueva Crobuzon refulgía. Las farolas y las luces de la industria se convirtieron en los destellos de sus ojos.
La bestia estaba manifestándose en la propia Nueva Crobuzon. Estaba atravesando la piel de Nueva Crobuzon. ¿O acaso estaba despertando lo que siempre había estado allí? Cutter se dio cuenta de que se aproximaba a ellos porque el muro, el hormigón que había a su lado, no es que cambiara, sino que de repente le pareció el flanco de un animal preparado para atacar. La criatura de Tesh estaba convirtiéndose en un depredador, despertando los instintos de caza de la metrópolis.
Qué grande, qué grande, ¿cuándo dejará de crecer?, pensó Cutter. Sintió una somnolencia, una muerte emergente supurada gota a gota.
—Yo conozco a tus dioses —dijo Qurabin. La cosa seguía aproximándose. Los edificios estaban tensos. De repente, Espiral Jacobs parecía muy asustado.
Qurabin era sólo una voz que se desplazaba por el espacio vacío. El monje parecía histérico, agresivo, ávido de lucha. Estaba insultando a Jacobs. Cutter estaba seguro de que, de no haber perdido el teshi, eso es lo que habrían oído, aquel sonido pausado y gutural. El ragamol era lo que le quedaba.
—El mal de ojo… Es más fácil intimidarlos cuando no saben lo que es, ¿verdad? Pero, ¿y si te enfrentas a uno que sí lo sabe, eh? Otro teshi, ¿alguien capaz de averiguar secretos teshi? Tus secretos.
Espiral Jacobs gritó algo.
—Ya no te entiendo, amigo mío —dijo Qurabin, pero Cutter estaba seguro de que el embajador había dicho «traidor».
—¿Sabes quién soy? —dijo Qurabin.
—Sí, sé quién eres —gritó Jacobs, y, estirando el brazo, envió una voluta de la misma materia de las manifestaciones al lugar del que brotaba la voz, pero el aire arremolinado no encontró resistencia—. Eres un charlatán del Momento.
Judah estaba tratando de levantarse, hundiendo las manos en la tierra que temblaba con el advenimiento de la criatura-espíritu. Estaba tratando de crear un gólem, uno cualquiera, algo.
—Ahí viene —gritó Cutter. La criatura estaba saliendo de su madriguera para emerger a lo real, desplegándose en un número cada vez mayor de conjunciones imposibles. Las dimensiones de los ladrillos y las esquinas de las paredes se combaron al sentir su proximidad. La arquitectura estaba despertando.
—Todos tus pequeños dioses y demiurgos viven en los Momentos, hombre de Tesh. Y mi Momento los conoce. —La voz de Qurabin era tremenda, más poderosa que el rugido de la criatura homicida.
Espiral Jacobs gritó, y su saliva lanzó una lluvia de golpes por la perturbación lechosa. Qurabin rugió y empezó a gritar.
—Tekke Vogu —dijo el monje—, te lo ruego, dime… —y la voz desapareció mientras Qurabin entraba en el lugar en el que el Momento vivía y escuchaba.
Nada se movió. El espíritu naciente parecía suspendido en equilibrio. Entonces volvió a sonar la voz de Qurabin, con un gemido, un terrible dolor, porque había secretos enormes que desvelar. Lo que le habría costado, Cutter no podía ni imaginarlo, pero el monje había perdido algo. Mientras la temblorosa filigrana del Fásmido Urbomaca emergía al espacio regular, convirtiendo los ladrillos, las torres, las veletas y la pizarra de los tejados de Nueva Crobuzon en colmillos y garras terribles, despertaba todo cuando los rodeaba de tal modo que Cutter lanzó un aullido de terror, Qurabin liberó el conocimiento oculto que había obtenido y la criatura fue devuelta a la nada de la que había venido. Se resistió.
Judah envió un tambaleante gólem de tierra contra Jacobs, pero la criatura fue reducida a polvo antes de aproximarse. Estiró los brazos, y trato de crear un gólem de aire, pero una materia blancuzca lo asfixió.
Espiral Jacobs maldijo en teshi, y Qurabin chilló y el espíritu reemprendió su ascenso reptando, pero con una última súplica, una última y aullante petición, Qurabin obligó al colosal y asesino visitante a alejarse. Mientras Espiral Jacobs maldecía, el mismo aire regurgitó una figura. Con el rostro ensangrentado y exhausto, Qurabin el monje sonrió entre sus heridas, sin idioma, sin ojos, vio Cutter. Éste era el precio de los secretos que los habían salvado. Qurabin alargó las manos y agarró al embajador Jacobs y le susurró la que debía de ser la última palabra que le quedaba al teshi renegado, y entonces regresó a un auténtico secreto, a un lugar oculto, a los dominios de Tekke Vogu. El aire parpadeó tras ellos, y, junto con el Urbomaca, engullidos por el espacio, desaparecieron.
Sólo quedó el fulgor del aire. Empezó a espesarse, moviéndose y goteando como la clara de huevo en agua caliente, hasta formar una solidez apestosa. Goteó como la orina, cayó en grumos, en una lluvia mucosa, y el cielo y el aire quedaron vacíos.
Se hizo un silencio, y luego cesó, y Cutter volvió a oír los sonidos de la guerra. Se aproximó a Judah entre los escombros y vio que, aturdido y cubierto por el olor de la disolución de las manifestaciones, trataba de levantarse. Vio a Ori, inmóvil, enclavado de algún modo en el ladrillo, sangrando. El cuerpo de Elsie, una nada grisácea. No vio nada en el aire. Cutter vio que Qurabin, Espiral Jacobs y el asesino de la ciudad habían desaparecido.