Dune
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Intentar comprender a Muad’Dib sin comprender a sus mortales enemigos, los Harkonnen, es intentar ver la Verdad sin conocer la Mentira. Es intentar ver la Luz sin conocer las Tinieblas. Es imposible.
De Manual de Muad’Dib, por la princesa Irulan
Era la esfera de un mundo, parcialmente en las sombras, que giraba bajo el impulso de una gruesa mano llena de brillantes anillos. La esfera estaba sujeta a un soporte articulado fijo a la pared de una estancia sin ventanas, cuyas otras paredes presentaban un mosaico multicolor de pergaminos, librofilms, cintas y bobinas. La luz, procedente de globos dorados suspendidos en sus campos móviles, iluminaba vagamente la estancia.
En el centro del lugar había un escritorio elipsoide revestido de madera de elacca petrificada de color rosa jade. A su alrededor se hallaban algunas sillas monoformes a suspensor. Dos estaban ocupadas. En una de ellas se sentaba un joven de cabello negro, de unos dieciséis años, de cara redonda y ojos tristes. El otro era un hombre pequeño y delgado de rostro afeminado.
Tanto el joven como el hombre contemplaban la esfera y al hombre que la hacía girar desde la penumbra.
Una risa ahogada surgió junto a ella y dejó paso a una voz grave y retumbante:
—Aquí está, Piter. El mayor cepo de toda la historia. Y el duque se apresura a colocarse de buen grado entre sus fauces. ¿No es un magnífico plan preparado por mí, el barón Vladimir Harkonnen?
—Por supuesto, barón —dijo el hombre. Su voz era de tenor, con una cualidad suave y musical.
La gruesa mano descendió hacia la esfera y detuvo su rotación. Todos los ojos de la estancia podían ahora contemplar la superficie inmóvil y ver que se trataba de una esfera hecha para los más ricos coleccionistas o los gobernadores planetarios del Imperio. Todas sus características eran propias de los artesanos imperiales. Las líneas de longitud y latitud estaban marcadas con alambres de platino finos como cabellos. Los casquetes polares eran maravillosos diamantes incrustados.
La gruesa mano se movió y recorrió los detalles de la superficie.
—Os invito a observar —retumbó la voz de bajo—. Observa bien, Piter, y tú también, Feyd-Rautha, querido: los exquisitos repliegues que hay desde los sesenta grados norte hasta los setenta grados sur. ¿No os recuerdan esos colores a un dulce caramelo? No veréis en ningún lugar el azul de los lagos, ríos o mares. Observad también esos encantadores casquetes polares… tan pequeños. ¿Puede alguien equivocarse al identificarlo? ¡Arrakis! Es un lugar único. Un escenario soberbio para una victoria singular.
Una sonrisa distendió los labios de Piter.
—Y pensar, barón, que el emperador Padishah cree haber ofrecido al duque vuestro planeta de especia. Qué enternecedor.
—Es una observación absurda —gruñó el barón—. Lo dices para confundir al joven Feyd-Rautha, pero no es necesario confundir a mi sobrino.
El joven de mirada triste se agitó en la silla y se alisó una arruga de sus medias negras. Luego se envaró al oír una discreta llamada en la puerta que se encontraba a su espalda.
Piter se levantó de improviso de la silla, se dirigió a la puerta y la abrió lo suficiente para coger el cilindro de mensajes que le tendían. Volvió a cerrarla, lo desenrolló y lo leyó. Rio en voz baja. Volvió a reír.
—¿Y bien? —preguntó el barón.
—¡El idiota ha respondido, barón!
—¿Desde cuándo un Atreides rechaza la oportunidad de actuar? —preguntó el barón—. Bien, ¿qué dice?
—Es una respuesta un tanto ordinaria, barón. Se dirige a vos como «Harkonnen»… sin el «Sire et cher Cousin», sin ningún título, sin nada.
—Es un buen nombre —gruñó el barón, y su impaciencia traicionó al tono de su voz—. ¿Y qué dice mi querido Leto?
—Dice: «Rechazo tu oferta de una reunión. He tenido que enfrentarme a tus engaños en incontables ocasiones, todo el mundo lo sabe».
—¿Y bien? —preguntó el barón.
—Continúa: «El arte del kanly tiene aún sus admiradores en el seno del Imperio». Y firma: «Duque Leto de Arrakis». —Piter se echó a reír—. ¡De Arrakis! ¡Oh, eso sí que es bueno!
—Silencio, Piter —dijo el barón, y la risa del otro se cortó como si alguien hubiera pulsado un interruptor—. ¿Kanly, dice? —preguntó—. Venganza, ¿eh? Y ha empleado ese antiguo término tan cargado de tradición para que entendiera bien lo que quería decir.
—Habéis hecho el gesto de paz —dijo Piter—. Habéis respetado las formalidades.
—Hablas demasiado para ser un mentat, Piter —dijo el barón. Y pensó: «Voy a tener que deshacerme de él tan pronto como pueda. Ya casi no tiene utilidad alguna». Miró a su mentat asesino, que se encontraba al otro lado de la habitación, y observó en él el detalle que la gente notaba en primer lugar: los ojos, dos hendiduras azules con un azul más intenso en su interior, sin la menor traza de blanco.
Una breve sonrisa cruzó el rostro de Piter, similar a la mueca de una máscara bajo aquellos ojos parecidos a dos profundos pozos.
—¡Pero, barón! Nunca una venganza ha sido más hermosa. El plan constituye la traición más exquisita: hacer que Leto cambie Caladan por Dune… sin la menor alternativa, puesto que se trata de una orden del emperador. ¡Menuda ocurrencia!
—Hablas demasiado, Piter —dijo el barón con voz fría.
—Es que soy feliz, mi barón. Mientras que a vos… a vos os corroe la envidia.
—¡Piter!
—¡Ajá, barón! ¿No es lamentable que hayáis sido incapaz de concebir por vos mismo tal exquisito plan?
—Algún día haré que te estrangulen, Piter.
—Por supuesto, barón. ¡En fin! Pero hay que agradecer las buenas acciones, ¿no?
—¿Has mascado verite o semuta, Piter?
—La verdad sin miedo sorprende al barón —dijo Piter. Su rostro se convirtió en la caricatura de una hilarante máscara—. ¡Ja, ja! Pero, barón, tened en cuenta que soy un mentat y sé el momento exacto en que me mandaréis ejecutar. Evitaréis hacerlo mientras aún pueda seros útil. Precipitaros sería un despilfarro, puesto que aún os soy muy aprovechable. Es justo lo que os ha enseñado ese adorable planeta, Dune: no despilfarrar nunca. ¿No es cierto, barón?
El barón continuó mirando a Piter.
Feyd-Rautha se estremeció en la silla.
«¡Esos locos pendencieros! —pensó—. Mi tío no puede hablarle a su mentat sin discutir. ¿Creen que los demás no tenemos otra cosa que hacer sino escuchar sus disputas?».
—Feyd —dijo el barón—. Cuando te invité, te dije que escucharas y aprendieras. ¿Estás aprendiendo?
—Sí, tío. —La voz sonaba prudente y respetuosa.
—A veces me cuestiono la actitud de Piter —dijo el barón—. Yo causo dolor a los demás por necesidad, pero él… Juraría que se congratula de ello. Yo soy capaz de sentir piedad por el pobre duque Leto. El doctor Yueh se volverá contra él muy pronto, y será el fin de todos los Atreides. Pero seguro que Leto sabrá cuál es la mano que guía a ese maleable doctor… y saberlo será algo terrible para él.
—Entonces ¿por qué no habéis ordenado al doctor que le clave un kindjal en las costillas, serena y eficientemente? —preguntó Piter—. Habláis de piedad, pero…
—El duque debe saber que soy yo quien lo ha condenado —dijo el barón—. Y servirá de ejemplo para el resto de las Grandes Casas. Las frenará un poco, así tendré algo más de maniobrabilidad. Es necesario, sin duda, pero eso no quiere decir que me guste.
—¡Maniobrabilidad! —se mofó Piter—. El emperador ya se ha fijado en vos, barón. Sois demasiado atrevido. Llegará el día en que envíe una o dos legiones de sus Sardaukar a desembarcar aquí, en Giedi Prime, y ese será el fin del barón Vladimir Harkonnen.
—Te gustaría ser testigo de ello, ¿verdad, Piter? —preguntó el barón—. Cuánto disfrutarías viendo las formaciones Sardaukar arrasando mis ciudades y saqueando este castillo. Estoy seguro de que sería todo un deleite para ti.
—¿Tenéis necesidad de preguntarlo siquiera, barón? —susurró Piter.
—Tendrías que haber sido bashar de uno de sus Cuerpos —dijo el barón—. Te interesan demasiado la sangre y el dolor. Quizá me haya precipitado demasiado al prometerte el botín de Arrakis.
Piter recorrió la estancia con pasos curiosamente cortos y se detuvo justo detrás de Feyd-Rautha. El ambiente de la habitación era tenso, y el joven alzó los ojos y frunció el ceño al sentir detrás a Piter.
—No juguéis con Piter, barón —dijo Piter—. Me prometisteis a la dama Jessica. Me la prometisteis.
—¿Para qué, Piter? —preguntó el barón—. ¿Para más dolor?
Piter lo miró y se sumió en el silencio.
Feyd-Rautha movió la silla a suspensor hacia un lado.
—Tío, ¿tengo que quedarme? Dijiste que…
—Mi querido Feyd-Rautha se impacienta —dijo el barón. Se agitó en las sombras junto a la esfera—. Paciencia, Feyd. —Luego se volvió a centrar en el mentat—. ¿Y el duquecito, querido Piter, el chico Paul?
—La trampa le traerá directamente a nuestras manos, barón —murmuró Piter.
—No he preguntado eso —dijo el barón—. Te recuerdo que predijiste que la bruja Bene Gesserit le daría una hija al duque. Te equivocaste, ¿eh, mentat?
—No suelo equivocarme a menudo, barón —dijo Piter, y por primera vez hubo miedo en su voz—. Estaréis de acuerdo en eso al menos: no me equivoco a menudo. Y vos sabéis bien que esas Bene Gesserit suelen engendrar hijas. Incluso la consorte del emperador solo ha parido hembras.
—Tío —dijo Feyd-Rautha—, dijiste que aquí habría algo importante para mí y…
—Oíd a mi sobrino —dijo el barón—. Aspira a controlar mi baronía y ni siquiera sabe controlarse a sí mismo. —Se movió tras la esfera, una sombra entre las sombras—. Bien, Feyd-Rautha Harkonnen, te he hecho venir aquí con la esperanza de poder enseñarte un poco de sabiduría. ¿Has observado a nuestro buen mentat? Tendrías que haber sacado algo en claro de nuestra conversación.
—Pero, tío…
—Este Piter es un mentat muy eficiente, ¿no crees, Feyd?
—Sí, pero…
—¡Ah! ¡Ahí está: «pero…»! Consume demasiada especia, como si fueran bombones. ¡Mira sus ojos! Se diría que acaba de llegar de una excavación arrakena. Es eficiente, ese Piter, pero también emocional y propenso a arrebatos apasionados. Eficiente, sí, pero también se equivoca.
—¿Me habéis hecho llamar para deteriorar mi eficiencia con vuestras críticas, barón? —dijo Piter con voz baja y grave.
—¿Deteriorar tu eficiencia? Me conoces bien, Piter. Solo quería que mi sobrino comprendiese las limitaciones de un mentat.
—¿Acaso estáis adiestrando ya a mi sustituto? —inquirió Piter.
—¿Reemplazarte a ti? Vamos, Piter, ¿dónde encontraría yo a otro mentat con tu astucia y tu veneno?
—En el mismo lugar donde me encontrasteis a mí, barón.
—Quizá deba hacerlo —meditó el barón—. Te he visto un poco inestable últimamente. ¡Y consumes mucha especia!
—¿Mis placeres son demasiado caros, barón? ¿Os oponéis a ello?
—Mi querido Piter, tus placeres son lo que te atan a mí. ¿Cómo podría oponerme? Solo deseaba que mi sobrino fuese testigo de ello.
—¿Así que estoy en exhibición? —dijo Piter—. ¿Tengo que bailar? ¿Debo mostrar mis variadas capacidades al eminente Feyd-Rau…?
—Eso es —dijo el barón—. Estás en exhibición. Ahora cállate. —Se volvió hacia Feyd-Rautha y se fijó en que los labios del joven, carnosos y expresivos, la marca genética de los Harkonnen, estaban curvados en una sutil mueca divertida—. Eso es un mentat, Feyd. Ha sido adiestrado y condicionado para realizar algunas tareas. Pero no debemos olvidar que se encuentra encerrado dentro de un cuerpo humano. Es un gran inconveniente. A veces pienso que los antiguos acertaron al crear esas máquinas pensantes.
—Eran juguetes comparadas conmigo —gruñó Piter—. Incluso vos, barón, podríais superar a esas máquinas.
—Quizá —dijo el barón—. Ah, bueno… —Inspiró profundamente y eructó—. Ahora, Piter, describe para mi sobrino las líneas generales de nuestra campaña contra la Casa de los Atreides. Cumple tus funciones como mentat, por favor.
—Barón, os advertí que no había que confiar a un hombre tan joven esa información. Mis observaciones sobre…
—Seré yo quien lo valore —dijo el barón—. Te he dado una orden, mentat. Cumple una de tus muchas funciones.
—De acuerdo —dijo Piter. Se envaró y reflejó una extraña actitud de dignidad… que no era más que otra máscara, aunque esta se reflejaba en todo su cuerpo—. Dentro de pocos días estándar, toda la familia del duque Leto embarcará rumbo a Arrakis en una nave de la Cofradía Espacial. La Cofradía los dejará en la ciudad de Arrakeen, y no en nuestra ciudad de Carthag. El mentat del duque, Thufir Hawat, habrá llegado a la acertada conclusión de que Arrakeen es más fácil de defender.
—Escucha con atención, Feyd —dijo el barón—. Observa los planes en los planes de los planes.
Feyd-Rautha asintió mientras pensaba: «Esto ya me gusta más. El viejo monstruo ha decidido al fin dejarme formar parte de sus secretos. Lo que quiere decir que de verdad pretende hacerme su heredero».
—Hay varias posibilidades tangenciales —dijo Piter—. He señalado que la Casa de los Atreides irá a Arrakis, pero aun así no debemos ignorar la posibilidad de que el duque haya firmado un contrato para que la Cofradía le lleve a un lugar seguro fuera del Sistema. En circunstancias similares, otros han renegado de sus Casas, cogido las atómicas y los escudos familiares y huido lejos del Imperio.
—El duque es demasiado orgulloso para hacer algo así —dijo el barón.
—Es una posibilidad —dijo Piter—. De todos modos, el resultado sería el mismo para nosotros.
—¡No, no sería el mismo! —gruñó el barón—. Quiero que desaparezcan, él y su linaje.
—Eso es lo más probable —dijo Piter—. Hay ciertas señales que indican que una Casa se dispone a renegar. No parece haber indicios de que el duque se esté preparando para ello.
—Sigue pues, Piter —suspiró el barón.
—En Arrakeen —continuó el mentat—, el duque y su familia ocuparán la Residencia, que antes fue la casa del conde y la dama Fenring.
—El Embajador de los Contrabandistas —rio el barón.
—¿Embajador de quién? —preguntó Feyd-Rautha.
—Tu tío ha hecho un chiste —explicó Piter—. Llama al conde Fenring Embajador de los Contrabandistas debido al interés que tiene el emperador por las operaciones de contrabando en Arrakis.
Feyd-Rautha dedicó a su tío una mirada perpleja.
—¿Por qué?
—No seas estúpido, Feyd —restalló el barón—. La Cofradía no está bajo el control imperial, ¿cómo iba a estarlo? ¿Cómo viajarían los espías y asesinos de no ser así?
La boca de Feyd-Rautha articuló un silencioso «vaaaya».
—Hemos dispuesto algunas distracciones en la Residencia —dijo Piter—. Habrá un atentado contra la vida del heredero de los Atreides… un atentado que quizá tenga éxito.
—¡Piter! —rugió el barón—. Me dijiste…
—Os dije que pueden producirse accidentes —dijo Piter—. Y esta tentativa de asesinato debe parecer auténtica.
—Bien, pero el chico tiene un cuerpo tan joven y tierno —dijo el barón—. Sin duda tiene visos de convertirse en alguien más peligroso que su padre, a sabiendas de que esa bruja de su madre lo ha adiestrado. ¡Maldita mujer! Bueno, continúa, Piter, por favor.
—Hawat habrá descubierto que tenemos un agente infiltrado entre ellos —dijo Piter—. El doctor Yueh es el sospechoso más obvio, y de hecho es nuestro agente. Pero Hawat lo ha investigado y descubierto que el doctor se ha graduado en la Escuela Suk con Condicionamiento Imperial, lo que proporciona una supuesta seguridad incluso aunque se trate del propio emperador. Se confía más de la cuenta en el Condicionamiento Imperial. Se da por hecho que es un condicionamiento definitivo y que no se puede eliminar sin matar al sujeto. Sin embargo, como alguien dijo hace mucho tiempo, con el punto de apoyo adecuado es posible hasta mover el mundo. Nosotros encontramos el punto de apoyo capaz de mover al doctor.
—¿Cómo? —preguntó Feyd-Rautha. Estaba fascinado.
«¡Todo el mundo sabe que es imposible eliminar el Condicionamiento Imperial!».
—En otra ocasión —dijo el barón—. Continúa, Piter.
—En lugar de Yueh —dijo Piter—, vamos a colocar a otro sospechoso más interesante ante la mirada de Hawat. La audacia de esta sospechosa será lo que más llame la atención del mentat.
—¿Una mujer? —preguntó Feyd-Rautha.
—La mismísima dama Jessica —dijo el barón.
—¿No es sublime? —preguntó Piter—. La mente de Hawat quedará tan afectada que mermarán sus funciones de mentat. Incluso podría intentar matarla. —Piter frunció el ceño—. Pero no creo que sea capaz.
—Y no deseas que lo haga, ¿eh? —preguntó el barón.
—No me distraigáis —dijo Piter—. Además de estar ocupado con la dama Jessica, distraeremos la atención de Hawat con rebeliones en algunas guarniciones y otros lugares similares. Conseguirán controlarlas. El duque tiene que creer que domina la situación. Después, cuando el momento sea propicio, enviaremos una señal a Yueh y avanzaremos con el grueso de nuestras fuerzas…
—Continúa, cuéntamelo todo —dijo el barón.
—Los atacaremos apoyados por dos legiones de Sardaukar disfrazados con ropas Harkonnen.
—¡Sardaukar! —exclamó Feyd-Rautha. Evocó las terribles tropas imperiales, los despiadados asesinos, los soldados fanáticos del emperador Padishah.
—Ahora sabes hasta qué punto confío en ti, Feyd —dijo el barón—. Nada de lo que has escuchado debe llegar a oídos del resto de las Grandes Casas, ya que de ser así el Landsraad podría unirse contra la Casa Imperial, y sería el caos.
—Esto es lo más importante —dijo Piter—: como se va a usar la Casa de los Harkonnen para realizar el trabajo sucio del emperador, nosotros conseguiremos cierta ventaja. Una peligrosa, sin duda, pero que si usamos con prudencia puede proporcionar a nuestra Casa muchas más riquezas de las que poseen el resto de las Casas Imperiales.
—Ni te imaginas la cantidad de riquezas de las que hablamos, Feyd —dijo el barón—. Ni en tus sueños más delirantes. Para empezar, conseguiremos un puesto irrevocable en la dirección de la Compañía CHOAM.
Feyd-Rautha asintió. La riqueza era lo único importante. La CHOAM era la clave para conseguirla, ya que todas las Casas nobles hundían sus manos en las arcas de la compañía todo lo que dichos puestos directivos les permitían. Esos directorios de la CHOAM constituían el verdadero poder político en el Imperio y cambiaban de acuerdo con los votos de las inestables fuerzas del Landsraad, que servían de equilibrio frente al emperador y sus partidarios.
—El duque Leto —dijo Piter— puede buscar refugio entre la nueva escoria Fremen que vive en la frontera con el desierto. O puede que intente enviar a su familia a esa imaginaria seguridad. Pero uno de los agentes de Su Majestad evitará que pueda llegar a ocurrir: el ecólogo planetario. Seguramente lo recordarás. Kynes.
—Feyd lo recuerda —aseguró el barón—. Continúa.
—No le gustan mucho los detalles, barón —dijo Piter.
—¡Te ordeno que continúes! —rugió el barón.
Piter se encogió de hombros.
—Si todo marcha según lo planeado —dijo—, la Casa de los Harkonnen tendrá un subfeudo en Arrakis dentro de un año estándar. Tu tío obtendrá la administración de ese feudo. Su agente personal dominará Arrakis.
—Más beneficios —dijo Feyd-Rautha.
—Exacto —dijo el barón. Y pensó: «Es lo justo. Fuimos nosotros los que conseguimos controlar Arrakis… a excepción de esos pocos mestizos Fremen que se esconden al borde del desierto… y de unos pocos e inofensivos contrabandistas que tienen relaciones más estrechas con el planeta que los propios trabajadores indígenas».
—Y las Grandes Casas sabrán entonces que el barón ha destruido a los Atreides —dijo Piter—. Todas lo sabrán.
—Vaya si lo sabrán —espetó el barón.
—Y lo mejor de todo —dijo Piter— es que el duque también lo sabrá. Ya lo sabe, de hecho. Ya presiente la trampa.
—Es cierto que el duque lo sabe —dijo el barón con la voz un tanto compungida—. Y no puede hacer nada… Qué triste.
El barón se alejó de la esfera de Arrakis. Cuando emergió de las sombras, su silueta adquirió otra dimensión… grande e inmensamente gruesa. Los sutiles movimientos de sus protuberancias bajo los pliegues de su oscura ropa revelaban que sus grasas estaban sostenidas en parte por suspensores portátiles anclados a sus carnes. Debía de pesar en realidad unos doscientos kilos estándar, pero sus pies tan solo sostenían cincuenta de ellos.
—Tengo hambre —gruñó el barón al tiempo que se frotaba los gruesos labios con su mano cubierta de anillos y miraba a Feyd-Rautha con unos ojos enterrados en grasa—. Pide que nos traigan comida, querido. Tomaremos algo antes de retirarnos.