Dune

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Libro primero: Dune » Capítulo 3

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Así habló Santa Alia del Cuchillo: «La Reverenda Madre debe combinar las artes de seducción de una cortesana con la intocable majestuosidad de una diosa virgen, y mantener dichos atributos en tensión tanto tiempo como subsistan las facultades de su juventud. Pues una vez se hayan ido belleza y juventud, descubrirá que el lugar intermedio ocupado antes por la tensión se ha convertido en una fuente de astucia y de recursos infinitos».

De Muad’Dib, comentarios familiares, por la princesa Irulan

—Bueno, Jessica, ¿qué querías decirme? —preguntó la Reverenda Madre.

Había llegado a Castel Caladan el crepúsculo del día en que Paul había sufrido su prueba. Las dos mujeres estaban solas en el salón matutino de Jessica mientras Paul esperaba en la Sala de Meditación, una estancia adyacente e insonorizada.

Jessica se encontraba de pie ante las ventanas que se abrían al sur. Miró sin ver las coloreadas nubes vespertinas, más allá del prado y del río. Oyó sin escuchar la pregunta de la Reverenda Madre.

Ella también había sufrido la prueba… hacía muchos años. Una jovencita delgada de cabellos color bronce y con el cuerpo torturado por los vientos de la pubertad había entrado en el estudio de la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam, Censora Superior de la escuela Bene Gesserit en Wallach IX. Jessica se contempló la mano derecha, cerró los dedos y recordó el dolor, el terror, la rabia.

—Pobre Paul —susurró.

—¡Te he hecho una pregunta, Jessica! —La voz de la anciana era brusca, imperativa.

—¿Qué? Oh… —Jessica dejó a un lado el pasado y se centró en la Reverenda Madre, que estaba sentada con la espalda apoyada en la pared de piedra, entre las dos ventanas occidentales—. ¿Qué queréis que os diga?

—¿Que qué quiero que me digas? ¿Que qué quiero que me digas? —La vieja voz tenía un tono de burla cruel.

—¡Sí, he tenido un hijo! —estalló Jessica. Y sabía que la habían arrastrado a esa situación deliberadamente.

—Se te había ordenado que solo engendrases hijas para los Atreides.

—Significaba tanto para él —se justificó Jessica.

—¡Y, en tu orgullo, pensaste que podías engendrar al Kwisatz Haderach!

Jessica irguió la cabeza.

—Tuve en cuenta la posibilidad.

—Solo tuviste en cuenta el deseo de tu duque de tener un varón —espetó la anciana—. Y sus deseos no tienen nada que ver con esto. Una hija Atreides hubiera podido casarse con un heredero Harkonnen, y la brecha hubiera quedado cerrada. Lo has complicado todo sin remedio. Ahora corremos el riesgo de perder ambas líneas genéticas.

—No sois infalible —dijo Jessica. Sostuvo la mirada de aquellos ancianos ojos.

—Lo hecho hecho está —dijo al fin la anciana.

—Juré que nunca lamentaría mi decisión —dijo Jessica.

—Muy notable por tu parte —se mofó la Reverenda Madre—. Sin lamentos. Ya veremos cuando le pongan precio a tu cabeza y cuando todas las manos se alcen contra tu vida y la de tu hijo.

Jessica palideció.

—¿No hay alternativa?

—¿Alternativa? ¿Cómo puede una Bene Gesserit preguntar algo así?

—Solo quiero saber el futuro que habéis visto con vuestros poderes superiores.

—Veo en el futuro lo mismo que he visto en el pasado. Conoces bien nuestros asuntos, Jessica. La especie sabe que es mortal y teme el estancamiento de su legado. Lo llevamos en la sangre… Portamos la necesidad de mezclar las características genéticas sin una planificación. El Imperio, la Compañía CHOAM y todas las Grandes Casas no son más que pecios arrastrados por la marea.

—La CHOAM —murmuró Jessica—. Supongo que ya ha decidido cómo repartirá los despojos de Arrakis.

—¿Qué es la CHOAM sino una veleta que se mueve al soplo de nuestro tiempo? —dijo la anciana—. El emperador y sus amigos controlan actualmente un cincuenta y nueve coma sesenta y cinco por ciento de los votos del directorio de la Compañía. Se ha dado cuenta sin duda de los beneficios que hay en juego y, cuando el resto también lo haga, la potencia de sus votos se verá incrementada. La historia funciona así, muchacha.

—Justo lo que necesito ahora —dijo Jessica—. Una clase de historia.

—¡No seas sarcástica, niña! Conoces tan bien como yo los poderes que nos rodean. Nuestra civilización tiene tres vértices: la Casa Imperial enfrentada en igualdad de condiciones a las Grandes Casas Federadas del Landsraad y, entre ellas, la Cofradía y su maldito monopolio de transportes interestelares. A nivel político se forma un triángulo muy inestable, uno que ya sería malo de por sí sin añadirle las complicaciones de una cultura comercial feudal que da la espalda a la mayor parte de la ciencia.

—Pecios arrastrados por la marea… —repitió Jessica con amargura—. Y esos pecios son el duque Leto, también su hijo y también…

—Oh, cállate, muchacha. Cuando entraste en este juego sabías muy bien el avispero con el que te ibas a topar.

—Soy una Bene Gesserit —citó Jessica—. Existo tan solo para servir.

—Exacto —dijo la anciana—. Y esperemos que todo esto no provoque una conflagración general, a fin de preservar todo lo que podamos de las líneas genéticas más importantes.

Jessica cerró los ojos y sintió el escozor de las lágrimas a punto de brotar. Reprimió el temblor interno que la sacudía, también el externo, los jadeos, el batir irregular del pulso, el sudor de sus palmas. Luego dijo:

—Pagaré por mis errores.

—Y tu hijo pagará contigo.

—Lo protegeré tanto como pueda.

—¡Protegerlo! —espetó la anciana—. ¡Sabes bien que es un error! Si lo proteges demasiado, Jessica, nunca será lo suficientemente fuerte como para alcanzar ningún destino.

Jessica se giró y miró hacia las sombras cada vez más densas que se cernían al otro lado de la ventana.

—¿De verdad es tan terrible ese planeta, Arrakis?

—Lo es, pero no del todo. La Missionaria Protectiva pasó por el lugar y lo mejoró un poco. —La Reverenda Madre se puso en pie y se alisó un pliegue de su vestido—. Dile al muchacho que venga. Debo irme pronto.

—¿Debéis?

La voz de la anciana se suavizó:

—Jessica, muchacha, me gustaría estar en tu lugar y asumir tus sufrimientos. Pero cada una de nosotras debe seguir su propio camino.

—Lo sé.

—Para mí eres tan querida como cualquiera de mis otras hijas, pero no debo dejar que esto interfiera con el deber.

—Comprendo… la necesidad.

—Ambas comprendemos lo que has hecho y por qué lo has hecho, Jessica. Pero la bondad me obliga a decirte que hay pocas esperanzas de que tu hijo sea Totalmente Bene Gesserit. No albergues muchas esperanzas.

Jessica se enjugó las lágrimas que se le habían formado en los pliegues de los párpados. Era un gesto de rabia.

—Conseguís que me vuelva a sentir como una chiquilla que recita su primera lección. —Se obligó a recitar las palabras—: «Los humanos no deben someterse nunca a los animales». —La sacudió un brusco sollozo. Luego, dijo en un murmullo—: He estado tan sola.

—Forma parte de la prueba —dijo la anciana—. Los humanos están solos casi siempre. Ahora, llama al chico. Ha sido un día largo y terrible para él. Pero ha tenido suficiente tiempo para reflexionar y recordar, y debo hacerle otras preguntas acerca de sus sueños.

Jessica asintió, se dirigió hacia la puerta de la Sala de Meditación y la abrió.

—Paul, entra, por favor.

Paul obedeció con reluctante lentitud. Miró a su madre como si fuera una extraña. Sus ojos se posaron circunspectos en la Reverenda Madre, pero esta vez solo inclinó ligeramente la cabeza, como si se dirigiera a un igual. Oyó a su madre cerrar la puerta detrás de él.

—Joven —dijo la anciana—, volvamos al asunto de tus sueños.

—¿Qué queréis saber? —preguntó él.

—¿Sueñas cada noche?

—No sueños que merezcan la pena ser recordados. Los recuerdo todos, pero algunos merecen ser recordados y otros no.

—¿Cómo los distingues?

—Simplemente lo sé.

La anciana miró a Jessica y luego volvió a centrarse en Paul.

—¿Qué soñaste anoche? ¿Era de los que merece la pena?

—Sí. —Paul cerró los ojos—. Soñé con una caverna… y con agua… y había una chica… muy delgada y con grandes ojos. Eran totalmente azules, sin blanco. Le hablaba de vos, le decía que había visto a la Reverenda Madre en Caladan.

Paul abrió los ojos.

—¿Y lo que le contabas a esa extraña chica era lo que ha ocurrido hoy?

Paul reflexionó un instante y luego dijo:

—Sí. Le dije a la chica que vos habíais venido y que me habíais marcado con un sello de extrañeza.

—Un sello de extrañeza —murmuró la anciana, que volvió a mirar a Jessica para luego volver a centrarse en Paul—. Ahora, dime la verdad, Paul: ¿tienes a menudo esos sueños en los que ocurren cosas que luego se repiten en la realidad exactamente a como las has soñado?

—Sí. Y ya había soñado con esa chica antes.

—¿Oh? ¿La conoces?

—La conoceré.

—Háblame de ella.

Paul volvió a cerrar los ojos.

—Estamos en un pequeño lugar entre rocas, a cubierto. Es casi de noche, pero hace calor y veo arena en el exterior, a través de las rocas. Estamos… esperando algo… a que yo vaya a reunirme con alguien. Ella está aterrada, pero intenta ocultármelo, y yo estoy emocionado. Me dice: «Vuelve a hablarme de las aguas de tu mundo natal, Usul». —Paul abrió los ojos—. ¿No es extraño? Mi mundo natal es Caladan. Nunca he oído hablar de un planeta llamado Usul.

—¿Hay algo más en ese sueño? —interrumpió Jessica.

—Sí. He llegado a pensar que a quien llama Usul es a mí —dijo Paul—. Acaba de ocurrírseme ahora. —Volvió a cerrar los ojos—. Me pide que le hable de las aguas. Y yo tomo su mano. Le digo que le voy a recitar un poema. Y le recito el poema, pero tengo que explicarle algunas de las palabras, como playa y resaca y algas y gaviotas.

—¿Qué poema? —preguntó la Reverenda Madre.

Paul abrió los ojos.

—Uno de los poemas cantados de Gurney Halleck para momentos tristes.

Detrás de Paul, Jessica empezó a recitar:

Recuerdo el humo salado de un fuego en la playa

y las sombras bajo los pinos

Sólidas, definidas… concretas

Las gaviotas encaramadas en el promontorio,

blanco sobre verde

Y el viento soplando entre los pinos

haciendo ondear las sombras;

Las gaviotas distendiendo las alas,

volando

y llenando el cielo con sus graznidos.

Y oigo el viento

soplando a lo largo de la playa,

y la resaca,

y veo cómo nuestra hoguera

ha abrasado las algas.

—Ese —dijo Paul.

La anciana miró al chico y dijo:

—Joven, como Censora de la Bene Gesserit, mi objetivo es encontrar al Kwisatz Haderach, el varón capaz de convertirse realmente en una de nosotras. Tu madre ve en ti dicha posibilidad, pero la ve con los ojos de una madre. Yo también la veo, pero no es más que eso, una posibilidad.

Guardó silencio, y Paul comprendió que la mujer esperaba su respuesta. También guardó silencio.

—Bien, será como quieras —dijo ella al cabo de un momento—. Eres intenso, lo admito.

—¿Puedo irme ya? —preguntó Paul.

—¿No deseas oír lo que puede decirte la Reverenda Madre sobre el Kwisatz Haderach? —preguntó Jessica.

—Ha dicho que todos los que lo habían intentado están muertos.

—Pero puedo compartir contigo algunas conjeturas sobre esos fracasos —dijo la Reverenda Madre.

«Ha dicho conjeturas —pensó Paul—. Es porque en realidad no sabe nada».

Luego añadió:

—Pues contádmelas.

—Se te ve interesado. —Esbozó una sonrisa irónica, y las arrugas se le marcaron en el rostro—. Muy bien: «Lo que se somete, domina».

Se quedó atónito; ¿le estaba hablando de algo tan elemental como la tensión dentro de la intencionalidad? ¿Acaso creía que su madre no le había enseñado nada?

—¿Eso es una conjetura? —preguntó.

—No estamos aquí para retorcer las palabras o discutir sobre su significado —dijo la anciana—. El sauce se somete al viento y crece hasta que un día hay a su alrededor tantos sauces que llegan a formar una barrera contra el viento. Esa es la finalidad del sauce.

Paul la miró. La mujer había dicho «finalidad», y Paul sintió cómo la palabra le golpeaba y le volvía a infectar con esa terrible finalidad. Experimentó una súbita rabia contra ella: fatua vieja bruja con la boca llena de clichés.

—Creéis que puedo ser ese Kwisatz Haderach —dijo—. Habéis hablado de mí, pero no habéis dicho absolutamente nada sobre lo que podemos hacer para ayudar a mi padre. Os he oído hablar con mi madre. Habláis como si mi padre ya estuviera muerto. ¡Bien, pues no es así!

—Si fuera posible hacer algo por él, ya lo habríamos hecho —gruñó la anciana—. Quizá consigamos salvarte a ti. Es dudoso, pero posible. Lo de tu padre no tiene remedio. Cuando lo hayas conseguido aceptar, habrás aprendido una verdadera lección Bene Gesserit.

Paul se dio cuenta de que las palabras habían afectado a su madre. Miró irritado a la anciana. ¿Cómo podía decir esas cosas de su padre? ¿Cómo podía estar tan segura? El rencor bullía en su interior.

La Reverenda Madre miró a Jessica.

—Lo has entrenado bien a la Manera… He visto las señales. Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar, y al diablo con las Reglas.

Jessica asintió.

—Pero deja que te diga una cosa —dijo la anciana—. No olvides el orden regular de su adiestramiento. Su propia seguridad requiere la Voz. Ya tiene alguna idea, pero ambas sabemos que necesita mucho más… y desesperadamente. —Se acercó a Paul y lo miró con fijeza—. Adiós, joven humano. Espero que tengas éxito. Pero, ocurra lo que ocurra… Bueno, tendremos éxito.

Miró de nuevo a Jessica. Un imperceptible atisbo de comprensión se cruzó en sus miradas. Después la anciana salió de la estancia no sin antes volver a mirar atrás entre el siseo de sus ropas. La habitación y sus ocupantes habían desaparecido de sus pensamientos.

Pero Jessica había podido vislumbrar por un instante el rostro de la Reverenda Madre justo cuando se giraba. Había lágrimas en aquellas arrugadas mejillas. Lágrimas más inquietantes que cualquier otra palabra o gesto que se hubiera intercambiado entre ellos ese día.

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