Dune

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Libro primero: Dune » Capítulo 5

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YUEH (yue), Wallington (uel ing tun), Stdrd 10082-10191; doctor en medicina de la Escuela Suk (grd Stdrd 10112); md: Wanna Marcus, B. G. (Stdrd 10092-101186?); conocido principalmente por haber traicionado al duque Leto Atreides. (Cf.: Bibliografía, Apéndice VII: Condicionamiento Imperial y la Traición, El).

Del Diccionario de Muad’Dib, por la princesa Irulan

Paul oyó entrar al doctor Yueh en la sala con pasos deliberadamente sonoros, pero permaneció bocarriba en la mesa de ejercicios donde lo había dejado la masajista. Se sentía muy relajado después del ejercicio con Gurney Halleck.

—Se os ve cómodo —dijo Yueh con su voz tranquila y aguda.

Paul levantó la cabeza y vio la envarada figura del hombre de pie a algunos pasos de él. Con tan solo un vistazo observó sus arrugadas ropas negras, el bloque cuadrado que tenía por cabeza, con sus labios púrpura y el frondoso bigote, el tatuaje diamantino del Condicionamiento Imperial en la frente y la melena negra y larga que le caía sobre el hombro izquierdo, sujeta por el anillo de plata de la Escuela Suk.

—Os complacerá saber que hoy no tenemos tiempo para la lección —dijo Yueh—. Vuestro padre llegará en un momento.

Paul se incorporó.

—No obstante, he preparado un visor de librofilms y algunas lecciones grabadas para que podáis estudiarlas durante el viaje a Arrakis.

—Vaya.

Paul empezó a vestirse. Le emocionaba pensar que estaba a punto de ver a su padre. Habían pasado muy poco tiempo juntos desde que el emperador le había ordenado aceptar el feudo de Arrakis.

Yueh se acercó a la mesa en forma de L mientras pensaba: «Cómo ha madurado en estos últimos meses. ¡Qué desperdicio! ¡Oh, qué triste desperdicio! —Y recordó para sí—: No debo fallar. Lo que hago lo hago para asegurarme de que esas bestias Harkonnen no harán sufrir más a mi Wanna».

Paul se abotonó la chaqueta y se acercó a la mesa.

—¿Qué estudiaré durante el viaje?

—P-pues… las formas de vida terrestres presentes en Arrakis. Parece que algunas se han adaptado estupendamente al planeta. No está claro cómo. Tendré que consultar al ecólogo planetario, el doctor Kynes, y ofrecerle mi ayuda en sus investigaciones.

Yueh pensó: «¿Qué estoy diciendo? Me engaño hasta a mí mismo».

—¿Habrá algo sobre los Fremen? —preguntó Paul.

—¿Los Fremen? —Yueh tamborileó con los dedos sobre la mesa. Después se dio cuenta de que Paul había observado el nervioso gesto y retiró la mano.

—Podríais contarme algo sobre toda la población de Arrakis —dijo Paul.

—Sí, por supuesto —dijo Yueh—. Hay dos grupos principales de personas: uno de ellos son los Fremen, y el otro está compuesto por los pueblos de los graben, las dolinas y las hoyas. Según tengo entendido, algunas veces se casan entre ellos. Las mujeres de los poblados de las hoyas y las dolinas prefieren los maridos Fremen; y sus hombres prefieren esposas Fremen. Tienen un dicho: «La educación viene de la ciudad; la sabiduría, del desierto».

—¿Tenéis fotos de ellos?

—Buscaré alguna para vos. Sin duda, la característica más interesante son sus ojos: totalmente azules, sin el menor blanco en ellos.

—¿Una mutación?

—No, se debe a la saturación de melange en su sangre.

—Los Fremen tienen que ser muy valientes para vivir al borde de ese desierto.

—Es lo que dice todo el mundo —dijo Yueh—. Componen poemas a sus cuchillos. Sus mujeres son tan feroces como sus hombres. Incluso los jóvenes Fremen son violentos y peligrosos. No creo que se os permita mezclaros con ellos.

Paul miró a Yueh. Esas breves palabras acerca de los Fremen le habían llamado muchísimo la atención.

«¡Qué pueblo para tenerlo como aliado!».

—¿Y los gusanos? —preguntó Paul.

—¿Qué?

—Me gustaría estudiar mejor a los gusanos de arena.

—Sí… por supuesto. Tengo un librofilm que analiza un espécimen pequeño, de tan solo ciento diez metros de largo por veintidós de diámetro. Se encontró en el extremo norte del planeta. Testigos fiables han hablado de gusanos de más de cuatrocientos metros de longitud, y hay razones para pensar que es posible que existan incluso otros mayores.

Paul miró el mapa de proyección cónica de las regiones septentrionales de Arrakis que había extendido sobre la mesa.

—El cinturón desértico y la región polar meridional están calificadas como inhabitables. ¿Es por los gusanos?

—Y por las tormentas.

—Pero cualquier lugar puede ser convertido en habitable.

—Con el dinero suficiente —apuntilló Yueh—. Arrakis contiene muchos y costosos peligros. —Se atusó el frondoso bigote—. Vuestro padre llegará enseguida. Antes de irme, tengo un regalo para vos, algo que encontré mientras hacía las maletas. —Dejó un objeto sobre la mesa que los separaba: era negro, rectangular y más pequeño que la última falange del pulgar de Paul.

El chico lo observó. Yueh vio que el muchacho no hacía el menor gesto para tocarlo y pensó: «Es cauteloso».

—Es una antiquísima Biblia Católica Naranja para viajeros espaciales. No es un librofilm, sino que está impresa en papel finísimo. Tiene una lupa y un sistema de carga electrostática. —La cogió para mostrárselo—. Esa carga es la que la mantiene cerrada y atrae entre sí las tapas. Hay que apretar en el lomo, así… para que las páginas seleccionadas se repelan y se abra el libro.

—Es muy pequeña.

—Pero tiene mil ochocientas páginas. Hay que apretar en el lomo, así… para que la carga pase una página a medida que vais leyendo. Nunca toquéis las páginas con los dedos. La trama del papel es muy delicada. —Cerró el libro y se lo tendió a Paul—. Probadlo.

Yueh observó a Paul mientras probaba a pasar las páginas y pensó: «De este modo salvo mi conciencia. Le ofrezco la ayuda de la religión antes de traicionarlo. Así podré decirme que ha ido donde yo no puedo ir».

—Parece fabricada antes de los librofilms —dijo Paul.

—Es muy antigua, sí. Será nuestro secreto, ¿eh? Vuestros padres podrían pensar que es demasiado valiosa para un joven como vos.

Y Yueh pensó: «Seguro que su madre cuestionaría mis motivos».

—Bien… —Paul cerró el libro y lo sostuvo en la mano—. Si es tan valiosa…

—Sed indulgente con el capricho de un viejo —dijo Yueh—. Me la dieron cuando era muy joven. —Y pensó: «Debo conquistar su mente al mismo tiempo que su codicia»—. Abridla por el Kalima cuatro sesenta y siete, donde dice: «El agua es el inicio de toda vida». Hay una pequeña marca en la tapa que señala el lugar.

Paul recorrió la tapa y encontró dos marcas, una menos profunda que la otra. Oprimió la menos profunda y el libro se abrió en su palma al tiempo que la lupa se deslizaba hacia su lugar.

—Leed en voz alta —dijo Yueh.

Paul se humedeció los labios y leyó:

—«Pensad en el hecho de que el sordo no pueda oír. ¿Acaso hay alguien que pueda decir que él no está sordo? ¿Acaso no nos faltará algún sentido para ver y oír el otro mundo que nos rodea? Porque hay cosas a nuestro alrededor que no podemos…».

—¡Basta! —gritó Yueh.

Paul se quedó en silencio y lo miró.

Yueh cerró los ojos para intentar recuperar su aplomo.

«¿Qué perversidad ha hecho que el libro se abra por el pasaje favorito de Wanna?».

Abrió los ojos y vio que Paul lo miraba desconcertado.

—¿Ocurre algo? —preguntó Paul.

—Lo siento —respondió Yueh—. Era el pasaje favorito de mi… difunta esposa. No era el que quería haceros leer. Despierta en mí recuerdos… dolorosos.

—Hay dos marcas —dijo Paul.

«Claro —se dijo Yueh—. Wanna marcó ese pasaje. Los dedos de Paul son más sensibles que los míos y han encontrado la marca. Solo ha sido un accidente, nada más».

—Quizá el libro os parezca interesante —dijo Yueh—. Hay mucha verdad histórica, y también mucha filosofía ética.

Paul miró el pequeño libro en su palma, era pequeñísimo. Sin embargo, contenía un misterio… había ocurrido algo mientras lo leía. Algo que había despertado en su mente aquella idea de una terrible finalidad.

—Vuestro padre llegará enseguida —dijo Yueh—. Guardad el libro; ya lo leeréis cuando sintáis deseos de hacerlo.

Paul tocó la tapa como le había enseñado Yueh. El libro se cerró solo. Lo deslizó en su túnica. Al oír el grito de Yueh, Paul había temido por un momento que le pidiera que se lo devolviese.

—Os doy las gracias por el presente, doctor Yueh —dijo Paul con tono formal—. Será nuestro secreto. Si hay algún regalo o favor que deseéis de mí, no dudéis en pedírmelo.

—Yo… no necesito nada —dijo Yueh.

Y pensó: «¿Por qué me torturo? A mí y a este pobre chico… aunque él no lo sepa. ¡Oh, malditas sean esas bestias Harkonnen! ¿Por qué me habrán escogido a mí para llevar a cabo su abominación?».

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