Dune
Libro primero: Dune » Capítulo 6
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¿Cómo afrontar el estudio del padre de Muad’Dib? El duque Leto Atreides fue un hombre de un corazón a la vez cálido y frío. Sin embargo, algunos hechos nos ayudarán a allanar el camino hasta el duque: su absoluto amor por su dama Bene Gesserit; los sueños que tenía por su hijo; la devoción de quienes le servían. Observadlo: un hombre marcado por el Destino, una figura solitaria cuya luz fue oscurecida por la gloria de su hijo. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿qué es el hijo, sino la extensión del padre?
De Muad’Dib, comentarios familiares, por la princesa Irulan
Paul observó a su padre entrar en la sala de ejercicios, y vio cómo los guardias se apostaban fuera. Uno de ellos cerró la puerta. Como siempre, Paul experimentó una sensación de presencia de su padre, una presencia total.
El duque era alto, de piel olivácea. Su rostro delgado estaba tallado en ángulos duros, suavizados tan solo por los profundos ojos grises. Llevaba un uniforme de trabajo negro, con el halcón heráldico rojo bordado en el pecho. Un cinturón escudo de plata, patinada por el uso, ceñía su delgada cintura.
—¿Trabajando duro, hijo? —preguntó el duque.
Se acercó a la mesa en L, echó una ojeada a los papeles que había en ella, después contempló toda la estancia y terminó centrándose en Paul. Se sentía cansado y hacía un duro esfuerzo por no mostrar su fatiga.
«Tendré que aprovechar todas las oportunidades para descansar durante el viaje hasta Arrakis —pensó—. Al llegar no tendré tiempo de hacerlo».
—No mucho —respondió Paul—. Todo es tan… —Se encogió de hombros.
—Sí. Bueno, mañana nos vamos. Nos vendrá bien instalarnos en nuestro nuevo hogar y dejar atrás todo este jaleo.
Paul asintió y recordó en ese instante las palabras de la Reverenda Madre: «Lo de tu padre no tiene remedio».
—Padre —dijo Paul—, ¿crees que Arrakis será tan peligroso como dicen todos?
El duque se obligó a hacer un gesto casual, se sentó en el borde de la mesa y sonrió. Toda una serie de frases hechas se dibujaron en su mente, el tipo de frases que usaba para calmar los temores de sus hombres antes de una batalla. Pero no dejó que ninguna se formara en su boca, atribulado por un único pensamiento: «Es mi hijo».
—Será peligroso —admitió.
—Hawat me ha dicho que tenemos un plan para los Fremen —dijo Paul.
Y pensó: «¿Por qué no le cuento lo que me dijo la anciana? ¿Cómo ha conseguido ella sellar mi lengua?».
El duque sintió la desazón de su hijo.
—Como siempre —dijo—, Hawat conoce bien el panorama general, pero hay mucho más. La Combine Honnete Ober Advancer Mercantiles, la Compañía CHOAM. Al darme Arrakis, Su Majestad se ha visto obligado a concederme uno de los directorios de la CHOAM… una sutil ventaja.
—La CHOAM controla la especia —dijo Paul.
—Y la especia de Arrakis nos abrirá las puertas de la CHOAM —dijo el duque—. Hay mucho más en la CHOAM que la melange.
—¿Te ha advertido la Reverenda Madre? —preguntó Paul. Cerró los puños y sintió las palmas húmedas debido al sudor. El esfuerzo necesario para formular esa pregunta había sido terrible.
—Hawat me ha dicho que la anciana te había asustado con sus advertencias acerca de Arrakis —dijo el duque—. No dejes que los temores de esa mujer ofusquen tu mente. Ninguna quiere que sus seres queridos se vean expuestos al peligro. Tras esas advertencias se encontraba la mano de tu madre. Tómatelo como una muestra de amor.
—¿Ella sabe algo sobre los Fremen?
—Sí, y muchas cosas más.
—¿Cuáles?
El duque pensó: «La verdad podría ser peor de lo que imagina, pero todos los peligros son valiosos si uno está preparado para afrontarlos. Y si hay algo de lo que mi hijo nunca se ha mantenido alejado es de la necesidad de enfrentarse al peligro. A pesar de todo, hay que esperar aún. Es muy joven».
—Son pocos los productos que escapan al control de la CHOAM —dijo el duque—. Troncos, mulas, caballos, vacas, maderas, estiércol, escualos, pieles de ballena; lo más prosaico y lo más exótico, incluso nuestro pobre arroz pundi de Caladan. Cualquier cosa que la Cofradía pueda transportar: las obras de arte de Ecaz, las máquinas de Richesse y de Ix. Pero todo esto no es nada en comparación con la melange. Un puñado de especia basta para comprar una casa en Tupile. No se puede fabricar, tiene que extraerse en Arrakis. Es única y sus propiedades geriátricas son indiscutibles.
—¿Y ahora la controlaremos nosotros?
—Hasta cierto punto. Pero lo importante es tener en cuenta a todas las Casas que dependen de los beneficios de la CHOAM. Piensa que una enorme proporción de esos beneficios dependen de un solo producto: la especia. Imagina lo que ocurriría si algo redujera la producción.
—Aquel que hubiera almacenado melange podría dominar el mercado —dijo Paul—. Y los demás no podrían hacer nada.
El duque se permitió un momento de amarga satisfacción, miró a su hijo y pensó cuán penetrante, cuán instruida había sido aquella observación. Asintió.
—Los Harkonnen han estado almacenándola desde hace más de veinte años.
—¿Quieren que la producción de especia decrezca y que la culpa recaiga en ti?
—Desean que el nombre de los Atreides se haga impopular —dijo el duque—. Piensa en las Casas del Landsraad, que en cierto sentido me consideran su caudillo, su portavoz oficioso. Piensa en cómo reaccionarían si yo fuera responsable de una seria reducción de sus beneficios. A fin de cuentas, los beneficios son lo único que cuenta. ¡Al diablo la Gran Convención! ¡No puedes dejar que nadie te suma en la miseria! —Una dura sonrisa apareció en la boca del duque—. Todos mirarán a otra parte sin importarles lo que me hayan hecho a mí.
—¿Aunque nos atacaran con atómicas?
—No será tan flagrante. No se desafiará la Convención tan abiertamente. Pero aparte de esto, casi todo estará permitido… quizá incluso el polvo radiactivo o la contaminación del suelo.
—Entonces ¿por qué no hacemos nada?
—¡Paul! —El duque frunció el ceño—. El hecho de saber que hay una trampa es el primer paso para conseguir evitarla. Es como un combate singular, hijo, solo que a gran escala: fintas en las fintas de las fintas… maniobras que parecen no tener fin. Nuestro objetivo es burlar la intriga. Sabemos que los Harkonnen han almacenado melange, de modo que hagámonos otra pregunta: ¿quién más ha estado almacenándola? Esos serán nuestros enemigos.
—¿Quiénes?
—Algunas Casas que sabemos que son enemigas, y otras que creíamos amigas. Pero no es necesario tenerlo en cuenta por el momento, ya que también hay alguien mucho más importante: nuestro bienamado emperador Padishah.
Paul notó de repente que tenía la boca seca.
—Podrías convocar al Landsraad y exponerle…
—¿Para informar a nuestros enemigos que sabemos de quién es la mano que empuña el cuchillo? Mira, Paul… ahora sabemos que existe el cuchillo. ¿Cómo saber quién lo empuñará mañana? Si revelásemos esta información al Landsraad, lo único que conseguiríamos sería crear una enorme confusión. El emperador lo negaría todo. ¿Cómo refutarlo? Quizá ganásemos algo de tiempo, pero nos arriesgaríamos al caos. ¿Cómo saber entonces de dónde vendría el próximo ataque?
—Todas las Casas podrían ponerse a almacenar especia.
—Nuestros enemigos llevan ventaja, demasiada para alcanzarlos.
—El emperador —dijo Paul—. Eso significa los Sardaukar.
—Disfrazados con uniformes Harkonnen, sin duda —dijo el duque—. Pero igual de fanáticos pese a todo.
—¿Cómo pueden ayudarnos los Fremen contra los Sardaukar?
—¿Te ha hablado Hawat de Salusa Secundus?
—¿El planeta prisión del emperador? No.
—¿Y si fuera algo más que un planeta prisión, Paul? Hay una pregunta que nunca te has hecho con respecto al Cuerpo Imperial de los Sardaukar: ¿de dónde vienen?
—¿Del planeta prisión?
—Vienen de alguna parte.
—Pero los reclutas de apoyo que exige el emperador…
—Eso es lo que quieren hacer creer: que los Sardaukar son tan solo gentes reclutadas por el emperador y magníficamente entrenadas desde muy jóvenes. De vez en cuando se oyen algunos rumores sobre los cuadros de entrenamiento del emperador, pero el equilibrio de nuestra civilización ha permanecido siempre igual: las fuerzas militares de las Grandes Casas del Landsraad por un lado, los Sardaukar y los reclutas de apoyo por el otro. Hay que diferenciarlos, Paul. Los Sardaukar siguen siendo los Sardaukar.
—¡Pero todos los informes acerca de Salusa Secundus dicen que S. S. es un mundo infernal!
—Indudablemente. Pero, si tuvieras que crear una raza de hombres fuertes, duros y feroces, ¿qué condiciones ambientales les impondrías?
—¿Cómo es posible asegurar la lealtad de unos hombres así?
—Existen métodos infalibles: aprovecharse de lo seguros que están de su superioridad, la mística de un compromiso secreto, la camaradería de las penas sufridas en común. Puede hacerse. Ha funcionado en muchos mundos y en muchas épocas.
Paul asintió sin dejar de observar el rostro de su padre. Intuía que estaba a punto de revelarle algo.
—Mira Arrakis, por ejemplo —dijo el duque—. A excepción de las ciudades y las guarniciones, es un mundo tan terrible como Salusa Secundus.
Los ojos de Paul se desorbitaron.
—¡Los Fremen!
—Podrían convertirse en una fuerza tan importante y mortífera como los Sardaukar. Se necesitará mucha paciencia para adiestrarla en secreto y mucho dinero para equiparla eficazmente. Pero los Fremen están ahí… y también la especia, con toda la riqueza que supone. ¿Comprendes ahora por qué vamos a Arrakis aun sabiendo la trampa que representa?
—¿Acaso los Harkonnen no saben nada de los Fremen?
—Los Harkonnen desprecian a los Fremen, los cazan por deporte y nunca se han preocupado de censarlos. Conocemos bien la política de los Harkonnen con respecto a las poblaciones planetarias: mantenerlas con el mínimo coste posible.
La trama metálica que formaba el símbolo del halcón en su pecho destelló cuando el duque cambió de posición.
—¿Comprendes?
—Ya estamos negociando con los Fremen —dijo Paul.
—He enviado una delegación liderada por Duncan Idaho —dijo el duque—. Duncan es un hombre orgulloso y despiadado, pero respeta la verdad. Los Fremen le admirarán. Si tenemos suerte, nos juzgarán tomándole como modelo: Duncan el honesto.
—Duncan el honesto —dijo Paul—, y Gurney el valeroso.
—Exactamente —dijo el duque.
Y Paul pensó: «Gurney era uno de esos a los que se refería la Reverenda Madre cuando dijo que eran cuatro cosas las que sostenían a los mundos: “el coraje de los valerosos”».
—Gurney me ha dicho que hoy te has desenvuelto muy bien con las armas —dijo el duque.
—Eso no es lo que me ha dicho a mí.
El duque se echó a reír.
—Imagino que Gurney es más bien parco en sus cumplidos. De todos modos, y son sus propias palabras, me ha asegurado que distingues perfectamente la diferencia entre la punta y el filo de la hoja de una espada.
—Gurney dice que matar con la punta no requiere destreza alguna, que hay que hacerlo con el filo.
—Gurney es un romántico —gruñó el duque. Le turbaba que su hijo hablase sobre el mejor modo de matar—. Preferiría que nunca te vieras obligado a matar… pero si no te queda otra opción, mata como puedas, con el filo o con la punta. —Miró a las vidrieras del techo, sobre las que tamborileaba la lluvia.
Paul siguió la mirada de su padre y pensó en la humedad del cielo del exterior, un espectáculo que nunca iba a poder ver en Arrakis, y en el espacio que separaba ambos mundos.
—¿De verdad las naves de la Cofradía son tan grandes? —preguntó.
El duque lo miró.
—Será la primera vez que salgas del planeta —dijo—. Sí, son grandes. Y viajaremos en uno de los mayores cruceros porque es un largo viaje. Los grandes cruceros son gigantescos. Todas nuestras fragatas y transportes ocuparían apenas una de las esquinas de su bodega; no seremos más que una parte minúscula de su manifiesto de carga.
—¿Y no podremos salir de nuestras fragatas?
—Es parte del precio que tendremos que pagar por la Seguridad de la Cofradía. Puede que haya naves Harkonnen a nuestro flanco, pero no tendremos nada que temer. Los Harkonnen no se atreverán a comprometer sus privilegios de transporte.
—Vigilaré las pantallas e intentaré ver a uno de los hombres de la Cofradía.
—No lo harás. Ni siquiera sus representantes ven nunca a los hombres de la Cofradía. Es tan celosa de su anonimato como de su monopolio. Nunca hagas nada que pueda comprometer nuestros privilegios, Paul.
—¿Crees que tal vez se oculten porque han sufrido mutaciones y ya no tienen… aspecto humano?
—¿Quién sabe? —El duque se encogió de hombros—. Es un misterio que probablemente ninguno de nosotros llegue a resolver. Tenemos otros problemas más inmediatos: tú.
—¿Yo?
—Tu madre quería que fuese yo quien te lo dijera, hijo. Mira, es posible que poseas aptitudes de mentat.
Paul miró a su padre, incapaz de hablar por un momento; luego dijo:
—¿Un mentat? —dijo—. ¿Yo? Pero…
—Hawat también está de acuerdo, hijo. Es cierto.
—Pero creía que el adiestramiento de un mentat debía iniciarse en la infancia, sin que el sujeto lo supiera, porque podría inhibir las primeras… —Se quedó en silencio; su pasado se unió en una única ecuación—. Comprendo —dijo.
—Llega un día —dijo el duque— en que el posible mentat debe ser informado de lo que se le ha hecho. Ya no es posible hacérselo más. Es él mismo quien debe elegir entre continuar o abandonar el adiestramiento. Algunos pueden continuar; otros son incapaces. Solo el posible mentat puede decidir por sí mismo lo que quiere hacer.
Paul se frotó la barbilla. Todo el adiestramiento especial que le habían dado Hawat y su madre: la mnemotecnia, la concentración de la consciencia, el control muscular y la agudización de las sensibilidades, el estudio de las lenguas y las entonaciones de las palabras; ahora todo adquiría para él un nuevo significado.
—Algún día serás duque, hijo —dijo su padre—. Y un duque mentat sería algo formidable. ¿Puedes tomar una decisión ya… o necesitas algo de tiempo?
No hubo vacilación en su respuesta:
—Continuaré con el adiestramiento.
—Formidable, sin duda —murmuró el duque, y Paul vio que una sonrisa de orgullo se insinuaba en su rostro. La sonrisa impresionó a Paul: por un instante creyó ver los rasgos de una calavera en el rostro del duque. Paul cerró los ojos y volvió a sentir la impresión de la terrible finalidad.
«Quizá ser mentat sea un terrible destino», pensó.
Pero, al mismo tiempo que formulaba ese pensamiento, su nueva consciencia lo rechazó.