Dune

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Libro primero: Dune » Capítulo 16

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Vio que Idaho se había preparado para entrar en acción. Las tropas de la casa estaban alerta. Gurney Halleck miraba con fijeza a los hombres que tenía enfrente.

—¡Ja, ja, ja, a, a, a! —Era el contrabandista, Tuek, que reía a carcajada limpia con la cabeza echada hacia atrás.

Unas sonrisas nerviosas brotaron alrededor de la mesa. Bewt también sonrió.

El banquero había echado la silla hacia atrás y fulminaba con la mirada a Paul.

—Quien provoca a un Atreides lo hace bajo su cuenta y riesgo —dijo Kynes.

—¿Es costumbre de los Atreides insultar a sus invitados? —preguntó el banquero.

Antes de que Paul pudiera responder, Jessica se inclinó hacia delante y dijo:

—¡Señor! —Al mismo tiempo pensó: «Tenemos que averiguar qué pretende ese siervo de los Harkonnen. ¿Está aquí para provocar a Paul? ¿Dispone de alguna ayuda?»—. Mi hijo ha hablado en términos generales. ¿Acaso os sentís identificados? ¡Habrá que tener cuidado! —Deslizó su mano hacia el crys que llevaba enfundado en la pantorrilla.

El banquero miró a Jessica y pasó a fulminarla a ella con la mirada. Los ojos se apartaron de Paul, que se echó para atrás y se alejó de la mesa como si se preparase para la acción. No podía dejar de pensar en una palabra clave que había pronunciado su madre: «cuidado». Era como si le hubiera advertido: «Prepárate para la violencia».

Kynes dedicó una mirada reflexiva a Jessica e hizo un gesto sutil con la mano a Tuek.

El contrabandista se puso en pie de un salto y levantó la jarra.

—Quiero proponer un brindis —dijo—. Para el joven Paul Atreides, un muchacho aún por su aspecto, pero un hombre por sus actos.

«¿Por qué se inmiscuyen?», se preguntó Jessica.

El banquero miró a Kynes, y Jessica vio que el terror volvía al rostro del espía.

Los demás invitados comenzaron a reaccionar por toda la mesa.

«Cuando Kynes ordena, la gente obedece —pensó Jessica—. Acaba de decirnos que está del lado de Paul. ¿Cuál es el secreto de su poder? No puede ser porque sea el Árbitro del Cambio, ya que es algo temporal. Y sin duda tampoco es porque esté al servicio directo del emperador».

Retiró la mano de la funda del crys y alzó su jarra hacia Kynes, que le devolvió el gesto.

Solo Paul y el banquero (¡Suu-Suu! «¡Vaya apodo más estúpido!», pensó Jessica) permanecían con las manos vacías. La atención del banquero estaba fija en Kynes. Paul miraba su plato.

«Lo estaba haciendo bien —pensó Paul—. ¿Por qué han interferido? —Miró subrepticiamente a los invitados que estaban más cerca de él—. ¿Prepárate para la violencia? ¿Por parte de quién? Seguro que no de ese banquero».

Halleck se agitó y habló sin dirigirse a nadie en particular mientras miraba a un punto por encima de la cabeza de los invitados que tenía frente a él.

—En nuestra sociedad, la gente no debería ofenderse con tanta facilidad. A veces es un suicidio. —Miró a la hija del fabricante de destiltrajes que se sentaba a su lado—. ¿Vos no pensáis así, señorita?

—Oh, sí, sí. Por supuesto —respondió ella—. Hay demasiada violencia. Me pone enferma. Y muchas veces no existe la menor intención de ofender, pero la gente muere de igual manera. No tiene sentido.

—Ciertamente. No tiene ningún sentido —afirmó Halleck.

Jessica observó la perfección de la farsa de la muchacha y pensó: «Esa chica atolondrada no es en absoluto una chica atolondrada».

Fue entonces cuando detectó un patrón de amenaza y comprendió que Halleck también lo había detectado. Habían pretendido usar el sexo como cebo para Paul. Jessica se tranquilizó. Lo más seguro era que su hijo se hubiese dado cuenta el primero. Su adiestramiento le habría permitido ver de inmediato una trampa tan obvia.

—¿No sería el momento de volver a disculparse? —preguntó Kynes al banquero.

—Mi dama, temo haber subestimado vuestros vinos. Habéis servido bebidas fuertes, y no estoy acostumbrado a ellas.

Jessica percibió el veneno en sus palabras.

—Cuando dos desconocidos se reúnen, hay que esforzarse por entender las diferencias de costumbres y de formación —dijo con voz tranquila.

—Gracias, mi dama —dijo el hombre.

La compañera de cabello oscuro del fabricante de destiltrajes se inclinó hacia Jessica y comentó:

—El duque ha dicho que aquí estaremos seguros. Espero que eso no sea indicativo de que habrá problemas.

«Le han indicado que lleve la conversación a este terreno», pensó Jessica.

—Seguramente no tendrá la menor importancia —aseguró Jessica—. Pero, en estos momentos, hay muchos detalles que requieren la atención personal del duque. Mientras continúe la enemistad entre los Atreides y los Harkonnen, nunca seremos demasiado prudentes. El duque ha pronunciado el juramento kanly. Es un hecho que no va a dejar ningún espía Harkonnen con vida en Arrakis. —Miró al banquero—. Y, como es de esperar, las Convenciones están de su parte. —Desvió su atención hacia Kynes—. ¿No es así, doctor Kynes?

—Así es —respondió Kynes.

El fabricante de destiltrajes tiró discretamente de su compañera hacia atrás.

—Me han entrado ganas de comer —dijo ella—. Me gustaría un poco de esa deliciosa ave que nos han servido antes.

Jessica hizo un gesto a un sirviente y se giró hacia el banquero.

—Señor, antes vos hablabais de aves y de sus hábitos. Hay muchas cosas de Arrakis que me resultan muy interesantes. Contadme, ¿de dónde se extrae la especia? ¿Los cazadores deben adentrarse mucho en el desierto?

—Oh, no, mi señora —dijo el hombre—. Sabemos muy pocas cosas del desierto profundo. Y casi nada de las regiones meridionales.

—Se dice que hay un gran Yacimiento Madre de especia en lo más profundo de esa región meridional —dijo Kynes—, pero sospecho que se trata tan solo de la imaginativa invención de algún trovador en busca de letra para una canción. Algunos de los cazadores de especia más osados que otros penetran ocasionalmente en el cinturón central, pero es peligrosísimo… la navegación es incierta y las tormentas frecuentes. Las víctimas se multiplican drásticamente a medida que uno se aleja de la Muralla Escudo. Se ha llegado a la conclusión de que no es muy provechoso aventurarse demasiado al sur. Quizá si tuviéramos un satélite climatológico…

Bewt levantó la mirada y lo interrumpió con la boca llena.

—Se dice que los Fremen viajan hasta esos lugares, que van a cualquier parte y que han descubierto calas y manantiales de sorbeo incluso en latitudes meridionales.

—¿Calas y manantiales de sorbeo? —preguntó Jessica.

—Solo son rumores, mi dama —intervino Kynes al instante—. Son lugares propios de otros planetas, no de Arrakis. Una cala es un lugar donde el agua se filtra hasta la superficie o casi, y es posible detectarla gracias a la presencia de ciertas señales. Un manantial de sorbeo es un tipo de cala donde una persona puede sorber el agua a través de una cánula enterrada en la arena… o eso es lo que se dice.

«Siento la mentira en sus palabras», pensó Jessica.

«¿Por qué miente?», se preguntó Paul.

—Es muy interesante —dijo Jessica.

Y pensó: «“Eso es lo que se dice…”. Qué manera de expresarse tan curiosa. Si supieran hasta qué punto revela lo que dependen de las supersticiones…».

—He oído que tenéis un dicho —observó Paul—: «La educación viene de las ciudades, la sabiduría del desierto».

—Hay muchos dichos en Arrakis —dijo Kynes.

Antes de que Jessica pudiera formular una nueva pregunta, un sirviente se inclinó junto a ella y le entregó una nota. La abrió y reconoció la escritura del duque y los símbolos clave. La leyó.

—El duque nos tranquiliza —dijo—. El asunto que lo ha alejado de nosotros ha sido solucionado. Han encontrado el ala de acarreo que había desaparecido. Un agente Harkonnen infiltrado en la tripulación se hizo con el control y pilotó la máquina hasta una base de contrabandistas con la esperanza de venderla. Nuestros efectivos han recuperado el control tanto de la máquina como del hombre. —Inclinó la cabeza en dirección a Tuek.

El contrabandista respondió con otra inclinación.

Jessica dobló la nota y la metió en una de sus mangas.

—Me alegro de que no haya desembocado en una batalla campal —dijo el banquero—. La gente ansía que los Atreides traigan consigo paz y prosperidad.

—Sobre todo prosperidad —apuntilló Bewt.

—¿Podemos pasar al postre? —preguntó Jessica—. He encargado a nuestro chef que prepare un dulce de Caladan: arroz pundi en salsa dolsa.

—Suena maravilloso —dijo el fabricante de destiltrajes—. ¿Sería posible obtener la receta?

—Todas las recetas que deseéis —dijo Jessica, que examinó al hombre para mencionárselo más tarde a Hawat. El fabricante de destiltrajes era un pequeño y atemorizado arribista que podía sobornarse.

Las conversaciones volvieron a avivarse a su alrededor:

—Un tejido realmente magnífico…

—Tengo que hacerme un conjunto que le vaya a esta joya…

—Un aumento de producción en el próximo trimestre…

Jessica se enfrascó en su plato sin dejar de pensar en la parte codificada del mensaje de Leto: «Los Harkonnen han intentado introducir un cargamento de láseres. Los hemos requisado. Pero es muy probable que otros cargamentos hayan pasado. Se ve que los escudos les dan igual. Toma las precauciones apropiadas».

Jessica pensó en los láseres. Los ardientes rayos de destructiva luz podían perforar cualquier sustancia, a menos que estuviera protegida por un escudo. El hecho de que la interferencia del rayo con un escudo pudiera hacer estallar tanto el láser como el escudo no parecía preocupar a los Harkonnen. ¿Por qué? Una explosión láser-escudo era un imprevisto muy peligroso, ya que bien podía resultar ser más potente que una explosión atómica o solo acabar con la vida del tirador y su objetivo.

Los interrogantes eran lo que más inquietaba a Jessica.

—Estaba seguro de que recuperaríamos esa ala de acarreo —dijo Paul—. Cuando mi padre se decide a resolver un problema, lo resuelve. Es algo que los Harkonnen empezarán a descubrir ahora.

«Alardea —pensó Jessica—. No debería hacerlo. Nadie que se vea obligado a dormir bajo tierra esta noche como precaución contra los láseres tiene derecho a alardear».

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