Dune
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No hay escapatoria… pagamos por la violencia de nuestros antepasados.
De Frases escogidas de Muad’Dib, por la princesa Irulan
Jessica oyó un tumulto en el gran salón y encendió la luz de la cabecera de la cama. El reloj aún no estaba sincronizado con la hora local y tuvo que restar veintiún minutos para determinar que eran sobre las dos de la madrugada.
El tumulto sonaba fuerte y confuso.
«¿Un ataque de los Harkonnen?», se preguntó.
Salió de la cama y comprobó los monitores para ver dónde se encontraba su familia. En la pantalla, vio a Paul durmiendo en una habitación del sótano que habían habilitado apresuradamente para convertirla en un dormitorio. Obviamente, el ruido no llegaba hasta allí. No había nadie en los aposentos del duque, su cama estaba intacta. ¿Seguiría en el puesto de mando?
No les había dado tiempo de conectar ninguna pantalla en la parte delantera de la casa.
Jessica se quedó inerte en el centro de la habitación, a la escucha. Resonó un grito y palabras inconexas. Oyó que alguien llamaba al doctor Yueh. Jessica cogió una bata, se la echó por los hombros, deslizó los pies en las zapatillas y se colocó el crys en la pantorrilla.
La voz volvió a llamar a gritos al doctor Yueh.
Jessica se ató el cinturón y salió al pasillo. Una idea la sacudió en ese instante: «¿Habrán herido a Leto?».
El pasillo pareció alargarse hasta el infinito mientras avanzaba por él a la carrera. Franqueó la arcada, atravesó corriendo el comedor y recorrió otro pasillo que conducía al Gran Salón, lugar que estaba brillantemente iluminado, con todas las lámparas a suspensor encendidas al máximo.
A su derecha, cerca de la entrada delantera, vio a dos guardias de la casa sujetando a Duncan Idaho entre ellos. La cabeza del hombre basculaba hacia delante, un silencio repentino y expectante se había adueñado de la escena.
—¿Habéis visto lo que habéis conseguido? —dijo a Idaho con voz acusatoria uno de los guardias de la casa—. Habéis despertado a la dama Jessica.
Los grandes cortinajes se agitaban tras ellos, y dejaban al descubierto que la puerta delantera se había quedado abierta. No había el más mínimo rastro del duque ni de Yueh. Mapes estaba a un lado y dedicaba a Idaho una mirada impertérrita. Llevaba una túnica holgada y marrón con un dibujo serpentino en el dobladillo. Iba calzada con unas botas del desierto con los cordones desatados.
—Así que he despertado a la dama Jessica —murmuró Idaho. Levantó la cabeza hacia el techo y gritó—: ¡Mi espada fue la primera en beber la sangre de Grumman!
«¡Gran Madre! ¡Está borracho!», pensó Jessica.
El rostro oscuro y redondo de Idaho estaba desfigurado en una mueca. Sus cabellos, rizados como el pelaje de un negro macho cabrío, estaban llenos de barro. Los desgarrones de su túnica dejaban al descubierto la camisa que había llevado en la cena hacía unas horas.
Jessica se acercó a él.
Uno de los guardias inclinó la cabeza hacia ella sin soltar a Idaho.
—No sabemos qué hacer con él, mi dama. Estaba formando un alboroto ahí fuera y se negaba a entrar. Temíamos que la gente del lugar le viese. No habría sido bueno para nosotros. Nos habría dado mala fama.
—¿Dónde ha estado? —preguntó Jessica.
—Ha escoltado a una de las jóvenes invitadas de la cena, mi dama. Órdenes de Hawat.
—¿Qué joven invitada?
—Una de las acompañantes. ¿Sabéis a qué me refiero, mi dama? —Miró a Mapes y bajó la voz—. Siempre se llama a Idaho para que vigile bien a esas mujeres.
Jessica pensó: «¡Lo sé! Pero ¿por qué está bebido?».
Frunció el ceño y se giró hacia Mapes.
—Mapes, tráele un estimulante. Sugiero cafeína. Quizá quede todavía un poco de café de especia.
Mapes se encogió de hombros y se dirigió hacia las cocinas. Sus botas del desierto con los cordones desatados resonaron contra el suelo de piedra.
Idaho giró la cabeza con vacilación para poder mirar a Jessica.
—He matao más de tres… tresientos hombes p-por el duque —murmuró—. ¿Queréis sa… sabé por qué… toy aquí? No puedo vi… vivir a-abajo. Tampoco puedo vi… vivir a-arriba. ¿Qué clase de lu-lugar es este? ¿Eeeeh?
El sonido de una puerta lateral al abrirse llamó la atención de Jessica. Se giró y vio que Yueh avanzaba hacia ellos con el botiquín en la mano izquierda. Iba completamente vestido y se le veía pálido y exhausto. El tatuaje diamantino destellaba en su frente.
—¡El buen d-doctó! —gritó Idaho—. ¿Cómo está el doctó? ¿El hombre de las gasas y de las p-píldoras? —Se esforzó para girarse hacia Jessica—. Mestoy portando como un i-imbécil, ¿verdá?
Jessica frunció el ceño y se quedó en silencio mientras se preguntaba: «¿Por qué se ha emborrachado Idaho? ¿Acaso le han drogado?».
Yueh soltó el botiquín en el suelo, saludó a Jessica con una inclinación de cabeza y dijo:
—Demasiada cerveza de especia, ¿no?
—La mejó que hay —aseguró Idaho. Intentó enderezarse—. ¡Mi espada fue la primera en beber la sangre de Grumman! M-maté a un Harko… Harko… Lo m-maté por el duque.
Yueh se giró y miró la taza que acababa de traer Mapes.
—¿Qué es?
—Cafeína —respondió Jessica.
Yueh cogió la taza y se la tendió a Idaho.
—Bebe, muchacho.
—No quiero b-beber más.
—¡Que bebas!
La cabeza de Idaho se bamboleó hacia Yueh. El hombre dio un paso al frente y arrastró consigo a los guardias.
—Estoy hasta la c-coronilla de complacer al universo i-imperial, doctó. Por una vez, haré lo que m-me dé la gana.
—Cuando hayas bebido —dijo Yueh—. Solo es cafeína.
—¡P-podrida como el resto en este lugar! M-maldito sol resplandeciente. Nada tiene buen c-color. Todo está m-mal y…
—Bueno, pero ahora es de noche —dijo Yueh. Hablaba en tono convincente—. Bébete esto como un buen chico. Te hará sentir mejor.
—¡No q-quiero sentirme bejó!
—No podemos pasarnos toda la noche discutiendo con él —dijo Jessica.
Y pensó: «Necesita un tratamiento de choque».
—No hay razón para que permanezcáis aquí, mi dama —dijo Yueh—. Yo me encargo.
Jessica agitó la cabeza. Dio un paso al frente y abofeteó a Idaho con todas sus fuerzas.
Arrastró a los guardias al retroceder y la fulminó con la mirada.
—Esa no es forma de comportarse en casa de tu duque —dijo Jessica. Cogió la taza de manos de Yueh y se la tendió a Idaho, derramando parte de su contenido con el movimiento—. ¡Y ahora bebe! ¡Es una orden!
Idaho se sobresaltó, se envaró y le dedicó una mirada amenazadora. Habló despacio, esforzándose por pronunciar bien las palabras.
—No recibo órdenes de una maldita espía Harkonnen —dijo.
Yueh se sobresaltó y se giró hacia Jessica.
La mujer se quedó pálida, pero inclinó la cabeza. Ahora todo le había quedado claro. Al fin conseguía hacer encajar las alusiones vagas y fragmentarias que había captado los últimos días en las palabras y el comportamiento de quienes la rodeaban. La invadió una cólera tan inmensa que casi no pudo contenerla. Tuvo que recurrir a lo más profundo de su adiestramiento Bene Gesserit para relajar el pulso y controlar la respiración. Pero, a pesar de todo, sintió que la abrasaba un fuego interior.
«¡Siempre se llama a Idaho para que vigile bien a esas mujeres!».
Miró a Yueh. El doctor inclinó la mirada.
—¿Lo sabíais? —espetó.
—Yo… he oído rumores, mi dama. Pero no quería preocuparos aún más.
—¡Hawat! —gritó—. ¡Quiero ver a Thufir Hawat de inmediato!
—Pero, mi dama…
«Tiene que haber sido Hawat —pensó—. Una sospecha así solo puede venir de él. Cualquier otro lo hubiese descartado».
Idaho inclinó su cabeza.
—D-debería haberlo contado todo —murmuró.
Jessica miró la taza que tenía en la mano y, de improviso, arrojó su contenido al rostro de Idaho.
—Encerradlo en una de las habitaciones de invitados del ala este —ordenó—. Que duerma la borrachera.
Los dos guardias la miraron indecisos. Uno de ellos aventuró:
—Quizá deberíamos llevarlo a otro lugar, mi dama. Podríamos…
—¡Es aquí donde se supone que debe estar! —interrumpió Jessica—. Tiene trabajo que hacer. —Su voz rezumaba amargura—. Es muy eficiente vigilando a las mujeres.
El guardia tragó saliva.
—¿Sabe alguien dónde está el duque? —preguntó Jessica.
—En el puesto de mando, mi dama.
—¿Hawat está con él?
—Hawat se encuentra en la ciudad, mi dama.
—Quiero que me traigáis a Hawat de inmediato —dijo Jessica—. Estaré en mi sala de estar cuando llegue.
—Pero, mi dama…
—Si es necesario, llamaré al duque —dijo ella—. Pero espero que no lo sea. No quiero molestarle por algo así.
—Sí, mi dama.
Jessica dejó la taza vacía en manos de Mapes y se encontró con la escrutadora mirada de esos ojos azul sobre azul.
—Puedes volver a la cama, Mapes.
—¿Estáis segura de que no me necesitáis?
Jessica sonrió con amargura.
—Estoy segura.
—Quizá deberíamos esperar a mañana —dijo Yueh—. Podría daros un sedante y…
—Volved a vuestros aposentos y dejadme solucionar esto a mi manera —dijo Jessica. Le dio una palmada en el brazo para quitarle algo de hierro a la brusquedad de su orden—. Es la única manera.
Jessica se envaró de repente, se dio la vuelta y se dirigió con paso resuelto hacia sus habitaciones. Frías paredes… pasillos… una puerta familiar… La abrió, entró y la cerró con fuerza a sus espaldas. Se quedó inerte mientras dedicaba una mirada cargada de rabia al paisaje difuminado por el escudo que se apreciaba al otro lado de las ventanas de la habitación.
«¡Hawat! ¿Será él quien está a sueldo de los Harkonnen? Veremos».
Jessica se dirigió hacia el antiguo y mullido sillón tapizado con piel de schlag y lo empujó para que quedara frente a la puerta. Sintió de repente el peso del crys que llevaba enfundado en la pantorrilla. Lo desató, se lo colocó en el brazo y lo sopesó. Volvió a recorrer toda la estancia con la mirada para registrar en su mente la posición exacta de cada objeto en caso de emergencia: la silla en el rincón, los sillones de respaldo alto contra la pared, las dos mesas bajas, la cítara que descansaba en un soporte junto a la puerta del dormitorio.
Las lámparas a suspensor emitían un pálido resplandor rosado. Disminuyó la intensidad, se sentó en el sillón y acarició el tapizado al tiempo que apreciaba por primera vez su majestuosa robustez.
«Que venga —se dijo—. Y que pase lo que tenga que pasar».
Se dispuso a esperar a la Manera Bene Gesserit, acumulando paciencia y reservando sus fuerzas.
Alguien llamó a la puerta mucho antes de lo que esperaba, y Hawat entró cuando ella le dio paso.
Lo miró sin moverse del sillón y percibió en sus movimientos la presencia vibrante de una energía propia de la droga, y también la fatiga que se escondía tras ella. Los ojos llorosos y ancianos de Hawat resplandecían. Su curtida piel parecía tener un tono amarillento a la luz de la estancia, y una amplia y húmeda mancha destacaba en la manga del brazo donde ocultaba el cuchillo.
Notó el olor a sangre.
Señaló con la mano uno de los sillones de respaldo alto y dijo:
—Traed ese sillón y sentaos frente a mí.
Hawat se inclinó y obedeció.
«¡Ese loco borracho de Idaho!», pensó. Examinó el rostro de Jessica e intentó valorar cómo podía salvar la situación.
—Es hora de aclarar lo que ocurre entre nosotros —dijo Jessica.
—¿Qué es lo que inquieta a mi dama? —Se sentó y colocó las manos sobre las rodillas.
—¡No juguéis conmigo! —espetó ella—. Si Yueh no os ha dicho por qué os he hecho llamar, seguro que alguno de los espías que tenéis en mi casa lo habrá hecho. ¿Podemos ser sinceros entre nosotros al menos?
—Como deseéis, mi dama.
—Primero, responded a una pregunta —dijo Jessica—. ¿Os habéis convertido en un espía Harkonnen?
Hawat se levantó a medias del asiento con el rostro oscurecido por la ira.
—¿Cómo osáis insultarme así? —preguntó.
—Sentaos —dijo ella—. Vos también me habéis insultado.
Hawat volvió a sentarse en el sillón poco a poco.
Jessica leyó las señales presentes en aquel rostro que conocía tan bien y sintió un profundo alivio.
«No es Hawat».
—Ahora que sé que aún seguís siendo fiel a mi duque —dijo—, estoy dispuesta a perdonaros esa afrenta.
—¿Hay algo que perdonar?
Jessica frunció el ceño y pensó: «¿Debo jugar mis cartas? ¿Debo hablarle de la hija del duque que llevo en mi seno desde hace unas semanas? No… No lo sabe ni Leto. No haría más que complicarle la vida y le distraería en un momento en que debe concentrarse para garantizar nuestra supervivencia. Ya habrá tiempo más adelante».
—Todo sería más fácil con una Decidora de Verdad —dijo—, pero en este lugar no disponemos de ninguna cualificada por la Alta Junta.
—Cierto es. No disponemos de Decidora de Verdad.
—¿Hay un traidor entre nosotros? —preguntó Jessica—. He analizado a los nuestros con mucho esmero. ¿Quién puede ser? No es Gurney. Está claro que Duncan tampoco. Sus lugartenientes no ocupan puestos lo suficientemente estratégicos como para tenerlos en cuenta. Tampoco vos, Thufir. Tampoco es Paul. Sé que no soy yo. ¿Será el doctor Yueh? ¿Tengo que llamarlo y ponerlo a prueba?
—Sabéis que no serviría de nada —respondió Hawat—. Está condicionado por el Alto Colegio. Eso sí que lo sé a ciencia cierta.
—Sin mencionar que su esposa era una Bene Gesserit asesinada por los Harkonnen —dijo Jessica.
—Así que era eso lo que le ocurrió —dijo Hawat.
—¿No os habéis dado cuenta del odio que rezuma su voz cada vez que pronuncia el nombre de los Harkonnen?
—Sabéis que no tengo tan buen oído como vos —dijo Hawat.
—¿Qué es lo que os ha hecho sospechar de mí? —preguntó Jessica.
Hawat se agitó en su asiento.
—Coloca a su siervo en una posición incómoda, mi dama. Debo mi lealtad al duque.
—Y yo estoy dispuesta a perdonar mucho gracias a esa lealtad —dijo ella.
—Pero vuelvo a preguntaros: ¿hay algo que perdonar?
—¿Tablas? —preguntó ella.
Hawat se encogió de hombros.
—Cambiemos de tema un momento —continuó Jessica—. Duncan Idaho, ese admirable guerrero cuyas capacidades para la protección y la vigilancia la gente tiene en tanta estima. Esta noche se ha excedido con algo llamado cerveza de especia. Me han llegado informes de que más de los nuestros han caído presa de ese brebaje. ¿Es cierto?
—Lo dicen los informes, mi dama.
—Así es. ¿Y no creéis que esos excesos son un síntoma, Thufir?
—Mi dama solo usa acertijos.
—¡Usad vuestra habilidad de mentat! —espetó Jessica con brusquedad—. ¿Qué les ha pasado a Duncan y a los demás? Solo necesito cuatro palabras para decíroslo: no tienen un hogar.
Hawat señaló el suelo con un dedo.
—Arrakis, este es su hogar.
—¡No sabemos nada de Arrakis! Caladan era su hogar, pero los hemos obligado a abandonarlo. Ya no tienen hogar. Y temen que el duque les falle.
Hawat se envaró.
—Unas palabras así pronunciadas por cualquiera de mis hombres serían suficientes para…
—Oh, déjalo ya, Thufir. ¿Es derrotismo o traición por parte de un doctor diagnosticar bien una enfermedad? Mi única intención es curar esta que nos aflige.
—Es un trabajo que el duque me ha encargado a mí.
—Pero comprenderéis que me sienta algo preocupada por los progresos de dicha enfermedad —dijo ella—. Y seguro que estáis de acuerdo en que tengo ciertas capacidades para ello.
«¿Le hará falta también un tratamiento de choque? —se dijo—. Necesita una sacudida, algo que le saque de la rutina».
—Vuestras preocupaciones podrían interpretarse de muchas maneras —dijo Hawat. Se encogió de hombros.
—¿Así que ya me habéis condenado?
—Por supuesto que no, mi dama. Pero, tal y como está la situación, no puedo permitirme el correr ningún riesgo.
—Habéis pasado por alto una amenaza contra la vida de mi hijo en esta misma casa —dijo ella—. ¿Quién ha corrido el riesgo?
El rostro del hombre se ensombreció.
—He ofrecido mi dimisión al duque.
—¿Me la habéis ofrecido también a mí… o a Paul?
Ahora estaba claramente furioso: la respiración agitada, las fosas nasales dilatadas y la mirada fija lo traicionaban. Jessica percibió los apresurados latidos de una vena en su sien.
—Soy un hombre del duque —dijo, mascando las palabras.
—No hay ningún traidor —anunció ella—. La traición viene de fuera. Quizá tenga alguna relación con los láseres. Quizá se arriesguen a introducir en secreto algunos láseres con temporizadores para atacar los escudos de la casa. Puede que…
—¿Y quién probará después de la explosión que no se han usado atómicas? —preguntó él—. No, mi dama. No se arriesgarán a hacer algo tan ilegal. Las radiaciones persistirían y las pruebas serían difíciles de borrar. No. Tienen que guardar las apariencias. Ha de haber un traidor.
—Vos sois un hombre del duque —comentó Jessica con sorna—. ¿Le destruiríais en vuestro esfuerzo por salvarle?
Hawat respiró hondo.
—Si sois inocente, os presentaré mis más sinceras disculpas.
—Hablemos ahora de vos, Thufir —dijo Jessica—. Los seres humanos viven mejor cuando cada uno ocupa su lugar, cuando saben cuál es su lugar en el mundo. Destruid ese lugar y destruiréis a esa persona. Vos y yo, Thufir, entre todos los que aman al duque, somos quienes estamos mejor situados para destruir el lugar del otro. ¿Creéis que no me resultaría muy sencillo susurrar mis sospechas al oído del duque cualquiera de estas noches? ¿Cuándo creéis que sería más susceptible a ese tipo de susurros, Thufir? ¿Debo ser más explícita?
—¿Me estáis amenazando? —gruñó él.
—En absoluto. Solo pongo en evidencia el hecho de que alguien está desequilibrando los cimientos de nuestro día a día para atacarnos. Es astuto, diabólico. Os propongo neutralizar dicho ataque imponiendo tal orden a nuestras vidas que no exista ninguna fisura por la que desequilibrarnos.
—¿Me acusáis de murmurar sospechas sin fundamento?
—Sin fundamento, sí.
—¿E intentáis combatirlas con más sospechas?
—Es vuestra vida la que está hecha de sospechas, Thufir, no la mía.
—Entonces ¿ponéis en duda mis capacidades?
Jessica suspiró.
—Thufir, quisiera que analizarais hasta qué punto os estáis dejando llevar por vuestras emociones. El ser humano natural es un animal carente de lógica. Vuestra proyección de la lógica en todos los aspectos es antinatural, pero se tolera porque resulta útil. Sois la personificación de la lógica, un mentat. Sin embargo, vuestras soluciones a los problemas son ideas que proyectáis fuera de vos para observar, estudiar y analizar desde todos los ángulos.
—¿Pretendéis enseñarme mi oficio? —preguntó el hombre, sin intentar ocultar el desdén en su voz.
—Podéis analizar y aplicar esa lógica a cualquier cosa que esté fuera de vos —dijo Jessica—. Pero es una característica de los humanos que, cuando nos enfrentamos a nuestros problemas personales, las cosas más íntimas son las que mejor resisten el análisis de nuestra lógica. Tendemos a buscar excusas a nuestro alrededor, a acusar a todo y a todos, menos al verdadero problema que nos reconcome por dentro.
—Intentáis deliberadamente hacerme dudar de mi capacidad como mentat —espetó el hombre—. Si descubriera a uno de los nuestros intentando sabotear un arma cualquiera de nuestro arsenal, no vacilaría en absoluto en denunciarlo y destruirlo.
—Los mejores mentat conservan un saludable respeto hacia los errores de cálculo —dijo ella.
—¡Nunca he dicho lo contrario!
—Pues aplicaos el cuento y atended a los síntomas que ambos hemos presenciado: la embriaguez entre nuestros hombres, las disputas, el intercambio de rumores vagos e inverosímiles sobre Arrakis, el desdén hacia las más simples…
—Se aburren, eso es todo —dijo él—. No intentéis distraer mi atención presentándome un hecho simple y banal como algo misterioso.
Ella lo miró y pensó en los hombres del duque que acumulaban tanta aflicción en los barracones que la tensión podía olerse desde el castillo como si de un aislante quemado se tratase.
«Cada vez se parecen más a los hombres de las leyendas preCofradía —pensó—. A los hombres de aquel perdido explorador estelar, Ampoliros, cansados de las armas, siempre a la búsqueda, siempre preparados y nunca dispuestos».
—¿Por qué nunca habéis querido usar mis habilidades en vuestro servicio al duque? —preguntó Jessica—. ¿Temíais que me convirtiera en un rival que pusiera en peligro vuestra posición?
Hawat la fulminó con la mirada, y sus viejos ojos llamearon.
—Conozco algo del adiestramiento que os convierte en… —Se quedó en silencio y frunció el ceño.
—Continuad, decidlo —animó ella—. En brujas Bene Gesserit.
—Conozco algo del auténtico adiestramiento que se os ha proporcionado —dijo él—. He podido ver retazos de él en Paul. No me dejo engañar por lo que vuestras escuelas afirman en público: que existís tan solo para servir.
«El tratamiento de choque debe ser severo, y ya casi está preparado para recibirlo», pensó ella.
—Siempre me habéis escuchado con respeto en el Consejo —dijo ella—, pero habéis tenido en cuenta mis opiniones en escasas ocasiones. ¿Por qué?
—No confío en vuestras motivaciones Bene Gesserit —dijo Hawat—. Creéis que podéis leer en el interior de un hombre; tal vez penséis que podéis incitarnos a hacer exactamente lo que vos…
—¡Thufir, pobre imbécil! —espetó Jessica.
Él le dedicó una mirada furibunda y se hundió en el asiento.
—Sean cuales sean los rumores que os hayan llegado sobre nuestras escuelas —dijo Jessica—, la verdad es mucho más grandiosa. Si deseara destruir al duque… o a vos o a cualquier otra persona a mi alcance, no podríais detenerme.
Y pensó: «¿Por qué permito que el orgullo me haga hacer tales afirmaciones? No me adiestraron así. Así no voy a conseguir dejarlo conmocionado».
Hawat se metió una mano bajo la túnica, donde ocultaba un pequeño proyector de dardos envenenados.
«No lleva escudo —pensó—. ¿Acaso es una bravata? Podría matarla ahora, pero, ah… ¿Cuáles serían las consecuencias si estoy equivocado?».
Jessica vio el gesto de su mano y dijo:
—Roguemos por que la violencia nunca sea necesaria entre nosotros.
—Una loable plegaria —asintió él.
—Pero, mientras tanto, el mal se extiende a nuestro alrededor. Os lo vuelvo a preguntar: ¿acaso no sería más razonable suponer que los Harkonnen hayan sembrado estas sospechas a fin de enfrentarnos el uno contra el otro?
—Parece que volvemos a estar en tablas —dijo él.
Jessica suspiró y pensó: «Ya casi está listo».
—El duque y yo somos el padre y la madre tutelares de nuestro pueblo —dijo—. La posición…
—Aún no se ha casado con vos —dijo Hawat.
Jessica se obligó en mantenerse en calma y, en esta ocasión, pensó: «Ha sido una buena respuesta».
—Pero tampoco se casará con ninguna otra —dijo—. No, mientras yo viva. Y, como acabo de decir, somos tutores del pueblo. Romper este orden natural, alterarlo, desorganizarlo y confundirlo… ¿qué objetivo puede haber más atractivo para los Harkonnen?
Hawat captó hacia dónde discurrían las ideas de Jessica, lo que le hizo entornar los ojos y fruncir más el ceño.
—¿El duque? —preguntó ella—. Es un blanco atractivo, ciertamente, pero a excepción de Paul no hay nadie mejor protegido que él. ¿Yo? Seguro que se han sentido tentados, pero saben que las Bene Gesserit son de por sí un objetivo complicado. Hay otro blanco mejor, una persona cuyas funciones desembocan en un inevitable punto ciego. Alguien para el que sospechar es tan natural como respirar, que cimenta toda su vida en la insinuación y el misterio. —Jessica extendió el brazo hacia él con brusquedad—. ¡Vos!
Hawat empezó a levantarse de la silla.
—¡No os he dicho que os retirarais, Thufir! —espetó Jessica.
Dio la impresión de que el viejo mentat se había vuelto a dejar caer en el asiento, como si le hubiesen traicionado los músculos.
La mujer le dedicó una sonrisa alegre y vacía.
—Ahora sí que conocéis algo del verdadero adiestramiento que recibimos —dijo.
Hawat intentó en vano tragar saliva. La orden había sido regia, autoritaria, pronunciada con un tono y una actitud que imposibilitaban resistirse. Su cuerpo había obedecido antes de que pudiera siquiera pensar en ello. Nada podría haber evitado esa respuesta, ni la lógica ni la rabia más apasionada. Nada. Hacer lo que esa mujer acababa de hacer requería una gran sensibilidad y conocimiento íntimo de la persona objetivo de sus órdenes, un control tan profundo que jamás lo hubiera creído posible.
—Os dije antes que ambos deberíamos comprendernos —dijo Jessica—. Pero en realidad quería decir que sois vos el que deberíais comprenderme a mí. Yo ya os comprendo y os aseguro que vuestra fidelidad al duque es lo único que garantiza vuestra seguridad conmigo.
El hombre la miró y se humedeció los labios.
—Si deseara tener una marioneta a mi servicio, el duque ya se habría casado conmigo —dijo ella—. Incluso podría hacerle pensar que lo hizo por su propia voluntad.
Hawat inclinó la cabeza y la miró a través de sus ralas pestañas. Hizo acopio de todas sus fuerzas para reprimir las ganas de llamar a la guardia. De todas sus fuerzas y de la sospecha de que esa mujer no se lo permitiría. Se estremeció al recordar cómo lo había controlado. ¡En aquel instante de vacilación, la mujer podría haber sacado un arma y matarlo allí mismo!
«¿Tendrán este punto ciego todos los seres humanos? —pensó—. ¿Será posible que cada uno de nosotros pueda ser manipulado así sin que podamos resistirnos? —Esta idea lo dejó estupefacto—. ¿Quién podría detener a una persona dotada de tal poder?».
—Es una pequeña muestra de las capacidades Bene Gesserit —dijo ella—. Muy pocos la han experimentado y vivido para contarlo. Y lo que he hecho es algo relativamente sencillo para nosotras. Aún no habéis sido testigos de todo mi arsenal. No lo olvidéis.
—¿Por qué no lo usáis para destruir a los enemigos del duque? —preguntó él.
—¿A quién querríais que destruyese? —preguntó Jessica—. ¿Os gustaría que debilitase la imagen del duque dando a entender que siempre depende de mí?
—Pero, con un poder así…
—El poder es un arma de doble filo, Thufir —dijo ella—. Pensaréis que para mí es fácil controlar a cualquiera para que destripe a mis enemigos. Y es cierto, a mis enemigos y al que controlo. Pero ¿qué conseguiría con eso? Si unas pocas Bene Gesserit hicieran algo así, ¿no se sospecharía de todas nosotras? No queremos que nos ocurra eso, Thufir. No queremos destruirnos. —Inclinó la cabeza—. Solo existimos para servir.
—No puedo enfrentarme a vos —dijo él—. Lo sabéis.
—No contaréis a nadie lo ocurrido —dijo Jessica—. Os conozco, Thufir.
—Mi dama… —El anciano volvió a intentar tragar saliva, pero tenía la garganta seca.
«Es cierto que tiene grandes poderes —pensó—. Pero ¿esos poderes no la convertirían en un instrumento aún más formidable para los Harkonnen?».
—Tanto los amigos como los enemigos del duque podrían acabar con él con la misma presteza —dijo ella—. Espero que ahora lleguéis al fondo de dichas sospechas y seáis capaces de eliminarlas.
—Si resultan ser infundadas —apuntilló él.
—Si resultan serlo —musitó ella.
—Si resultan serlo —repitió él.
—Sois tenaz —dijo Jessica.
—Prudente —observó Hawat—, y consciente de los errores de cálculo.
—Os haré otra pregunta, entonces: ¿qué haríais si os encontrarais frente a otra persona y estuvieseis atado e indefenso mientras os amenaza con un cuchillo en vuestra garganta, pero en lugar de mataros os corta las ataduras y os da el cuchillo para que hagáis lo que os venga en gana con él?
Jessica se levantó del sillón y le dio la espalda.
—Podéis iros, Thufir.
El anciano mentat se levantó, vaciló y sus manos se deslizaron hacia el arma mortal que llevaba escondida bajo la túnica. Recordó la cabeza del toro y el cuadro del padre del duque (un hombre valeroso a pesar de sus otros defectos), y también aquel día de la corrida hacía tanto tiempo: la feroz bestia negra inmóvil, con la cabeza inclinada y desconcertada. El Viejo Duque había dado la espalda a los cuernos, con la capa doblada sobre un brazo de manera ostentosa y mientras los vítores resonaban en las tribunas.
«Yo soy el toro, y ella el torero», pensó Hawat. Apartó la mano del arma y contempló el sudor que brillaba en su palma.
Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que, ocurriera lo que ocurriese, nunca olvidaría aquel instante ni disminuiría jamás la suprema admiración que sentía por la dama Jessica.
Hawat se dio la vuelta y salió de la estancia en silencio.
Jessica lo miró por el reflejo de la ventana, y luego se giró hacia la puerta cerrada.
—Ahora veamos cual es la acción más adecuada —susurró.

