Dune
Libro primero: Dune » Capítulo 18
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¿Luchar contra los sueños?
¿Batirse contra las sombras?
¿Caminar en las tinieblas de un sueño?
El tiempo ya ha pasado.
La vida os ha sido robada.
Perdida entre fruslerías,
víctima de vuestra locura.
Responso por Jamis en la Llanura Funeral, de Canciones de Muad’Dib, por la princesa Irulan
En el recibidor de la casa, Leto estudiaba una nota a la luz de una única lámpara a suspensor. Aún faltaban unas horas para el alba, y se sentía muy cansado. Un mensajero Fremen había entregado la nota a uno de los guardias del exterior poco antes de que el duque regresara del puesto de mando.
La nota rezaba: «Una columna de humo de día, un pilar de fuego de noche».
No estaba firmada.
«¿Qué quiere decir?», se preguntó.
El mensajero se había ido de inmediato, sin esperar respuesta alguna y antes de poder ser interrogado. Había desaparecido en la noche como una sombra etérea.
Leto guardó el papel en un bolsillo de su túnica con la idea de mostrárselo más tarde a Hawat. Se apartó un mechón de pelo de la frente y suspiró. El efecto de las píldoras antifatiga comenzaba a disiparse. Habían pasado dos días muy largos desde el banquete, y muchos más desde que había dormido por última vez.
Además de los problemas militares, también estaba esa penosa discusión que había tenido con Hawat al recibir el informe de su encuentro con Jessica.
«¿Debo despertar a Jessica? —pensó—. No hay ninguna razón para ocultarle nada. ¿O sí? ¡Ese maldito y condenado Duncan Idaho!».
Agitó la cabeza.
«No, Duncan no tiene la culpa. Soy yo quien se equivocó no confiando en ella desde el primer momento. Debo hacerlo ahora, antes de que se agrave la situación».
La decisión le hizo sentirse mejor y se apresuró desde el recibidor a través del Gran Vestíbulo y por los pasillos hacia el ala habitada por su familia.
Se detuvo en la intersección en la que los pasillos se bifurcaban hacia el área de servicio. Le llegó un extraño gemido desde algún lugar del pasillo de servicio. Leto dejó la mano izquierda en el interruptor del cinturón escudo mientras con la derecha sostenía el kindjal. El cuchillo le hizo sentir más seguro. El extraño sonido le había puesto los pelos de punta.
El duque avanzó en silencio por el pasillo de servicio sin dejar de maldecir la escasa iluminación. El lugar contaba con pequeñas lámparas a suspensor que habían sido espaciadas de ocho en ocho metros y tenían la intensidad regulada al mínimo. Las oscuras paredes de piedra absorbían la luz.
En la penumbra, distinguió frente a él una silueta confusa sobre el suelo.
Leto titubeó y estuvo a punto de activar el escudo, pero se contuvo porque hacerlo hubiera limitado sus movimientos y ahogado los sonidos… y porque la captura del cargamento de láseres le había llenado de dudas.
Se dirigió en silencio hacia el bulto gris y advirtió que se trataba de una figura humana, un hombre tendido de bruces. Leto le dio la vuelta con el pie sin soltar el cuchillo y se acuclilló a la luz tenue para verle mejor la cara. Era Tuek, el contrabandista, con una húmeda mancha en el pecho. Sus ojos sin vida reflejaban el vacío de la oscuridad. Leto tocó la mancha: aún estaba caliente.
«¿Cómo es posible que este hombre haya muerto aquí? —se preguntó Leto—. ¿Quién lo ha matado?».
Aquel extraño gemido se oía más fuerte desde allí. Venía del pasillo lateral, el que conducía a la habitación central donde habían instalado el generador principal del escudo de la casa.
Con una mano en el interruptor del cinturón y el kindjal en la otra, el duque rodeó el cuerpo, avanzó por el pasillo y echó un vistazo a la habitación del generador desde la esquina.
Unos pasos más adelante y también en el suelo, había otra silueta confusa que reconoció al momento como el origen del ruido. La forma se arrastraba hacia él con dolorosa lentitud, entre jadeos y gemidos.
Leto reprimió el terror repentino que sintió, se abalanzó por el pasillo y se inclinó junto a la figura reptante. Era Mapes, el ama de llaves Fremen, con los cabellos despeinados sobre el rostro y la ropa desaliñada. Una mancha oscura y brillante se extendía desde su espalda hasta el costado. Leto le tocó el hombro, y la mujer se apoyó en los codos para erguirse al tiempo que levantaba la cabeza para contemplarlo con la mirada perdida en una oscuridad insondable.
—V… vos —gimió—. Han matado… guardia… enviado… buscar… Tuek… huir… mi dama… vos… vos… aquí… no… —Se derrumbó, y su cabeza resonó contra el suelo de roca.
Leto le puso los dedos en las sienes. No tenía pulso. Miró la mancha: la habían apuñalado por la espalda. ¿Quién? Todo le daba vueltas. ¿Había querido decir que alguien había matado a la guardia? Y Tuek… ¿había sido Jessica quien lo había llamado? ¿Por qué?
Hizo un amago de levantarse, pero un sexto sentido le hizo parar. Llevó una mano al interruptor del escudo, demasiado tarde. Algo le apartó el brazo de un fuerte golpe. Sintió un dolor, vio que una aguja le sobresalía de la manga y notó que la parálisis empezaba a extendérsele a lo largo del brazo. Hizo un esfuerzo atroz por levantar la cabeza y mirar hacia el otro extremo del pasillo.
Yueh estaba de pie en el umbral de la puerta abierta de la habitación del generador. Su rostro reflejaba el amarillo de la luz de la única lámpara a suspensor que flotaba sobre la entrada. La habitación a sus espaldas estaba en silencio, no se oía el ruido del generador.
«¡Yueh! —pensó Leto—. ¡Ha saboteado los generadores de la casa! ¡Estamos al descubierto!».
Yueh avanzó hacia él mientras se guardaba en el bolsillo una pistola de agujas.
Leto descubrió que aún podía hablar y jadeó:
—¡Yueh! ¿Cómo es posible?
En ese momento, la parálisis le alcanzó las piernas y cayó al suelo con la espalda apoyada en la pared de piedra.
Yueh se inclinó sobre él con el rostro cargado de tristeza y le tocó la frente. El duque descubrió que aún podía sentir el contacto, pero que este era remoto, leve.
—La aguja tenía una droga selectiva —dijo Yueh—. Podéis hablar, pero os lo desaconsejo. —Echó un vistazo hacia el pasillo y luego volvió a inclinarse sobre Leto; arrancó la aguja y la lanzó lejos. El repiqueteo del metal contra la piedra le llegó lejano, ahogado.
«No puede ser Yueh —pensó Leto—. Seguro que está condicionado».
—¿Cómo es posible? —susurró.
—Lo siento, querido duque, pero hay cosas mucho más fuertes que esto. —Tocó el tatuaje diamantino de su frente—. Yo mismo lo encuentro muy extraño, una manifestación de mi consciencia pirética, pero quiero matar a un hombre. Sí, deseo hacerlo. Y nada podrá detenerme. —Miró al duque—. Oh, no a vos, querido duque. Al barón Harkonnen. Es al barón a quien quiero matar.
—B-ba-barón Har…
—Silencio, por favor, mi pobre duque. No os queda mucho tiempo. Ese diente que os implanté tras vuestra caída en Narcal, debo sustituirlo. Dentro de un momento, os quedaréis inconsciente y os lo reemplazaré. —Abrió la mano y miró algo que tenía en ella—. Un duplicado exacto, con una exquisita imitación del nervio central. Será invisible para todos los detectores habituales e incluso a un examen en profundidad. Pero si apretáis con fuerza la mandíbula, romperéis la capa externa. En ese momento, cuando echéis con fuerza el aliento, expulsaréis a vuestro alrededor un gas venenoso, prácticamente letal.
Leto levantó la cabeza hacia Yueh y atisbó la locura de su mirada, vio cómo el sudor le goteaba desde la frente hasta el mentón.
—Estáis condenado de todos modos, mi pobre duque —dijo Yueh—. Pero, antes de morir, debéis acercaros al barón. Él creerá que estáis bajo el efecto de las drogas y que es imposible que lo ataquéis. Y, en efecto, estaréis drogado e inmovilizado. Pero un ataque puede asumir las formas más extrañas. Y en ese momento recordaréis el diente. El diente, duque Leto Atreides. Recordaréis el diente.
El viejo doctor se inclinó más y más hacia su rostro, hasta que su largo bigote dominó el cada vez más reducido campo de visión de Leto.
—El diente —murmuró Yueh.
—¿Por qué? —jadeó Leto.
Yueh apoyó una rodilla en el suelo, al lado del duque.
—He firmado un pacto de shaitán con el barón. Y debo asegurarme de que ha cumplido su parte. Cuando lo vea, lo sabré. Cuando mire al barón, lo sabré. Pero no puedo presentarme ante él sin haber pagado el precio. Vos sois el precio, mi pobre duque. Cuando le vea, lo sabré. Mi pobre Wanna me enseñó muchas cosas, y una de ellas es a asegurarme de la verdad cuando la tensión es grande. No siempre puedo hacerlo, pero cuando vea al barón… lo sabré.
Leto intentó mirar el diente que Yueh tenía en la palma de la mano. Todo era una pesadilla, no podía ser real.
Los labios púrpura de Yueh le dedicaron un mohín.
—Yo no conseguiré acercarme al barón, de ser así lo hubiera hecho yo mismo. No, me mantendrá a una distancia prudente. Pero vos… ¡ah, vos, mi adorada arma! Querrá veros muy de cerca para reírse y vanagloriarse aún más.
Leto había quedado casi hipnotizado por un músculo en el lado izquierdo de la mandíbula de Yueh. Se contraía cada vez que el hombre hablaba.
El doctor se acercó aún más.
—Y vos, mi buen duque, mi valioso duque, debéis recordar este diente. —Lo sujetó entre el índice y el pulgar para mostrárselo—. Será todo lo que quedará de vos.
La boca de Leto se movió sin emitir sonido alguno.
—Me niego —dijo al fin.
—¡Oh, no! No podéis negaros. Porque, a cambio de este pequeño servicio, yo también haré algo por vos. Voy a salvar a vuestro hijo y a vuestra mujer. Soy el único que puede hacerlo. Los enviaré a un lugar en el que ningún Harkonnen podrá ponerles la mano encima.
—¿Cómo… vas a… salvar? —susurró Leto.
—Les haré creer que han muerto y los llevaré en secreto a vivir con aquellos que desenfundan un cuchillo nada más oír el nombre de los Harkonnen, aquellos que los odian hasta tal punto que quemarían las sillas donde se ha sentado un Harkonnen o esparcirían sal por la tierra que han pisado. —Tocó la mandíbula de Leto—. ¿Sentís algo?
El duque descubrió que no podía contestar. Sintió un tirón lejano y vio que el anillo ducal había aparecido en la mano de Yueh.
—Para Paul —dijo el doctor—. Ahora os quedaréis inconsciente. Adiós, mi pobre duque. La próxima vez que nos veamos no tendremos tiempo para charlar.
Un frío glacial remontó de la mandíbula de Leto hacia sus mejillas. Las sombras del pasillo parecieron concentrarse en un punto en cuyo centro destacaban los labios púrpura de Yueh.
—¡Recordad el diente! —susurró Yueh—. ¡El diente!