Dune

Dune


Libro segundo: Muad’dib » Capítulo 24

Página 30 de 66

Mi padre me dijo en una ocasión que el respeto por la verdad casi se podría considerar el fundamento de toda moral. «Nada puede surgir de la nada», dijo. Y es una idea muy profunda si uno concibe hasta qué punto puede ser inestable «la verdad».

De Conversaciones con Muad’Dib, por la princesa Irulan

—Siempre me he vanagloriado de ver las cosas como son en realidad —dijo Thufir Hawat—. Es la maldición de ser un mentat. Uno no puede evitar analizar los datos.

Mientras hablaba en la penumbra que precedía al alba, su rostro viejo y curtido parecía calmado. Sus labios manchados de safo eran una línea recta de la que partían arrugas verticales.

Un hombre ataviado con una túnica se encontraba acuclillado en la arena frente a él, al parecer insensible a sus palabras.

Los dos estaban bajo un saliente rocoso que dominaba una vasta dolina. La luz del alba se extendía por el contorno irregular de los acantilados y teñía de rosa toda la depresión. Bajo la cornisa hacía frío, uno seco y penetrante que se había mantenido después de la noche. Poco antes del amanecer había soplado una brisa templada, pero ahora volvía a estar fría. Detrás de él, Hawat oía el castañeteo de los dientes de los pocos soldados de sus fuerzas que quedaban con vida.

El hombre acuclillado ante Hawat era un Fremen que había acudido a ellos después de atravesar la dolina durante las primeras luces del falso amanecer, deslizándose sobre la arena y camuflándose entre las dunas, apenas visible.

El Fremen extendió un dedo hacia la arena que los separaba y dibujó una figura. Parecía un cuenco con una flecha que salía de él.

—Hay muchas patrullas Harkonnen —indicó.

Levantó el dedo y señaló hacia lo alto, hacia las rocas de las que habían descendido Hawat y sus hombres.

Hawat asintió.

«Muchas patrullas. Sí».

Pero aún no sabía lo que quería el Fremen, y le irritaba. Se suponía que el adiestramiento mentat proporcionaba a un hombre el poder de percibir las motivaciones.

Había sido la peor noche de toda la vida de Hawat. Cuando habían llegado los primeros informes del ataque, se encontraba en Tsimpo, una guarnición que era un puesto fronterizo defensivo de Carthag, la antigua capital. Al principio, había pensado: «No es más que una incursión. Los Harkonnen nos están poniendo a prueba».

Pero no habían dejado de llegar informes, cada vez más.

Dos legiones desembarcaron en Carthag.

Cinco legiones (¡cincuenta brigadas!) atacaron la base principal del duque en Arrakeen.

Una legión en Arsunt.

Dos grupos de combate en Roca Astillada.

Al cabo, los informes empezaron a llegar más detallados: entre los atacantes había Sardaukar imperiales, puede que dos legiones. Y estaba claro que los invasores sabían a la perfección el tipo y la cantidad de efectivos que enviar a cada lugar. ¡A la perfección! Un magnífico trabajo de espionaje.

Hawat se había sentido tan furioso que la sensación llegó incluso a amenazar sus capacidades de mentat. La magnitud del ataque había golpeado su mente con una violencia casi física.

Ahora, oculto bajo una roca del desierto, inclinó la cabeza y se envolvió en su túnica ajada para resguardarse de las frías sombras.

«La magnitud del ataque».

Siempre había esperado que sus enemigos fletarían un transporte ligero de la Cofradía para realizar algunas incursiones de tanteo. Era una táctica habitual en cualquier guerra entre dos Casas. Los transportes atracaban y zarpaban de Arrakis con regularidad para mover la especia de la Casa de los Atreides. Hawat había tomado precauciones contra incursiones fortuitas de falsos transportes de especia. Y nunca había esperado más de diez brigadas, ni siquiera para un ataque a gran escala.

Pero los últimos cálculos indicaban que había más de dos mil naves sobre Arrakis, y no solo transportes, sino también fragatas, exploradoras, monitoras, cruceros, acorazados, transportes de tropas, cargos…

Más de cien brigadas: ¡diez legiones!

Todos los beneficios de la especia de Arrakis durante cincuenta años apenas bastarían para cubrir los gastos de una operación así.

«Y es un cálculo estimado».

«He infravalorado lo que el barón estaba dispuesto a gastar para atacarnos —pensó Hawat—. He fallado a mi duque».

Y también tenía que tener en cuenta la traición.

«¡Viviré lo suficiente para ver cómo la estrangulan! —pensó—. Debería haber matado a esa bruja Bene Gesserit cuando tuve la oportunidad».

Tenía muy claro quién era la persona que los había traicionado, la dama Jessica. Era la posibilidad que más se ajustaba a los datos con los que contaba.

—Tu hombre, Gurney Halleck, y parte de sus fuerzas están a salvo entre nuestros amigos contrabandistas —dijo el Fremen.

—Bien.

«Así Gurney podrá escapar de este planeta infernal. No habremos caído todos».

Hawat miró hacia lo que quedaba de sus hombres. Al principio de la noche contaba con trescientos de los mejores. Ahora apenas quedaba una veintena, y la mitad estaban heridos. Algunos dormían de pie apoyados contra la roca o echados en la arena al resguardo del saliente. El último tóptero que tenían, que habían usado como vehículo terrestre para transportar a los heridos, había dejado de funcionar poco antes del alba. Lo habían desguazado con los láseres y ocultado las partes más pequeñas, para luego continuar su camino hasta aquel refugio que se encontraba en un extremo de la depresión.

Hawat solo tenía una vaga idea de su ubicación: unos doscientos kilómetros al sudeste de Arrakeen. Los caminos más transitados entre las comunidades sietch de la Muralla Escudo se encontraban algo más al sur.

El Fremen que estaba frente a Hawat se retiró la capucha y el gorro del destiltraje hasta los hombros, lo que dejó al descubierto un cabello y una barba del color de la arena. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, y mostraba una frente alta y estrecha. Sus insondables ojos tenían el característico color azul de la especia. A un lado de la boca, la barba y el bigote estaban aplastados por la presión del tubo que salía de los tampones de la nariz.

El hombre se quitó los tampones y los ajustó. Se rascó una cicatriz que tenía al lado de la nariz.

—Si atravesáis la dolina esta noche, nada de escudos —dijo el Fremen—. Hay una brecha en el acantilado… —Giró sobre sus talones y señaló hacia el sur—. Allí. Y luego una extensión abierta de arena hasta el erg. Los escudos podrían atraer a un… —titubeó— gusano. No suelen venir por aquí, pero los escudos siempre los atraen.

«Ha dicho gusano —pensó Hawat—. Pero iba a decir otra cosa. ¿Y qué es lo que espera de nosotros?».

Hawat suspiró.

Nunca se había sentido tan cansado. Los músculos le dolían tanto que ninguna píldora energética podría aliviar la molestia.

¡Esos malditos Sardaukar!

Le embargó la amargura y pensó en esos soldados fanáticos y en la traición imperial que representaban. Pero su evaluación mentat de los hechos le reveló las escasas posibilidades que tenía de probar aquella traición ante el Alto Consejo del Landsraad, donde únicamente podría hacerse justicia.

—¿Deseas reunirte con los contrabandistas? —preguntó el Fremen.

—¿Es posible?

—Queda un largo camino.

«A los Fremen no les gusta decir que no», había dicho Idaho en una ocasión.

—Todavía no me has dicho si tu pueblo puede ayudar a mis heridos —dijo Hawat.

—Están heridos.

«¡Siempre responde igual!».

—¡Sé que están heridos! —espetó Hawat—. Eso no es…

—Paz, amigo —advirtió el Fremen—. ¿Qué es lo que opinan tus heridos? ¿Hay alguno que esté en condiciones de comprender la necesidad de agua de tu tribu?

—No hemos hablado de agua —dijo Hawat—. Nosotros…

—Entiendo tu reticencia —dijo el Fremen—. Son tus amigos, los hombres de tu tribu. ¿Tenéis agua?

—No la suficiente.

El Fremen hizo un gesto hacia la túnica de Hawat, a la zona donde se veía su piel desnuda.

—Os han sorprendido en vuestro sietch, sin los trajes. Tenéis que tomar una decisión sobre el agua, amigo.

—¿Podemos alquilar vuestros servicios?

El Fremen se encogió de hombros.

—No tenéis agua. —Sus ojos recorrieron el grupo de hombres que estaba detrás de Hawat—. ¿De cuántos de tus heridos podrías desprenderte?

Hawat se quedó en silencio y examinó al hombre. Como mentat, se había dado cuenta de que la conversación estaba desfasada. Los sonidos y las palabras no encajaban de la manera habitual.

—Soy Thufir Hawat —dijo—. Puedo hablar en nombre de mi duque. Firmaré un compromiso a cambio de vuestra ayuda. Solo pido una cosa: conservar mis efectivos el tiempo suficiente para ajustar cuentas con una traidora que cree que se ha salido con la suya.

—¿Pretendes que nos unamos a ti en una vendetta?

—Yo mismo me encargaré de la vendetta. Solo quiero que se me libere de la responsabilidad de mis heridos.

El Fremen frunció el ceño.

—¿Cómo puedes ser tú el responsable de tus heridos? Ellos son los que tienen que responsabilizarse de sí mismos. El agua es un problema, Thufir Hawat. ¿Quieres que sea yo quien tome esa decisión en tu lugar?

El hombre se llevó la mano al arma que ocultaba bajo la túnica.

Thufir se envaró y pensó: «¿Es esto otra traición?».

—¿Qué es lo que temes? —preguntó el Fremen.

«¡Esta gente y su desconcertante franqueza!».

—Han puesto precio a mi cabeza —dijo Hawat con cautela.

—Vaya. —El Fremen retiró la mano del arma—. Creéis que nos pueden corromper. Pero no nos conocéis. Los Harkonnen no tienen el agua suficiente ni para corromper al más pequeño de nuestros niños.

«Pero han pagado a la Cofradía el peaje para más de dos mil naves de combate», pensó Hawat. Y pensar en tanto dinero lo dejó estupefacto.

—Ambos nos enfrentamos a los Harkonnen —dijo Hawat—. ¿No deberíamos compartir los problemas y los medios para triunfar en la batalla?

—Ya lo hacemos —dijo el Fremen—. Os he visto combatir contra los Harkonnen. Sois buenos. Me hubiese gustado contar con vuestras armas en más de una ocasión.

—Solo tienes que pedírnoslo —dijo Hawat.

—¿Quién sabe cuándo volverá a ser necesario? —respondió el Fremen—. Hay efectivos de los Harkonnen por todas partes. Pero aún no has tomado una decisión sobre el agua ni la has dejado en manos de tus heridos.

«Debo ser prudente —pensó Hawat—. Hay algo que se me escapa».

—¿Podrías enseñarme tus costumbres, las costumbres arrakenas? —preguntó Hawat.

—La típica pregunta de un extranjero —dijo el Fremen con cierto aire de desprecio. Señaló hacia el noroeste, al otro lado de la cresta rocosa—. Vimos cómo cruzabais la arena durante la noche. —Bajó el brazo—. Has hecho que tus hombres marchen por la hondonada de las dunas. Es un error. No tenéis destiltrajes. No tenéis agua. No duraréis mucho.

—No es fácil acostumbrarse a Arrakis —dijo Hawat.

—Cierto. Pero nosotros hemos matado Harkonnen.

—¿Qué hacéis vosotros con los heridos? —preguntó Hawat.

—¿Acaso un hombre no sabe cuándo merece la pena ser salvado? —dijo el Fremen—. Tus heridos saben que no tenéis agua. —Inclinó la cabeza y miró de soslayo a Hawat—. Sin duda es momento de tomar una decisión sobre el agua. Tanto los heridos como los ilesos deben pensar en el futuro de la tribu.

«El futuro de la tribu —pensó Hawat—. La tribu de los Atreides. Tiene sentido».

Se obligó a sí mismo a hacer la pregunta que había eludido hasta ese momento.

—¿Sabes qué suerte han corrido el duque o su hijo?

—¿Suerte? —Los ojos azules miraron insondables a Hawat.

—¡Lo que les ha deparado el destino! —espetó Hawat.

—El destino que nos espera a todos es el mismo —aseguró el Fremen—. Y, por lo que se dice, tu duque ya se ha encontrado cara a cara con él. En cuanto al Lisan al-Gaib, su hijo, está en las manos de Liet. Y Liet no ha dicho nada.

«Sabía lo que me iba a responder antes de formular la pregunta», pensó Hawat.

Se dio la vuelta para mirar a sus hombres. Todos estaban despiertos. Habían oído la conversación. Miraban con fijeza la arena, y sus pensamientos se reflejaban a la perfección en sus facciones: nunca volverían a Caladan y habían perdido Arrakis.

Hawat se volvió a girar hacia el Fremen.

—¿Sabes algo de Duncan Idaho?

—Estaba en la gran casa cuando cayó el escudo —dijo el Fremen—. Eso es lo que sé… Nada más.

«Fue ella quien desactivó el escudo y dejó entrar a los Harkonnen —pensó—. Pero yo quien vigilaba de espaldas a lo que estaba ocurriendo. ¿Cómo ha podido hacer algo así cuando también supone actuar contra su propio hijo? Pero bueno… ¿quién sabe lo que piensa una bruja Bene Gesserit? Si es que eso se puede denominar pensamiento».

Hawat intentó tragar saliva con la garganta reseca.

—¿Cuándo sabréis algo del chico?

—Sabemos poco de lo que ocurre en Arrakeen —explicó el Fremen. Se encogió de hombros—. ¿Quién sabe?

—¿Tenéis alguna manera de descubrir qué ha sido de él?

—Quizá. —El Fremen se rascó la cicatriz que tenía junto a la nariz—. Dime, Thufir Hawat, ¿sabes algo de las armas pesadas que han usado los Harkonnen?

«La artillería —pensó Hawat con amargura—. ¿Quién hubiera pensado que iban a usar la artillería en esta época en la que hay tantos escudos?».

—Te refieres a la artillería que han usado para atrapar a nuestros hombres en las cavernas —dijo—. Tengo… un conocimiento teórico de esas armas explosivas.

—Todo hombre que se refugia en una caverna que solo tiene una salida merece la muerte —dijo el Fremen.

—¿Por qué me has preguntado por las armas?

—Liet quiere saber.

«¿Eso es lo que quiere de nosotros?», pensó Hawat.

—¿Has venido en busca de información sobre esas grandes armas? —preguntó Hawat.

—A Liet le gustaría examinar por sí mismo una de ellas.

—Pues solo tenéis que ir y cogerla —se burló Hawat.

—Sí —dijo el Fremen—. Eso hemos hecho. La hemos ocultado donde Stilgar pueda estudiarla para Liet y donde Liet pueda verla si así lo desea. Pero dudo que quiera: no es muy buena. Tiene un diseño mediocre para Arrakis.

—¿Habéis… cogido una? —preguntó Hawat.

—Fue un buen combate —explicó el Fremen—. Solo perdimos dos hombres, pero derramamos el agua de más de doscientos enemigos.

«Había Sardaukar junto a esos cañones —pensó Hawat—. ¡Este loco del desierto dice como si nada que solo han perdido dos hombres contra los Sardaukar!».

—No habríamos perdido a esos dos de no haber sido por esos otros que combatían junto a los Harkonnen —dijo el Fremen—. Eran buenos guerreros.

Uno de los hombres de Hawat se acercó cojeando y miró desde arriba al Fremen acuclillado.

—¿Habláis de los Sardaukar?

—Hablamos de los Sardaukar —respondió Hawat.

—¡Sardaukar! —dijo el Fremen con un tono que parecía denotar alegría—. ¡Claro, eso es lo que eran! Entonces fue una noche magnífica. Sardaukar. ¿De qué legión? ¿Lo sabes?

—No… no lo sabemos —dijo Hawat.

—Sardaukar —musitó el Fremen—. Pero llevaban uniformes Harkonnen. ¿No es raro?

—El emperador no quiere que se sepa que combate contra una Gran Casa —dijo Hawat.

—Pero tú sabes que son Sardaukar.

—¿Y quién soy yo? —dijo Hawat con pesadumbre.

—Tú eres Thufir Hawat —dijo el hombre con tono neutral—. Bueno, ya lo descubriremos. Hemos capturado a tres y los hombres de Liet van a interrogarlos.

El ayudante de Hawat habló despacio, y la incredulidad se filtró en cada una de sus palabras:

—¿Habéis… habéis capturado a los Sardaukar?

—Solo a tres —dijo el Fremen—. Luchan bien.

«Ojalá nos hubiese dado tiempo de aliarnos con los Fremen —pensó Hawat. Era un lamento que invadía sus pensamientos—. Ojalá nos hubiese dado tiempo de entrenarlos y darles armas. ¡Gran Madre, habrían sido unos efectivos magníficos!».

—Quizá sea tu preocupación por el Lisan al-Gaib lo que te hace vacilar —dijo el Fremen—. Si de verdad es el Lisan al-Gaib, no hay nada que pueda hacerle daño. No pierdas tu tiempo dándole vueltas a algo que aún desconocemos.

—Yo sirvo al… Lisan al-Gaib —dijo Hawat—. Me preocupa su seguridad. He consagrado mi vida a protegerlo.

—¿Te has consagrado a su agua?

Hawat miró a su ayudante, que seguía mirando fijamente al Fremen, y luego volvió a desviar su atención a la figura acuclillada.

—A su agua, sí.

—¿Deseas volver a Arrakeen, al lugar de su agua?

—Ah… sí, al lugar de su agua.

—¿Por qué no has dicho desde el principio que estaba relacionado con el agua? —El Fremen se levantó y se ajustó bien los tampones de la nariz.

Hawat hizo una seña con la cabeza a su ayudante para que volviera con los demás. El hombre le dedicó un exhausto encogimiento de hombros y obedeció. Hawat oyó que se alzaban unos murmullos en el grupo.

—Siempre hay un camino que conduce al agua —dijo el Fremen.

Un hombre soltó un taco detrás de Hawat. Su ayudante gritó:

—¡Thufir! Arkie acaba de morir.

El Fremen se llevó el puño a la oreja.

—¡El vínculo del agua! ¡Es una señal! —Miró a Hawat—. Aquí cerca tenemos un lugar para hacer acopio del agua. ¿Quieres que llame a mis hombres?

El ayudante regresó junto a Hawat.

—Thufir —dijo—, un par de hombres han dejado a sus mujeres en Arrakeen. Están algo… Bueno, os lo podéis imaginar dada la situación en la que nos encontramos.

El Fremen seguía apretando el puño contra la oreja.

—¿Es el vínculo del agua, Thufir Hawat? —inquirió.

Hawat no dejaba de darle vueltas a todo. Ahora entendía el sentido de las palabras del Fremen, pero temía la reacción de los hombres extenuados que se encontraban bajo el saliente cuando se enterasen.

—El vínculo del agua —dijo Hawat.

—Que nuestras tribus se unan —dijo el Fremen al tiempo que bajaba el puño.

Como si fuese una señal, cuatro hombres se deslizaron hacia abajo por las rocas que tenían encima. Saltaron del saliente, envolvieron el cadáver en una túnica holgada, lo levantaron y se perdieron a la carrera a lo largo de la pared del acantilado que tenían a la derecha. Sus pasos levantaron nubecillas de polvo.

Ocurrió con tanta presteza que los exhaustos hombres de Hawat no reaccionaron hasta que ya se habían llevado el cuerpo. El grupo de hombres que cargaba con el cadáver envuelto en la túnica desapareció tras unas rocas.

Uno de los hombres de Hawat gritó:

—¿Dónde llevan a Arkie? Estaba…

—Se lo llevan para… enterrarlo —dijo Hawat.

—¡Los Fremen no entierran a sus muertos! —bramó el hombre—. No intentéis engañarnos, Thufir. Sabemos lo que les hacen. Arkie era uno de…

—El Paraíso está asegurado para los que mueren al servicio del Lisan al-Gaib —aseguró el Fremen—. Si, tal y como habéis dicho, es cierto que servís al Lisan al-Gaib, ¿por qué lamentaros? El recuerdo de aquel que ha muerto así perdurará mientras dure la memoria de los hombres.

Pero los hombres de Hawat avanzaron con la ira reflejada en sus rostros. Uno de ellos había conseguido hacerse con una pistola láser. La desenfundó.

—¡Quieto ahí! —espetó Hawat. Luchó contra el agotamiento que se había apoderado de sus músculos—. Este pueblo respeta a nuestros muertos. Sus costumbres son diferentes, pero tienen el mismo significado.

—Van a extraerle toda el agua a Arkie —gruñó el hombre del láser.

—¿Tus hombres desean asistir a la ceremonia? —preguntó el Fremen.

«No entiende cuál es el problema», pensó Hawat. La ingenuidad del Fremen era estremecedora.

—Están alterados por la muerte de un respetado camarada —dijo Hawat.

—Trataremos a vuestro camarada con el mismo respeto con el que tratamos a los nuestros —aseguró el Fremen—. Es el vínculo del agua. Conocemos el ritual. La carne de un hombre le pertenece. El agua pertenece a la tribu.

Hawat replicó al momento, mientras el hombre de la pistola láser dio otro paso al frente:

—¿Ayudaréis ahora a nuestros heridos?

—El vínculo no se cuestiona —dijo el Fremen—. Haremos por vosotros lo que una tribu hace por sus integrantes. Primero tenemos que conseguiros un traje y atender vuestras necesidades.

El hombre de la pistola láser titubeó.

—¿Estamos comprando vuestra ayuda con la… el agua de Arkie? —dijo el ayudante de Hawat.

—No es comprar —dijo Hawat—. Nos hemos unido a ellos.

—Son otras costumbres —dijo uno de sus hombres.

Hawat empezó a relajarse.

—¿Y nos ayudarán a llegar hasta Arrakeen?

—Mataremos Harkonnen —dijo el Fremen. Sonrió—. Y Sardaukar. —Dio un paso atrás, colocó las manos ahuecadas detrás de las orejas, giró la cabeza y escuchó. Después bajó las manos y dijo—: Se acerca una aeronave. Ocultaos bajo la roca y quedaos quietos.

Hawat hizo un gesto, y sus hombres obedecieron.

El Fremen sujetó a Hawat por el brazo y lo empujó con los demás.

—Combatiremos cuando llegue el momento —dijo. Metió la mano bajo la túnica y extrajo una pequeña jaula de la que sacó una criatura.

Hawat vio que era un minúsculo murciélago. El animalillo giró la cabeza, y Hawat vio que tenía los ojos azul contra azul.

El Fremen acarició al murciélago y le susurró algo para calmarlo. Se inclinó hacia la cabeza del animal y dejó que una gota de saliva cayese de su boca a la del murciélago, que la tenía abierta y miraba hacia arriba. La criatura desplegó las alas, pero permaneció en la mano abierta del Fremen. El hombre cogió un pequeño tubo, lo colocó junto a la cabeza del animal y dijo algo por el otro extremo. Luego levantó la mano y lanzó a la criatura por los aires.

El murciélago aleteó y se perdió detrás del acantilado.

El Fremen cerró la jaula y se la guardó bajo la túnica. Volvió a inclinar la cabeza para escuchar.

—Están rastreando las tierras altas —dijo—. Me pregunto qué buscan allí.

—Saben que nos retiramos en esta dirección —dijo Hawat.

—Uno no debe suponer que es el único objetivo de una cacería —dijo el Fremen—. Mira al otro lado de la depresión. Verás algo.

Pasó un tiempo.

Algunos de los hombres de Hawat se agitaron y empezaron a murmurar.

—Permaneced en silencio, como animales asustados —susurró el Fremen.

Hawat percibió un movimiento en la pared de roca opuesta, manchas confusas del mismo color que la arena.

—Mi pequeño amigo ha entregado el mensaje —dijo el Fremen—. Es un buen mensajero, tanto de día como de noche. No me gustaría perderlo.

Cesó el movimiento que había visto al otro lado de la dolina. No había nada de nada en la extensión de cuatro o cinco kilómetros de arena, a excepción del calor del día y la tórrida brisa que cada vez eran más sofocantes.

—Ahora silencio —susurró el Fremen.

Una hilera de figuras surgió de una hendidura que había en las rocas del lado opuesto y empezó avanzar muy despacio por la dolina. A Hawat le parecieron Fremen, pero de ser así era un grupo muy torpe. Contó seis hombres que se desplazaban a paso incierto entre las dunas.

El batir de las alas de un ornitóptero sonó en las alturas, justo detrás del grupo de Hawat. El aparato salió de la parte superior del acantilado que tenían encima: era un tóptero Atreides repintado con los colores de batalla de los Harkonnen. El tóptero se abalanzó en picado sobre los hombres que cruzaban la dolina.

El grupo se detuvo sobre la cresta de una duna y agitó los brazos.

El tóptero describió un círculo cerrado sobre ellos, aterrizó con brusquedad frente a los Fremen y levantó una cortina de arena. Del vehículo salieron cinco hombres, y Hawat vio la silueta resplandeciente de los escudos al rechazar la arena, y también que se movían con la inclemente eficiencia de los Sardaukar.

—¡Aiiihh! Están usando esos estúpidos escudos —susurró el Fremen junto a Hawat. Miró hacia el acantilado meridional de la dolina.

—Son Sardaukar —murmuró Hawat.

—Bien.

Los Sardaukar se aproximaron al pequeño grupo inmóvil de los Fremen en formación de semicírculo. El sol resplandecía en las hojas de sus armas desenfundadas. Los Fremen los esperaban formando un grupo compacto y parecían indiferentes.

De improviso, unos Fremen emergieron de la arena que rodeaba a ambos grupos. Salieron cerca del ornitóptero y entraron en él. Una nube de arena se elevó en la cresta de la duna en la que se encontraban ambos grupos y desdibujó el impetuoso ajetreo de una batalla.

Cuando la nube se asentó, los Fremen eran los únicos que seguían en pie.

—Solo dejaron a tres hombres en el tóptero —dijo el Fremen junto a Hawat—. Hemos tenido suerte. Lo hemos capturado sin dañarlo.

—¡Eran Sardaukar! —dijo uno de los hombres de Hawat detrás de ellos.

—¿Has visto lo bien que luchaban? —preguntó el Fremen.

Hawat respiró hondo. Olió la arena abrasada que lo rodeaba, sintió el calor asfixiante y la sequedad. Una sequedad que pareció apoderarse de su voz cuando dijo:

—Sí, luchaban muy bien.

El tóptero capturado despegó con un gran batir de alas, elevó el morro y viró hacia el sur mientras desplegaba las alas.

«Así que los Fremen también saben conducir tópteros», pensó Hawat.

En la duna distante, un Fremen ondeó un retal de tela verde: una vez… dos veces.

—¡Llegan más! —exclamó el Fremen junto a Hawat—. Preparaos. Esperaba que pudiésemos irnos sin más inconvenientes.

«¡Inconvenientes!», pensó Hawat.

Vio cómo dos tópteros más aparecían por el oeste a gran altura y se precipitaban hacia la cresta de la duna donde ya no se atisbaba ningún Fremen. En aquel lugar, testigo de la violencia, solo quedaban ocho manchas azules: los cuerpos de los Sardaukar con uniformes Harkonnen.

Otro tóptero planeó sobre la pared del acantilado que Hawat tenía detrás. Se sobresaltó al verlo: era un gran transporte de tropas. Se desplazaba despacio, con las alas desplegadas y la demora propia de estar cargado al máximo, como un pájaro gigantesco que volviera al nido.

En la distancia, el dedo púrpura de un láser surgió de uno de los ornitópteros que descendía en picado. Recorrió la superficie y levantó nubes de arena.

—¡Los cobardes! —gruñó el Fremen junto a Hawat.

El transporte de tropas se dirigió a la cima en la que estaban los cuerpos vestidos de azul. Desplegó las alas al máximo y empezó a girarlas para frenar con brusquedad.

Un rayo de sol reflejado en una superficie metálica que había al sur llamó la atención de Hawat. Se trataba de un tóptero que caía en picado con toda la potencia de sus motores, las alas replegadas a los costados y los propulsores dejando tras de sí una llama dorada que se recortaba contra el argénteo y oscuro gris del cielo. Se abalanzó como una flecha contra el transporte de tropas, cuyo escudo estaba desactivado a causa de los láseres que operaban a su alrededor. Lo embistió de lleno.

Un retumbar atronador sacudió toda la depresión. Las rocas se precipitaron por las paredes de todos los acantilados que la rodeaban. Un géiser rojo y anaranjado se elevó hacia el cielo en el lugar donde estaban aterrizando el transporte y los otros tópteros. Las llamas lo consumieron todo.

«Ha sido el Fremen que estaba a bordo del tóptero capturado —pensó Hawat—. Se ha sacrificado deliberadamente para destruir el transporte. ¡Gran Madre! ¿De qué son capaces estos Fremen?».

—Ha sido un intercambio razonable —dijo el Fremen junto a Hawat—. En ese transporte debía de haber unos trescientos hombres. Ahora tenemos que hacernos con su agua y ver cómo conseguir otra aeronave. —Salió del abrigo de las rocas.

Una lluvia de uniformes azules cayó sobre ellos desde lo alto del saliente, flotando con los suspensores al mínimo. A Hawat le dio tiempo a ver que eran Sardaukar con rostros despiadados retorcidos por el frenesí de la batalla, que no llevaban escudos y que empuñaban un cuchillo en una mano y un aturdidor en la otra.

Uno lanzó un cuchillo que se hundió en la garganta del Fremen que se encontraba junto a Hawat. El impacto lo tiró al suelo, bocabajo y con el gesto desencajado. A Hawat solo le dio tiempo de desenfundar su arma antes de que el proyectil de un aturdidor lo sumiera en las tinieblas más profundas.

Ir a la siguiente página

Report Page