Dune
Libro segundo: Muad’dib » Capítulo 25
Página 31 de 66

Muad’Dib podía ver el Futuro de verdad, pero hay que comprender los límites de su poder. Pensad en la vista. Uno tiene los ojos, pero no puede ver sin luz. Si uno está en el fondo de un valle, no puede ver más allá de dicho valle. De igual manera, Muad’Dib no podrá mirar siempre hacia el misterioso paisaje del futuro. Nos dice que la más mínima decisión profética, la elección de una palabra en lugar de otra, por ejemplo, puede cambiar por completo el aspecto del futuro. Nos dice: «La visión es amplia, pero cuando uno la atraviesa se convierte en una puerta muy estrecha». Él siempre huía de la tentación de escoger un camino claro y seguro y advertía: «Ese sendero conduce inevitablemente al estancamiento».
De El despertar de Arrakis, por la princesa Irulan
Paul aferró a Jessica por el brazo cuando los ornitópteros empezaron a planear sobre ellos en el cielo nocturno.
—¡No te muevas! —espetó.
Luego vio el aparato que iba en cabeza a la luz de la luna, vislumbró cómo replegaba las alas e intuyó el temerario movimiento de las manos que controlaban el vehículo.
—Es Idaho —susurró.
El aparato y su escuadrón se posaron en la hondonada como una bandada de pájaros que regresara al nido. Idaho saltó fuera del tóptero y corrió hacia ellos antes de que la nube de polvo volviera a posarse. Le seguían dos figuras ataviadas con túnicas Fremen. Paul reconoció una de ellas: Kynes, alto y con la barba del color de la arena.
—¡Por aquí! —dijo Kynes al tiempo que se desviaba a la izquierda.
Detrás de Kynes, otros Fremen cubrían los ornitópteros con lonas de tela. Los aparatos se convirtieron en una hilera de dunas.
Idaho detuvo su carrera frente a Paul y saludó:
—Mi señor, los Fremen tienen un refugio temporal cerca donde podremos…
—¿Qué está ocurriendo allí?
Paul señaló hacia la batalla sobre el lejano acantilado: las llamaradas de los propulsores, los rayos púrpura de los láseres que se entrecruzaban en el desierto.
Una extraña sonrisa iluminó la cara redonda y sosegada de Idaho.
—Mi señor… les he preparado una pequeña sor…
Un resplandor blanco, cegador y de una intensidad parecida a la del sol inundó el desierto y proyectó sombras en las rocas en las que se encontraban. Con un solo movimiento, Idaho cogió el brazo de Paul con una mano, el hombro de Jessica con la otra y los empujó para bajar del saliente hacia la depresión. Rodaron por la arena al tiempo que el rugido de una explosión atronaba sobre ellos. La onda expansiva levantó pedazos de roca del saliente en el que se encontraban hacía un momento.
Idaho se sentó y se sacudió la arena.
—¡No, las atómicas familiares! —dijo Jessica—. Creía…
—Dejaste un escudo en ese lugar —dijo Paul.
—Uno grande y a máxima potencia —explicó Idaho—. El rayo de un láser lo ha rozado y… —Se encogió de hombros.
—Fusión subatómica —dijo Jessica—. Es un arma peligrosa.
—No es un arma, mi dama, solo una defensa. A partir de ahora, esos canallas se lo pensarán dos veces antes de volver a usar un láser.
Los Fremen de los ornitópteros se detuvieron por encima de ellos. Uno dijo en voz baja:
—Deberíamos ponernos a cubierto, amigos.
Paul se levantó mientras Idaho ayudaba a Jessica a hacer lo propio.
—La explosión va a llamar mucho la atención, señor —dijo Idaho.
«Señor», pensó Paul.
La palabra le sonó rara ahora que iba dirigida a él. Su padre siempre había sido el «señor».
Sintió que sus poderes de presciencia afloraban por un instante y se vio presa de la salvaje consciencia racial que conducía al universo humano hacia el caos. La visión lo dejó perturbado y permitió a Idaho conducirle por el borde de la depresión hacia un saliente rocoso. En aquel lugar, los Fremen abrían un camino a través de la arena con sus compresores estáticos.
—¿Puedo llevar vuestra mochila, señor? —preguntó Idaho.
—No pesa, Duncan —dijo Paul.
—No tenéis escudo corporal —dijo Idaho—. ¿Queréis el mío? —Echó un vistazo al distante acantilado—. No creo que sigan utilizando los láseres.
—Quédate el escudo, Duncan. Tu brazo derecho es protección suficiente para mí.
Jessica observó el efecto que causaba el halago y cómo Idaho se acercaba más a Paul. Luego pensó: «Mi hijo sabe cómo tratar a los suyos».
Los Fremen apartaron un bloque de roca que bloqueaba un pasaje que se internaba hacia el complejo subterráneo que los nativos tenían en el desierto. La entrada estaba cubierta por una lona de camuflaje.
—Por aquí —dijo uno de los Fremen mientras los conducía hacia la oscuridad por una escalera esculpida en la roca.
La lona bloqueó la luz de la luna. Un resplandor tenue y verdoso apareció ante ellos y reveló los peldaños, las paredes de roca y una desviación hacia la izquierda. Estaban rodeados por todas partes por Fremen embozados en túnicas que los empujaban hacia delante. Doblaron la esquina y se toparon con otro camino inclinado hacia abajo que terminó por abrirse a una cámara subterránea de paredes irregulares.
Kynes apareció frente a ellos, con la capucha de su jubba echada sobre los hombros. El cuello de su destiltraje relucía a la luz verdosa. Su pelo largo y su barba estaban despeinados. Los ojos azules sin rastro de blanco eran dos pozos oscuros bajo sus pobladas cejas.
Al verlo, Kynes pensó: «¿Por qué ayudo a esta gente? Es lo más peligroso que he hecho nunca. Podrían arrastrarme con ellos a la perdición».
Después miró directamente a Paul y vio a un muchacho que acababa de asumir la pesada carga de un adulto y que ocultaba su dolor y sus sentimientos, que solo evidenciaba la posición que había tenido que aceptar: el ducado. En ese momento, Kynes se dio cuenta de que el ducado seguía existiendo gracias a ese muchacho y que era algo que no podía tomarse a la ligera.
Jessica echó un vistazo por toda la cámara y la registró con sus sentidos a la Manera Bene Gesserit: un laboratorio, una zona civil llena de ángulos y de aristas estructurados como en la antigüedad.
—Es una de las Estaciones Ecológicas Experimentales del Imperio que mi padre quería usar como bases de avanzada —dijo Paul.
«¡Que quería su padre!», pensó Kynes.
Luego se preguntó: «¿Soy tan imbécil como para ayudar a estos fugitivos? ¿Por qué lo hago? Sería tan fácil capturarlos ahora mismo y comprar con ellos la confianza de los Harkonnen».
Paul imitó a su madre e inspeccionó la cámara con la mirada. Vio el banco de trabajo a un lado y las paredes de piedra basta; también instrumentos alineados en el banco: diales luminosos, separadores electrostáticos de los que surgían tubos de vidrio acanalado. El lugar estaba impregnado de un fuerte aroma a ozono.
Algunos de los Fremen se acercaron a un rincón disimulado de la estancia, donde empezaron a oírse nuevos sonidos: los zumbidos de una máquina, los chirridos de las cintas rotatorias y los multidiscos.
Al fondo de la cámara, Paul vio algunas jaulas con pequeños animales apiladas contra la pared.
—Habéis identificado bien este lugar —dijo Kynes—. ¿Para qué lo utilizaríais, Paul Atreides?
—Para convertir este planeta en un lugar habitable para los seres humanos —respondió Paul.
«Quizá los ayude por eso», pensó Kynes.
Los sonidos de la máquina se interrumpieron de improviso y se hizo el silencio. Se oyó el chillido de uno de los animales de las jaulas. Luego cesó de repente, como avergonzado.
Paul volvió a fijarse en las jaulas y vio que los animales eran murciélagos con las alas de color pardo. Un comedero automático se extendía por la pared que estaba junto a las jaulas.
Un Fremen surgió de la zona más recóndita de la estancia y le dijo a Kynes:
—Liet, el equipo del generador de campo no funciona. No puedo ocultar nuestra presencia a los detectores de proximidad.
—¿Puedes repararlo? —preguntó Kynes.
—No será rápido. Las piezas… —El hombre se encogió de hombros.
—Sí —dijo Kynes—. Entonces nos las arreglaremos sin máquinas. Consigue una bomba manual para conectarla a la superficie.
—Enseguida. —El hombre se alejó a la carrera.
Kynes se giró hacia Paul.
—Me ha gustado vuestra respuesta —dijo.
Jessica notó el timbre afectuoso de la voz del hombre. Era una voz regia y acostumbrada a mandar. Y el otro hombre le había llamado Liet. Liet era su alter ego Fremen, la otra cara del tranquilo planetólogo.
—Os estamos muy agradecidos por vuestra ayuda, doctor Kynes —dijo Jessica.
—Bueno… ya veremos —dijo Kynes. Hizo una señal con la cabeza a uno de sus hombres—. Café de especia a mis habitaciones, Shamir.
—De inmediato, Liet —dijo el hombre.
Kynes señaló hacia una arcada abierta en la pared de la cámara.
—Por favor.
Jessica asintió con gesto ceremonioso antes de seguirlo. Vio que Paul hacía una seña a Idaho para indicarle que montara guardia.
La abertura tenía dos pasos de ancho y una puerta muy pesada que se abría a un despacho cuadrado iluminado por globos dorados. Jessica tocó la superficie de la puerta al pasar y se sorprendió al descubrir que era de plastiacero.
Paul dio tres pasos en la estancia y dejó caer la mochila al suelo. Oyó la puerta cerrarse tras él y examinó el lugar: unos ocho metros de lado y paredes de roca natural de color ocre interrumpidas por una serie de archivadores metálicos que tenían a la derecha. Un escritorio bajo con superficie de vidrio de color lechoso constelado de burbujas amarillentas ocupaba el centro de la estancia. Cuatro sillas a suspensor rodeaban la mesa.
Kynes rodeó a Paul y ofreció una silla a Jessica. La mujer se sentó mientras se fijaba en cómo su hijo examinaba la estancia.
Paul permaneció de pie un instante más. Una leve irregularidad en el flujo de aire de la estancia le reveló que había una salida secreta disimulada en los archivadores metálicos.
—¿Os sentáis, Paul Atreides? —preguntó Kynes.
«Evita nombrarme por mi título», pensó Paul. Pero aceptó la silla y se quedó en silencio mientras Kynes se sentaba.
—Intuís que Arrakis podría ser un paraíso —dijo Kynes—. ¡Sin embargo, como podéis ver, el Imperio solo envía a sus adiestrados espadachines en busca de la especia!
Paul levantó el pulgar con el sello ducal.
—¿Veis este anillo?
—Sí.
—¿Conocéis su significado?
Jessica se giró para mirar a su hijo.
—Vuestro padre yace muerto en las ruinas de Arrakeen —dijo Kynes—. Técnicamente, sois el duque.
—Soy un soldado del Imperio —dijo Paul—. Uno de esos «espadachines», técnicamente.
El rostro de Kynes se ensombreció.
—¿Incluso cuando son los Sardaukar del emperador los que pisotean el cuerpo de vuestro padre?
—Los Sardaukar son una cosa; la fuente legal de mi autoridad, otra —dijo Paul.
—Arrakis tiene su propia manera de determinar a quién otorga la autoridad —dijo Kynes.
Jessica se giró para mirarlo y pensó: «En este hombre hay acero que nadie ha sido capaz de templar… y necesitamos acero. Paul está haciendo algo peligroso».
—La presencia de los Sardaukar en Arrakis indica hasta qué punto nuestro bienamado emperador temía a mi padre —explicó Paul—. Ahora soy yo quien le dará al emperador Padishah razones para temer…
—Muchacho —dijo Kynes—, hay cosas que no…
—Dirigíos a mí como señor o mi señor —dijo Paul.
«Tranquilidad», pensó Jessica.
Kynes miró a Paul, y Jessica notó un atisbo de admiración en el rostro del planetólogo, un indicio de alegría.
—Señor —dijo Kynes.
—Soy una molestia para el emperador —continuó Paul—. Soy una molestia para todos aquellos que quieren repartirse Arrakis para expoliarlo. ¡Quiero continuar siendo esa molestia mientras viva, un palo clavado en su garganta que acabe por ahogarlos y matarlos!
—Palabras —dijo Kynes.
Paul lo miró. Luego dijo:
—Por aquí tenéis la leyenda del Lisan al-Gaib, la Voz del Otro Mundo, el que conducirá a los Fremen al paraíso. Vuestros hombres tienen…
—¡Es una superstición! —espetó Kynes.
—Quizá —aceptó Paul—. O quizá no. A veces las supersticiones tienen orígenes extraños y ramificaciones insólitas.
—Tenéis un plan —dijo Kynes—. Está claro, señor.
—¿Podrían vuestros Fremen darme una buena prueba de que los Sardaukar llevan uniformes Harkonnen?
—Lo más seguro.
—El emperador volverá a poner a un Harkonnen en el poder —dijo Paul—. Quizá incluso a la Bestia Rabban. Que lo haga. Cuando se haya involucrado hasta tal punto que no pueda escapar de su culpabilidad, tendrá que afrontar la posibilidad de recibir un Acta de Acusación presentada ante el Landsraad. Que responda ante…
—¡Paul! —dijo Jessica.
—Suponiendo que el Alto Consejo del Landsraad acepte el caso —dijo Kynes—, es algo que solo puede acabar de una manera: en un conflicto generalizado entre el Imperio y las Grandes Casas.
—El caos —dijo Jessica.
—Pero antes, presentaré mis acusaciones al emperador y le ofreceré una alternativa al caos —explicó Paul.
—¿Un chantaje? —dijo Jessica con tono neutral.
—Una de las herramientas del poder, como tú misma has dicho —dijo Paul, y Jessica notó la amargura en su voz—. El emperador no tiene hijos, solo hijas.
—¿Aspiras al trono? —preguntó Jessica.
—El emperador no querrá arriesgarse a ver el Imperio derrumbarse ante una guerra abierta —dijo Paul—. Planetas arrasados, disturbios en todas partes… no se arriesgará.
—Es una apuesta temeraria —dijo Kynes.
—¿Qué es lo que más temen las Grandes Casas del Landsraad? —preguntó Paul—. Lo que ocurre en este preciso momento en Arrakis: que los Sardaukar las destruyan una a una. Por eso existe un Landsraad. Es el pegamento que une la Gran Convención. Las casas necesitan estar unidas para poder enfrentarse a las fuerzas imperiales.
—Pero son…
—Eso temen —dijo Paul—. Arrakis podría convertirse en una arenga unificadora. Todas las casas se sentirán identificadas con mi padre, al que el Imperio ha aislado para acabar con su vida.
Kynes se dirigió a Jessica.
—¿Funcionaría un plan así?
—No soy mentat —dijo Jessica.
—Pero sois Bene Gesserit.
Jessica le dedicó una mirada penetrante.
—El plan tiene puntos buenos y puntos malos, como cualquier plan a estas alturas —explicó Jessica—. Un plan depende tanto de su ejecución como de su concepción.
—«La ley es la ciencia definitiva» —recitó Paul—. Es lo que se halla escrito sobre la puerta del emperador. Quiero mostrarle cuál es la ley.
—No estoy seguro de poder otorgarle mi confianza a la persona que ha concebido este plan —dijo Kynes—. Arrakis tiene su propio plan, y nosotros…
—Desde el trono —dijo Paul—, podría convertir Arrakis en un paraíso con un solo gesto de mi mano. Ese es el pago que ofrezco por vuestro apoyo.
Kynes se envaró.
—Mi lealtad no está a la venta, señor.
Paul miró con fijeza al otro lado del escritorio, se enfrentó a la fría mirada de esos ojos azul contra azul y analizó el rostro barbudo y el gesto autoritario. Una austera sonrisa se dibujó en sus labios.
—Bien dicho —dijo—. Pido disculpas.
Kynes sostuvo la mirada de Paul.
—Ningún Harkonnen ha admitido nunca sus errores —dijo—. Quizá los Atreides no seáis como ellos.
—Podría ser un defecto de su educación —dijo Paul—. Decís que no estáis en venta, pero sigo pensando que puedo ofreceros un pago que aceptaréis. Os ofrezco mi lealtad a cambio de la vuestra. Una lealtad absoluta.
«Mi hijo posee la sinceridad de los Atreides —pensó Jessica—. Ese honor extraordinario y casi ingenuo. Una cualidad que tiene una fuerza tremenda».
Vio que las palabras de Paul habían impresionado a Kynes.
—Absurdo —dijo Kynes—. No sois más que un muchacho y…
—Soy el duque —dijo Paul—. Soy un Atreides. Ningún Atreides ha faltado a su palabra.
Kynes tragó saliva.
—Cuando digo «absoluta» —dijo Paul—, quiero decir sin reservas. Daría mi vida por vos.
—¡Señor! —dijo Kynes.
Era como si Paul le hubiese arrancado la palabra de las entrañas, pero en ese momento Jessica se dio cuenta de que el hombre ya no hablaba a un muchacho de quince años, sino a un hombre, a un superior. Kynes lo había dicho en serio.
«En este momento, daría su vida por Paul —pensó Jessica—. ¿Cómo lo consiguen los Atreides con tanta rapidez y facilidad?».
—Sé que sois sincero —continuó Kynes—. Pero los Harkonnen…
La puerta que Paul tenía detrás se abrió con fuerza. Se dio la vuelta y descubrió una explosión de violencia: gritos, el entrechocar del acero, rostros sudados y contorsionados.
Paul se abalanzó hacia la puerta con su madre al lado y vio que Idaho se acercaba con los ojos inyectados en sangre y resplandecientes brillando a través del confuso halo del escudo. Eran muchas las manos que intentaban sujetarlo y, detrás de él, resplandecían destellos de acero al toparse con el escudo, que también repelió la descarga anaranjada de un aturdidor. Las armas de Idaho penetraban en la carne que lo rodeaba, cortaban, cercenaban y chorreaban sangre.
Entonces, Kynes se colocó junto a Paul y ambos apoyaron todo su peso contra la puerta para cerrarla.
Lo último que Paul vio de Idaho fue al hombre de pie ante un enjambre de uniformes Harkonnen, vio sus ademanes firmes y controlados y su tupida cabellera negra manchada con el mortífero adorno de una flor escarlata. Después la puerta se cerró, y se oyó un chasquido cuando Kynes la atrancó.
—Creo que ya he tomado una decisión —dijo Kynes.
—Alguien detectó vuestras máquinas antes de desconectarlas —dijo Paul. Alejó a su madre de la puerta y vio la desesperación que emanaba de sus ojos.
—Debí sospechar al ver que no llegaba el café —dijo Kynes.
—Hay una vía de escape —dijo Paul—. ¿Podemos usarla?
Kynes respiró hondo.
—Esta puerta debería resistir veinte minutos como mínimo, a menos que utilicen los láseres —dijo.
—No van a utilizar los láseres por miedo a que tengamos escudos —dijo Paul.
—Eran Sardaukar con uniformes Harkonnen —susurró Jessica.
Se oyeron rítmicos aporreos contra la puerta.
Kynes señaló los archivadores de la pared de la derecha.
—Por aquí —dijo. Se acercó al primer archivador, abrió un cajón y movió una palanca en el interior. Toda la batería de archivadores se abrió y dejó al descubierto la boca negra de un túnel—. Esa puerta también es de plastiacero.
—Estáis bien preparado —dijo Jessica.
—Hemos vivido ochenta años bajo el yugo de los Harkonnen —dijo Kynes. Los empujó hacia las tinieblas y cerró la puerta a sus espaldas.
Jessica vio una flecha luminosa en el suelo de la repentina oscuridad.
La voz de Kynes resonó tras ellos:
—Aquí nos separamos. Esta puerta es mucho más resistente. Aguantará al menos una hora. Seguid las flechas del suelo, como esa. Se apagarán a vuestro paso. Os guiarán a través del laberinto hasta otra salida donde he ocultado un tóptero. Esta noche hay tormenta en el desierto. Vuestra única esperanza es ir a su encuentro, volar por encima y seguirla. Así es como procede mi pueblo para robar los tópteros. Si os mantenéis a buena altura, sobreviviréis.
—Pero ¿y vos? —preguntó Paul.
—Intentaré escapar de otra manera. Si me capturan… bueno, sigo siendo el planetólogo imperial. Puedo decir que era vuestro prisionero.
«Huimos como cobardes —pensó Paul—. Pero ¿para qué iba a sobrevivir si no es para vengar a mi padre?».
Se volvió hacia la puerta, y Jessica captó su movimiento.
—Duncan está muerto, Paul —dijo—. Viste la herida. No puedes hacer nada por él.
—Algún día pagarán por esto —dijo Paul.
—No, a menos que os apresuréis —dijo Kynes.
Paul sintió la mano del planetólogo en el hombro.
—¿Cuándo volveremos a encontrarnos, Kynes? —preguntó Paul.
—Enviaré a los Fremen a buscaros. Conocen la ruta de la tormenta. Apresuraos, y que la Gran Madre os dé velocidad y suerte.
Oyeron sus pasos alejarse en las tinieblas.
Jessica cogió a Paul de la mano y tiró de él con suavidad.
—No debemos separarnos —dijo.
—Bien.
La siguió a través de la primera flecha, que se apagó cuando sus pies la tocaron. Otra flecha se iluminó ante ellos.
La cruzaron, se volvió a apagar y se encendió otra más adelante.
Empezaron a correr.
«Planes en los planes en los planes de los planes —pensó Jessica—. ¿Acaso formamos parte del plan de otra persona?».
Las flechas los guiaron a través de esquinas y caminos que apenas se vislumbraban en la tenue luminiscencia. Descendieron durante un tiempo para luego volver a ascender. Continuaron subiendo hasta que llegaron a unos peldaños, giraron una última vez y se encontraron ante una pared luminiscente con una manija negra visible en el centro.
Paul tiró de la manija.
La pared se deslizó a un lado. Se encendió una luz que reveló una caverna esculpida en la roca con un ornitóptero posado en el centro. Al otro lado del vehículo había una pared gris y lisa con una señal que indicaba que había otra puerta.
—¿Dónde habrá ido Kynes? —preguntó Jessica.
—Ha hecho lo que haría todo buen jefe de guerrilleros —dijo Paul—. Nos ha separado en dos grupos y lo ha dispuesto todo para que le sea imposible revelar dónde estamos si lo capturan, ya que es cierto que no lo sabe.
Paul arrastró a su madre a la caverna y notó cómo levantaban nubes de polvo a cada paso que daban.
—Nadie ha pasado por aquí desde hace mucho tiempo —dijo.
—Parecía muy seguro de que los Fremen nos encontrarían —dijo Jessica.
—Comparto su seguridad.
Paul le soltó la mano, se acercó a la portezuela izquierda del ornitóptero, la abrió y colocó su mochila en la parte de atrás.
—Este aparato cuenta con enmascaramiento de proximidad —dijo—. El panel de mandos controla las puertas y las luces a distancia. Ochenta años sufriendo a los Harkonnen les han enseñado a ser previsores.
Jessica se apoyó en el otro lado del aparato para recuperar el aliento.
—Los Harkonnen tendrán la región vigilada. No son estúpidos. —Jessica consultó su sentido de la orientación y luego señaló hacia la derecha—. La tormenta está por allí.
Paul asintió al tiempo que se enfrentaba a una repentina reticencia a moverse. Conocía la razón, pero el hecho de saberlo no le ayudaba en nada. En algún momento de la noche, había realizado un vínculo decisivo con algo profundo y desconocido. Conocía las regiones temporales que le circundaban, pero el aquí y ahora seguía siendo un misterio. Era como si se hubiera visto a sí mismo desde lejos perdiéndose al internarse en un valle. En la infinidad de caminos de dicho valle, había algunos que volverían a traer a Paul Atreides a un lugar visible, pero también muchos que no.
—Cuanto más esperemos, mejor preparados estarán —dijo Jessica.
—Entra y abróchate el cinturón —indicó Paul.
Subió al ornitóptero sin dejar de pensar que estaban en un punto ciego que no había aparecido en ninguna de sus visiones prescientes. Fue entonces cuando de improviso se dio cuenta de que cada vez confiaba más en esos recuerdos prescientes y que eso lo había debilitado en aquel momento de emergencia.
«Si solo confías en tu mirada, el resto de tus sentidos se debilitarán». Era un axioma Bene Gesserit. Lo aceptó y se juró a sí mismo no caer nunca más en esa trampa… si lograba sobrevivir.
Se abrochó el arnés de seguridad, revisó que su madre estuviese asegurada e inspeccionó el vehículo. Las alas estaban desplegadas del todo y sus delicadas nervaduras metálicas extendidas. Tocó la palanca retráctil y comprobó cómo se replegaban para el impulso de despegue de los propulsores, tal y como le había enseñado Gurney Halleck. El contacto se movió sin problema. Los diales del panel se iluminaron cuando encendió los propulsores. Las turbinas emitieron un silbido grave.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí.
Tocó el control de las luces.
Quedaron sumidos en las tinieblas.
Su mano era poco más que una sombra que se desplazaba por los diales luminosos cuando pulsó los controles de la puerta. Se oyó un estridente chirrido ante ellos. Vieron caer una cascada de arena, y luego se hizo el silencio. Una brisa cargada de polvo azotó las mejillas de Paul. Cerró su portezuela y sintió la presión interna de la cabina.
Donde antes se encontraba la puerta apareció una amplia franja de estrellas emborronadas por la arena y rodeadas por la oscuridad del interior. La tenue luz de las estrellas iluminaba una plataforma de rocas y también las dunas.
Paul pulsó el botón de la secuencia automática de despegue. Las alas comenzaron a batir y sacaron al tóptero de aquel nido. Los propulsores expulsaron la energía mientras las alas se fijaban para el despegue.
Jessica colocó las manos sobre los controles de apoyo, pero se dejó llevar por los precisos movimientos de su hijo. Tenía miedo, pero al mismo tiempo estaba emocionada.
«El adiestramiento de Paul es nuestra única esperanza —pensó—. Su decisión y su juventud».
Paul dio más potencia a los propulsores. El tóptero se inclinó hacia arriba y los aplastó contra los asientos mientras una pared oscura se recortaba contra las estrellas que tenían delante. Las alas se desplegaron del todo y aumentó la potencia. Otro batir, y sobrevolaron las rocas, aristas y salientes moteados por el resplandor argénteo de las estrellas. La segunda luna, roja y emborronada por una capa de arena, apareció en el horizonte a su derecha y reveló la cola de la tormenta.
Las manos de Paul danzaron sobre los controles. Las alas se replegaron y adquirieron el aspecto de los élitros de un escarabajo. La aceleración volvió a aplastarlos contra el asiento cuando el vehículo realizó otro giro brusco.
—¡Propulsores detrás! —gritó Jessica.
—Los he visto.
Empujó a fondo la palanca de potencia.
El tóptero salió disparado como un animal asustado y aceleró hacia el sudoeste, en dirección a la tormenta y a la gran curva del desierto. Paul descubrió que, no muy lejos, unas sombras dispersas revelaban dónde terminaba la línea de las rocas que ocultaba aquel complejo subterráneo. Delante de ellos, las incontables dunas proyectaban sombras con forma de uña gracias a la luz de la luna.
Y sobre el horizonte se erigía la inmensidad de la tormenta, como una muralla recortada contra las estrellas.
Algo sacudió el tóptero.
—¡Artillería! —jadeó Jessica—. Están usando armas de proyectil.
Jessica vio que una sonrisa salvaje se dibujaba de repente en el rostro de Paul.
—Al parecer, están evitando usar los láseres —dijo el chico.
—¡Pero no tenemos escudos!
—¿Y acaso lo saben?
El tóptero volvió a sacudirse.
Paul se giró para mirar detrás.
—Solo uno de sus vehículos parece lo bastante veloz como para seguirnos el ritmo.
Volvió a centrarse en los mandos y vio que la pared de la tormenta seguía creciendo frente a ellos. Parecía algo muy sólido que se les venía encima.
—Lanzaproyectiles, misiles… El antiguo armamento. Es parte de lo que daremos a los Fremen —susurró Paul.
—La tormenta —anunció Jessica—. ¿No sería mejor dar media vuelta?
—Pero ¿y el vehículo que nos sigue?
—Están frenando.
—¡Ahora!
Paul replegó las alas, viró con brusquedad hacia el lento y engañoso bullir de la tormenta y sintió cómo la aceleración tensaba sus mejillas.
Le dio la impresión de que planeaban por una nube de polvo que se hacía cada vez más densa, hasta que terminó por desdibujar por completo el desierto y la luna. El tóptero se convirtió en una voluta alargada y horizontal de oscuridad que solo quedaba iluminada por la verdosa luminiscencia del panel de instrumentos.
Por la mente de Jessica pasaron en un instante todas las advertencias que había oído con respecto a esas tormentas: cortaban el metal como si fuera mantequilla, corroían la carne hasta los huesos y luego los consumían hasta el tuétano. Sintió el traqueteo de la arena al golpear contra el vehículo y cómo el viento viraba la nave mientras Paul se afanaba con los controles. Jessica le vio desactivar los propulsores y sintió que la nave corcoveaba. El metal que los rodeaba gimió y tembló.
—¡Arena! —gritó Jessica.
Percibió cómo Paul negaba con la cabeza a la débil luz del panel.
—No hay mucha a esta altura.
Pero ella sintió que se sumergían aún más en aquel torbellino.
Paul extendió las alas al máximo y las oyó chirriar por la presión. Tenía la mirada fija en los controles, guiaba la nave por instinto para conseguir más altitud.
El ruido empezó a disminuir.
El tóptero empezó a virar a la izquierda. Paul se concentró para mantener la esfera luminosa de los controles en la curva de altitud y conseguir así mantener el aparato en la línea de vuelo.
Jessica tuvo la escalofriante impresión de que se habían detenido y todos los movimientos provenían del exterior. El sutil color pardo que se agitaba en las ventanas y un silbido atronador le recordaron las fuerzas que se desencadenaban a su alrededor.
«El viento debe alcanzar los setecientos u ochocientos kilómetros por hora —pensó. Sintió la punzada de la adrenalina en su flujo sanguíneo—. No conoceré el miedo —se dijo, boqueando para sí las palabras de la letanía Bene Gesserit—. El miedo mata la mente».
Poco a poco, los largos años de adiestramiento prevalecieron.
Volvió a calmarse.
—Nos hemos metido en la boca del lobo —susurró Paul—. No podemos descender, no podemos aterrizar… y no creo que consiga la altitud suficiente para escapar. Tendremos que cruzarla por el interior.
Jessica volvió a perder la calma. Sintió el castañeteo de sus dientes y los apretó con fuerza. Luego oyó cómo Paul recitaba la letanía con voz baja y calmada:
—El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Solo estaré yo.