Dulce maldad
Dulce maldad » 1. Arianne
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El camión de mudanza se retira cuando terminan y mamá coloca la última caja dentro de nuestra nueva casa con una suave sonrisa satisfactoria.
Hogar.
No es la palabra que yo usaría para definir este deprimente lugar. Pero es un refugio, un escondite que nos mantiene aisladas de la sociedad. No hay ninguna tienda cerca, hospitales, supermercados o gasolineras. Estamos en la nada, ni siquiera el diablo podría encontrarnos aquí.
Los extensos árboles del bosque nos tragan enteras. Mamá cree que es buena idea vivir en los suburbios de Chicago porque no es muy fan de las ciudades. Vivimos un tiempo en Washington, pero me obligué a no acostumbrarme porque sabía que tarde o temprano nos mudaríamos. Jamás permanecemos más de seis meses en el mismo sitio.
Aimeé Lane es la persona más desconfiada que conozco. Desde que tengo uso de razón, me conservó en una caja fuerte y se aseguró de que nunca me aleje de su vista. Me considera una criatura frágil y fácil de romper, entra en colapso ante la idea de estar separadas. Piensa que debe protegerme, que no sobreviviré sin ella y me ofende que dude de mi fuerza, aunque le he dado motivos. No peleé cuando se presentó el momento.
No culpo a mi madre por tener muchas inseguridades. La abandonaron cuando era una niña, creció en un orfanato e incluso mi padre no estuvo para ella cuando más lo necesitaba. Durante años pensé en cada posibilidad por la que él nos abandonó, incluso la idea de que esté muerto pasó por mi mente. Me pregunté cómo luce, a qué se dedica o si alguna vez le importamos. Dudo que ame a su familia, porque en ese caso estaría aquí apoyándonos. Cada vez que le pregunto a mamá algo sobre él no quiere mencionarlo, y la verdad es que respeto su silencio. Yo también me siento abandonada.
—¿Qué opinas, Arianne? ¿Te gusta? —inquiere mamá mientras señala la sala.
Acabamos de mudarnos a una pequeña cabaña de madera rústica. Tiene ventanas que permiten entrar aire fresco, un porche techado y un garaje donde dejamos estacionado el viejo auto. Me encanta estar instalada en el bosque, amo sentir conexión con la naturaleza. Hay una chimenea, está la cocina y mi habitación se encuentra en el segundo piso. El olor a mosto, pino y abono me recibe.
—Es perfecta —respondo—. Siento que es un lugar en el que podríamos pasar mucho tiempo cómodas.
El rostro de mamá decae y aparta la mirada, de la misma forma en la que ha evadido mis preguntas sobre las constantes mudanzas. Pero en el fondo sé la razón. Estamos huyendo de algo o de alguien.
Sucesos extraños nos han perseguido desde hace años, eventos sin explicaciones como ruidos incoherentes en las noches, incendios repentinos y animales muertos. Nuestra última casa ardió en llamas. Pudimos salvar algunas pertenencias, pero el miedo persiste.
—Ordena tu habitación —pide mamá en voz baja—. Prepararé la cena y el pastel que te gusta para mañana.
—No es necesario —un gruñido de frustración se escapa mientras respondo.
—Claro que sí —contradice—. Mañana cumplirás dieciocho y vamos a celebrarlo juntas.
Dieciocho…
Se supone que a esa edad debería estar en la universidad, tener un trabajo, conocer amigos y chicos guapos. En cambio, vivo entre mudanzas y lidiando con mi paranoica madre. Antes éramos libres y felices, pero la muerte de mi hermano nos cambió para siempre.
No existe ni un solo segundo que no extrañemos a Theo.
A diario intento convencerme de seguir con mi vida y superar lo sucedido hace cinco años, pero es imposible. La culpa nunca me dejará, es como un veneno invadiendo mi sangre y recorriendo todo mi cuerpo a través de mis venas.
—Mañana me gustaría hacer algo diferente —musito—. Conocer la ciudad, tal vez comer en un restaurante o ir de compras. ¡Dime que sí, mamá! Por favor…
Le tiemblan las manos y esquiva mis ojos.
—Aquí tenemos todo lo que necesitamos.
Mis hombros se hunden y me siento en el polvoriento sofá. ¿Pretende que me quede a su lado el resto de mi existencia? Tengo un futuro por delante, sueños y aspiraciones. Espero cumplirlos una vez que logre mi objetivo. No quiero estancarme en un bosque solitario.
—No sucederá nada malo si salimos un día —digo, agobiada—. Una hora, mamá. Te pido una hora, por favor. ¿Es tan difícil?
Sus ojos verdes me observan con atención y noto muchos secretos en ellos. Es como si quisiera decírmelos, pero no se atreve. ¿A qué le teme? ¿De qué huimos? Desearía que fuera honesta conmigo. Las dudas que siembra me impulsan a cometer locuras.
Locuras que me llevarán de regreso a ese lugar.
—Está bien. —Mamá cede con un suspiro—. Mañana es tu día y quiero que seas feliz.
Esbozo una sonrisa.
—Gracias.
—Termina de ordenar tu cuarto.
—Sí, capitana. —Bromeo, mientras la veo abandonar la habitación.
Recojo una caja del suelo y subo las escaleras para cumplir con mi tarea. Mi mayor deseo es que podamos encontrar la paz y estabilidad que buscamos durante cinco años.
«Un nuevo comienzo».
¿Por qué es tan difícil ponerlo en práctica? Funciono de manera automática, sin disfrutar verdaderamente mi vida. Solo existo… Ha sido de esa forma desde que lo vi morir frente a mis ojos y no pude hacer nada.
Nada.
Encuentro dos equipajes en mi habitación. Me llevará trabajo acomodarlos, pero servirá como distracción. Mi mente es un pozo sin fondo donde abunda la oscuridad. Es difícil salir de ahí. Siento que alguien más conserva una parte de mí, aunque no logro comprender qué es.
Hay algo vacío en mí.
Le quito el polvo a algunos muebles, acomodo el resto de mi ropa dentro del armario y aparto las cortinas de la ventana. Observo la naturaleza frente a mis ojos e inhalo un aire tan puro que no puedo distinguir a qué huele, podría perderme aquí durante horas sin necesidad de que nadie me encuentre. Leer bajo un árbol suena tentador, nada mejor que un buen libro.
Me mantengo cerca de la ventana, concentrada lo suficiente cuando el sonido de pájaros, otros animales del bosque y una fragancia a flores golpean mi nariz. Retrocedo desorientada y perpleja. Por un segundo siento que puedo escuchar y oler a miles de kilómetros de distancia¿Qué demonios?
—¡Arianne! —grita mamá, haciéndome sobresaltar—. Preparé dos sándwiches si tienes hambre. Ven a comer.
Doy un paso atrás y sacudo la cabeza. Soy una tonta, me confundí. No es posible.
—Ya voy —contesto—. Déjame terminar de arreglar este desastre.
Olvido el asunto, abro la caja y recojo la fotografía enmarcada de Theo. Mi corazón se rompe dentro de mi pecho y contengo el sollozo que quiere salir. Se veía feliz y radiante, era un niño de ocho años que tenía mucho por conocer, vivir y sentir, pero le arrebataron todo. Me arrebataron todo.
¿Y yo? Me quedé quieta mientras lo veía morir.
—Ari, tardaste mucho. —Mamá ingresa a mi habitación con un plato con un sándwich—. Cariño…
¿Qué? Solo pasaron dos minutos. Me limpio las lágrimas y sitúo la fotografía sobre la cómoda. Ya no está con nosotras, pero honraré su memoria. Llegaré hasta el fondo de la verdad. Es mi mayor propósito en esta vida.
—Estoy bien, mamá —digo—. Gracias por el sándwich, tengo mucha hambre.
Su mirada se suaviza y me ofrece una sonrisa. Las pocas personas con quienes nos relacionamos han dejado claro que ambas somos idénticas físicamente. Cabello castaño, ojos verdes, misma estatura y piel. Theo fue el único que heredó los ojos azules, supongo que mi padre desnaturalizado es el causante.
—Fue un largo viaje, pero ya estamos en casa. Deberías estar descansando.
—Lo haré.
Acepto el sándwich que me tiende y le doy una gran mordida. Arrugo la nariz al ver que está acompañado del familiar licuado frutal que prepara todos los días. Ella dice que es bueno para mi salud, lo cual me parece insólito.
Nunca estuve enferma. Ni siquiera gripe, tos, alergia o las típicas viruelas que les dan a los niños.
Soy la chica más saludable del mundo.
—Nos mudamos aquí para tener un mejor comienzo —comenta mamá—. Nunca me agradó la ciudad. Apesta a humo y basura de gente inconsciente. Los ruidos me hacen doler la cabeza.
Mastico con calma, luego tomo un sorbo de jugo. ¿Quién mezcla hierbas con frutas? Solo mi madre. Eww…
—Tu concepto de nuevo comienzo no dura mucho tiempo. ¿Qué pasará cuando te aburras? —Trago, impaciente de terminar la conversación—. ¿Adónde iremos la próxima vez? Porque desde niña sueño con conocer Egipto. Sería una completa locura ver las pirámides de cerca y escuchar historias sobre Cleopatra o sus momias. ¿Qué opinas?
La sonrisa de mamá es triste.
—Busco el sitio adecuado para ambas, un lugar donde podamos estar a salvo.
La repentina confusión sacude mi piel.
—¿A salvo de qué?
Mi madre se pone rígida al instante.
—El mundo. —Su expresión es sombría—. Nunca estará listo para alguien como tú, Arianne.
Me besa en la frente y se retira de mi habitación, dejándome más confundida que antes. ¿Alguien como yo? ¿A qué se refiere? Niego con la cabeza y termino de comer.
No espero que mi madre se abra conmigo.
Ella jamás lo hará.
Estoy sola en esto.
Sola.

Mi habitación queda perfectamente pulcra y ordenada cuando termino. Hay una pequeña estantería donde conservo mis libros. Leer es todo lo que hago para aprender y matar el aburrimiento.
Los libros son mis mejores amigos.
A pesar de que mi madre no es muy fan de la tecnología, el mes pasado la convencí de comprarme un celular y una laptop con la excusa de que es necesario para aprender. Incluso contrató un servicio de wifi en la cabaña. Como no me permite ir al colegio, cedió sin presiones; yo aprovecho y utilizo las herramientas para continuar con la investigación.
Ella no sabe sobre mi obsesión por descubrir qué sucedió hace cinco años. Es capaz de encerrarme en un sótano y no permitirme salir. Me siento culpable por mentirle, pero es la única forma de comprobar mis sospechas. Mi intuición sabe que hay algo aterrador detrás de la muerte de mi hermano, no estoy loca.
Tumbada en la cama y con un pote de helado en mis manos, abro el buscador y tecleo: New Hope. Hay cerca de veinte mil resultados en cuestión de segundos, pero uno en especial capta mi atención.
El pueblo ubicado en Pensilvania y olvidado hasta por los mismísimos dioses. La tierra de lobos.
Su nombre te hace pensar en esperanza, buena vida, paz y en que no hay nada de malo allí. Algunos lo consideran un pueblo más, pero yo no me fío. Si lo investigan con profundidad, se darán cuenta de que esconde algo siniestro. ¿Por qué los habitantes son tan ciegos?
Las desapariciones misteriosas son innumerables, la gente se desvanece sin ninguna justificación. Encuentran cuerpos mutilados y asumen que fueron animales salvajes: un lobo, un coyote e incluso hasta tigres. Parece que hay un montón de ellos en el pueblo.
Un caso que impactó fue el de Lorena Castillo. La chica que encontraron sin sus órganos en 2015. Hicieron la autopsia y los médicos forenses determinaron que fue asesinada por un lobo salvaje. Roxanne Rock apareció en condiciones similares. Lo mismo Angus Clark, Thomas Malone, Jon Sullivan y continúa una lista que resulta increíblemente larga.
Todos murieron violentamente y en fechas donde hay luna llena. Amelia Boston fue testigo de cómo devoraron a su amiga Lorena, pero lo curioso es que afirma que no eran simples animales. Según ella son hombres lobo.
Esta historia me resulta familiar.
La tacharon de loca y actualmente se encuentra bajo tratamiento psiquiátrico. La pobre Amelia vive atormentada sin que nadie crea en su palabra. Sé que hay algo más grave detrás de esto y necesito descubrirlo. Mi ceño se frunce y hago clic en la siguiente página que relata una vieja historia.
«Lobos en New Hope».
El pueblo solía ser bosques habitados por animales, pero después llegaron los humanos para cazarlos y arrebatarles sus tierras. New Hope siempre fue el hogar favorito de estas criaturas. El asesinato de mi hermano no es la única tragedia que sucedió desde entonces, pero hay una diferencia con el resto de las víctimas: nunca encontraron el cuerpo de Theo, tampoco restos.
¿Qué sucedió realmente?
Pilas y pilas de cadáveres suelen aparecer en estados lamentables. Algo que conmocionó al pueblo fue la numerosa desaparición de niños.
Los habitantes juran que New Hope está maldito. ¿La esperanza? No existe.
Diversas teorías fueron presentadas al respecto: fantasmas, brujerías, satanismo, un lugar profano que atrae todo lo malo. No suena tan descabellado, pero por supuesto las autoridades descartaron cualquier explicación mística. El ser humano le teme a lo diferente, pero yo no.
—¿Arianne? —Mi madre toca la puerta y rápidamente guardo el ordenador bajo una almohada—. Te traje algo de comer.
Enderezo mi postura y oculto los nervios.
—Adelante.
Mamá entra a la habitación sosteniendo una bandeja con galletas y una taza de leche. Sabe cómo consentirme y la amo por eso.
—¿Te sientes mejor? —pregunta.
Asiento mientras acepto las galletas. Están deliciosas, la comida de mamá es mi favorita. En este mundo no existe nadie como ella y es la única que se preocupa por mí.
—Sí —contesto—. Tu comida me cura el alma.
Su mirada se desplaza a mi rostro y se sienta en el borde de la cama con una sonrisa. Sus ojos verdes iguales a los míos parecen cansados y su piel está muy pálida. Desde la tragedia ha cambiado mucho y no puedo culparla. Se refugia en el dolor. Yo por mi parte tuve varias sesiones psicológicas, pero no me sirvieron para superar los traumas.
Nadie puede ayudarme.
La terapeuta solía darme esa expresión confundida cuando mencionaba a los hombres lobo. Su diagnóstico determinó que tengo estrés postraumático y debería ser internada. Nunca volví a hablar con ella después de eso. Mamá aseguró que no la necesito.
—Conseguí dos entradas al cine para mañana. Sé que amas las películas de comedia y romance.
—Suena genial. —Mastico otra galleta—. ¿Crees en la brujería, mamá?
Mi pregunta la encuentra desprevenida y su expresión feliz cambia por una de pánico. Abre la boca, pero la cierra de golpe. Anoche vi miedo en ella y me hizo sacar más suposiciones al respecto. ¿Cuál es la historia que se niega a compartir? Mantenerme en la ignorancia no ayuda.
—¿A qué viene esa pregunta? —cuestiona.
—Simple curiosidad —digo—. Me gustaría saber tu opinión, ¿por qué no me respondes?
Mamá se queda en silencio unos segundos, cuidando sus próximas palabras.
—Me sorprendiste, eso es todo —susurra—. Creo en los dioses, creo en lo bueno y en lo malo.
Termino de tragar las galletas, bebo la leche y abrazo una almohada. Mamá recoge la bandeja con el vaso vacío.
—Entonces sí.
Una sonrisa aparece en sus labios.
—Mis creencias van mucho más allá de este mundo. —Ella palmea mi rodilla—. Desde que era una niña me enseñaron a confiar en mi Señor. Alguien bondadoso que ha velado por mi seguridad y que nunca me abandonó.
Recuerdo el cuadro de ese dios irlandés, las velas cuando mamá le rinde culto en un idioma que desconozco. Es celta, así como el amuleto que conserva en su cuello.
—Dagda.
—El mismo. —Sonríe—. Algún día te contaré la historia con más detalles. Ahora descansa, mi dulce niña. Te amo.
Y una vez más encuentra la forma de evadir el tema, pero el rayo de esperanza florece en mi corazón. Me da consuelo que no se haya cerrado tanto a mis preguntas. Quizás será sincera conmigo más pronto de lo que espero.
—También te amo. Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, cielo.
Me besa en la frente antes de retirarse y observo la puerta por donde desaparece durante varios minutos.
Brujería…
¿Sería muy tonto de mi parte creer que la brujería tiene relevancia en mi vida? La luz de la luna se asoma por la ventana y cierro los ojos. Me concentro en el sonido de grillos, búhos, de las hojas que caen desde los diferentes árboles y los peces que nadan en un lago a poca distancia. Y vienen más sonidos.
De una autopista lejana.
Una pareja discutiendo.
Más.
Más.
Y más…
Abro de golpe los ojos y me incorporo en la cama con la respiración agitada. La tensión es tan fuerte que puedo sentir los latidos de mi propio corazón en mi garganta, ¿qué está pasándome? Me tapo los oídos y el silencio vuelve poco a poco.
Esta es la parte que me aterroriza de las noches, cuando me pierdo en mi cabeza o mis pesadillas. Veo mucho fuego, un hombre lobo persiguiéndome, ojos rojos que me arrastran al fondo del bosque.
Por favor, basta.
Ya no quiero sentir esta opresión ni el recordatorio de lo que sucedió esa noche.
Pero no importa cuánto luche contra el agotamiento.
Mis párpados ceden y la oscuridad me consume.