Dulce maldad
Dulce maldad » 2. Arianne
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Un aliento vacilante surge de mis labios, el terror me mantiene tan paralizada que no logro moverme ni un solo centímetro. Mi estómago se retuerce debido al dolor, la impotencia de no poder hacer nada me hace pedazos.
Veo el cuerpo inerte de mi hermano mientras un enorme lobo se cierne sobre él y enseña sus colmillos afilados cubiertos de sangre. Theo no lucha, mira hacia arriba, donde la luna brilla con intensidad. Su cuello está desgarrado, sus ojos vacíos y distantes.
Muerte, su mirada se aleja de toda la calidez que tuvo en algún momento.
Entonces el lobo se gira hacia mí.
Aterradores ojos rojos se encuentran con los míos. ¿Seré su próxima víctima? Debería correr, huir por mi vida, pero el agotamiento y el miedo se adueñan de mi conmocionada mente. Los minutos pasan y me quedo en estado de shock.
No hablo.
No lloro.
No grito.
Lágrimas silenciosas caen por mis mejillas y mi cuerpo tiembla. Estoy magullada, deshecha, cortada y destruida. La niebla de terror me mantiene atrapada como una araña a su presa.
Sería más fácil morir.
Más fácil.
El lobo de pelaje gris y extraños ojos rojos me gruñe como si estuviera desafiándome a moverme.
No lo hago, no articulo ni una palabra. No suelto sonidos.
Nada.
Soy un objeto inanimado, un maniquí a medida que camina y se detiene a centímetros de mi rostro. Sus dientes son puntiagudos, la sangre satura el aire y su tamaño no tiene límites. Es enorme. Un maldito monstruo y asesino despiadado. Por un momento pienso que seré la siguiente en ser devorada, pero él retrocede y se pierde entre las sombras que proyectan los árboles. ¿Por qué me perdonó la vida? ¿Por qué me arrebataron a Theo y dejaron deshecha esa noche?

Despierto mareada y desorientada. Mi rostro está empapado por las lágrimas, mi cuerpo tenso a causa de la pesadilla. Desde la muerte de Theo no he podido dormir tranquila. En ocasiones perderme en mis sueños es una experiencia horrible. Revivo los sucesos que me atormentan.
El lobo gris de ojos rojos.
Mi hermano muerto en el siniestro bosque de New Hope.
Yo débil, asustada y cobarde… He conocido la muerte de primera mano y me ha marcado para siempre.
La rama de un árbol golpea mi ventana y me sobresalto. Me pongo nerviosa al ver el estremecedor clima que amenaza desde afuera: nubes grises, viento violento y gruesas gotas de lluvia. Oh, mierda. ¿Por qué justo hoy? Tenía planes con mamá que serán postergados.
Estoy destinada a sentirme miserable el resto de mi existencia. Nunca logré conectar con nadie. Crecer sin muchas personas a mi alrededor me convirtió en un alma solitaria, tímida e insegura como mi madre. A veces me afecta, pero también disfruto la soledad. Me permite ser rara sin que alguien me lo reproche.
Dieciocho deprimentes años.
No celebro mis cumpleaños desde los trece. A Theo le fascinaban estos días porque recibía regalos de mamá. También íbamos al cine, parque de diversiones, restaurantes y hacíamos actividades que nos mezclaban con otra gente. Antes me entusiasmaba tener una vida normal, pero ahora suelo preferir ahogarme en un rincón y llorar.
Lo echo de menos.
Traigo las rodillas a mi pecho y las abrazo. ¿Qué pasaría si él estuviera aquí? Me daría sus tiernos dibujos de palitos como obsequio. Probablemente reiría hasta que mi estómago me doliera. El aguijón en mi corazón punza, la agonía me hiere por dentro. Dudo que exista una palabra que pueda describir el dolor del alma cuando se desgarra.
La culpa me come viva.
Cada segundo, de cada día.
El olor a pastel recién horneado invade mi nariz cuando mamá entra al cuarto. Su sonrisa genuina y sus cálidos ojos verdes empujan a los demonios que me torturan. Ella está aquí y me necesita. No puedo rendirme, aún no.
—Feliz cumpleaños, Arianne. Hice tu pastel favorito, chocolate con fresas.
Mi pecho se vuelve más ligero. Tal vez este día no será tan malo.
—Gracias, mamá. —Le doy un breve abrazo sin aplastar el pequeño pastel. La decoración es rosa acompañada de dos velas que forman el número dieciocho. Soy legal—. Te quiero mucho.
Le echa un vistazo a mi ventana con una mueca, pero sin dejar de reír. Ella tiene la costumbre de ver el lado positivo de las cosas.
—También te quiero, cielo. —Besa mi cabeza—. Haremos que este día sea memorable. Ahora pide un deseo.
Eso es fácil.
Mis ojos se cierran mientras el anhelo es un cúmulo de emociones desastrosas. ¿Qué deseo? Encontrar el cuerpo de mi hermano, demostrarle al mundo que un simple animal no nos atacó esa noche. Quiero ser feliz cuando las tragedias terminen.
—Uno, dos, tres…
Soplo, pero las velas no se apagan.
Veo a través de las llamas, veo a una niña con las yemas de sus dedos quemadas, su cabello chamuscado y el humo asfixiándola. Mamá la toma en sus brazos mientras huyen del fuego. Los gritos aterrorizados en mi mente provocan un escalofrío en mi columna vertebral.
¿Esa niña soy yo?
—¿Ari?
Parpadeo varias veces para centrarme y las velas se apagan de golpe.
Me pongo rígida mientras intento calmar la ansiedad que de repente inunda mi pecho. Primero mis sentidos se vuelven locos, las pesadillas regresaron y ahora tengo extraños recuerdos.
—¿Te sientes bien? —pregunta mamá—. ¿Arianne?
Me limpio el borde de mis ojos y libero un poco de tensión con una respiración profunda.
—Sí. Pienso en mis deseos y me deprimo.
Mamá coloca el pastel en la mesita de luz para abrazarme de nuevo. Me obligo a tragar las lágrimas que se amontonan detrás de mis ojos.
—Haremos que este día sea genial. Veremos una película juntas. Contraté servicios de streaming que te gustarán.
Sonrío a pesar de la tristeza que me abarca.
—¿Netflix?
—Oh, sí. También Disney.
—Pensé que no te gustaban las cosas raras de este siglo —repito sus palabras. Mamá habla como si fuera muy vieja, pero en realidad apenas tiene treinta y ocho años.
—Estoy adaptándome a este mundo. Soy un alma vieja.
—A veces pienso que eres de otra época. —Bromeo.
Mamá me aprieta la rodilla.
—Yo también. —Se pone de pie—. Levántate, tenemos mucho por hacer.
Ya estoy acostumbrada a que cambie de tema repentinamente. Es uno de sus hábitos.
—¿Nada de ir a la ciudad?
—Podríamos, pero corremos el riesgo de que un trueno impacte sobre nosotras —dice con pesar—. Te prometo que será la próxima vez.
Le ofrezco una sonrisa despreocupada, sé que ella también hace un esfuerzo para salir adelante a pesar de su ansiedad. Mamá es tan… cerrada.
—De acuerdo.
—Comeremos juntas en la cocina. —Recoge el pastel y se retira.
Me acerco a la ventana y contemplo la lluvia. El bosque es turbio, deprimente, húmedo y frío. El torrente de lluvia se intensifica y a unos cuántos centímetros debajo de un árbol distingo a una figura encapuchada. Sus ojos rojos brillan, sus colmillos puntiagudos me hacen retroceder en shock. Tiene que ser una tonta confusión.
Mi garganta se seca y sacudo la cabeza. Cuando parpadeo, el desconocido bajo la lluvia ha desaparecido. ¿Fue una alucinación? Mi conciencia sabe que no. Es un cazador que acecha a su presa entre las sombras.
Un leve temblor me sacude.
¿Presa? ¿Por qué pienso en esas cosas? Estoy perdiendo la poca cordura que me queda.
Mi corazón late a mil por hora y cierro de golpe las cortinas. Haré el esfuerzo de no amargarme algunas horas. No pensaré en monstruos, depredadores o nada de lo que sucedió en New Hope.
Este día se trata de mí sin importar que mis alucinaciones me atormenten.
Detente ya, Arianne.
Me lavo la cara y los dientes. Opto por ponerme una ropa cómoda. La temperatura amerita algo abrigado, pero no siento frío; nunca lo siento. Salgo de mi habitación y contemplo los pasillos a medida que camino. Mamá decoró las paredes con algunas fotografías mías y de Theo cuando éramos niños. Una en especial me hace sonreír, lo tengo en mis brazos mientras el pequeño tira de mi cabello con sus puñitos cerrados.
El dolor regresa con profundidad, haciéndome apartar los ojos del cuadro.
Dicen que hay varias etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
He pasado por cuatro etapas, pero la quinta se ve muy lejana. No puedo aceptar que Theo murió y ya no regresará. Estoy tan enojada porque ni siquiera es posible que llore como es debido.
Como su cuerpo jamás apareció, no tiene tumba en el cementerio. Cinco años pasaron, y las autoridades no nos han dado respuestas ni soluciones.
Es inaudito.
Me reúno con mamá en la cocina. Se encargó de cortar el pastel en seis porciones y hay un paquete de regalo en la mesa. Mi corazón empieza a agitarse con cariño. Me ve y su rostro estalla en una enorme sonrisa.
—¿Es para mí?
—¿Quién cumple años hoy? —Me entrega la caja de regalo elaboradamente decorada.
Niego con una sonrisa.
—Soy tonta.
Abro con impaciencia sin estropearla y levanto la mirada sorprendida hacia ella cuando noto de qué se trata. Es un collar con un extraño amuleto que puedo reconocer como celta. Es igual al que rodea su cuello.
—Mamá…
—Shh… —me interrumpe—. Es un amuleto de protección. Ha llegado la hora de que lo conserves.
¿Un amuleto de protección? No es un regalo común, lo presiento.
—¿Puedes ponérmelo?
Sus ojos gentiles brillan con ternura, pero hay algo más en esa mirada. ¿Tristeza?
—Claro, cielo.
Quita el cabello de mis hombros y coloca el collar alrededor de mi cuello. Es precioso. Queda bien en mí.
—Prométeme que nunca te lo vas a quitar —suplica—. No importa adonde vayas. Llévalo contigo, Arianne.
Enarco una ceja.
—Me encanta, es el mejor regalo de la historia —digo—. No iré a ninguna parte sin él. Lo juro, mamá.
Su suspiro es una cargada de alivio. ¿Qué significa este amuleto?
—Perfecto. Estoy orgullosa de ti.
Me apresuro hacia ella cuando abre sus brazos para un apretado abrazo. Es todo lo que me queda. Mi mundo sería trágico si mamá no estuviera a mi lado. Siempre necesitaré a mi mamá, no lo niego.
—¿Ya elegiste qué película podemos ver? —pregunto, apartándome.
Mamá se ríe.
—¿Diario de una pasión?
Se me escapa un gruñido de desaprobación.
—Oh, vamos. No quiero llorar en mi cumpleaños.
—Entonces veremos todas las películas de Narnia. Algo de fantasía y acción.
—¿En serio? —cuestiono, mientras termino de tragar un trozo de pastel que provocó una explosión de fresas en mi lengua.
—Terminaré de limpiar el sótano y veremos la película juntas. —Me besa en la frente y se retira.
Aprovecho su ausencia y tiro en el fregadero cada gota del licuado que mi madre vive sirviéndome. No más jugo, al menos por hoy.

Mamá prepara palomitas mientras vemos la película en la sala. La lluvia no ha cesado, pero es un poco más suave. Sin truenos ni árboles caídos. Vimos tantas veces Las crónicas de Narnia que nunca será aburrida. Mi personaje favorito definitivamente es Edmund Pevensie, me siento identificada con él y su ira. Como él, muchas veces esperé a mi padre, pero la diferencia es que no lo conocí y no vendrá por mí.
Perdí la ilusión.
Mi padre nunca será mi héroe. Tampoco me enseñará cosas, mucho menos me guiará al camino adecuado; es una gran decepción.
—¿Cómo conociste a papá? —pregunto de repente. Las palomitas crujen en mi boca mientras mastico y miro la escena.
Los hombros de mamá se tensan. Reacción esperada.
—Sabes que no me gusta hablar de él.
Aparto mi atención de la película.
—¿No crees que tengo derecho a saber quién fue mi padre? Es curioso que haya desaparecido tanto tiempo.
Las mejillas de mamá se ruborizan.
—Nuestra relación fue… complicada.
—Quiero escuchar cada detalle.
Mamá asiente rígidamente. Quizás lo hace por la demanda en mi voz o porque sabe que no dejaré de insistir con la pregunta.
—Nos vimos por primera vez en Cork, bosque de Irlanda, hace dieciocho años. Tu padre fue gravemente herido con una flecha. Quisieron asaltarlo, no recuerdo muy bien —empieza en voz baja—. Estaba a punto de morir desangrado, pero impedí que suceda. Esa noche lo llevé a mi cabaña y lo ayudé; soy muy buena con las hierbas medicinales.
¿Por qué todos los eventos que desencadenan mi vida ocurren en un bosque?
—¿Vivías sola en esa cabaña?
Mamá pone en pausa la película.
—Sí.
Obviamente tuvieron sexo después y nací yo.
—¿Lo amabas?
Su sonrisa es nostálgica.
—Con todo mi corazón.
Pensé que su respuesta sería otra, pero no debería asombrarme. La escuché llorar algunas noches, hablándole a la vieja fotografía que conserva de un hombre guapo vestido con traje negro. Solo tuve un breve vistazo. Mamá no me permitió ver mucho.
—¿Por qué no están juntos? Sé que tuvieron otros encuentros porque nació Theo. Somos del mismo padre, ¿verdad?
Mamá tiene los ojos muy abiertos.
—Por supuesto, Josh también los ama. —Se paraliza cuando nota lo que ha dicho, pero es tarde para pretender que no ha sucedido.
Habla en presente, entonces no está muerto. Mi sangre se congela cuando escucho su nombre.
«Josh».
Es la primera vez en dieciocho años que escucho el nombre de mi padre.
—Josh Laroux —susurro—. A pesar de todo llevo su apellido.
Este es uno de los cabos que necesitaba cerrar. Mi madre se llama Aimeé Lane y hasta hoy supe que mi padre me dio su apellido. ¿Por qué?
Se supone que nunca nos amó, pero luego recuerdo que mamá jamás habló mal de él. Fui yo quien asumió cosas y es razonable. Ha sido un padre ausente, no estuvo en el nacimiento de Theo. Jamás envió cartas, mucho menos demostró interés en conocernos.
Y yo… lo odio.
—Con tu padre nos amamos como dos locos. Fuimos almas gemelas —dice con voz ahogada a causa de las lágrimas—. Renunciamos a lo nuestro porque era lo correcto. Teníamos al universo y muchos demonios en contra. No estábamos destinados a ser.
Me quedo quieta, mi aliento sale en cortos jadeos. Estoy desesperada por más información y conocer un poco más del pasado de mis padres. Tal vez me ayude a entender muchos sucesos.
—¿Universo y demonios?
Mamá agacha la cabeza.
—Su trabajo y mi pasado eran un gran obstáculo. Estoy maldita.
La conmoción de lo que escucho hace girar mi cabeza con más dudas.
—¿Maldita?
Mi madre está al borde del colapso. Deja el bol de palomitas en mi regazo y se levanta del sofá.
—Aún no soy lo suficientemente valiente para explicarte lo dura que fue mi vida —expone con la voz quebrada—. Espero hacerlo algún día, cariño.
Entonces sale disparada fuera de la sala. Suelto un suspiro frustrado y aprieto el amuleto del collar entre mis dedos.
«Maldita…».
Desde lo más profundo de mi corazón sé que también lo estoy.
No termino de ver la película. Apago la televisión y regreso a mi habitación con un pedazo de pastel. Contemplo la lluvia desde mi ventana mientras mastico la deliciosa mezcla de chocolate y fresa; ya no me siento tan perdida.
Mi padre se llama Josh Laroux, está vivo y mamá lo ama.
La verdadera cuestión es dónde sería posible encontrarlo. Él puede darme las respuestas que mamá me niega. ¿Por qué de repente pienso en esa opción? ¡Nos abandonó! Ni siquiera la muerte de Theo lo motivó a buscarnos.
Que se joda.
No es mi padre.
—Te odio —mascullo y como el último trozo de pastel.
Me froto la sien cuando un repentino malestar agita mi estómago. La confusión y el miedo se aferran a mi corazón. Lo veo de nuevo.
La lluvia salpica el cristal, los árboles se sacuden al ritmo del viento y logro captarlo por segunda vez en el día. A poca distancia se encuentra el extraño de ojos rojos.
Mi interior se revuelve debido a la adrenalina imparable. ¿Lo más curioso? El collar en mi cuello empieza a quemarme. Hago una mueca de dolor y doy varios pasos hacia atrás. Es como si el regalo de mamá quisiera alertarme de una amenaza.
Lo es, mis instintos lo gritan: el extraño de ojos rojos es una amenaza.
—Mierda… —Cierro la ventana con frustración y enojo.
Mi vida es un crucigrama.