Dulce maldad
Dulce maldad » 3. Arianne
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Un millón de preguntas giran en mi cabeza como un huracán descontrolado. Quiero saber más de mi padre, averiguar dónde puedo encontrarlo. Anoche escribí su nombre en Google y no había resultados favorables. Es un fantasma.
¿Por qué su relación con mamá era imposible? ¿A qué se dedicaba?
¿Por qué su trabajo fue un impedimento para conocer a sus hijos? ¿Cuál es el pasado de Aimeé Lane y Josh Laroux? ¿Estoy lista para enfrentar ese lado de mi vida?
Con mucho esfuerzo consigo centrarme en otras cosas y busco a mamá. Está afuera, concentrada mientras cultiva varias rosas blancas. El día es nublado, pero sin tormentas ni lluvias. Anoche fue difícil dormir después de que vi a ese sujeto de ojos rojos.
No le mencionaré nada a mi madre para no alarmarla, preocuparla ni perturbar su paz. Debo lidiar con este asunto por mi cuenta. Ella no ayudará por mucho que lo desee.
—Buenos días, mamá —saludo—. ¿Cómo te sientes hoy?
Sus manos están cubiertas de tierra mientras arranca las malas hierbas. Construyó un hermoso jardín cerca del porche, donde hay margaritas, girasoles y rosas. ¿De dónde salieron estas flores tan rápido? No las vi antes. El sol atraviesa los pinos y escucho a los pájaros cantar. Es un día hermoso sin importar lo gris, noto que también ha lavado nuestro viejo auto.
Bueno, su mañana empezó muy productiva.
—Maravillosa. —Mamá mira con orgullo su trabajo—. Estaba pensando en lo perfecta que será nuestra vida aquí. ¿Lo sientes, Ari?
Frunzo el ceño.
—¿Qué cosa?
—Esta conexión con la naturaleza. —Me entrega una rosa blanca y lo acepto—. Es como si una parte de mí se sintiera más viva que nunca.
A veces mamá se comporta de esta manera. Su cuerpo sigue conmigo, pero su mente muy lejos. Hace comentarios que resultan casi imposibles de comprender.
—¿Dónde naciste? —pregunto, sentándome en los escalones del porche—. ¿Sabes algo, mamá? La mayor parte del tiempo tengo la sensación de que no te conozco en absoluto.
Arranca algunas raíces de hierbas feas para colocar otra maceta de rosas blancas en el lugar que ocupaban. ¿Fue a la tienda a comprar plantas mientras dormía?
—Soy de Irlanda —responde mamá sin mirarme—. Decidí mudarme a Estados Unidos cuando naciste. Era más fácil perderme aquí, es un país tan grande.
Levanto ambas cejas sorprendida. No sabía que había nacido en Irlanda, no sé nada de mi propia madre y es lamentable. Vivo con una desconocida.
—¿De quién huyes?
Se arrodilla y reemplaza la tierra por abono.
—Tuve un pasado difícil, Arianne. Hui del infierno —musita—. Conocí el paraíso cuando naciste y abriste tus hermosos ojos verdes. Fuiste y eres unos de mis mejores regalos, junto con Theo.
Vislumbro la tristeza en su mirada y el dolor traspasa mi corazón. La melancolía en sus palabras me hace saber que mamá sufrió muchísimo antes de que yo naciera. No tengo abuelos, tíos, ni primos. Somos mamá y yo contra el mundo; estamos solas.
—¿Cuál es el pasado? Te escucharía durante horas con tal de poder ayudarnos, mamá.
Me lanza una sonrisa dulce.
—Lo sé, pero hoy no. —Me guiña un ojo—. Tenemos otros planes. Sé que en la ciudad hay una enorme tienda donde podemos comprar lo necesario.
La ola de emoción me hace soltar un chillido y olvido todas las preguntas que tenía en la punta de mi lengua. Llegué a pensar que nunca saldríamos de este sombrío bosque.
—¡¿De verdad?! —pregunto con la boca abierta.
—Sí —dice mamá sin dejar de sonreír—. Cámbiate de ropa que nos vamos en cinco minutos.
—¡Sí, señora!

Jailhouse Rock de Elvis Presley suena mientras mi madre conduce. Admiro el paisaje con asombro y una pequeña sonrisa en mis labios. El bosque es tan denso que parece no tener final y miles de hojas caídas impregnan la carretera. El viento alborota mi cabello castaño y la alegría no disminuye, conocer el mundo siempre será un evento emocionante.
He pasado dieciocho años encerrada en una burbuja impenetrable y excluida de las personas. Hubo momentos donde me imaginé qué se sentiría ser como las chicas de mi edad. Esas que siempre han conocido la seguridad de una familia amorosa, disfrutan sus noches en fiestas, tienen amigos, van al cine o pierden horas de sueño por la universidad.
Me privaron de tantas cosas increíbles… No odio a mamá por eso. Ella solo quiere protegerme, aunque no entiendo de quién. Antes de que Theo fuese asesinado, me suplicó que nunca nos acerquemos al bosque de noche, pero ignoramos sus advertencias. ¿Qué sucedió?
Un lobo desgarró a mi hermano.
—¿Arianne?
—¿Mmm?
—¿Quieres que regresemos a casa?
Miro a mamá con ojos amplios e indignados.
—¿Qué? ¡No! —respondo, volviendo a la realidad—. Soy la más interesada en conocer la ciudad, ni se te ocurra retroceder.
Me dedica una sonrisa sin quitar su atención de la carretera.
—Te noto muy callada. ¿Qué pasa?
Me encojo de hombros.
—Disfrutaba de la vista —murmuro—. No sé cuándo volveremos a salir juntas, aunque pensándolo bien, puedo hacerlo sola. Soy mayor de edad.
Su cuerpo se tensa y temo que el auto se desvíe del camino.
—Tu edad no tiene nada que ver. Aún no estás lista para enfrentar al mundo por tu cuenta.
Una rabia latente se cuela en mi cuerpo.
—¿Cuándo lo estaré? —reprocho—. ¿Cuándo cumpla cien malditos años?
—Cuida tu tono, señorita.
Me altero más aún y la música se apaga repentinamente.
—¡Sé sincera conmigo! ¿Qué ocultas? ¿A qué le temes? ¿Por qué eres tan cobarde y no me dices qué sucede en realidad? ¡Estoy cansada de tus acertijos!
El auto de repente frena bruscamente y mi espalda choca contra el asiento de cuero. Mamá esquiva a tiempo un venado que se atraviesa en nuestro camino y ahogo el grito que quiere salir. Mierda… Tengo las mejillas húmedas a causa de las lágrimas, el pecho agitado y los labios secos.
Exploté.
Ya no podía contenerme.
Una nube de humo nos rodea y la bocina suena. Mamá se cubre el rostro y niega con la cabeza. El miedo brilla en sus ojos, un miedo real que me provoca escalofríos.
—¿Me crees cuando te digo que no eres responsable de nada? —inquiere. Una lágrima se desliza por su mejilla—. ¿Ni siquiera de lo que sucedió esa noche?
Frunzo el ceño cargado de confusión. No entiendo por qué traer a relucir el tema. Mamá lo evade en cada oportunidad, es doloroso.
—No puedes decirme eso.
La sonrisa nostálgica vuelve.
—No estás lista para aceptar la realidad. —Su mirada se endurece y cuando habla, su tono es brusco—. Cuando veas más allá de la culpa quizás reconsidere mi posición. Porque sigues ciega, Arianne. Te dejas dominar por la ira y el sentimiento que provoca la venganza. Me preocupa, ¿sabes? La venganza es una emoción peligrosa y te convierte en una presa fácil para todos los depredadores que hay fuera de mi protección.
Me pongo rígida, sin saber si estoy herida o enojada por sus palabras.
—¿Venganza?
—Soy tu madre, te conozco mejor que nadie —recalca y mueve la palanca de cambios—. Tu cabeza está convencida de que hay más explicaciones sobre la muerte de Theo.
La inquietud recorre mi columna vertebral y no puedo evitar la sensación de traición. Me vio cinco años hundida en la agonía y la culpa.
En todo ese tiempo no se detuvo a hablar conmigo y me envió a terapias. Ella creyó que lo superaría tarde o temprano.
—¿No la hay?
Sus ojos son frenéticos.
—No.
La rabia que acumulé todos estos años sale a la superficie y arde en llamas.
—Encontraré al culpable.
—¿Culpable? —eleva la voz—. ¡Fue un animal!
—Yo no creo que sea un simple ataque animal.
El auto aumenta la velocidad, los ojos de mamá permanecen pegados al camino ante nosotros. Noto las venas visibles en su frente y sus mejillas calientes por la cólera.
—Quiero que olvides el tema y no vuelvas a mencionarlo. ¿Me oyes? Cinco años, Arianne. Llegó la hora de que lo superes, no se puede vivir en el pasado.
Las lágrimas pican detrás de mis ojos.
—¿Tú lo superaste, mamá?
En lugar de contestar, vuelve a encender la radio. Un sollozo se atasca en mi garganta y aprieto los ojos para contener las lágrimas.
No estoy loca.
Nadie va a convencerme de lo contrario, ni siquiera mi madre.

Empujo el carrito a través de la tienda mientras mamá se encarga de llenarlo con suministros: comida, productos de limpieza e higiene, frutas y verduras; no volvimos a hablar después de la discusión que tuvimos en el auto.
El rencor que siento es como una espina alrededor de mi corazón. Es increíble que me trate de lunática después de todo lo que hemos pasado juntas. Las interminables mudanzas tienen explicaciones, lo mismo esos gritos que escuché durante las noches y los repentinos incendios que presenciamos.
¿Superarlo? Dioses. El cuerpo de su hijo jamás apareció. ¿Cómo demonios puede dormir a pesar de la gravedad de que suceda algo así? Yo en su lugar movería cielo, mar y tierra para encontrar la verdad. Una vez más tengo que recordarme que no cuento con su apoyo, pero eso no me detendrá.
Soy una adulta que puede tomar sus propias decisiones.
Le entrego a mamá el carrito y voy a la sección de dulces. El estante de chocolates Kit Kat está muy alto así que es casi imposible agarrarlos. Maldita sea mi estatura, estoy a punto de pedirle ayuda al chico de servicio, pero alguien más lo hace por mí.
—Aquí tienes —dice una voz gruesa que provoca escalofríos en mi piel.
Miro con desconfianza al desconocido que sostiene la barra de chocolate en su mano. Es alto, piel pálida y cabello con algunas canas visibles. Ronda alrededor de los cuarenta años y viste un traje oscuro. El color de sus ojos es inusual, un marrón tan claro que se asemeja al whisky.
—Gracias —balbuceo y acepto el chocolate.
Pienso que seguirá su camino, pero no lo hace. Me mira fijamente como si tuviera tres cabezas. ¿Por qué no se va? No me agrada la forma en que me analiza.
—Te pareces mucho a ella —comenta con una fría sonrisa—. Y a pesar de que retiene tu naturaleza, puedo sentirlo. Tu energía es abrumadora.
Sabía que sucedería cuando cumplieras dieciocho años, es imposible ocultar lo que eres.
Mi aliento se corta. Este tipo es espeluznante.
—¿Te conozco de algún lado? —cuestiono.
La sonrisa que moldea sus labios no es nada sincera.
—No, pero supe de tu existencia antes de que nacieras. Tu madre hizo un excelente trabajo protegiéndote.
Me encojo con temor. Mi sangre se enfría por el sentimiento de alerta cuando el collar pica en mi cuello. Es una señal. No soy una tonta. Mamá me enseñó que nunca debo hablar con los extraños.
—Si me disculpa, necesito irme.
Mi madre aparece justo en ese momento. Sus ojos están muy abiertos, su voz cubierta de pánico. Hay repulsión y disgusto en su expresión.
—Arianne, aléjate de él.
Parpadeo en shock mientras el hombre a mi lado sonríe de manera perversa. Mamá deja escapar un sonido aterrorizado.
—Estoy bien, mamá.
Me agarra del codo y me posiciona detrás de ella a modo de protección. Noto el temblor en su toque y un terror que jamás vi. Mi amuleto está muy caliente ahora. ¿Quién es este hombre?
—Ha pasado mucho tiempo, Aimeé. Te ves espectacular. —Sus dientes afilados son visibles cuando vuelve a sonreír—. ¿Quién lo diría? Tu hija es una copia de ella.
Mi corazón sube a mi garganta por el mal presentimiento.
—¿Quién es él? ¿Lo conoces? —pregunto—. ¿Mamá?
Mi madre no me mira.
—Mantente alejado de nosotras, Aulus. No te atrevas a acercarte de nuevo porque sabrás de lo que soy capaz.
Aulus…
Sabe su nombre, lo conoce.
—Sé muy bien de lo que eres capaz —dice el hombre entre risas—. Ella también.
Algunas personas observan la escena sin disimular.
—Acércate de nuevo y te mataré —advierte mamá.
En medio del pánico la observo aturdida. Es la primera vez que la oigo hablar así.
—¿Mamá? —insisto.
—Vámonos.
Me aprieta la mano y me arrastra fuera del supermercado. Sus pasos son apresurados, se tambalea un segundo, pero llegamos al auto. Pido explicaciones y ella no ofrece ninguna.
—Mamá, las compras…
—Ahora no, Arianne. Olvídalo.
Me empuja dentro del auto. Empiezo a abrir la boca, pero cierra la puerta en mi cara. Las cosas están demasiado tensas. Durante el camino a casa no me dirige la palabra. Conduce a toda velocidad mientras mi mente reproduce lo que acaba de ocurrir.
«Es imposible ocultar lo que eres».
«Tu madre hizo un excelente trabajo protegiéndote».
—No entiendo qué sucede —murmuro.
Sus nudillos se vuelven blancos mientras sostiene el volante.
—¿Cuál fue la reacción del amuleto cuando ese hombre estuvo cerca?
Toco mi pecho.
—Quema.
—Porque él es peligroso —dice agitada—. Me lastimó de formas que no podrías imaginarte, me hizo muchísimo daño.
Un repentino dolor de cabeza me aborda.
—Lo siento.
Su mano busca a tientas la mía y une nuestros dedos en un gesto desesperado.
—La próxima vez que lo veas prométeme que correrás, Arianne. Huye, no vuelvas a hablarle —suplica—. Nunca lo hagas. Aulus quiere arruinar tu vida como lo hizo conmigo.
El sufrimiento trepa por mi garganta y me pica los ojos. Oírla hablar así me rompe el corazón. Está aterrada y desesperada.
—Está bien —susurro con la garganta seca.
Sus hombros tensos se relajan y se limpia el borde de los ojos. Desvío mi enfoque hacia el bosque y me froto los brazos para apartar los escalofríos que me recorren. Le creo a mamá, pero mi curiosidad es inmensa, más cuando no está dispuesta a compartir información.
¿Quién es realmente Aulus? ¿Por qué presiento que podría darme las respuestas que busco?