Dulce maldad

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Dulce maldad » 8. Arianne

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Ordeno cada cosa en su lugar cuando me calmo. Si estallo podría delatarme con mi madre y debo ser discreta si quiero salir de aquí, aunque mi cabeza apenas procesa la información que leí en esa carta. ¿Lo peor? Hay varias más. Son muchos hechos que desconozco y me siento un ser insignificante e ignorante frente a un mundo cruel que me arrebató todo, incluso mi identidad.

Estoy asustada en estos momentos, pero nadie va a impedir que luche mis batallas. Sé que puedo enfrentarme a lo que sea que mi vida me depare, no le temo al mundo.

Ya no soy esa chica asustada.

Preparo una pequeña maleta con lo necesario para el viaje. Agarro las cartas de mi padre y también decido recoger el dinero que encontré en el sótano, me ayudará a sobrevivir los siguientes días hasta que encuentre un trabajo y me establezca en New Hope.

No planeo quedarme ahí por mucho tiempo. Iré a investigar, buscaré a Aulus y le pediré que me cuente cada detalle que sepa. Si mamá desea quedarse en este bosque mientras los recuerdos la atormentan día y noche, respetaré su decisión, pero yo encontraré al monstruo que arruinó nuestras vidas. Haré justicia.

Llegaré a New Hope en casi veinticuatro horas y quiero estar preparada. Alzo mi maleta sin hacer mucho ruido, tampoco me acerco al cuarto de mi madre por miedo a echarme atrás. Una despedida hará más difícil la situación; me iré lo antes posible.

La alfombra silencia mis pasos y llego hasta el viejo auto estacionado cerca del porche. La brisa es fría y el suelo está embarrado por la llovizna. Las botas, la chaqueta de cuero y el Jean oscuro me mantienen cálida.

Le doy un vistazo a la cabaña con un dolor físico insoportable. Mi pecho aún duele como si alguien lo hubiese pisoteado, pero encuentro fuerza para apartar los ojos y entrar al auto.

—Hasta pronto, mamá —susurro.

Me pongo el cinturón de seguridad, el motor del auto ruge a la vida cuando arranca y en ese instante la puerta de la cabaña se abre de golpe. A través del espejo retrovisor veo a mamá acercarse precipitadamente. Viste una bata blanca y hay lágrimas en sus ojos. Su cabello castaño está alborotado por el viento mientras corre hacia mí.

—¡¡Arianne!! —exclama. Su grito es desgarrador—. ¡¡Arianne!!

Un sollozo invade mi cuerpo y me quita el aliento al oír su voz. Me gustaría que hubiese una manera de hacer que sea más fácil para ambas, pero no hay otra alternativa. Necesito avanzar, y la única forma de hacerlo es sola.

—¡Vuelve aquí! —implora—. ¡Vuelve aquí y hablemos! ¡Arianne!

Me rompe el corazón esa mirada en su rostro. Percibo la vergüenza y la culpa. La ira y el dolor. Es casi como mirarse en un espejo. ¿Cuántas veces he visto esa misma mirada en mis ojos? Me dan ganas de llorar y abrazarla. En cambio, trago mi sufrimiento y piso el acelerador.

—Lo siento, mamá.

Entonces abandono la cabaña mientras sus gritos de dolor me persiguen el resto del camino.

Varias horas de carretera me obligan a detener el auto en una gasolinera para cargar combustible. Cuando el tanque tiene lo suficiente para seguir, pago y me lanzo al asiento del conductor. New Hope es la atracción de muchos turistas debido a sus mitos y leyendas. Yo fui testigo de que son reales: un lobo estuvo a punto de matarme, pero nunca lo hizo. Algo que resulta poco creíble, pero así fue.

Es de noche cuando me acerco a Lowell, un pueblo cercano a Massachusetts. Chequeo mi celular para verificar la hora mientras conduzco, pero me encuentro con las decenas de llamadas perdidas de mamá. La nostalgia invade mis entrañas al pensar que no volveré a verla por varios días. Aún me duele recordar sus súplicas y el terror en su mirada. Me gritó como si estuviera en camino a un templo de sacrificio.

Aparto los ojos del aparato cuando una bocina me aturde, pero es tarde. Un fuerte impacto golpea el capó de mi auto y se lanza contra el parabrisas. ¡¿Qué carajos?! Freno bruscamente mientras estabilizo el volante; el aliento se congela en mi garganta y mis manos sudan.

Miro el parabrisas para notar una fisura en el vidrio. Dioses, fue un golpe duro. Bajo insegura del auto para averiguar qué sucedió. Echo un vistazo a mi entorno y no me agrada lo que veo. Estoy en una carretera desierta, sin un alma viva. Una ráfaga de aire fresco golpea mi rostro mientras me acerco a paso lento y proceso lo que captan mis ojos.

Oh, mierda.

Acabo de atropellar a un pobre venado.

Es una cosita adorable y apenas yace en el suelo, mientras tiembla como si su cuerpo luchara para seguir funcionando. Hay sangre derramándose de su estómago y una rama incrustada en su interior.

—No puede ser —susurro al borde de las lágrimas.

Me agacho para tocarlo y el pobre venado se encoge de miedo. Me mira con los ojos amplios y asustados. Está asfixiándose. ¿Qué haré con él?

Dudo mucho que consiga sobrevivir y llamar a emergencias de animales no ayudará, tardarán horas en venir hasta aquí y yo no seré lo suficientemente rápida para llegar a una veterinaria.

Coloco una mano encima de su cabeza, sintiendo su suave pelaje marrón con manchas blancas. Sus patas tiemblan mientras la sangre burbujea de su boca. No quiero moverlo porque eso significaría lastimarlo más. ¿Por qué demonios no me fijé hacia dónde conducía?

—Lo siento, amiguito. Lo siento tanto —me disculpo—. No te haré más daño.

Cierro los ojos y susurro palabras tranquilizadoras como si él pudiera entenderme. No me moveré de aquí, mucho menos voy a abandonarlo.

Esperaré hasta que suelte su último suspiro y luego lo enterraré, es lo mínimo que debería hacer.

Ruego en silencio que no sufra y se vaya de este mundo con paz. Irá a un lugar donde nada le dolerá. Paso las manos por su espalda cuando una sacudida me hace abrir los ojos de golpe y mis manos se sienten cálidas, muy cálidas.

El venado…

El jodido venado está de pie, mirándome con las orejas elevadas y grandes ojos marrones exaltados. Sin heridas, no hay sangre y la rama desapareció de su estómago. Sus fosas nasales se agitan con las exhalaciones.

—Por todos los dioses…

El sonido de mi voz lo altera porque da media vuelta y corre por la oscura carretera. Lo veo perderse en la nada y caigo sobre mi trasero en el asfalto.

No puede ser. El animal estaba a punto de morir, lo vi con mis propios ojos. Resucitó como si fuera el mismísimo Jesucristo. Me froto los ojos en un intento ridículo de convencerme de que esto es irreal, pero sigo en la carretera.

—Estoy loca. —Río con incredulidad—. ¡Oh, dioses! ¡Estoy loca!

El sonido de una bocina me despierta de golpe al día siguiente. Me duele el cuerpo por dormir en el auto, mi cabello es una maraña desastrosa y hay saliva en la comisura de mis labios.

Bostezo y miro el ambiente a través del parabrisas que aún conserva la fisura. Eso confirma que lo sucedido anoche fue real, sigo en la misma carretera donde atropellé a Bambi y él resucitó.

No desperdiciaré más horas pensando en el asunto, me pondré en marcha cuanto antes. Me duele la espalda y las extremidades. Me muero por salir de este coche y hacer un buen estiramiento, dormir en los asientos le pasó factura a mi cuerpo. Esto apenas ha comenzado y ya estoy desastrosa.

Salgo del auto y mis músculos me lo agradecen mientras me enderezo con otro bostezo. Inspecciono la zona para ver si encuentro cualquier civilización, pero solo está la carretera y más árboles.

Tengo hambre, mi vejiga está a punto de reventar y me siento muy sucia. Quiero mi cama y un desayuno delicioso, no me importa si es el jugo que tanto odio.

Basta, Arianne. Eres una chica grande.

No me lamentaré el resto de la mañana, no sirve de nada. Subo nuevamente al viejo auto y conduzco sin rumbo. Ya es mediodía cuando encuentro un minisupermercado cerca de un motel. Le pongo el seguro a mi auto y bajo con un par de dólares en la mano, mientras debato si es una buena idea pedir una habitación y pasar la noche por aquí. Aunque perder más tiempo no me convence.

Le pido permiso a la señora de la caja para entrar a su baño y me lo cede al ver mi expresión desesperada. Me cubro la nariz al ver el inodoro sucio, cuyo hedor a orina es desagradable. ¿Qué pasa con estas personas? No estoy en condiciones de protestar, pero me encantaría salir corriendo de allí. Hago mis necesidades en un tiempo récord sin que mi trasero toque el inodoro y me lavo las manos tan rápido como puedo. Le doy las gracias a la mujer y decido terminar mis compras. Elijo un paquete de Cheetos, una botella de Pepsi y emparedados, lo que mantendrá a mi estómago contento por varias horas.

Algunos idiotas sueltan silbidos cuando abandono el supermercado después de pagar, pero no les presto atención y regreso al auto. Estoy agotada, me duelen los músculos y mis ojos apenas se mantienen despiertos. Sin embargo, no me detengo.

Necesito llegar a New Hope lo antes posible. Canto a todo volumen Take Me to the Fair. Recuerdo que solíamos bailarlo con mamá mientras limpiábamos. Reíamos y olvidábamos que el resto del mundo existía. Me pregunto si algún día volveremos a ser unidas.

ASHER

Mi padre terminó una conferencia de prensa hace minutos. Más temprano hubo protestas por parte del pueblo, están descontentos porque apareció otro muerto en el baño de un club nocturno.

¿Las causas? Peleas de pandilleros, pero nadie se lo cree. El chico tenía la garganta desgarrada. ¿Cómo puede haber tanta muerte y violencia en este pueblucho? Es pequeño, los habitantes apenas llegan a tres mil. ¿Por qué todo está saliéndose de control? El mal se expande, las víctimas aumentan y el asesino sigue libre con mucha libertad. Entiendo la molestia de los habitantes.

El salón principal de la Fortaleza está ligeramente decorado. Música clásica suena en el ambiente mientras los humanos conversan, beben y comen. Casi todos los meses mis padres organizan este tipo de eventos para cerrar tratos y relacionarnos con las personas. No quieren levantar sospechas de que somos diferentes, a ellos les encanta mantener las apariencias.

El esmoquin se ajusta a mi cuerpo mientras sostengo una copa de champagne entre los dedos. Ashton está igual de disgustado que yo. Los únicos felices son Axel y Andrew. ¿Cómo no? Probablemente tendrán sexo más tarde con algún invitado.

—Mira quién está ahí —murmura Ashton.

Observo desde las escaleras a Julianne ingresar al salón con sus padres. Su vestido blanco no deja mucho a la imaginación y el largo cabello rubio está atado en una cola de caballo; cuando sus ojos se encuentran con los míos, me lanza una sonrisa que me cuesta devolverla.

—La tienes comiendo en la palma de tu mano —prosigue mi hermano.

—Ahórrate el comentario —musito.

Ashton libera una risa.

—Buena suerte con ella y tus suegros —dice, alejándose.

—Qué chistoso.

La sonrisa falsa aparece en mis labios cuando me reúno con Julianne y sus padres. Es más fácil afrontarlos ahora porque encontrarán una manera de perseguirme, conozco a la familia Nelsson desde que era un niño. Al igual que nosotros, no son una manada tradicional. Viven como cualquier persona común y cambian de forma ocasionalmente, disfrutando más la vida humana.

—¡Asher! —Grace Nelsson me da un abrazo cariñoso—. Mírate, cada día estás más guapo y alto.

—Gracias, Grace. Tú te ves espectacular. —Le tiendo la mano a su esposo y él la acepta—. Julián, es bueno que hayas podido venir, sé que eres un hombre ocupado.

—Siempre puedo dedicarle un poco de tiempo a Aiden —dice—. Sé que necesita mi apoyo con todo lo que ha pasado en el pueblo. Es una lástima que sea difamado con cualquier excusa, es el hombre más honesto y de buen corazón que he conocido.

Protestas, periodistas acosadores y muchos no están felices con su labor. Lo consideran un incompetente. El padre de Julianne ocupa un cargo importante en el municipio y ha estado a nuestro lado desde siempre.

—Mi padre lo aprecia.

—Sé que lo hace, Asher. —Me palmea en la espalda.

Julianne me agarra el brazo.

—No hablemos de los problemas, estamos aquí para disfrutar un buen rato. —Empieza a alejarme de sus padres—. Ya volvemos.

Nos abre paso a través de la multitud e ignoramos las expresiones de curiosidad que varios invitados nos lanzan. Sé que más de uno piensa que Julianne y yo estamos juntos. ¿Y por qué? Somos casi inseparables, algunos miembros de nuestras familias llegaron a creer que seríamos compañeros.

Gracias al cielo no sucedió.

—Julianne. —Mamá nos intercepta a medio camino—. Por la diosa Luna, te ves hermosa.

—Digo lo mismo de ti, Aria —Julianne besa las mejillas de mamá—. Ese vestido Dior es absolutamente impresionante.

Mamá luce como una mujer que pronto llegará a los cuarenta años, pero en realidad es mucho más vieja. La inmortalidad le ha dado la bendición de ser hermosa eternamente. El vestido azul combina con sus ojos, su cabello rubio platino está suelto en suaves rizos y el collar de diamantes rodea su pronunciado cuello.

—Gracias, cielo. Me alegra tenerte aquí. —Me guiña un ojo—. Tú y mi hijo hacen una pareja muy linda.

Me rechinan los dientes por el comentario innecesario. ¿En serio? Julianne está absolutamente encantada mientras yo quiero lanzarme desde un precipicio. Ashton levanta su copa en mi dirección con una risa burlona.

—Mamá…

—Tranquilo, cariño. No soy la única que piensa lo mismo. —Me besa en la mejilla—. Pórtense bien, chicos.

Mi mandíbula se tensa hasta el punto de que me duele. Mamá nunca pierde la oportunidad de lanzarme a los brazos de Julianne, siempre tuvo la esperanza de que seamos compañeros.

—Cambia esa expresión, tonto. —Julianne se ríe—. Luces aterrador.

—Odio que tú y mi madre se pongan de acuerdo para estas cosas.

Julianne arquea una ceja.

—¿Qué cosas?

Hago un ademán entre nosotros.

—Tú y yo —recalco—. ¿Cuál es el punto de insistir que haríamos una buena pareja?

El malestar se refleja en sus ojos marrones.

—¿Qué hay de malo con eso?

La rabia hierve mi sangre.

—Está todo mal con eso —enfatizo la última palabra—. Me incomoda y mucho, solo deja de seguirle el juego a mi madre.

Sus labios tiemblan, pero asiente a pesar de que le cuesta.

—Lo siento, no creí que te molestara tanto.

—Me molesta y mucho. Detente, Julianne.

—Ya, está bien. —Saca su celular del pequeño bolso que sostiene—. Olvidemos el tema, ¿bien? Necesito una foto contigo en ese traje, te ves muy guapo y quiero presumirte.

—Julianne…

—Perdón. —La cámara de su celular apunta a nuestros rostros y captura dos fotografías. Luzco serio, mientras que Julianne, muy feliz—. Listo, incluso con tu cara de gruñón te ves hermoso.

—Iré a tomar un poco de aire —anuncio.

Julianne me sigue y maldigo internamente.

—Te acompaño.

Recojo una copa de champagne de la camarera que pasa por mi lado y salimos al jardín de la Fortaleza. La música apenas es audible mientras nos sentamos en la pequeña banca. Escucho a los grillos cantar y las estrellas brillan en el cielo.

Un mundo tan hermoso, pero hundido por las tragedias y la crueldad.

—Lamento que las cosas sean así entre nosotros —empieza Julianne—. Nunca fue mi intención.

—Nunca debió suceder —murmuro—. Mi peor error fue seguirte el juego.

Contiene el aliento.

—Juego —repite—. ¿Lo consideras un juego? No lo fue para mí.

—¿Qué hacíamos esa noche? Jugamos el dichoso verdad o reto, y terminamos en el armario.

Me palpita una vena al pensar qué sucedió después. Julianne me besó y le correspondí con ansias. Lo siguiente fue que estábamos desnudos, follando sin descanso. Dioses… cometí un gran error que no tiene arreglo.

—Lo haces sonar terrible.

La miro fijamente.

—Lo fue —recalco—. Siento que estás yendo demasiado lejos con esto y no puedo seguir alimentando tus ilusiones.

Su rostro palidece y sus ojos se abren de par en par.

—Estás siendo extremo.

—No lo creo. —Hago una pausa y me paso la mano por el pelo—. Mira, será mejor que lo dejemos aquí.

Agacha la cabeza.

—Lo que menos deseo es hacerte sentir mal.

—Me agobias —suelto y me arrepiento en cuanto lo hago. Julianne frunce el ceño como si la hubieran regañado—. Mira, lo siento. No pretendía atacarte, pero fueron días horribles y prefiero retirarme de la fiesta. Quiero estar solo. —Mi voz se vuelve suave y eso alivia parte de la tensión en su cara.

—Lo entiendo. Me gustaría que todo vuelva a ser como antes. ¿Crees que será posible? —susurra. Odio lo deprimida que suena y lo peor es que no hay nada que pueda hacer; lo arruinamos.

—Nada volverá a ser como antes. —Le entrego mi copa de champagne y la acepta—. Tenemos que aprender a vivir con ello y ser los amigos que siempre fuimos.

Asiente con rigidez y el brillo de las lágrimas asoma en sus ojos. Sin embargo, no me quedo a consolarla.

—¿Adónde vas? —pregunta Julianne a mis espaldas.

No contesto.

Me dirijo al garaje donde mi motocicleta está estacionada. No estoy a gusto en esta fiesta, ya no en cualquier lugar donde se encuentra Julianne Nelsson.

ARIANNE

Si bien comer calmó mi estómago, me siento sucia e incómoda. No me lavé los dientes en horas y mi aliento apesta; quiero llorar.

Apenas llegue buscaré un lugar donde quedarme para poder investigar qué hay en esas tierras profanadas. Según mi GPS estoy a diez minutos del pueblo, y lo confirma un enorme cartel:

Bienvenidos a New Hope.

Sollozo de alivio y emoción al llegar a esta maldita ciudad. Suspiro y analizo mi entorno a través del parabrisas. El lugar está rodeado de árboles, hasta el aire tiene olor a naturaleza pura. Hace cinco años mi madre nos propuso pasar las vacaciones aquí y perdí a la persona más importante de mi vida.

El destino me trajo de vuelta a este pueblo y no pienso retroceder. A la mierda las advertencias. El volante comienza a hacer movimientos absurdos, las ruedas del auto derrapan y luego nada. La chatarra se detiene en la carretera con una capa de humo.

—No me puedes hacer esto justo ahora —protesto y golpeo el tablero con los puños—. No, no, no. ¡Despierta, chatarra!

¿Será el motor? ¿Las ruedas? ¿Qué mierda le sucede? La impotencia me hace apretar los puños y bajo del auto tras cerrar la puerta con violencia. Examino el capó para ver cómo desprende humo y más humo. Escudriño el auto y veo que sus llantas delanteras están reventadas. Siento que me pondré a llorar como una niña desamparada.

Supongo que conducir sin descanso también ha traído consecuencias.

No recuerdo cuándo fue la última vez que mamá llevó esta chatarra al taller.

¿Qué haré? ¿Llamarla y pedirle ayuda? Eso implicaría renunciar a mi objetivo y rendirme; no puedo permitirlo.

Estoy perdida.

Cuento hasta diez en mi mente, exhalo y rebusco en el maletero algunas herramientas. Hay llantas de repuesto, envase de gasolina y pinzas. El dilema aquí es que no sé qué hacer, nunca me encontré en esta situación. ¿Qué más podría hacer? Esperar a que amanezca y rogar que un individuo se apiade de mí.

Puedes hacerlo.

La voz interior murmulla en mi mente, dándome la fuerza suficiente para creer que lograré salir adelante por mi cuenta.

Tú puedes, Ari.

Recojo mi mochila del auto cuando percibo una luz cegadora alumbrarme y el sonido de un caño de escape. Oh, dioses… Miro sobre mi hombro a una motocicleta deportiva detenerse a unos cuantos centímetros cerca de mí. El conductor no tiene casco y me desconcierta al instante.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta con una voz gutural.

Estoy muda. Suprimo un escalofrío y levanto mis ojos hacia él bruscamente. Una lenta sonrisa curva la comisura de sus labios cuando me sostengo del auto para no caer.

—¿Eh?

—Pregunté si necesitas ayuda —repite en tono divertido.

Sus ojos recorren mi cuerpo, deteniéndose más tiempo en el collar que cuelga en mi cuello. Soy golpeada por el olor que desprende: colonia de hombre y algo que no puedo descifrar.

—Eh… sí. Mi auto dejó de funcionar y las llantas reventaron —balbuceo. Mis mejillas arden por la vergüenza—. Honestamente, no tengo idea de cómo solucionarlo.

Ajusta su corbata.

—Puedo echarle un vistazo si quieres.

—Te lo agradecería.

Él parece estar en sus veintitantos y sus ojos brillan con un resplandor desconcertante. Su cara no es lo que la gente considera una belleza clásica. Su atractivo es misterioso y rudo, me siento atraída al instante por el aura que desprende.

Estoy hipnotizada.

Se acerca y retrocedo. Cuando estoy a punto de caerme, su brazo en mi cintura lo previene. Mi garganta se tensa y reprimo el gemido. Trato de disimular los temblores en mi cuerpo, pero es muy difícil. Un calor abrasador inunda mi piel y es uno que nunca he sentido antes. ¿Qué me pasa?

—Perdón, yo…

—Estás nerviosa y asustada —dice con una sonrisa comprensiva—.

Te prometo que no tengo intenciones de lastimarte, solo quiero ayudar.

Asiento con dificultad.

—Gracias, supongo.

Me suelta suavemente.

—Déjame ver qué sucede.

Me abrazo a mí misma sintiéndome más pequeña que nunca.

Discretamente observo su cuerpo, lleva un esmoquin negro que se ajusta a su musculoso y atlético cuerpo. Su cabello oscuro está despeinado dándole un aspecto desaliñado, pero sensual. Sus ojos son de un tono avellana que casi llega al amarillo. Es tan exótico y hermoso que me cuesta apartar la mirada. Un sentimiento de calidez me consume y mi corazón late muy rápido. No controlo las ganas de querer acercarme más, preguntarle su nombre y perderme en su aroma. ¿Quién es este sujeto?

Debería temerle, pero por una extraña razón me hace sentir segura. ¿Por qué? Mi pecho está adolorido a causa de mi respiración agitada, pero el amuleto no muestra señales de alerta.

Estoy a salvo.

Se quita la chaqueta de su esmoquin y me la entrega. Lo miro confundida.

—¿Puedes sostenerla un momento? Necesito trabajar.

Trago saliva.

—Claro —tartamudeo.

Se muerde el labio para reprimir una sonrisa y niega con la cabeza. Qué vergüenza, dieciocho años y soy incapaz de mirar a un chico sin ruborizarme.

—¿Cuántas horas llevas conduciendo? —pregunta—. No eres de aquí, ¿verdad?

Empieza a arremangarse la camisa y no paso por alto cómo destacan sus músculos al expandirse. Es injusto que alguien luzca así de bien, debería ser un delito. Imagino que estuvo en un evento importante antes de encontrarme aquí tirada como una vagabunda sin hogar.

—Llevo quince horas en la carretera, sin interrupciones hasta ahora —respondo—. Yo… vengo de Chicago.

Comprueba el motor con atención sin necesidad de alguna linterna. Se inclina para ver más de cerca y admito que su pantalón de vestir le queda muy bien. Dioses… Soy una babosa.

—Me lo imaginaba. —Sonríe—. Nunca te he visto en New Hope y una cara tan bonita como la tuya no la olvidaría. ¿Qué haces en un pueblo como este?

Siento cómo me ruborizo, al mismo tiempo que me invade un calor extremo. ¿Qué debería responder a eso? Jamás entablé una conversación con un chico como él. Trato de actuar natural, pero una risita nerviosa escapa de mis labios.

—Busco a alguien importante.

—Ya veo. —Termina su chequeo y me observa, mientras se quita un mechón de cabello que cae por su frente—. Encontré el problema.

No entiendo cómo encuentro las fuerzas para hablar, mi corazón late groseramente. Apuesto a que puede oír el sonido descontrolado. Por dentro soy un caos irreparable.

—¿Sí?

—El motor está muy caliente por la cantidad de tiempo que estuvo en marcha —explica—. El clima no ayuda en estos casos, pero no te preocupes. Volverá a funcionar si le das unos cuantos minutos.

Mis hombros rígidos se relajan.

—Eso suena genial.

—¿Puedo ayudarte en algo más?

—Uhm… sí. —Me acerco tímida y le enseño las ruedas pinchadas—. No podría cambiar eso, no tengo la fuerza suficiente.

Suelta una risa que hace eco en la carretera y mi corazón se derrite. Podría escuchar ese sonido durante horas. ¿Qué mierda, Arianne?

—Me haré cargo con mucho gusto.

Quiero abrazarlo por la inmensa gratitud, este hombre es un ángel caído del cielo.

—Gracias.

—Descuida —dice con gentileza.

Es como si hubiera hecho una especie de hechizo porque mis ojos lo devoran. Culpo de esta reacción a mis hormonas inexpertas. En mi mundo, los chicos perfectos solo existen en los libros; nunca conocí a alguien tan bello.

Le abro el maletero de mi auto y agarra las cubiertas que debe reemplazar. Le toma menos de diez minutos solucionar el problema. Sus manos expertas trabajan sin ninguna dificultad. No tiene ni una pizca de sudor, está bien de pies a cabeza.

—Haremos la última prueba.

—De acuerdo.

Acto seguido, sube a mi auto. Después de dos intentos, la chatarra arranca como si fuera nueva. Doy saltos como niña de cinco años debido a la emoción.

—¡Gracias, gracias! —exclamo eufórica. Si pudiera besarlo lo haría ahora mismo—. Realmente nunca podré pagarte lo que acabas de hacer. Me salvaste la vida.

La leve sonrisa moldea sus labios húmedos mientras se acerca a mí.

—Hay una forma de agradecerme —dice.

Doy un inestable paso atrás.

—¿Qué…?

—Tranquila. —Ríe al ver mi expresión atónita—. Prométeme que estarás a salvo. Este pueblo no es seguro para una chica como tú.

—¿Una chica como yo? —me las arreglo para decir, un poco ofendida.

—Tímida e inofensiva. Nunca sabes con qué tipo de depredador vas a encontrarte —manifiesta en tono serio. Hay algo en su comentario que me genera escalofríos. ¿Por qué siento que sabe cosas como yo?

Mamá dijo lo mismo, incluso Aulus. ¿Acaso tengo cara de ser una víctima?

—Voy a estar bien, buscaré algún motel donde pasar la noche.

Apunta la carretera, más allá del cartel que tiene escrito New Hope.

—Hay uno cerca. Es lo primero que verás cuando avances.

—De acuerdo —susurro. Le entrego la chaqueta y mi piel arde cuando nuestros dedos se rozan—. Fue bueno conocerte. Soy Arianne, pero puedes llamarme Ari.

Su sonrisa seductora me deshace.

—Arianne —repite mi nombre—. Muy bonita.

Mi pecho es un revoltijo de emociones. Ahí está, de nuevo la palabra «bonita».

—¿Y tú?

—Mantengamos el misterio. —Sonríe—. Supongo que en algún momento volveremos a vernos si te quedarás un tiempo en el pueblo.

Dioses, ruego que suceda.

—Uh, sí.

—¿Necesitas que te ayude en algo más?

—Gracias, estaré bien por mi cuenta.

Pone las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.

—Bien —dice. Su voz se vuelve ronca—. Hasta pronto, Ari.

Sus ojos se bloquean en los míos unos segundos antes de que los aparte y suba a su motocicleta. Lo veo marcharse sin mirar atrás mientras presiono una mano en mi corazón.

Siento como si mi cuerpo sufriera una pérdida y no entiendo.

No quiero que se vaya.

ASHER

Me quito la chaqueta y la corbata mientras me pierdo en el centro del bosque. La sensación crece, expandiéndose en mi pecho y se roba la posibilidad de respirar. Memorizo su dulce voz, sus grandes ojos verdes y la mirada melancólica.

Se veía tan pequeña e indefensa. La necesidad de protegerla es abrumadora. ¿Por qué la dejé ir tan rápido? Debí asegurarme de que estuviera cómoda y a salvo, debí darle mi número por si necesitaba ayuda. En cambio, no le dije ni mi nombre.

Mierda…

¿Por qué me siento así?

Hay algo en ella, algo que me atrae como una polilla a la luz. Es hermosa, tan increíblemente hermosa.

Muchas chicas lograron atraerme, pero Arianne no tiene comparación.

Y su aroma… Dioses, su aroma me volvió loco en segundos. ¿Cómo es posible sentirme así de extasiado? Como si respirar el mismo aire que ella fuese todo lo que necesito.

¿Qué fue eso? ¿Magia?

—Estúpido —gruño, pasándome la mano por el pelo.

Ese amuleto en su cuello me dio indicios de que no hay nada normal en la chica de ojos verdes. Su esencia jamás la he percibido en un humano.

Yo solo… deseaba besarla y protegerla.

El resto de mi ropa se rompe cuando salto y caigo en cuatro patas en mi forma lobuna. Si Arianne fuera mi compañera, lo debí saber desde el primer instante que nos vimos, pero su olor sigue confundiéndome. ¿Por qué huele tan raro?

Solo estoy seguro de algo: necesito verla de nuevo desesperadamente.

La necesito.

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