Dulce maldad

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Dulce maldad » 14. Arianne

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Un hombre alto de traje, con ojos avellana y cabello castaño, me mira fijamente. Luce imponente e intimidante. Su rostro demuestra años de experiencia y deduzco que estoy hablando con el mismísimo señor Karlsson. El padre de Asher y Andrew.

—Jamás esperé conocer a la hija de Josh Laroux. —Agarra mi mano y besa el dorso—. Soy Aiden Karlsson. Es un honor tenerte en mi hogar, Arianne.

¿Su nombre también empieza con la letra A? ¿Todos en esta familia se pusieron de acuerdo? La sonrisa que me ofrece es cálida, a pesar de mi silencio.

—Josh y yo somos amigos desde hace siglos. —Se posiciona detrás del respaldo de la silla donde se sienta su esposa—. Siempre fue un espíritu salvaje, pero con un corazón noble. Sacrificó mucho por su familia, aunque lamentablemente las cosas no salieron como él esperaba; considerando que estás aquí…

Hablan de él como si fuera una gran persona, pero yo lo considero un bastardo y mal padre.

—Nos abandonó —comento por lo bajo y dolida.

El señor Aiden destapa la botella de whisky sobre el escritorio y llena el vaso.

—Tomó la decisión que consideraba mejor. Hay un trasfondo, pero que tú no sabes. —Bebe un trago, mientras mi vista se posa en el anillo de oro que brilla en su dedo anular—. Esa no es mi historia para contar.

La ira crece desde la punta de mis pies.

—¿Y cuál historia es la tuya?

Piensa unos segundos antes de hablar. Su esposa y su hijo permanecen callados.

—Cuéntame cómo ha sido tu vida estos dieciocho años. Tuviste los síntomas, ¿cierto?

—¿Qué síntomas?

—Los síntomas que delatan tu naturaleza —expresa el señor Karlsson—. Nunca te enfermaste, tienes sentidos agudizados y controlas un elemento tan especial como el fuego.

Mi postura se vuelve rígida y mi boca se seca.

—¿Cómo lo sabe?

—Eres hija de Aimeé y de Josh. —Apoya su cadera contra el marco del escritorio—. Eso te convierte en una mezcla de ambos: licántropo y druida.

El frío horror se desliza sobre mi mente y el dolor abre mi cabeza como una lata de atún. Yo sabía que no era una persona normal, pero no me esperaba esto. He odiado todo lo relacionado con estas criaturas por cinco años. ¿Ahora soy una de ellas?

—No… —Jadeo—. Eso es imposible.

Mi corazón golpetea y sangra. No quiero escuchar más, no quiero.

—Tu madre, al ser descendiente de los celtas, te ha transmitido sus habilidades —añade la señora Karlsson—. Y tienes el linaje de un licántropo en tu sangre.

No respiro.

No respiro.

No respiro.

Empiezo a tartamudear y me callo, tratando de asimilar las consecuencias de su cruel afirmación. Estoy sorprendida momentáneamente, confusa, y ruego haber escuchado mal.

Por favor, que no sea real.

—Respira, Arianne. —Asher me habla de nuevo—. Sé que es abrumador, pero te prometo que no es tan malo como crees.

Mi rostro está empapado a causa de las lágrimas. ¿No es malo? Dioses, he soñado con arrancarles la cabeza a esos monstruos. Me niego a ser uno de ellos. Me niego rotundamente.

—Soy druida y licántropo como ustedes. —Me río sin una pizca de emoción—. ¿Están diciendo que los humanos no son la única raza en el mundo?

—El mundo no es lo que siempre aparenta, Arianne —contesta el señor Karlsson—. Hay cosas desconocidas ahí afuera a las que deberías temer.

Me limpio los ojos con el dorso de mi suéter.

—¿También existen los vampiros?

—Sí existimos los licántropos, ¿por qué no ellos? —dice Asher.

Respiro profundamente.

—¿Qué sigue? —continúo—. ¿Hadas y gnomos?

—Sí, existen. —Asher me mira con diversión esta vez—. Y no lucen como Tinker Bell, ni reparten polvos de hadas a los niños como enseñan a los pequeños en las películas. Son seres crueles que disfrutan hacer sufrir a los humanos si se involucran en su mundo. Ellos no enseñan el amor, pero sí fomentan el odio.

Levanto una mano interrumpiéndolo.

—Demasiada información.

La señora Karlsson acepta el vaso de whisky que le tiende su marido.

—Necesitamos informar a tu padre que estás aquí —dice ella después de beber.

—Vine al pueblo por mi hermano.

Aiden libera un suspiro.

—A tu hermano lo declararon muerto —recalca, y duele—. ¿O me he perdido alguna parte de la historia?

Clavo mis uñas en las palmas de mis manos.

—Sin cadáver no hay muerto. Lo encontraré como sea.

Nadie discute.

—Pocos saben de tu existencia. —La madre de Asher suena asustada—. Hemos sido leales a tu padre y él debe saber que estás aquí lo antes posible.

¿Hará alguna diferencia hablar con él? Sí. Puede explicarme sus cartas y entender su pasado con mamá, pero no seré sonrisa y felicidad cuando lo vea. Mi resentimiento es enorme.

—¿Por qué mi padre no puede estar con nosotros? —cuestiono.

—Solo él puede responderte esa pregunta —dice Asher.

Restriego las manos por mi rostro cansado.

—¿Qué hay de Theo?

El señor Karlsson golpetea un dedo en el borde del vaso.

—Tu padre se encarga de eso, siempre se ocupó de sus hijos. —Su máscara estoica se desvanece y sus ojos reflejan tristeza—. Sé que no conoces nada de él, pero tienen oportunidad de recuperar el tiempo perdido.

Ya no soporto estar cerca de estos individuos que actúan como si me conocieran. Necesito estar sola para superar esto y seguir adelante por mi cuenta.

—No quiero nada de ese hombre. —Me deslizo fuera de la silla—. No tuvo la decencia de acompañarnos cuando atravesamos los momentos más difíciles. No significa nada en mi vida.

Intento salir del despacho, pero Asher bloquea la puerta demasiado rápido. Doy un grito ahogado cuando choco contra su duro pecho y levanto la mirada a sus ojos. Parece como si viera a través de mí, soy consciente de la forma que exhala y de cada uno de sus suspiros.

Es abrumador.

Retrocedo, sintiéndome pequeña y perdida ante su escrutinio.

—Te quedarás aquí hasta que tu padre regrese —informa el señor Karlsson—. Mi hijo te mostrará tu habitación.

Una ola de vértigo me sacude.

—¿Me retendrán aquí? —pregunto, sin poder creérmelo—. No pueden hacer esto.

Los labios de Asher se curvan en una lenta sonrisa.

—En el bosque demostré que podemos hacer lo que sea para mantenerte segura.

Le dedico una mirada sucia y su sonrisa aumenta.

—Te asignaremos una habitación para que estés más cómoda —expone Aria—. Podrás irte si tu padre lo cree conveniente.

Aprieto mis clientes y mis puños. Complicaré las cosas si pongo más resistencia. Lo mejor es ceder y pensar en un plan de escape, no me quedaré aquí si deseo mantener la poca cordura que me queda.

—¿Algo más? Me gustaría descansar.

Aiden observa expectante entre los dos.

—Asher, acompáñala —manda.

La puerta se desbloquea con un clic y abandonamos la oficina. Pasamos por el vestíbulo mientras busco otra salida. Las ventanas son una buena opción, pero estoy jodida si mi habitación queda en el segundo piso.

—Siento que mi cabeza está a punto de reventar —comento—. Esto es una pesadilla.

—Comprensible —dice Asher.

—Es difícil digerir lo que descubrí. —Me detengo en una esquina—. Mi padre es licántropo, cazador, lo que sea. —Niego con la cabeza—. ¿Qué hay de mamá? Resulta que es una druida.

Asher detiene sus pasos y se gira para mirarme.

—Intenta no pensar mucho en el tema esta noche, necesitas descansar.

¿Cómo podría olvidarlo cuando estoy tan horrorizada? Quiero gritar hasta que mis pulmones colapsen.

—Me trajiste a una manada de lobos —escupo. Apenas puedo respirar por la furia que me sofoca—. ¿Recuerdas que uno de ellos mató a mi hermano?

Un músculo se mueve en su mandíbula.

—Mi familia no tiene nada que ver con el asesinato de tu hermano —afirma con tensión—. A diferencia de todas las historias absurdas que probablemente oíste sobre nosotros, somos los más interesados en encontrar al monstruo que mata humanos.

—Sí, claro.

Nos detenemos frente a una puerta y toma algunas inhalaciones para calmarse, se nota que mi actitud lo está molestando.

—No tengo idea de cuántos días tardará tu padre en venir —se limita a responder y me abre la puerta—. Descansa, Arianne.

Mi mano se curva alrededor de su brazo antes de que se vaya. Mi pecho se calienta, una sensación de hormigueo baila a lo largo de mi piel al sentir su contacto. El calor que emana de su cuerpo es relajante, pero también me pone a la defensiva.

—¿Piensas que me quedaré aquí como una pequeña chica sumisa mientras espero a mi padre? No me conoces en absoluto —cuestiono entre risas incrédulas—. Hui de mi madre porque quiso retenerme y no permitiré que unos extraños hagan lo mismo; no soy una prisionera.

Soy muy consciente de cada fibra donde nos tocamos: mis manos en su pecho, su cuerpo acorralándome contra la puerta y el sonido de su corazón.

Puedo escucharlo.

—Adelante, haz el intento de huir —dice, su voz ronca—. Pero ten en cuenta que te encontraré.

Me lamo los labios, luego trato de tragar para aliviar mi garganta reseca.

—¿Estás amenazándome, Karlsson?

La diversión brilla en sus ojos.

—Tómalo como quieras, Laroux.

Enreda un mechón de mi cabello suelto entre sus dedos y me da espacio. Lo miro atónita mientras se retira sin echarme un segundo vistazo, es difícil pensar cuando él está cerca. ¿Por qué me vuelve tan tonta? Dioses, voy a vomitar.

Niego con las mejillas rojas e ingreso a la habitación. Tengo calor, necesito un baño de forma urgente. ¿Cómo apaciguaré lo que me hace sentir? Soy un incendio. ¿Por qué me afecta tanto?

Observo la cama para distraerme. Su tamaño abarca más de dos personas, las sábanas blancas son de seda y tiene cinco almohadas del mismo color. Hay una gran ventana que me enseña la luna y el bosque. Estoy en el segundo piso como era de esperarse y será difícil escapar. Corro el riesgo de ser atacada por otra bestia, pero el miedo no me detendrá. Encontraré mi auto y regresaré a la cabaña con mis amigos. Al carajo con los Karlsson, puedo sola.

Arranco las sábanas de la cama y me aseguro de atarlas en un fuerte nudo alrededor de la barandilla. Me cercioro de que sean resistentes y queden colgando lo suficientemente bajo para poder bajar.

—Tú puedes, Arianne —me aliento.

Cuento hasta cinco y sin pensarlo dos veces, empiezo a impulsarme hacia abajo con ayuda de la tela. Gracias a los dioses la sábana es resistente y la altura no me asusta. Hago una mueca porque mis manos se queman, pero no me detengo. El sudor recorre mi piel cuando al fin puedo pisar el suelo, y luego corro.

Me muevo rápidamente entre los árboles y arbustos con la respiración agitada. Fuertes chasquidos de madera hacen eco detrás de mí. Algunas ramas me lastiman los brazos y pies. Sin embargo, nada me frena. Tal vez es lo más estúpido que haya hecho, pero no hay vuelta atrás. No me quedaré a esperar a mi papi, mucho menos permitiré que se interpongan en mi camino.

Entonces oigo un gruñido animal y maldigo. Una bestia salvaje sale de las sombras y grito tan fuerte que probablemente se escuchó hasta en China. Toma la forma que desprecio: dientes afilados, orejas puntiagudas, garras, cola y radiantes ojos amarillos que me provocan escalofríos. Es enorme. Su pelaje negro azabache me recuerda a cierto idiota que confronté hace minutos.

Debería estar asustada, pero él no me intimida.

—¿Asher? —pregunto con las manos en alto y muy quieta.

La única respuesta que recibo de su parte es un gruñido y lo tomo como un sí. Sus ojos advierten que, si vuelvo a moverme, no tendré ninguna oportunidad de escapar. Tu huida ha sido un éxito, Arianne. Muy inteligente.

Doy vueltas en la habitación con la rabia agitándose dentro de mí. Tengo ganas de agarrar ese lindo florero y romperlo. Fui una estúpida por creer que la salida de esta mansión sería fácil, estoy atrapada hasta que mi padre regrese y debo resignarme.

Tonta Arianne.

Asher se reúne conmigo cuando estoy mordiéndome las uñas. Luce como el chico más caliente que he visto en su forma humana. Exuda una tranquilidad amenazante y sus labios se curvan en una sonrisa burlona.

—Creí que eras más inteligente —comenta recostándose contra el marco de la puerta—. ¿Pensabas que podrías huir de un territorio licántropo? Te recuerdo que la Fortaleza cuenta con cámaras en cada rincón y tu olor…

—¿Qué? —lo incito—. ¿Qué hay con mi olor?

Se acerca y me pasa los nudillos por la mejilla. Un toque suyo es suficiente para que mi pulso se vuelva frenético y lo peor es que no quiero apartarlo, me gusta cuando me toca.

—Hueles increíble, Arianne. —Su voz es como la seda en mi piel—. Podría encontrarte en cualquier parte con ese aroma, me vuelves loco.

Mis mejillas se calientan y aparto los ojos. Si supiera que me siento de la misma forma…

—¿Por qué insistes en retenerme? Déjame ir, Asher.

Lo miro horrorizada mientras se tumba en la cama con los brazos cruzados detrás de su cabeza. ¿Y este fanfarrón qué?

—Ya te explicamos que no podemos hacer eso —expone—. Eres inestable y poderosa.

Recuerdo la bombilla que reventé en el baño, y la capacidad de utilizar el fuego cuando mis emociones son muy tormentosas.

—Nunca dañaría a nadie.

—No queremos correr ningún tipo de riesgo. Lo correcto es mantenerte vigilada y ayudarte. —Me guiña un ojo—. Trabajaremos en equipo.

—¿Trabajar en equipo?

Asher bosteza.

—Ajá, me oíste bien. Mi familia y yo tenemos a un sospechoso por los crímenes.

La tensión me hace mirarlo fijamente y sentarme a su lado en la cama.

—¿Qué has dicho? —pregunto—. ¿Quién es el sospechoso?

Toca la punta de mi nariz con su dedo.

—Ese tema lo dejaremos para mañana porque no quiero ocasionarte otro colapso. —Se levanta—. Prepara tus preguntas y las responderé con mucho gusto cuando estés lista. Buenas noches, bonita.

Miro el techo cuando me otorga privacidad y suspiro. Necesito verle el lado positivo a este giro inesperado. Tal vez no será tan malo trabajar con los Karlsson, pero esa vocecilla me recuerda quiénes son.

Licántropos.

La especie que más repudio en este mundo.

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