Dulce maldad

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Dulce maldad » 20. Arianne

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Ojos verdes me miran con miedo cuando empieza el calor abrasador. Un calor intenso que consume todo a su paso: las paredes, los muebles, el piso, cada centímetro de la casa. Las llamas se expanden, el fuego brota de mis palmas mientras acaricia mi piel como una entidad viviente.

No estoy herida, mi carne tampoco ha sido chamuscada. Al contrario, me siento más viva que nunca. Disfruto ver el color naranja y amarillo danzar a mi alrededor como una adictiva canción. El sonido de chasquidos me hace sonreír y llorar al mismo tiempo.

Esta soy yo.

Arianne Laroux.

La chica que ama el fuego más que a nada.

Los mismos ojos verdes aparecen en mi campo de visión y manos desesperadas acunan mis mejillas. Hay angustia en su mirada mientras exige que pare, pero no quiero. No puedo. Este poder me hace codiciosa.

Una probada es suficiente para desear más.

—Respira, cariño —suplica—. Cierra tus ojos y respira. Solo sigue respirando.

Una viga en llamas cae sobre nosotros, pero mamá no se mueve. Ella no me teme.

—Mamá…

—Respira y recuerda que tienes el control sobre tus poderes. Respira, Arianne. Cierra los ojos y respira. Apaga el fuego. Respira.

Respira.

Respira.

Respira…

La palabra se graba en mi cerebro a medida que cierro los ojos y el fuego se esfuma. El olor a humo sube a mi nariz como un recordatorio de lo que acaba de ocurrir.

Invoqué el fuego.

Miro mis manos para admirar las chispas y cenizas.

Yo fui consumida por las llamas y lo amé.

Cuando el fuego está en mis venas me siento bendecida y poderosa.

Muy poderosa.

Tan poderosa.

—Eso es. —Mamá sonríe al ver que las llamas se extinguieron—. Tus poderes deben responder siempre a ti. No tú a ellos. ¿Entiendes, cariño?

Me despierto incómoda, con la mejilla apoyada sobre un libro. Froto sobre el dolor en mi pecho y mis ojos pican. Miro el entorno para notar que estoy en la habitación que me asignaron los Karlsson, con varias cartas esparcidas en el suelo.

Anoche lloré hasta quedarme dormida.

Sentándome en la cama, dejo caer la cabeza en mis manos y suspiro. No tuve el valor de leer las cartas de mi padre. No encuentro respuestas en sus palabras y cuando termino, me siento más que frustrada. Regresar a Chicago es una mejor alternativa que perder mi tiempo sobre cosas del pasado.

Lo único que me motiva del día es que Asher me llevará a la manada Persson. Estoy deseosa de verlos cambiar de forma. No puedo asegurar que estaré calmada, pero intentarlo es un progreso. Me enderezo con un bostezo que suena poco delicado y gimo al ver que no tengo ninguna llamada de mi madre mientras registro el celular. Hay un mensaje de Lily diciéndome que no me preocupe y que siempre seré bienvenida en su cabaña, le responderé después.

¿Qué sucede con mi madre?

Lanzo el celular sobre la cama y me acerco a la ventana. El día está muy gris al igual que mi alma. Veo los pájaros meciéndose en el viento y una vieja colina a lo lejos. En otra vida, New Hope sería mi sitio favorito porque tiene todo lo que necesito: naturaleza abundante, pocos habitantes y aire puro.

Pero ya nada aquí me parece atractivo, no cuando fue contaminado por la muerte. La ventana se empaña cuando suelto un aliento y dibujo líneas en el vidrio. El sueño que tuve aún parpadea en mi mente, manteniendo el recuerdo de que puedo invocar el fuego sin ninguna cerilla y no me quema. No ardo en él, no me lastima. Al contrario, me hace sentir más fuerte que nunca.

Cuando era una niña quemé casas y mi madre trataba de calmarme. Ahora las mudanzas tienen una explicación inesperada, siempre fueron por mí.

Casi toda mi vida me encargué de invocar el fuego, pero apenas lo recuerdo. Hay tanto que necesito rememorar. Entrelazo los dedos en mi cabello y me deslizo por la pared con los ojos cerrados. La afirmación de Lewa mató mi fe de encontrar a Theo, pero no me daré por vencida.

Tiene que haber otro camino. Existen miles y no renunciaré por las palabras dudosas de una sacerdotisa.

El culpable de mi tristeza arderá.

Es una promesa.

—¿Puedo pasar? —Asher toca la puerta esta vez y sonrío.

—Adelante —respondo, levantándome con esfuerzo. Sus ojos observan la habitación con el ceño fruncido al ver tanto desastre—. Fue una mala noche —explico y bostezo de nuevo.

—Estás cansada. Volveré más tarde.

—No, no. —Lo detengo y empiezo a recoger las cartas de mi cama—. Me daré un baño y después iremos a la manada Persson. Dime que aún sigue en pie tu plan.

—Te di mi palabra. —Asher me ayuda a poner en orden la cama—. Primero quiero escuchar algunos detalles.

Guardo las cartas en la pequeña caja de cartón y la dejo sobre la mesa de luz.

—¿Qué detalles?

—Sobre el licántropo que atacó a Theo. ¿Recuerdas cómo era exactamente?

A pesar de mi determinación de no dejar que me afecte, un pequeño escalofrío me sacude mientras mi lengua repite la descripción que tanto desprecio.

—Era enorme, con pelaje gris y ojos rojos. —Me estremezco—. También babeaba mucho y sus garras eran puntiagudas.

Una señal de tensión aparece en su frente, pero no expresa nada. Es inquietante.

—Gris y de ojos rojos. Un color muy inusual.

Me siento a su lado con las manos sudadas.

—¿Lo has visto alguna vez por aquí?

Comprueba la hora en su reloj.

—El entrenamiento de los Persson empezará dentro de una hora —informa—. Tienes tiempo de bañarte y desayunar. Te espero en el comedor.

—Oh, bien.

Sus ojos avellana me miran con tanta intensidad que me encojo en la cama para tratar de aliviar esta tensión entre nosotros. ¿Cuándo terminará? Al parecer, nunca. Respirar el mismo aire que él es adictivo porque huele delicioso y amaría recorrer sus músculos con mis dedos.

Una lenta y malvada sonrisa se extiende por sus labios, seguramente porque escuchó mis pensamientos. Mierda, me oyó. Eso fue grosero y tengo ganas de hundir mi cara en el fango. ¡Qué vergüenza! Sin embargo, él no se burla de mí. Finge que nada sucedió y le agradezco.

—Hablamos con Aulus anoche —informa—. Él asegura que es muy amigo de tu madre.

Mi mente quiere ser domada por la pura rabia, pero me obligo a calmarla. Guardaré esa furia para el momento indicado.

—Ese maldito mentiroso de mierda… —gruño—. Mi madre lo desprecia. Si supieras todas las advertencias que me dio sobre él, realmente lo odia.

Asher asiente.

—Lo supuse, nunca confiaría en la palabra de esa basura.

Toco mi amuleto por instinto y pienso en las lágrimas de mamá. Ella estaba tan desesperada y asustada cuando Aulus se acercó a mí. De ninguna manera fueron amigos. Ese enfermo le arruinó la vida.

—Mi madre me hizo jurar que no me acercaría a él.

—Yo tampoco permitiré que le dirijas una sola palabra —enfatiza Asher—. ¿Ari?

Me aclaro la garganta.

—¿Sí?

—¿Puedes hacerme un favor?

—Depende.

—Nada de depende. —Se echa a reír—. Necesito que mantengas la calma cuando veamos el entrenamiento de los Persson. ¿Podrás tenerlo bajo control? No quiero exponerte ni convertirte en el blanco de ellos. Son vengativos.

Lo miro insegura.

—Trataré de ser civilizada, pero no prometo nada.

Deja escapar un gran suspiro y me da un apretón en la mano.

—No olvides que estoy a cargo —espeta y se levanta—. Te veo en el desayuno.

Me las arreglo para asentir.

—¿Asher?

—¿Sí?

—Gracias por ayudarme y ser tan gentil conmigo.

La comisura de su boca se curva en otra sonrisa de infarto.

—De nada, bonita.

Me aviento en la cama y miro el techo con una sonrisa estúpida cuando se retira. Él podría decirme bonita todos los días y a mí no me molestaría.

Puedo sentirlos mirándome mientras devoro el desayuno. Hoy amanecí muy hambrienta porque anoche rechacé la cena que Andrew llevó a mi habitación. Las tostadas con mermelada de fresa y mantequilla son deliciosas, la combinación perfecta con el café.

—Asher me informó que viajarán a Chicago pronto. —El señor Aiden se sienta más recto en la silla y luego se endereza la corbata—. No irán solos.

Termino de masticar antes de centrar la atención en él.

—¿Quiénes más irán? —cuestiono, confundida.

Me estudia brevemente.

—Los muchachos aquí presentes. —Se refiere a sus otros hijos y me atraganto con una fresa.

Asher me sirve jugo de piña y bebo para calmar mi garganta irritada.

—Conmigo es más que suficiente, papá —dice Asher.

—No —insiste su padre—. Aulus anoche fue muy transparente y lo correcto es cuidar a Arianne. Atacan en manada y ustedes juntos son más fuertes. Me uniría al viaje, pero tengo otros deberes que cumplir aquí.

Axel y Andrew están emocionados, Ashton se muestra indiferente, pero la señora Karlsson no oculta el disgusto. Se limpia los labios con una servilleta y clava el cuchillo en su trozo de bacón. Apostaría a que imagina mi cara.

—¿No crees que es mejor esperar a Josh? Es su hija después de todo.

Apenas se da cuenta de cómo me tenso. Ella me considera una carga y me incomoda, porque tiene motivos para verme así. He traído inconvenientes en su hogar desde que llegué.

—No es seguro que Josh regrese pronto y es urgente que Arianne hable con su madre —explica Aiden—. No permitiré que ella y Asher vayan desprotegidos.

—Puedo cuidarla bien —murmura Asher.

El latido de mi corazón se duplica en velocidad. A estos hombres les importa mi seguridad a pesar de que no me conocen tanto.

—Agradezco mucho su apoyo, señor Karlsson —musito.

Él me tiende una sonrisa.

—Cuentas conmigo, querida.

Voy a llorar. Axel mastica las judías verdes y me guiña un ojo.

—Será una gran aventura viajar por carretera. He preparado una lista en Spotify.

Andrew se palmea el estómago.

—Quiero que los Persson vengan —dice el rubio—. Patearé sus culos perezosos.

La señora Aria los reprende.

—Compórtense, muchachos. No es ningún viaje de vacaciones.

—Definitivamente no —concuerda su esposo. Su rostro es sólido, sus ojos enfocados en mí—. Concéntrense en llegar sanos y salvo a Chicago. Cambiarán de forma cuando sea necesario, ¿bien? No queremos llamar la atención.

Asher carraspea y recoge su jugo de naranja.

—Espero una sola excusa para matar a esos imbéciles —espeta Asher—. Mis puños estarán listos para estamparlos en sus caras feas.

Wow. La rivalidad que tienen con el otro clan me asusta. Si mañana se matan no me asombraría para nada. Se odian.

—Nada de peleas —señala Aiden—. Tenemos reglas y vamos a seguirlas.

Andrew se burla desde su asiento.

—Yo las romperé con gusto si esos imbéciles vienen por Arianne. —Me da una sonrisa que devuelvo y me concentro en mi plato.

Es lindo convivir con personas que me consideran parte de ellos.

A las diez de la mañana nos dirigimos directo al clan de los Persson. Asher me comenta que no le mencionó nada a su familia y le prometo que tampoco lo haré. Lo miro asombrada mientras se mueve entre los árboles con la mochila en su hombro derecho. Sin esfuerzo y atento. Su alta figura me hace sentir pequeña, pero también protegida.

Sostiene mi muñeca cuando me tropiezo con una roca, enviando un sinfín de escalofríos en mi piel por su toque. Dioses, soy una tonta.

—Cuidado —dice.

Me río con nerviosismo.

—Lo siento, estoy ansiosa.

Quita una rama de mi camino.

—Me imagino que sí. Solo recuerda lo que conversamos, ¿sí?

No perder la calma…

—Me recuerdas a mi madre. —Me paro a su lado—. Ella se preocupa tanto por mí. A los diez años fui sin su permiso a una feria y casi perdió la cabeza, cree que hay monstruos en cualquier parte.

Asher sonríe.

—Desde niña eres toda una rebelde, tu madre no se equivocaba.

—Su paranoia era extrema —difiero—. Ni siquiera me dio chances de ir a la escuela o tener amigos, me encerró en una burbuja.

Él ladea su cabeza y arquea una ceja.

—¿Pensaste en sus motivos?

Me encojo de hombros.

—Tal vez se ocultaba de Aulus o de ella.

Asher se detiene frunciendo el ceño.

—¿Ella?

—Antes de venir aquí, mi madre hizo referencia a ella. —Hago comillas con los dedos—. No mencionó su nombre ni dijo cómo era, solo rogó que me cuide de ella. Me dio la sensación de que la asusta incluso más que Aulus.

Él asiente con un movimiento de cabeza.

—Espero que esté dispuesta a cortar con el misterio cuando vayamos a Chicago.

Mi garganta se aprieta con amargura. Si no lo logré en años, dudo que ahora sea diferente.

—Yo también —susurro.

Entramos a una parte del bosque donde nunca estuve y Asher presiona un dedo sobre sus labios indicando que guarde silencio. Entrecierro los ojos para ver un terreno lleno de cabañas que está protegido por un muro de vallas y alambres de púa.

Es la manada de los Persson.

A diferencia de la Fortaleza, ellos viven más como seres salvajes. No hay mansiones o casas lujosas. Solo cabañas muy sencillas, pero bonitas.

«Estamos en territorio enemigo. No hagas nada más que respirar».

Los latidos de mi corazón aumentan al oír su voz en mi cabeza y me muerdo los labios para evitar gritar como una lunática. Dioses… olvidé que él puede comunicarse conmigo telepáticamente. ¿Cómo es capaz de hacerlo con tanta naturalidad? Esto no es normal.

Hago una pausa y miro a Asher.

«¿Ellos no podrán olemos?» —le pregunto y su sonrisa me provoca cosquilleos.

Niega y señala mi amuleto.

«Estás a salvo. Tu olor es irreconocible y tu amuleto sirve de protección».

«¿Qué hay de ti?».

«Estaré bien».

Intento no preocuparme y me repito que él es un gran licántropo. Necesito aprender a usar mis poderes así la próxima vez no dependeré de nadie. Veo cómo Asher saca cuidadosamente de su mochila unos binoculares y me los ofrece.

«Los necesitarás».

Acepto los binoculares y empezamos a subir sobre una pendiente rocosa. Asher se acuesta sobre su estómago en el suelo y hago lo mismo sin hacer el más mínimo ruido. Me doy cuenta de que estamos a una gran distancia y difícilmente podrán notar nuestra presencia.

Pongo en uso los binoculares y me quedo boquiabierta al ver tantos hombres sin camisas. Se alientan unos a otros mientras forman un círculo alrededor de dos que pelean. Sí, definitivamente son como animales.

«Creí que solo entrenarían» —le digo a Asher.

«Es la forma en que ellos se manejan. Pelean hasta la muerte para comprobar quién es más fuerte».

Wow, qué salvajes.

Asher se concentra en mirar la escena sin parpadear. No necesita los binoculares por sus sentidos agudizados mientras que yo sí. Me falta aprender. Cuando sea una auténtica licántropo, tendré las mismas ventajas. ¿Acabo de pensar en eso? Sacudo mi cabeza y me enfoco en los Persson.

Dos hombres semidesnudos se posicionan en el círculo como si fueran depredadores a punto de masacrarse. Escucho a los demás hacer sus apuestas sobre quién ganará y me tenso al darme cuenta de quiénes son los contrincantes.

Aulus y Simón.

Apretando mis dedos alrededor de los binoculares, tomo una respiración profunda. La sorpresa me invade cuando uno de ellos empieza a transformarse.

Su cuerpo se contrae y su espalda se encorva. Echando el cuello hacia atrás, cae sobre cuatro patas al tiempo que su mandíbula se estira. Los dientes le atraviesan las encías y su piel es rodeada con pelaje gris. El cambio es doloroso, muy diferente a cuando veo a Asher en su forma lobuna. Todo aquí está mal, pero empeora cuando veo sus ojos.

Son rojos.

Con cada respiración puedo sentir cómo mi mundo entero se cae a pedazos y los binoculares hacen un estruendo al chocar contra el suelo. He visto esos ojos antes.

«Dime quién es el lobo de pelaje gris».

Me hago una idea, pero necesito escuchar la confirmación de que no me volví loca. Asher comprende lo que quiero decirle y maldice. Un pequeño gemido adolorido escapa de mis labios y rápidamente me tapo la boca. Mi corazón se siente tan adolorido como mi garganta rasposa a causa del llanto.

Es él.

«Aulus Persson. Es el Alfa del clan» —responde Asher.

No respiro.

Aulus es el Alfa.

Mi conmoción no alerta a las bestias, están muy concentradas peleando. Intento atraer aire a mis pulmones, pero no lo consigo. Las lágrimas brotan de mis ojos como un río incontrolable y me ahogo en sollozos.

Los licántropos luchan como bestias salvajes. Gruñen, se desgarran la piel y se muerden. Pero el lobo gris es más grande y estoy segura de que saldrá victorioso.

—Es él. —Esta vez hablo libremente—. Él mató a Theo.

La voz de Asher es suave.

—Sé que esto es doloroso, pero necesito que te calmes, Arianne.

¿Cómo demonios puede pedirme eso? ¡El monstruo que mató a mi hermano se encuentra justo frente a mis ojos! Fue él y lamento tanto no haberlo matado cuando tuve la oportunidad en ese callejón.

Aulus me habló como si fuéramos viejos amigos, el maldito enfermo retorcido.

—Voy a matarlo. —Me tiemblan las manos.

—Arianne, por favor.

Veo siluetas borrosas, licántropos a punto de matarse y aullidos agonizantes.

Ya no puedo más.

La bilis desgarra mis entrañas y la energía fluye en mis venas. No sé qué está pasando realmente, pero todo arde en mi interior. Soy como un volcán en erupción, lleno de odio. La rabia rápidamente hierve hacia la superficie. Mi poder está deseoso de salir y no haré nada para detenerlo. Cierro por completo mi mente y me concentro en una sola cosa:

Quemar.

Mi cuerpo responde por puro instinto y las llamas envuelven mis manos. Una pequeña chispa surge de mis dedos y vuela a la dirección que deseo. Cubre el suelo, las cabañas, cualquier árbol y objeto.

—Ari, no. —Asher me advierte, pero es demasiado tarde.

Me siento eufórica y poseída. El poder me recorre, inundando mis células y cada partícula de mi cuerpo. Anhelo más, mucho más.

El terror helado y horripilante me paraliza cuando oigo aullidos. Me oprime el pecho ver a los hombres pedir ayuda y tratar de apagar el fuego. No podrán. Espero que se pudran en el jodido infierno. Mi cabello castaño azota mi cara mientras las llamas rugen en un bramido furioso.

Lo quiero muerto.

—Debemos irnos ahora —dice Asher.

No respiro.

No pienso.

No me muevo.

No hago ni un solo sonido.

Asher me da una pequeña sacudida hasta que reacciono y parpadeo con un suave jadeo.

—Arianne, respira.

Cuando no respondo, me rodea con sus brazos y acaricia mi cabello.

—Cierra tus ojos, Arianne. Ahora.

Su orden me traslada al pasado y libero un sollozo en su pecho. El olor y la calidez que desprende me reconforta, se siente tan bien estar protegida en sus brazos. No imaginé que mis emociones serían el interruptor para encender mis poderes.

Ahora el odio es una gran motivación para matar a Aulus.

—Necesitamos irnos antes de que Aulus note que estamos aquí —espeta Asher—. Estamos a tiempo.

—Pero…

—Ya sabemos quién mató a Theo. Es lo importante, luego veremos qué hacer.

Demasiado tarde.

Observo la manada Persson rodeada de fuego y justo ahí percibo que el licántropo gris está mirándome fijamente e ignora las llamas que derrumban las cabañas. A pesar de la distancia, sus ojos rojos me taladran en odio puro y grita una promesa de muerte.

Él me está viendo, mira a través de las llamas directamente a mí.

—Carajo… —Asher me tira a su espalda y mantiene sus manos en mi trasero—. Pon tus piernas alrededor de mí, Arianne. Tenemos que salir de aquí o estaremos en graves problemas. Dime que me escuchas, maldita sea.

Trago con dificultad y por primera vez en el día lo escucho.

—S-sí. —Quito la atención de Aulus.

Envuelvo los brazos alrededor de su cuello y oculto mi cara en él. Asher corre a una velocidad impresionante y me carga como si fuera una simple pluma. El sonido del viento lastima mis oídos y siento su pulso contra mis palmas.

Estoy más allá de la furia y aprieto mis dientes mientras los destellos se reproducen como un disco rayado.

El hombre de ojos rojos espiándome cuando me mudé en la cabaña con mamá.

Él bajo la lluvia.

En mis pesadillas.

El callejón.

Siempre fue Aulus y fui tan estúpida para no verlo antes. Tan estúpida… Mamá no se equivocó al advertirme y mi amuleto tampoco. Hubo muchas señales que omití por culpa de mi terquedad.

Eres una estúpida, Arianne.

En menos de dos minutos llegamos a la cueva y Asher me deja ir con otra maldición. Exhala sin aliento, los pulmones trabajan duro para recuperar un poco de aire.

—Esa fue la peor idea. Sé que es difícil para ti, pero no debiste quemar la manada.

Mis latidos empiezan a disminuir, pero la tristeza sigue ahí. En cada parte de mí. La necesidad de venganza quema en mis poros. La sangre y la vida de Aulus me pertenecen.

—Fue él —siseo—. El lobo gris.

—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? —reprocha.

—¡Él atacó a mi hermano! —le grito—. ¡Arruinó mi jodida vida!

—¡Lo sé, maldita sea! Ahora ellos buscarán al culpable y no tardarán en encontrarnos.

—No me importa, lo mataré.

Su mirada se oscurece y sus rasgos se tensan. Bajo la tenue iluminación, parece que estoy en presencia del mismo diablo.

—Eres temperamental y demasiado imprudente.

El aguijón de lágrimas se forma en mis ojos. El odio nubla mis sentidos y ahoga mi moral.

—¿Qué harías en mi lugar? —inquiero—. Dime, Asher. ¿Qué mierda harías?

Pasea por la cueva sin responder.

—Sabía que se trataba de él cuando mencionaste que era gris y de ojos rojos. Lo he visto cambiar de forma ocasionalmente. ¿Por qué crees que te llevé a verlo?

Su reacción cuando dije las descripciones más temprano cobra sentido.

—¿Ahora qué? —Mi cuerpo se desploma al suelo—. No le perdonaré la vida, volveré por él.

Enciende los faroles y sus fosas nasales se ensanchan.

—No voy a detenerte —masculla y el tono oscuro en su voz me asusta—. Yo mismo te ayudaré a matarlo. Iremos juntos por ese bastardo.

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