Doctora Maza

Doctora Maza


Capítulo 2

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Capítulo 2

La doctora Silvia Maza hoy estará todo el día pasando consulta en planta. Ha llegado con el tiempo justo, después de haber pasado por urgencias para reunirse con María Levin y Laura Esteban —sus inseparables amigas— porque necesitaba desahogarse. 

La neuróloga solo tiene dos normas respecto a las mujeres con las que se va a la cama, y son simples y fáciles. La primera es que haya algo de conexión entre ellas, es decir, que Silvia se sienta cómoda con su acompañante y no existan esos momentos de silencios molestos que nadie sabe cómo romper, si eso sucede, adiós, cita. La segunda es incluso más fácil que la primera, nada de mujeres casadas. A Silvia Maza le gusta disfrutar de la vida sin complicaciones, y lo último que necesita es que un marido o una mujer celosos, se crucen con ella para pedir explicaciones de algo que para la neuróloga ha sido solo una noche de sexo.

—¿Te has tirado a una mujer casada? —ha preguntado María Levin sin aguantarse la risa, cuando se lo estaba explicando a ambas frente a la puerta de urgencias.

—A mí no me hace ni puta gracia —ha soltado la neuróloga cruzando los brazos sobre el pecho.

—Pero vamos a ver, ¿no sabías que estaba casada? ¿No se lo preguntas antes?

—Suelo preguntarlo siempre por si acaso, pero yo qué sé, parecía tan segura de lo que quería y tan acostumbrada a hacerlo, que lo último que se me ha pasado por la cabeza es que estuviera casada.

—¿Acostumbrada a hacerlo? —ha preguntado Laura haciendo una mueca de incomprensión.

—A ligar, me refiero. Me entró ella con un aplomo absoluto y no sé, parecía una experta…

—Pensaste que habías encontrado a una como tú —se ha comenzado a reír María y todas se han contagiado.

—¿Y cómo has descubierto que estaba casada? —ha preguntado Laura.

—Eso es lo más fuerte. Fuimos a su casa, follamos en su cama y hasta ahí todo normal, pero cuando me da por ir al baño, encuentro allí dos cepillos de dientes, una cuchilla de afeitar masculina, en fin, rastros evidentes de que en esa casa vive un hombre.

—¿Y qué te ha dicho cuando le has preguntado? —ha preguntado María con los ojos abiertos como platos.

—Que le hubiera preguntado antes si tanto me preocupaba. ¿Os lo podéis creer? ¿Quién responde algo así?

Sus dos amigas se han reído de ella como nunca y ahora Silvia está en su consulta y no sabe si está frustrada o impresionada por la desfachatez de esa mujer. En cualquier caso, ya no puede hacer nada, solo andarse con pies de plomo y tener en cuenta que debe preguntar siempre si no quiere que vuelva a pasarle.

Durante varias horas pasa consulta y los únicos momentos en los que sale de ella son para ayudar a otros compañeros que tienen alguna pregunta que necesita una respuesta de alguien de neurología. La doctora se siente agotada hasta la extenuación, esta noche no ha dormido mucho y está deseando llegar a su casa para ducharse y derrumbarse en el sofá durante el resto del día. Hoy no piensa hacer nada y, además, ha decidido que durante unos días, pasará de la aplicación de citas, aunque eso es algo que también ha pensado muchas veces después de una mala experiencia y al final no ha cumplido.

Cuando por fin sale su último paciente, la doctora termina de rellenar algunos datos en el ordenador y lo apaga sintiendo una plácida sensación de alivio. Por fin puede irse a descansar, ahora solo tiene que decidir dónde para a comprarse algo de comida, porque está tan cansada que no le apetece cocinar. Está cogiendo sus cosas del cajón mientras se ve a sí misma entrando en su casa y lanzando los tacones bien lejos cuando el teléfono de la consulta empieza a sonar y ella resopla con el corazón acelerado. No es la primera vez que le pasa, recibir una llamada a última hora con alguna consulta urgente que la mantiene pegada a su silla al menos quince minutos más de la cuenta. Podría salir de su despacho como si ya no se encontrase allí cuando la han llamado, pero ese no es su estilo, le gusta su trabajo, y por muy cansada que esté, los pacientes son lo primero, así que tras soltar un bufido de impaciencia y estirar los músculos; Silvia Maza descuelga.

—Tiene una última visita, doctora Maza —le anuncia Teresa, la chica que hay en administración en la planta donde se encuentra neurología.

—¿Una última visita? A mí no me consta —protesta ella al mismo tiempo que consulta su agenda en el móvil.

—No estaba en la agenda, me lo acaban de comunicar ahora.

—¿Quién te lo ha comunicado? —pregunta extrañada, ya que las cosas no funcionan así y las visitas de neurología suelen estar programadas con meses de antelación, salvo que sean casos muy urgentes.

—La directora del hospital, Elvira Trejos.

Las cejas de Silvia Maza se elevan y sus ojos se abren con sorpresa. 

—¿La visita es para ella? —pregunta la doctora.

—Pues no lo sé, no me lo ha dicho.

—¿Y qué te ha dicho exactamente?

Silvia no sale de su asombro, en los seis meses que Elvira Trejos lleva como directora del hospital, la ha visto tan solo un par de veces, la primera en la sala de actos cuando la presentaron los de la junta y la segunda en el aparcamiento. 

—Que le dijera a usted que no se marchase todavía.

—¿Y ya está? —pregunta sin entender nada.

—Sí, solo eso.

Teresa le ha colgado y Silvia mira el teléfono como si Elvira Trejos fuera a salir por él. Lo cuelga y mira hacia la puerta mientras suspira. Decide sentarse y volver a encender el ordenador, no se atreve a consultar su expediente médico sin el permiso de la directora, pero se muere de ganas de saber qué tipo de dolencia puede tener para que quiera que ella la visite.

El sonido de unos tacones caminando por el pasillo la hacen quedarse quieta como una estatua y aguzar el oído, no sabe por qué hace eso, pero conforme se acercan, desea que sea Elvira Trejos porque el sonido de su forma de caminar y la imagen que ya tiene de ella, la convierten en alguien muy apetecible para Silvia Maza.

—Joder… —se reprende ella misma por sus propios pensamientos.

No tiene tiempo de pensar en lo poco ético que ha sido pensar en su jefa de esa manera en un momento así, porque la puerta de su consulta se abre y Elvira, mucho más atractiva y arrebatadora de lo que Silvia recordaba, entra y cierra quedándose quieta frente a su mesa.

—Hola —saluda Elvira.

La directora del hospital está nerviosa, Silvia Maza la está mirando fijamente y desde que ha decidido que sería ella la que la iba a atender, ha estado pensando lo que iba a explicarle para que la situación resultase lo más cómoda posible para ella. Sin embargo, ahora está ahí, frente a la neuróloga de la que tantos rumores le han llegado sin saber qué decir.

—Hola —responde Silvia, y se muerde los labios con nerviosismo al ver que Elvira Trejos sigue quieta frente a ella y no se mueve.

La mujer, con su pose siempre autoritaria y resuelta, le impone respeto y también otra cosa que no logra definir con exactitud, lo cual la inquieta.

—Me ha dicho Teresa que quería pasar consulta conmigo —dice Silvia para romper el hielo, tratando de que Elvira hable de una vez y le diga por qué están las dos ahí.

—Sí, lamento robarle parte de su tiempo —se disculpa Elvira.

—No pasa nada, ¿se quiere sentar y me cuenta qué le pasa?

Silvia le señala la silla frente a ella, pero Elvira duda y la mira vacilante. Silvia pasa de estar nerviosa a perder un poco la paciencia y, aunque trata de contenerse y sigue esperando una reacción por parte de su jefa, al final no lo logra.

—Si me explica lo que le pasa seguro que acabamos con este momento tan incómodo.

La sinceridad de Silvia sorprende a Elvira y la hace despertar de ese extraño letargo en el que se ha quedado. Le clava la mirada y se descuelga el bolso para sentarse frente a ella.

—Así mejor —aplaude Silvia complacida.

A Elvira Trejos le gusta su carácter de inmediato, y empieza a comprender por qué a la neuróloga le cuesta tan poco ligar como dicen. Aunque ella tiene muy claro que no será una más de su lista, ha ido allí para lo que ha ido, y cuanto antes se lo cuente, antes acabarán.

—No me pasa nada neurológico —se sincera Elvira con tono glacial ante la mirada de sorpresa de Silvia—. Lo que tengo es una herida y necesito que me la cure.

—¿Yo? —responde Silvia, atónita.

—Sí.

—No se ofenda, pero para las heridas debe ir a que la atienda alguien de enfermería, yo soy neuróloga —le aclara Silvia, ofendida porque le haga perder el tiempo en algo que no le compete.

—No me ofendo —contesta Elvira con una calma que inquieta a Silvia—. Sé muy bien en qué consiste su trabajo, y créame, me curaría yo misma si pudiera, pero no llego y necesito que lo haga alguien que sea muy discreta.

Elvira Trejos se ha puesto en pie y Silvia la imita sintiéndose descolocada, como si se hubiera perdido algo y por eso no entiende la conversación.

—¿Cómo sabe que yo soy discreta?

—No lo sé, simplemente, confío en que lo sea —dice Elvira, y comienza a desabrocharse la camisa.

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