Doctora Maza
Capítulo 3
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Capítulo 3
Cuando la blusa de Elvira está desabrochada por completo y la abre para quitársela, la doctora Maza contiene la respiración. Hasta este momento no se había fijado en lo generoso que es el busto de la directora del hospital, ni tampoco la había tenido tan cerca como para fijarse bien en sus facciones. Y le gustan mucho.
—Yo no veo nada fuera de lo normal —dice Silvia de manera autómata, intentando mirarla a los ojos y no a los pechos.
Elvira contiene media sonrisa de satisfacción, después del desengaño con su exmujer, le gusta sentirse deseada, sobre todo teniendo en cuenta que ya tiene una edad y que pronto la gravedad se cebará con ella con más saña. Hasta ahora no se puede quejar.
La directora del hospital deja resbalar la camisa por sus brazos y al tensarlos hace una mueca de dolor que trata de disimular, pero a Silvia no le ha pasado desapercibida.
—Dese la vuelta —le ordena con tono exigente.
Elvira Trejos en cierto modo siente alivio por no tener que ser ella la que tome la iniciativa. Obedece sin hacer objeciones y cuando da la espalda a Silvia, la doctora arquea las cejas al apreciar varios arañazos profundos por debajo de los hombros y en la parte central de la espalda. Tiene clarísimo que son fruto de la pasión, lo que realmente le impresiona es lo profundos que son.
—Eso tiene que doler —dice arrugando la nariz como un roedor.
—Me escuece muchísimo —especifica Elvira—, y no alcanzo para limpiarlos.
Elvira Trejos la mira y Silvia asiente y va hacia el armario para coger unos guantes.
—Sigo sin entender por qué debo ser yo quien haga esto —dice mientras prepara lo que necesita.
La directora le clava la mirada y suspira esbozando media sonrisa que turba mucho a Silvia.
—Las dos sabemos cómo me he hecho esos arañazos —dice y la doctora asiente—, y he pensado que quizá usted, que tiene fama de…
Silvia Maza se sorprende tanto ante el comentario que Elvira no termina la frase y se ruboriza.
—No me lo diga, ha pensado que como soy un poco puta no me voy a atrever a juzgarla y su secretito estará a salvo conmigo, ¿es eso? —pregunta ofendida, y tira de malas formas las gasas sobre la bandeja que está preparando.
—Yo no he dicho que sea un poco puta —protesta Elvira desconcertada por su reacción exagerada.
—No lo ha dicho, pero lo piensa, de lo contrario no estaría aquí. ¿Cree que me importa con qué tipo de gata salvaje se ha acostado para que le haga semejante destrozo en la espalda? Me da lo mismo, usted puede hacer con su vida lo que le dé la gana, igual que yo con la mía. Ahora, siéntese ahí —dice y señala un taburete.
—Le pido disculpas si la he ofendido con el comentario, yo no la juzgo, doctora —explica Elvira con aplomo, una vez recuperada de la impresión que le ha producido la reacción de Silvia—, al contrario, la admiro.
Silvia se coloca frente a ella y arquea una ceja.
—¿Me admira? ¿En serio? —pregunta sarcástica.
—Por supuesto. Me he pasado la mitad de mi vida con la misma mujer, siete años de noviazgo y doce de casada. Siempre he envidiado a las mujeres como usted, que viven su vida sin ataduras y disfrutan de su cuerpo a su antojo sin dar explicaciones a nadie. No me quejo, mi vida me gustaba y quería a mi mujer, pero ahora ella se ha largado y yo me encuentro en la casilla de salida con cuarenta y cinco años, ¿y sabe qué, doctora?
—¿Qué? —pregunta Silvia pasmada.
No esperaba que la directora del hospital le confesase semejante intimidad, pero por algún motivo, la está haciendo sentir bien, ser su confidente le gusta, y que no la juzgue le está gustando todavía más.
—Que no me apetece repetir, al menos por ahora. Quiero disfrutar de la vida, tener todas las aventuras de una noche que pueda y probar cosas que nunca antes había probado —dice y se señala la espalda—. Sin duda, esto no pienso repetirlo porque duele demasiado y no sé si me compensa…
—Bueno, es que se pasó un poco, quizá algo más suave —opina Silvia y Elvira esboza media sonrisa que las pone tensas a las dos.
—¿Me va a dar consejos? —pregunta socarrona la directora.
Silvia se coloca a su espalda para comenzar las curas y se agacha para susurrarle al oído. Sabe que se arriesga, pero la directora, de repente ha pasado de ser solo una mujer inalcanzable, a ser una posible compañera de juegos, porque parece que las dos buscan lo mismo.
—Sin duda tengo mucha más experiencia que usted —dice y le roza la oreja con la punta de la nariz.
La neuróloga se yergue y empieza con las curas mientras que Elvira se pregunta por qué está tan excitada con un roce tan simple.
—¿Sabe que esto no es apropiado? —pregunta Elvira escondiendo una sonrisa maliciosa.
Silvia Maza le gusta, y sabe que están comenzando un juego de provocaciones que ella debería detener, pero no quiere, está disfrutando y su mente está comenzando a imaginar demasiadas posibilidades con la doctora, y por ahora, todas le gustan.
—Tampoco es apropiado que usted abuse de su autoridad y me haga quedarme fuera de mi horario laboral, utilizando recursos del hospital para curar su espalda magullada tras una noche de sexo salvaje —espeta Silvia Maza y Elvira vuelve a esbozar esa media sonrisa que la doctora ve a través del reflejo de la vitrina de cristal que tiene delante.
Le hunde la gasa en uno de los arañazos y lo hace con fuerza, no por fastidiar, lo hace porque es profundo y debe limpiarlo bien para que no se infecte. Elvira no lo aguanta y su instinto le hace apartar el cuerpo de lo que le produce el dolor, pero la doctora emplea la otra mano para retenerla y que no se mueva, pasando el brazo por encima de su clavícula para sujetarla con fuerza.
—Sé que duele —le susurra y a Elvira se le mezcla el dolor de la espalda con una extraña excitación—, pero debe aguantar si no quiere acabar tomando antibiótico.
Con el cuerpo en completa tensión y la respiración entrecortada, Elvira Trejos soporta el dolor como puede mientras la doctora sigue limpiando los arañazos de su espalda. Por un momento cierra los ojos y trata de desconectarse, pero tiene el brazo de la doctora por encima de sus pechos y eso no la deja pensar en otra cosa.
—Ya casi estoy —sigue susurrando Silvia Maza—. Dígame una cosa, ¿mereció la pena?
A Elvira Trejos se le abren los ojos de golpe y contiene la respiración.
—¿Qué? —pregunta turbada.
—Ya me ha entendido. ¿Los orgasmos fueron lo suficientemente buenos como para compensar el dolor que siente ahora?
La doctora Maza retira la gasa y Elvira nota con alivio como el aire vuelve a sus pulmones. Silvia no ha apartado el brazo de su cuello y tiene su cabeza muy cerca de la suya, pero no porque la doctora no lo haya intentado, es porque ella se ha aferrado con las manos a su brazo y no la suelta. Está tensa y desconcertada, no sabe qué le pasa, pero sentir a Silvia tan cerca le gusta, y apretar su brazo de manera involuntaria le ha servido para soportar mejor el dolor.
—¿Me va a contestar? —insiste Silvia utilizando un tono seductor que le ha erizado la piel de la nuca.
Elvira trata de centrarse, tener a esa mujer cerca y hablar de orgasmos es una combinación que le parece demasiado peligrosa, y eso también la excita.
—No estuvo mal, aunque supongo que podría haber sido mucho mejor —confiesa Elvira y el aliento de la risa de Silvia sobre su oreja la hace estremecerse.
La suelta, y la doctora se aparta y prepara algunas gasas para dejar tapadas las heridas.
—Así no le rozará con la ropa y será menos incómodo. Quíteselas por la noche, y si no puede, pase por aquí mañana por la mañana.
—De acuerdo —acepta Elvira.
—¿Qué tipo de cosas son esas que quiere probar? ¿El sado?
La pregunta repentina de Silvia hace girarse a Elvira de sopetón. Esta vez no se amedrenta, ni deja que ese cosquilleo que la doctora le provoca cada vez que abre la boca le nuble el juicio y la haga parecer débil o sumisa. Elvira Trejos le aguanta la mirada y por primera vez, Silvia experimenta algo en la boca del estómago que no comprende.
—El sado no, solo buscaba un poco de…
Elvira se queda pensativa, buscando en su cabeza la mejor forma de definirlo mientras Silvia Maza la mira completamente hipnotizada.
—Anoche quería sentir vértigo, el peligro de ir un poco más allá. Quería acostarme con una mujer que me llevara un poco al límite, que me pusiera la mano en el cuello y me limitase un poco el flujo del aire, que me mordiera un pezón con más fuerza de la normal, no sé. Desde luego no di con la persona apropiada, a ella solo le gustaba clavarme las uñas.
Elvira se encoge de hombros y arquea las cejas, Silvia nota como la humedad le está traspasando la ropa interior.
—¿Eso es lo único que quiere probar?
La directora vuelve a clavarle la mirada y se pregunta en qué momento la conversación ha derivado en un interrogatorio sobre sus gustos sexuales con una doctora a la que ha conocido hace media hora. No le importa, sabe que ha traspasado el límite en cuanto ha cruzado la puerta de su consulta, y sentir que puede hablar con alguien de sus deseos con tanta naturalidad, la está haciendo sentir muy cómoda.
—No, ya le he dicho que quiero probarlo todo, quiero hacer un trío, meterme en una sala con los ojos tapados y dejar que alguien me…
Elvira se detiene, sabe lo soez que es lo que quiere decir, pero le basta la mirada encendida y expectante de la doctora Maza para sentir que puede hablar sin tapujos con ella.
—Quiero meterme en una sala con los ojos tapados y dejar que alguien me folle como le parezca oportuno.
—Joder… —jadea Silvia, excitada de un modo incomprensible solo con imaginarlo.
—Exacto, joder. Quiero participar en una orgía, y también entrar en un club de esos donde la gente está…
Se vuelve a quedar callada, pero esta vez es Silvia la que completa la frase por ella.
—Follando por todas partes.
—Eso mismo, quiero estar allí y mirar. Ahora piense que soy una jodida depravada, pero es lo que me apetece y no me escondo.
—¿Sabe lo que pienso en realidad? —pregunta Silvia, recuperando su postura seductora y toda la seguridad que ha ido perdiendo frente a Elvira.
—¿Qué piensa, doctora?
La pregunta de Elvira suena más a provocación, como si no le importase lo que va a decir.
—Que me encantaría acompañarla a hacer todo eso.
Elvira Trejos se pone en pie y las dos quedan frente a frente, aguantándose la mirada sin parpadear mientras tratan de disimular el calor sofocante que las recorre y el temblor de su corazón en el pecho.
—Hay sitios donde puede hacer todo eso en una sola noche si lo desea, y después volver para repetir todo lo que le haya gustado.
—¿Usted ha probado todo lo que digo?
—Algunas cosas sí, otras no.
—¿Y me acompañaría solo para que no vaya sola o participaría?
—No conozco a nadie capaz de entrar en un sitio así y no hacer nada.
Elvira Trejos vuelve a sonreír y se da la vuelta para que Silvia le tape los arañazos con apósitos, después se viste y coge el bolso para dirigirse hacia la puerta.
—Gracias por todo, doctora. La llamaré.
—No tiene mi número —protesta Silvia sintiéndose desolada ante la idea de no volver a verla.
—Soy la directora, tengo el número de todo el hospital. Váyase a casa y descanse, no tiene buena cara.
Elvira Trejos cierra la puerta al salir y Silvia apoya el culo en la mesa mientras trata de centrarse y procesar todo lo que ha pasado en su consulta. No ve el momento de que esa mujer la llame, y tampoco el de llegar a su casa para masturbarse pensando en ella.