Doctora Maza

Doctora Maza


Capítulo 4

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Capítulo 4

Al día siguiente la doctora Maza pulula por el hospital con gesto nervioso. Elvira Trejos no la llamó ayer, de eso está segura, porque ella siempre responde aunque sean números desconocidos. Tenía la esperanza de que esta mañana se presentase en su consulta como ella le propuso, pero los minutos han ido pasando lentos y pesados sin que la directora del hospital haya hecho acto de presencia.

Está muy incómoda, no sabe por qué se siente así, normalmente, mejor dicho, siempre, es ella la que deja en ese estado a las mujeres y no al contrario. Aprovechando que le han pedido una consulta en urgencias, decide que buscará a la primera de sus amigas que tenga un hueco disponible para contarle lo extraña que se siente y pedirle consejo, pero Silvia no puede, porque las urgencias están hasta arriba y allí nadie tiene tiempo para respirar y dedicarle unos segundos.

Hastiada y nerviosa, vuelve a planta y visita a dos pacientes antes de volver a su consulta dispuesta a recoger sus cosas y marcharse a casa cuando al abrir la puerta y acceder al interior, se encuentra con Elvira Trejos apoyada en su mesa. Silvia cierra a sus espaldas y se queda bloqueada, tiene el corazón latiendo en la garganta con el mismo ritmo frenético que late también entre sus piernas. La doctora Maza coge aire mientras sus ojos no pueden dejar de estudiar el cuerpo de la directora, que la mira con media sonrisa seductora y los brazos cruzados sobre el pecho.

—Pensé que se había olvidado de mí —dice Silvia fingiendo estar muy afectada—, ya sabe, empezaba a pensar que me había utilizado…

La directora asiente divertida, le gusta el descaro de la doctora y cada vez tiene más ganas de desnudarla.

—¿Te parece bien si nos tuteamos a partir de ahora? —propone Elvira impulsándose para incorporarse—. Me parece que entre tú y yo los formalismos están de más —añade y se acerca a Silvia.

—Me parece bien, no me veo diciendo; fólleme fuerte, queda raro —suelta Silvia con toda la intención de provocar.

Elvira, que tiene que esforzarse por ocultar el calambrazo de excitación que ha sentido al escucharla, se acerca más a ella y la coge por los dos extremos del fonendo que lleva colgando del cuello para atraerla hasta dejarla muy cerca de su cara.

—¿De verdad piensas que tú y yo vamos a follar? —susurra Elvira Trejos y Silvia no se corta a la hora de asentir con seguridad—. Pues te equivocas, a mí no me interesa ser un número más en tu larga lista de amantes, pero sí que acepto que me guíes con tu sabiduría y me ayudes a cumplir mis fantasías.

—¿Con otras mujeres? —cabecea Silvia Maza entornando los ojos—. ¿Y qué gano yo con eso?

—Verme follar, me parece que te mueres de ganas —contesta la directora y le pasa un dedo por los labios.

Silvia traga saliva y contiene el impulso de besarla.

—Me puede servir por ahora —acepta la doctora, tan cachonda que casi no puede pensar.

Elvira Trejos no está mucho mejor que ella, ni siquiera entiende por qué le ha dicho eso si está deseando desnudar a la doctora, pero ahora ya está hecho y debe reconocer que tener esa tensión sexual no resuelta con Silvia le parece un juego muy excitante al que no le importa seguir jugando.

—¿Te quitaste los apósitos? —pregunta la doctora tratando de relajar el ambiente.

La directora cabecea negando y comienza a desabrocharse los botones de la camisa.

—Te dije que no tenía a nadie que lo hiciera.

—Supuse que a lo mejor habías buscado compañía, ya sabes, otra tigresa.

Elvira sonríe y cuando desabrocha el último botón y echa la camisa hacia atrás para quitársela, nota como las manos de Silvia cogen la prenda y sus dedos le rozan los brazos cuando la desliza por ellos. La directora siente un escalofrío por todo el cuerpo y se le eriza la piel. Desea que el contacto continúe, ha cerrado los ojos y apenas puede respirar, pero Silvia se ha alejado y ahora la escucha coger el taburete en el que se sentó ayer.

—Siéntate —le ordena la doctora.

El tono autoritario de Silvia Maza provoca una nueva sacudida en el cuerpo de Elvira, se la imagina con ella en una habitación, desnuda y dándole órdenes, dominándola. El ardor entre sus piernas comienza a ser desesperante. Nota los dedos de la doctora de nuevo, esta vez en su espalda, tirando de los apósitos. La neuróloga los va dejando sobre una bandeja y después vuelve a limpiar los arañazos con una gasa.

—Esto tiene mucha mejor pinta que ayer. Te lo dejo destapado para que cicatrice mejor, procura evitar los roces y ten cuidado al apoyar la espalda en la silla.

La doctora se sitúa ahora frente a ella y le tiende la camisa para que vuelva a ponérsela, si no puede tocarla, prefiere no seguir viéndola vestida solo con el sujetador, se está poniendo enferma.

—Entonces, ¿cuándo puedes comenzar a ayudarme a cumplir mis fantasías? —pregunta Elvira.

Su cuerpo tiene un hambre salvaje de sexo en ese momento, si no puede tenerlo con la doctora, lo quiere con quien sea, pero lo quiere pronto.

—Conozco un local que es perfecto para lo que necesitas, el Luxúria, no sé si te suena —contesta Silvia.

Elvira ha escuchado alguna vez hablar de él a un compañero de la junta directiva, pero jamás ha estado y no tiene claro lo que pasa allí dentro.

—Ni idea —dice por si acaso.

—Tienes mucho que aprender todavía —se jacta Silvia con media sonrisa socarrona.

La suma de un local como el Luxúria con la compañía de Elvira le parece una combinación digna de infarto.

—Allí puedes hacer de todo, mirar, follar, participar en una orgía, un trío… Es un local de intercambio de parejas.

—Pero nosotras no tenemos pareja —rebate Elvira.

—Eso da igual, fingimos serlo y entramos juntas. De todos modos, conozco a la encargada del local y no habría problema con eso.

—¿La conoces o te la tiras? —pregunta Elvira sin cortarse.

—Somos amigas, aunque sí, si tanto te interesa saberlo, he follado con Bárbara de todas las maneras posibles.

Elvira se atraganta con su propia saliva y nota el calor pegarle la ropa al cuerpo.

—Creía que tú no repetías con ninguna de tus amantes.

—Y no lo hago. Bárbara y yo no somos amantes, solo nos conocemos de ese local, y allí se folla mucho con la gente que hay en ese momento, y ella suele estar siempre —dice y sonríe con satisfacción—. En fin, si quieres, podemos ir allí mañana por la noche.

—Mañana es jueves.

—Abren de jueves a domingo, si no te va bien, podemos ir cualquier otro día.

—No, mañana está bien —zanja Elvira.

—Perfecto, pues ponte ropa que permita un acceso rápido aquí abajo —dice y toca su sexo por encima de la ropa haciendo que Elvira exhale un suspiro de excitación que no logra controlar.

—¿Algo más que deba saber? —pregunta Elvira con mirada felina.

—Sí, que antes de ir me invitarás a cenar por las molestias.

—Me parece justo —concluye Elvira—. ¿Dónde quedamos?

—Pásame tu ubicación, te recogeré a las ocho.

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