Doctora Maza

Doctora Maza


Capítulo 5

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Capítulo 5

Silvia Maza y Elvira Trejos están sentadas frente a frente, terminando de cenar en un restaurante cercano al Luxúria, el local de intercambio donde en breve entrarán para disfrutar de una noche de sexo salvaje.

Elvira está inquieta, no sabe lo que se va a encontrar ahí dentro y teme no estar preparada. Observa a Silvia y envidia la tranquilidad con la que la doctora conversa con ella, como si fuese ajena a lo que les espera o simplemente estuviera tan acostumbrada, que no le afecta.

—¿La primera vez que fuiste ahí estabas nerviosa? —le pregunta la directora y Silvia Maza sonríe con malicia.

—La primera vez que entré ahí fue con una mujer que conocí en una aplicación de citas y que solo buscaba compañía para eso, para poder acceder. Yo no le interesaba en absoluto y en cuanto entramos, me dejó sola para irse con un par de hombres que había en la barra. Sí que estaba nerviosa cuando entré, pero en cuanto vi el ambiente de allí dentro se me pasó toda la tontería de golpe. Allí no se puede respirar con normalidad, Elvira, te excitas en cuanto pones un pie dentro, no sé si es porque ya vas condicionada y predispuesta o porque desde que entras ya estás viendo a gente enrollarse, pero más vale que estés bien del corazón.

—Así no me ayudas —dice la directora cada vez más nerviosa.

—Tienes razón, lo mejor es que entremos de una vez y así no te agobias pensando.

Silvia alza la mano y pide la cuenta, cuando el camarero se la lleva, la doctora pone el plato con el precio frente a Elvira, que se ríe y paga con tarjeta.

Cuando salen del restaurante deciden no mover el coche e ir caminando hasta el local para aprovechar y bajar un poco la cena. No tardan mucho en llegar y Silvia se lo señala a Elvira, que mira al otro lado de la calle y ve el discreto pero elegante cartel luminoso del Luxúria. Al bajar la vista se asusta, la cola de gente que espera entrar llega casi hasta el final de la calle.

—Joder —dice con asombro—. ¿Toda esa gente viene a…?

—Exactamente a lo mismo que nosotras. A la gente le gusta experimentar cosas nuevas —explica Silvia al mismo tiempo que coge a Elvira de la mano para cruzar la calle corriendo—, lo que pasa es que esto todavía escandaliza a demasiada gente y se lleva con discreción, pero ya ves, es algo que gusta.

Cuando están en la otra acera, Silvia se detiene y saca el móvil para marcar un número. Elvira la mira sin entender por qué no se colocan ya en la cola para ir avanzando y no perder el tiempo, pero piensa que quizá la llamada es importante y decide no decir nada. Silvia le da la espalda cuando le responden y habla bajo con alguien. Elvira Trejos no logra entender nada porque el ruido del tráfico de Barcelona se lo impide.

—Ya está, ven —dice Silvia y vuelve a cogerla de la mano para llevarla hasta una puerta doble donde no pone nada, situada en el extremo opuesto de la cola de la entrada.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunta la directora descolocada.

—Saltarnos la cola —aclara la doctora con satisfacción.

La puerta se abre de repente y al otro lado aparece una mujer de más o menos su edad que lleva un pinganillo en la oreja y acaba de darle un repaso a Silvia sin cortarse.

—Cuánto tiempo sin ver a mi doctora favorita —dice la mujer y las dos se besan en los labios.

Elvira nota el hormigueo entre las piernas y no quiere seguir mirando cuando Silvia profundiza el beso y le mete la lengua en la boca a la mujer del pinganillo.

—Ven, no te quedes ahí —dice la doctora y tira de ella hacia el interior—. Te presento a Bárbara Mendoza, la encargada de este sitio.

—Bienvenida —dice Bárbara y da dos besos a Elvira, a quien no le hubiera importado que se lo hubiera dado también en la boca.

—Gracias por ahorrarnos la cola —sonríe Silvia.

—Ya me lo pagarás después —suelta Bárbara con tanta seguridad que Elvira no tiene duda de que se cobrará el favor con la doctora.

De repente piensa en ellas dos juntas y no puede respirar.

—¿Os dejo en la primera sala o prefieres subir directamente a la sala roja?

—Uff, es la primera vez para Elvira, deja que se aclimate un poco. Déjanos en la primera mejor.

—De acuerdo, cuando queráis subir le dices a alguna camarera que me llame y bajo a buscaros. Ahora, Elvira, debes rellenar este documento y firmarlo, temas de confidencialidad y seguridad, ya sabes —le dice a la directora.

Elvira ahora mismo está dispuesta a firmar su sentencia de muerte con tal de acceder de una vez a una de esas salas. Se lo arranca de las manos a Bárbara, lo rellena apoyándolo en la pared y se lo devuelve firmado.

—Aquí tienes.

—Perfecto —dice Bárbara, y se da la vuelta para que la sigan.

—¿Qué es la sala roja? —le pregunta Elvira a Silvia susurrando.

—El lugar donde podrás cumplir todos tus deseos —zanja la doctora.

Bárbara abre una puerta y, de repente, Elvira se encuentra en la primera sala. Silvia le resume que aquel es el lugar ideal para tomar una copa y decidir el siguiente paso.

—Hay quien no pasa de aquí, y hay quien ni siquiera se termina la copa antes de cruzar la siguiente puerta —remata Bárbara—. Bueno, os dejo, que tengo mucho lío, nos vemos luego.

Las dos se piden un Martini blanco y se quedan junto a la barra mientras lo observan todo a su alrededor. Silvia, en realidad, se fija más en las reacciones de Elvira que en todo lo que tiene cerca. La directora da un sorbo largo a su copa y arruga la nariz cuando el sabor amargo del Martini le baña las papilas gustativas.

—¿Estás bien? —sonríe Silvia, que está disfrutando como nunca.

—Se me está saliendo el corazón por la boca y tengo un calor insoportable, aunque imagino que eso es normal —contesta Elvira más serena.

—Si eres humana, sí —bromea Silvia Maza y las dos se ríen.

El silencio se instaura entre las dos mujeres durante unos minutos donde de nuevo vuelven a dejar que su mirada se pierda por la sala, hasta que Elvira ve cruzar a una mujer por el medio de la pista en dirección a una puerta que hay al fondo. Elegante, atractiva hasta decir basta y con una seguridad en sí misma que no deja lugar a duda de que es una mujer con carácter.

—Cierra la boca que estás babeando —dice Silvia y le pone un dedo en la barbilla y empuja hacia arriba.

Elvira se ríe y arquea las cejas hasta que la mujer desaparece tras la puerta.

—Madre mía —dice suspirando.

—Lo sé —sonríe Silvia Maza—, no tienes mal gusto. Esa mujer es Miranda Rivera, la dueña de todo esto. A veces está en la sala roja…

—¿Participando? —la interrumpe Elvira sorprendida.

—Ya lo creo, su novia trabajaba aquí, aunque también está casada con el otro socio del local. Tiene una doble relación, ¿no es fascinante?

Un hombre se acerca a ellas con decisión y Elvira se tensa, cuando aceptó la propuesta de Silvia no pensó en que esa opción existía y su cabeza comienza a hervir buscando excusas que no hieran el ego del hombre cuando Silvia levanta una mano y él se da la vuelta después de sonreírles.

—Se me olvidó avisarte —dice Silvia al ver la cara de estupefacción de Elvira—. Si alguien que no te interesa se te acerca, basta con que levantes la mano como lo he hecho yo y se marchará. Lo mismo debes hacer tú si alguien lo hace contigo, es una señal para indicar a la otra persona que no estás interesada.

—De acuerdo —dice Elvira con la mirada clavada por encima del hombro de Silvia.

La doctora se gira y ve caminar a otra mujer. Es algo mayor que ellas, tal vez roce los cincuenta, pero tiene un cuerpo muy cuidado y una sonrisa capaz de seducir a cualquiera.

—¿Me das permiso? —le pregunta la mujer a Silvia mientras mira a Elvira.

La doctora Maza sonríe con satisfacción y asiente.

—Si ella quiere…

Elvira se ha quedado muda, la mujer se le ha plantado delante y le ha separado las rodillas para meterse entre sus piernas.

—¿Quieres? —le susurra mientras una de sus manos le sube por el interior del muslo.

La directora Trejos hizo caso a Silvia y ha venido con una falta de vuelo por debajo de la rodilla. No puede pensar, todavía no ha contestado y ya nota el roce de los dedos de la mujer sobre su sexo por encima de la ropa interior. Mira a Silvia y ella arquea una ceja y se humedece los labios.

—Si no me contestas me lo tomaré como un sí —susurra la mujer y comienza a apartar sus bragas hacia un lado.

Elvira Trejos no parpadea, solo abre la boca y deja escapar un jadeo de impresión cuando la mujer la penetra hasta el fondo y empieza a moverse dentro de ella lentamente. Silvia no deja de mirarla y por un momento siente la tentación de meter la mano por dentro de sus bragas para aliviarse, pero no le hace falta porque otra mujer se coloca a sus espaldas. Ella la mira y no le dice nada cuando la mujer le toca un pecho y le besa el cuello. No es el tipo de Silvia, pero está tan necesitada que no le importa, le vale con que sea una mujer.

—¿Necesitas ayuda? —le pregunta y Silvia asiente.

La mujer mete la mano por dentro de sus bragas y comienza a masturbarla mientras ella y Elvira se miran. La directora está al borde del colapso, pero está tan tensa por la situación que el orgasmo se está resistiendo y apenas le quedan fuerzas para respirar. Los suspiros salen de su boca sin descanso mientras mira cómo Silvia se agarra con fuerza al borde de su taburete y empieza a correrse.

A Elvira Trejos se le nubla la vista y solo reacciona cuando recibe una bofetada de su amante, el impacto le despeja la mente y se agarra con fuerza al cuello de la mujer cuando el cosquilleo le explota entre las piernas y se deshace en medio de un orgasmo intenso y muy satisfactorio. La mujer sale de su interior y Elvira apoya una pierna en el suelo mientras la ve dirigirse hacia Silvia.

—Chupa, creo que lo estás deseando —dice, y le ofrece los dedos humedecidos con los que ha follado a Elvira.

Silvia Maza no se lo piensa, abre la boca y cierra los labios sobre sus dedos cuando la mujer los mete en su interior. Elvira vuelve a notar como la excitación le empapa las bragas, sobre todo cuando Silvia se relame y las dos mujeres se marchan juntas.

—Sabes muy bien —suelta la doctora tras bajar del taburete.

Elvira sigue sin poder articular palabra, en lo único que puede pensar ahora es en que ella también necesita probar el sabor de Silvia, pero la neuróloga parece tener otros planes inmediatos.

—Vamos, ahora que ya estás a tono, es hora de subir arriba.

La directora se gira hacia atrás y ve con asombro que se acerca Bárbara a buscarlas. No sabe en qué momento la ha avisado Silvia, pero no lo duda, se baja del taburete y camina junto a las dos mujeres hacia la puerta del fondo, justo esa por la que ha visto perderse antes a la dueña del local.

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