Doctora Maza
Capítulo 7
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Capítulo 7
Elvira Trejos lleva toda la mañana estresada y no sabe por qué tiene esa sensación de inquietud carcomiéndola por dentro. Cada vez que recuerda su paso por el Luxúria ayer por la noche, la piel se le eriza y su corazón se acelera. Cumplió con todo lo que deseaba y, sin embargo, sigue teniendo la sensación de que le falta algo, por no hablar de que no puede quitarse las palabras de Silvia de la cabeza.
—¿Recuerdas lo que has dicho antes? —le preguntó después de recuperar el aliento tras haberse corrido con Bárbara.
Elvira todavía estaba en una especie de éxtasis. El corazón le latía desbocado y se había quedado con la boca abierta, rememorando las embestidas de Bárbara contra Silvia y las sensaciones del orgasmo abrumador que ella misma había tenido mientras las miraba.
—¿Estás aquí?
Silvia chasqueó los dedos frente a su cara y la miró con media sonrisa divertida. Elvira la enfocó, la doctora tenía el flequillo pegado a la frente y la miraba fijamente.
—Sí, claro —contestó aturdida, y bajó la vista recorriendo cada milímetro del cuerpo desnudo de Silvia sin cortarse.
—Qué descarada eres —dijo la doctora Maza arqueando las cejas.
Elvira Trejos volvió a fijar la vista en ella y se contuvo para no intentar besarla. Se moría de ganas y cada vez estaba más segura de que Silvia también se sentía atraída por ella, sin embargo, el miedo a que la rechazase la frenó.
—Antes has dicho que harías cualquier cosa que yo te pidiera —le recordó Silvia.
—Y yo lo he escuchado —añadió Bárbara antes de irse detrás de alguien que pasaba dirección a la barra.
Elvira la siguió con la mirada y descubrió el cuerpo esbelto y desnudo de la dueña del local, iba de la mano de otra chica.
—Creo que Bárbara va a cambiar de trío —se rio Silvia y Elvira volvió la mirada hacia ella.
—Sí que lo recuerdo, dime qué quieres que haga y lo haré —aseguró Elvira.
—Te quiero a ti —espetó la doctora mirándola muy seria—, pero tampoco quiero que salgas de aquí sin probar todo lo que querías.
Silvia la cogió de la mano y caminaron juntas hasta la cama redonda. Elvira no tuvo tiempo de procesar ni valorar qué había querido decir la neuróloga con eso de que la quería a ella, estaban frente a la cama y Silvia le estaba vendando los ojos con un pañuelo de seda.
—¿Lista? —le susurró pegada a su espalda.
Elvira Trejos temió que le diera un infarto en aquel momento, pero no se amedrentó.
—Lista, pero no dejes que me toque ningún hombre.
—Eso nunca —le susurró Silvia con voz seductora.
De todo lo que pasó sobre esa cama, Elvira solo puede recordar el placer en oleadas que sintió y los escalofríos que le entraban escuchando los gemidos de la doctora, siempre a su lado.
Ahora, parapetada tras la mesa de su despacho, es incapaz de concentrarse y va mirando cómo pasan los minutos en la parte inferior derecha de la pantalla de su ordenador. Medita sobre si debe ir a ver a la doctora Maza o simplemente comportarse como si no hubiera pasado nada, y dejar que algo tan íntimo como lo que compartieron ayer, se quede solo en una anécdota entre dos amigas, o conocidas, porque Elvira ni siquiera sabe si la puede considerar su amiga.
Se echa para atrás en la silla y se estira sintiendo que le duele cada músculo del cuerpo. No le importa, se dice a sí misma que es el precio a pagar por todo el placer que recibió anoche. Alguien golpea en su puerta pidiendo paso y Elvira se echa hacia delante para que parezca que hace algo, a pesar de que ya es la hora de recoger y marcharse.
—Adelante —dice autoritaria.
La puerta se abre y Elvira ve entrar a la única persona que tiene capacidad para desajustar el ritmo cardíaco de su corazón: la doctora Silvia Maza. La neuróloga cierra la puerta y camina hasta la mesa de Elvira. No lleva la bata puesta y ha llegado con su bolso, por lo que la directora entiende que va a hacerle una visita antes de marcharse a casa.
—¿Qué tal? —pregunta Silvia de pie frente a su mesa.
Elvira no es capaz de reaccionar de un modo normal y carraspea antes de ponerse en pie para acercarse a ella.
—Un día largo y extraño —dice Elvira.
—¿Largo porque has dormido poco? —se interesa Silvia.
—Y porque tengo unas agujetas que no me aguanto, ¿tú no?
Silvia sonríe. Lleva toda la mañana queriendo ver a Elvira y sin atreverse a hacerlo, hasta que ahora ha decidido que debía echarle valor. Cuando ha entrado en el despacho de su jefa lo ha hecho con la inquietud de no saber cómo se tomaría ella su presencia. La doctora apenas ha dormido, la idea de que Elvira Trejos hiciera ver que lo de anoche no había sucedido le quitaba el sueño, pero acaba de descubrir que no es así, que Elvira tiene muy presente lo que hicieron y que está dispuesta a hablar de ello.
—No me extraña que tengas agujetas después de una maratón de sexo como la de anoche, a mí me duele hasta el alma.
Las dos se ríen por el comentario de Silvia, y Elvira Trejos logra relajarse un poco.
—¿Y a qué debo tu visita? —pregunta la directora y se acerca un poco más a ella.
—¿Sinceramente? Tenía ganas de verte.
—¿Y eso por qué? —indaga Elvira.
Es muy consciente de la fama de la mujer que tiene delante, seductora y conquistadora que repele el compromiso. Sabe que no puede hacerse ilusiones con la doctora, que Silvia Maza podría salir corriendo si ella le confiesa que se muere por besarla, por tenerla en exclusiva para ella y retirarla del mercado.
—No lo sé, y eso me pone nerviosa —confiesa la neuróloga.
—Ayer dijiste que me querías a mí —suelta Elvira a punto de escupir el corazón por la boca—. ¿Qué querías decir con eso?
Acaba de lanzarse de cabeza a una piscina sin saber el nivel del agua.
Silvia Maza exhala un suspiro y traga saliva. No es que tuviera la esperanza de que Elvira no recordara el comentario, pero le aterra hablar de ello.
—No lo sé exactamente.
—¿No lo sabes? —Elvira arquea una ceja y Silvia vuelve a suspirar, esta vez con más intensidad que antes.
—Estoy loca por follar contigo, a solas —confiesa de repente y Elvira nota el temblor sacudirle la entrepierna—. Tú y yo en una cama, o un sofá, en mi casa o en la tuya, pero nosotras dos solas.
—¿Y ya está? —la pregunta sale de la boca de la directora como una exhalación.
No solo está excitada, también está nerviosa y teme que si sigue tensando la cuerda, Silvia se suelte y todo acabe entre ellas antes incluso de haber comenzado.
—No lo sé, Elvira, estoy muy confundida. Me desconciertas mucho, ni siquiera te he besado y te tengo tan metida aquí —dice y se señala la cabeza—, que no puedo pensar en otra cosa. No me había pasado antes con nadie y eso me cabrea.
Silvia Maza tiene cara de disgusto, está acostumbrada a tenerlo todo controlado y con Elvira siente que ha perdido ese control, por lo que no sabe cómo debe actuar. Sin embargo, Elvira es incapaz de contener media sonrisa de satisfacción, lo que le acaba de confesar la doctora es mucho más de lo que esperaba, y le parece un gran paso.
Elvira da un paso hacia la doctora, le coloca una mano por detrás de la cintura y con un movimiento dominante y decidido que vuelve loca a Silvia, la pega a su cuerpo y la besa aferrándose a su cuello con la mano libre. Cuando la doctora siente la lengua de Elvira explorar su cavidad, le sube un hormigueo cosquilleante por todo el cuerpo que le corta la respiración. No sabe si es que Elvira sabe besar de un modo que ella desconocía y que le encanta, o si simplemente lo que pasa es que la directora está haciendo lo mismo que haría cualquier otra mujer y que a ella le gusta tanto porque se trata precisamente de Elvira, y Elvira le gusta cada vez más.
—Ahora ya me has besado —dice la directora acelerada—. ¿Sigues queriendo besarme? ¿O ya tienes suficiente?
Silvia arruga la frente y niega con un movimiento contundente de cabeza, por supuesto que no tiene suficiente.
—Quiero mucho más —contesta tan descolocada que no sabe si seguir besando a Elvira o salir corriendo.
—¿Vamos a tu casa y seguimos? —propone la directora.
Silvia Maza nunca lleva a ninguna mujer a su casa salvo que no tenga otro remedio, con Elvira está segura de que puede elegir otra opción, pero no quiere, ni siquiera se lo plantea. Por primera vez, quiere llevar a una mujer a su casa.