Doctora Maza

Doctora Maza


Capítulo 8

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Capítulo 8

La doctora Silvia Maza es la última en llegar a la cafetería del hospital. Ha quedado allí para comer con sus amigas, Ángela y María, y también Laura, a quien su novia Sandra también acompaña coincidiendo en un rato libre. Las ve desde lejos, riendo entre ellas mientras cruzan miradas de complicidad y alguna caricia tonta. Silvia piensa de inmediato en Elvira, en todas las veces que se han visto fuera del trabajo en las últimas dos semanas, y la doctora siente vértigo.

Es consciente de que su relación con Elvira se está estrechando, de que lo que ella se planteó como encuentros fortuitos para tener sexo, se ha convertido también en citas donde han quedado para cenar o incluso para algo tan simple como pasar la tarde juntas por el centro. En la mesa hay dos sillas vacías y vuelve a pensar en que todo se le está escapando de las manos, que está perdiendo el control y se dirige sin frenos hacia una carretera desconocida.

—¿Qué te pasa? ¿Te ha dado un aire?

Silvia se gira de sopetón hacia la procedencia de la voz y se encuentra frente a ella a una mujer que no conoce y que viste el uniforme de las camareras que atienden la cafetería.

—No puedes quedarte ahí, estás molestando a la gente que sale con las bandejas —insiste la mujer.

La doctora, como acto reflejo y respondiendo a sus costumbres, lo primero que hace es darle un repaso descarado. Sin duda, cumple con sus exigencias y que tenga ese carácter autoritario es algo que la convierte en inmediata candidata a ser conquistada, sin embargo, en lugar de coquetear como habría hecho hace tres semanas —cuando la directora del hospital era una mera presencia para ella— Silvia se queda muda y vuelve a pensar en Elvira.

—¿Me estás escuchando? —pregunta la camarera frunciendo el ceño.

—¿Todo bien por aquí? —ahora es la enfermera María Levin la que aparece al lado de Silvia para rescatarla.

—Sí, solo le estoy diciendo que se quite del medio, pero está como ida —dice la camarera con los ojos en blanco.

María no se aguanta la risa y coge a Silvia del brazo al mismo tiempo que tira de ella para apartarla y que deje de bloquear el paso.

—Tranquila, yo me hago cargo. Eres nueva aquí, ¿verdad? —pregunta María para calmar las aguas.

—Sí, es mi primer día y no me gustaría llevarme mal con nadie, me llamo Estela.

—Yo soy María, y la atontada esta es Silvia, en un día normal no es así, te lo aseguro. Un placer, ya nos iremos viendo por aquí.

La enfermera Levin arrastra a Silvia y la guía hacia la mesa.

—¿Qué hacías? Parecías una trastornada.

—Solo estaba pensando —se defiende Silvia justo cuando llegan a la mesa.

La neuróloga saluda a sus amigas y se sienta al lado de Sandra y enfrente de Laura.

—¿Y podemos saber en qué pensabas? Últimamente estás un poco rara, Silvia —opina la enfermera Levin.

La doctora Maza la mira y al ver que se lo está diciendo en serio, mira también al resto de sus amigas, corroborando en sus miradas que están de acuerdo con María.

—Nada, solo me he distraído.

—Eso es precisamente lo que nos preocupa —añade Ángela—. Que llevas varios días distraída, apenas hablas con nosotras y conseguir unos minutos contigo es más difícil que conseguir una consulta en neurología —bromea para que Silvia se relaje.

—¿Esta comida es una excusa para interrogarme? —pregunta Silvia a la defensiva.

—Esto es una comida de amigas y punto, pero lo cierto es que nos ha costado mucho reunirnos porque tú siempre andas dando largas —contesta María—. Ángela tiene razón, te estás alejando y nos preocupa.

—Pues no debería, solo he estado ocupada.

—¿Con quién? —pregunta Sandra entornando los ojos.

A Silvia se le corta la respiración y se queda con la boca abierta. Siente que si les habla a sus amigas de Elvira, estará precipitándose con más fuerza hacia la carretera desconocida y, al mismo tiempo, siente que si no lo hace, les está fallando a ellas y se falla a sí misma. Son su apoyo, y en un momento en el que se siente tan perdida, sabe que es en ellas y sus consejos donde debe refugiarse.

—Estoy viéndome con alguien —admite y todas la miran boquiabiertas.

—Define eso —dice Ángela—. Cuando dices viéndote con alguien, ¿te refieres a que estás quedando con la misma persona más de una vez?

—Y de tres, y de cinco… —añade Silvia tan impactada como el resto.

A María Levin la mandíbula casi le toca la mesa cuando se le descuelga.

—¿Estás saliendo con alguien? —pregunta Laura Esteban, atónita.

—No salgo con nadie, solo he dicho que nos vemos a veces.

—¿A veces? —repite Ángela divertida—. Entonces todas esas veces que nos das largas a nosotras es porque te vas con ella, ¿no?

—Supongo que sí.

A Silvia el interrogatorio no le gusta, aunque se pone en el lugar de sus amigas y las comprende, si una de sus amigas fuera cómo ella, Silvia también estaría preguntando.

—Vale. Vamos a centrarnos porque te veo muy estresada y me estoy preocupando —dice María Levin—. Entiendo que esa mujer te gusta, ¿verdad?

—Imagino que sí.

—¿Puedes ser más específica? —protesta Laura—. Es solo una mujer, Silvia, y que te gustase alguna en serio era solo cuestión de tiempo. No te vas a morir ni te va a contagiar nada raro porque salgáis juntas.

—Es que estoy acojonada —admite la neuróloga.

Silvia aparta la mirada de sus amigas porque se pone nerviosa viendo sus expresiones de sorpresa, pero entonces le pasa algo mucho peor, que se da cuenta de que Elvira Trejos acaba de entrar en la cafetería, que la ha visto y parece que ha decidido acercarse a saludarla. El corazón se le acelera y le palpita con fuerza en el centro del pecho. La doctora no sabe lo que debe hacer, es la primera vez que parece que van a cruzar alguna palabra delante del personal del hospital y vuelve a estar bloqueada.

—Hola… —saluda Elvira a todas las integrantes de la mesa, lo hace con aire jovial y simpatía, y todas le responden sorprendidas del mismo modo, salvo Silvia.

La doctora Maza la mira como si fuera una nueva especie, a pesar de que, en realidad, ella lo que siente son ganas de levantarse y darle un beso en los labios, y su propio pensamiento la tiene aterrorizada. La situación comienza a volverse incómoda cuando Elvira la mira esperando una reacción por su parte y la doctora no dice nada. Elvira Trejos siente la angustia subirle por el esófago y también una extraña sensación de miedo que le nace de las entrañas. Se da cuenta de que ha sido un error saludarla delante de sus amigas. Es evidente que, aunque no tienen nada, Silvia no está preparada y ella ha sido una ingenua al pensar que un simple saludo no les podía hacer daño.

Sandra le da un pisotón a Silvia por debajo de la mesa para que reaccione y se comporte, pero ni siquiera eso logra que brote una sola palabra de sus labios. La doctora alza la vista y la clava en la de Elvira, que tras morderse el labio sin ocultar su decepción, decide seguir adelante para ir hasta la mesa donde la esperan para comer.

—Bueno, qué aproveche —les dice a todas con educación, y de forma mecánica aprieta el hombro de Silvia cuando pasa por su lado y se marcha.

—¿Se puede saber qué te pasa? —la reprende Laura con cara de espanto.

Silvia sigue ida, y en ese momento el primer pensamiento que le viene a la cabeza es que la camarera de antes tenía razón y parece que le ha dado un aire.

—Es ella —dice, y las cejas de Laura se arquean.

—¿Ella quién? —pregunta Sandra descolocada, sin tener ni idea de quién es Elvira Trejos.

—¿Estás liada con la directora del hospital? —pregunta María Levin, perpleja.

La doctora Maza se gira de inmediato y se asegura de que no las ha escuchado.

—No estamos liadas, ¿vale? —contesta de forma brusca, conteniendo la voz para no elevarla.

—Vamos a ver —trata de apaciguar Sandra, a quién mediar en discusiones siempre se la ha dado bien.

Quizá sea porque tiene un hijo y sus niveles de paciencia están por encima de la media.

—Esto es muy fácil, Silvia, y la única que lo está complicando eres tú. ¿A ti esa mujer te gusta? —pregunta y todas aguardan expectantes la respuesta —. Sé sincera, no valen las medias tintas de puede ser o eso creo. Responde sí o no.

—Sí, sí que me gusta —admite tras tomarse mucho menos tiempo del que hubiera imaginado para pensar.

—¿Y por qué te has comportado como una capulla? —pregunta Ángela.

—Porque me da pánico. Siento que todo se me escapa de las manos, estoy acostumbrada a un tipo de vida que está cambiando sin que me dé cuenta. La prueba es ella —dice y señala a la camarera nueva—, en un día normal, ya me la habría intentado ligar, ¿y sabéis lo que ha pasado cuando la he visto?

Todas niegan y Silvia resopla.

—Nada, no ha pasado nada porque yo solo podía pensar en Elvira y en que no estaría bien ligar con otra. Eso no es normal, yo no debería rayarme por eso, soy libre, no somos pareja…

Silvia se calla de golpe y tras un hondo suspiro, se deja caer hacia atrás en la silla como si viniera de subir una montaña.

—Me parece que el único problema aquí es que te gusta más de lo que te esperabas y por eso te has comportado como una imbécil cuando se ha acercado —opina María Levin.

La doctora Maza deja caer la cabeza hacia delante como si le pesara una tonelada. Sabe que su amiga tiene razón y, de repente, siente que no puede dejar las cosas así, que las debe arreglar de inmediato. Se gira hacia la mesa donde Elvira come con sus compañeros de la junta directiva y siente el impulso de levantarse, pero sabe que no es el momento, y que una conversación como esa, merece más intimidad y la dedicación de todo el tiempo necesario.

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