Doctora Maza

Doctora Maza


Capítulo 9

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Capítulo 9

Elvira Trejos ha ignorado las tres llamadas que ha recibido de Silvia y también sus mensajes, pero lo que no puede ignorar es el timbre de la puerta de su casa, que suena con insistencia porque Silvia Maza no deja de llamar mientras ella la observa a través de la cámara del videoportero. La directora está ofendida, sabe que se ha equivocado al acercarse a saludarla, pero que le negase una respuesta, no se lo esperaba.

Aprieta el botón para abrir porque en lo poco que conoce a la doctora, sabe que va a insistir hasta lograr su objetivo. Escucha sus tacones cuando Silvia sale del ascensor y observa por la mirilla como una perturbada hasta que la ve detenerse delante y el corazón le da un vuelco. No puede evitarlo por mucho que lo intenta, se está pillando por Silvia Maza, y cuando es consciente de ello, recuerda esa conversación con su hermana donde le dijo que a partir de ahora solo quería disfrutar. Poco le ha durado su determinación, ha bastado cruzarse en su camino con la mujer que hay al otro lado de la puerta para que todos sus planes se desvanezcan ante ella.

—Hola —saluda Silvia en cuanto le abre la puerta.

—¿Ahora sí saludas?

La doctora Maza encaja el golpe apretando los labios en una mueca.

—Lo siento, no esperaba verte y me he quedado bloqueada —argumenta Silvia desde el pasillo—. ¿Me dejas entrar y hablamos?

—Claro, aquí nadie puede verte —suelta Elvira y se hace a un lado para dejarla pasar.

Silvia ya conoce ese apartamento casi tan bien como el suyo propio. En las últimas semanas, ha pasado ahí dentro muchas horas, y también algunas noches, algo que no ha hecho nunca con nadie.

—¿Quieres algo de beber? —pregunta Elvira cortante.

La doctora niega y se deshace del bolso para ponerse cómoda, no piensa marcharse sin arreglar las cosas con Elvira, eso lo tiene claro.

—Estoy acojonada, Elvira. Y esto no es una excusa por lo de la cafetería, realmente estoy asustada —confiesa y se deja caer en el sofá.

Elvira Trejos no esperaba escuchar nada semejante y se sienta a su lado dispuesta a escucharla. Está nerviosa, y Silvia también.

—Ya sabes cómo soy, no he estado con la misma mujer más de una vez, y contigo…

—¿Y tan malo es estar conmigo?

—No, claro que no, es que siento que no tengo el control de nada en absoluto. Antes me despertaba por la mañana y tenía claro lo que iba a hacer, ahora nunca sé nada, todo depende de si me cruzo contigo, de si vienes a verme o de si decidimos quedar.

Elvira Trejos entiende perfectamente lo que Silvia le explica, aunque ella lo resumiría a que simplemente tiene miedo de perder su libertad para hacer lo que le dé la gana.

—Vamos a ver —dice Elvira girada hacia ella.

Silvia Maza entiende que está perdida, que Elvira la atrae demasiado como para zanjar el asunto e intentar olvidarse de ella. Le atrae físicamente y también como persona, no solo le gusta para pasárselo bien en la cama, también le gustan las conversaciones con ella o salir por la ciudad a pasear. En definitiva, le gusta estar con ella.

—¿Yo te gusto? —pregunta Elvira mirándola a los ojos.

La doctora podría eludir la respuesta y cambiar de tema, pero prefiere ser sincera.

—Sí, claro que me gustas.

—Y tú me gustas a mí —reconoce Elvira—. Yo también estoy acojonada, Silvia, vengo de una relación muy larga y mi intención en todo momento ha sido pasármelo bien. No buscaba una pareja, no busco volver a eso tan pronto, pero has aparecido tú y contra eso no puedo hacer nada. Te propongo algo.

Silvia esboza una de sus sonrisas seductoras, sabe que Elvira está hablando en serio, pero es su estado natural responder así ante una proposición. La directora sonríe y le da un empujón que rebaja la tensión que había cuando ella ha entrado por la puerta.

—Tú necesitas tu proceso de adaptación para una vida en pareja y yo no quiero enfrascarme en otra relación seria tan pronto. Por mucho que me gustes, sigo necesitando tener mi espacio para adaptarme a la soledad, aceptar lo que me ha pasado y decidir cómo quiero vivir la vida. Me perdí muchas cosas estando con mi exmujer porque vivía volcada en ella, en darle lo que quería sin tener en cuenta lo que quería yo.

—Suena muy mal lo que dices, parece que vas a dejarme —se asusta Silvia, a quién la idea de no volver a ver a Elvira le provoca más vértigo que el hecho de perder su libertad.

—No digas tonterías —zanja Elvira—. Lo que te propongo es que vayamos despacio, que sigamos como hasta ahora. Seamos amigas con mucho más que derecho a roce, hagamos lo que queramos hacer, pero juntas.

Silvia se está perdiendo.

—¿A qué te refieres?

—A que me gustaría volver al Luxúria —reconoce Elvira—, pero contigo. Sigo necesitando probar cosas y quiero probarlas contigo.

Silvia Maza sonríe satisfecha y también aliviada, empieza a comprender por dónde van los tiros y la idea le encanta.

—Me propones que seamos compañeras de vida o algo así.

—Exacto, estamos juntas, pero sin agobios, si un día no te apetece quedar, no quedamos y listo. Quiero que las dos sigamos conservando nuestra libertad hasta que consideremos que ha llegado el momento de formalizar nuestra relación y vivir de otra manera. Cuando eso pase, creo que ambas lo sabremos.

—¿Y si pasa al revés? ¿Y si se acaba rompiendo lo que está creciendo entre nosotras? —pregunta la neuróloga.

—En ese caso tendremos que aceptar que no estábamos predestinadas a estar juntas.

—Vale, resumiendo —dice Silvia—. Estamos juntas, pero conservamos nuestra libertad. ¿Hasta dónde llega esa libertad? ¿Hay límites?

—Los que tú quieras ponerle, Silvia, yo no voy a decirte lo que tienes que hacer. Imagino que te refieres a otras mujeres. Reconozco que no me gusta la idea de que te acuestes con otras, por mi parte yo no voy a hacerlo, me gusta estar contigo y no necesito a otra.

—Salvo que vayamos al Luxúria.

—Eso no cuenta, sería algo de las dos, un juego, pasar un rato agradable y después a nuestra vida normal.

—Con agujetas —se ríe Silvia y Elvira también.

La doctora Maza se queda unos segundos pensativa, mirando a Elvira tan concentrada que está poniendo nerviosa a la directora, que empieza a temer que todo le parezca demasiado a la doctora y decida salir corriendo.

—No me voy a acostar con otras mujeres, salvo que sea en nuestros juegos conjuntos —dice de repente.

Silvia Maza se incorpora y lentamente se sienta a horcajadas sobre Elvira Trejos, que contiene la respiración cuando la doctora se quita la camiseta y se queda en sujetador.

—Tu plan me gusta, aunque me gustas más tú —dice y le da un beso en el cuello—, y siento haberme comportado como una estúpida en la cafetería, te prometo que no volverá a pasar.

Elvira le está desabrochando el pantalón y hace un movimiento de cabeza aceptando sus disculpas, algo que ahora mismo le parece muy secundario, prefiere centrarse en aliviar ese deseo que siente y que no la deja pensar.

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