Doctora Maza
Epílogo
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Epílogo
Dos semanas después
Son más de las nueve y media de la noche cuando Silvia aparca el coche a tres calles del restaurante donde ha quedado con sus amigas para celebrar el cumpleaños de Sandra. Llega tarde y, aunque no le gusta, tampoco le importa porque en su cabeza el motivo está más que justificado.
Elvira Trejos se baja del asiento del acompañante, se miran por encima del techo y sonríen con complicidad. La directora todavía arrastra cierta debilidad en las piernas después de que Silvia se haya presentado en su casa sin avisar hace poco más de una hora.
—Tenemos una cena esta noche —ha soltado en cuanto Elvira le ha abierto la puerta.
—¿Ah, sí? —ha respondido Elvira con las cejas arqueadas.
Silvia Maza ha dudado mucho al principio, de hecho, llevaba dándole vueltas al asunto toda la semana. Desde que sus amigas le dijeron que habían reservado para cenar, ella comenzó a pensar en Elvira y en si debía pedirle que la acompañara.
Han pasado dos semanas desde aquella conversación entre la directora y ella y desde entonces ha estado tranquila. Se siente muy cómoda sabiendo que sigue teniendo el control de su vida, a pesar de que ella y Elvira se están viendo a diario y su relación parece que fluye cada vez mejor.
—Sí, es el cumpleaños de Sandra, ya te he hablado de ella, y hemos quedado para cenar en media hora.
Elvira Trejos ha arqueado una ceja y colocado los brazos en jarras.
—¿Y me lo dices ahora?
—Lo siento, es que no sabía…
—¿Si querías que te acompañase? —ha adivinado Elvira.
Silvia ha soltado un bufido y la ha mirado con expresión infantil.
—Ya sabes que a veces me cuesta, y no te iba a decir nada, pero cuando estaba preparándome he decidido que te necesito a mi lado. Así que, por favor, vístete y ven conmigo —ha suplicado.
Elvira Trejos ha hecho lo contrario, se ha desabrochado el batín y lo ha dejado caer quedándose desnuda frente a Silvia.
—Joder, no hagas eso —se ha reído la doctora.
Elvira ha arqueado una ceja y antes de poder reírse, ya tenía el cuerpo aprisionado entre la pared y Silvia.
—¿Estás segura de que quieres que vaya? —ha preguntado entre jadeos, mientras Silvia, arrodillada frente a ella, bebía de su sexo y la penetraba al mismo tiempo.
La neuróloga se ha separado un instante y la ha mirado a los ojos.
—Segurísima.
Y ahora están ahí, cruzando la calle a paso rápido cogidas de la mano. Silvia empuja la puerta del restaurante y enseguida localiza su mesa. Esta vez no le tiembla el pulso y tampoco se bloquea, llegan hasta sus amigas y pega a Elvira a su cuerpo.
—Por si alguna no la conoce, es Elvira Trejos —dice jadeante y un poco nerviosa—. Y viene conmigo, hoy y siempre que hagamos reuniones así, espero que no os importe.
Sus amigas, al principio pasmadas y después sonrientes, se han levantado para saludar a la que ellas consideran la pareja de Silvia aunque la doctora sea incapaz de reconocer algo así.
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