Doctora Maza

Doctora Maza


Capítulo 1

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Capítulo 1

Elvira Trejos está sentada en una mesa de la cafetería removiendo un café con leche frente a su hermana Esther, que la mira con ojos tristes, como si se hubiera acabado el mundo después de que le haya confesado que hace algo más de un mes que su mujer se fue de casa.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunta Esther, disgustada—, podría haberme ido unos días contigo a casa.

—Precisamente por eso, Esther, porque necesitaba estar sola.

—¿Sola? —repite su hermana con incredulidad.

Esther es cuatro años mayor que Elvira, aunque ella siempre ha tenido la sensación de que le saca muchos más, al menos, es así como se comporta su hermana mayor, como si fuera su madre.

—¿Quién quiere estar sola en un momento como ese, Elvira? Es que todavía no puedo asimilarlo —dice tan sorprendida que no ha pestañeado desde que se lo ha contado.

Se ven poco y, aunque suelen hablar mucho por teléfono, Elvira pensó que algo así era mejor explicárselo en persona.

—Deberías habérmelo contado antes —insiste en el reproche su hermana.

Elvira sabe que tiene razón, que una persona normal no tarda más de un mes en explicarle a su hermana que su mujer, después de doce años de casadas, la ha dejado por una compañera de trabajo. Pero Elvira nunca se ha sentido una mujer normal, al menos no a nivel emocional. A ella le cuesta expresar sus emociones y tiene su propio ritmo para procesar las cosas. Las personas normales hablan con sus amigas, o en este caso con sus hermanas, y les cuentan lo que les preocupa para desahogarse. Ella no, ella lo hace cuando ya lo ha digerido todo a su manera, a solas.

—Te lo estoy contando ahora, ¿no te vale con eso? —bromea Elvira y a su hermana no le hace ninguna gracia.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunta Esther negando con la cabeza.

Tiene claro que Elvira no ha quedado con ella para contarle lo triste que está ni para llorar sobre su hombro. Para alguien como su hermana, esa conversación es un trámite por el que debe pasar, y cuanto antes acaben con ello, antes se relajará y dejará de repiquetear sobre la mesa con las uñas, algo que a ella la pone histérica y está segura de que lo está haciendo a propósito.

—¿Que qué voy a hacer? —dice Elvira arqueando una ceja—. Lo que no he hecho en los últimos quince años, Esther. Vivir y experimentar, pienso probarlo todo.

—¿Todo, todo? —pregunta guasona su hermana, que trata de mostrarle que está de su lado y que no la va a presionar para que le dé detalles sobre la ruptura.

Sabe que, aunque Elvira no hable, ha debido de dolerle mucho lo que ha pasado.

—Menos a los tíos, tú ya me has entendido. El otro día me acosté con una cría de veinticinco años —suelta de sopetón.

Su hermana parpadea con más incredulidad que antes y Elvira Trejos saborea su café mientras la observa sin poder evitar media sonrisa de satisfacción.

—Bueno, con veinticinco no es tan cría —opina Esther, algo turbada por la confesión de su hermana.

—Si tenemos en cuenta que yo tengo cuarenta y cinco años, para mí, sí que lo es.

—Visto así —reconoce Esther—. ¿Y qué tal fue? ¿Mejor que con Pilar?

Se arrepiente de inmediato de la pregunta, pero ya la ha soltado y solo puede observar la reacción de su hermana. A Elvira la ha cogido algo desprevenida, a pesar de que su exmujer será la protagonista de muchas conversaciones de ahora en adelante hasta que su familia asimile la noticia, no esperaba que su hermana la mencionase en un tema así ni de manera tan abrupta.

—No. Pilar era muchas cosas, pero en la cama tenía mucha imaginación y una niña de veintitantos no va a venir ahora a enseñarme nada. Por muy buenas que se creen, les falta experiencia, así que no pienso repetir con alguien tan joven.

Esther no sabe qué decir, no está acostumbrada a hablar de estos temas con su hermana y los comentarios con índole sexual siempre la han puesto nerviosa, pero si eso es lo que necesita Elvira para desconectar, hablarán lo que haga falta.

—¿Qué has querido decir con probarlo todo y experimentar? —pregunta un poco preocupada.

—Quiero decir que voy a ser mala —concluye Elvira con tanta determinación que su hermana se asusta.

La nota dolida y rabiosa, y sabe que tomar decisiones en esas condiciones no puede traer nada bueno, y menos si se es impulsiva, y Elvira lo es. Mucho.

—Siempre he sido la mujer perfecta, sumisa y complaciente, a remolque de todo lo que necesitaba Pilar. En la cama era muy buena, pero haciendo siempre las cosas como le gustaban a ella, nunca tenía en cuenta lo que me apetecía a mí, ni si quería probar otras cosas, y al final, ¿qué? Se ha ido con otra, y lo más gracioso es que yo temía por las secretarias y la zorra se ha ido con la jefa, que es más mayor que yo.

Esther no dice nada, aunque sea un poco, su hermana se está desahogando. Elvira nunca le había contado ningún detalle de su relación personal con Pilar, ni para bien ni para mal, pero ahora que se han dejado, la caja de Pandora está abierta y Elvira ha sentido la necesidad de escupir un poco de mierda.

—O los viajes —sigue su hermana—. ¿Sabes que siempre elegía ella todos los destinos a los que íbamos? Incluso los restaurantes, odio el puto japonés que hay debajo de casa.

—No sabía nada porque nunca me cuentas nada —le recuerda Esther.

Elvira levanta la mirada hasta encontrar la de su hermana y hace un leve movimiento de cabeza para admitir que es cierto.

—En fin —dice y termina de destrozar una servilleta de papel—. Que se ha largado y lo último que pienso hacer es quedarme en casa llorando por ella. Ya le he concedido demasiadas cosas durante estos doce años y no le voy a conceder ni una más. No se lo merece.

—Claro que no —corrobora Esther—. Entonces, a esa chica que te has…

—Follado —termina por ella Elvira y Esther mira escandalizada hacia la mesa de al lado.

—No hables así —le suplica en voz baja.

—¿Y cómo quieres que hable? No seas mojigata, Esther, que ya tenemos una edad. A esa chica no le hice el amor como estás pensando porque para eso hace falta que haya sentimientos de por medio, y no los había, fue sexo y punto, por lo tanto; me la follé —zanja Elvira, harta de ser tan correcta siempre.

—Está bien, te la… —Esther es incapaz de decir la palabra y por primera vez desde que han quedado, Elvira sonríe—. ¿La vas a volver a ver?

—No, ya te he dicho que no.

—Es decir, te acostaste con ella solo por despecho, ¿no? —intenta comprender su hermana y Elvira resopla y cabecea.

—No, Esther, no me la tiré por despecho. Me la tiré porque me apetecía, y si hoy encuentro a otra mujer que me gusta por la aplicación y quedamos, también me la tiraré porque me apetece. Ya te he dicho que quiero disfrutar de la vida, no voy a amargarme porque Pilar me haya dejado.

—Disfrutar de la vida no solo consiste en acostarse con mujeres —discrepa su hermana.

—No, por supuesto que no, pero es que es justo lo que más me apetece ahora mismo. Mi trabajo de directora en el hospital me encanta y ahora no tengo tiempo para viajar mucho, pero para quedar con mujeres…

Elvira se encoge de hombros sin necesidad de explicar nada más. Para ella es muy simple y no entiende que su hermana no lo vea con la misma claridad que ella.

—Está bien, si eso es lo que te apetece me parece perfecto.

Elvira Trejos vuelve a reírse, sabe que su hermana —siempre tan comedida— no la entiende, pero no le importa, le basta con que la apoye y no la juzgue.

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