Doce años de esclavitud
Capítulo XX
Página 23 de 30
XX
BASS ES FIEL A SU PALABRA – SU LLEGADA LA VÍSPERA DE NAVIDAD – LA DIFICULTAD DE LOGRAR UNA ENTREVISTA – LA REUNIÓN EN LA CABAÑA – LA CARTA QUE NO LLEGABA – BASS ANUNCIA SU INTENCIÓN DE TRASLADARSE AL NORTE – NAVIDAD – LA CONVERSACIÓN ENTRE EPPS Y BASS – LA JOVEN AMA M’COY, LA BELLA DE BAYOU BOEUF – EL «NON PLUS ULTRA» DE LAS COMIDAS – LA MÚSICA Y EL BAILE – LA PRESENCIA DEL AMA – SU EXTREMA BELLEZA – EL ÚLTIMO BAILE DE ESCLAVO – WILLIAM PIERCE – ME QUEDO DORMIDO – LA ÚLTIMA FLAGELACIÓN – EL DESALIENTO – LA FRÍA MAÑANA – LAS AMENAZAS DE EPPS – EL CARRUAJE DE PASO – FORASTEROS APROXIMÁNDOSE POR LOS CAMPOS DE ALGODÓN – LA ÚLTIMA HORA EN BAYOU BOEUF
Fiel a su palabra, la víspera de Navidad, justo al caer la noche, Bass llegó al patio a caballo.
—¿Cómo está usted? —dijo Epps estrechándole la mano—. Encantado de verle.
No hubiera estado tan encantado de haber sabido el motivo de su llegada.
—Muy bien, muy bien —respondió Bass—. Tenía algunos asuntos en el pantano y he decidido acercarme a verle y pasar la noche.
Epps ordenó a uno de los esclavos que se hiciera cargo de su caballo y, con muchas risas y cháchara, entraron juntos en la casa; sin embargo, antes Bass me miró significativamente como diciendo: «Guarda el secreto, ya nos entendemos». Eran las diez de la noche cuando entré en la cabaña una vez concluidas las labores del día. Por aquel entonces la compartía con el tío Abram y Bob. Me dejé caer en la tarima y fingí dormir. Cuando mis compañeros cayeron en un sueño profundo salí sigilosamente por la puerta con mucho cuidado y me puse a escuchar cualquier señal o llamada de Bass. Permanecí allí hasta pasada la medianoche sin oír ni ver nada. Sospeché que Bass no se había atrevido a salir de casa por miedo a llamar la atención de algún miembro de la familia. Deduje, de manera acertada, que se levantaría antes que de costumbre y que buscaría la forma de verme antes de que se levantase Epps. En consecuencia, desperté al tío Abram una hora antes de lo habitual y le mandé a encender el fuego en la casa, cosa que en aquella época del año era una de sus obligaciones.
También le di a Bob una buena sacudida, le pregunté si pensaba dormir hasta el mediodía y le dije que el amo Epps se levantaría antes de que las mulas estuvieran alimentadas. Bob conocía con creces las consecuencias que tendría aquel hecho y, poniéndose en pie de un salto, se precipitó hacia los pastos en un abrir y cerrar de ojos.
Poco después de que ambos salieran, Bass se deslizó en la cabaña.
—Todavía no hay carta, Platt —dijo. El anuncio me hundió el corazón como plomo.
—Por favor, escriba otra vez, amo Bass —grité—. Le daré los nombres de muchos otros hombres que conozco. Seguro que no todos están muertos. Y seguro que alguno se apiadará de mí.
—Es inútil —dijo Bass—, inútil. Lo tengo decidido. Temo que el encargado de correos de Marksville pueda sospechar algo, pues he preguntado muchas veces en la oficina. Es demasiado inseguro, demasiado peligroso.
—Entonces todo ha terminado —exclamé—. ¡Oh, Dios mío, cómo podré acabar mis días aquí!
—No vas a acabar tus días aquí —dijo él—, a menos que mueras muy pronto. He pensado detenidamente en el asunto y he tomado una decisión. Hay varias formas de abordar el problema y maneras mejores y más seguras que escribir cartas. Tengo un par de encargos entre manos que espero terminar hacia marzo o abril. Para entonces estaré en posesión de una considerable suma de dinero, Platt, e iré a Saratoga yo mismo.
Apenas lograba dar crédito a mis sentidos mientras dichas palabras brotaban de sus labios, pero me aseguró, de una forma que no dejaba dudas acerca de la sinceridad de su intención, que llevaría a cabo el viaje.
—Ya he vivido suficiente tiempo en esta región —prosiguió—, y me da igual estar en lugar o en otro. Desde hace tiempo pienso en volver al lugar donde nací. Estoy tan cansado de la esclavitud como tú. Si logro sacarte con éxito de aquí será una buena acción en la que me gustará pensar el resto de mi vida. Y voy a tener éxito, Platt; me siento obligado a ello. Ahora, permíteme decir lo que quiero. Epps no tardará en levantarse y no estaría bien que nos sorprendiera aquí. Piensa en mucha gente importante de Saratoga y Sandy Hill y esa vecindad que te conocía. Buscaré una excusa para volver a lo largo del invierno y tomaré nota de los nombres. Así sabré a quién acudir cuando vaya al norte. Piensa en todos los nombres que puedas. ¡Y anímate! No te des por vencido. Estoy contigo hasta la muerte. Adiós. Que Dios te bendiga —y salió a toda prisa de la cabaña y entró en la casa.
Era la mañana de Navidad, el día más feliz en la vida del esclavo. Aquella mañana no debía salir enseguida a los campos, con la calabaza de agua y la bolsa para el algodón. La felicidad brillaba en los ojos y rebosaba en el semblante de todos. Había llegado el momento de la comilona y el baile. Los campos de caña y algodón estaban desiertos. Aquel día había que ponerse trajes limpios y lucir la cinta roja; habría reuniones y alegría y risas, y muchas idas y venidas. Iba a ser un día de libertad entre los hijos de la esclavitud, por eso estaban felices y se regocijaban.
Después del desayuno, Epps y Bass pasearon por el patio charlando sobre el precio del algodón y otros asuntos.
—¿Dónde pasan sus negros la Navidad? —preguntó Bass.
—Platt irá hoy a casa de los Tanners. Su violín está muy solicitado. Los Marshall quieren que vaya el lunes y la señorita Mary McCoy, de la vieja plantación Norwood, me ha escrito una nota diciendo que quiere que toque para sus negros el martes.
—Es un chico inteligente, ¿verdad? —dijo Bass—. Ven aquí, Platt —añadió, y mientras me acercaba me miró como si jamás se le hubiera ocurrido fijarse en mí.
—Sí —replicó Epps tomándome del brazo y palpándolo—, no tiene mala planta. No hay nadie en el pantano que valga tanto como él, perfectamente fiable y sin triquiñuelas. El condenado no es como los demás negros; no se les parece y no actúa como ellos. La semana pasada me ofrecieron mil setecientos dólares por él.
—¿Y no los aceptó? —preguntó Bass con aire sorprendido.
—Demonios, no, no los acepté. Es un auténtico genio; puede hacer un timón de arado o la viga de un carromato tan bien como usted. Marshall quería equipararlo a uno de sus negros y sortearlos, pero le dije que preferiría que se lo llevara el diablo.
—No veo nada especial en él —observó Bass.
—Pues no tiene más que palparlo —repuso Epps—. No verá muchas veces un chico tan bien formado. Tiene la piel fina y no aguanta los latigazos como otros, pero tiene nervio, sin duda.
Bass me palpó, me hizo girar y llevó a cabo un cuidadoso examen mientras Epps insistía en mis puntos fuertes. Con todo, el huésped no mostró mucho interés y abandonaron el tema. Bass no tardó en marcharse, lanzándome otra avispada mirada de reconocimiento mientras salía al trote del patio.
Cuando se marchó me dieron un pase y me dirigí a casa de los Tanner, no del Peter Tanner del que se ha hecho mención antes, sino de un pariente suyo. Estuve tocando todo el día y parte de la noche, y, el día siguiente, domingo, lo pasé en mi cabaña. El lunes crucé el pantano para ir a casa de Douglas Marshall en compañía de todos los esclavos de Epps, y el martes fui a la antigua plantación Norwood, que es la tercera por encima de la de Marshall en la misma orilla del pantano.
En la actualidad la finca es propiedad de la señorita Mary McCoy, una adorable muchacha de unos veinte años de edad. Es la belleza y el orgullo de Bayou Boeuf. Posee cerca de un centenar de braceros, además de numerosos sirvientes, jardineros y niños. Su cuñado, que vive en la propiedad vecina, es su administrador. Todos sus esclavos la adoran y tienen buenas razones para estar agradecidos de haber caído en tan dulces manos. En ningún otro lugar del pantano hay fiestas y celebraciones como las de la joven McCoy. Allí, más que en ningún otro lugar, jóvenes y viejos de millas a la redonda gustan de dirigirse durante las fiestas de Navidad, porque en ningún otro lugar encontrarán comidas tan deliciosas, ni oirán una voz que les hable con tanta amabilidad. Nadie más es tan amado ni ocupa un lugar tan grande en el corazón de miles de esclavos como la joven McCoy, la huérfana dueña de la plantación Norwood.
Al llegar a su casa vi que ya se habían reunido doscientas o trescientas personas. La mesa estaba dispuesta en un edificio alargado que ella había hecho erigir expresamente para que bailaran los esclavos. Estaba llena de todas las clases de alimentos que ofrecía la región, y fue declarada por aclamación el más excepcional de los ágapes. Pavo asado, cerdo, pollo, pato y todo tipo de carnes al horno, hervidas o a la parrilla en hilera a lo largo de la mesa extendida, y los espacios libres estaban llenos de tartas, gelatinas, dulces helados y pasteles de muchas clases. La joven ama deambulaba en torno a la mesa sonriendo y diciendo una palabra amable a cada uno, y parecía disfrutar mucho del momento.
Una vez terminada la comida, retiraron las mesas para hacer sitio a los bailarines. Afiné el violín y arranqué con una pieza alegre; mientras unos daban vueltas ágilmente, otros seguían el ritmo con los pies y cantaban sus sencillas pero melodiosas canciones, llenando la gran estancia de música mezclada con el sonido de voces humanas y el golpeteo de numerosos pies.
Por la tarde regresó el ama y permaneció largo rato en la puerta mirándonos. Iba magníficamente arreglada. Sus oscuros ojos y cabellos contrastaban vivamente con su cutis claro y delicado. Tenía una silueta delgada pero imponente, y se movía con una mezcla de gracia y dignidad sin afectación. Mientras estuvo allí, ataviada con su rico vestido y con el rostro iluminado de placer, pensé que jamás había visto a un ser humano ni la mitad de hermoso. Me complazco en hacer hincapié en la descripción de esa hermosa y gentil dama no solo porque me inspiró sentimientos de gratitud y admiración, sino porque quisiera dar a entender al lector que todos los propietarios de esclavos de Bayou Boeuf no son como Epps, Tibeats o Jim Burns. En ocasiones, aunque es cierto que raramente, se puede encontrar un buen hombre como William Ford o un ángel de bondad como la joven señorita McCoy.
El martes se acabaron los tres días de fiesta que Epps nos concedía cada año. De vuelta a casa, el miércoles por la mañana, al atravesar la plantación de William Pierce, dicho caballero me detuvo, diciendo que había recibido una nota de Epps, traída por William Varnell, que le daba permiso para retenerme a fin de que tocara aquella noche para sus esclavos. Era la última vez que iba a tener ocasión de presenciar un baile de esclavos a orillas de Bayou Boeuf. La fiesta de Pierce se prolongó hasta la madrugada, momento en que regresé a casa de mi amo algo cansado por la falta de descanso, pero alegre por todas las cosas y los picayunes que los blancos, complacidos por mis interpretaciones musicales, me habían regalado.
El sábado por la mañana, por vez primera en muchos años, me quedé dormido. Me asusté al salir de la cabaña y descubrir que los esclavos ya estaban en los campos. Me llevaban quince minutos de adelanto. Prescindí del desayuno y de la calabaza para el agua y los seguí tan rápido como pude. Aún no había amanecido, pero Epps ya estaba en el patio cuando salí de la cabaña y me gritó que era una bonita hora del día para levantarse. A costa de más esfuerzo, coseché toda mi hilera cuando Epps se me acercó después del desayuno, pero no sirvió para excusar la ofensa de haberme quedado dormido. Me ordenó que me quitara la camisa y me tumbara, y me propinó diez o quince latigazos, al término de los cuales me preguntó si creía que podría levantarme en algún momento a lo largo de la mañana. Le aseguré que sí podría y, con un dolor hiriente en la espalda, reanudé el trabajo.
El día siguiente, domingo, mis pensamientos se centraron en Bass, así como en las probabilidades y las esperanzas que reposaban en sus medidas y su determinación. Reflexioné sobre la incertidumbre de la vida; que si la voluntad de Dios fuera que este muriera, mis perspectivas de liberación y todas las expectativas de felicidad en este mundo se desvanecerían por completo. Tal vez mi dolorida espalda no contribuía a que estuviera alegre. Me sentí descorazonado y desdichado todo el día, y por la noche, cuando me acosté en la dura tarima, tenía el corazón tan oprimido por el dolor que parecía a punto de romperse.
El lunes por la mañana del 3 de enero de 1853 ya estábamos en los campos al alba. Era una mañana extraordinariamente cruda y fría en aquella región. Yo iba delante, el tío Abram detrás de mí y, más atrás, Bob, Patsey y Wiley con las bolsas para el algodón colgadas del cuello. Ocurrió que aquella mañana (cosa rara, desde luego) Epps llegó sin el látigo. Juró, de una forma que habría hecho enrojecer a un pirata, que no hacíamos nada. Bob se atrevió a decir que debido al frío tenía los dedos tan entumedecidos que no podía recolectar rápido. Epps se maldijo por no haber traído consigo su látigo de cuero sin curtir y nos prometió que cuando volviera nos calentaría; sí, nos pondría a todos más calientes que el reino feroz en el que a veces me creo obligado a creer que él acabará recluido.
Con tan fervientes amenazas, nos dejó. Cuando ya no podía oírnos empezamos a decirnos los unos a los otros lo duro que resultaba verse obligado a realizar la tarea con los dedos entumecidos y lo poco razonable que era el amo, hablando de él en términos no muy halagadores. La conversación se vio interrumpida por un carruaje que se dirigía velozmente hacia la casa. Alzamos la mirada y vimos dos hombres que se nos acercaban a través de los campos de algodón.
Una vez narrada hasta la última hora que pasé en Bayou Boeuf, y una vez relatada mi última cosecha de algodón y a punto de decir adiós al amo Epps, debo rogar al lector que retroceda conmigo hasta el mes de agosto, que siga la carta de Bass en su largo viaje hasta Saratoga y que conozca el efecto que provocó, mientras yo me afligía y me desesperaba en la cabaña de los esclavos de Edwin Epps, gracias a la amistad de Bass y la bondad de la Providencia, que sumaban sus fuerzas para liberarme.