Doce años de esclavitud
Capítulo XXI
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XXI
LA CARTA LLEGA A SARATOGA – SE LA ENTREGAN A ANNE – LE LLEGA A HENRY B. NORTHUP – EL ESTATUTO DEL 14 DE MAYO DE 1840 – SUS DISPOSICIONES – EL MEMORIAL DE ANNE AL GOBERNADOR – LAS DECLARACIONES JURADAS QUE LO ACOMPAÑABAN – LA CARTA DEL SENADOR SOULE – LA PARTIDA DEL AGENTE NOMBRADO POR EL GOBERNADOR – LA LLEGADA A MARKSVILLE – EL HONORABLE JOHN P. WADDILL – LA CONVERSACIÓN SOBRE LA POLÍTICA DE NUEVA YORK – SUGIERE UNA IDEA AFORTUNADA – LA REUNIÓN CON BASS – EL SECRETO DESVELADO – INSTITUIDOS LOS PROCEDIMIENTOS LEGALES – LA SALIDA DE NORTHUP Y EL SHERIFF DE MARKSVILLE HACIA LA PLANTACIÓN DE EPPS – DESCUBREN A LOS ESCLAVOS EN LOS CAMPOS DE ALGODÓN – LA REUNIÓN – EL ADIÓS
Estoy en deuda con el señor Henry B. Northup, entre otros, por muchos de los hechos incluidos en este capítulo.
La carta escrita por Bass y dirigida a Parker y Perry, depositada en la oficina de correos de Marksville el día 15 de agosto de 1852, llegó a Saratoga durante la primera mitad de septiembre. Un poco antes Anne se había trasladado a Glens Falls, en el condado de Warren, donde tenía a su cargo la cocina del hotel Carpenter. No obstante, conservó la casa, en la que vivía con nuestros hijos, y únicamente se ausentaba durante el tiempo que requería el cumplimiento de sus tareas en el hotel.
Al recibir la carta, los señores Parker y Perry se la reexpidieron de inmediato a Anne. Los niños la leyeron exaltados y sin perder el tiempo se dirigieron a la localidad vecina de Sandy Hill para consultar a Henry B. Northup y solicitar su consejo y su ayuda al respecto.
Tras estudiarlo, el caballero encontró entre los estatutos del estado una ley que estipulaba la liberación de la esclavitud de ciudadanos libres. Se aprobó el 14 de mayo de 1840 y se titulaba «Una ley más efectiva para proteger a los ciudadanos libres de este estado de ser raptados o reducidos a la esclavitud». Estipulaba que, si se recibía información satisfactoria de que cualquier ciudadano libre o habitante de ese estado se hallaba retenido ilegalmente en cualquier otro estado o territorio de los Estados Unidos bajo la pretensión o la alegación de que dicha persona era un esclavo, o que en virtud de alguna costumbre o disposición se lo consideraba o tomaba por esclavo, era deber del gobernador tomar las medidas que considerara necesarias para procurar la devolución de la libertad a esa persona. Y a tal fin estaba autorizado a nombrar y hacer uso de un agente, y debía proporcionarle las credenciales y las instrucciones que considerara necesarias para lograr el objetivo de su nombramiento. Todo ello exigía un agente idóneo para reunir las pruebas precisas a fin de establecer el derecho a la libertad del interesado; realizar los viajes, tomar las medidas y entablar tantos procedimientos legales, etc., como fueran necesarios para devolver a esa persona a su estado, y cargar todos los gastos incurridos en hacer efectiva la actuación a los fondos del tesoro no asignados a otros menesteres[10].
Fue preciso establecer satisfactoriamente dos hechos a los ojos del gobernador; primero, que yo era un ciudadano libre de Nueva York y, segundo, que estaba ilegalmente sometido a cautiverio. Respecto al primer punto, no hubo dificultad porque todos los antiguos residentes del vecindario estaban dispuestos a testificarlo. El segundo punto dependía por completo de la carta a Parker y Perry, escrita por una mano desconocida, y de la carta escrita a bordo del bergantín Orleans que, por desgracia, se había extraviado o perdido.
Se preparó un memorial, dirigido a su excelencia el gobernador Hunt, y en el que se ponía en claro mi matrimonio; mi salida de la ciudad de Washington; la recepción de las cartas; que yo era un ciudadano libre y otros hechos que se consideraron importantes, todo ello firmado y autentificado por Anne. Acompañaban al memorial varias declaraciones juradas de prominentes ciudadanos de Sandy Hill y Fort Edward corroborando íntegramente su contenido y también una solicitud por parte de varios caballeros muy conocidos del gobernador para que Henry B. Northup fuera nombrado agente de acuerdo con la ley.
Al leer el memorial y las declaraciones juradas, su excelencia tomó un vivo interés en la cuestión y, el 23 de noviembre de 1852, y bajo el sello del estado, Henry B. Northup, abogado, era «constituido, nombrado y contratado como agente con plenos poderes para hacer efectiva» mi liberación y para tomar las medidas más adecuadas para lograrla, y con la orden de trasladarse a Luisiana con la mayor celeridad[11].
El carácter apremiante de los compromisos profesionales y políticos del señor Northup retrasó su partida hasta diciembre. El día decimocuarto del mes salió de Sandy Hill y se dirigió a Washington. El honorable Pierre Soule, senador de Luisiana en el Congreso, el honorable señor Conrad, Secretario de Guerra, y el juez Nelson, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, una vez escuchada la exposición de los hechos y tras examinar su mandato y las copias certificadas del memorial y las declaraciones juradas, le proporcionaron cartas abiertas para caballeros de Luisiana recomendando encarecidamente su ayuda para el cumplimiento del motivo de su nombramiento.
El senador Soule tomó un interés especial en el asunto e insistió, en términos contundentes, que ayudarme a recuperar la libertad era su deber y redundaba en el interés de todo dueño de una plantación de Luisiana, y que confiaba en que los sentimientos de honor y justicia en el seno de cada ciudadano de la comunidad lo apoyarían en mi nombre. Una vez logradas aquellas valiosas cartas, el señor Northup regresó a Baltimore y desde allí se dirigió a Pittsburgh. Aconsejado por amigos de Washington, su intención original era ir derecho a Nueva Orleans y consultar a las autoridades de la ciudad. Providencialmente, sin embargo, al llegar a la desembocadura del Río Rojo cambió de intención. De haber seguido adelante no se habría encontrado con Bass, en cuyo caso no habría tenido éxito en la búsqueda de mi persona.
Compró un pasaje en el primer barco de vapor que llegó y siguió remontando el Río Rojo, una perezosa y serpenteante corriente de agua que atravesaba una vasta región de bosques primitivos e impenetrables pantanos, casi deshabitados. Hacia las nueve de la mañana del primero de enero de 1853, abandonó el vapor en Marksville y se dirigió directamente al juzgado de Marksville, en un pueblecito situado a cuatro millas hacia el interior.
Debido a que la carta a los señores Parker y Perry había sido franqueada en Marksville, dio por supuesto que yo estaría en aquel lugar o su más inmediata vecindad. Al llegar a aquella población expuso su comisión al honorable John P. Waddill, un distinguido hombre de leyes y hombre extraordinario y de los más nobles impulsos. Tras leer las cartas y los documentos que le fueron presentados, y una vez escuchada la narración de las circunstancias bajo las cuales yo había sido conducido a cautiverio, el señor Wadill ofreció de inmediato sus servicios y se implicó en el caso con gran celo y formalidad. Al igual que otras personas de carácter elevado, aborrecía a los secuestradores. El título de propiedad que constituía en gran parte la fortuna de sus conciudadanos y clientes no solo dependía de la limpieza con que eran efectuadas las transacciones de esclavos, sino que era un hombre en cuyo noble corazón surgían sentimientos de indignación ante semejante injusticia.
Pese a ocupar una posición prominente, y aunque figuraba en llamativas mayúsculas en el mapa de Luisiana, en realidad Marskville tan solo es un pequeño e insignificante villorrio. Aparte de la taberna, atendida por un alegre y generoso mesonero, y del juzgado, ocupado cuando no había sesiones por vacas y cerdos fuera de la ley, y un patíbulo, poco hay que atraiga la atención del visitante.
El señor Waddill no había escuchado jamás el nombre de Solomon Northup, pero estaba seguro de que si en Marksville o sus alrededores había un esclavo con aquel nombre, su criado negro, Tom, lo conocería, así que Tom fue convocado, pero en todo su amplio círculo de conocidos no existía semejante personaje.
La carta a Parker y Perry estaba fechada en Bayou Boeuf. Por tanto, se llegó a la conclusión de que debían buscarme en aquel lugar. Pero entonces surgió por sí misma una dificultad de carácter muy grave. En su extremo más cercano, Bayou Boeuf se encontraba a una distancia de veintitrés millas y era la denominación que recibía una parte de la región que se extendía entre cincuenta y cien millas a ambas orillas del pantano. Había miles y miles de esclavos en las dos orillas, pues la notable riqueza y la fertilidad del suelo había atraído a gran número de dueños de plantaciones. La información en la carta era tan vaga e indefinida que hacía difícil optar por un procedimiento concreto. Sin embargo, al final se decidió, como único plan que ofrecía alguna posibilidad de éxito, que Northup y el hermano de Waddill, un estudiante en el despacho de este, se trasladarían al brazo del río y recorrerían arriba y abajo ambas orillas preguntando por mí en cada plantación. El señor Waddill ofreció su carruaje y se decidió definitivamente que iniciarían el viaje el lunes por la mañana.
Como puede comprenderse, era muy probable que aquella opción no tuviera éxito. Les hubiera sido imposible recorrer los campos y examinar todas las cuadrillas trabajando. Y no tenían en cuenta que yo era conocido únicamente como Platt; si le hubieran preguntado al propio Epps, este habría afirmado sin mentir que no sabía nada de Solomon Northup.
Con todo, una vez tomada la decisión no se podía hacer nada más hasta que pasara el domingo. La conversación entre los señores Northup y Waddill, a lo largo de la tarde, se centró en la política de Nueva York.
—Apenas logro comprender las sutiles distinciones y los matices entre los partidos políticos de su estado —observó el señor Waddill—. Leo sobre soft-shells y hard shells, hunkers y «quemadores de establos» y soy incapaz de entender las diferencias precisas entre ellos. ¿Podría decirme cuáles son?
El señor Northup, mientras rellenaba la pipa, se explayó en una elaborada narración acerca del origen de las diversas secciones de los partidos y acabó diciendo que había otro partido en Nueva York, conocido como el de los free-soilers o abolicionistas.
—Sospecho que no habrá visto a uno solo de ellos por esta parte del país —comentó el señor Northup.
—Solo uno —repuso Waddill riéndose—. Tenemos uno en Marksville, una criatura excéntrica que predica el abolicionismo tan fervientemente como cualquier fanático del norte. Es un hombre generoso e inofensivo pero que siempre está en el lado equivocado en una discusión. Nos proporciona no poca diversión. Es un excelente mecánico y casi indispensable en la comunidad. Es carpintero. Se llama Bass.
Todavía se habló más en términos amistosos acerca de las particularidades de Bass y de pronto Waddill quedó pensativo y preguntó de nuevo por la misteriosa carta.
—Déjeme pensar, dé-je-me pen-sar —repitió pensativamente para sí mismo mientras recorría la carta con los ojos una vez más—. Bayou Boeuf, «15 de agosto», sellada aquí. «El que escribe en mi nombre…» ¿Dónde trabajó Bass el verano pasado? —preguntó de pronto volviéndose hacia su hermano. Este fue incapaz de contestarle, pero se levantó y abandonó el despacho y no tardó en regresar con la noticia de que «Bass trabajó el verano pasado en algún lugar de Bayou Boeuf».
—¡Es él! —exclamó Waddill colocando enfáticamente la mano sobre la mesa—. Él es el hombre que puede contárnoslo todo acerca de Solomon Northup.
Se buscó de inmediato a Bass, pero no lograron localizarlo. Tras unas pesquisas, se supo que se encontraba en los muelles del Río Rojo. Después de procurarse un medio de transporte, el joven Waddill y Northup no tardaron en recorrer las pocas millas que separaban ambos lugares. A su llegada encontraron a Bass a punto de marcharse durante dos semanas o más. Después de presentarse, Northup solicitó el privilegio de hablar con él en privado un momento. Caminaban juntos hacia el río cuando tuvo lugar la siguiente conversación.
—Señor Bass —dijo Northup—, permítame preguntarle si se encontraba en Bayou Boeuf el pasado agosto.
—Sí, señor, estuve allí el último agosto —fue su contestación.
—¿Escribió usted desde aquel lugar una carta a un caballero de Saratoga Springs en beneficio de un hombre de color?
—Perdone, señor, pero eso es algo que no le incumbe —contestó Bass deteniéndose y mirando inquisitivamente a su interrogador a la cara.
—Es posible que vaya demasiado deprisa, señor Bass; le pido perdón; pero vengo del estado de Nueva York con vistas a lograr lo que pretendía quien escribió una carta fechada el 15 de agosto y franqueada en Marksville. Determinadas circunstancias me han llevado a pensar que quizá sea usted quien la escribió. Estoy buscando a Solomon Northup. Si lo conoce, le ruego que me diga sinceramente dónde está y le aseguro que la fuente de cualquier información que me ofrezca no será divulgada si usted desea que no lo sea.
Durante largo rato, Bass miró de hito en hito a su nuevo interlocutor sin despegar los labios. Parecía darle vueltas al posible intento de tenderle algún tipo de trampa. Al final dijo deliberadamente:
—No he hecho nada de lo que avergonzarme. Yo escribí la carta. Si ha venido usted a rescatar a Solomon Northup, estoy encantado de verle.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio y dónde está? —inquirió Northup.
—Le vi por última vez en Navidad, hoy hace una semana. Es esclavo de Edwin Epps, un dueño de una plantación de Bayou Boeuf, cerca de Holmesville. No se le conoce como Solomon Northup; lo llaman Platt.
El secreto había sido desvelado, el misterio desentrañado. A través de la espesa y negra nube en cuyas oscuras y lúgubres sombras yo había deambulado durante doce años, surgió la estrella que iba a iluminarme de vuelta a la libertad. Los dos hombres dejaron de lado los equívocos y las dudas y conversaron largo y tendido sobre el tema que predominaba en sus pensamientos. Bass manifestó el interés que había puesto en beneficio mío, su intención de viajar al norte en primavera y declaró que tenía decidido lograr mi emancipación, si ello estaba en sus manos. Describió el principio y el progreso de su relación conmigo, y escuchó con ardiente curiosidad el relato que le ofreció Northup acerca de mi familia y la historia de mi vida anterior. Antes de separarse, Bass dibujó en una hoja de papel un mapa del pantano con un pedazo de tiza roja que mostraba dónde se encontraba la plantación de Epps y la carretera más directa hasta allí.
Northup y su joven acompañante regresaron a Marksville donde se decidió iniciar los procedimientos legales para probar la cuestión de mi derecho a la libertad. Se formalizó la demanda, con el señor Northup como demandante y Edwin Epps como demandado. El proceso se iba a entablar en la modalidad de «reclamación y entrega» e iba a ser dirigido al sheriff de la parroquia, pidiéndole que me tomara bajo su custodia y me retuviera hasta la decisión del tribunal. Los papeles no estuvieron listos hasta las doce de la noche, demasiado tarde para obtener la necesaria firma del juez, que residía a cierta distancia de la localidad. Por tanto, se suspendieron las operaciones hasta el lunes por la mañana.
Aparentemente, todo se estaba desarrollando de maravilla, hasta que el domingo por la tarde Waddill se presentó en la habitación de Northup para manifestarle su aprensión acerca de unas dificultades que no habían esperado encontrar. Bass se había alarmado y, dejando sus asuntos en manos de una persona en el embarcadero, le había comunicado su intención de abandonar el estado. Aquella persona había traicionado de alguna manera la confianza depositada en ella y por la ciudad corría el rumor de que el forastero alojado en el hotel, que había sido visto en compañía del abogado Waddill, venía a por uno de los esclavos del viejo Epps, en el pantano. Epps era conocido en Marksville ya que había visitado con frecuencia el lugar durante las sesiones del tribunal, y el consejero del señor Northup abrigaba el temor de que fuera informado aquella misma noche, dándole la oportunidad de ocultarme antes de la llegada del sheriff.
Aquella aprensión tuvo la virtud de acelerar las cosas considerablemente. Se pidió al sheriff, que vivía en una casa del pueblo, que estuviera preparado inmediatamente después de la medianoche al tiempo que se avisó al juez de que sería requerido a aquella misma hora. Es de justicia manifestar que todas las autoridades de Marksville ofrecieron de buena gana toda la ayuda posible.
Tan pronto como se cumplimentó la demanda a medianoche y se obtuvo la firma del juez, un carruaje con el señor Northup y el sheriff, conducido por el hijo del mesonero, salió a toda prisa de Marksville por la carretera que lleva a Bayou Boeuf.
Se daba por supuesto que Epps se opondría a la cuestión relativa a mi libertad y ello sugirió al señor Northup que el testimonio del sheriff describiendo mi primer encuentro con él quizá podría resultar decisivo en el juicio. Consecuentemente, durante el viaje se acordó que antes de que yo tuviera oportunidad de hablar con el señor Northup, el sheriff me plantearía una serie de preguntas acordadas de antemano, tales como los nombres y el número de mis hijos, el nombre de soltera de mi esposa, los lugares que yo conocía en el norte y cosas así. Si mis respuestas coincidían con los datos que le habían sido entregados, las pruebas debían considerarse concluyentes por fuerza.
Finalmente, y poco después de que Epps hubiera abandonado los campos con la consoladora aseveración de que no tardaría en volver para calentarnos, tal y como quedó dicho al final del capítulo precedente, llegaron a la plantación y nos encontraron trabajando. Tras bajarse del carruaje y dar instrucciones al cochero para que siguiera hasta la casa grande, pero ordenándole que no mencionara a nadie el objeto de su viaje hasta que volvieran a reunirse, Northup y el sheriff salieron de la carretera y se dirigieron hacia nosotros a través de los campos de algodón. Nosotros nos quedamos mirándolos a ellos y al carruaje, separados por varias varas. Era curioso e inusual ver aproximarse a unos blancos de aquella forma y en especial a aquellas horas de la mañana, y el tío Abram y Patsey hicieron comentarios que denotaban su asombro. Dirigiéndose a Bob, el sheriff preguntó:
—¿Dónde está el joven al que llaman Platt?
—Este es, amo —replicó Bob señalándome y retorciendo el sombrero.
Me pregunté qué podría querer de mí, y girándome, lo miré hasta que estuvo a un paso de distancia. Durante mi larga estancia en Bayou Boeuf, me había familiarizado con los rostros de todos los dueños de plantaciones de varias millas a la redonda; pero aquel hombre era un completo extraño y daba por cierto que no lo había visto nunca.
—Su nombre es Platt, ¿verdad?
—Sí, amo —respondí.
Señalando en dirección a Northup, que estaba a varias varas de distancia, preguntó:
—¿Conoces a ese hombre?
Miré en la dirección indicada y, mientras mis ojos se posaban en su rostro, el cerebro se me atestó de imágenes: las de Anne y mis amados hijos, y mi anciano padre muerto; todas las escenas y los recuerdos de mi infancia y juventud; todos los amigos de días pasados y más felices aparecían y desaparecían, cambiaban y flotaban como sombras que se diluían ante la visión de mi imaginación, hasta que al final me vino el recuerdo exacto de aquel hombre, y, elevando las manos al cielo, exclamé, en voz más alta de la que hubiera podido emitir en un momento menos emocionante:
—¡Henry B. Northup! ¡Gracias a Dios, gracias a Dios!
Comprendí al instante la naturaleza de su visita y sentí que la hora de mi liberación estaba cerca. Me dirigí hacia él pero el sheriff se interpuso:
—Espere un momento —dijo—. ¿Tiene usted algún otro nombre aparte de Platt?
—Mi nombre es Solomon Northup, amo —repliqué.
—¿Tiene familia? —quiso saber.
—Tenía esposa y tres hijos.
—¿Cómo se llaman sus hijos?
—Elizabeth, Margaret y Alonzo.
—¿Y el nombre de soltera de su esposa?
—Anne Hampton.
—¿Quién lo casó?
—Timothy Eddy, de Fort Edward.
—¿Dónde vive este caballero? —preguntó señalando de nuevo a Northup, que permanecía de pie en el mismo lugar en el que lo reconocí.
—Vive en Sandy Hill, en el condado de Washington, Nueva York —contesté.

Una escena en el campo de algodón: La entrega de Solomon. Grabado de la primera edición publicada por Miller, Orton & Mulligan en 1853.
Iba a seguir efectuando preguntas, pero lo dejé a un lado, incapaz de retenerme. Así las dos manos de mi antiguo conocido. No podía hablar. No pude contener las lágrimas.
—Sol —dijo al fin—, encantado de verte.
Traté de articular una respuesta, pero la emoción ahogaba mis palabras y permanecí en silencio. Profundamente confusos, los esclavos contemplaban la escena, y sus bocas abiertas y sus ojos girando en las órbitas delataban su asombro y su estupefacción extremos. Yo había vivido durante diez años con ellos, en la cabaña y en los campos, había padecido las mismas fatigas, había compartido la comida, había mezclado mis penas con las suyas y había participado en las mismas magras alegrías; a pesar de lo cual, y hasta aquel momento, el último que iba a pasar en su compañía, ninguno de ellos había tenido la más mínima sospecha de mi verdadero nombre, o el más ligero vislumbre de mi auténtica historia.
Por un rato nadie pronunció una sola palabra y durante aquel tiempo permanecí aferrado a Northup, mirándole a la cara, temeroso de ir a despertar y descubrir que todo era un sueño.
—Deja ese saco —añadió Northup finalmente—. Tus días de recoger algodón han terminado. Ven con nosotros a ver al hombre con el que vives.
Le obedecí y, caminando entre el sheriff y él, nos dirigimos a la casa grande. Hasta que no hubimos recorrido cierta distancia no recobré la voz lo suficiente como para preguntar si en mi familia estaban todos vivos. Él me informó de que había visto a Anne, Margaret y Elisabeth poco tiempo antes; que Alonzo seguía vivo y que todos estaban bien. Sin embargo, no volvería a ver a mi madre. Según me iba recobrando parcialmente de la súbita y gran emoción que me anegó, me sentía tan débil y ligero que a duras penas si podía caminar. El sheriff me tomó del brazo y me ayudó porque de lo contrario me habría derrumbado. Al entrar en el patio, Epps estaba en la puerta conversando con el cochero. El joven, cumpliendo las instrucciones, no le dio ni la más mínima información en respuesta a sus repetidas preguntas acerca de lo que estaba ocurriendo. En el momento de llegar hasta él, estaba casi tan asombrado y desconcertado como Bob y el tío Abram.
Estrechó la mano del sheriff y, tras ser presentado al señor Northup, los invitó a entrar en casa y al mismo tiempo me ordenó que trajera leña. Tardé un rato en cortar una brazada, pues en cierto modo había perdido inopinadamente el poder de manejar un hacha de forma precisa. Cuando al final entré con la leña, la mesa estaba cubierta de papeles y Northup leía uno de ellos. Probablemente me costó más de lo necesario poner los troncos en el fuego, sobre todo en la posición exacta de cada uno de ellos. Escuché expresiones como «el antedicho Solomon Northup», «el demandante dice además» y «ciudadano libre de Nueva York» varias veces, y a raíz de aquellas manifestaciones comprendí que el secreto tan largamente guardado frente al amo y el ama Epps al fin se había desvelado.
Me entretuve todo lo que permitía la prudencia y estaba a punto de abandonar la estancia cuando Epps preguntó:
—Platt, ¿conoces a este caballero?
—Sí, amo —respondí—. Lo conozco desde hace tanto tiempo como puedo recordar.
—¿Dónde vive?
—Vive en Nueva York.
—¿Tú has vivido allí alguna vez?
—Sí, amo, nací y crecí allí.
—Así que eres libre, maldito negro —exclamó—. ¿Por qué no me lo dijiste cuando te compré?
—Amo Epps —contesté en un tono algo diferente al tono con que acostumbraba a dirigirme a él—. Amo Epps, usted no se tomó la molestia de preguntármelo; además, le dije a uno de mis propietarios, el hombre que me raptó, que era un hombre libre y por ello me dio de latigazos hasta casi matarme.
—Parece que alguien escribió una carta en tu nombre. ¿Quién fue? —preguntó autoritariamente. No contesté—. Repito, ¿quién escribió esa carta? —preguntó de nuevo.
—Quizá la escribí yo mismo —dije.
—Sé que no fuiste hasta la oficina de correos de Marksville y volviste antes del amanecer.
Insistió en que le informara y yo insistí en negarme. Lo amenazó violentamente, quienquiera que fuera, y me comunicó la sangrienta y feroz represalia que le infligiría si le descubría. Todo su comportamiento y su lenguaje mostraban un sentimiento de ira hacia la persona desconocida que había escrito en mi nombre, y de incertidumbre ante la idea de perder tan valiosa propiedad. Dirigiéndose al señor Northup, le juró que solo con haber sabido una hora antes su llegada, le habría ahorrado la molestia de devolverme a Nueva York, porque me habría llevado al pantano, o a cualquier otro remoto lugar donde todos los sheriffs del mundo no habrían logrado encontrarme.
Salí al patio y, cuando entraba por la puerta de la cocina, algo me golpeó en la espalda. Al salir por la puerta trasera de la casa grande con una cacerola de patatas la tía Phebe me había arrojado una con innecesaria violencia para darme a entender que deseaba hablar confidencialmente conmigo un momento. Vino corriendo y me susurró al oído con gravedad:
—Dios, bendito, Platt, ¿qué te parece? Han venido a buscarte dos hombres. He oído al amo decir que eres libre, que tienes esposa y tres hijos donde vives. ¿Te vas con ellos? Estarías loco si no lo hicieras, ya me gustaría a mí irme —y la tía Phebe se marchó a toda prisa.
En aquel momento apareció en la cocina el ama Epps. Me dijo muchas cosas y se preguntó por qué no le había contado quién era. Manifestó su pesar y me halagó diciendo que hubiera preferido perder a cualquier otro sirviente de la plantación que a mí. Si aquel día Patsey hubiera estado en mi lugar, el ama Epps habría rebosado de alegría. Ya no quedaría nadie capaz de arreglar una silla o una pieza del mobiliario, nadie de utilidad para la casa, nadie que le tocara el violín, y a decir verdad el ama Epps estaba hecha un mar de lágrimas.
Epps le había pedido a Bob que le trajera su caballo de silla. Sobreponiéndose a su miedo al castigo, los demás esclavos también habían abandonado su trabajo y habían acudido al patio. Permanecían detrás de las cabañas, fuera de la vista de Epps. Me llamaron por señas y con entusiasta curiosidad, y, con suma emoción, hablaron conmigo y me hicieron preguntas. Si lograra repetir las palabras exactas que pronunciaron, con el mismo énfasis, y si pudiera pintar sus diversas actitudes y la expresión de sus rostros, sería un cuadro realmente interesante. A su juicio, yo me había elevado de pronto a una altura inalcanzable y me había convertido en un ser de inmensa importancia.
Una vez que se hizo uso de los documentos legales, Northup y el sheriff acordaron con Epps que se encontrarían en Marksville al día siguiente y montaron en el carruaje para regresar al pueblo. Cuando me disponía a subirme al pescante del vehículo, el sheriff dijo que debía decir adiós al señor y la señora Epps. Volví al patio, donde permanecían de pie, y, quitándome el sombrero, dije:
—Adiós, señora.
—Adiós, Platt —dijo la señora Epps amablemente.
—Adiós, amo.
—Maldito negro —murmuró Epps en un tono malicioso y amargo—, no te emociones tanto porque todavía no te has librado, mañana trataremos este asunto en Marksville.
Yo no era más que un «negro» y conocía mi lugar, pero sentía con tanta fuerza como si fuera un blanco que si me hubiera atrevido a pegarle un golpe de despedida, habría sido un consuelo íntimo. De regreso al carruaje, Patsey salió de detrás de una cabaña y me echó los brazos al cuello.
—¡Platt! —gritó con lágrimas que le corrían por las mejillas—, vas a quedar libre, te marchas lejos, donde nunca volveremos a verte. Me has librado de un montón de latigazos, Platt; me alegro de que vayas a ser libre, pero, Dios mío, Dios mío, ¿qué va a ser de mí?
Me desasí de ella y subí al carruaje. El cochero restalló su látigo y nos fuimos. Miré hacia atrás y vi a Patsey, con la cabeza caída, medio reclinada en el suelo; la señora Epps seguía en el patio; el tío Abram, Bob, Wiley y la tía Phebe permanecían en la puerta mirándome. Los saludé con la mano, pero el carruaje tomó una curva en el pantano y los ocultó de mi vista para siempre.
Nos detuvimos un momento en la plantación de Carey, donde trabajan gran número de esclavos, porque un establecimiento así suscitaba la curiosidad de un hombre del norte. Epps nos adelantó con el caballo a todo galope, camino, como sabríamos al día siguiente, de Pine Woods, para ver a William Ford, que me había llevado a aquella región.
El martes 4 de enero, Epps y su abogado, el honorable H. Taylor, Northup, Waddill, el juez, el sheriff de Avoyelles y yo nos reunimos en una sala del pueblo de Marksville. El señor Northup expuso los hechos en mi nombre y presentó el memorial y las declaraciones juradas que lo acompañaban. El sheriff describió la escena en el campo de algodón. Yo también fui extensamente interrogado. Al final, el señor Taylor aseguró a su cliente que había tenido suficiente y que nuevos litigios no solo serían caros sino del todo innecesarios. Siguiendo su consejo, se redactó un documento firmado por las partes y en el cual Epps reconocía que aceptaba mi derecho a la libertad y me entregaba oficialmente a las autoridades de Nueva York. También se acordó que se anotaría en la oficina de registros de Avoyelles[12].
El señor Northup y yo nos dirigimos de inmediato al embarcadero y, tras adquirir pasajes para el primer vapor que llegara, no tardamos en descender por el Río Rojo, el mismo que había remontado doce años antes, con sentimientos de desesperanza.