Doce años de esclavitud

Doce años de esclavitud


Capítulo XIII

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XIII

LA CURIOSA EMPUÑADURA DEL HACHA – LOS SÍNTOMAS DE UNA ENFERMEDAD INMINENTE – LA PERSISTENCIA DE LA ENFERMEDAD – EL LÁTIGO NO RESULTA EFICAZ – CONFINADO EN LA CABAÑA – LA VISITA AL DOCTOR WINES – LA RECUPERACIÓN PARCIAL – EL FRACASO COMO RECOLECTOR DE ALGODÓN – LO QUE SE OÍA EN LA PLANTACIÓN DE EPPS – LOS DIFERENTES CASTIGOS – EPPS CON GANAS DE DAR LATIGAZOS – EPPS CON GANAS DE BAILAR – DESCRIPCIÓN DEL BAILE – LA FALTA DE REPOSO NO ES EXCUSA – CARACTERÍSTICAS DE EPPS – JIM BURNS – EL TRASLADO DE HUFF POWER A BAYOU BOEUF – DESCRIPCIÓN DEL TÍO ABRAM, WILEY, TÍA PHEBE, BOB, HENRY, EDWARD Y PATSEY, CON UN RELATO GENEALÓGICO DE CADA UNO DE ELLOS – UN POCO DE SU HISTORIA Y SUS CARACTERÍSTICAS PECULIARES – CELOS Y LUJURIA – PATSEY, LA VÍCTIMA

A mi llegada a la plantación del amo Epps, obedeciendo sus órdenes, la primera tarea que me encomendó fue la de fabricar la empuñadura de un hacha. Las empuñaduras que suelen hacerse son un palo recto y redondo. Yo, sin embargo, hice una encorvada, como las que había visto en el norte. Cuando la terminé y se la enseñé a Epps, la miró sorprendido, incapaz de determinar qué era exactamente. Jamás había visto una empuñadura con aquella forma y, cuando le expliqué su utilidad, se quedó muy impresionado por lo novedosa que resultaba la idea. La guardó en su casa durante mucho tiempo y, cuando sus amigos iban de visita, se la mostraba como si fuera una curiosidad.

Era la época de la escarda. Primero me enviaron al campo de maíz y luego a limpiar el algodón. Estuve haciendo aquel trabajo hasta que la escarda casi se había terminado, momento en que empecé a padecer los síntomas de una enfermedad inminente. Comencé a notar escalofríos, seguidos de una fiebre muy alta. Me sentía tan débil, tan consumido y a menudo tan mareado que andaba y me tambaleaba como un borracho. No obstante, me obligaban a mantener el ritmo de la cuadrilla. Y si ya me resultaba difícil cuando estaba sano, enfermo me era del todo imposible. Con frecuencia me quedaba rezagado, pero los latigazos que me propinaba el capataz en la espalda infundían temporalmente un poco de energía en mi enfermizo y encorvado cuerpo. Continué enfermando hasta que al final el látigo perdió por completo su eficacia. El agudo escozor del cuero ya no me estimulaba. Finalmente, en septiembre, cuando estaba a punto de comenzar la ardua época de la recogida de algodón, me sentí incapaz de salir de la cabaña. Hasta aquel momento no me habían dado ningún medicamento, ni había recibido la más mínima atención por parte del amo o de la señora. Al estar demasiado débil para valerme por mí mismo, la vieja cocinera me visitaba de vez en cuando, me preparaba café de maíz y a veces me hervía un poco de beicon.

Cuando empezaron a correr los rumores de que moriría, el amo Epps, incapaz de soportar la pérdida de un animal valorado en mil dólares, decidió acarrear con los gastos que suponía enviarme a Holmesville para que me visitara el doctor Wines. Este le dijo que eran los efectos del clima, y que cabía la posibilidad de que me perdiera. Me aconsejó que no comiera carne, y que me alimentara solo con lo imprescindible para mantenerme vivo. Transcurrieron varias semanas, durante las cuales, gracias a la escasa dieta a la que estaba sometido, me recuperé un poco. Una mañana, mucho antes de estar aún en condiciones de trabajar, apareció Epps en la puerta de la cabaña y, dándome un saco, me ordenó que me dirigiera al campo de algodón. En aquella época no tenía ninguna experiencia en aquella labor, y me pareció un trabajo realmente difícil. Mientras que los demás utilizaban ambas manos, cogiendo el algodón y depositándolo en la boca del saco con una destreza y una precisión que me resultaban incomprensibles, yo tenía que coger la cápsula con una mano y con la otra tirar con fuerza de la flor blanca.

Además, meter el algodón en el saco me resultaba tan difícil que tenía que utilizar las manos y la vista. Me veía obligado a recogerlo del lugar donde había caído casi con tanta frecuencia como del tallo donde había crecido. Al arrastrar el largo y engorroso saco, balanceándose de un lado a otro de forma inapropiada, causaba también destrozos en las ramas, cargadas aún con el cáliz sin romper. Tras un largo día de trabajo llegué a la desmotadora con mi carga. Cuando la balanza determinó que solo había recogido unos cuarenta kilos, ni la mitad de lo que se le exigía al recogedor más inexperto, Epps me amenazó con azotarme severamente, pero como era un «novato» decidió perdonarme en aquella ocasión. Al día siguiente, y durante otros muchos, regresaba por la noche con el mismo resultado, pues a todas luces yo no estaba hecho para aquel trabajo. No tenía las cualidades necesarias, ni los dedos diestros, ni la habilidad de Patsey, que recorría a toda prisa las hileras de algodón arrancando las inmaculadas y suaves borlas blancas con una rapidez increíble. La práctica y los latigazos no surtían ningún efecto, y Epps, dándose por vencido al final, me dijo que era tan inútil que no merecía que se me tratase como a un «negro» recolector de algodón, que no recogía ni la suficiente cantidad como para que mereciese la pena pesarla, y que ya no iría nunca más al campo de algodón. Me pusieron a cortar y apilar leña, a transportar el algodón desde el campo hasta la desmotadora, así como a hacer cualquier tipo de trabajo que me pidiesen. No hace falta decir que no me permitían ni un instante de reposo.

Raro era el día en que no se infligía uno o dos castigos a base de latigazos. Solían tener lugar en el momento en que se pesaba el algodón. Al delincuente cuya carga se quedaba corta, lo sacaban, lo desnudaban, le obligaban a echarse en el suelo boca abajo y lo castigaban de acuerdo con su delito. A decir verdad, en la plantación de Epps, casi todos los días durante la época de la recogida del algodón, se oían los restallidos del látigo y los gritos de los esclavos desde que se ponía el sol hasta la hora de acostarse.

El número de latigazos dependía de la gravedad de la falta. Veinticinco se consideraba una simple caricia, un castigo que se aplicaba, por ejemplo, cuando se encontraba una hoja seca o un cáliz en el algodón, o cuando se rompía una rama en el campo; cincuenta era el castigo más habitual cuando se infringía una norma más grave; cien se consideraba un castigo severo, y se infligía por un delito grave, como holgazanear en el campo; de ciento cincuenta a doscientos latigazos se daban a aquellos que se peleaban con sus compañeros de cabaña, y quinientos se propinaban, aparte de las mordeduras de los perros, a los pobres y desagradecidos fugitivos, los cuales sufrían semanas de dolor y agonía.

Durante los dos años que Epps estuvo en la plantación de Bayou Huff Power, tenía la costumbre, al menos una vez cada dos semanas, de regresar completamente ebrio de Holmesville. Las competiciones de tiro terminaban de manera casi invariable en una orgía. En tales ocasiones regresaba enfurecido y medio loco, y con frecuencia rompía los platos, las sillas y todo el mobiliario que se encontraba a su paso. Cuando ya se había desahogado en la casa, cogía el látigo y salía al campo. Entonces los esclavos debían tener mucho cuidado y ser sumamente cautelosos, porque se ponía a repartir latigazos al primero que se encontrara. A veces se pasaba horas enteras haciéndoles correr en todas direcciones, ocultándose en las esquinas de las cabañas. En ocasiones sorprendía a alguno que se había descuidado, y si le propinaba un golpe de lleno, se alegraba enormemente. Los niños más pequeños, y los más ancianos que ya no trabajaban, solían ser quienes sufrían sus castigos. En medio de la confusión se ocultaba astutamente detrás de una cabaña con el látigo levantado para golpear al primer negro que se asomara con cautela por la esquina.

Otras veces regresaba a casa de un humor menos brutal y le gustaba organizar una fiesta. Entonces todos debíamos movernos al ritmo de alguna canción. Le gustaba deleitarse con la música del violín, y eso hacía que se convirtiera en una persona ágil, elástica y alegre a la que le gustaba «bailar al son de la música», alrededor de la explanada y dentro de la casa.

Cuando me vendieron, Tibeats, al cual se lo había comentado Ford, le dijo que yo sabía tocar el violín. Por capricho e insistencia de la señora Epps, su marido se vio obligado a comprarme durante una de sus visitas a Nueva Orleans, y frecuentemente me hacían ir a la casa para que tocara delante de la familia, ya que a la señora le apasionaba la música.

Siempre que Epps regresaba alegre y le apetecía bailar, nos reunía a todos en un enorme salón de la casa grande y, sin importarle lo cansados y abatidos que pudiéramos estar, nos hacía bailar. Una vez sentado debidamente en el suelo, tocaba una canción mientras Epps gritaba:

—¡Bailad, negros, bailad!

Entonces no nos dejaba ni un momento de respiro, ni ejecutar movimientos lánguidos o lentos; todo debía ser rápido, alegre y enérgico.

—Venga, vamos, arriba y abajo, de puntillas y de tacón —nos decía.

El corpulento Epps se mezclaba con sus esclavos de piel oscura y se movía rápidamente entre todos los que participaban en el baile.

Solía llevar el látigo en la mano, preparado para darle un golpe en las orejas a cualquier esclavo presuntuoso que se atreviese a descansar un momento, aunque solo fuese para recuperar el aliento. Cuando era él quien estaba exhausto, hacía un pequeño intervalo, pero muy breve. Blandiendo el látigo y haciéndolo restallar, volvía a gritar:

—¡Bailad, negros, bailad!

Estos obedecían una vez más, a trancas y barrancas, mientras yo, estimulado por el agudo dolor de un latigazo y sentado en un rincón, hacía sonar el violín e interpretaba alguna canción alegre y movida. El ama solía reprenderle a menudo, y le amenazaba con regresar de nuevo a casa de su padre en Cheneyville, aunque también había ocasiones en que no podía reprimir una carcajada al ver sus divertidas travesuras. Con frecuencia nos hacía quedarnos hasta bien entrada la madrugada. Extenuados por el excesivo trabajo, disfrutando de tan poco descanso que a veces deseábamos tirarnos al suelo y echarnos a llorar, hubo muchas noches en que sus desdichados esclavos tuvimos que pasar la noche entera bailando y riendo en casa de Epps.

A pesar de las penurias que pasábamos para satisfacer los caprichos de un amo desconsiderado, al día siguiente, nada más salir el sol, teníamos que estar en el campo para desempeñar nuestro trabajo cotidiano. La falta de sueño no nos servía de excusa para justificar que hubiéramos recogido menos cosecha, ni para escardar con menos celeridad. Los castigos eran tan severos como cuando íbamos al campo, fortalecidos y rejuvenecidos por una noche de reposo. De hecho, después de aquellas juergas, siempre se comportaba de forma más estricta y cruel, castigándonos por la más mínima causa y utilizando el látigo con mayor frecuencia y saña.

Durante diez años trabajé incansablemente para aquel hombre sin recibir la más mínima recompensa. Diez años de mi arduo trabajo sirvieron para que él acumulara más riqueza. Durante diez años estuve obligado a mirarle con la cabeza gacha y el sombrero en la mano, a hablarle y tratarle de la misma forma que un esclavo, por eso no creo deberle nada, salvo muchos e inmerecidos abusos y azotes.

Ahora que estoy fuera del alcance de su cruel látigo, y de nuevo en el estado libre donde nací, gracias a Dios puedo andar con la cabeza bien alta entre la gente y puedo hablar abiertamente de las injusticias que padecí y de aquellos que las infligieron. Sin embargo, al mencionarlo a él o a cualquier otro, no me mueve nada más que el deseo de decir la verdad sin reservas. Con todo, hablar sinceramente de Edwin Epps supone decir que es un hombre que carece por completo de bondad y justicia, una persona que destaca por un carácter grosero y tosco, unido a una mente analfabeta y un espíritu avaricioso. Se le conoce con el apodo del Domador de Negros, por su capacidad de someter la voluntad de los esclavos, algo de lo que se enorgullece como un jinete alardea de sus destrezas para domar un caballo salvaje. No considera a los hombres de color seres humanos responsables ante el Creador por las pequeñas cualidades que este les ha concedido, sino «objetos personales», una propiedad viviente que no se diferencia en absoluto, salvo por su valor, de una mula o un perro. Cuando le presentaron pruebas claras e indiscutibles de que yo era un hombre libre, con tanto derecho a mi libertad como él, y cuando le dijeron, el día que me fui, que yo tenía una esposa e hijos a los que amaba tanto como él a los suyos, se sintió indignado y maldijo la ley que lo obligaba a desprenderse de mí. Amenazó con encontrar al hombre que había escrito la carta que revelaba el lugar de mi cautiverio, así como utilizar toda su influencia y su dinero para arrebatarle la vida. No pensó en otra cosa salvo en su pérdida, y me maldijo por haber nacido libre. Edwin Epps era un hombre tan duro y cruel que podía permanecer impasible viendo cómo les arrancaban la lengua a sus pobres esclavos, cómo ardían a fuego lento, o cómo morían en las fauces de sus perros si eso le proporcionaba algún beneficio.

Solo había una persona más despiadada que él en Bayou Boeuf. La plantación de Jim Burns, como ya he mencionado, la cultivaban exclusivamente mujeres. Aquel hombre salvaje les propinaba tantos latigazos que eran incapaces de realizar el trabajo cotidiano que les exigía como esclavas. Alardeaba de su crueldad, y en todo el país se hablaba de que había un hombre aún más estricto que el mismo Epps. Jim Burns era tan inhumano que no tenía ni la más mínima compasión por las personas que estaban a su cargo y, como un loco, las azotaba hasta arrebatarles la fuerza que necesitaba para obtener sus ganancias.

Epps permaneció en Huff Power durante dos años, hasta que consiguió el suficiente dinero para adquirir la plantación situada en la orilla este de Bayou Boeuf, donde aún reside. Tomó posesión de ella en 1845, tras las vacaciones. Se llevó con él a nueve esclavos, los cuales, salvo Susan, que falleció, y yo, aún continúan a su servicio. No adquirió ningún otro esclavo, y durante ocho años las personas que voy a enumerar fueron mis compañeros en su plantación: Abram, Wiley, Phebe, Bob, Henry, Edward y Patsey. Todos, salvo Edward, que nació allí, los compró en lote durante el tiempo que fue supervisor de Archy B. Williams, cuya plantación está situada a orillas del Río Rojo, cerca de Alexandria.

Abram es tan alto que le sacaba una cabeza a cualquier hombre. Tiene sesenta años y nació en Tennessee. Hace veinte años, lo compró un comerciante que lo llevó a Carolina del Sur y lo vendió a James Buford, del condado de Williamsburgh, en el mismo estado. Durante su juventud era famoso por su fuerza, pero la edad y el constante trabajo han mermado su fuerte constitución y sus facultades mentales.

Wiley tiene cuarenta y ocho años. Nació en la plantación de William Tassle y durante muchos años estuvo a cargo del ferry de aquel señor que cruza el río Big Black, en Carolina del Sur.

Phebe era una esclava de Buford, vecino de Tassle, la cual, al estar casada con Wiley, lo compró por insistencia suya. Buford era un amo afable, sheriff del condado, y, en aquellos tiempos, un hombre rico.

Bob y Henry son hijos de Phebe y de un marido anterior, quien los abandonó y dejó que Wiley ocupase su lugar. Ese joven seductor manifestó sus sentimientos a Phebe, y la esposa infiel echó amablemente a su primer marido del dormitorio. Edward era hijo de ambos y nació en Bayou Huff Power.

Patsey tiene veintitrés años, y también pertenecía a la plantación de Buford. No tiene ni el más mínimo parentesco con los demás, pero se enorgullece de ser descendiente de un negro de Guinea que fue llevado a Cuba en un barco de esclavos y posteriormente transferido a Buford, que era el amo de su madre.

Esta es la descripción genealógica de los esclavos de mi amo, tal y como me la contaron ellos. Durante años habían estado juntos y, con frecuencia, mencionaban los recuerdos de otros tiempos, y suspiraban anhelando poder regresar a su antiguo hogar en Carolina. Las dificultades económicas que acuciaron al amo Buford repercutieron gravemente en ellos. Buford se endeudó e, incapaz de hacer frente a sus problemas económicos, se vio obligado a venderlos, junto con otros esclavos. Encadenados como prisioneros, fueron llevados desde el otro lado del Mississippi hasta la plantación de Archy B. Williams. Edwin Epps, que durante mucho tiempo había sido su capataz y supervisor, estaba a punto de establecerse por su cuenta cuando ellos llegaron, y los aceptó como pago por su salario.

El viejo Abram era un hombre bondadoso, una especie de patriarca entre nosotros, una persona a la que le gustaba entretener a su joven prole con profundos y serios discursos. Era un hombre muy versado en la filosofía que se enseña en las cabañas de los esclavos, aunque su mayor entretenimiento era hablar del general Jackson, con el cual su joven amo de Tennessee había estado en la guerra. Le encantaba echar a volar su imaginación y regresar al lugar donde había nacido, rememorar su juventud durante aquella época convulsa en que el país estuvo en guerra. Había sido una persona atlética, más inteligente y vivaz que la mayoría de los de su raza, pero su vista se había debilitado, al igual que su fuerza natural. De hecho, mientras hablaba sobre la mejor forma de preparar una arepa, o cuando se explayaba acerca de las hazañas de Jackson, se olvidaba a menudo de dónde había dejado el sombrero, la azada o la cesta; si Epps estaba ausente, nos reíamos de él, pero si estaba presente recibía un latigazo. Continuamente se quedaba perplejo y suspiraba al pensar que se estaba haciendo viejo y estaba perdiendo facultades. La filosofía, Jackson y la mala memoria hicieron mella en él, y resultaba obvio que aquella combinación estaba acelerando su vejez.

La tía Phebe había sido una excelente recolectora, pero posteriormente la trasladaron a la cocina, donde permanecía siempre, salvo en los momentos en que se necesitaba con urgencia su ayuda. Era una mujer astuta y, cuando el amo o el ama no estaban presentes, extremadamente charlatana.

Wiley, por el contrario, era muy callado. Realizaba sus tareas sin pronunciar palabra ni queja alguna, jamás se permitía el lujo de hablar, salvo para decir que ojalá pudiera librarse de Epps y regresar de nuevo a Carolina del Sur.

Bob y Henry han cumplido veinte y veintitrés años respectivamente, pero no han destacado por nada fuera de lo corriente, mientras que a Edward, que solo tiene trece, al no ser capaz aún de mantener el ritmo en el campo de maíz, lo trasladaron a la casa grande para que cuidase de los hijos de Epps.

Patsey era una mujer delgada y de buena figura. Siempre caminaba sumamente erguida. Se movía con una altanería que ni el trabajo, el cansancio o el castigo podían alterar. Era una mujer maravillosa y, si el cautiverio no hubiera envuelto su inteligencia en una perpetua y completa oscuridad, habría sido una líder de su raza. Podía saltar los muros más altos y corría tan rápido que nadie podía vencerla en una carrera. Tampoco había caballo capaz de derribarla de su montura, y conducía de maravilla las carretas. Era la mejor manejando la azada, y no había quien la ganase levantando vallas. Cuando se oía la señal de alto por la noche, ella ya había guardado las mulas en el establo, les había quitado los arneses, les había dado de comer y las había almohazado antes de que el tío Abram hubiera encontrado su sombrero. Sin embargo, por lo que más destacaba no era por nada de eso, sino por sus dedos, que se movían a tal velocidad que durante la recogida de algodón era la reina del campo.

Tenía un carácter agradable y jovial, y era leal y obediente. Por naturaleza era una mujer alegre y desenfadada que disfrutaba con la mera existencia. Sin embargo, Patsey lloraba con más frecuencia y sufría más que todos los demás, ya que, literalmente, había sido excoriada. Su espalda estaba marcada por miles de latigazos, y no porque fuera negligente con su trabajo, ni porque tuviese un espíritu rebelde, sino porque era la esclava de un amo licencioso y una ama celosa. Ella atraía la lujuriosa atención del primero y corría el peligro de perder la vida en manos de la segunda, y ambos la trataban de forma execrable. Muchos días, en la casa grande, se oían gritos y palabras malsonantes, mohines y distanciamiento, provocados por ella de forma inocente. No había nada que deleitase más al ama que verla sufrir, y, en más de una ocasión, cuando Epps se negaba a venderla, el ama intentó sobornarme para que la matase en secreto y enterrase su cuerpo en algún lugar alejado, a la orilla de los pantanos. Si hubiera podido, Patsey habría sosegado de buena gana aquel implacable espíritu, pero no como Joseph[5], y habría escapado del amo Epps, dejando su ropa en sus manos. Patsey recibía golpes de todos lados. Si se oponía a la voluntad del amo, este le propinaba un latigazo de inmediato para hacerla obedecer; si no estaba atenta cuando estaba en la cabaña, o cuando caminaba por el patio, un leño o una botella rota arrojada por el ama le golpeaban inesperadamente la cara. Al ser víctima de la lujuria y el odio, no tenía ni un momento de sosiego en su vida.

Esos eran mis compañeros y amigos de esclavitud, con los cuales solía ir al campo y con quienes compartí alojamiento diez años en las cabañas de Edwin Epps. Si siguen vivos, aún trabajarán a orillas de Bayou Boeuf sin poder respirar ni disfrutar, como yo ahora, de la preciada libertad, ni despojarse de los pesados grilletes que los encadenarán hasta que yazcan en la tierra para siempre.

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