Doce años de esclavitud
Capítulo XIV
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XIV
LA DESTRUCCIÓN DE LA COSECHA DE ALGODÓN EN 1845 – LA DEMANDA DE TRABAJADORES EN LA PARROQUIA DE SAINT MARY – ENVIADOS ALLÍ EN GRUPO – LA ORDEN DE MARCHA – GRAND COTEAU – ARRENDADO AL JUEZ TURNER EN BAYOU SALLE – NOMBRADO CAPATAZ EN SU AZUCARERA – CÓMO LOS ESCLAVOS COMPRABAN SUS UTENSILIOS CON LOS SERVICIOS PRESTADOS LOS DOMINGOS – LA FIESTA EN LA HACIENDA DE YARNEY EN CENTREVILLE – LA SUERTE – EL CAPITÁN DEL BARCO – SU NEGATIVA A OCULTARME – EL REGRESO A BAYOU BOEUF – VEO A TIBEATS – LAS PENAS DE PATSEY – DISCUSIONES Y DISCORDIA – CAZANDO MAPACHES Y ZARIGÜEYAS – LA ASTUCIA DE LAS ZARIGÜEYAS – LAS MALAS CONDICIONES DE LOS ESCLAVOS – DESCRIPCIÓN DE UNA TRAMPA PARA PECES – EL ASESINATO DEL HOMBRE DE NATCHEZ – EL DESAFÍO DE MARSHALL A EPPS – LA INFLUENCIA DE LA ESCLAVITUD – EL DESEO DE LIBERTAD
El primer año que Epps empezó a vivir a orillas del río, en 1845, las orugas destruyeron casi por completo la cosecha de algodón en toda la región. Al haber poco que hacer, los esclavos estaban ociosos casi todo el tiempo. Sin embargo, llegó el rumor a Bayou Boeuf de que en la parroquia de Saint Mary había una gran demanda de trabajadores y que los salarios eran muy altos. La parroquia está situada en la costa del golfo de México, a unas ciento cuarenta millas de Avoyelles. El río Teche, de un tamaño considerable, pasa por la parroquia de Saint Mary y desemboca en el golfo.
Los cultivadores, al enterarse de la noticia, decidieron organizar una marcha de esclavos para enviarlos a Tuckapaw, en Saint Mary, con el fin de arrendarlos a los propietarios de los campos de caña. Por esta razón, en septiembre, agruparon a ciento cuarenta y siete en Holmesville, entre los que estábamos Abram, Bob y yo. La mitad del grupo estaba constituido por mujeres. Epps, Alonson Pierce, Henry Toler y Addison Roberts fueron los hombres blancos elegidos para acompañarnos y dirigir el grupo. Tenían un carro tirado por dos caballos y dos monturas más para su propio uso. En una enorme carreta, tirada por cuatro caballos y conducida por John, un muchacho que pertenecía al señor Roberts, se transportaban las mantas y las provisiones.
Hacia las dos de la tarde, después de haber comido, se hicieron los preparativos y se inició la marcha. Me asignaron el trabajo de cuidar de las mantas y las provisiones, y comprobar que no se perdía nada por el camino. El carruaje emprendió el viaje, seguido de la carreta y, detrás de esta, los esclavos, mientras que los dos jinetes se apostaron en la parte de atrás; en ese orden la procesión salió de Holmesville.
Aquella noche llegamos a la plantación del señor McCrow, a una distancia de diez o quince millas, donde nos ordenaron que nos detuviéramos. Hicimos grandes hogueras, echamos las mantas en el suelo y nos acostamos sobre ellas. Los hombres blancos se alojaron en la casa grande. Una hora antes del amanecer nos despertaron los capataces, haciendo restallar los látigos y ordenándonos que nos levantáramos. Enrollamos las mantas, me las entregaron y, cuando las hube colocado en la carreta, nos pusimos en marcha de nuevo.
La noche siguiente llovió a mares. Todos estábamos empapados, con la ropa manchada de barro y agua. Nos cobijamos en un cobertizo abierto que anteriormente se había utilizado como desmotadora. Al no haber espacio para tendernos, nos apretujamos unos contra otros para pasar la noche, y continuamos la marcha, como de costumbre, por la mañana. Durante el viaje nos daban de comer dos veces al día; asábamos el beicon y preparábamos las tortitas de maíz en las hogueras de la misma forma que en las cabañas. Pasamos por Lafayetteville, Mountsville, New Town y llegamos a Centreville, donde arrendaron a Bob y al tío Abram. A medida que avanzábamos, el número de esclavos disminuía, ya que en cada plantación de azúcar se requerían los servicios de uno o más trabajadores.
Durante el trayecto pasamos por la llanura de Grand Coteau, una zona monótona y plana, sin un árbol, salvo alguno de vez en cuando que había sido trasplantado cerca de alguna casa ruinosa. En su momento fue una zona muy poblada y cultivada, pero por algún motivo había quedado abandonada. Los escasos habitantes que vivían en el pueblo se dedicaban a la ganadería, y al pasar vimos enormes rebaños pastando. En medio de la llanura de Grand Coteau uno se sentía como si estuviera en el océano, lejos de cualquier tierra. Hasta donde alcanzaba la vista, en todas direcciones, solo se veía una zona abandonada y desértica.
Me arrendaron al juez Turner, un hombre distinguido y propietario de una vasta extensión de tierras, cuya plantación se encontraba en Bayou Salle, a unas millas del golfo. Bayou Salle es un pequeño arroyo que desemboca en la bahía de Atchafalaya. Durante algunos días estuve trabajando reparando la refinería, pero luego me dieron un machete y me enviaron al campo para trabajar junto con otros treinta o cuarenta esclavos. Cortar caña no me resultó tan difícil como recoger algodón. Fue algo que aprendí de manera natural e intuitiva y, en poco tiempo, estuve a la altura de los mejores. Sin embargo, antes de terminar la época de la tala, el juez Turner me trasladó del campo a la refinería para que ocupara el puesto de capataz. Desde el momento en que comienza la fabricación del azúcar hasta el final, la molienda y el hervor no cesan ni de día ni de noche. Me dieron un látigo con instrucciones de utilizarlo contra cualquiera que holgazaneara en el trabajo. Si no cumplía la orden a rajatabla, había otro dispuesto para mi espalda. Además, tenía la obligación de relevar los diferentes turnos en el momento debido. No tenía intervalos de descanso regulares, por lo que solo podía dormir a ratos.
En Luisiana, e imagino que en otros estados esclavistas, se tiene la costumbre de permitir que los esclavos se queden con las ganancias que puedan obtener por los servicios prestados los domingos. Solo de esa forma pueden comprar algunos objetos o caprichos. Cuando un esclavo, sea comprado o secuestrado en el norte, es trasladado a una cabaña de Bayou Boeuf, no se le permite tener ningún cuchillo, tenedor, plato, tetera, ni ningún otro objeto de vajilla o mueble de ningún tipo. Se le entrega una manta antes de llegar y, envuelto en ella, se puede levantar, echarse en el suelo o sobre una tabla, si su amo no requiere sus servicios. Se le permite buscar una jícara para guardar la comida, o puede comerse el maíz directamente de la mazorca, como guste. Si le pide al amo un cuchillo, una sartén o cualquier otro utensilio, solo obtendrá como respuesta una sonora carcajada, como si hubiese contado un chiste. Por eso, cualquier objeto de esa índole que se encuentre en una cabaña se ha comprado con el dinero de los domingos. Por muy perjudicial que sea para la moral, es toda una bendición para las condiciones físicas de un esclavo que se le permita descansar el día del Señor, ya que de lo contrario no podría conseguir ninguno de los utensilios que le son tan necesarios, pues tiene la obligación de prepararse su propia comida.
En las plantaciones de caña, durante la cosecha del azúcar, no hay distinción en lo que se refiere a los días de la semana. Todo el mundo sabe que los trabajadores deben trabajar el día del Señor, y asimismo se sabe que aquellos que son especialmente arrendados, como era mi caso con el juez Turner, así como con otros amos en años posteriores, deben recibir una remuneración por ello. También es costumbre durante la época de más trabajo en la cosecha de algodón recurrir a esos servicios extra. Así, los esclavos tienen la oportunidad de ganar lo bastante para comprar un cuchillo, una tetera, tabaco y otras cosas. Las mujeres, al no precisar esto último, pueden gastar sus pequeñas ganancias en bonitos lazos para adornarse el pelo durante la época de las vacaciones.
Permanecí en Saint Mary hasta el primero de enero y, durante aquel tiempo, el dinero que había reunido trabajando los domingos ascendía a diez dólares. También obtuve otras ganancias, que debo a mi fiel compañero, el violín, y no solo porque con él obtuve algunos beneficios, sino también porque me servía para aliviar mis penas durante mis años de servidumbre. Se celebró una gran fiesta de blancos en la hacienda del señor Yarney, en Centreville, una enorme casa situada en las cercanías de la plantación de Turner. Me contrataron para que tocara, y los invitados quedaron tan satisfechos con mi interpretación que organizaron una colecta para retribuirme, de lo que obtuve unos beneficios de diecisiete dólares.
Al poseer esa suma, me sentía como un millonario respecto a mis compañeros. Me producía un enorme placer contemplar el dinero, contarlo una y otra vez, día tras día. Fantaseaba con comprar muebles para la cabaña, cubetas, navajas, zapatos nuevos, abrigos y sombreros, pero lo que más placer me daba era saber que era el negro más rico de Bayou Boeuf.
Hay algunos barcos que suben el río Teche hasta Centreville. Mientras estuve allí, me armé de valor para presentarme ante el capitán de un vapor y rogarle que me diera permiso para esconderme entre la carga. Me sentí lo bastante valiente como para afrontar los riesgos que suponía dar aquel paso porque escuché una conversación de la cual deduje que el capitán era originario del norte. No le conté los pormenores de mi historia, y me limité a expresarle mi ardiente deseo de escapar de la esclavitud y marcharme a un estado libre. Se apiadó de mí, pero me dijo que sería imposible eludir los estrictos agentes de aduanas de Nueva Orleans, y que si me encontraban le castigarían a él y le confiscarían el barco. Desde luego, mis fervientes súplicas despertaron su simpatía, y estoy seguro de que habría cedido si hubiera podido llevarlas a cabo con cierta garantía. Me vi obligado a aplacar los repentinos deseos de libertad que me invadían y sumergirme de nuevo en la profunda oscuridad de la desesperación.
Inmediatamente después de aquel acontecimiento nos reunieron a todos los esclavos en Centreville, donde los amos, tras haber recogido las ganancias por nuestros servicios, nos condujeron de nuevo a Bayou Boeuf. Durante el trayecto de vuelta, al pasar por una pequeña aldea, vi a Tibeats sentado en la puerta de un bar de mala muerte, con un aspecto desastroso y abandonado. No cabía duda de que la pasión y el mal whisky le habían sumido en aquel estado.
Según supe por la tía Phebe y la propia Patsey, durante nuestra ausencia, esta había sufrido muchas calamidades. La pobre chica inspiraba lástima. El viejo Hogjaw, apodo con el cual los esclavamos llamábamos a Epps cuando estábamos solos, la había golpeado con más severidad y frecuencia que nunca. Cada vez que venía de Holmesville, embriagado por el licor como solía suceder aquellos días, la azotaba por el mero hecho de contentar al ama; la golpeaba hasta casi matarla por un crimen del cual él era el único e indiscutible responsable. En los momentos en que estaba sobrio no siempre se dejaba convencer para satisfacer la insaciable sed de venganza de su esposa.
Librarse de Patsey, apartarla de su vista y su alcance, fuera matándola, vendiéndola o de cualquier otra forma, parecía ser la obsesión del ama. Patsey había sido una de las favoritas cuando era niña, incluso en la casa grande. La habían mimado y admirado por su destacada personalidad y su agradable disposición. Le habían dado de comer, al menos eso decía el tío Abram, incluso galletas y leche, cuando la señora, en sus días de juventud, solicitaba su presencia en la explanada y la acariciaba como si fuera un gatito juguetón. Sin embargo, por desgracia, el carácter de la mujer había cambiado, y ya solo le dominaban los sentimientos de odio y rencor, hasta tal punto que miraba a Patsey con una ira irreprimible.
La señora Epps no era una mujer malvada por naturaleza. Es cierto que estaba poseída por los celos, pero aparte de eso tenía muchas cualidades dignas de admiración. Su padre, el señor Roberts, vivía en Cheneyville, y era un hombre influyente y honorable, muy respetado en toda la parroquia. La señora Epps había sido educada en una institución a aquel lado del Mississippi; era hermosa, inteligente y de carácter alegre. Era amable con todos nosotros, salvo con Patsey, y con frecuencia, cuando su marido estaba ausente, nos enviaba alguna exquisitez de su mesa. En una situación muy distinta, en una sociedad muy diferente a la que existía en las orillas de Bayou Boeuf, se la habría considerado una mujer elegante y fascinante, pero la mala fortuna quiso que cayese en los brazos de Epps.
Él respetaba y amaba tanto a su esposa como puede amar un hombre de carácter tosco, pero su infinito egoísmo siempre imperaba por encima del afecto conyugal.
Amaba tanto como puede amar un animal, pero su corazón y su alma eran tan mezquinos como los de un chacal.
Estaba dispuesto a concederle cualquier capricho, a complacer cualquiera de sus deseos, siempre y cuando no costaran demasiado dinero. Para él, Patsey valía como dos esclavos en el campo de algodón, de ahí que no estuviera dispuesto a reemplazarla teniendo en cuenta el dinero que le hacía ganar. La idea de desprenderse de ella no le seducía en absoluto. Sin embargo, el ama no era del mismo parecer. Nada más verla, su orgullo se enardecía, la sangre le hervía, y lo único que deseaba era borrar del mapa a aquella inofensiva esclava.
A veces su cólera se volvía contra él por haberle provocado aquel odio, pero después de la tormenta de palabras amargas volvía a reinar la calma. En tales ocasiones, Patsey temblaba de miedo, ya que sabía por dolorosa experiencia que si el ama se había calmado tras aquel estallido de violencia era porque Epps la había apaciguado prometiéndole que la castigaría, una promesa que estaba segura que cumpliría. Por eso, en la mansión de mi amo, el orgullo, los celos y la venganza estaban en constante contienda con la avaricia y la pasión desenfrenada, haciendo que las discusiones y la discordia estuvieran a la orden del día. Así, la fuerza de aquella tempestad doméstica recaía sobre la cabeza de Patsey, una mujer sencilla en cuyo corazón Dios había plantado la semilla de la virtud.
Durante el verano siguiente a mi regreso de la parroquia de Saint Mary, ideé un plan para conseguir algo de comida, un plan que, pese a resultar muy simple, superó todas las expectativas. Lo copiaron muchos otros de mi condición, tanto arriba como abajo del arroyo, obteniendo tantos beneficios que casi me consideré un benefactor. Aquel verano el beicon estaba plagado de gusanos, y solo el hambre desaforada lograba que lo comiéramos. La asignación semanal de alimentos apenas bastaba para satisfacernos. Los esclavos, así como otros muchos individuos de aquella región, cuando nos quedábamos sin alimentos antes del sábado por la noche, o en el caso de que se pudrieran y resultaran nauseabundos y repugnantes, teníamos la costumbre de ir a los pantanos a cazar mapaches y zarigüeyas. Era algo que debíamos hacer de noche, cuando habíamos acabado de trabajar. Había amos cuyos esclavos, a veces durante meses, no comían otra carne que la que obtenían de aquella manera. Los amos no tenían objeción alguna a que fuéramos de caza, siempre y cuando dejáramos airear las presas encima de la sala de ahumado, ya que cada mapache que matáramos era uno menos que dañaba el maíz. Se suelen cazar con perros y porras, ya que a los esclavos no se les permite emplear armas de fuego.
La carne de los mapaches es aceptable, pero en realidad no hay carne más deliciosa que la de una zarigüeya asada. Son animales con un cuerpo rechoncho y alargado, de color blanquecino, con el hocico parecido al de un cerdo y las extremidades de una rata. Hacen sus madrigueras entre las raíces y los agujeros de los eucaliptos, y son bastante torpes y lentas. Son engañosas y astutas, y, cuando se les da con un palo, se enrollan en la tierra y se hacen las muertas. Si el cazador las deja y sale en busca de otra sin tomarse la molestia de romperles el cuello, lo más probable es que se haya marchado cuando regrese. El animalito ha engañado a su enemigo, se «ha hecho el muerto» y desaparece. Sin embargo, tras haber pasado un largo y duro día trabajando, el agotado esclavo no se siente con fuerzas de ir a los pantanos a buscar su cena, y la mayoría de las veces regresa a la cabaña y se acuesta sin comer. El amo debe velar por que sus sirvientes no padezcan hambre, y también que no engorden demasiado. Según los amos, un esclavo es más útil cuando está delgado y ágil, como si fuese un caballo de carreras, por eso la mayoría de los esclavos de las plantaciones de azúcar y algodón que hay a lo largo del Río Rojo suelen tener esa complexión.
Mi cabaña estaba a cierta distancia de la orilla del río y, como la necesidad es la madre de la invención, decidí buscar el modo de obtener alimento sin necesidad de salir al bosque por la noche: construyendo una trampa para peces. Una vez concebida la forma de hacerla, el siguiente domingo me decidí a ponerla en práctica. Me resulta imposible describir al lector la manera correcta de hacerlo, pero creo que la siguiente descripción general bastará.
Se hace un marco entre dos o tres pies cuadrados, y otro de mayor o menor altura, dependiendo de la profundidad del agua. Se clavan tablas o listones en tres lados del marco, no muy juntos los unos de los otros para dejar que el agua circule entre ellos. Se hace una puerta en el cuarto lado, de tal manera que suba y baje con facilidad a través de las ranuras que se han hecho en los dos postes. Luego se le acopla un fondo movible de modo que pueda levantarse hasta la parte superior del marco sin dificultad. En el centro de la parte inferior se hace un agujero con una barrena, y se introduce un asa o un palo redondo que quede lo bastante suelto para que pueda girarse. El asa sube desde el centro del fondo movible hasta la parte superior del marco, o incluso más, si es posible. En las partes superior e inferior, así como en otros muchos sitios del asa, se hacen algunos agujeros con la barrena y, a través de ellos, se insertan pequeños palos que lleguen hasta los lados opuestos del marco. Hay tantos palos pequeños saliendo del asa en todas las direcciones que un pez de un tamaño considerable no puede salir sin golpearse con alguno de ellos. Luego se mete el marco en el agua y se deja allí.
La trampa se prepara corriendo o levantando la puerta, y se mantiene en esa posición mediante otro palo cuyo extremo descansa en una muesca que se hace en la parte interna, y otro en otra muesca hecha en el asa, izándose desde el centro del fondo movible. Se pone de cebo un puñado de pienso húmedo y algodón hasta que se endurece, y se deposita en la parte trasera del marco. Cualquier pez que pase por la puerta levantada en busca del cebo acabará golpeando uno de los pequeños palos y haciendo girar el asa, lo cual sacará de su sitio el palo que sostiene la puerta, la hará caer y retendrá al pez dentro de la trampa. Cogiendo la parte superior del asa, el fondo movible sube a la superficie del agua y se saca el pez. Puede que se hayan inventado otras trampas antes que la mía, pero yo no las había visto. En Bayou Boeuf abundan los peces de gran tamaño y excelente calidad, y, una vez construida la trampa, en raras ocasiones me faltaban, ni a mí ni a mis compañeros. Así se desarrolló un nuevo descubrimiento, desconocido hasta entonces por los niños esclavos de África que trabajan sin descanso y buscan alimento en las orillas de aquel lento pero prolífico río.
Durante la época que estoy describiendo, se produjo un incidente en nuestro vecindario más cercano que me causó una profunda impresión y que demuestra el tipo de sociedad que existe allí y la forma que tiene de resolver las disputas. Justo enfrente de nuestras dependencias, en la otra orilla del río, se encontraba la plantación del señor Marshall, un caballero que pertenecía a una de las familias más ricas y aristocráticas del país. Otro señor de la cercana Natchez había estado negociando con él para comprarle las propiedades. Un día se presentó un mensajero en nuestra plantación que corría a toda prisa, diciendo que se había entablado una encarnizada y sangrienta pelea en la casa del señor Marshall, que se había derramado sangre y que, a menos que separaran a los combatientes, el resultado sería desastroso.
Al llegar a la casa del señor Marshall, vimos una escena que merece ser descrita. Tendido en el suelo de una de las habitaciones yacía el espantoso cadáver del hombre de Natchez, mientras que Marshall, enfurecido y cubierto de heridas y sangre, iba de un lado para otro pronunciando amenazas y maldiciones. Al parecer, había surgido un problema en sus negociaciones, empezaron a insultarse y acabaron sacando las armas, entablando una pelea a muerte que terminó de manera muy desafortunada. El señor Marshall jamás fue encarcelado. Se celebró una especie de juicio o investigación en Marksville, quedó absuelto y regresó a su plantación, siendo aún más respetado que antes, al menos eso creo, ya que tenía las manos manchadas de sangre.
Epps, persiguiendo su propio interés, lo acompañó hasta Marksville y justificó sus actos con ahínco, pero sus favores no impidieron que posteriormente un pariente del señor Marshall quisiera arrebatarle también la vida. Tuvieron una discusión en la mesa de juego, que desembocó en una pelea a muerte. Montado en su caballo y armado con una pistola y un cuchillo de monte, Marshall se plantó delante de la casa y le desafió a salir y resolver la disputa, advirtiéndole que si no lo hacía lo consideraría un cobarde y lo mataría como a un perro a la más mínima oportunidad. En mi opinión, Epps no se negó por cobardía, ni por escrúpulos de conciencia, sino porque su esposa intervino y le pidió que no aceptase el reto de su enemigo. Posteriormente se reconciliaron y, desde entonces, han mantenido una estrecha amistad.
Tales acontecimientos, que en los estados del norte recibirían castigos justos y merecidos, son frecuentes en esas regiones pantanosas, pero pasan desapercibidos y casi sin comentarios. Todos los hombres llevan un cuchillo de monte y, cuando se origina una disputa, lo sacan y se pelean a navajazos o se los clavan comportándose como salvajes y no como seres inteligentes y civilizados.
La existencia de la esclavitud en su forma más cruel provoca un embrutecimiento de los sentimientos más humanos y delicados de su naturaleza. Presenciar a diario el sufrimiento humano, oír los alaridos agónicos de los esclavos, ver cómo reciben latigazos sin piedad o los muerden y los desgarran los perros, observar cómo mueren sin recibir la más mínima atención, o cómo los entierran sin mortaja ni ataúd, hace que se degrade aún más su poco aprecio y respeto por la vida humana. Es cierto que hay hombres buenos y de gran corazón en la parroquia de Avoyelles, como, por ejemplo, William Ford, personas que se compadecen del sufrimiento de los esclavos, al igual que en todos los sitios del mundo hay personas sensibles y comprensivas que no pueden mirar con indiferencia el sufrimiento de ninguna criatura creada por Dios. Ser cruel no es culpa del esclavista, sino del sistema en el que vive. No puede evitar la influencia de las costumbres y los hábitos que lo rodean. Al aprender desde niño que el látigo está hecho para la espalda del esclavo, resulta muy difícil que cambie de opinión al hacerse mayor.
Desde luego, hay amos humanos, al igual que hay amos inhumanos, al igual que hay esclavos bien vestidos, bien alimentados y felices, y esclavos desgraciados, medio desnudos y desnutridos, pero creo que una institución que tolera los castigos y la inhumanidad que yo he presenciado es cruel, injusta y miserable. Los hombres pueden escribir libros retratando la vida humilde tal como es, o como no es, se pueden explayar con la solemnidad propia de los que todo lo saben sobre el goce de la ignorancia y hablar displicentemente desde sus sillones de los placeres de la esclavitud, pero si trabajaran en el campo, si durmieran en una cabaña, si comieran farfollas y fueran azotados, cazados y maniatados, contarían otra historia muy diferente. Si supieran lo que siente el pobre esclavo, si conocieran sus pensamientos más secretos, que no se atreve a manifestar en presencia del hombre blanco; si se sentaran al lado de ellos durante la silenciosa noche y hablaran sinceramente de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, se darían cuenta de que el noventa y nueve por ciento de ellos son lo bastante inteligentes como para darse cuenta de su situación, y abrigar el amor a la libertad con tanta pasión como ellos.