Detectives victorianas
Hugh C. Weir (1884−1934) » El hombre que tenía nueve vidas (1914)
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El hombre que tenía nueve vidas (1914)
El hombre que tenía nueve vidas
(1914)
Al buscar el punto en que dio comienzo mi curiosa camaradería con Madelyn Mack, se me vienen a la cabeza, casi con consternación, las extrañas historias canallescas a las que nos hemos enfrentado juntas.
Quizá los acontecimientos que se agolpan en mi memoria se sucedieron con demasiada rapidez como para que la reflexión pudiese digerirlos en el momento en que ocurrían. Quizá solo una sobria retrospectiva pueda proporcionar un punto de vista que permita apreciarlos como es debido.
¡Madelyn Mack! ¿Qué lector de periódicos no conoce ese nombre? Quién, aun entre los más descuidados seguidores de los acontecimientos públicos, no recuerda a la joven que encontró a la heredera desaparecida, Virginia Denton, después de tres meses; la que consiguió la condena de «Archie» Irwin, jefe de la «sociedad incendiaria»; la que localizó al fugitivo Wolcott tras perseguirlo desde Chicago a Jartum; la que resolvió el enigma del doble asesinato de los Peterson; la que…
Pero ¿para qué seguir enumerando las hazañas de la señorita Mack? Son casi de dominio público, al menos aquellas que, por una u otra causa, se han abierto paso hasta las columnas de los periódicos. Sin duda, los admiradores de la señorita Mack que han formado su opinión basándose en las crónicas de prensa de sus proezas quedarán boquiabiertos al saber que ni siquiera uno de cada diez casos de los que se ha ocupado ha salido nunca de sus archivos. Y muchos de ellos —los más sensacionales, desde el punto de vista de un periódico— ¡nunca lo harán!
No obstante, siempre ha sido ella misma como mujer quien me ha parecido el mayor misterio, mayor que cualquiera de los problemas a cuyo desenlace ha aplicado el maravilloso genio que la caracteriza. A pesar de la avalancha de tinta que ha hecho correr, me pregunto si habrá más de una docena de personas que hayan tenido la oportunidad de conocer a la verdadera Madelyn Mack.
Por supuesto, no me refiero a su carrera profesional. Los hitos destacables que marcan esa parcela de su vida son más o menos conocidos para el público, supongo: la universitaria que se enfrenta de repente con la necesidad de ganarse la vida; el reportaje sobre la epidemia de misteriosos casos de hurto que publicaba el periódico en el que ella buscaba anuncios de empleo; su solicitud de una plaza de detective en unos grandes almacenes de Nueva York, víctimas de los hurtos, y la rotunda negativa que obtuvo por respuesta; su repentina decisión de ocuparse del caso por cuenta propia, y su notable éxito, que tuvo como consecuencia el arresto de la famosa madame Bousard y que le aseguró a la señorita Mack su primer contrato como ayudante de detective en los famosos almacenes Niegel. A veces pienso que aquel primer caso, y la conciencia que le otorgó de su peculiar talento, es el favorito de Madelyn; que el lugar que ocupa en su memoria no lo comparte siquiera la recuperación del collar de perlas de cincuenta mil dólares de la señora Niegel, robado unos cuantos meses después de contratar a la detective universitaria en los almacenes, y cuya recompensa, por cierto, le permitió a la ambiciosa Madelyn abrir su propia oficina.
Después llegó el caso del rapto de Bergner, que le proporcionó a Madelyn su primera salva publicitaria; este caso dio comienzo al flujo continuo de trabajo que acabó haciendo posible, tres años después, el despacho de la Quinta Avenida, en el edificio Maddox, donde me reuniría con ella la tarde memorable —para mí— en la que un sabio editor de dominicales me envió a hacerle una entrevista a la mujer que había conseguido un éxito tan ilustre en una profesión masculina.
Vuelvo a ver a Madelyn como la vi entonces: fue el primer plano que tuve de ella. Acababa de volver de Omaha aquella mañana y tenía planeado marcharse a Boston en el expreso de medianoche. En un rincón, sobre una silla, había una maleta y un grueso portafolios. Una joven taquígrafa copiaba unas cuantas cartas a una velocidad de dictado increíble. La señorita Mack terminó el último párrafo y se levantó del escritorio para saludarme.
Me había imaginado vagamente a una mujer de aspecto masculino, voz seca y rasgos angulosos, quizá ataviada con un vestido sobrio hecho a medida. Vi a una mujer joven, de unos veinticinco años, con mejillas blancas y sonrosadas, coronada por una mata de suaves ondas de pelo rubio ceniza, y con un par de ojos grises y vivaces que de inmediato te hacían olvidar cualquier otro detalle de su aspecto. Aquellos ojos sugerían una cualidad que durante mucho tiempo no pude definir. Con el tiempo supe que era el espíritu del optimismo, de su alegría interior, tanto en su vida como en su trabajo, la euforia de hacer cosas. Y había algo contagioso en ello. De modo casi inconsciente acababas creyendo en ella y en su sinceridad.
Mi evaluación tampoco detectó nada ajeno a su sexo. Iba vestida con una sencilla blusa blanca con bordados y una falda blanca de paño fino. Una de las escasas rarezas de Madelyn es que siempre se viste o toda de blanco o toda de negro. Sobre el escritorio había una jarra con crisantemos blancos.
—¿Que cómo lo consigo? —repitió, respondiendo a mi pregunta, con un tono que casi era una risa—. Bueno… ¡Trabajando duro, supongo! ¡No hay nada extraordinario en ello! Puedes hacer casi cualquier cosa si te convences a ti misma de que eres capaz. No hay nada insólito o anormal en mí. Soluciono mis casos del mismo modo en que solucionaría un problema matemático, solo que en lugar de cifras yo me ocupo de las motivaciones humanas. A un detective siempre se le dan unos hechos conocidos, y yo no dejo de añadirlos o sustraerlos hasta que sé que la respuesta tiene que ser correcta por fuerza.
»Solo hay dos reglas para que un detective tenga éxito: trabajo duro y sentido común; no sentido poco común, como el que relacionamos con nuestro viejo amigo Sherlock Holmes, sino sentido común, profesional. Y, por supuesto, imaginación. Quizá esa sea una de las razones por las que he tenido éxito, como dice usted. Creo que una mujer siempre tiene una imaginación más aguda que un hombre.
—¿Prefiere trabajar con personal femenino? —pregunté.
Levantó la vista y en su mirada se reflejó un destello del abrecartas de jade que tenía en la mano.
—¿Le cuento un secreto? Todo mi personal, a excepción de mi taquígrafa, son hombres. Pero realizo la mayor parte de mi trabajo en persona. El factor imaginación no es fácil de usar de segunda, tercera o cuarta mano. Y además así, si fracaso, solo puedo echarle la culpa a Madelyn Mack. Algún día… —El brillo de sus ojos azul grisáceo se hizo más profundo—. Algún día espero llegar a un punto en el que pueda realizar solo trabajo de asesoramiento o investigación personal. Me temo que los detalles que implica la gestión del personal de una oficina son demasiado rutinarios para mí.
El teléfono tintineó. Pronunció unas cuantas frases en tono decidido por el auricular, y se volvió. La entrevista había terminado.
La siguiente vez que la vi, tres meses después, nos encontramos sobre el cuerpo de Morris Anthony, el bibliófilo asesinado. Madelyn tuvo la generosidad de decir que había sido un casual descubrimiento mío el que le sugirió la solución del asunto, lo cual nos reunió en el melodramático desenlace, en la lúgubre mansión de Washington Square, donde supongo que mi histérica advertencia la salvó de los colmillos de la cobra que había escondido el doctor Lester Randolph. En cualquier caso, nuestro mero estatus de conocidas cristalizó gradualmente en una camaradería que revolucionó dos aspectos de mi vida.
No solo me trajo el estímulo de la personalidad de Madelyn Mack, sino que me dio acceso exclusivo a un fondo de material periodístico que me llevó de los mal pagados reportajes dominicales a una columna fija en el periódico local, con unos ingresos que duplicaban los que tenía hasta entonces. Siempre he afirmado que en nuestra relación fue Madelyn quien lo dio todo y yo no aporté nada. A pesar de que ella siempre lo desmentía inmediatamente, y por lo general terminaba llevándome a Rosary, su chalé junto al río Hudson, para curarme de lo que ella denominaba mi ataque de congoja, nunca llegó a convencerme de que mi protesta careciese de fundamento.
Rosary era el lugar donde la señorita Mack encontraba refugio del estrés profesional. Había copiado el diseño de un chalé suizo envuelto en hiedra que le había llamado la atención durante unas vacaciones de verano en los Alpes, y lo había construido en un acantilado abrupto del río, a una distancia de la ciudad que le permitía conducir hasta allí con bastante comodidad, a pesar de que, en los primeros años de nuestra amistad, cuando ella estaba atada a la losa de la oficina, a menudo trascurrían semanas sin que pudiese sacar ni un día para pasarlo allí. Al final, fue la gratitud de Chalmers Walker por su impecable trabajo al romper el cerco en apariencia indestructible de pruebas circunstanciales que asediaba a su esposa corista en el asesinato de Dempster, el empresario teatral, lo que le permitió a Madelyn hacer realidad el sueño, largamente acariciado, de establecerse como asesora experta. A pesar de que seguía manteniendo una oficina en la ciudad, esta quedaba reducida a una habitación y a un pequeño vestíbulo, y solo hacía acto de presencia dos días a la semana. El resto del tiempo, si no estaba trabajando directamente en un caso, apenas aparecía por la ciudad. Sus flores y su música —sus dos pasiones— parecían bastar para satisfacerla.
Yo la acusaba de estar haciéndose mayor, a lo cual respondía encogiéndose de hombros. La acusaba de cinismo, y me devolvía una sonrisa inescrutable. Pero su forma de vivir no había cambiado. En cierto modo la envidiaba. Era casi como mirar el mundo desde arriba para contemplar con deferencia su loca estampida en busca del final del arcoíris. Los días que conseguía escaparme a Rosary, sobre todo en verano, cuando el jardín de Madelyn parecía ni más ni menos que un lienzo de Turner, me llenaban casi de aversión por el trabajo de Park Row. Pero una periodista corriente no puede permitirse los sueños de un genio favorecido por la fortuna. Quizá por eso las invitaciones de Madelyn llegaban con una frecuencia y una sutilidad capaz de vencer cualquier resistencia. De algún modo, siempre me pillaban cuando estaba justo en el estado de ánimo más receptivo.
Era jueves, un atardecer de junio, el colmo de cinco estresantes días para mí bajo el sol de Broadway, que levantaba ampollas, cuando sentada en la oficina del Bugle llegó a mis oídos el sonido del automóvil de Madelyn, que insistió en que ocupase los asientos traseros sin una maleta siquiera.
—Llegaremos a Rosary a tiempo para cenar pollo frito —me prometió—. Tú lo que necesitas es un descanso de cuatro o cinco días en un lugar en el que no puedas oler el asfalto.
—¡Mi hada madrina! —suspiré, repanchigándome en los asientos acolchados.
Ninguna de nosotras sabía que la huella carmesí del crimen ya venía reptando hacia nosotras, que al cabo de doce horas el remolino de la tragedia nos arrancaría del descanso y la tranquilidad del fin de semana.
Desayunamos tarde y pausadamente. Cuando por fin terminamos, Madelyn insistió en sacar el fonógrafo a la rosaleda, y nos pusimos a escuchar la insuperable versión de Sturveysant del Aria de las joyas, una de las tres grabaciones por las cuales la señorita Mack había enviado al arpista un cheque de doscientos dólares el día anterior. Yo había aprovechado la ocasión para echarle un sermón sobre el despilfarro. ¡Seguro que aquel vago había hecho los discos en menos de dos horas!
Cuando las melancólicas notas efectuaron una temblorosa pausa, Susan, el ama de llaves de Madelyn, cruzó el jardín y dejó un pequeño taco de cartas junto con los periódicos de la mañana sobre una mesa rústica, cerca de nuestro banco. Madelyn se inclinó hacia la correspondencia encogiéndose de hombros.
—¡De lo divino a lo prosaico!
Susan resopló con la libertad que le otorgaban siete años de servicio.
—¡La semana pasada oí yo en Hammerstein’s a uno de esos italianos con violín que tocaría esta música con los ojos cerrados!
Madelyn la miró con tristeza.
—¡A su edad! ¡En Hammerstein’s!
Susan se echó hacia atrás sus ñoños tirabuzones, contempló el fonógrafo con desdén a modo de represalia y efectuó una digna retirada. En el umbral se dio la vuelta.
—Ah, señorita Madelyn, estoy cocinando una de sus anticuadas tartas de fresa para el almuerzo.
—¿De veras? —Madelyn levantó un par de ojos brillantes—. Susan, ¡es usted un sol!
Una sonrisa satisfecha invadió el rostro de Susan, llegando hasta la punta de sus definidos rizos. La mirada de Madelyn se detuvo en mí.
—¿Por qué chasqueas la lengua, Nora?
—Desde un punto de vista psicológico, las dos me habéis dado dos conclusiones interesantes —reí—. Una simple frase compensa a Susan por una semana de aspereza.
Madelyn extendió una mano hacia el correo.
—¿Y cuál es el otro rasgo que resulta interesante para tu mente aficionada a la disección?
—¡Imagínate a una detective de fama mundial colmada de entusiasmo ante la mera mención de una tarta de fresa!
—¿Por qué no? ¡Incluso los detectives tienen que ser humanos de vez en cuando! —Sus ojos centellearon—. ¡Otro momento para mis memorias, señorita Noraker!
Mientras ella posaba la mirada en la carta a medio abrir que tenía en la mano, mis ojos recorrieron el jardín hasta llegar al final del chalé; solté un suspiro de pura satisfacción. Broadway y Park Row parecían muy muy lejanos. Me bastó mirarla de pasada para ver que en la frente de la señorita Mack se había trazado una línea tan clara como si la hubiesen dibujado a lápiz.
La relajada indiferencia había desaparecido de su actitud como un velo ante una ráfaga de viento. Su mirada se encontró repentinamente con la mía. El destello que había observado antes en sus ojos había desaparecido. En silencio, empujó hacia mí un folio cuadrado lleno de trazos apretados.
Estimada señora:
Cuando lea esto, es bastante posible que esta sea la carta de un hombre muerto.
Me ha dicho alguien que goza de la autoridad de un amigo, Cosmo Hamilton, que es usted una mujer extraordinaria. Debo confesar desde el principio que albergo poca fe en las facultades de análisis de la mente femenina, pero, pese a ello, estoy dispuesto a aceptar el juicio de Hamilton.
Por supuesto, no puedo discutir los detalles de mi problema por correspondencia.
Para convencerla de lo crucial que resulta su rápida reacción, quizá pueda decirle que durante los últimos cinco meses se ha atentado ni más ni menos que ocho veces contra mi vida, y estoy convencido de que el noveno intento, si se lleva a cabo, tendrá éxito. Lo curioso de la cuestión reside en que soy incapaz de adivinar cuál es la razón de tan persistente vendetta. Por lo que sé, no hay persona en el mundo que desee mi muerte. Y, sin embargo, me han disparado desde una emboscada en cuatro ocasiones, me ha asaltado un matón, un coche a toda velocidad me ha pasado rozando dos veces, y esta tarde he encontrado una astuta dosis de cianuro de potasio en mi tarta de cereza favorita.
¡Y todo esto a la sombra de una granja de mofetas de Nueva Jersey! Me parece que ya es hora de que recurra al consejo de un experto. Si el progreso de la vendetta misteriosa, por un casual, me impide recibirla personalmente, estoy seguro de que la señorita Muriel Jansen, mi sobrina, intentará hacer las veces de sustituta.
Mis más atentos saludos,
WENDELL MARSH
Three Forks Junction,
Nueva Jersey,
junio de 1916
Al final de la página habían garabateado con lápiz una única línea, con la misma letra apretada: «¡Dese prisa, por Dios!».
Madelyn se mantuvo enroscada en el banco, con la mirada clavada en un arbusto de rosas color carmesí profundo.
—¿Wendell Marsh? —Levantó hacia mí una mirada pensativa—. ¿No he visto por algún sitio ese nombre últimamente? —Madelyn me elogia diciendo que mi cerebro es un fichero de historia periodística.
—Sí, si has leído los suplementos dominicales —repliqué con sequedad, pensando en el vívido recuerdo que tenía de Wendell Marsh tal como lo vi por última vez, seis meses atrás, cuando atravesó la pasarela de su buque, recién llegado de Inglaterra, con el rostro bronceado por los vientos del Atlántico.
Era de esos rostros que atraen la mirada una segunda vez: casi chupado, terco, con algo más que una pizca de cinismo. (Sobre todo cuando sus ojos se encontraron con el grupo de periodistas que lo esperaba). Alguien lo había comparado una vez con los retratos de Oliver Cromwell.
—Wendell Marsh es uno de los personajes que más alimentan la prensa y siempre rehúye las entrevistas —expliqué—. Odia a los periodistas como un granjero del norte odiaría un automóvil, y sin embargo siempre lleva a un rebaño de ellos a la zaga. La última hazaña por la que estuvo en el candelero fue la compra de las reliquias de Bainford en Londres. Justo antes había publicado una historia en tres tomos de Los grandes cínicos de la humanidad. Él mismo pagó la publicación.
Entre nosotras se hizo un prolongado silencio. Yo intentaba en vano asociar la misiva medio histérica de Wendell Marsh con la imagen mental que tenía del severo millonario…
«¡Dese prisa, por Dios!».
¿Qué miedo atroz había reducido al ultrarreservado señor Marsh a una súplica de ese tipo? Al echar ahora la vista atrás, sé que ni mis fantasías más extravagantes podrían haberse imaginado la horrible verdad.
Madelyn se enderezó de inmediato.
—Susan, ¿será tan amable de decirle a Andrew que traiga el coche ahora mismo? Si encuentras el mapa de carreteras de Nueva Jersey, Nora, localizaremos Three Forks Junction.
—¿Vas a ir? —pregunté mecánicamente.
Se deslizó del banco.
—¡Empiezo a temerme —dijo como el que no quiere la cosa— que tendremos que aplazar la tarta de fresa!
El ojo bueno de Daniel Peddicord, criador de caballos por afición, y sheriff del condado de Merino por votación, miró hacia abajo, por encima de su colorada mejilla izquierda. El señor Peddicord se tomaba en serio tanto a sí mismo como las obligaciones para con los contribuyentes del condado de Merino.
Tras bajar el ojo bueno con la suspicacia oficial correspondiente, mientras que el de cristal miraba hacia delante con ingenuidad, como si no se diese cuenta del procedimiento, el señor Peddicord señaló con un pulgar rojo y gordo en dirección a la escalera de caracol que había en la parte trasera del vestíbulo de la residencia Marsh.
—Supongo que el señor Marsh sigue ahí arriba, señorita Mack. Les dije que no tocaran el cuerpo hasta…
Nuestras miradas pusieron un brusco final a la frase. El ojo bueno del señor Peddicord se agitó con violencia.
—¿No me irán a decir que no… saben nada?
De repente, el silencio que reinaba en la gran mansión pareció opresivo. Solo ahora me daba cuenta de lo extraño que era que nos hubiese recibido un policía azorado en lugar de un miembro de la familia. De repente noté la falta de concordancia entre la desgarbada figura del señor Peddicord y el entorno oscuro y lujoso.
Madelyn se aferró al brazo del jefe de policía hasta darle la vuelta y encontrar el ojo bueno.
—¡Dígame qué ha ocurrido!
El señor Peddicord se pasó un enorme pañuelo rojo por la frente.
—Han encontrado a Wendell Marsh sin vida a las ocho de la mañana. Llevaba horas muerto.
¡Tictac! ¡Tictac! Un reloj alto y reseco atravesó rítmicamente mi consternación. Lo observé aturdida. Madelyn había entrelazado las manos a la espalda; las venas se le hinchaban formando afiladas protuberancias azules. El señor Peddicord aún sostenía el pañuelo rojo.
—¡Qué raro que no se hayan enterado! Yo pensé que por eso habían venido hasta aquí. Parece… ¡parece un asesinato!
En los ojos de Madelyn había aparecido un destello grisáceo, como de acero frío.
—¿Dónde está el cadáver?
—Arriba, en la biblioteca. El señor Marsh había estado trabajando…
—¿Será tan amable de enseñarme la habitación?
No creo que en aquel momento advirtiésemos su tono brusco, al menos no lo acusamos. Madelyn se había hecho cargo de la situación de modo bastante automático.
—¿Podría también hacer llegar mi tarjeta a la familia del difunto?
El señor Peddicord se metió el pañuelo en un bolsillo trasero del pantalón. Una esquina roja sobresalía con jovial abandono por debajo de la chaqueta azul.
—Pero si no tiene familia, al menos aparte de Muriel Jansen. —Alzó la cabeza con precaución por las escaleras—. Es su sobrina, y supongo que todo lo que hay ahora aquí es suyo. La doncella dice que está destrozada. Solo ha salido una vez de la habitación desde… desde que ocurrió. Y fue para decirme que no tocásemos nada. —El señor Peddicord alzó el rostro, mostrando un ceño suspicaz—. ¡Como si un oficial con experiencia no lo supiese!
Madelyn miró por encima del hombro hacia el fondo del vestíbulo; allí había un hombre con rasgos afilados como cuchillas y vestido con librea rojiza que nos miraba con ojos inexpresivos.
El señor Peddicord se encogió de hombros.
—Ese es Peters, el mayordomo. Él fue quien encontró al señor Marsh.
Sentí que sus ojos inexpresivos nos seguían hasta que una curva de las escaleras le dejó sin visibilidad.
Una habitación resplandeciente de rojo, de un rojo opresivo. Paredes con frescos escarlata, colgaduras rojo oscuro, mobiliario tapizado color cereza, alfombras color rojo turco, filas y filas de libros encuadernados en rojo. Por encima, un techo de cristal enorme y plano, abierto al cielo de esquina a esquina, a través del cual el sol salpicaba los ricos colores, dándoles la extraña apariencia de un estanque carmesí casi en el centro exacto de la sala. Así era la biblioteca de Wendell Marsh: de un diseño tan excéntrico como su dueño.
Lo que nosotros encontramos fueron las ruinas de una sala. El suelo estaba cubierto de jarrones hechos trizas, habían rajado con salvajismo las cubiertas de los libros, las cortinas colgaban hechas jirones, un pesado sillón de cuero con balancín se hallaba reducido a astillas.
Era tal el desastre que podría haber sido resultado de la lucha a muerte entre dos gigantes. En medio de tanta destrucción se hallaba Wendell Marsh, de espaldas, con el cuerpo torcido. Tenía la cara marchita y los ojos abiertos. No había huella alguna de herida o de hematoma siquiera. La mano derecha asía un objeto que me quedaba parcialmente oculto.
Me sorprendí acercándome, como atraída por un imán. Hay algo hipnótico en esas terribles escenas. Y entonces apenas pude contener un grito.
Los dedos muertos de Wendell sostenían una pipa, una cazoleta de arenisca roja con extraños grabados y una caña brillante.
El sheriff Peddicord advirtió la dirección de mi mirada.
—El señor Marsh compró esa pipa en Londres, junto con el resto de reliquias que trajo a casa. Dicen que es la primera pipa en la que fumó un hombre blanco. Los indios de Virginia se la dieron a un tal sir Walter Raleigh. El señor Marsh hizo que le pusieran una boquilla nueva, y el mayordomo dice que fumaba en ella a diario. ¿A que es raro lo rápido que se aficionan algunas personas?
El sheriff se humedeció los labios bajo su delgado bigote amarillo.
—¡Ha debido de ser una pelea lo que ha provocado el desorden! —Señaló con un vago balanceo de la cabeza la habitación destrozada.
Madelyn se acercó a un par de cortinas hechas jirones y las palpó, pensativa.
—Pero eso no es lo más raro. —El jefe de policía miró expectante a Madelyn—. ¡No había manera de que entrase o saliese nadie!
Madelyn se agachó hasta la parte baja de las cortinas. Parecían tenerla fascinada.
—¿La puerta? —aventuró, ausente—. ¿Estaba cerrada con llave?
—Por dentro. Peters y el lacayo vieron la llave cuando forzaron la puerta esta mañana… Peters jura que oyó cómo la echaba el señor Marsh cuando lo dejó escribiendo a las diez de la noche.
—¿Las ventanas?
—Cerradas a cal y canto. Y, aunque no lo estuviesen, debe de haber sus buenos treinta pies hasta el suelo.
—¿El tejado, quizá?
—Tal vez un gato pudiese entrar… si no estuviese todo tan cerrado como las ventanas.
El señor Peddicord hablaba en un tono claramente triunfal. Madelyn seguía mirando las cortinas.
—¿No es muy raro —aventuré yo— que los ruidos de la pelea, o lo que fuese, no alarmasen al resto de la casa?
El sheriff Peddicord se limitó a mirarme como si fuese una intrusa, y respondió a mi pregunta con manifiesto laconismo.
—Aquí se podría disparar un trabuco sin que nadie cayese en la cuenta. Se dice que el señor Marsh había insonorizado la sala. Y además los criados tienen su propio edificio, todos menos la doncella de la señorita Jansen, que duerme en la habitación contigua a la de su señora, en el otro extremo de la casa.
Volví los ojos a la figura retorcida de Wendell Marsh, con el rostro marchito, los ojos helados de terror y la mano sujetando la fantástica pipa. Creo que era la pipa lo que retenía mi mirada. Menuda incongruencia: ¡una pipa en la mano de un muerto!
Quizá fuese algún pensamiento parecido el que trajo a Madelyn repentinamente al otro lado de la habitación. Se agachó, enderezó los dedos fríos y se incorporó con la pipa en la mano.
Era obvio que se le había añadido una nueva caña, de un material que me pareció jazmín. En el extremo tenía marcas de mordiscos que casi la atravesaban. La cazoleta de piedra estaba llena de cenizas de tabaco a medio consumir. Madelyn la balanceó, pensativa.
—Qué curioso que un hombre enzarzado en una pelea a vida o muerte tuviese en la mano una pipa tan pesada, ¿no, sheriff?
—Bueno, supongo que sí. Pero la cuestión, señorita Mack, es ¿qué fue del otro hombre? No es natural que el señor Marsh luchase contra sí mismo.
—¿El otro hombre? —repitió Madelyn mecánicamente. Estaba removiendo los restos de ceniza.
—¿Cómo diantres mataron si no al señor Marsh?
Madelyn contempló un dedo cubierto de polvo.
—¿Me hace un favor, sheriff?
—Bueno, pues… Claro.
—Tenga la amabilidad de preguntarle al mayordomo si el señor Marsh tomó anoche tarta de cerezas para cenar.
El sheriff tragó saliva.
—¿Tar… tarta de cerezas?
Madelyn levantó la mirada con impaciencia.
—Tengo entendido que le gustaba mucho.
El sheriff arrastró los pies hasta la puerta, con aire vacilante. Los ojos de Madelyn relampaguearon en mi dirección.
—Tú también puedes irte, Nora.
Durante un instante me sentí tentada de rebelarme. Pero Madelyn fingió que no se daba cuenta. ¡Siempre está tan desesperadamente segura de sí misma! Con lo que procuré que pareciese una mueca de silencio agraviado, seguí a la figura de uniforme azul del sheriff. Mientras la puerta se cerraba vi que Madelyn seguía balanceando la pipa de Raleigh.
Desde lo alto de las escaleras, el sheriff Peddicord me miró con suspicacia.
—¡Pues a mí lo que me gustaría saber es qué fue del otro hombre!
Cuando llegamos al rellano apareció de pronto una leve figura vestida de negro, que miraba a través de una lucerna que había en el segundo piso. Un rostro blanco y tenso, propio de una niña cansada, nos observó bajo una mata de pelo rubio ceniza, suelto por descuido. De inmediato supe que se trataba de Muriel Jansen, señora de la casa del fallecido, al menos en aquel momento.
—¿Ha venido ya el juez de instrucción, sheriff?
Habló con una de las voces más líquidas que nunca he oído. Si no hubiese sido por el pelo color bronce, habría imaginado que tenía ascendencia latina. Pareció no advertir siquiera mi presencia, no a causa de una actitud hostil, sino más bien como si la hubiesen vaciado de emoción o curiosidad.
—Todavía no, señorita Jansen. Ya debería haber llegado.
Se acercó más a la ventana y luego se giró levemente.
—Le dije a Peters que mandase un telegrama a Nueva York, al doctor Dench, cuando fue a buscarlo a usted. Era un viejo amigo de mi tío. Me… Me gustaría que estuviese aquí cuando… cuando el juez de instrucción examine el cuerpo.
El sheriff se inclinó, incómodo.
—La señorita Mack está ahora arriba.
El pálido rostro nos miraba de nuevo con las cejas enarcadas.
—¿La señorita Mack? No entiendo. —Levantó la mirada hacia mí.
—Recibió una carta del señor Marsh esta mañana, con el primer correo —expliqué—. Soy la señorita Noraker. El señor Marsh deseaba que la señorita Mack viniese enseguida. Por supuesto, no sabía… no podía saber que… que estaba muerto.
—¿Una carta de… mi tío? —En su rostro se trazó una línea de asombro.
Asentí.
—Una carta curiosísima. Pero… quizá sea mejor que sea la señorita Mack quien le dé los detalles.
La línea de asombro se hizo más profunda. Notaba que su mirada escrutaba la mía con intención.
—Supongo que la señorita Mack bajará pronto —aventuré—. Sin embargo, si lo desea usted, puedo decirle…
—No será necesario. Pero ¿está segura? ¿Una carta?
—Segura —repliqué con algo de impaciencia.
Y después, sin advertencia alguna, se echó las manos a la cabeza y se desplomó hacia delante. La cogí en mis brazos mientras veía de reojo al sheriff Peddicord, que nos miraba boquiabierto.
—¡Llame a la doncella! —dije, tragando saliva.
El sheriff se alzó, con cierto retraso. Cuando se dirigía trastabillando hacia la puerta más cercana, esta se abrió de repente. Una mujer demacrada de mediana edad, con un delantal blanco y almidonado, asumió la situación con una mirada gélida de color gris. Cogió a Muriel Jansen en brazos sin decir una palabra.
—Se ha desmayado —dije vagamente—. ¿Necesita ayuda?
La mujer se detuvo, con su carga a cuestas.
—¡Cuando la necesite, ya la llamaré! —bufó, y nos dio un portazo en las narices.
Bajé las escaleras siguiendo los pasos del sheriff Peddicord. Multitud de preguntas me daban vueltas en la cabeza. ¿Por qué se había desmayado Muriel Jansen? ¿Por qué la mención de la carta de Wendell Marsh había creado una atmósfera de duda y confusión tan desconcertante? ¿Por qué el dragón que la niña tenía por doncella (pues eso suponía que era) nos abordaba con tanta hostilidad? La corriente de secretos ocultos en aquella casa oscura y silenciosa pareció intensificarse de pronto.
Me dirigí al porche delantero en busca de un poco de aire fresco y de sol en el césped, y dejé al sheriff en el vestíbulo, enjugándose el rostro con el pañuelo rojo.
Un jardín de generosas dimensiones y cuidado hasta el más mínimo detalle desplegaba una tentadora extensión de césped igualado ante mí. Evidentemente, Wendell Marsh había dejado una discreta distancia entre él y los vecinos. Ante la verja paseaba ya la vanguardia de una multitud morbosa. Sabía que el cerco de los periodistas no tardaría mucho en unirse a ella.
Podía imaginarme a los editores de la ciudad, frenéticos, enviando a sus mejores hombres en dirección a Nueva Jersey. El Bugle —capataz que presidía mi destino financiero— tenía asegurada una generosa ventaja. El siguiente tren de Nueva York no debía llegar hasta el final de la tarde.
Apareció entre la gente la figura de un joven de buena planta vestido de sarga azul que caminaba con paso vivo.
—¿Un reportero? —suspiré incrédula.
Tras echarme una mirada, subió las escaleras y se detuvo ante la puerta, esperando a que alguien le abriese. Mis miradas furtivas no lo situaban entre las «estrellas» del mundillo periodístico de Nueva York. Quizá fuese un corresponsal local. Con una expectación llena de petulancia, me quedé esperando su decepción cuando Peters recibiese su tarjeta. Y luego tuve que frotarme los ojos. Peters le dejaba paso y el joven lo seguía dejando clara su seguridad.
Aún no había cerrado la boca cuando una doncella, escoba en mano, vino en zigzag hasta el extremo del porche en que yo me hallaba. Me sonrió con ojos amables.
—¿Es usted detective?
—¿Por qué? —contraataqué.
—Siempre pensé que los detectives eran distintos de los demás.
Envió un reguero de polvo barandilla abajo, echándome de nuevo una mirada de reojo.
—Bueno, ya verá, son bastante humanos —reí—, ¡fuera de las historias de detectives!
Pareció sopesar mi respuesta, vacilante.
—¡Ya decía yo que estaba tardando en aparecer el señor Truxton! —exclamó de repente.
—¿El señor Truxton?
—El hombre que acaba de llegar, el señor Homer Truxton. ¡La señorita Jansen se va a casar con él!
Vi una luz en mitad de la niebla.
—Entonces, ¿no es periodista?
—¿El señor Truxton? Es abogado. —La escoba prosiguió su lento curso—. ¡El señor Marsh no le tenía demasiada simpatía, o eso es lo que dicen!
Retrocedí y me alisé la falda. Me he aprendido la regla cardinal de Madelyn: no manifestar nunca demasiado interés por los comentarios de un criado.
La doncella estaba sacudiendo una alfombra mecánicamente.
—Yo, por mi parte, siempre pensé que el señor Truxton era la única opción razonable entre las dos que tenía la señorita Jansen. Nunca pude comprender qué podría ver en el doctor Dench. ¡Pero si es tan viejo que podría ser su…!
En el umbral se dibujó la voluminosa figura del sheriff Peddicord.
—¿No le parece que es hora de que volvamos a ver a la señorita Mack? —susurró.
—Quizá —asentí, con bastante reticencia.
El sheriff clavó en mí el ojo bueno desde las sombras del vestíbulo.
—¡Pues a mí lo que me gustaría saber es qué fue del otro hombre!
Cuando nos detuvimos en el segundo rellano la figura bien plantada del señor Homer Truxton se inclinaba sobre una puerta entreabierta. Por encima de su hombro divisé de modo fugaz un rostro pálido bajo una maraña de pelo rubio ceniza. Era evidente que Muriel Jansen se había recobrado de su desmayo.
La puerta se cerró con brusquedad, pero no sin que yo advirtiese que tenía los ojos rojos de tanto llorar.
Madelyn estaba repanchingada en una silla de respaldo rojo colocada ante un enorme escritorio que había en un rincón de la biblioteca y tenía ante ella una pila de los libros encuadernados en rojo de Wendell Marsh que había cogido de un armarito con ruedas contiguo. Acabó la página que estaba leyendo —una página subrayada con un lápiz grueso y azul— sin dar a entender en ningún momento que nos hubiese oído entrar.
El sheriff Peddicord la miró con una decepción tal que casi resultó graciosa. Era evidente que Madelyn estaba contrariando su idea de las aptitudes necesarias en un detective de renombre.
—¿Es usted estudioso de la literatura isabelina, sheriff? —le preguntó de repente.
El sheriff soltó un débil gorjeo.
—Si lo es, no me cabe duda de que le interesará la colección del señor Marsh. Es la más completa en dicho campo que he visto nunca. Por ejemplo, aquí hay un volumen sobre la vida en la corte de Isabel; quizá sea de su agrado que le lea este pasaje elegido al azar.
El sheriff se irguió con más dignidad de la que yo pensaba que podía poseer.
—¡Estamos investigando un crimen, señorita Mack!
Madelyn cerró el libro con un suspiro.
—¡En efecto! ¿Puedo preguntarle qué le ha dicho el mayordomo?
—El señor Marsh no cenó tarta de cerezas anoche —replicó el sheriff.
—¿Confía usted en él?
Y entonces, de golpe, se me reveló el sentido de dicha pregunta.
—¡Claro! ¡El señor Marsh lo mencionaba en la carta! —exclamé.
Los ojos de Madelyn se volvieron hacia mí con una mirada de reprobación.
—Debes de estar equivocada, Nora.
Mientras paseaba la mirada por los libros del escritorio se puso en pie. El sheriff Peddicord se dirigió hacia la puerta, la abrió y, dando media vuelta, carraspeó.
—Discúlpeme, señorita Mack… ¿Ha encontrado alguna pista sobre el caso?
Madelyn se detuvo de nuevo en los jirones de cortinas.
—¿Pistas? El hombre que hizo posible la muerte del señor Marsh, sheriff, era químico, de origen italiano, vivió algún tiempo en Londres… ¡Y murió hace trescientos años!
Alcanzamos a echar un rápido vistazo a la cara del sheriff Peddicord; estaba tan roja como su pañuelo. Luego ambos desaparecieron.
Me giré a toda velocidad hacia Madelyn, severa.
—Señorita Mack, está llevando la broma demasiado…
Me detuve y tragué saliva. Fue como si pasase de golpe de las tinieblas a la luz eléctrica.
Madelyn había dejado atrás el escritorio y estaba echando con suavidad las cenizas de la pipa de Raleigh en un sobre. En un momento dado olisqueó la cazoleta, con la vista puesta en el cadáver encorvado a sus pies.
—¡La pipa! —grité con voz ahogada—. ¡A Wendell Marsh lo han envenenado con la pipa!
Madelyn selló lentamente el sobre.
—¿Acabas de atar cabos, Nora?
—Pero el resto… ¿Qué le decías al…?
Madelyn tamborileó en el voluminoso tomo de la historia isabelina.
—Algún día, Nora, si me lo recuerdas, te daré material para lo que tú llamas un «reportaje dominical» sobre la historia del asesinato como una de las bellas artes.
En un curva del porche lateral, sombreada por unas cortinas, nos esperaba Muriel Jansen, recostada contra los almohadones de una silla de tapizado color bronce cuyos matices, sorprendentemente, casi hacían juego con el dorado de su pelo. Su aspecto de niña cansada era aún más pronunciado que cuando la había visto por última vez.
Me sorprendí lanzando furtivas miradas en busca de Homer Truxton, pero había desaparecido.
La señorita Jansen tomó la iniciativa en nuestra entrevista adoptando una nerviosa brusquedad que contrastaba extrañamente con sus titubeos en nuestro último encuentro.
—Señorita Mack, tengo entendido que recibió usted una carta de mi tío en la que solicitaba su presencia aquí. ¿Podría verla?
La avidez de su tono no dejaba duda alguna.
Madelyn sacó de su bolso de mano el sobre cuadrado del correo matinal, con su extraordinario mensaje. Los ojos de Muriel Jansen se deslizaron dos veces por su contenido. Madelyn la miró con el ceño algo fruncido. Una repentina tensión se había adueñado del aire, como si todos estuviésemos aguardando un desenlace inesperado. Y entonces llegó, como un trueno.
—Un mensaje curioso —sugirió Madelyn—. Albergaba la esperanza de que fuese usted capaz de añadir algo al respecto.
La cara cansada que yacía en la silla dirigió la vista hacia el césped.
—Y lo haré. El dato más curioso del mensaje, señorita Mack, ¡es que no lo escribió Wendell Marsh!
Nunca he sentido mayor admiración por la espectacular serenidad de Madelyn. Salvo por una inspiración casi imperceptible, no mostró señal alguna del estupor que debió de asaltarla, al igual que a mí. Yo me quedé mirando con la boca abierta de par en par. Pero bueno, supongo que ya habrán advertido que no tengo madera de detective.
Por insólito que parezca, no había ni rastro de asombro en el anuncio de Muriel Jansen. Su actitud desvelaba desapego con respecto al asunto, como si de repente hubiese perdido el interés por él. Y, sin embargo, hacía menos de una hora había conseguido postrarla con un desmayo.
—¿Quiere usted decir que la carta es una falsificación? —preguntó Madelyn con calma.
—Es evidente.
—¿Y los atentados contra la vida del señor Marsh a los que se refiere?
—No ha habido ninguno. Llevo seis meses sin separarme de mi tío ni a sol ni a sombra. Se lo digo con rotundidad.
La señorita Jansen hurgó en un bolso blanco de ganchillo.
—Aquí hay varias muestras de la letra del señor Marsh. Creo que bastarán para convencerla de lo que digo. Si desea más…
Yo tragaba saliva como una escolar haciendo novillos mientras Madelyn extendía en su regazo las tres notas que le tendían. Eran notas cotidianas y consultas personales, ninguna de ella de más de doce líneas. Sin embargo, bastaban para rellenar el repentino vacío que teníamos bajo los pies, para dar constancia de una letra atrevida, agresiva, casi perpendicular, sin el menor parecido con la letra apretada de la sorprendente misiva matinal.
Madelyn se levantó de la silla y se alisó la falda pensativa. Se quedó un momento en la balaustrada, mirando hacia un enrejado de rosas amarillas, con la cara vuelta al otro lado. Por primera vez a lo largo de nuestra curiosa amistad era consciente de sentir lástima por ella. ¡El muro en blanco al que se enfrentaba parecía tan abrupto, tan definitivo!
Muriel Jansen cambió ligeramente de posición.
—¿Queda usted satisfecha, señorita Mack?
—Sí. —Madelyn se volvió para entregarle las tres notas—. Supongo que esto quiere decir que no desea que continúe trabajando en el caso.
La cabeza me daba vueltas. Nunca había barajado tal posibilidad.
—¡Al contrario, señorita Mack, a mí me parece una razón adicional para que continúe su tarea!
Volví a respirar. ¡Al menos no nos iban a despedir con la brusquedad que había mostrado la doncella de la señorita Jansen! Madelyn hizo una reverencia con aire ausente.
—Entonces, si hace el favor de concederme otra entrevista, quizá esta tarde…
La señorita Jansen jugueteó con el cierre del bolso. Por primera vez su voz perdió algo de hosquedad.
—¿Tiene… tiene usted alguna explicación para tan asombrosa… falsificación?
Madelyn miraba en dirección a la creciente multitud que se congregaba en la verja. Se había producido un repentino revuelo.
—¿Ha oído hablar usted de un hombre llamado Orlando Julio, señorita Jansen?
Mis propios ojos, siguiendo la dirección de la mirada de Madelyn, se vieron forzados a volver a toda prisa al porche. Muriel Jansen se había desvanecido por segunda vez.
Yo me abalancé hacia la campanilla para llamar a los criados, pero Madelyn me retuvo. Venían hacia la casa dos hombres con el aire inconfundible de los médicos. Al ver la mano en movimiento de Madelyn si dirigieron hacia nosotros.
El que parecía destacar entre los dos aceleró el paso al distinguir la figura que yacía en la silla. Mi instinto supo que se trataba del doctor Dench, y no había que cavilar demasiado para suponer que quien lo acompañaba era el juez de instrucción local.
Mientras comprobaba con mano hábil los latidos de la señorita Jansen, el doctor Dench levantó hacia nosotras un rostro colorado de patillas castañas, con expresión inquisitiva.
—¡Conmoción! —explicó Madelyn—. ¿Es grave?
La mano abandonó el pecho jadeante para coger a toda prisa un vial de líquido marrón del maletín. Por encima, sus ojos prosiguieron el escrutinio de la esbelta figura de Madelyn.
El doctor Dench era del tipo robusto alemán, con ojos de acero, seguridad en los movimientos y el físico de un animal de espléndida musculatura. Si el chisme de la criada merecía algún crédito, Muriel Jansen no podía haber atraído a dos pretendientes más opuestos.
El juez de instrucción —un hombre de mediana edad que lucía un traje color óxido y sentía una admiración profesional más que evidente por su acompañante— ofreció un vaso de agua. La señorita Jansen abrió los ojos antes de que le tocase los labios.
El doctor Dench reprimió su repentino esfuerzo para levantarse.