Detectives victorianas

Detectives victorianas


Hugh C. Weir (1884−1934) » El hombre que tenía nueve vidas (1914)

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—¡Por favor, bébase esto! —Nada en su voz denotaba algo diferente de la instrucción de un profesional. Si amaba a la muchacha de tez macilenta que estaba en la silla, era capaz de controlar plenamente sus emociones.

Madelyn dio un paso, haciéndome un leve gesto con la cabeza.

—Creo que ahora puedo marcharme tranquila. Vuelvo a la ciudad.

—¿A la ciudad? —repetí yo.

—Volveré a última hora de la tarde. ¿Te resulta inconveniente esperarme aquí?

—Pero ¿qué diantres…? —protesté yo.

—Por favor, ¿le pides al mayordomo que me traiga el coche? ¡Gracias!

Cuando Madelyn elige no responder a las preguntas las ignora. Me callé con la mayor dignidad posible. Sin embargo, cuando su automóvil pasó por la puerta cochera, mi curiosidad volvió a vencer a mi comedimiento.

—Dime al menos quién es Orlando Julio —pedí.

Madelyn se ajustó el velo con cuidado.

—¡El hombre que proporcionó los medios para la muerte de Wendell Marsh! —Y, dicho esto, se marchó.

Eché otro vistazo al trío del porche lateral y, encogiéndome de hombros con lo que intenté convencerme de que era filosofía, aunque sabía perfectamente que era solo un gesto de rabieta, busqué un rincón retirado en el salón de invitados trasero para instalarme con mi libreta y mi lápiz.

Después de todo, era periodista, y no hacía falta una imaginación desmesurada para figurarse la escena en la sección local del Bugle si se me ocurría no enviar una crónica adecuada.

Unos minutos más tarde, unos pasos que se dirigían a las escaleras me pusieron sobre aviso de que el juez de instrucción y el doctor Dench subían a examinar el cadáver del fallecido Wendell Marsh. Era evidente que la señorita Jansen se había recuperado o la habían asignado a los cuidados de su doncella. En un momento dado Peters, el mayordomo de rostro inexpresivo, hizo una entrada espectral para informarme de que el almuerzo se serviría a la una, pero se esfumó casi antes de que devolviese la mirada a mi escrito.

Almorcé en la distinguida compañía del sheriff Peddicord. Al parecer el señor Dench seguía con sus truculentas tareas arriba, y no me extrañó que la señorita Jansen prefiriese comer en sus aposentos.

Por muy maltrecho que hubiesen dejado el aplomo profesional del sheriff los acontecimientos de la mañana, estaba claro que no habían afectado a su apetito. Se encontraba demasiado absorto en el esfuerzo de hacerle justicia a la hospitalidad de los Marsh como para desperdiciar ni un momento charlando.

Terminó la última cucharada de helado de fresa con un pesado suspiro de satisfacción, se quitó la servilleta que se había colgado del cuello y, como pensando en las facturas de lavandería de la familia, la dobló con cuidado y se limpió los labios con su pañuelo rojo. Solo entonces se interrumpió el silencio.

Al recorrer la habitación prudentemente con la mirada, y observar que habían llamado al mayordomo a la cocina, el sheriff me hizo, ante mi asombro, un guiño confidencial.

—¡Pues a mí lo que me gustaría saber es qué fue del otro hombre!

—¿Ha oído usted hablar de la cuarta dimensión, sheriff? —le repliqué con solemnidad. Me levanté de la silla y di a mi vez un paso hacia él con aire confidencial—. Creo que un concienzudo estudio de ese asunto respondería a su pregunta.

Eran las tres en punto cuando volví a estirarme en el rincón del salón, y metí los últimos folios de papel en un sobre franqueado especial.

Mi crónica estaba hecha. ¡Y Madelyn no estaba allí para corregirme los adjetivos que tanto gustaban en Park Row! Sonreí con alegría mientras me atusaba el pelo y escribía ociosamente la dirección en el sobre. ¡Si Madelyn no quedaba satisfecha, al menos sí que lo estaría el editor!

Cuando llegué al vestíbulo, el doctor Dench, el juez de instrucción y el sheriff Peddicord estaban bajando las escaleras. Era evidente que había acabado el examen médico. En otras circunstancias, las tres expresiones que tenía ante mí merecerían un interesante estudio de contrastes: el doctor Dench se limpiaba las uñas con profesional estoicismo, el juez de instrucción intentaba desesperadamente imitar le sang froid de su compañero, y el sheriff estaba sumido en una seriedad de búho.

El señor Dench devolvió la navaja a su bolsillo.

—Usted es la ayudante de la señorita Mack, según me han dicho.

Hice una reverencia.

—La señorita Mack tenía asuntos que atender fuera. Pero no debería tardar en regresar.

Sentía que la mirada escrutadora del médico me diseccionaba con toda la minuciosidad de una operación quirúrgica. Levanté los ojos de repente y le devolví la mirada. Era un rostro viril, imperioso y, tenía que admitirlo, de una fría apostura.

El doctor Dench abrió su reloj de bolsillo.

—De acuerdo, pues, señorita, señorita…

—¡Noraker! —informé con resolución.

La barba rubia se inclinó una fracción de pulgada.

—Esperaremos.

—¿La autopsia? —aventuré—. ¿Ha…?

—¡El resultado de la autopsia lo discutiré con la señorita Mack!

Me mordí el labio y sentí que mi rostro se ruborizaba mientras veía que el sheriff Peddicord intentaba disimular una sonrisita; me volví encogiéndome de hombros de modo poco convincente.

Bueno, si hubiese poseído una naturaleza vengativa, habría abierto el sobre y hubiese añadido como represalia un párrafo que le habría devuelto el revés al doctor Dench, y con intereses. Me halaga decir que consigné el sobre en la oficina de correos de Three Forks, en la parte trasera de Elite Dry Goods Emporium, con su contenido intacto.

Como recompensa parcial me detuve en una tienda y dejé que un joven con una preciosa camisa rosa me hiciese un batido de helado de chocolate. Estaba inclinada sobre una pajita asmática cuando vi por la ventana que el coche de Madelyn daba la vuelta a la curva.

Salí a toda prisa a la acera, mientras el joven me miraba confuso. El chófer dio un volantazo mientras yo le lanzaba un penique al Adonis de la fuente.

Madelyn se desplazó al extremo del asiento mientras yo me subía al otro lado. Una mirada bastaba para concluir que la misión de la ciudad, fuese cual fuese, había fracasado. Quizá fuese la conciencia de ese hecho lo que condujo mi mirada a la cajita color turquesa que colgaba de su cuello. Estaba abierta. Le eché una mirada acusadora.

—¿Así que has vuelto a tomar estimulante de cola, señorita Mack?

Asintió malhumorada y se deslizó perversamente en la boca otra de las bayas marrón oscuro que en alguna ocasión la habían mantenido cuarenta y ocho horas sin dormir y casi sin comer.

Por un momento casi olvidé incluso la curiosidad que sentía acerca de su misión.

—¡Ojalá los aranceles subiesen tanto que no pudieses introducir esto en el país!

Cerró la cajita sin dignarse a responder. Cuanto más volcánicos eran mis exabruptos, más glacial era la frialdad de Madelyn, especialmente en el asunto de la cola. Me encogí de hombros, resignada. ¡Como quien oye llover!

Me enderecé el sombrero, me pasé el pañuelo por el rostro sonrojado y tosí en forma de interrogante. Silencio. Me giré, desesperada.

—¿Y bien? —dije, vencida.

—Nora Noraker, ¿es que no sabes contener la lengua?

Las emociones hasta entonces reprimidas saltaron.

—¡Mira, señorita Mack, he recibido desaires del doctor Dench y el juez de instrucción, y hasta el sheriff Peddicord se ha reído de mí! ¡No me voy a achantar contigo! ¿Qué noticias traes: buenas, malas o indiferentes?

Madelyn apartó la vista en dirección a la carretera, cubierta de un polvo amarillo.

—¡He sido una tonta, Nora! ¡Una tonta ciega, mojigata y engreída!

Inspiré hondo.

—Lo cual quiere decir…

Madelyn sacó de su bolso el sobre con las cenizas de la biblioteca de Marsh y lo arrojó por la ventanilla del coche. Me recosté de nuevo contra los almohadones.

—Entonces el tabaco, después de todo…

—No es nada más que tabaco, tabaco inofensivo.

—Pero la pipa… Pensé que la pipa…

—¡Eso es! ¡La pipa, querida muchacha, fue la que mató a Wendell Marsh! ¡Pero no sé cómo! ¡No sé cómo!

—Madelyn —dije con severidad—, eres una mujer, aunque te ganes el pan con una profesión masculina. ¡Lo que necesitas es llorar un buen rato!

El doctor Dench, paseando arriba y abajo por el porche, sacudió las cenizas de una pipa de espuma de mar coronada de ámbar y vino a nuestro encuentro cuando nos apeamos. El juez de instrucción y el sheriff Peddicord estiraban el cuello desde sus sillas de paja, al fondo. Era bastante fácil deducir que el señor Dench se había separado de ellos bruscamente, en su deseo de fumar en paz y ordenar sus pensamientos.

—Llénese de nuevo la pipa si lo desea —dijo Madelyn—. No me importa.

El doctor Dench inclinó la cabeza, y sumergió la boca de su pipa de espuma de mar en un saquito de cuero. Pronto tuvo una espiral de humo azul enroscada ante la cara. Era uno de esos hombres a los que la pipa les presta una distinción de calculada seriedad.

Realizó un leve gesto en dirección al juez de instrucción.

—Quizá lo más adecuado sea que oigamos primero al doctor Williams; para eso detenta un cargo oficial.

A pesar del humo de la pipa, sus ojos buscaban el rostro de Madelyn. Me desconcertó ver que lo tenía bastante confundido el no saber hasta qué punto podía tomarla en serio.

El juez de instrucción se removió, nervioso. Junto a él, el sheriff Peddicord se puso a buscar su pañuelo rojo.

—Hemos realizado un concienzudo examen del cadáver del señor Marsh, señorita Mack, una observación de lo más concienzuda…

—Por supuesto, no le dispararon, ni lo apuñalaron, ni lo estrangularon, ni le golpearon con un saco de arena —interrumpió Madelyn con brusquedad.

El juez de instrucción miró al doctor Dench, vacilante. El doctor fumaba con una expresión inescrutable.

—¡Ni tampoco lo envenenaron! —concluyó el juez de instrucción con un resoplido.

Un tirabuzón de humo azul que salía de la pipa del doctor Dench se desvaneció en el aire. El juez de instrucción removió un puñado de monedas en el bolsillo. El sonido repercutió extrañamente en mis nervios. ¡Ni tampoco lo envenenaron! Entonces, la teoría de Madelyn de la pipa…

Miré en su dirección. Otra pared en blanco. ¡La más blanca de aquel conjunto de paredes blancas!

Pero su rostro no desvelaba el desconcierto que yo esperaba encontrar. El negro abatimiento que yo había visto en el coche había caído como si fuese una capa. Las líneas de cansancio se habían borrado como si hubiesen pasado una esponja. Le brillaban los ojos con el destello tenso que yo sabía que llegaba al distinguir ante ella un camino despejado en medio de la niebla.

—Quiere decir que no han encontrado rastros de veneno, ¿cierto? —corrigió.

El juez de instrucción se irguió.

—Bajo la supervisión del doctor Dench, hemos analizado varios órganos por completo: pulmones, estómago, corazón…

—Y cerebro, supongo.

—¿Cerebro? ¡Por supuesto que no!

—¿Y usted? —Madelyn se giró hacia el doctor Dench—. ¿Suscribe usted la opinión del doctor Williams?

El doctor Dench apartó la pipa.

—A partir del examen que hemos realizado del cadáver del señor Marsh, estoy dispuesto a declarar con todo énfasis que no hay rastros tóxicos de ningún tipo.

—¿Debo inferir que entregarán un veredicto de muerte natural?

El doctor Dench removió la ceniza de su pipa.

—Siempre he tenido la impresión, señorita Mack, de que el veredicto, en un caso de este tipo, debe proporcionarlo el jurado del juez de instrucción.

Madelyn se dobló el velo hacia arriba y se quitó los guantes.

—Supongo que no habrá objeción en que vuelva a ver el cuerpo.

El juez de instrucción la miró.

—Bueno, eh… Está con el empleado de pompas fúnebres. No creo que le parezca mal, si usted desea…

Madelyn se dirigió a la puerta. Tras ella, el sheriff Peddicord se irguió súbitamente.

—¡Pues a mí, caballeros, lo que me gustaría saber es qué fue del otro hombre!

No volví a ver a Madelyn hasta las seis de la tarde; la encontré en la biblioteca roja de Wendell Marsh. Estaba sentada en el inmenso escritorio de su difunto dueño. Ante ella tenía un vial de polvo gris blanquecino, un pequeño rodillo de tinta, media docena de hojas de papel cubiertas de lo que parecían borrones de tinta negra y la pipa de Raleigh. Me detuve en seco y me quedé mirando.

Se puso en pie, encogiéndose de hombros.

—Son huellas —explicó en tono lacónico—. Las de esta hoja pertenecen a la señorita Jansen; las de la siguiente, a la doncella; las de la tercera, al mayordomo, Peters; las de la cuarta, al doctor Dench; las de la quinta, al propio Wendell Marsh. Ha sido mi primer experimento para tomarle las huellas a un muerto. Fue… interesante.

—Pero ¿qué tiene que ver eso con el caso? —pregunté.

Madelyn cogió la sexta hoja de papel emborronado.

—¡Tenemos las huellas del asesino de Wendell Marsh!

Ni siquiera grité de asombro. Supongo que los muchos acontecimientos del día habían entumecido mis emociones normales. Recuerdo haber recolocado un imperdible que se me había soltado de la cintura antes de hablar.

—¡El asesino de Wendell Marsh! —repetí mecánicamente—. Entonces, ¿lo envenenaron?

Los ojos de Madelyn se abrieron y se cerraron sin responder.

Me acerqué al escritorio y cogí de debajo del codo de Madelyn la carta que el señor Marsh había mandado en el correo matinal.

—¿Has encontrado al hombre que falsificó esto?

—¡Nadie lo falsificó!

En mi estupefacción dejé caer la carta al suelo.

—Entonces, ¿has descubierto quién era el otro hombre de la lucha a muerte que destrozó la biblioteca?

—¡No había otro hombre!

Madelyn recogió sus posesiones del escritorio. De la fila de libros sacó un pequeño tomo encuadernado en rojo, de una anchura de quizá cuatro pulgadas, y luego, tras pensarlo mejor, lo dejó.

—Por cierto, Nora, ¿podrías volver aquí a las ocho en punto? Si este libro sigue donde lo he dejado, tráemelo, por favor. Y creo que de momento eso es todo.

—¿Todo? —farfullé—. ¿Te das cuenta de que…?

Madelyn se dirigió a la puerta.

—Creo que las ocho en punto será lo bastante tarde para tu recado —dijo, sin volverse.

El crepúsculo tardío de junio se había convertido en una tiniebla sombría cuando entré en la habitación del segundo piso que se nos había asignado a Madelyn y a mí; el reloj indicaba que habían pasado diez minutos de la hora de mi misión. Madelyn, apostada en la ventana, contemplaba el jardín cubierto de oscuridad.

—¿Y bien? —preguntó.

—¡Tu libro ya no está en la biblioteca! —dije irritada.

Madelyn se giró con una sonrisa.

—¡Bien! Y ahora, si me haces el favor de decirle a Peters que le pida a la señorita Jansen que se reúna conmigo en el salón trasero, con cualquier amigo de la familia cuya presencia desee, creo que podremos aclarar un poco este puzle.

El elegante reloj suizo del salón color bronce de los Marsh dio las ocho y media ante un curioso grupo. La señorita Mack, con una reverencia solemne y más bien insistente, había asignado asientos a los demás ocupantes de la habitación a medida que iban apareciendo. Era la única que permanecía de pie.

Ante ella estaban el sheriff Peddicord, Homer Truxton, el doctor Dench y Muriel Jansen. Los ojos de Madelyn recorrieron en silencio nuestros rostros un momento; después atravesó la habitación y cerró la puerta.

—Los he convocado aquí —comenzó— para explicar el misterio de la muerte del señor Marsh. —Su mirada volvió a recorrer nuestros rostros—. En muchos aspectos, nos ha planteado un problema peculiar, casi único.

»Nos encontramos con un hombre, de salud en apariencia normal, muerto. El observador alega de inmediato que hay gato encerrado; y sin embargo su cuerpo no presenta ni rastro de heridas o hematomas. El examen médico no descubre rastro alguno de veneno. La autopsia no revela prueba alguna de crimen. Al parecer, hemos eliminado cualquier forma de muerte no natural.

»Los he convocado aquí porque el resultado de la autopsia es incorrecto, o más bien, incompleto. No nos hallamos ante una muerte natural, sino ante un crimen. Y podría añadir desde el principio que no soy la única que lo sabe. Una persona de esta habitación comparte este dato.

El sheriff Peddicord se puso en pie, se dirigió ostentosamente a la puerta y apoyó la espalda contra ella. Madelyn esbozó una débil sonrisa ante dicho movimiento.

—Creo que no habrá intentos de huida, sheriff —dijo con voz queda.

Muriel Jansen estaba encogida en su silla, mirando. El doctor Dench escrutaba a la señorita Mack con el gesto profesional con el que se enfrentaría a una anormalidad en la mesa de operaciones. Fue Truxton el primero en hablar, como correspondía a un muchacho impulsivo.

—Si no estamos hablando de muerte natural, ¿cómo diantres mataron al señor Marsh?

Madelyn apartó un delgado cobertor de una mesita que había junto a ella y alzó la pipa de arenisca roja de Raleigh para que todos la vieran. Durante un momento la balanceó, pensativa.

—El artilugio mortal de trescientos años de Orlando Julio —explicó—. ¡Esto fue lo que mató a Wendell Marsh!

Apretó la cazoleta de la pipa en la palma de la mano.

—En tanto que instrumento mortal, es casi imposible de detectar. Examinamos las cenizas y no encontramos nada, excepto tabaco inofensivo. En los órganos de la víctima no quedaban rastros que levantasen sospechas.

Dio un golpecito solemne sobre la larga boquilla.

—Pero el análisis de los órganos no incluía el cerebro. Y esta pipa golpea a través del cerebro: asesina primero la mente con pesadillas demenciales, y después el cuerpo. Lo cual explica el caos de la habitación, las supuestas pruebas de dos hombres luchando a la desesperada. El caos era obra de un solo hombre, de un loco antes de su muerte. La droga de la que hablamos produce en sus víctimas una furia grotesca antes de que el cuerpo sucumba. Tengo entendido que estos casos son muy comunes en la India.

—Entonces, ¿el señor Marsh fue envenenado, después de todo? —exclamó Truxton. Era el único del público que hablaba.

—¡No, envenenado no! Lo entenderán más adelante. Resulta que la pipa, en apariencia, presenta solo una cazoleta y un canal, y a primera vista está llena solo de tabaco. En realidad, hay una cámara más baja, oculta bajo la cazoleta, de la que sale un segundo canal. Esta cámara secreta está provista de una sustancia compuesta por cáñamo indio y hojas de datura, uno de los estimulantes cerebrales más poderosos que conoce la ciencia (y uno de los más peligrosos, por encima de cierta concentración). Por supuesto, al salir de la cámara de abajo, no deja rastro alguno en las cenizas de fuera.

»Entre ambos compartimentos de la pipa hay una ligera abertura que los conecta; basta para permitir que el cáñamo de abajo prenda de modo gradual con el tabaco ardiendo. Cuando se usa una pequeña cantidad del compuesto, el fumador recibe una estimulación que no ofrece ninguna otra droga, ni siquiera el opio. Si se incrementa la cantidad por encima del punto peligroso, aquí está el resultado. La víctima no muere envenenada en el sentido estricto de la palabra, sino literalmente asfixiada por los vapores.

En la voz de la señorita Mack se distinguía la admiración del estudiante ante la creación del maestro.

—¡Me gustaría quedarme con la pipa, señorita Jansen, si alguna vez desea deshacerse de ella!

La muchacha seguía mirando con rostro inexpresivo.

—Fue Orlando Julio, el envenenador medieval —murmuró—, al que describía el tío…

—En el capítulo decimoséptimo de Los grandes cínicos de la humanidad —completó Madelyn—. Me he tomado la libertad de leer el capítulo de forma manuscrita. Sin embargo, Julio no fue quien descubrió la droga. Él se limitó a introducirla entre el público inglés. De hecho, es uno de los estimulantes asiáticos más antiguos. Es fácil suponer que Julio no lo usaba como estimulante, sino como un arma para matar que sembraba el desconcierto. El mecanismo de la pipa fue invención suya, por supuesto. Si el fumador no conocía el secreto, sería completamente inconsciente del peligro. Y podía también usar la pipa con total seguridad, ¡hasta que se llenaba la cámara inferior!

El sheriff Peddicord, contra la puerta, se enjugaba la cara con el pañuelo rojo, como un hombre aturdido. El señor Dench seguía escrutando a la señorita Mack con su ceño persistente. Madelyn cambió de ángulo de modo abrupto.

—No fue anoche la primera vez que se cargaba la cámara del cáñamo de la pipa de Wendell Marsh. Podemos rastrear el efecto de la droga en su cerebro durante varios meses: alucinaciones, enemigos imaginarios que desean quitarle la vida, locura incipiente. Wendell Marsh no tenía nueve vidas, sino solo una. Los peligros que describía eran únicamente producto de su imaginación. Por ejemplo, el episodio de la tarta de cereza envenenada. Ayer no se sirvió tarta en absoluto.

»La carta que me enviaba no era una falsificación, señorita Jansen, aunque era usted sincera en sus declaraciones. El cambio total en la letra de su tío era solo otro efecto de la droga. Este fue el hecho, al final, que me condujo a la verdad. ¡Usted no se fijó en que entre las notas que me proporcionaba y la carta habían transcurrido seis meses! Yo sabía que entretanto debía de haber sufrido algún impacto mental terrible.

»Y, además, las cortinas de la biblioteca señalaban de inmediato a los destrozos de una víctima enloquecida por la droga.

¡No solo las habían rasgado, sino que las habían roto a mordiscos!

Sobre la estancia se instaló una tensión súbita. Nos removimos con nerviosismo, evitando los ojos de los demás. Madelyn devolvió la pipa a la mesita. Era evidente que no tenía prisa por continuar. Fue de nuevo Truxton quien planteó la pregunta que urgía en ese momento.

—Si mataron al señor Marsh tal y como usted describe, señorita Mack, ¿quién lo mató?

Madelyn miró al doctor Dench.

—¿Me permite coger el libro de cuero rojo que ha sustraído esta tarde del escritorio del señor Marsh, doctor?

El médico le devolvió una mirada fija.

—¿Lo considera… necesario?

—Me temo que debo insistir.

El doctor Dench vaciló por un instante. Después, encogiéndose de hombros, metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y sacó el tomo encuadernado en rojo que la señorita Mack me había mandado a buscar en vano. Cuando Madelyn lo abrió vimos que no era un tomo impreso, sino que estaba lleno de varios centenares de páginas escritas con una letra apretada. El doctor Dench desvió la mirada hacia Muriel Jansen cuando la señorita Mack habló.

—Aquí tengo el diario de Wendell Marsh, que demuestra que había adquirido la costumbre de buscar la estimulación del cáñamo indio, o hachís, desde hacía algún tiempo, posiblemente como resultado de su vida retirada y sedentaria y su dedicación a los libros. Hasta que compró las reliquias de Bainford, sin embargo, había tomado el estimulante en su forma comparativamente inocua, hojas reducidas a polvo o bhang, tal y como se conoce en Oriente. Su adquisición de la pipa para droga de Julio, y el descubrimiento accidental de su mecanismo, lo llevó a buscar el compuesto de cáñamo y datura listo para fumar que en la India se denomina charas. El capitán E. N. Windsor, ni más ni menos, bacteriólogo del Gobierno birmano, declara que es directamente responsable de un gran porcentaje de la locura en Oriente. Wendell Marsh, sin embargo, no era consciente del peligro, ni de hasta qué punto es más fuerte el segundo compuesto que la forma de droga a la que estaba habituado.

»El doctor Dench intentó desesperadamente advertirle del peligro que corría y liberarlo del cautiverio del hábito, como figura en el diario, pero la víctima estaba demasiado esclavizada. De hecho, la situación, antes del desenlace final, había llegado a un punto en que ya no podía ocultarse. Los criados más antiguos habían empezado a sospechar la verdad. Supongo que por eso temía usted mi investigación sobre el caso, señorita Jansen.

Muriel Jansen miraba a Madelyn con una especie de súplica muda.

—Entiendo y admiro los esfuerzos del doctor Dench por ocultar el hecho al público: primero, en su supervisión al establecer la causa de la muerte, que podía haber tropezado con la verdad, y después al sustraer el diario revelador, que yo había dejado expuesto a propósito con la esperanza de que inspirase tal acción. Si no lo hubiese sustraído, quizá hubiese sospechado otra explicación para el caso… ¡a pesar de una prueba evidente en contra!

El doctor Dench se había puesto blanco.

—¡Dios! Señorita Mack, ¿quiere decir que no fue suicidio, después de todo?

—No fue suicidio —dijo Madelyn tranquilamente. Se dirigió a la puerta de enfrente—. Cuando declaré que el hecho de que no se trataba de muerte natural era conocido por otra persona de esta habitación, podría haber añadido que también era conocido por una tercera persona… ¡que no se hallaba en la habitación!

Con un movimiento brusco abrió de golpe la puerta que había ante ella. En la antecámara contigua acechaba la figura de Peters, el mayordomo. Nos miró con una cara gris de terror y luego cayó de rodillas. Madelyn lo apartó con brusquedad cuando intentó aferrarse a sus faldas.

—¡Puede arrestar al asesino de Wendell Marsh, sheriff! —dijo con solemnidad—. Y quizá sea mejor que lo saque fuera. La señorita Mack se enfrentó a nuestras miradas asombradas mientras la puerta del salón se cerraba tras el señor Peddicord y su prisionero. Volvió a coger la pipa de arenisca de Raleigh de la mesita, y con ella dos folios de papel emborronados con las huellas humanas de un pulgar y el resto de dedos.

—Al final fue la pipa la que me descubrió la verdad, no solo en cuanto al método sino también en cuanto a la identidad del asesino —explicó—. La mano que colocó la carga fatal en la cámara oculta dejó sus huellas en la superficie de la cazoleta. Los dedos, manchados por el polvo de la droga, dejaron una impresión que podría haber detectado de inmediato si no hubiese estado tan ocupada en mirar lo que había dentro que se me olvidó mirar fuera. Mucho me temo que he incurrido en el mayor desliz del detective moderno: la falta de minuciosidad.

»La comparación con las huellas de los diversos personajes del caso, por supuesto, convirtieron el siguiente paso en un mero detalle de cotejo matemático. Para asegurarme de la identidad, averigüé que el sospechoso no solo contaba con el conocimiento necesario y la oportunidad de cometer el crimen, sino que también tenía un móvil.

»En sus días de juventud Peters fue aprendiz de químico, hecho que usó en beneficio de su amo, proporcionándole las drogas que se habían convertido en una parte tan importante de la vida del señor Marsh. Si Wendell Marsh apareciese en persona buscando un suministro tan continuo, su identidad habría convertido muy pronto el hecho en un asunto de cotilleo común. Confiaba en su criado como proveedor, detalle que menciona varias veces en el diario, prometiéndole a Peters una generosa recompensa en su testamento. Supongo que fue el ansia por la recompensa, que constituiría una pequeña fortuna para un hombre de su posición, lo que puso en movimiento el cerebro del mayordomo para urdir tan traicionero asesinato.

El pelo rubio ceniza de la señorita Mack, recogido en una gruesa trenza, cubría los hombros de su bata blanca. Estaba recostada en un nido de almohadones con su novela de época favorita, Los tres mosqueteros, abierta en el histórico cerco de Porthos en la bodega. Habíamos decidido pasar la noche en la residencia Marsh.

Madelyn levantó la vista cuando aparecí en el umbral de la habitación.

—Permítame plantearle un problema a sus habilidades analíticas, señorita Mack —dije humildemente—. ¿A qué hombre le dice su conocimiento de la psicología femenina que otorgará sus favores Muriel Jansen: al médico solemne y protector, o al infantil y admirativo Truxton?

—Si tuviese treinta años —replicó Madelyn, bostezando—, sería lo bastante sabia como para escoger al doctor Dench. Pero como tiene solo veintidós, elegirá a Truxton.

Con un suspiro, regresó a las aventureras hazañas del galante Porthos.

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