Detectives victorianas

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El arma desconocida (1864)

El arma desconocida

(1864)

Me dispongo a hacerles partícipes de uno de los casos más destacados que he tenido la oportunidad de observar de cerca.

Les ofreceré los detalles, en la medida de lo posible, de forma narrativa.

El caso tuvo por escenario un condado del interior, las afueras de un pueblo rústico y retirado que nunca había sido objeto de atención para el mundo.

Aquí están los hechos preliminares exactos del caso. Por supuesto que cambio los nombres, pues dado que el caso va a hacerse público, y ya que las investigaciones que tuvieron lugar en aquel momento no solo acabaron en agua de borrajas, sino que por alguna razón inexplicable no atrajeron la atención pública, no es de sentido común tapar los nombres y los lugares con un velo de ficción tan fino que permita distinguir la verdad por debajo de la gasa literaria. Los nombres y los lugares que aquí se mencionan son completamente ficticios, y no representan ni dejan entrever en grado alguno los personajes o las localidades reales.

La mansión en la que tuvo lugar el misterio que estoy a punto de analizar era una casa solariega y su ocupante, el magistrado del distrito, era el dueño del señorío. Llamémoslo Petleigh.

Declararé de inmediato, a pesar de que el hecho no llegó a mi conocimiento hasta después de la catástrofe, que el magistrado era un hombre de lo más ruin, con una sola pasión aparte del amor por el dinero: la codicia que le inspiraban las vajillas valiosas.

Cualquiera que haya vivido con los ojos abiertos se ha topado alguna vez con seres humanos que reúnen en su interior las contradicciones más espantosas. He aquí a un hombre que vive con tal canallería que uno se pregunta si alguna vez ha ganado algún chelín con honestidad, y sin embargo él cree con firmeza que perdería todo su carácter moral si pisase un teatro; hay individuos que nunca han despedido a un acreedor ni se han aprovechado de nada más allá de un descuento comercial, y que cualquier día pueden ser arrestados, acusados de un cargo que los convertirá en la vergüenza de la familia.

Eso ocurría con el magistrado Petleigh. No cabía duda alguna de que era extremadamente avaricioso, mientras que su deseo de poseer y exhibir caras vajillas rozaba casi la obsesión.

Sus vajillas de plata eran toda una tradición en el condado. En cada comida —y he oído que las comidas en la residencia Petleigh no eran ni abundantes ni suculentas— había suficiente vajilla sobre la mesa para sufragar las comidas de los pobres de todo el condado durante un mes. Se comía una chuleta de cordero en vajilla de plata.

El señor Petleigh ocupaba un cargo en el Parlamento y durante la temporada se iba a la ciudad, donde poseía la casa más pequeña y miserable que nunca alquiló miembro pudiente del condado.

Petleigh, avaricioso y por tanto cicatero, se negaba a mantener dos residencias; así pues, cuando acudía a la ciudad para ejercer en el Parlamento, se llevaba consigo todos los enseres de su domicilio campestre, incluyendo a los criados, que viajaban en tercera clase hasta la ciudad.

Estoy bastante segura, por lo que oí decir, de que los sirvientes estaban lejos de ser gente respetable; situación bastante natural, dado que no se les trataba bien y se les contrataba con el menor salario posible.

La única sirvienta que permanecía en plantilla de modo permanente era el ama de llaves de la mansión, la señora Quinion.

Los padres de la difunta señora Petleigh la habían acogido en casa desde pequeña, «como si fuese hija suya», susurraban las malas lenguas; y también se afirmaba abiertamente, y me temo que con algo de satisfacción y malicia, que el magistrado se había llevado un buen chasco con su esposa.

La verdad era que Petleigh había contraído matrimonio con la hija de un comerciante de Liverpool con el deseo de hacerse con su fortuna, que en la época del enlace prometía ser vasta. Pero el comercio del algodón, aun veinticinco años atrás, era un negocio arriesgado, y para no alargarme con particulares que solo son remotamente esenciales para la total comprensión de esta crónica, el magistrado nunca llegó a ver un penique por parte de su esposa, cuyo padre, que había llevado una vida de deplorables irregularidades, marchó para América y murió allí.

La señora Petleigh no tuvo más que un hijo, Graham Petleigh, y murió cuando este tenía unos doce años.

Mientras la señora Petleigh vivió, el ama de llaves de la casa Petleigh fue la muchacha adoptada a la que nos referimos antes. A mí me parece que habría sido más sincero llamar a las cosas por su nombre y decir que la señora Quinion era hermanastra de la esposa del magistrado.

Sea como fuere, tras la muerte de la dama, a la señora Quinion se le medio permitió, con cierta incomodidad, eso sí, actuar como señora de la casa Petleigh.

Posiblemente el magistrado fuese consciente del parentesco que ya hemos sugerido con su mujer, y por tanto no mostrase reticencia a que fuese ella quien estuviese en su hogar, en lugar de otra mujer. Pues, aparte de su codicia y su manía por exhibir las vajillas, se trataba sin discusión alguna de un hombre de juicio respetable.

Además, la señora Quinion lo secundaba en su tacañería. Redujo al mínimo los gastos del hogar y ella misma se daba por contenta con una remuneración muy moderada.

Por lo que me habían contado, llegué a la conclusión de que la casa Petleigh llevaba mucho tiempo siendo la más incómoda del condado y el despliegue de vajillas no hacía más que subrayar el vacío general.

Muy pocos visitantes acudían a la casa, y la hospitalidad era una virtud que resultaba desconocida; sin embargo, a pesar de tales desventajas, Petleigh gozaba de bastante renombre en el condado y de hecho, cuando se realizaron una o dos colectas benéficas, apareció en la prensa con suficiente éxito.

Aquellos de mis lectores que vivan en el campo comprenderán el estilo del hogar del magistrado cuando diga que solo a regañadientes daba permiso para que otras personas matasen conejos en su propiedad. Siempre se podían encontrar, a lo largo de todo el año, especímenes de aquella comida más bien cansina en la despensa del magistrado Petleigh. De hecho, me enteré de que un joven cura que permaneció cierto tiempo en Tram (el pueblo), llamaba a la casa Petleigh «la madriguera», haciendo así una suave sátira de tan escaso sistema de raciones.

El hijo, Graham Petleigh, fue criado de forma deplorable; quizá el padre quisiese convencerse de que, ya que sus esperanzas de fortuna se habían visto decepcionadas con la madre, el hijo no merecía la consideración a la que habría tenido derecho si ella lo hubiese provisto a él, su marido, de crecidas riquezas. Sin duda el muchacho llevaba una vida de lo más austera. La única educación que recibió fue la que se daba en una escuela benéfica que por suerte existía en Tram.

Acudía en ocasiones al centro escolar; otras veces andaba con muchachos de clase miserablemente inferior, con los que se embarcaba en expediciones que por lo general no constituían un quehacer tan respetable como estudiar humanidades.

Era evidente que el muchacho recibía un trato vergonzante; lo tenían abandonado.

Cuando cumplió los diecinueve o los veinte (todos estos particulares los supe justo después de la catástrofe, pues los aldeanos estaban ávidos por hablar del desgraciado joven), cuando cumplió los diecinueve o los veinte, digo, la acumulación de años de abandono dio sus frutos. Estaba listo, no cabía la menor duda, para cometer cualquier disparate. La caza furtiva, en particular, hacía sus delicias; en gran medida, quizá, porque le reportaba beneficios; pues, para ser sinceros, carecía de dinero alguno, y a aquel inconveniente había que añadirle otro, el de ser incapaz de estirar el dinero obtenido durante cierto lapso de tiempo.

Yo misma no albergo duda alguna de que seguramente era justo atribuirle algún expolio sobre la propiedad de su padre y, por las investigaciones que realicé, me inclino igualmente a creer que, cuando faltaba del hogar algún pequeño artículo de aquella cantidad de plata, el hijo sabía mucho más de los bienes perdidos de lo que habría sido deseable.

Que la señora Quinion, el ama de llaves, profesaba una extrema devoción por el joven no había quien lo negase; pero ni el dinero que recibía en calidad de salario ni ningún otro recurso, privado o de otro tipo, con el que contase podía responder a las exigencias que le formulaba el joven Graham Petleigh, que gastaba dinero, con certeza, aunque de dónde provenía aquel dinero era una cuestión de lo más incierta.

Por el retrato que vi de él, debía de contar con una naturaleza intrépida, errática y jovial: un joven que no permitía que las tareas se interpusiesen entre él y sus inclinaciones; en resumen, un joven que obtendría más del mundo de lo que aportaría.

Cada año se llevaban a la ciudad las vajillas junto con el resto de enseres; las cajas quedaban a cargo de la vigilancia especial del mayordomo, que no les quitaba la vista de encima en el trayecto que separaba la casa del campo y la de la ciudad. Según oí decir, el pobre hombre se enfrentaba a estos viajes sobrecogido por el temor.

Por lo que me dijeron, el convoy de las vajillas contaba ni más ni menos que con veinte cajas.

A veces Graham Petleigh acompañaba a su padre a la ciudad; otras veces lo enviaban a casa de un pariente, en Cornualles. Supongo que tanto al padre como al hijo les era más cómodo que este último pasara en Cornualles la temporada parlamentaria, pues en la ciudad el muchacho se convertía necesariamente en un gasto mayor, lo cual constituía una objeción a los ojos del padre, mientras que el hijo, por su parte, se encontraba allí en un mundo para el que no estaba de ningún modo preparado, a causa de la educación recibida.

La pasión del joven Petleigh eran los caballos, y no había ni un criador en la finca de su padre, ni en los alrededores de Tram, al que no molestase con objeto de conseguir que le prestasen un caballo, pues el joven no contaba con ninguno propio.

Por mi parte, considero que si el muchacho carecía de respeto por sí mismo, la culpa recaía en gran medida sobre el padre, que nunca le manifestó a su hijo el más mínimo.

Supongo que no será necesario añadir que cuando un hombre es un vehemente apasionado de los caballos, por lo general apuesta por dichos cuadrúpedos.

Tampoco fue necesario investigar demasiado para averiguar que el joven Petleigh había «colocado» una buena cantidad de dinero en caballos y que, por regla general, había tenido buena suerte con ellos. El joven buscaba algo de entretenimiento, alguna ocupación, y había encontrado ambas cosas en las apuestas. ¿He dicho ya que después de que lo sacaran de la escuela lo dejaron desocupado? Pues ese fue el caso. Supongo que el padre no podía concebir siquiera la posibilidad de incurrir en el gasto de enseñarle algún oficio a su hijo.

Así pues, ese era el cariz que habían tomado las cosas en la casa de los Petleigh: el padre, descuidado y avaricioso; el hijo, dejado y abandonado, descendiendo cada día un peldaño en la escalera de la vida; y el ama de llaves, la señora Quinion, sin decir nada, sin hacer nada, tan solo existir, y quizá manifestar que sentía cariño por el hijo de su hermana de adopción. Era una mujer de juicio cuerdo y penetrante, y seguro que manifestó su propia previsión de que el joven se veía silenciosa, firme e incesantemente abocado a la ruina.

Una vez comprendidos todos estos preliminares, puedo proceder a la acción de este relato.

Era el 19 de mayo (el año no importa), por la mañana temprano, cuando el jardinero del magistrado Petleigh, un tal Tom Brown, hizo el descubrimiento.

El jardinero encontró fuera del portón de la entrada, a las cinco y media de la mañana (de un martes), una forma humana tirada en el suelo, acurrucada de modo extraño. Y cuando se acercó para observarla, descubrió que era el cuerpo inerte del hijo del magistrado.

Cogió la cuerda de la gran campana y dio la alarma, y en menos de un minuto el ama de llaves en persona y una criada, que estaban inventariando juntas los enseres que quedaban en la casa Petleigh mientras el magistrado estaba en la ciudad, se erguían en el umbral de la puerta abierta.

El ama de llaves estaba a medio vestir y la criada iba envuelta en unas enaguas y una manta.

Las noticias corrieron como la pólvora en labios del ayudante del jardinero, que, preguntándose dónde se hallaba su jefe, dio la vuelta a la casa y acabó encontrándoles rápidamente buen uso a sus piernas.

—Debe de haber tenido un ataque —dijo el ama de llaves; y se envió al muchacho a Tram con ese mensaje, que llevó al médico del pueblo a la casa en el menor tiempo posible.

Entonces se supo que la catástrofe no se debía a un «ataque».

Un somero análisis desveló que el hijo del magistrado había muerto de una puñalada causada por una basta punta de acero, cuya hoja metálica tenía una longitud de seis pulgadas y seguía en el cuerpo.

Durante la vista para determinar la causa de la muerte, el médico dictaminó que debía de haberse empleado mucha fuerza para hundir la punta en el cuerpo, pues el asesino había serrado una costilla al hacerlo. Una vez asestada la puñalada, se había tirado hacia atrás de la punta con el fin de sacarla, fin que no se consiguió, pues las aristas se habían quedado fuertemente enganchadas al cartílago y el tejido que lo rodeaba. Era imposible que el difunto hubiese podido clavársela él solo, dada la forma en que se había usado.

Cuando le preguntaron por la apariencia de la punta, el cirujano fue incapaz de responder. Nunca antes había visto un arma así. Suponía que la habían fijado a un mango de madera del que se había desprendido debido a la fuerza con la que, tras la embestida, la había retenido el tejido que rodeaba la herida.

Se mostró la punta al jurado y todos estuvieron de acuerdo en que nunca habían visto nada parecido; a todos ellos les resultaba igualmente extraña.

El magistrado, que afrontó la catástrofe con gran frialdad, dio fe de haber visto a su hijo la mañana anterior al descubrimiento del asesinato, y alrededor de mediodía: diecisiete horas y media antes de que se descubriese la catástrofe. No sabía que su hijo estaba a punto de abandonar la ciudad, donde había pasado varios días. Añadió que no había echado en falta al joven; su hijo tenía la costumbre de ser amo y señor de su vida, y de ir donde quería. No podía ofrecer explicación alguna al hecho de que su hijo hubiese vuelto al campo, ni de que se hubieran hallado dichos objetos sobre el cadáver. No podía ofrecer explicación alguna sobre ningún asunto relacionado con el crimen.

En Tram se rumoreó en tono escandalizado que el magistrado no dio muestra de emoción alguna al realizar sus declaraciones, y que cuando se sentó tras el interrogatorio parecía aliviado.

Además, se insinuó que, cuando la acusación lo llamó a declarar, dio la impresión de estar nervioso y respondió a las preguntas con cautela.

Las preguntas las realizaba uno de los miembros del jurado, un empleado del procurador (bastante agudo, es evidente), que era el oráculo de Tram.

Quizá resulte necesario para comprender correctamente el caso que se registren aquí las preguntas, con sus correspondientes respuestas. Fueron las siguientes:

—¿Cree usted que su hijo murió donde lo encontraron?

—No tengo opinión al respecto.

—¿Cree que había estado en su casa?

—Ciertamente no.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque si hubiese entrado en casa, el ama de llaves habría sabido de su llegada.

—¿Está aquí el ama de llaves?

—Sí.

—¿Se espera que sea llamada a testificar?

—Sí.

—¿Cree usted que su hijo tenía la intención de entrar a robar en su casa?

[Pronto aclararé la razón de esta pregunta. Ya de paso, quizá debiese explicar aquí mismo y ahora que todos estos particulares los obtuve de los datos facilitados por el periódico del condado].

—¿Por qué iba a hacerlo?

—No es eso lo que le pregunto. ¿Cree usted que tenía la intención de entrar a robar en su casa?

—No, no lo creo.

—¿Lo jura, señor Petleigh?

[Por cierto, no está de más aclarar que la animadversión entre el magistrado y el oráculo de Tram no surgía de las circunstancias, sino que se remontaba a tiempo atrás].

—Lo juro.

—¿Cree usted que había alguien en la casa a quien quisiese visitar clandestinamente?

—No.

—¿Quiénes estaban en la casa?

—La señora Quinion, el ama de llaves, y otra criada.

—¿Se halla aquí la criada?

—Sí.

—¿Qué tipo de persona es?

—Me parece, señor Mortoun, que es mejor que la mire usted y juzgue por sí mismo.

—Lo haremos, sí. Solo tengo una pregunta más.

—Me reservo el derecho de responderla o no.

—Creo que la responderá, señor Petleigh.

—Queda por ver, señor. Formule su pregunta.

—Es muy simple. ¿Tiene usted intención de ofrecer recompensa a quien descubra al asesino de su hijo?

El magistrado no respondió.

—Ya ha oído mi pregunta, señor Petleigh.

—Sí, señor.

—Y ¿cuál es su respuesta?

El magistrado hizo una pausa. Debería precisar que añado los detalles de la vista que inferí, o extraje, de la información facilitada por el periódico del condado que ya he mencionado.

—Me niego a contestar —dijo el magistrado.

Mortoun apeló entonces a la autoridad del juez de instrucción.

Ahora me parece evidente que aquel miembro del jurado albergaba algún motivo oculto para interrogar al magistrado de ese modo. Debo confesar que nunca me cercioré de si ello responde a la verdad más allá de preguntas o dudas. Puede que acierte al suponer la motivación que lo animaba o puede que no. Yo creo que sí.

Está claro que la pregunta del señor Mortoun no estaba bien formulada, porque ¿cómo podría el padre decidir si ofrecería recompensa a quien descubriese a un asesino que legalmente aún no existía y no lo haría hasta después del dictamen del jurado? Y se podría añadir que dicha pregunta no guardaba relación con la resolución del misterio, o que al menos no guardaba relación aparente con los hechos de la catástrofe.

Es evidente que al señor Mortoun lo movía uno de los siguientes dos motivos, ambos intrincados. Uno podría ser un verdadero intento de obtener pruebas sobre el asesinato, el otro podría ser la intención de atraerle deshonor al magistrado, con quien, ya lo hemos dicho, lo unían lazos de animadversión.

El oráculo-miembro del jurado apeló pues de inmediato al juez de instrucción, que admitió que tal pregunta no era pertinente, pero sin embargo apremió al magistrado a responderla, ya que se había formulado.

Es evidente que el juez de instrucción vio la incómoda situación en que se encontraba el magistrado y habló de ese modo para permitirle salir del paso de la manera menos objetable posible.

Pero, como ya he dicho, el señor Petleigh, a pesar de sus incongruencias y defectos, era un hombre de juicio claro y respetable. Del mismo modo en que yo detecté la incoherencia de la pregunta al leerla debió de advertirla él cuando se le dirigió, pues tras escuchar pacientemente las observaciones del juez de instrucción, Petleigh dijo en voz queda:

—¿Cómo puedo asegurar que ofreceré una recompensa por el descubrimiento de determinados asesinos cuando el jurado ni siquiera ha llegado a la conclusión de que sea un asesinato?

—Supongamos que el jurado llega a tal conclusión.

—Entonces será el momento adecuado de que me haga la pregunta.

Según supe, el miembro del jurado sonrió, hizo una reverencia y declaró que por su parte había terminado.

O bien en aquel momento el señor Mortoun acababa de obtener una información que encajaba en su teoría, o bien, si aceptamos que su pregunta venía motivada por bajos sentimientos, le pareció que ya había dañado suficientemente la reputación del magistrado en el condado. Porque los reporteros estaban trabajando y cualquier alma presente sabía que ninguna palabra pronunciada escaparía a la publicación en el periódico del condado.

El señor Mortoun, no obstante, saldría derrotado en menos de un minuto.

—¿Han terminado su interrogatorio, caballeros? —preguntó el magistrado.

El juez de instrucción asintió con la cabeza, al parecer.

—Entonces —continuó el magistrado—, antes de sentarme (y espero que me permitan permanecer en la sala hasta que termine la investigación de la causa de la muerte), declaro por propia voluntad algo que no consentiría en hacer público ni aunque intentasen obligarme de modo ilegal y totalmente inmerecido. Si el jurado da un veredicto de asesinato por parte de personas desconocidas, yo no ofreceré una recompensa por el descubrimiento de esos presuntos asesinos.

—¿Por qué no? —preguntó el juez de instrucción, quien, según supe más tarde, admitía que la pregunta había sido completamente imperdonable.

—Porque —dijo el magistrado Petleigh— soy de la opinión de que no se ha cometido ningún asesinato.

Según decía el periódico, dichas palabras fueron seguidas de un «revuelo».

—¿Ningún asesinato? —preguntó el juez de instrucción.

—No. Estoy seguro de que la muerte del fallecido ha sido un accidente.

—¿Qué le hace pensar eso, señor Petleigh?

—La naturaleza de la muerte. Diría que no se cometen asesinatos de un modo tan extraordinario como el que ha puesto fin a la vida de mi hijo. No tengo más que decir.

«Y dicho esto», decía el artículo del periódico, «el magistrado tomó asiento».

El siguiente testigo en ser llamado (puesto que ya habían oído al jardinero que había descubierto el cuerpo, y este solo testificó en lo referente a su hallazgo) fue Margaret Quinion, el ama de llaves.

Desde mi punto de vista, sus declaraciones carecían completamente de valor con respecto a la muerte del hijo del magistrado. Se limitó a asegurar que la noche anterior se había ido a la cama a la hora acostumbrada (alrededor de las diez), y que Dinah Yarton se había retirado un poco antes a la misma habitación. No oyó ruido alguno durante la noche y nada en absoluto perturbó su sueño hasta que el jardinero dio la voz de alarma.

La señora Quinion se sometió a su vez al interrogatorio del ayudante del procurador, el señor Mortoun.

—¿Duermen usted y la tal, cómo se llama, Dinah Yarton, solas en la casa Petleigh?

—Cuando la familia no está, sí.

—¿No les da miedo?

—No.

—¿Por qué?

—¿Por qué deberíamos tener miedo?

—Bueno… A la mayoría de las mujeres les da miedo dormir en casas grandes y solitarias ellas solas. ¿No tienen miedo de los ladrones?

—No.

—¿Por qué no?

—Pues simplemente porque los ladrones encontrarían tan poco que robar en la residencia Petleigh que tendrían que ser muy necios para intentar desvalijarla.

—Pero hay una buena cantidad de vajillas de plata en la casa, ¿no es así?

—Se van siempre a la ciudad con el señor Petleigh.

—¿Todas, señora?

—Hasta la última onza, por lo general.

—¿Dice usted que la muchacha duerme en su cuarto?

—En mi cuarto.

—¿Es una muchacha atractiva?

—No.

—¿Es poco agraciada?

—Tendrá usted la oportunidad de juzgar por sí mismo cuando sea llamada a testificar, señor.

—Ajá. ¿No creerá, por un casual, que había algo entre esta muchacha y el joven amo?

—¿Entre Dinah y el señorito Petleigh?

—Sí.

—Creo que sería difícil que tuviesen una aventura, pues [sonrió] nunca se han visto. La muchacha llegó a la casa Petleigh del condado vecino solo hace tres semanas, tres meses después de que la familia se hubiese marchado a la ciudad.

—Ajá; entonces, ¿debo entender que no han recibido al hijo del amo en casa recientemente?

—No hemos recibido al señorito Petleigh en casa recientemente: nunca viene a casa cuando falta la familia.

—¿No tenía por costumbre acercarse a la residencia Petleigh de modo inesperado?

—No.

—¿Lo sabe con seguridad?

—Lo sé con seguridad.

—¿Estaba el difunto privado de dinero?

—No sé nada de los acuerdos económicos entre padre e hijo.

—Bueno, ¿sabe que a menudo quería dinero?

—De veras, rechazo responder a tal pregunta.

—Bien, ¿le pedía a usted dinero prestado normalmente?

—Rechazo responder a esa pregunta.

—Dice usted que no oyó nada por la noche.

—Nada de nada.

—¿Qué hizo cuando el jardinero dio la voz de alarma por la mañana?

—Me confunde su pregunta.

—Y sin embargo es de lo más simple. ¿Qué fue lo primero que hizo tras saber de la catástrofe?

[Tras cierta consideración].

—Debo confesar que me resulta de veras casi imposible decir sin dudar qué fue lo primero que hice o dije en una situación tan terrible como aquella, pero me parece que lo primero, o al menos lo primero que recuerdo, fue cuidar de Dinah.

—¿Y por qué no podía ella cuidarse sola?

—Pues simplemente porque le había dado una especie de ataque epiléptico (padece dicha enfermedad) al ver el cuerpo.

—Entonces, ¿no puede arrojar luz alguna sobre tan misterioso asunto?

—Nada de luz; lo único que sé se refiere al reconocimiento del cadáver del señorito Petleigh por la mañana.

Se llamó a la muchacha, Dinah Yarton, pero en cuanto la desdichada joven, que esperaba en el zaguán del establecimiento público en que se celebraba la vista, oyó su nombre, la asaltó un ataque tal que le impedía por completo proporcionar testimonio alguno «que no fuese», como en tono chistoso observaba el periódico, «la prueba de que sus pulmones se hallaban en una condición envidiable, a juzgar por sus gritos».

—Pronto se recuperará —dijo la señora Quinion— y estará en condiciones de proporcionar su testimonio.

—¿Y cuál será ese testimonio, señora Quinion? —preguntó el ayudante del procurador.

—No podría decirle, señor Mortoun —respondió.

El próximo testigo al que se llamó (y aquí, en tanto que agente de policía, llamo la atención sobre la poca profesionalidad con la que se ordenó a los testigos) fue al médico.

Su testimonio es el que sigue, tras omitir los puntos puramente profesionales. «Me llamaron junto al difunto el martes por la mañana, cerca de las seis. Reconocí que el cuerpo pertenecía al joven señor Petleigh. No quedaba rastro alguno de vida. Llevaba siete u ocho horas muerto, por lo que pude observar, lo cual situaría la muerte entre las diez y las once de la noche anterior. La muerte la había causado una puñalada que había atravesado el pulmón izquierdo. El difunto había sufrido una hemorragia interna. El instrumento que había causado la muerte permaneció en la herida y detuvo la escasa efusión de sangre que de otro modo se habría producido. El difunto murió literalmente de asfixia, pues la sangre se filtró en los pulmones, inundándolos. Todos los demás órganos del cuerpo se hallaban en buenas condiciones. El instrumento que produjo la muerte me resulta desconocido. Es una especie de flecha de hierro, de factura tosca, con un astil. Debieron de fijarlo a algún tipo de mango para usarlo, lo cual probablemente activó la lengüeta cuando se intentó retirarlo; dicho intento debió de producirse, pues uno de los bordes de la flecha se había encajado detrás de una costilla. Repito que el instrumento que infligió la muerte me resulta desconocido por completo. Es notablemente zafio y áspero. El difunto vivió como mucho un cuarto de minuto después de que se le infligiera la herida. Con toda probabilidad, no gritó. No hay prueba de que se produjese la más mínima lucha; no hallo rastro alguno de que el difunto mostrase el menor conocimiento del peligro. Y, sin embargo, suponiendo que el difunto no estuviese dormido en el momento del crimen, pues sin duda se trató de un crimen u homicidio, debió de ver a su asaltante, quien, dada la posición del arma, debió de hallarse más bien delante de él y no detrás. Queda claro que la muerte es resultado de un crimen o de un accidente y no de un suicidio, pues me juego mi reputación profesional a que resultaría imposible para cualquier hombre clavarse un instrumento en el cuerpo con tanta fuerza como se ha usado en este caso, fuerza que queda demostrada por el corte producido en el hueso de una costilla. Ni podría suicida alguno, en las circunstancias de la presente catástrofe, haberse clavado una punta en la dirección que esta tomó. En resumen, mi opinión es que el difunto fue asesinado sin advertir por su parte al asesino».

Llegó el turno del señor Mortoun de interrogar al médico, que respondió de buen grado a las preguntas de dicho caballero.

—¿Cree usted, doctor Pitcherley, que no fluyó sangre al exterior?

—De eso estoy bastante seguro.

—¿Cómo?

—No había rastro de sangre en la ropa.

—Así pues, ¿infiere usted que la sangre no manchó el lugar del crimen?

—Ciertamente.

—Entonces, ¿podrían haber trasladado el cadáver durante un buen trecho sin que la sangre diese pista alguna del camino?

—No habría rastro alguno.

—¿Tiene la impresión de que el crimen se cometió lejos o cerca del lugar en que se encontró el cuerpo?

—Soy incapaz de dar respuesta a dicha pregunta, señor Mortoun, pues mi cometido aquí es ofrecer testimonio del levantamiento del cadáver y la causa de la muerte. Pero no hace falta que le diga que me he formado mi propia teoría sobre la catástrofe y que si el jurado desea oírla, estoy dispuesto a ofrecerla a su consideración.

En este momento se consultó, y resultó que el jurado se mostró deseoso de contar con las impresiones del médico.

[No me cabe duda de que las siguientes palabras fueron las que llevaron al jurado a su decisión].

El médico dijo:

—Mi impresión es que la muerte fue resultado, no diré de una contienda, sino de un accidente, durante una expedición de caza furtiva. En estos lares es sobradamente conocido, y en una coyuntura como la presente no creo ofender a la delicadeza al afirmar, señor Petleigh, que el joven Petleigh sentía una fuerte inclinación por la caza furtiva. Creo que él y sus secuaces estaban fuera, cazando (yo mismo, en dos ocasiones diferentes, al ser llamado en casos nocturnos, vi al joven caballero en circunstancias muy sospechosas); alguno de los miembros de la banda iría armado con el instrumento que causó la muerte, y quizá lo llevase al final de una de esas varas gruesas que se lanzan con frecuencia a los conejos. Supongo que por algún terrible accidente (todos sabemos lo temibles que resultan los accidentes que suelen darse cuando hay armas de por medio) el joven recibió una herida mortal y falleció después de que su compinche, asustado, intentase a toda prisa retirar la flecha, solo para dejar la punta atascada en el cuerpo, enganchada tras una costilla; la fuerza con la que se resistió el hueso provocó que el arma se desprendiese del astil. El descubrimiento del cadáver fuera de la casa paterna puede explicarse fácilmente. Sus compinches, a sabiendas de quién era, y por tanto temerosos de que les atribuyeran un acto que solo podría atraerles condena, llevaron el cuerpo hasta el umbral de la casa paterna y allí lo dejaron. —El médico concluyó—: Esta me parece la explicación más racional de las circunstancias en un caso tan notable y deplorable. Me disculpo ante el señor Petleigh por el agravio que pueda suponer referirme en estos términos al carácter de su hijo fallecido, pero mi excusa debe apoyarse en el hecho de que cuando un crimen o catástrofe son tan oscuros que el criminal o el culpable puede hallarse en muchas direcciones, no es sino justo estrechar el margen de las investigaciones lo más posible, con objeto de evitar que recaigan sospechas sobre gran número de individuos. Sin embargo, si alguien puede sugerir una explicación más lúcida que la mía, estaré encantado de admitir que me equivocaba.

[Poca duda puede caber, repito, de que el análisis del doctor Pitcherley encajaba de modo satisfactorio y plausible con los hechos del caso].

El señor Mortoun no le hizo más preguntas al doctor Pitcherley.

El siguiente testigo fue el alguacil de Tram, un patán imbécil, un caso perdido, como pude comprobar para perjuicio mío, que servía para las disputas de las tabernas rurales, pero que como detective no le llegaba a los talones a mi perro Dart.

Al parecer ofreció su soso testimonio con tanta estupidez que mereció la desaprobación incluso del juez de instrucción.

Lo único que pudo decir fue que lo llamaron para levantar el cuerpo y que acudió, y que vio de quién fuera el cadáver. Y que eso fuera todo lo que podía decir.

El señor Mortoun lo tomó bajo su autoridad, pero ni siquiera él pudo sacar nada en claro de aquel hombre.

—¿Cuántas personas había en el lugar en que se encontró el cuerpo antes de que usted llegase?

—Nadie.

—¿Cómo es eso?

—Pues por qué va a ser, porque Tom Brown, el jardinero, vinió a buscarme de inmediato, y como Tom Brown vinió a buscarme a mí, pues yo tamién llegué el primero.

Así había sido, como supe al llegar a Tram. El jardinero, Brown, presa del pánico, tras llamar al ama de llaves y conseguir su atención, había salido como alma que lleva el diablo en dirección al pueblo en busca de esa ayuda innecesaria que toda persona presa del pánico anhela, y como la casa del oficial resultó ser la primera morada que se encontró, el alguacil recibió la primera alarma. Por supuesto, si el caso se hubiese llevado adecuadamente, y puesto que el alguacil fue el primero en ser alertado, se habría procurado las pruebas necesarias para poner a los detectives en el camino correcto.

Las primeras dos preguntas formuladas por el miembro del jurado que hacía las veces de abogado demostraban que comprendía la importancia del testimonio que podría haber ofrecido dicho testigo, llamado Joseph Higgins, si conociese lo más mínimo su oficio.

La primera pregunta fue:

—La noche del lunes había llovido, ¿no es así?

[La noche previa a la catástrofe].

—Sí, había llovido —respondió Higgins.

Luego siguió esta importante pregunta:

—Usted fue el primero en llegar al lugar del crimen. ¿Observó si había rastros de pisadas en los alrededores?

Para mí está clarísimo que el señor Mortoun seguía la teoría de la catástrofe que había ofrecido el médico. Estaba claro que si algunos de los compinches cazadores hubiesen llevado al joven hasta la entrada de la casa, después de muerto, inevitablemente habría numerosos rastros de botas en el suelo mojado, pues había llovido durante la noche.

—¿Quééé? —preguntó el testigo cuando se le formuló la pregunta.

Se le repitió la pregunta.

—No —respondió—; no vi pisadas.

—¿Las buscó?

—No, no las busqué.

—Entonces no conoce su oficio —dijo el señor Mortoun.

Y el miembro del jurado estaba en lo cierto, pues puedo decirle al lector que las huellas de botas han mandado a más hombres al cadalso, como pruebas circunstanciales, que cualquier otra evidencia; de veras, las pruebas de las pisadas son terribles. Un clavo perdido, o dos o tres muy juntos, o uno roto, o todos perfectos, han identificado en infinidad de ocasiones la bota del sospechoso cuya huella encaja con la que se halla cerca del cadáver, o ha sido el primer eslabón en la cadena de evidencias que ha acabado arrastrando al asesino al cadalso, o al delincuente a galeras.

De hecho, si tuviese que aconsejar a los malhechores sobre los mejores medios de evitar que los encuentren, les sugeriría sin duda alguna que llevasen un par de botas de repuesto, y que se cambiasen las que llevan puestas al acercarse al lugar de su obra, para cometer las maldades con las segundas; que huyesen con ellas de la escena del crimen y que, tras haber recorrido cierta distancia, volviesen a calzarse las primeras y escondiesen con sumo cuidado el par de botas que los traicionaría. Así, las botas que llevan constituirían una prueba de inocencia en lugar de una supuesta prueba de culpabilidad.

Que nadie se escandalice porque dé consejo público a los canallas, pues yo misma me precio de contar con estratagemas para neutralizar trucos tan infames como este de las botas. Y como he divulgado mis estratagemas entre la policía, cualquier intento de poner en práctica mi sugerencia conllevaría un riesgo de ser descubierto mayor que el ordinario.

Volvamos al asunto que nos ocupa.

El alguacil de Tram, el único humano de la ciudad, aparte de Mortoun, que debería ser consciente, durante el curso normal de sus funciones, del valor de cualquier huella cercana al cadáver, había descuidado totalmente una precaución que, de haberla observado, podría haber conducido a un descubrimiento (quizá inmediato), cosa que a causa de su necedad nunca llegó a realizarse públicamente.

Nada había más cierto que esto: que lo que se da en llamar pruebas podoscópicas brillaban por su ausencia.

Como el alguacil no realizó observación alguna, ni el detective más agudo que existiese podría recoger pruebas de esa clase, pues a medida que se había ido propagando la noticia de la catástrofe, como solo en los pueblos pueden propagarse, los aldeanos habían acudido en tropel, borrando de ese modo cualquier pisada que pudiese haber existido.

En resumen, que el señor Joseph Higgins no testificó nada que mereciese la pena oír.

La única declaración que quedaba era la de Dinah Yarton.

Entró en la sala de la vista «presa de la extenuación», decía el periódico gracias al que me enteré de los particulares, «debido a los efectos de los sucesivos ataques que había sufrido».

Era tan mema que había que repetirle todas las preguntas de media docena de formas distintas antes de que pudiese ofrecer ni una sola réplica. Costó cuatro preguntas conseguir su nombre, tres que diera su dirección, cinco conocer su oficio; el juez de instrucción y el jurado, tras innumerables preguntas, abandonaron el intento de averiguar si conocía la naturaleza de un juramento. No obstante, como declaró estar bastante segura de que iría a «un sitio feo» si no decía la verdad, se la consideró una testigo perfectamente competente, y no me cabe la menor duda de que se la atosigó en consecuencia.

Y, puesto que fue el señor Mortoun quien le sonsacó más detalles que todos los demás interrogadores juntos, quizá no sea baladí, dado que el conjunto de mis acciones giraron en torno a su testimonio, transcribir las preguntas del caballero y las respuestas de la muchacha al completo, tal y como las reprodujo el ansioso periódico del condado, que sin duda consideraba el caso al completo como un regalo del cielo que le daría publicidad, y cuyos propietarios deseaban de todo corazón que la vista se suspendiese en multitud de ocasiones para buscar más testimonios.

—Bien, Dinah —dijo el señor Mortoun—, ¿a qué hora te fuiste el lunes a la cama?

[Por lo general, las respuestas llegaban tras una machaconería considerable por parte de quien interrogaba. Yo me limitaré a reproducirlas una vez, como acababan por salir].

—A las diez.

—¿Te dormiste?

—No, no me durmí.

—¿Por qué no?

—Porque no pudía.

—Pero ¿por qué?

—Porque estaba pensando.

—¿En qué?

—En un montón de cosas.

—¿Puedes decirnos alguna?

[No hubo respuesta, a excepción de síntomas de más ataques].

—¡Ejem! Bueno, ¿acabaste por dormirte?

—Sí.

—¿Y cuándo te despertaste?

—Me desperté cuando me llamó la señora.

—¿A qué hora?

—No sé leer un reloj.

—¿Era de día?

—Sí, era de día.

—¿Te despertaste durante la noche?

—Sí, una vez.

—¿Por qué?

—No sé.

—¿Oíste algún ruido?

—No.

—¿Te pareció oír algún ruido?

—Sí.

—¿Qué?

—Qué sé yo, que se movía.

—¿Qué se movía?

—Pues el arcón.

—Ajá, el arcón. ¡Respóndeme adecuadamente!

En ese momento alzó la voz, y no me cabe duda de que Dinah tuvo que agradecerle a este miembro del jurado que le volviesen los ataques.

—¿Me oyes? Responde adecuadamente.

—Sí.

—Cuando te despertaste, ¿oíste algún ruido?

—No.

—Pero ¿te pareció oír un ruido?

—Sí, en el…

—Chis, chis. Deje el arcón. ¿Dónde estaba?

—¿El arcón? En el pasillo.

—No, no, el ruido.

—¡En el pasillo, señor!

—¿Qué? ¿Allí estaba el ruido?

—No, señor, el arcón.

—A ver, bonita —dijo el oráculo de Tram—, olvídate del arcón, quiero que pienses en una cosa: ¿oíste algún ruido fuera de la casa?

—No.

—Pero has dicho que oíste un ruido, ¿verdad?

—No, señor.

—Bueno, pero has dicho que te pareció oír un ruido.

—Sí.

—Bien. ¿Dónde?

—En el arcón…

En ese momento, según el periódico, el abogado golpeó con la mano el estrado que se hallaba ante él y añadió:

—Como vuelvas a mencionar el arcón, muchacha, irás a la cárcel.

—¡A la cárcel! —exclamó la infeliz testigo.

—¡Sí, a la cárcel! ¡A pan y agua!

Y entonces la desdichada, sin más, sufrió un ataque y tuvieron que sacarla en brazos, batallando tres hombres con la fuerza que las convulsiones parecen traer consigo, que se las vieron y se las desearon para mantenerla en relativo silencio.

—Caballeros —dijo el juez de instrucción—, no creo que se trate de una testigo esencial. En primer lugar, albergo bastantes dudas de que esté en condiciones de testificar; en segundo, creo que su testimonio poco puede aportar: tan poco que no me inspira confianza la idea de posponer la vista hasta su recuperación. A mí me parece que sería una crueldad volver a colocar a esta pobre joven en esta situación, a menos que ustedes estén convencidos de que se trata de una testigo crucial. Creo que ya ha dicho lo suficiente como para demostrar que no lo es. Resulta evidente, a partir de sus propias declaraciones, que se retiró a descansar con la señora Quinion y que no tuvo más noticia de lo que ocurrió hasta que el ama de llaves la despertó por la mañana, tras haber recibido ella misma la alarma. Por lo tanto, me parece que todo el testimonio que podía ofrecer ya lo ha dado ante el jurado y venía incluido en las declaraciones del ama de llaves.

A pesar de que el jurado coincidió con las observaciones del juez de instrucción, el señor Mortoun añadió que era incapaz de comprender la razón de la frecuente mención del arcón por parte de la muchacha. Quizá la señora Quinion pudiese ayudar a resolver el misterio.

El ama de llaves se levantó de inmediato.

—Señora Quinion —dijo el señor Mortoun—, ¿puede explicarnos a qué se refería la joven al mencionar el arcón?

—No.

—Por supuesto, hay arcones en la casa de los Petleigh.

—Fuera de toda duda.

—¿Alguno en particular?

—Ninguno en particular.

—¿Ningún arcón al que se refieran como «el arcón»?

—Ninguno.

—La muchacha ha dicho que estaba en el pasillo. ¿Hay algún arcón en el pasillo?

—Sí, varios.

—¿Qué contienen?

—Hay uno para zuecos y botas, uno pequeño en la mesa en el que se colocan las cartas que han de echarse al correo cuando la familia está en casa, y de donde se recogen cada día a las cuatro; y también un arcón fijado a la pared, cuya utilidad nunca he sido capaz de descubrir, y que he sugerido varias veces al señor Petleigh que quitase.

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