Detectives victorianas

Detectives victorianas


Andrew Forrester hijo (fechas desconocidas) » El arma desconocida (1864)

Página 13 de 38

—¿Es muy grande?

—Como de unos cuarenta y cinco centímetros de superficie y una profundidad de un metro.

—¿Está cerrado?

—No, la tapa siempre está abierta.

—¿Ha dejado entrever la muchacha que le dé miedo el arcón?

—Nunca.

—¿No tiene ni idea de a qué arcón se refería en su declaración?

—Ni la menor idea.

—¿Considera a la joven de cabeza débil?

—Decididamente, no posee un intelecto fuerte.

—Y ¿supone que la idea del arcón es una mera imaginación?

—Por supuesto.

—¿Reciente?

—Nunca antes la había oído mencionar un arcón.

—Con esto bastará.

El periódico del que tomo las declaraciones describe a la señora Quinion como a una mujer de gran circunspección, que decía lo que tenía que decir con perfecta calma y sin ninguna prisa.

El juez de instrucción, tras dar por terminadas las declaraciones, se disponía a recapitular cuando el alguacil Higgins recordó que había olvidado algo y se adelantó con gran presteza a enmendar su error.

No había mostrado los objetos personales que se habían encontrado en el cadáver.

Dichos artículos eran una llave y un antifaz de crepé negro.

Cuando se llamó de nuevo al magistrado y se le mostró la llave, la identificó como una de las «llaves del hogar» (o eso le parecía). No gozaba de particular valor y no importaba si permanecía en manos de la policía.

El artículo añadía: «La llave se halla ahora bajo la custodia del alguacil».

En lo referente al antifaz de crepé, el magistrado no podía ofrecer explicación alguna al respecto.

El juez de instrucción procedió entonces a recapitular, y al hacerlo elogió abundantemente al doctor por su punto de vista respecto al asunto (lo cual, no tengo ninguna duda, despejó todo el interés por la cuestión que sintiese el público y rebajó la vigilancia de las fuerzas investigadoras, que, a pesar de su inteligencia, son al mismo tiempo simples y están extremadamente dispuestas a aceptar una afirmación sencilla y honesta), para añadir que el descubrimiento del antifaz de crepé negro no hacía más que corroborar la sugerencia del doctor.

—En caso de estar cazando de modo furtivo —dijo el juez de instrucción—, el joven desearía a toda costa esconder el rostro, y más si tenemos en cuenta su posición en el condado; por lo tanto, el hallazgo del antifaz de crepé negro en el cadáver sería un descubrimiento muy natural si aceptamos la explicación de la caza. Pero…

Y entonces el juez de instrucción procedió a explicarle al jurado que tenía que decidir basándose no en suposiciones, sino en hechos. Quizá todos estuvieran convencidos de que la explicación del doctor Pitcherley era la verdad, pero la ley no podía aceptarla. Su veredicto debía concordar con los hechos, y los hechos del caso eran los siguientes: se había encontrado a un hombre muerto y las causas de la muerte eran tales que resultaba imposible creer que el difunto hubiese cometido suicidio. Así pues, dadas las circunstancias, sentirían que era su deber dictar un veredicto de asesinato.

El jurado no se retiró, sino que, transcurridos tres minutos de deliberación, durante los cuales (según supe) el señor Mortoun, portavoz del jurado, no dejó de hablar, el jurado emitió un veredicto de homicidio con premeditación a cargo de una persona o personas desconocidas.

Así acabó la vista.

Y no me tiembla la voz al decir que fue una de las investigaciones más flojas que nunca se haya realizado. No se caracterizó ni por el orden, ni por la comprensión, ni por el sentido común.

Los hechos del caso causaron cierto revuelo, pero la explicación plausible ofrecida por el médico y las circunstancias que con ella coincidían despojaron el asunto de interés tanto para el público como para la fuerza policial; para el primero, porque dejaba poco margen para las conjeturas del respetable; para la segunda, porque no necesito decir que la fuerza motora general y preferente del detective es el beneficio; en este caso, las posibilidades de beneficio quedaban prácticamente excluidas por la probabilidad de que se hubiese ofrecido ya la verdadera explicación de los hechos, y al mismo tiempo cabía poca esperanza de una recompensa sustanciosa.

Pero el mero hecho de que me halle escribiendo este relato bastará para mostrar que yo, al menos, no coincidía con la consideración general del asunto.

Creo que en las siguientes páginas conseguiré demostrar que estaba en lo cierto.

Por supuesto, el Gobierno ofreció la recompensa usual de cien libras, cuya proclamación se publica en todos los casos de muerte en los que presuntamente haya habido gato encerrado.

Pero no fue la recompensa corriente la que me tentó a elegir este caso e investigarlo. Hubo un cúmulo de circunstancias peculiares que me atrajeron.

Fueron las siguientes:

1. ¿Por qué el padre se negó a ofrecer una recompensa?

2. ¿Por qué el difunto llevaba consigo las llaves de la casa en el momento de su muerte y cómo llegaron a sus manos?

3. ¿Qué significaba aquel arcón?

1. A mí me parecía que el hecho de que el padre se negase a ofrecer una recompensa podía deberse a una de las siguientes tres razones: que no creyese que se había cometido un asesinato y por tanto tuviese la impresión de que dicha oferta era innecesaria; que supiese que se había cometido un asesinato y no desease acelerar la acción de la policía; o, en tercer lugar, que, creyese o no en el asesinato, supiese o no que había sido un asesinato, fuese demasiado miserable como para ofrecer una recompensa cuyo pago asumiría sin sacar ningún beneficio.

2. ¿Cómo es que el difunto tenía una de las llaves de la morada de su padre en el bolsillo? Dicha posesión era de lo más inusual y difícilmente explicable. ¿Cómo llegó a sus manos? ¿Por qué la tenía en su poder? ¿Qué se disponía a hacer con ella?

3. ¿Qué significaba aquel arcón? ¿Se refería la desdichada Dinah Yarton a un arcón ordinario o extraordinario? A mí me daba la impresión de que si se refería a un arcón ordinario debía de tratarse de un arcón ordinario en circunstancias extraordinarias. Pero los necios muy pocas veces poseen imaginación, y yo, sabiéndolo, no tenía la intención de atribuirle a Dinah la habilidad de dotar a un arcón corriente de atributos asombrosos. Y después, recordando que no había nadie en casa para gastarle bromas excepto un ama de llaves adustísima, que no sentiría inclinación por esos trucos, llegué a la conclusión de que el mencionado arcón era un arcón extraordinario. «Estaba en el pasillo». Así pues, si el arcón no era un arcón corriente, y estaba en el pasillo, la conclusión era que acababa de llegar allí. ¿Asocié en ese momento el arcón con el caso? No lo creo.

Sea como fuere, me decidí a bajar a Tram y a investigar el caso, y como entre los detectives la acción es casi simultánea a la determinación de actuar, no necesito decir que, tras adoptar tal resolución, al poco me hallaba en la estación, a punto de tomar el primer tren que saliera.

Mientras me dirigía hacia allá fui ordenando mentalmente el proceso que debía seguir.

En primer lugar, debía ver al alguacil.

En segundo lugar, tenía que hablar con Dinah, la muchacha.

En tercer lugar, debía examinar el escenario del crimen.

Todo aquello sería tarea fácil.

Pero lo que seguía sería más difícil.

Tendría que poner mis descubrimientos en conocimiento de toda persona que pudiese estar implicada y ver qué salía de ello.

Al llegar a Tram encontré al alguacil de inmediato, y me veo obligada a decir que nunca he conocido mayor cretino, de veras.

Era demasiado estúpido como para exhibir algo que no fuese una completa, aunque idiota, franqueza.

Enfrentado a mis dotes detectivescas de sacacorchos no tenía más posibilidades que un corcho joven y tierno ante un sacacorchos de verdad. Estoy convencida de que no se enteró de que yo era detective hasta que finalizó el asunto. Su mente no podía concebir la idea de que un agente de policía vistiese enaguas.

Lo interrogué, lo cual me pareció el procedimiento más breve para ocuparme de él, calmando sus recelos y tirándole de la lengua a base de monedas.

En cuanto lo vi cara a cara supe lo que tenía que hacer. Simplemente tenía que interrogarlo. Y aquí reproduzco mis preguntas y sus respuestas con la mayor exactitud que me permite mi memoria, junto con un relato de los hechos que resultaron de ambas.

Le dije de inmediato que tenía curiosidad por saber todo lo posible sobre el asunto; tras ilustrar dicha afirmación con la primera moneda, me brindó al instante la oportunidad de ver cuántos dientes tenía en la boca. Treinta y dos. No le faltaba ninguno.

—Se encontraron en el cadáver una llave y un antifaz. ¿Dónde están?

—¿Ande van a estar? En mi caja, ¿no soy yo el alguacil?

—¿Me los enseña?

—¡Pues claro que se los enseño!

Y se dirigió ipso facto hacia una caja que había en un rincón de la estancia para abrirla con solemnidad.

En tanto que alguacil de Tram, era perfectamente natural que se hallase en posesión de dichos objetos, ya que se había emitido un veredicto de homicidio premeditado y en cualquier momento, por lo tanto, podría llevarse a cabo una investigación.

Sacó un bulto de la caja; al abrirlo, salió un traje, y de dentro extrajo una llave y un antifaz.

Primero examiné la llave. Estaba bien hecha; era una llave de hermosa factura y muy compleja. Los agentes de policía aprendemos mucho de llaves con la experiencia, y por tanto observé a primera vista que era la llave de un candado complicado y de valor superior al ordinario.

En la pulidísima cabeza de la llave había un número cuidadosamente grabado: «n.º 13».

Quedaba fuera de toda duda que aquella llave no era una llave normal para un candado normal.

Y está claro que los candados y las llaves excepcionales encierran tesoros excepcionales.

La primera conclusión a la que llegué, por lo tanto, tras mi entrevista con el alguacil de Tram era esta: que la llave encontrada en el cadáver abría un candado que guardaba algo de valor.

Después examiné el antifaz.

Era de crepé negro, con un armazón de alambre de plata. Nunca había visto nada parecido, a pesar de que como detective había frecuentado a mucha gente con antifaces, tanto en bailes de disfraces como en ocasiones menos aceptables aún.

Así pues, inferí que se trataba de un antifaz fabricado en el extranjero.

[Acabé por enterarme de que estaba en lo cierto, sin que la cosa tuviese mucho mérito, pues lo que no es blanco deberá ser forzosamente de otro color. El antifaz era lo que en el extranjero recibe el nombre de masque de luxe, un antifaz que, aunque cambia el aspecto lo suficiente como para evitar que nos reconozcan, está hecho con tanta delicadeza que el material, el crepé, permite la transpiración, cosa que antifaces de calidad inferior no hacen].

—¿Se encontró algo más en el cadáver?

—No.

—¿Ninguna llave maestra?

—No, solo esa llave.

Así pues, si el alguacil estaba en lo cierto, y el jardinero, Brown, había encontrado el cuerpo tal como cayó, los únicos objetos que se habían hallado eran una llave y un antifaz.

Pero seguro que había algo más en los bolsillos.

—¿No se encontró ninguna cartera? —pregunté.

—No, nada de cartera.

—¿Ni pañuelo?

—Ah, sí; sí que había un moquero.

—¿Dónde está?

Fue de inmediato al bulto.

—¿Esta es la ropa que llevaba puesta?

—Así es.

«Todo bien de momento», pensé.

El alguacil, pese a parecer, y ser, franco y estúpido, era muy suspicaz, y por tanto tuve la impresión de que había que manejarlo con cuidado.

Tras enganchar y sacar el pañuelo de un hueco que había en el montón con el índice más plano que me parece haber visto en la vida, me lo tendió.

Era un pañuelo de mujer.

Estaba nuevo; al parecer, nunca lo habían usado; no presentaba arruga alguna ni se veía suciedad, como sería el caso de haberlo llevado largo tiempo en el bolsillo; y en la esquina estaba marcado con el nombre «Freddy», sin duda diminutivo de Frederica.

—¿Estaba envuelto en algo el moquero? —pregunté, usando la palabra que había empleado el alguacil.

—No.

—¿En qué bolsillo estaba?

—En ninguno.

—¿Dónde estaba, entonces?

—En el chaleco, junto al corazón, justo encima del bujero que le hicieron.

Así pues, ¿qué se podía deducir del pañuelo?

Era de mujer, no estaba manchado, no lo habían llevado mucho tiempo, lo llevaba contra el pecho, estaba marcado.

Dicho lo cual, se podía colegir lo siguiente:

El pañuelo pertenecía a una mujer, con toda probabilidad joven, cuyo nombre de pila era Frederica; como no estaba manchado, y tampoco ennegrecido por el uso, el difunto lo había recibido, o sustraído, recientemente; y como el pañuelo se encontraba en el pecho, parecía recibir un cierto trato de favor. ¿Podríamos suponer entonces que se lo hubiese regalado una joven cuando él se preparaba para la incursión?

Ahora bien, el difunto había abandonado Londres dieciocho horas antes de su muerte: ¿le habían dado el pañuelo en Londres o después de marcharse de la ciudad?

¿Tendría el antifaz algo que ver con aquella mujer?

Cogiéndolo de nuevo para reexaminarlo, la delicadeza de su factura me impresionó más que antes; tras alzarlo a la altura de mis ojos para analizarlo con más detalle, descubrí que estaba perfumado.

Por lo tanto, todos los datos apuntaban a que aquel antifaz había pertenecido a una mujer.

Volví a interrogar a Joseph Higgins, alguacil.

—Me encantaría echarle un vistazo a la ropa —dije.

—Cómo no, mire, mire —respondió el oficial.

Era un traje corriente, de los que se pondría un hombre de clase media por la mañana, pero no tan bueno ni a la moda como el que podría esperarse en el hijo de un opulento magistrado.

[Esa aparente incongruencia quedó explicada cuando me enteré, la noche misma de mi llegada, de que el magistrado era tacaño e incluso avaro].

No había nada en los bolsillos, pero me llamó la atención la cantidad de pelusa que lucía el tejido, que, al ser de color gris oscuro, la disimulaba en gran medida.

—No ha cuidado mucho esta ropa usted, me temo.

—¡Está como la llevaba él!

—¿Estaba ya entonces llena de pelusa?

—Sí.

—Pues se diría que alguien se ha revolcado en una cama con ella puesta.

—No.

La ropa en cuestión tenía la parte inferior manchada de gravilla, y esas zonas seguían húmedas.

Al observar este hecho me vino algo a la cabeza, algo que había salido a la luz en la vista y que guardé en mente mientras examinaba el estado de la ropa.

El lunes por la noche había llovido y el cuerpo lo habían descubierto el martes por la mañana.

Pero la ropa no estaba húmeda en conjunto, pues la pelusa estaba ondulada y se volaba con el aire. Era necesario saber a qué hora había dejado de llover el lunes por la noche o el martes por la mañana.

Era más que evidente que la ropa no había estado expuesta a la lluvia entre el momento en que se había llenado de pelusa y el hallazgo del cadáver. Por lo tanto, si averiguaba a qué hora había escampado, tendría el intervalo de tiempo (ya que habían hallado el cuerpo a las cinco y media) durante el cual habían depositado el cadáver.

El alguacil no sabía nada de la lluvia, y me parece que fue en este preciso momento cuando, a pesar de los chelines, comenzó a mostrar signos de impaciencia.

Al final averigüé que no había dejado de llover hasta las tres de la madrugada del martes. Luego quedaba claro que habían depositado allí el cuerpo entre las tres y las cinco y media: un lapso de dos horas y media.

Otro descubrimiento que hice en la misma noche fue el de mi casera, una persona de lo más útil.

¿No le resulta chocante al lector pensar que las tres de la madrugada del mes de mayo, cuando casi ha llegado el amanecer, es una hora extraordinariamente tardía para ir a cazar como furtivo?

Tomando en consideración ese hecho indiscutible, junto con lo innecesario del antifaz (pues los cazadores furtivos no llevan antifaces) y el estado de la ropa, por no hablar del tipo de atuendo que llevaba el difunto, me vi obligada a descartar la teoría del señor Mortoun, según la cual el hijo del magistrado había encontrado la muerte en una trifulca entre cazadores, o mejor dicho, en una expedición de caza furtiva.

Cogí un poco de la pelusa de la ropa y la coloqué con cuidado dentro de mi libreta.

Lo último que examiné fue la punta que había causado la muerte.

Y en este punto admito que me quedé de piedra, completa y absolutamente de piedra. No había visto nada parecido hasta la fecha, nunca.

Era una punta de hierro muy tosca, con forma de flecha empenada, solo que las alas se ensanchaban desde la punta, de modo que cada una de ellas se parecía en la forma al filo de una navaja suiza muy usada. El astil era irregular y quizá hasta más basto que el resto. El arma estaba hecha de un hierro muy pobre, pues le doblé la punta al golpearlo, sin demasiada fuerza, contra el marco de la ventana, para gran disgusto del alguacil, que exclamó, lo recuerdo bien: «¡Eeeh!».

Entonces, ¿qué adelanté yo con mi visita al alguacil? Las siguientes suposiciones:

Que el difunto fue colocado donde se le encontró entre las tres y las cinco y media de la madrugada del martes; que no murió durante una expedición de caza furtiva; y que había visitado a una joven llamada Frederica unas cuantas horas antes de la muerte, de la cual había recibido un pañuelo y posiblemente un antifaz.

Lo único que planteaba problemas era la llave, que, por cierto, había sido hallada en una pequeña faltriquera del chaleco.

No hará falta precisar que mientras tomaba el té en la posada en la que me había instalado formulé un montón de preguntas; viendo que se hacía frecuente referencia a una tal señora Green, deduje que era una fisgona y, tras anotar su dirección con el pretexto de que aquella agradable mujer alquilaba habitaciones, añadiré de inmediato que esa noche dormí en la mejor habitación que había en su casa.

Era la charlatana más incorregible que había visto nunca. No carecía de agudeza; de hecho, con un poco más de circunspección de la que poseía o, digamos, con una circunspección corriente, habría podido ser una buena oficial de policía; si hubiese poseído tal cualidad habría hecho algo por ella. Tal y como era, semejante idea no podía concebirse ni por un momento.

La tal señora Green era maravillosa.

Bastaba con hacer una pregunta en cualquier momento y abandonaba el tema que había estado tratando para tomar derroteros completamente nuevos.

Estaba ansiosa por hablar del asesinato, pues a ella no le cabía duda de que se había cometido un asesinato.

En pocas palabras, toda la información conseguida hasta el momento que no procediese de mis propias pesquisas o de la copia del periódico del condado, y mucha de la información que sigue, viene toda de la misma fuente: la efusiva señora Green.

Lo único que tenía que hacer era formular otra pregunta cuando creía que habíamos agotado el tema anterior, y ella se lanzaba de nuevo; así estuvimos de siete a once. Dieron más de las ocho y media o las nueve antes de que recogiese los enseres del té, frío y aguado desde hacía rato.

—¿Y qué ha sido de la señora Quinion? —pregunté en aquel rato de distracción tan valioso que me ofrecía la señora Green, durante el cual nunca me preguntó qué me llevaba a mí a aquellos lares (aunque estaba segura de que fisgona tan perfecta debía de morirse por conocer mis asuntos), pues cualquier pregunta habría llevado a una respuesta, y aquello no habría podido soportarlo, mientras que yo estaba más que dispuesta a escucharla. Así pues, eligió el menor de los dos males.

—¿Y qué fue de la muchacha?

—¿Qué muchacha?

—Dinah.

—¿Dinah Yarton?

—Sí. Creo que ese era su nombre.

—¡Bendita sea! ¡Qué alegría poder hablarle de Dinah Yarton! ¡Hay mucho que contar! Se marchó dos días después, y como no tenían cama para ella en el Lamb and Flag, y yo sí que tenía, se vino aquí (los del Lamb and Flag siempre me están mandando gente, ¡benditos sean!). ¡Y así es como me enteré de todo, bendito sea, y de lo del arcón grande!

[El arcón, ahí quería yo que llegase la señora Green. El lector recordará que puse algo de énfasis en que la muchacha mencionó con frecuencia un arcón].

—¡Bendito sea! Todo el jaleo vino por el arcón, porque la señora Quinion dijo que Dinah era tonta por asustarse de él; pero así fue, se asustó, y ahora es probable que esté en el condado vecino, en Little Pocklington, donde viven su madre, que hace puntillas, y su padre, que es granjero, y donde nació ella misma (Dinah, no su madre) el 1 de abril de 1835, lo cual quiere decir que ahora tiene veinte años. ¿Qué está haciendo usted? ¡Bendita sea!

[Estaba anotando el nombre del pueblo, Little Pocklington].

No reproduciré aquí más notas literales de las observaciones de la señora Green, sino que las iré empleando a medida que sean necesarias para mi relato, como en realidad las usé.

Tomé de inmediato la decisión de ir a ver a la muchacha; es decir, después de disfrutar del descanso nocturno. Así pues, a la mañana siguiente, tras cuidarme de cerrar bien mi baúl y mi bolsa, tomé un desayuno rápido y me puse en marcha. Al llegar a la estación vi a la señora Green. Obviamente, se me había anticipado atajando por los campos de Goose Green, como de hecho me contó.

Dijo que pensó que se me había caído «aquello» y había ido a preguntarme.

«Aquello» era un monedero tan viejo que era una reliquia.

—¡Bendita sea! ¿No es suyo? Qué raro, ¿no lo es? Pero ¡bendita sea! ¡Si tendrá que esperar una hora para coger un tren! No hay trenes para ningún sitio en menos de una hora.

—Entonces me daré un paseo —dije.

—¿Quiere que vaya con usted y le haga compañía? —preguntó la señora Green.

—No —respondí—, tengo varios recados que hacer.

Tenía una hora por delante y, al recordar que en casa de Higgins había visto las cosas a la débil luz del atardecer, pensé que sería útil visitar de nuevo a tan eminente personaje y hacer una segunda inspección.

Quizá hice bien en pensarlo.

No es que descubriese nada de capital importancia, pero la pizca de información que llegó a mis manos me ayudó a corroborar mi creencia de que el difunto había visitado a una joven, posiblemente a una joven dama, poco antes de su muerte.

A Higgins, talabartero de oficio, no le hizo demasiada gracia que volviese a aparecer, y en realidad pensé que me vería obligada a contarle a qué se debía mi interés y forzarlo a mantener el silencio. Por fortuna, el hecho de que me considerase una mujer medianamente loca pesó más que su hosquedad, y así, con ayuda de unas cuantas monedas más, volví a examinar la ropa que llevaba el infeliz hijo del magistrado.

Y entonces, a la resplandeciente luz de la mañana de primavera, vi lo que la noche anterior había escapado a mi atención: nada más y nada menos que un fragmento de hilo de seda color carmesí brillante, como los que usan las damas para sus clases de bordado.

Alguien había enrollado el fragmento de hilo una y otra vez en un botón de la pechera, y luego le había hecho un bonito nudo.

«Es una dama», pensé; «y estaba descansando la cabeza contra su pecho cuando le ató el trocito de cordel. Es inocente, diría, o no haría algo tan infantil».

Higgins apartó las ropas del joven muerto con un aire malhumorado.

—Venga, démelas. ¿Cree que quiererá verlas una vez más?

—No.

—Bueno, si le dan ganas, aquí están.

—De acuerdo —dije, y regresé a la estación.

Por supuesto que la señora Green estaba montando guardia, y eso que por la mañana yo había visto en la casa síntomas de que el día iba a estar dedicado a lo que algunos londinenses bromistas llamaban «fiesta del agua», es decir, limpieza general.

Pero la señora Green había huido de tal limpieza.

—¡Bendita sea! ¡Estoy esperando a una querida amiga!

—¿De veras, señora Green?

—¿Le compro un billete, querida?

—Sí, si lo desea. Cómprelo para Stokeley —respondí.

—A cuatro millas —dijo la señora Green—. Tengo una amiga en Stokeley. ¿No será mi amiga su amiga? ¿Quién es su amiga, querida?

—La señora Blotchley.

—¿Cómo? ¿La que vive cerca de la gasolinera?

—Sí.

—Ah, a ella no la conozco.

Me pareció que la señora Green se había quedado impresionada (nunca sabré por qué, porque como no conozco a ninguna señora Blotchley, sino que solté ese nombre por casualidad, y en realidad nunca visité Stokeley, Green fue la única en alegrarse de su descubrimiento).

—Señora Green, si no he llegado a casa a las nueve, no me espere.

—¡Ah! ¿A lo mejor se queda a dormir en su casa?

—Es muy probable.

—¡Oh!

Y como en este punto la señora Green me hizo una reverencia, me dio la impresión de que la señora B. era una dama de alcurnia cuya grandeza se reflejaba en mí.

No me cabe duda de que la información que de inmediato debió de hacer circular contribuyó a ocultar el verdadero objetivo que me había llevado a Tram.

Cuando el tren llegó a Stokeley me procuré otro billete hasta Little Pocklington, y llegué a dicha ciudad alrededor de las dos de la tarde. No distaba ni cien kilómetros de Tram.

El padre de Dinah Yarton era uno de esos pequeños granjeros con unos pocos acres diseminados por el país que van desapareciendo lenta pero progresivamente.

Quizá deba decir de inmediato que la pobre Dinah sufrió al menos tres ataques durante el interrogatorio al que la sometí, y que conste (en honor a la naturaleza humana de los campesinos) que tuve que hacer uso de mi último recurso y desvelar que era oficial de policía, sacando la placa en presencia del alguacil de Little Pocklington, al que metieron en el asunto, antes de vencer las objeciones del padre de la muchacha. Él, con toda la razón, decía que aquel maldito asunto ya había dejado a su criatura medio muerta, y que lo aspasen si volvía a permitir que saliese del pueblo.

Como ya he dicho, la infeliz muchacha sufrió tres ataques, y no me cabe duda de que la familia se alegró de corazón cuando me alejé de allí.

La desdichada joven tenía que hacer veinte intentos antes de dar con una respuesta.

No hay necesidad de repetir su testimonio hasta el punto en que se interrumpió cuando se hallaba ante el juez de instrucción y el jurado; comenzaré a partir de ese momento.

—Dinah —inquirí en tono sosegado, y me parece que la agitación que la madre de la muchacha dejaba entrever contribuía tanto a los ataques como el nerviosismo de la joven—, Dinah, ¿qué pasaba con el arcón?

—Maldito arcón —dijo la madre.

Y en ese momento fue cuando la infeliz joven sufrió su segundo ataque.

—Ya está, me han matado a mi Dinah —dijo la anciana, y hay que reconocer que Dinah padecía unas convulsiones de lo más horribles y ofrecía un aspecto terrorífico. La pobre criatura pasó alrededor de una hora luchando con el ataque, y cuando este llegó a su fin y pudo abrir los ojos, lo primero que vieron la obligó a cerrarlos de nuevo, pues aquello fui yo.

No obstante, tenía que llevar a cabo mi cometido, y ahí reside la excusa para tanta tortura.

—¿Qué…? Ay, ayy… ¿Qué ha dicho usted?

—¿Qué pasaba con el arcón?

—No sabo.

—¿Dónde estaba?

—En el pasillo.

—¿De dónde había salido?

—No sabo.

—¿Cuánto tiempo llevaba allí?

—Desde el día anterior.

—¿Quién lo había traído?

—No sabo.

—¿Un hombre?

—No.

—¿Entonces?

—Dos hombres.

—¿Cómo habían llegado?

—Venieron en un coche muy grande.

—¿Y trajeron el arcón en el coche?

—Sí.

—¿Y entonces?

—¿Qué?

—¿Qué dijeron?

—Que era para el magistrado.

—¿Lo llevaban entre ambos?

—Sí.

—¿Cómo?

—Como con cuidado. [Aquí se vieron síntomas de otra convulsión].

—¿Qué pasó con el arcón?

—No sabo.

—¿Vinieron a buscarlo de nuevo?

—No sabo.

—¿Está allí ahora?

—No.

—¿Así que se lo llevaron?

—Sí.

—Pero ¿no viste cómo se lo llevaron?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes que no está allí ahora?

—No sabo.

—Pero dices que no está en el pasillo. ¿Cómo lo sabes?

—La señora Quinion me dijo que se lo habían llevado.

—¿Cuándo fue eso?

—Después de que me fuera a la cama.

—¿Estaba allí a la mañana siguiente?

—¿Lo cuál?

—¿Estaba allí el arcón por la mañana, cuando encontraron al hijo del magistrado muerto fuera de la puerta?

En ese momento Dinah sufrió el tercer acceso y me vi obligada a dejarla en los primeros espasmos de aquella convulsión, pues su padre me conminó a abandonar la casa, fuese agente de policía o no, amenazando con darme lo que llamó «un soplamocos» en caso contrario.

Dadas las circunstancias, pensé que quizá fuese más prudente marcharme, y eso hice.

Aquella noche la pasé en Little Pocklington con la esperanza, que se vio lamentablemente truncada, de descubrir más detalles que la muchacha pudiese haber divulgado entre sus compañeros. Pero, en primer lugar, Dinah no tenía compañeros y, en segundo lugar, todo intento de sonsacar a la gente fracasó, ya que el caso había aparecido en el periódico local que se leía en Little Pocklington.

A mi regreso a Tram, la señora Green me recibió con todos los honores, como a una persona que había visitado a la señora Blotchley, y me di cuenta de que la chimenea del gabinete contaba con un nuevo adorno, hecho de un papel de color vivo y resplandeciente.

Le di las gracias a la señora Green, y en respuesta a sus preguntas contesté con alegría que la señora Blotchley se encontraba bien, a excepción de un pequeño catarro. Sí, había dormido allí. ¿Qué cenamos en casa de la señora Blotchley? Pues se me había olvidado.

—Qué lástima, querida —dijo la señora Green.

Tras ver a Dinah y volver a casa en tren (la verdad es que viajar siempre me facilita las reflexiones), le di vueltas a todo lo que le había sonsacado a la muchacha en referencia al arcón.

¿Estaría o no relacionado de algún modo con la muerte?

Era grande, lo habían llevado dos hombres y, según la información de Dinah, se lo habían vuelto a llevar de la residencia.

Era imprescindible averiguar qué pasaba con él.

Todo el asunto estaba todavía tan fresco (no habían transcurrido más de quince días desde su advenimiento) que estaba segura de que aún se recordarían todos los particulares de la fecha de los que se tuvieran noticia.

Puse a la señora Green a trabajar, pues nadie se ajustaba mejor a mis propósitos.

—Señora Green, ¿podría enterarse de si se vio alguna carreta o un coche con un arcón grande en Tram el lunes anterior a que se encontrase el cadáver del joven Petleigh?

Vi que la alegría invadía el rostro de la señora Green; y tras encomendarle esta tarea, me arreglé lo mejor posible y subí a la casa de los Petleigh.

Me abrió la puerta (con lentitud sospechosa) una criada, que volvió a cerrarla mientras le llevaba a la señora Quinion un recado mío y una tarjeta. El recado decía que había acudido para pedir referencias de una criada.

Transcurrieron unos momentos y luego me llevaron ante el ama de llaves.

Encontré ante mí a una mujer de aspecto sereno, elegante y corpulenta, con una determinación silenciosa en el rostro. De ningún modo podría negarse que poseía unos rasgos agraciados.

Demostraba bastante seguridad.

Entre nosotras se desarrolló la siguiente conversación. El lector verá que no hice por mi parte ninguna referencia al objeto real de mi visita (la investigación sobre la forma en que había encontrado la muerte el joven Petleigh). Y si acaso el lector se queja de que hay demasiada falsedad en mis declaraciones, alegaré que, ya que las malas acciones constituyen una especie de mentira que perjudica a la sociedad, si los servidores de la sociedad desean imponerse a los malhechores, deberán usar la misma falsedad.

Aquí está la conversación.

—¿La señora Quinion?

—Sí, así suelen llamarme. ¿Deseaba usted verme?

—Sí, vengo buscando información sobre una criada.

—¿De veras? ¿Quién?

—Estaba de paso en Tram, donde me quedaré unos días, en mi camino de la ciudad a York, y pensé que sería bueno venir a preguntar en persona, que es siempre lo más sensato en todo lo tocante a los criados.

—Una idea excelente; pero, viniendo de la ciudad, ¿por qué no se dirigió al ama de llaves de allí, dado que sin duda deseará usted emplear a una joven de la ciudad?

—Ahí está la dificultad. Si su carácter fuera el adecuado, tendría que sacarla de una especie de institución. Nunca ha estado en la ciudad y eso es lo que me hace dudar. No obstante, si puede usted darme esperanza alguna de que la joven…

—¿Cómo se llama?

—Dinah, Dinah… Permítame que eche un vistazo a mi libreta.

—No se moleste —respondió, y me pareció que estaba pálida; pero quizá, pensé en aquel momento, su lividez se debiese al luto que llevaba puesto—. Se refiere usted a Dinah Yarton.

—Yarton, ese es el apellido. ¿Cree usted que servirá para el puesto?

—Depende en gran medida de para qué puesto se la requiera.

—Como ayudante de la niñera.

—¿Para su familia?

—¡No, de ninguna manera! Para la de mi hermana.

—¿En la ciudad?

[Formuló dicha pregunta ya más calmada].

—No, en el extranjero.

—¿En el extranjero? —Y advertí que murmuró la palabra con una energía que, a pesar de no sonar con fuerza, suponía un aumento de volumen en comparación con su tranquilidad previa.

—Sí —dije—, la familia de mi hermana tiene que abandonar Inglaterra para irse a Italia, donde pasarán unos años. ¿Cree que la muchacha serviría?

—Bueno, sí. No es brillante, eso es verdad, pero es maravillosamente limpia, honesta y le encantan los niños.

En ese momento se me pasó por la cabeza que el ama de llaves de la residencia Petleigh, donde no había ninguna criatura, poco podía saber del amor por los niños que experimentaba Dinah.

—Lo que más apreciaba de Dinah —prosiguió la señora Quinion— era su franqueza y la confianza que inspiraba. Nadie puede poner en duda su delicadeza con los niños.

—¿Puedo preguntarle por qué ya no trabaja para usted?

—Se marchó por voluntad propia. Hace dos o tres semanas tuvimos aquí un incidente de lo más desafortunado. Influyó mucho en ella; deseaba alejarse de aquí y en realidad me alegré de que se decidiera a marcharse.

—¿Goza de buena salud?

—Muy buena salud.

Ni una palabra sobre los ataques.

Me sorprendió que la señora Quinion mostrara tanto entusiasmo ante la idea de que Dinah Yarton se marchase al extranjero.

—Creo que se la recomendaré a mi hermana. Me ha dicho que no tendría objeción en marcharse al extranjero.

—¡Ah! ¿La ha visto usted?

—Sí, hace dos días, antes de marcharme a la ciudad, cuando vine. Recomendaré pues a la muchacha. Buenos días.

—Buenos días, señora; pero antes de que se marche, permítame que me tome la libertad de preguntarle, ya que es usted de Londres, si puede recomendarme a una criada de la ciudad, o en cualquier caso a alguna joven que venga de lejos. Cuando la familia no está solo necesito a una criada aquí, y ahora que la casa se ha visto en boca de las malas lenguas debido a la catástrofe que ya he mencionado, no soy capaz de encontrar a nadie. La joven que está conmigo me resulta intolerable; lleva aquí solo cuatro días y tengo la seguridad de que no debe quedarse muchos más.

—Bueno, creo que puedo recomendarle a una joven fuerte y dispuesta, que dejó el hogar de mi hermana porque le hicieron otras ofertas. ¿Quiere que escriba a casa de mi hermana y vea lo que se puede hacer?

—Le estaría eternamente agradecida —dijo la señora Quinion—; pero, si tengo que escribirle, ¿dónde le enviaré la carta?

—¡Ah, no se preocupe! —respondí—. Me quedaré en Tram una semana. He recibido un telegrama que me dispensa de mi viaje al norte; y como aquí en Tram me he encontrado con una persona que es amiga de una amiga, no tengo prisa por abandonar este lugar.

—¡Ah! ¿De veras? ¿Puedo preguntarle quién?

—La señora Green, de la esquina de Market Place, y su amiga es la señora Blotchley, de Stokeley.

—Ah, vaya. No conozco a ninguna de las dos.

—Quizá volvamos a vernos —continué.

—Muchísimas gracias —añadió la señora Quinion—, será un placer.

—Buenos días.

Me devolvió el saludo y allí se acabó la visita.

Y luego resultó que nada más regresar a casa de la señora Green dije con el tono más inocente del mundo, para darles la mayor coherencia posible a mis actos y palabras (pues en una ciudad pequeña se coge antes a un mentiroso torpe que a un cojo), le dije, pues, a la voluntariosa cotilla:

—Pero señora Green, ¡si me he enterado de que es usted amiga de la señora Blotchley, de Stokeley!

—Pues sí —dijo con sorpresa—, soy su amiga, que Dios la bendiga.

—Y yo me alegro muchísimo de oírlo, pues si es usted amiga suya es también amiga mía.

Y en ese momento le cogí la mano.

No fue una sorpresa que cuando nuestra entrevista tocó a su fin saliese con su mejor sombrero, a pesar de ser solo miércoles. Tuve la seguridad de que era un homenaje a la señora Blotchley y a su amiga, que reclamaba su amistad, y cuya historia se llevaba consigo a tomar el té.

De la entrevista con la señora Green debo comentar unas cuantas cosas, con sus propias palabras.

—Bien, señora Green, ¿se ha enterado de si se vio alguna carreta desconocida en Tram el día anterior a que encontrasen el cuerpo del señor Petleigh?

—Cómo no, cómo no —dijo la señora Green—; pero, bendito sea Dios, ¿para qué quiere saberlo?

—Quiero saber si era la carreta del hermano de la señora Blotchley, eso es todo.

—Pues por lo visto sí que hubo carreta. He ido por toda la ciudad preguntando por ella. He ido a ver a Jones, el panadero, y a Willmott, el que se casó con Mary Sprinters, pero estaban en el mercado; al verdulero, que no sabía nada del tema; al carnicero de la calle principal y al carnicero del callejón; y a la señora Macnab, mientras prensaba la ropa, y no sabía nada, bendito sea Dios; ni tampoco Tom Hatt, el lechero, pero ¡ojo! Cuando me pongo a hablar por una amiga de mi amiga puedo hablar hasta el infinito. Fue el pañero quien me contó todo lo de la carreta.

—¿Qué? —pregunté, me temo que con demasiado celo para ser una detective que conoce bien su oficio.

—Pues bien, White, el pañero, había salido a dar un paseo, y al llegar a la altura de la residencia Petleigh vio que se acercaba una carreta; pensó que se dirigía a su tienda, pero, bendito sea Dios, no iba a su tienda. ¡No, no, en absoluto!

—¿Adónde iba?

—Pues la carreta giró a la derecha, hacia la residencia, hacia allí se dirigía; y, bendito sea Dios, eso es todo.

Entonces la señora Green, hablando mecánicamente hasta el umbral, salió, y supongo que se plantó el sombrero nuevo sin más dilación, pues lo llevaba puesto cuando salió y cuando volvió con mi chuleta y mis patatas.

Mientras tanto, yo no hacía más que rumiar, si se me permite la expresión, las novedades relacionadas con el arcón, para intentar encajarlas.

Tenía bastante claro que habían llevado un arcón a la residencia, pues tanto el testimonio de Dinah como las noticias traídas por la señora Green coincidían en dar base a dicha suposición.

La muchacha había dicho que una carreta había llevado un arcón grande (que debía de ser voluminosa, dado que hacían falta dos hombres para llevarlo) a la residencia el día anterior al descubrimiento del cuerpo.

Era el día en que presuntamente el pañero había visto cómo una carreta se desviaba de la carretera principal en dirección a la casa de los Petleigh.

¿Contendría dicha carreta el arcón del que hablaba Dinah?

Si era así, ¿tendría algo que ver con la muerte?

Si era así, ¿dónde estaba?

Si estaba escondido, ¿quién lo había escondido?

Aquellas eran las preguntas que me venían a la mente; como verá el lector, eran bastante importantes y resultaban igualmente incómodas.

Lo primero que había que decidir era lo siguiente: ¿estaba el arcón relacionado con el asunto?

Para empezar, escribí una carta al cuartel general para que pusieran a una de nuestras agentes como criada en la casa de los Petleigh, y después me encaminé a visitar al señor White, el pañero.

Era lo que la gente llamaría un hombre «jovial», una de esas personas que se tomaban la vida tal como era y la alegraban a base de ingentes cantidades de ginebra con agua. Un tarambana al que la Tierra le parecía una esfera más bien seca, y se aplicaba diligentemente a regar con licor y agua la parte que le correspondía.

Un hombre al que uno podía dirigirse con confianza para susurrar secretos.

—Señor White —le dije—, querría un paraguas y hablar un poco con usted.

—Lo que quiera, madre —dijo; y me habría jugado algo, pues a pesar de ser mujer no me disgusta apostar de vez en cuando, a que antes de la cuarta frase ya no usaría ese «madre»—. Aquí están las existencias de paraguas, madre.

—Gracias. ¿Recuerda haberse encontrado una carreta forastera el lunes, antes de que hallaran al señor ese, Petleigh o como se llamase, muerto fuera de la residencia? Le menciono la terrible circunstancia para recordarle el día.

—Pues sí que me acuerdo, madre. Algo me ha dicho Mary Green.

—¿Qué tipo de carreta era?

—Pues mire, madre, era la carreta de un mayorista que vende artículos de moda.

Ir a la siguiente página

Report Page