Detectives victorianas

Detectives victorianas


Andrew Forrester hijo (fechas desconocidas) » El arma desconocida (1864)

Página 14 de 38

—Ah, como las que visitan a los pañeros con muestras, y a veces artículos a la venta.

—Sí, eso.

[Prescindió del «madre» a la cuarta frase].

—¿Era una carreta muy alta, en la que casi podría caber un hombre de pie?

—¿Un hombre dice, querida? —Era el tipo de hombre que llamaba a las clientas «querida», aunque hacerlo supusiera una ofensa imperdonable para ellas—.

Media docena de ellos, aun llena de arcones de muestras, en los cuales podría llevar almacenados… ¿Qué es lo que pasa, eh? ¿Por qué quiere saber usted tantas cosas de la carreta?

—Oh, por favor, no me pregunte, White —dije, consciente de que el camino para la confianza de un hombre así pasa por la familiaridad—. No me haga preguntas. Dígame, ¿cuántos hombres había en él?

—Dos, querida.

—¿Cómo eran?

—Pues no me fijé.

—¿Conocía a alguno de ellos?

—¡Ja! Ya veo —dijo White; me temo que lo dejé pensar que había descubierto un secreto personal—. No, no conocía a ninguno. Me eran desconocidos. Por supuesto, pensé que venían con muestras a mi tienda, como soy el único pañero… Pero no.

—No. Tengo entendido que fueron a la residencia…

—Sí. Pensé que se habían equivocado al girar y salí gritando tras ellos, pero nada. Ojalá pudiese describírselos, querida, pero no puedo. Sin embargo, creo que parecían caballeros. ¿Cree que esa descripción es adecuada?

—¿Fueron más tarde a la ciudad, señor White?

—Pues sí, querida, y pararon a dar de comer a los caballos en el White Horse; entonces fue cuando me sorprendí de que no llamasen. Y entonces… Bueno, querida, si quiere saber toda la verdad…

—No me oculte nada, White, por favor.

—De acuerdo, querida. Pues bien, yo me acerqué mientras se preparaban para marcharse y les pregunté si no estarían buscando a alguien llamado White. Y entonces…

—Oh, continúe, se lo ruego.

—Bueno, pues entonces uno de ellos me mandó a un lugar cuyo nombre no podría repetir ante usted, querida, por nada del mundo. Así que comprendí que no estaban buscando a nadie llamado White.

—¿Y se marcharon de Tram por la misma carretera por la que entraron, señor White?

—No, se marcharon por el otro lado de la ciudad.

—¿Será posible? Y dígame, señor White, si quisieran regresar a la residencia, ¿podrían haberlo hecho de otro modo que no fuese atravesando el pueblo de nuevo?

—No, si no es (déjeme pensar, querida)… dando un rodeo de treinta millas por el campo. Y, no se lo tome a mal, querida, pero estoy obligado a admitir que no parecía gente que se toma molestias innecesarias… Si no, ¿por qué me mandaron a mí donde me mandaron?

—Es verdad; pero quizá volvieran y usted no sepa nada del asunto, señor White.

—Tiene usted razón, querida. Vaya a hablar con el guardia del portón, porque solo han pasado tres semanas; puede creerse lo que le diga, Tom se acuerda de todos los vehículos que cruzan la valla; tampoco es que sean muchos, pues los negocios andan flojos. Tom se acuerda de todos durante un trimestre por lo menos.

—Ay, muchas gracias, señor White. Creo que me llevaré el paraguas verde. ¿Cuánto cuesta?

—A ver, querida —respondió el pañero, apoyándose sobre el mostrador y bajando la voz—; ya me he dado cuenta de que el paraguas es una excusa, y aunque los negocios andan de capa caída, estoy seguro de que no quiere comprarlo… A no ser que lo desee de verdad —añadió, mientras el espíritu comercial luchaba con el espíritu del hombre en sí mismo.

—Gracias —dije—. Me llevaré el verde. ¿Me permitirá que venga a verle de nuevo, verdad?

—Con mucho gusto, querida, tantas veces como quiera; cuanto más mejor. Y, mire, no tiene que comprar paraguas ni nada. Puede pasarse como amiga, ya sabe. Lo comprendo muy bien.

—Gracias —dije; y emprendiendo la huida que había empezado a desear, me marché de la tienda y, siento decir, fui tan ingrata que no la visité de nuevo. Aunque, por otro lado, me encontré con White varias veces, todas en momentos igual de inoportunos.

La memoria para los vehículos que poseía Tom, el guardia, era proverbial, según pude comprobar; y cuando me dirigí a él, recordó el vehículo casi antes de que pudiese mencionarle su aparición.

En cuanto a la pregunta «¿Regresó el carromato?», su reacción ante el «¿Está seguro?» con el que respondí a su negación fue tan rotunda que me convenció de que estaba en lo cierto.

A no ser que hubiesen comprado su silencio.

Pero era una duda ridícula; ¿se podía comprar el silencio de toda una ciudad?

Resolví la duda de inmediato. Y de hecho la gran ventaja y desventaja de esta profesión es que hay que dudar imperiosamente. Creer que cualquier persona es inocente hasta que se demuestre que es un ladrón es la máxima más digna a la que puede aferrarse un ser humano; pero nosotros, los detectives, por el contrario, no nos ganaríamos la sal del pan, y menos aún el pan, si adoptásemos dicha creencia. Tenemos que considerar a cualquiera un delincuente hasta que, tras darles la vuelta a todas las pruebas, descubrimos que se trata de una persona honesta. E incluso entonces mucho me temo que no confiamos plenamente en ella.

Soy consciente de que esta forma de contemplar la sociedad resulta funesta, pero los más reflexivos de entre mis compañeros se consuelan con el conocimiento de que nuestro sistema es necesario (en las condiciones en que se halla la sociedad en el momento presente), y de que, por tanto, al ajustarnos a sus tristes reglas, por muy repulsivas que puedan resultarnos, estamos beneficiando a nuestro prójimo.

Camino a casa, tras dejar al guardia del portón (gracias al que averigüé que la carreta había atravesado el paso a las ocho y media de la tarde), me puse a darle vueltas a toda la información nueva.

Dinah, la muchacha, debió de ver el arcón en la residencia cuando se iba a la cama. Digamos que tal cosa ocurrió a las nueve y media; a las cinco y media, a la hora en que se dio la alarma, el arcón ya no estaba.

Eso dejaba ocho horas de margen.

La carreta se había marchado de Tram a las ocho y media, y para regresar a la residencia tenía que recorrer treinta millas de noche por el campo. (Al consultar mi almanaque vi que aquella noche no había luna). Pongamos que una carreta pesada que viaja de noche no podría recorrer más de cinco millas por hora, y si acordamos media hora de descanso al caballo a mitad de camino, nos daría un total de siete horas para cubrir dicha distancia.

Esto significaría que lo más pronto que podía regresar la carreta a la residencia eran las tres y media, si es que no se producía ningún imprevisto.

Entonces habría solo dos horas de margen antes de que desapareciese el cuerpo; y estaba despuntando el alba.

Dicha hipótesis resultaba absurda aun en su mera contemplación.

En primer lugar, ¿por qué iban a dejar allí el arcón si había que llevárselo de nuevo?

En segundo lugar, ¿por qué iban a ir a buscarlo a una hora tan temprana como las tres y media de la madrugada?

Y, sin embargo, a las cinco y media había desaparecido, y la señora Quinion le había dicho a la muchacha (pues asumía que el testimonio de esta era verdadero) que se habían vuelto a llevar el arcón.

Tras investigar los hechos llegué a varias conclusiones.

En primer lugar, que el coche que había traído el arcón no se lo había llevado.

En segundo lugar, que la señora Quinion, por alguna razón inexplicable aún, deseaba que la muchacha pensase que el arcón había desaparecido.

En tercer lugar, que el arcón seguía en la casa.

En cuarto lugar, que si la señora Quinion había declarado que el arcón ya no estaba, a pesar de encontrarse aún allí, debía de contar con algún motivo, seguramente importante, para decir que se lo habían llevado.

Era tarde, pero quería completar mi día de trabajo en la medida de lo posible.

Tenía dos cosas que hacer.

Lo primero, enviar la «pelusa» que había encontrado en la ropa a un laboratorio para que la analizasen; y lo segundo, hacer varias preguntas en la posada en que habían repostado los ocupantes de la carreta y averiguar quiénes eran.

Así pues, coloqué la «pelusa» en una caja de hojalata y la dirigí a la atención del caballero que tiene la amabilidad de llevarme dichas investigaciones; al salir mandé la lata por correo. Después me dirigí a la posada, cuyo nombre me había proporcionado la señora Green, y pregunté por la dueña.

El interés del que hizo gala me demostró en un momento que las aclaraciones de la señora Green y las francas observaciones del señor White habían corrido como la pólvora.

Y permítanme que haga aquí una pausa para señalar la facilidad con que se engaña a sí misma la gente. Yo no había hecho abiertamente ninguna declaración que me relacionase de forma personal con la carreta, y sin embargo la gente albergaba una simpatía teñida de sentimentalismo hacia mí en lo referente a dicho vehículo.

Aquello me alegró de veras. Me proporcionaba un motivo para quedarme en Tram, que era justo lo que yo quería.

Y además, la historia que le había contado a la señora Quinion de que me quedaba en Tram porque había encontrado a una amiga de una amiga no me haría ningún daño si se propagaba (cosa que no hizo, de lo cual concluí que la señora Quinion no dispensaba confidencias a la doncella de Tram que en aquel momento estaba con ella, y que esta última no escuchaba habitualmente), pues se daría por supuesto que me había inventado una mentira para ocultar mi supuesta tribulación. Sigue un resumen de la conversación que mantuve con la dueña de la taberna.

—¡Ah, ya sé! Me alegro de verla. Por favor, siéntese. Tome esa silla, es la más cómoda. ¿Cómo está usted, pobre criatura?

—Un poco débil.

—¡Ah! Claro, con razón.

—He venido a preguntarle algo. ¿Se detuvieron aquí dos personas que conducían una carreta, una ancha y negra con remates azul claro (esa era la descripción que me había proporcionado el guardián del portón) el día antes de que el señor, ay, he olvidado su nombre, antes de que muriese el hijo del magistrado?

—Sí, criatura. Un caballero alto con barba rojiza y otro más bajo, sin barba.

—¡Ay de mí! ¿Y notó algo en particular en el caballero alto?

—Bueno, querida, advertí que de vez en cuando se le sacudía un poco el labio de arriba, como les pasa a veces a los perros dormidos.

En aquel momento suspiré.

—¿Y el otro? —continué.

—Bueno, lo único que parecía extraño en él es que se arrancaba a cantar, cosas que parecían trinos de pájaro más que canciones inglesas de cristianos; las palabras que fuesen, si es que eran palabras, yo no las entendía.

«Pasajes en italiano», pensé; y de inmediato asocié tal rasgo del hombre con el antifaz extranjero.

Si eran viajantes, al menos uno de ello era un viajante extraordinario, pues las hazañas operísticas no eran normalmente del gusto de los hombres de comercio.

—¿Eran agradables?

—¡Ah! —comentó la dueña, en tono concesivo y apresurado—. Eran caballeros de la cabeza a los pies. Yo le dije a mi marido: «No son como la mayoría de los viajantes que paran aquí», y él me respondió: «No, porque los viajantes prefieren la cerveza al jerez, y el whisky a ambos después de cenar».

—¡Ah! ¿Es que solo bebían vino de Jerez?

—Nada más que jerez, querida; y le dijeron a mi marido: «Muy buen vino; haga lo que haga, traiga el seco», esas fueron sus palabras, y mi marido contestó: «Así lo haré, caballeros».

Siguió algo más de conversación, con la que no necesito importunar al lector, aunque he eliminado varios puntos de menor importancia.

No se me permitió dejar la posada sin «compartir» (uso las palabras textuales de la dueña) un consuelo más cálido y potente que el que se encuentra en las palabras.

La última conclusión que inferí antes de retirarme a dormir aquella noche fue que los supuestos viajantes no eran tales, sino hombres que llevaban vida de caballeros.

Y ahora, como he establecido una docena de consecuencias que se apoyan en bases sólidas, antes de proceder a relatar el trabajo que se llevó a cabo en los días siguientes, debo recapitular dichas inferencias, si se me permite palabra tan pomposa.

Son las siguientes:

Que la llave que se encontró en el cuerpo abría un receptáculo que contenía un tesoro.

Que el antifaz que se encontró en el cuerpo era de factura extranjera.

Que el pañuelo que se encontró en el cadáver había pertenecido muy recientemente a una joven dama llamada Frederica, a quien con toda probabilidad el difunto estaba muy unido.

Que las circunstancias que rodeaban el fallecimiento demostraban que el difunto no se hallaba implicado en expedición de caza furtiva alguna, ni en ningún intento de desvalijo, a pesar de la presencia del antifaz, pues no se hallaron sobre él herramientas para desvalijar.

[Omitido por el autor. E. F. B].

Que la joven era inocente de haber participado en cualquier mala acción en la que pudiese estar implicado el difunto. [Sin embargo, esta conclusión se basaba únicamente en el descubrimiento del hilo de bordar que rodeaba el botón del abrigo del fallecido. Era, por tanto, la inferencia con menos base de las doce].

Que habían llevado un arcón a la residencia el día anterior al hallazgo del cadáver a las puertas de la mansión.

Que no volvieron a llevarse el arcón en la carreta en la que lo habían trasladado a la casa.

Que fuese cual fuese el contenido del arcón era pesado, ya que hacían falta dos hombres para llevarlo.

Que la señora Quinion, por alguna inexplicable razón, había intentado hacer creer a la testigo Dinah Yarton que se habían llevado el arcón, pese a que, en realidad, seguía en la casa.

Que la señora Quinion debía de contar con algún motivo importante para decir que se habían llevado el arcón aunque este siguiese en el edificio.

Que quienes llevaban la carreta, que aparentaban ser viajantes, no eran viajantes, sino que tenían hábitos y costumbres de caballeros.

¿Qué conclusión se desprendía de todas estas inferencias?

Pues… Que la manera más probable de hallar la solución al misterio era encontrar el arcón.

Para localizar dicho arcón me era necesario conseguir libre acceso a la casa de los Petleigh y, del modo más extraordinario, la propia señora Quinion me había brindado dicha oportunidad al pedirme que le recomendase a una criada de la ciudad.

Por supuesto, no cabía duda de que había efectuado su petición con la idea de conseguir una criada que, por ser forastera en la zona, sentiría poco o ningún interés en la catástrofe que suponía la muerte del hijo del magistrado, al que todos los que pertenecían al vecindario tenían la impresión de conocer más o menos.

Así pues, tuve que esperar dos días antes de poder avanzar algo; fueron los dos días que transcurrieron hasta la llegada de la mujer policía que debía hacerse pasar por criada en la mansión, lograr que la aceptaran e instalarse en la casa.

La mañana del segundo día llegó el informe del laboratorio.

Declaraba que la pelusa que había enviado para analizar estaba compuesta de dos sustancias diferentes: una, fragmentos de plumas, y otra, pelillos de algún tejido de lino, negros y blancos, y que, en conexión con las partículas de plumas, él diría que se trataba de una funda de colchón.

Durante un momento el informe me convenció de que las ropas se hallaban cubiertas de dicha sustancia porque el fallecido se había echado a dormir poco antes de que lo encontraran muerto.

Y entonces llegó el momento de considerar la siguiente pregunta: ¿cuál era mi propia impresión en relación con la conducta del fallecido inmediatamente antes de su muerte?

Mi impresión era la siguiente: que estaba a punto de cometer algún tipo de acción ilegal, pero que encontró la muerte antes de que pudiese llevar a la práctica sus intenciones.

Dicha impresión se basaba en que el antifaz demostraba una intención secreta; al mismo tiempo, el buen estado de la ropa sugería que ninguna reyerta había precedido a muerte tan sangrienta, pues las reyertas, por breves que sean, suelen provocar daños más o menos visibles; cualquier soldado que haya entrado en acción podrá dar fe (y quizá lo dirá con asombro) de que, aunque él mismo haya salido de la batalla sin un rasguño, la ropa que llevaba estaba para el arrastre.

La principal pregunta que se planteaba en cuanto al cuerpo era quién lo colocó donde lo encontraron entre las tres (hora en que dejó de llover, y antes de la cual no podían haber depositado el cuerpo, ya que la ropa, donde no tocaba el suelo, estaba seca) y las cinco y media.

¿Lo habrían traído desde mucha distancia?

¿Lo habrían traído desde los alrededores?

El argumento contra la distancia era este, vigente en todos los casos de desplazamiento de cadáveres: que si es peligroso moverlos una yarda, es cien veces más peligroso moverlos cien yardas.

Si dábamos por supuesto el desplazamiento del cuerpo del joven Petleigh, en un estado que de inmediato despertaría sospechas, está claro que quienes arrastraron tal peso corrieron grandes riesgos.

Pero ¿había alguna ventaja a la vista para compensar tal riesgo?

No, no la había.

La única manera racional de explicar que colocasen el cuerpo donde lo encontraron se basaba en la suposición de que quienes estaban involucrados en su muerte mostraron la bondad suficiente como para llevar el cadáver a un lugar donde lo reconocerían de inmediato y se cuidarían de él.

En contra de esta premisa podría argumentarse que el riesgo era tan grande que el instinto de supervivencia natural del hombre le impediría asumir tantos riesgos. Y dicha impresión adquiría aún más peso si recordamos que podría haberse asegurado la identificación del cuerpo deslizándole un trozo de papel con su dirección en el bolsillo.

Si a todo esto le añadíamos que debía de haber despuntado el día en el momento del presunto traslado, se hacía aún más improbable que hubiesen traído el cuerpo desde muy lejos.

Luego la probabilidad que cobraba peso es que el joven había muerto cerca del lugar donde fue hallado.

Esto provocaba la siguiente pregunta: ¿cómo de cerca?

Y al considerar este punto, no debe olvidarse que si bien era peligroso llevar el cuerpo a la residencia, sería igualmente peligroso trasladar el cadáver desde la residencia, suponiendo que el asesinato (si es que de tal se trataba) se hubiese cometido en el interior del edificio.

¿Podría ser ese el caso?

Sin duda alguna, las únicas personas que se sabía con seguridad que estuviesen en la mansión la noche de la muerte eran la señora Quinion y Dinah.

Ya teníamos acotado el espacio en el que se había cometido el asesinato (tal como lo llamaremos): lo habíamos circunscrito estrechamente a la residencia. Pero ¿quedaba algún lugar que no fuese la residencia y sin embargo estuviese cerca?

Los únicos edificios cerca de la mansión, en un cuarto de milla a la redonda, eran la casa del jardinero y la casa del guardés.

El guardés estaba enfermo por aquella época y había sido el jardinero quien había descubierto el cuerpo. Considerar que el guardés pudiese estar implicado en el asunto quedaba descartado; en cuanto al jardinero, un hombre mayor que llevaba muchos años al servicio de la familia (pues había entrado en la casa cuando era un niño), debe recordarse que fue él quien encontró el cuerpo.

¿Era probable que si estaba implicado en el asunto se hubiese identificado con el descubrimiento? Tal suposición se sostenía difícilmente.

Muy bien; entonces, teniendo en cuenta que el doctor había declarado, a las seis y media, que la muerte se había producido entre las seis y las ocho de la noche anterior; y que el cuerpo, a juzgar por la sequedad de la ropa, no se había visto expuesto a la lluvia nocturna, que cesó a las tres, quedaba claro que, o bien el crimen se había cometido en el interior, o bien el cuerpo había estado guarecido algunas horas tras la muerte bajo algún tipo de techo.

¿Dónde estaba ese techo?

Aparte de las casas del jardinero y del guardés, no había edificios más cerca de un cuarto de milla; y si el cuerpo había sido trasladado después de las tres al lugar donde se encontró, era evidente que los implicados en el asunto lo habían desplazado unas doscientas yardas al alba o después.

Suponerles tanta moral a unos delincuentes era suponer algo improbable, algo contra lo que un detective, sea hombre o mujer, nunca está demasiado en guardia.

Pero ¿qué ocurría con la suposición de que hubieran sacado el cuerpo de la residencia para colocarlo donde fue hallado?

De momento, todas las pruebas externas del caso se inclinaban en favor de dicha teoría.

No obstante, la teoría suponía una ruptura total con la experiencia corriente de la vida.

En primer lugar, ¿qué motivo aparente podía albergar la señora Quinion para arrebatarle la vida al joven heredero? En apariencia, ninguno.

¿Qué motivo podía tener la muchacha?

No poseía el suficiente vigor mental para contar con un móvil poderoso. Dudo mucho que aquella pobre criatura pudiera siquiera imaginarse el mal en acción.

Debo añadir que me basaba en gran medida en las declaraciones de la muchacha porque eran coherentes y las había realizado bajo una gran presión; además, muchos otros detalles las confirmaban.

Dejé a Dinah Yarton fuera de la lista de sospechosos.

Pero al aceptar su testimonio me veía obligada a admitir que no había nadie en la casa de los Petleigh la noche de la catástrofe aparte de la muchacha y el ama de llaves.

Entonces, ¿cómo podía dar base a la suposición de que el joven había pasado la noche en la residencia y hallado la muerte en ella?

Pues muy fácil.

Que una muchacha de mente débil como Dinah no supiese de la presencia del heredero en la casa no significaba que no pudiese él estar allí y que su presencia fuese conocida solo para el ama de llaves.

¿Era necesario tanto secreto?

Sí.

Me enteré de este hecho antes de que llegase la criada de la ciudad.

La señora Quinion tenía órdenes expresas de no permitir que el heredero se quedase en la casa cuando la familia estaba en la ciudad.

Luego había una buena razón para que el ama de llaves mantuviera en secreto su presencia a una criada tonta y parlanchina.

Sin embargo, he dicho antes que no daba con cuál podría ser el móvil para el asesinato por parte del ama de llaves.

Supongamos entonces que la muerte fuera accidental (aunque lo cierto es que ninguna de las circunstancias de la catástrofe justificaba tal suposición), y supongamos que la señora Quinion era la autora. ¿Cuál sería el propósito de exponer el cadáver ante la casa?

Dicha acción no podía ser menos femenina, especialmente si se había producido un accidente.

Confieso que en este punto del caso (y hasta el momento en que llegó mi compañera) me encontraba completamente perdida. Todas las pruebas materiales indicaban que el asesinato u homicidio se había cometido bajo el techo de la mansión Petleigh, mientras la mayoría de las pruebas de probabilidad contradecían esa creencia.

Hasta aquel momento no había relacionado de ninguna manera la muerte con «el gran arcón», aunque sí que había vinculado el arcón con la solución del misterio. Dicho vínculo era el resultado de una ley detectivesca básica.

La ley en cuestión es la siguiente:

En todos los casos que sigue un profesional, la mentira es un acto sospechoso, tenga o no relación, aparente o más allá de toda duda, con el asunto en cuestión. En tanto que mentira hay que seguirla hasta su fuente, desvelar su significado y decidir sobre su valor o falta de él. Siempre es posible que una mentira forme parte de un complot.

Así pues, si lo más posible era que la señora Quinion hubiese mentido sobre la desaparición del arcón, se imponía enterarse de todo al respecto, y por eso mis primeras instrucciones para Martha (como siempre la llamaban en la oficina —lo digo en pasado porque, aunque goza de perfecta salud, se halla en Australia—; dudo siquiera que alguno de nosotros conociese su apellido) fueron que buscara un gran arcón.

—¿Qué tipo de arcón?

—Pues eso no lo sé —respondí.

—Pero en una casa grande debe de haber multitud de arcones. ¿Es nuevo?

—No sabría decirte; pero mantén los ojos abiertos y dime si encuentras uno que parezca más nuevo que el resto.

Martha asintió.

Sin embargo, para la fecha de nuestra primera entrevista tras instalarse en la casa de los Petleigh, cuando Quinion la mandó llevar un mensaje a un comerciante, ya me había enterado yo por el señor White de que los arcones que llevaban los viajantes pañeros estaban invariablemente pintados de negro.

Le transmití dicha información a mi compañera, que no tenía ninguna para darme por su parte (al menos, ninguna de importancia). Oí de sus labios lo que ya había deducido: que Quinion era una mujer con gran serenidad y confianza en sí misma, y que era el tipo de persona a la que «haría falta más de un empellón para sacarla de sus casillas».

—Fíjate en lo que te digo —me explicó Martha—: se enfrentaría a un juez con la misma frialdad con la que se enfrenta a su imagen en el espejo, y puedo decirte que eso lo hace con mucha frialdad, pues ya la he visto en un par de ocasiones.

La opinión de Martha era que el ama de llaves estaba más allá de la duda, y yo me veo obligada a decir que no era capaz de suponer lo contrario, pues las sospechas que pesaban sobre ella eran endebles.

Me visitó al día siguiente de la llegada de Martha, me dio fríamente las gracias por lo que había hecho, dijo que pensaba que la joven le serviría y me invitó con gran respeto a la residencia.

Pasaron tres días y en aquel lapso de tiempo no recibí ninguna noticia valiosa de mi ayudante, que solía colocar sus informes escritos dos veces al día en un árbol hueco que habíamos acordado.

El cuarto día fue cuando recibí una pista fresca para seguir adelante, aunque fuese a tientas.

La señora Lamb, la mujer del posadero, que había mostrado tan tierno interés en mi bienestar la noche en que fui a preguntar sobre la presencia de las dos personas que llevaron a descansar a los caballos del carro en sus establos la noche de la muerte (era una mujer de lo más sentimental, que mucho me temo que cultivaba sus inclinaciones naturales con un consumo demasiado vigoroso de sus propios licores), al dejarme marchar a regañadientes me suplicó que volviese otra vez «a tomar una buena taza de té conmigo, pobre criatura», ya que le había dicho que permanecería en Tram.

Con toda probabilidad nunca habría tomado la taza de té de marras si no me hubiese enterado por la señora Green de que el joven Petleigh tenía la costumbre de fumar y beber en el establecimiento de los Lamb.

Aquella información fue decisiva.

Me acerqué a casa de la señora Lamb esa misma tarde, y debo confesar que me dieron una buena taza de té.

Mientras tomábamos el tentempié llevé la conversación hacia el joven Petleigh; oí muchas observaciones que quizá resultasen elogiosas desde el punto de vista de un posadero, pero no tanto si se las consideraba desde cierta posición social.

—Y este, querida mía, es el libro con el que se sentaba en este mismo gabinete a leer durante horas y… ¡Ya voy!

Se oyó que alguien golpeteaba el mostrador con un par de monedas de medio penique.

Sin dedicar demasiado pensamiento al libro, pues era un volumen de publicación corriente que lleva muchos años en boga entre los seguidores de la literatura barata, dejé que se abriera (más que abrirlo), y no me cabe duda de que no posé los ojos ni una vez en la página mientras la señora Lamb servía la cerveza y regresaba.

—¡Dios mío! —dijo con voz alterada, pues era una de las personas más dramáticas con las que me haya topado nunca—. ¡Qué cosa más extraña, pobre criatura!

—¿Qué es extraño, señora Lamb? —pregunté.

—¡Pues que ha abierto usted el libro por su historia preferida!

—¿De quién, señora Lamb?

—¡Pues del pobre Graham Petleigh!

No será necesario que les diga que despertó mi inmediato interés.

—¡Ah! ¿Conque él leía esta historia?

—Muy a menudo; y lo extraño es, pobrecita mía, que estuviese usted a punto de leerla también; aunque es cierto que ese libro se abre siempre por el mismo sitio, supongo que porque él leía la historia tantas veces que el libro se ha desgastado y… ¡Ya voy!

Dicho esto, la señora Lamb se marchó de nuevo, mientras que yo, no hace falta decirlo, miraba las páginas que había ante mí.

Supongo que dejaré atónitos a la mayoría de mis lectores si les digo que, antes de que la señora Lamb terminase con el grifo de la cerveza con un golpe, y agotase la larga sarta de chismes con el cliente de turno, yo tenía el caso cogido por el cuello.

Y, sin embargo, no hay nada extraordinario en ello.

Analicen la mayoría de los grandes casos resueltos de los que se tiene noticia y verán que en general la clave para el éxito siempre es un pequeño accidente.

Lo mismo ocurre con los grandes descubrimientos. Uno de los mayores progresos en la molienda de la harina, y con el que su inventor ha hecho muchos miles de libras, se descubrió viendo a un molinero soplar la harina de un recoveco; y todo el mundo sabe que la causa que llevó al gran Newton a descubrir las grandes leyes del universo fue la caída de una manzana.

También ocurre con frecuencia, en esta época de incontables periódicos, que alguien, al ver a un hombre por casualidad, lo identifique con la descripción de un asesino.

¡Casualidad!

En la historia del crimen y su investigación la casualidad desempeña un papel clave.

Mientras escribo tengo a mi lado un periódico en el que se narra un juicio por intento de asesinato: la mujer que recibió el disparo se salvó gracias a la intervención de una reja de arado que llevaba bajo el chal y que acababa de robar, ni más ni menos, unos minutos antes de que la bala tocase el hierro.

Si comparamos mi coincidencia con esa, ¿en qué quedaba el hecho de que, leyendo una historia que leía mucho el joven muerto, tal como se me había señalado, desvelase el misterio que me tenía desconcertada?

La historia contaba que, en el norte de Inglaterra, un mercachifle dejó un paquete en una casa y un niño vio que la parte superior del paquete subía y bajaba; llegaron a la conclusión de que debía de haber un hombre dentro que albergaba el propósito de desvalijar la casa; y el niño acababa por disparar al paquete, matando a un hombre[2].

Como les digo, antes de que regresase la señora Lamb con su «pobre criatura», ya me sabía yo la solución del misterio de memoria.

Al joven le atrajo la historia, la recordó y la puso en práctica con algún propósito. ¿Cuál?

De repente me vino a la mente la manía del magistrado por la plata y, recordando lo tacaño que era con el muchacho, se me ocurrió que el joven, con toda probabilidad, había concebido un plan para robarle a su padre algo de plata.

Según tenía entendido, la plata se iba con la familia a la ciudad. Pero ¿era aquello cierto?

Veamos hasta qué punto las probabilidades del caso encajarían con una teoría así.

El joven era aventurero y temerario, como probaban sus reyertas con los cazadores furtivos.

Estaba sumido en la pobreza.

Sabía que su padre poseía plata.

No le permitían quedarse en la residencia Petleigh cuando su padre se ausentaba.

Había leído una historia que coincidía con mi teoría.

Unos desconocidos habían dejado un arcón grande en la residencia.

El cuerpo del hijo del magistrado se había hallado en unas circunstancias que dejaban suponer que la explicación más plausible a su presencia donde lo encontraron era que lo hubieran trasladado allí desde la propia residencia.

Esa secuencia de hechos explicaba la presencia del antifaz.

Y para terminar estaba la llave, una llave que sin lugar a dudas abría un receptáculo importante, suposición que quedaba muy clara a la vista del tipo de llave.

De hecho, aquella llave era el origen del convencimiento de que había un tesoro en la casa.

¿Existiría dicho tesoro de verdad?

Antes de que la señora Lamb dijera «Buenas noches, querida» a una clienta que había venido buscando una pinta de cerveza ligera y un galón de cotilleos más fermentados, había llegado yo a la conclusión de que quizá la plata estuviese en la casa.

Pues los hombres miserables son famosos por su suspicacia y su avaricia. ¿Y si algo de la plata familiar cuya presencia no era necesaria en la casa de la ciudad se hallaba en aquel momento en la casa de los Petleigh y el magistrado, confiando en la seguridad que le ofrecía la afirmación habitual de que se llevaba toda la plata a la ciudad, no la había dejado en el banco del condado, debido a la suspicacia natural que podría llevarlo a confiar más en su caja fuerte que en la de un banquero?

Si aceptábamos dicha suposición, el móvil del joven era evidente.

Si aceptábamos la presencia del joven Petleigh en la casa en tales circunstancias, solo nos quedaba explicar la muerte.

En ese punto, por supuesto, aún no lo tenía todo solucionado.

Si en la casa solo estaban la señora Quinion y la muchacha, y la muchacha era inocente, entonces únicamente el ama de llaves podía ser culpable.

Culpable… ¿De qué? ¿De asesinato o de homicidio?

¿Se había cumplido hasta el final la historia que solía leer el joven Petleigh?

¿Lo habían matado sin tener noticia alguna de quién era?

Albergo escasas dudas de que hubiese descubierto el estado real del caso sin la ayuda de la señora Lamb, pues de hecho aquella misma noche, tras marcharme con la promesa de que tendría en cuenta la petición de que regresase, «queridísima criatura», mi cómplice me proporcionó una información que me habría puesto sobre la pista.

Al parecer, aquella mañana la señora Quinion recibió una carta que la alteró bastante. Salió justo después de desayunar, bajó al pueblo y volvió aproximadamente una hora después. Mi cómplice metió la mano en el bolsillo del ama de llaves (pues, por desgracia, a veces los agentes de policía tenemos que convertirnos en ladrones, por el bien de la sociedad, por supuesto) cuando esta dormía por la tarde y, mientras se suponía que la nueva doncella ponía en orden las medias de la señora Quinion, había efectuado una copia mental de la comunicación. La enviaba un tal Joseph Spencer y decía lo siguiente:

Querida Margaret:

Por Dios, busca por todos sitios la llave 13. Hay tantas que no la había echado en falta, y si el jefe se entera, me buscaré la ruina. Debe de estar en algún sitio. No tengo idea de cómo pudo salir del llavero. Nada más de momento. Es hora de que pase el correo. Tuyo siempre,

JOSEPH SPENCER

¡La llave 13!

¡Pero si aquel era el número de la llave que encontraron en el cadáver!

Aquella misma noche se envió una carta a la ciudad, dirigida a la policía, con objeto de averiguar quién era Joseph Spencer, proporcionando la dirección impresa que figuraba en la carta.

Entonces entró en acción la señora Green.

No, no podía decirme quién vivía en la dirección que le mencioné. Gracias al cielo, ella no sabía nada de Lunnon. ¿Que adónde había ido la señora Quinion aquella mañana? Pues a casa de Joe Higgins. ¿A qué? Pues a mirar la ropa del hijo del magistrado y las cosas. ¿Que qué pretendía? Pues en realidad quería llevárselas a la residencia. No, Joe Higgins no la dejó.

Por supuesto, en ese momento deduje que Joseph Spencer era el mayordomo.

Y la información que obtuve de la ciudad me demostró que estaba en lo cierto.

Entonces, ya segura de los preliminares, supe que lo que me quedaba de trabajo debía desarrollarse en el interior de la residencia.

Pero ¿cómo iba a entrar?

Por desgracia, los trucos de los detectives son infinitos. Mucho me temo que muchos anuncios supuestamente bienintencionados esconden la huella detectivesca. En cualquier caso, así ocurrió con el mío.

Apareció en la segunda columna del Times, y lo reproduzco aquí exactamente. A propósito, yo había recibido el Times diariamente, como hacen la mayoría de detectives, durante el tiempo que había estado en Tram.

«Se buscan noticias de Margaret Quinion o de sus herederos legales. Se sabe que abandonó el sur de Inglaterra alrededor del año 1830 [sabía por su acento que era del sur] para ejercer como ama de llaves junto a una hermanastra casada, que se instaló en un condado del interior [esta información, especialmente la fecha, se la debía a la señora Green]. Dirección…». Aquí aparecía la de mis abogados, que habían recibido instrucciones para entretener a la señora en la oficina varios días, hasta que tuviesen noticias mías.

Mucho me temo que mi intención era que, si el caso pintaba tan desfavorable para ella como yo sospechaba, la arrestasen en las mismas oficinas de los caballeros a los que acudiría pensando recibir alguna noticia ventajosa. Y además estoy segura de que más de un desgraciado ha salido arrestado después de que lo llamaran a una oficina con la promesa de que sacaría algún provecho especial.

Pues este mundo deplorable está lleno de tales falsedades.

Hasta el lector menos agudo se habrá dado cuenta ya del uso que le di al anuncio cuando se publicó.

Se lo enseñé a la señora Green y no me cabe la menor duda de que le señaló la información a toda alma viviente que se encontró, o más bien avasalló, a lo largo de aquel día. De hecho, antes del anochecer (momento en que la propia señora Quinion me honró con una visita) empezó a rumorearse con absoluta certeza que la señora Quinion había heredado veintidós mil libras y una casa en Dyot Street, Bloomsbury Square, en Lunnon.

Resultaba extraño, y natural al mismo tiempo, que la señora Quinion viniese a buscarme. Posiblemente yo fuese la única extraña a la que conocía en la zona y, desde su punto de vista, ya había sacado provecho de mi cualidad de forastera en el barrio. Así pues (considerando la naturaleza humana), no me extrañaba que intentase sacar provecho otra vez de mí. Se me está agotando el espacio, pero como la que sigue fue la última conversación que mantuve con la señora Quinion, quizá me excusen el hecho de que la transcriba aquí. Por supuesto, la abreviaré en lo posible. Tras los saludos de rigor, y con una seguridad que Martha le había atribuido con toda justicia, dijo:

—Tengo que pedirle un favor.

—¿De veras? Dígame.

—He recibido una noticia que me obliga a ausentarme de la casa.

—Creo —dije con una sonrisa— que sé de qué noticia se trata.

Y le conté que yo misma había visto el anuncio por la mañana.

Me temo que el único motivo por el que llevé la conversación por esos derroteros fue para ganarme su confianza.

Y lo conseguí.

—¿De veras? —respondió—. Entonces, si ya le es a usted familiar tal noticia, puedo con mayor libertad pedirle el favor que…

—¿De qué se trata?

—Desearía ir a la ciudad, a Londres, unas cuantas horas para ver qué significa este asunto del anuncio, pero me resisto a dejar sola a Martha. Se ha quedado sorprendida usted, y quizá le ofenda que le pida a una desconocida un favor así, pero el hecho es que no me gustaría que nadie de la zona supiese que me he marchado de la residencia: solo serán unas veinticuatro horas. La noticia podría llegar a oídos del señor Petleigh, y mi deseo es que no sepa nada del asunto. Ya ve en qué posición me encuentro. Si pudiese usted, mi querida señora, ayudarme, le estaría tremendamente agradecida; y, como se encuentra usted aquí, me pareció…

En ese momento quedó reducida al silencio.

¡Criatura artera! ¡Con qué habilidad escondía su verdadero móvil, el deseo de mantener lejos de la residencia a quien supiese de la catástrofe, pues tenía miedo de su curiosidad!

¿Sorprendida? Sí, sí que me había sorprendido. Yo había esperado, en el mejor de los casos, verme en la obligación de revelar mi identidad a la persona que dejase a cargo lo que durase el asunto del anuncio, y sin embargo, a causa de lo que ella consideraba prevención, se ponía a mi merced, mientras que yo seguía quedando camuflada en todas las acciones relacionadas con ella. Pues no es necesario que explique que si hubiese tenido que desvelar quién era yo, y hubiese fracasado, cualquier trampa posterior habría quedado descartada, ya que la «presa» se habría alarmado; y así habría acabado todo el asunto.

Para abreviar aquí particulares innecesarios, la misma noche, a las nueve, ya me hallaba instalada en el gabinete del ama de llaves, que se dirigía a la primera estación después de Tram, adonde llegaría caminando por el campo para evitar toda sospecha.

No se habría alejado ni cien yardas de la casa cuando Martha y yo, un par de detectives, ya estábamos remangadas, dedicadas de lleno a la faena de intentar encontrar el arcón.

Pronto dimos con las llaves de la señora Quinion en un costurero, ligeramente cubiertas con un pañuelo.

Desde luego, tal ocultamiento debería haberme dado una pista.

Pero no fue así.

Nos pasamos tres horas, desde las nueve hasta la medianoche, buscando el arcón en vano.

Buscamos en todas las habitaciones que, a juzgar por la ausencia de polvo, habían sido abiertas recientemente; en todos los corredores, sótanos, pasillos y vestíbulos.

Ni rastro.

Me temo que buscamos incluso en lugares en los que no podía hallarse, como debajo de las camas.

Pero por fin lo encontramos, y para entonces el reloj de la torre hacía un cuarto de hora más o menos que había dado las doce.

Estaba en su dormitorio; y lo que es más, constituía su tocador.

No me cabe duda de que se me habría escapado si no hubiese un defecto en el escondite.

Al parecer ella comprendía el valor de lo que podríamos dar en llamar «escondite audaz», es decir, un escondite en el que a una persona corriente ni se le pasaría por la cabeza buscar el objeto.

Por ejemplo, el mejor escondrijo para un billete de banco en un salón sería el fondo de una cesta tarjetera a medio llenar. A nadie se le ocurriría siquiera buscarlo en ese sitio.

El gran novelista de enigmas, Edgar Poe, ilustra este estilo de escondrijos: hace que el dueño de una carta la coloque en un tarjetero sobre la repisa de la chimenea cuando sabe que van a registrar la casa y peinarla pulgada a pulgada para encontrar dicho documento.

Estaba claro que a la señora Quinion le resultaban familiares este tipo de escondites.

De veras creo que no habría encontrado el arcón si no hubiese sido porque se había excedido al ocultarlo a la vista. Tras poner de pie el arcón, apoyándolo sobre un lado, había dejado sobre él una combinación de color rosa vivo con volantes blancos para completar la apariencia de tocador.

Así pues, el tocador atraía mi mirada cada vez que pasaba y lo veía. Entonces Martha, al pasar entre el arcón y yo, arrastró la prenda con las enaguas, dejando a la vista una esquina negra.

En ese momento descubrimos el arcón.

No me cabe duda de que, siendo una mujer de carácter, no soportaba perderlo de vista mientras esperaba una oportunidad para librarse de él.

Resultaba ya evidente que mi explicación del caso, a saber, que el joven Petleigh había estado imitando lo que sucedía en la historia, era correcta.

El arcón era lo bastante grande como para contener a un hombre tumbado con las piernas algo encogidas; había sitio para girarse dentro de él; y, para terminar, contaba con alrededor de dos docenas de agujeros, que quedaban escondidos por el rudo lienzo negro que lo cubría.

Además, podía cerrarse desde dentro con un cerrojo, y por tanto el mismo mecanismo permitía que se abriera desde dentro.

Y por si faltara alguna otra prueba, había una almohada al fondo del arcón (para descansar la cabeza, resultaba obvio) cuyas plumas habían escapado por un agujero y llenado el fondo, que estaba forrado con una funda de rayas blancas y negras cortada a la altura de los agujeros.

Ahora ya no me costaba comprender el origen de la pelusa que había en el abrigo del desgraciado joven.

Y, para terminar, estaba la prueba más acusatoria de todas.

En el lienzo negro, por encima de uno de los agujeros, había un corte dentado.

Ir a la siguiente página

Report Page