Detectives victorianas
Andrew Forrester hijo (fechas desconocidas) » El arma desconocida (1864)
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—Túmbate en la caja, Martha —dije—, con la cabeza por este lado.
—¿Por qué? ¿Qué…?
—Chis, chis, muchacha; haz lo que te digo.
Lo hizo; y, usando el mango de un parasol que había sobre el tocador, observé que, al pasarlo por el agujero, su extremo tocaba a la agente exactamente en la misma zona en la que había recibido la herida causante de su muerte el joven Petleigh.
Por supuesto, el caso quedaba ya claro.
Después de que la joven muchacha, Dinah, se hubiese ido a dormir, el ama de llaves debió de albergar sus dudas sobre el baúl y lo inspeccionó.
Es evidente que el joven sabía la hora a la que se retiraba el ama de llaves, y quizá estuviese esperando a que el viejo reloj de la torre diera las once antes de aventurarse a salir… ¿Para cometer qué acto?
Pues robar el baúl de plata número 13, que deduje que se había quedado en la residencia, hecho del que el joven estaría al corriente; teniendo en cuenta la carta del mayordomo, eso era lo que parecía más evidente.
El plan, innegablemente, era apropiarse de la plata sin alarmar a nadie, salir de la residencia de algún modo conocido por él desde hacía tiempo, y encontrarse después con sus compinches, con los que compartiría el botín, dejando el arcón como indicador del robo, para exculpar al ama de llaves.
Me sorprendió la buena ejecución del plan, que tanto se alejaba de los proyectos de robo corrientes.
¿Qué había provocado su fracaso?
Podía deducir fácilmente que una mujer determinada como Quinion prefiriese confiar en sí misma antes que pedir ayuda.
Podía suponer cómo se había producido el descubrimiento; quizá una blasfemia murmurada por la boca del joven, o quizá hubiese oído su respiración.
Entonces, repasando sus actos, podía presumir que, una vez consciente del peligro que la acechaba, se prepararía para afrontarlo.
Podía seguirla, silenciosa y segura, por el pasillo, preguntándose qué hacer a continuación.
Podía imaginarla llegando a la conclusión de que debía haber agujeros en el arcón a través de los cuales respiraba el maleante, y concluí rápidamente que no tuvo que pensar mucho para decidir que tenía derecho a matar a alguien que quizá estuviese allí para matarla a ella.
Después, mi ojo mental podía seguirla mientras buscaba el arma y tanteaba la caja para dar con un agujero.
Lo encuentra.
Marca el punto donde apuñalará.
Un movimiento… y se comete el homicidio.
Es seguro que el infeliz tuvo tiempo de abrir el arcón, y sin duda fue entonces cuando la fiera mujer, que aún tenía aferrado el astil de la flecha o de la punta —llámenlo como quieran— retrocedió, desprendiendo así el astil del hierro que causó la herida.
¿La reconoció el joven? ¿Lo había intentado?
Por lo pacífico de su expresión, según se describía en la vista, me imaginé que, tras quitar el cerrojo de la tapa, cayó hacia atrás y murió a los pocos instantes.
Luego debió de producirse el terrible descubrimiento de la señora Quinion, tras el que llegó la igualmente horrible determinación de esconder la culpa de su joven amo, y quizá también del hijo de su propia hermana.
Y así arrastró el cadáver del joven a la fría atmósfera de la mañana, mientras la débil luz del alba llenaba el aire y los pájaros se despertaban inquietos.
Sin duda, si se hubiese contratado a un detective sagaz, no se habría librado de que la desenmascarasen.
De momento, había conseguido que no la descubrieran.
Y tampoco me costaba comprender que una mujer de inteligencia viva como ella sintiera pocos remordimientos y escasa pena por lo que había hecho: pocos remordimientos porque el acontecimiento fue un accidente, escasa pena porque debió de sentir que había salvado al joven de una vida miserable —pues un hijo que a los veinte años roba a su padre, por mal que este se comporte, pocas veces será a los cuarenta un hombre honesto, si es que sigue vivo para entonces—.
Pero a pesar de mi descubrimiento, no podía hacer nada de momento contra el ama de llaves, a quien por supuesto tenía el deber de arrestar, si es que lograba convencerme a mí misma de que había cometido homicidio. No me dejaría llevar por ningún impulso de proteger a la familia —motivo que, aunque indirectamente, había dictado las acciones de Quinion, pues, decidida como era, me parecía que no habría vacilado en admitir la acción que había cometido si el ladrón, si se me permite que llame así al joven, hubiese sido un malhechor corriente, desconocido—.
No, el arcón no podía relacionarse con la muerte porque no mostraba signos irrefutables de su conexión con la catástrofe.
Entonces, ¿cómo podía relacionarse (más allá de las pruebas circunstanciales, que solo yo conocía) con el asesinato?
El único indicio de prueba fue el que dio la muchacha, que podía jurar o no que habían llevado el arcón a la residencia el día anterior y que el ama de llaves había dicho que se lo habían vuelto a llevar —circunstancia sospechosa, es cierto, pero que, sin pruebas que lo corroborasen, carecía de mucho valor, si es que tenía alguno—.
En cuanto al corte dentado en el agujero de ventilación, no podía mencionarse, debido a la total ausencia de manchas de sangre.
Necesitaba pruebas que corroborasen la historia, y lo mejor sería que se materializasen en forma del astil del arma que causó la muerte, o en un arma de características similares.
Una vez descubierto el arcón, ese era entonces mi cometido.
—¿Hay algún arsenal en la casa, Martha?
—No, pero hay gran cantidad de armas en la biblioteca.
No habíamos buscado el arcón en la biblioteca, pues Martha me había asegurado que no había arcones allí.
—¡Qué lugar tan húmedo! —señalé cuando llegamos.
Y al decirlo observé que había ventanas a cada lado de la habitación y que el fondo de la sala era circular.
—Bien puede serlo —dijo Martha—, pues está rodeado de agua, una especie de fuente-estanque, con peces de colores. La biblioteca —añadió Martha, que contaba con más agudeza que educación— es el culo de la casa.
Entre cada par de estanterías había un hermoso expositor con armas muy pintorescas y atractivas a la vista.
Había armas modernas, una armadura antigua y armas extranjeras de muchos tipos; pero no vi flechas, a pesar de que, en la avidez de mi búsqueda, había encendido el candelabro, que aún contaba con algunas viejas velas amarillas.
Nada de flechas.
Pero mi ángel de la guarda, si es que existen dichas criaturas, se aferró con fuerza a mi hombro aquella noche y, por un extraño azar, aunque no tan extraordinario como el accidente por el que la mujer se salvó de una bala gracias a un trozo de hierro que acababa de robar, salió a la luz el origen del arma que había usado la señora Quinion.
Llevábamos unos minutos buscando en los expositores de armas, cuando de repente me vi en la tesitura de gritar:
—¡Eh, eh! ¿Qué estás haciendo?
Pues sin querer mi compañera había desprendido de su gancho un gran tambor que, según había visto, contaba con unos remates muy coquetos, unos banderines, unos platillos y unas picas.
—Lo siento mucho —dijo, mientras yo corría a coger el tambor, que aún resonaba, con la precaución de la que suele hacer gala el detective aun cuando es inútil, cuando…
Allí, clavada en el tambor, enganchada por las púas, estaba la punta de un arma idéntica a la que se había usado para matar al joven Petleigh.
Si hubiese aparecido un fantasma, no me habría quedado tan asombrada.
Al momento abrimos el tambor y salió a la luz una flecha de hierro con un mango de madera de unas dieciocho pulgadas, cubierto con alegres cintas de colores.
[Aquí tengo que declarar que acabé por descubrir —pues a pesar del peligro me aferré a mi trofeo y lo conservé hasta el final de la batalla— que se trataba de una punta de las que usan los picadores españoles en las corridas de toros para molestar al animal. Las lengüetas hacen que las puyas se queden en la carne y la piel. Así es fácil de comprender el motivo de la decoración del mango. Sin duda, la flecha que usó Quinion y la otra que yo encontré eran una pareja colocada como curiosidad entre las demás armas. La que quedaba la usó la decidida ama de llaves porque le pareció que era lo que más se ajustaba a su propósito, la otra (que yo encontré) la había usado sin duda alguna en el pasado un picador aficionado, quizá el pobre muchacho fallecido, empleando el tambor como toro imaginario, y en él había permanecido la punta hasta que dio en reaparecer como testigo contra la culpable y a la vez inocente ama de llaves].
No bien había cogido mi trofeo cuando Martha dijo:
—¡Qué olor a quemado!
—¡Dios santo! —grité—, ¡le hemos prendido fuego a la casa!
La casa estaba en llamas, pero no era culpa nuestra.
Corrimos hacia la puerta.
¡Estábamos encerradas!
Ignoro qué fue lo que la hizo regresar, pues nunca volví a verla o a saber de ella. Supongo que el movimiento del tren le aguzó el pensamiento (al menos eso hace con el mío), que comenzó a sospechar, que se bajó en una estación a cierta distancia de Tram y cogió una silla de posta para regresar a la casa de los Petleigh.
Aunque todo esto no dejan de ser conjeturas.
Pero si no fue ella, ¿quién nos encerró? No pudimos hacerlo nosotras mismas.
Nos habían encerrado y le atribuyo a ella dicho acto —aunque nunca me enteré de cómo entró en la casa—.
La casa estaba ardiendo y estábamos rodeadas de agua.
Esta historia lleva el título de «El arma desconocida» y, por tanto, la lógica dicta que no puedo extenderme en la explicación detallada de nuestra huida. Baste decir, por nuestro honor de detectives, que no perdimos la presencia de ánimo y que con la ayuda de las mesas de la biblioteca, las sillas, los libros grandes y demás, construimos un punto de apoyo para colocar sobre él la escalera de la biblioteca, mientras que el otro extremo llegaba hasta el agua poco profunda.
Una vez divulgada la historia de «El arma desconocida», mi narración toca a su fin; pero quizá al lector se le antoje que mi trabajo queda inconcluso si no añado algunas palabras.
No me cabe la menor duda de que, tras su regreso, la mente de la señora Quinion llegó con rapidez a la conclusión de que la única manera de salvar el honor de su joven amo era quemar el arcón, incendiando para ello la residencia.
Los Petleigh eran un linaje antiguo, según me dijeron, con unas ideas casi españolas sobre el honor familiar.
Y, en efecto, cumplió con su objetivo.
Reconozco que me venció. Y para colmo casi me reduce a cenizas; tengo la impresión de que no le habría apenado demasiado el hecho, si se hubiese producido.
Por mi parte, no llevé más lejos el asunto.
En la investigación aparecí como la mujer que se había hecho cargo de la casa mientras la señora Quinion fue a buscar su buena fortuna; y no albergo duda alguna de que su desaparición se relacionó indefectiblemente con mi anuncio en el Times.
No hace falta que diga que si me hubiese encontrado con la señora Quinion habría hecho lo posible para hacerla temblar.
Solo me queda un hecho por relatar, uno importante. Es este:
El magistrado hizo que se examinaran las ruinas con cuidado, y de los escombros se extrajeron dos mil onzas de vajilla de oro y plata reducidas a un amasijo informe, por supuesto.
De este hecho se desprende de modo bastante evidente que la llave número 13 que se encontró en el bolsillo del pobre muchacho, víctima del descuido y el abandono, era el «ábrete, sésamo» para acceder al tesoro que después se sacó de las ruinas: unas cuatro mil libras entre oro y plata.
Está clarísimo que le había robado la llave al mayordomo, había urdido una conspiración con sus compinches y que todo aquello había concluido con su muerte y la conflagración de la residencia Petleigh, una de las mansiones más antiguas y pintorescas (y, hay que admitir, más húmedas) de los condados del interior.
Puedo añadir que descubrí quién era el «caballero alto con barba rojiza que torcía la cara»; que averigüé quién era el caballero bajo sin barba alguna; y, para terminar, que vi a la joven e inocente dama (era hermosísima) que respondía al nombre de Frederica, y por la que, no me cabe duda, el desafortunado muchacho actuó así.
En cuanto a mí, no llevé más lejos el asunto.
No sentía deseo alguno de hacerlo; si lo hubiese sentido, de todos modos, dudo que poseyese alguna prueba que me hubiese permitido escapar al ridículo.
Dejé el caso tal como estaba.