Detectives victorianas

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C. L. Pirkis (1841-1910) » Dagas dibujadas (1893)

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Se quedó en silencio en mitad de la sala; era la viva imagen del asombro y la turbación.

El señor Hawke también parecía haber perdido el habla, así que Loveday tomó la iniciativa.

—Por favor, siéntese —dijo, alcanzándole una silla a la muchacha—.

El señor Hawke y yo la hemos mandado buscar con el fin de hacerle unas cuantas preguntas. Sin embargo, antes de formularlas, permítame decirle que toda la conspiración que urdió con la señorita Monroe ha salido a la luz y que lo mejor que puede hacer, si quiere que su participación en ella sea tratada con clemencia, es responder a nuestras preguntas del modo más completo y sincero posible.

La muchacha prorrumpió en llanto.

—Todo es culpa de la señorita Monroe, de principio a fin —sollozó—. Madre no quería que lo hiciésemos, y yo tampoco… Eso de meterse en casa de un caballero y fingir ser quien no soy. Y no queríamos sus cien libras…

Llegada a este punto, los sollozos le cortaron el habla.

—Ajá —dijo Loveday con desdén—. Conque iba a recibir cien libras por participar en el fraude, ¿eh?

—No queríamos aceptarlas —dijo la muchacha, en medio de histéricos estallidos de llanto—; pero la señorita Monroe dijo que si no la ayudábamos nosotros, lo haría otra persona, y por eso al final…

—Creo —la interrumpió Loveday— que puede decirnos muy poco que no sepamos ya sobre lo que accedió a hacer. Lo que queremos que nos cuente es qué ha sido del collar de diamantes de la señorita Monroe. ¿Quién lo tiene ahora?

La muchacha redobló los sollozos y las lágrimas.

—Yo no he tenido nada que ver con el collar; nunca ha estado en mi poder —sollozó—. La señorita Monroe se lo dio al señor Danvers dos o tres meses antes de abandonar Pekín, y él se lo envió a un conocido suyo de Hong Kong, vendedor de diamantes, que le dio dinero por él. Decastro, así se llamaba; eso dijo la señorita Monroe.

—Decastro, vendedor de diamantes en Hong Kong. Yo diría que son datos suficientes —dijo Loveday, registrándolo en una libreta—. Y supongo que el señor Danvers se quedó parte de ese dinero para su propio uso y los gastos del viaje, y le entregó lo restante a la señorita Monroe para que pudiese sobornar a criaturas como usted y su madre, con objeto de llevar a cabo un fraude que dará con los huesos de ambas en la cárcel.

La cara de la muchacha adquirió una lividez mortal.

—¡No, por favor, no lo hagan! ¡No nos manden a prisión! —imploró, juntando las manos—. Aún no hemos tocado ni un penique del dinero de la señorita Monroe, y no lo haremos, pero ¡déjennos libres! ¡Se lo ruego, se lo ruego, muestren piedad!

Loveday miró al señor Hawke, quien se levantó de la silla.

—Creo que lo mejor que puede hacer —dijo— es volver a casa con su madre, en Cork, lo más rápido posible, y aconsejarle que no vuelva a participar en ningún jueguecito tan arriesgado nunca más. ¿Lleva algo de dinero en la cartera? ¿No? Bueno, aquí tiene, y no pierda tiempo en volver a casa. Lo mejor será que la señorita Monroe, la señora Danvers, quiero decir, acuda a mi casa a reclamar sus efectos personales. En cualquier caso, allí estarán hasta que lo haga.

Cuando la muchacha, entre expresiones incoherentes de gratitud, se marchó de la sala, el señor Hawke se giró hacia Loveday.

—Me gustaría haber consultado a la señora Hawke antes de arreglar las cosas de este modo —dijo, algo vacilante—; pero no veo qué podría haber hecho de otra manera.

—Estoy segura de que la señora Hawke aprobará lo que ha hecho cuando conozca todas las circunstancias del caso —alegó Loveday.

—Y —añadió el antiguo clérigo—, cuando escriba a sir George, como, por supuesto, debo hacer de inmediato, le aconsejaré que, ahora que la cosa está hecha, ponga al mal tiempo buena cara. Si no hay remedio, ¿para qué preocuparse? ¿No es así, señorita Brooke? Y además, ¡mire! ¡De buena se ha librado mi sobrino!

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