Detectives victorianas

Detectives victorianas


Mary E. Wilkins (1852−1930) » El brazo largo (1895)

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El brazo largo (1895)

El brazo largo

(1895)

I

La tragedia

(A partir de las notas escritas por la señorita Sarah Fairbanks

inmediatamente después del veredicto del gran jurado.)

En el momento de sacar la pluma para escribir, me da la sensación de estar en el estrado. ¿Testificando a mi favor o en mi contra? No tomaré de forma voluntaria el lugar del criminal en el banquillo. No me declararé inocente ni culpable. Presentaré los hechos del caso con la misma imparcialidad y sangre fría que si no tuviesen nada que ver conmigo. Dejaré que quienes lean esto me juzguen como deseen.

Me veo obligada a hacerlo, pues estoy condenada a algo infinitamente peor que la prisión de por vida o el patíbulo. Seré yo quien me juzgue a mí misma en lugar del juez y del jurado; les probaré a todos ustedes mi culpa o mi inocencia, si eso está en manos de un mortal. Es tal mi desesperación que me veo tentada a decir que no me importa cuál de las dos sea, con tal de que se pruebe algo. Una condena abierta no me resultaría tan abrumadora como la sospecha universal.

En primer lugar, como he oído que es costumbre hacer en los tribunales, presentaré el caso. Soy Sarah Fairbanks, maestra de escuela rural de veintinueve años de edad. Mi madre murió cuando yo tenía veintitrés años. Desde entonces, mientras que yo he estado dando clase en Digby, un primo de mi padre, Rufus Bennett, y su mujer han vivido con mi padre. Durante las largas vacaciones de verano regresaban a su pequeña granja de Vermont y yo me ocupaba de la casa y de mi padre.

Desde hace cinco años estoy comprometida para casarme con Henry Ellis, un joven al que conocí en Digby. Mi padre se oponía rotundamente al enlace y me dijo en repetidas ocasiones que si insistía en casarme con Henry mientras él viviera, me desheredaría. Por esta causa Henry nunca me ha visitado en mi casa; por otro lado, yo tampoco me veía capaz de romper el compromiso. Además, no deseaba un distanciamiento total de mi padre. Era un hombre bastante mayor y yo era el único familiar que le quedaba.

Creo que los padres deben honrar a los hijos, al igual que los hijos deben honrar a sus padres, pero había llegado a la siguiente conclusión: en nueve de cada diez ocasiones en las que los hijos se casan contra la voluntad de sus padres, aun cuando los padres no tienen fundamentos para oponerse, no resultan matrimonios felices.

A veces sentía que era injusta con Henry, y decidí que, si alguna vez sospechaba que su amor se desviaba hacia otra muchacha, no me interpondría, especialmente dado que me iba haciendo mayor y, por tanto, me parecía, iba perdiendo mi belleza.

No hacía mucho había llegado a Digby una bonita joven para enseñar en la escuela del distrito sur. Se alojaba en la misma pensión que Henry. Oí que tenía ciertas atenciones con ella y decidí no interferir. Al mismo tiempo me parecía que el corazón se me iba a romper. También oí que su familia tenía dinero y que era hija única. Siempre había tenido la impresión de que Henry tendría que casarse con una mujer adinerada, porque él mismo no contaba con ninguna posesión y no era demasiado fuerte.

La escuela había cerrado hacía cinco semanas y yo volvía a casa para las vacaciones de verano. La noche antes de marcharme, Henry vino a verme y me exhortó a casarme con él. Yo me negué de nuevo; pero nunca antes había sentido la dureza y crueldad de mi padre como esa noche. Henry dijo que me visitaría durante las vacaciones, y cuando le respondí que no debía venir, se enfadó y dijo… En fin, unas cosas tan estúpidas que no merece la pena repetirlas. Henry tiene un carácter de lo más dulce en realidad y no le haría daño ni a una mosca.

La misma noche de mi regreso a casa Rufus Bennett y mi padre tuvieron una discusión sobre el azúcar de arce que Rufus producía en la granja de Vermont; se la vendía a padre, que a su vez le sacaba buen provecho con una gente de Boston. Ese era el negocio de padre. Antes tenía una tienda, pero la había cerrado, y se dedicaba a vender unos cuantos artículos sueltos de los que sacaba cuantiosas ganancias comerciando al por mayor. Solía mandar a buscar mantequilla, huevos y queso a Nueva Hampshire y Vermont. El primo Rufus pensaba que padre no le daba bastantes beneficios del azúcar de arce y en la discusión padre montó en cólera y dijo que Rufus le había sisado en el peso. Al oír aquello Rufus dejó escapar una maldición y agarró a padre por la garganta. La mujer de Rufus gritó:

—¡No lo hagas! ¡No! ¡Ay, que lo mata!

Me acerqué a Rufus y le sujeté el brazo.

—¡Rufus Bennett, suelta a mi padre! —exclamé.

Pero los ojos de Rufus me devolvieron una mirada de perturbado, y no lo soltó. Entonces me dirigí al cajón del escritorio en el que padre guardaba una pistola desde que desvalijaron algunas casas del pueblo; saqué la pistola, cogí de nuevo a Rufus y le apoyé el cañón contra la frente.

—¡O sueltas a mi padre o disparo! —exclamé.

Entonces Rufus soltó a su presa y mi padre cayó como un leño. Tenía el rostro amoratado. La esposa de Rufus y yo estuvimos largo rato atendiéndolo para conseguir que volviese en sí.

—Rufus Bennett —dije—, ve al pozo y trae una jarra de agua.

Fue a buscarla, pero cuando padre revivió y se levantó, Rufus le echó una mirada que seguía dejando sentir su furia.

—¡Todavía no he acabado contigo, Martin Fairbanks, por muy viejo que seas! —gritó, y se fue a la habitación exterior.

Acostamos pronto a mi padre. Dormía en la alcoba que había en la planta baja, al salir de la sala de estar. Rufus y su mujer ocupaban la que daba al norte y yo la que daba al sur. Aquella noche dejé la puerta abierta y no pegué ojo. Me quedé escuchando; no se movió nadie en toda la noche. Rufus y su mujer se levantaron muy pronto por la mañana, y antes de las nueve pusieron rumbo a Vermont. Tenían un día de viaje por delante: llegarían a casa sobre las nueve de la noche. La mujer de Rufus se despidió de padre entre lágrimas, mientras Rufus bajaba el baúl; pero Rufus no se acercó ni a padre ni a mí. No desayunó; incluso su espalda me dio mala espina al verlo salir por el patio.

Ese mismo día, sobre las siete de la tarde, después del té, lavé los platos y los coloqué; luego salí a la puerta norte, donde estaba sentado padre, y me acomodé en el escalón más bajo. Corría una brisa fresca; había sido un día muy caluroso.

—Quiero saber si ese tal Ellis ha ido a verte últimamente —dijo padre de inmediato.

—No mucho —respondí.

—¿Fue a verte la última noche que estuviste allí? —preguntó padre.

—Sí, señor —dije—, vino.

—Si vuelves a cruzar aunque solo sea una palabra con ese individuo mientras yo viva, te echaré de la casa como a un perro, por muy hija mía que seas —amenazó. Luego soltó una maldición y puso a Dios por testigo—. ¡No te atrevas a hablar con ese hombre mientras yo viva!

No dije ni una palabra; me limité a quedarme allí sentada, mirándolo. Padre se puso lívido y se echó hacia atrás, llevándose las manos a la garganta, por donde Rufus lo había agarrado. Le habían quedado unas huellas púrpuras.

—Supongo que habrías estado encantada de que me matase —exclamó padre.

—Te salvé la vida —repliqué.

—¿Qué hiciste con la pistola? —preguntó.

—Volver a colocarla en el cajón del escritorio.

Me levanté para dar la vuelta y sentarme en la entrada que da al oeste, que es la principal. Mientras estaba allí sentada, sonó la campana que anunciaba la reunión del anochecer en la iglesia y nuestras vecinas de la casa contigua, Phoebe Dole y Maria Woods, dos viejas modistas solteronas, pasaron de camino. Phoebe se detuvo a preguntar si Rufus y su esposa se habían marchado. Maria rodeó la casa. Muy pronto siguieron su camino y pasaron otras personas. Cuando todos se marcharon, se hizo un silencio sepulcral.

Me quedé largo rato sentada, sola, hasta que las sombras me indicaron que había salido la luna llena. Entonces me fui a mi habitación y me acosté.

Permanecí largo rato tumbada, llorando. Me parecía que se había esfumado cualquier esperanza de matrimonio entre Henry y yo. No podía pedirle que me esperase. Pensé en la otra muchacha; mirase donde mirase contemplaba su hermoso rostro. Pero al final me quedé dormida de tanto llorar.

Alrededor de las cinco me desperté y me levanté. Padre siempre quería su desayuno a las seis, así que tenía que prepararlo.

Cuando padre y yo estábamos solos, siempre encendía él el fuego en el hornillo de la cocina, pero aquella mañana no lo oí remover como de costumbre; me imaginé que estaba tan enfadado conmigo que ni siquiera había encendido el fuego.

Me dirigí al armario para buscar el vestido de percal azul oscuro con el que hacía las faenas domésticas. Llevaba allí colgado todo el curso escolar.

Al descolgarlo del perchero, me llamó la atención algo extraño en el vestido que había llevado puesto la noche anterior; era de fina seda veraniega, verde con un estampado de círculos blancos. Había sido mi mejor vestido durante dos veranos, pero ahora me lo ponía las tardes calurosas en casa, porque era el vestido más fresco con el que contaba. También porque la noche anterior había contemplado la posibilidad de que Henry condujese desde Digby y pasase por la casa. Lo había hecho algunas veces durante las anteriores vacaciones de verano y deseaba tener el mejor aspecto posible por si acaso.

Al sacar el vestido de percal vi lo que parecía una mancha en la seda verde. Dejé caer a toda prisa el vestido de percal y me llevé el de seda verde a la luz de la ventana. Estaba cubierto de lamparones: grandes salpicaduras horrendas y churretes en la parte delantera. También la manga derecha estaba manchada, y todas eran manchas húmedas.

—¿Qué le ha pasado a mi vestido? —pregunté en voz alta.

Parecía sangre. Entonces lo olí, y me resultó nauseabundo, pero no estaba segura de cómo olía la sangre. Pensé que debía de haberme manchado por accidente la noche anterior.

«Si lo que hay en el vestido es sangre», me dije, «debo hacer algo para quitarla enseguida, o se me estropeará el vestido».

Recordé un comentario de que las manchas de sangre se quitaban de los tejidos si aplicabas engrudo de harina por el lado contrario. Cogí el vestido de seda verde y bajé a toda prisa las escaleras de atrás, que llevaban directamente a la cocina, separada por una puerta.

No había fuego alguno en el hornillo, como me había parecido. Todo estaba solitario, solo el tictac del reloj de la estantería rompía el silencio. Al cruzar la cocina en dirección a la alacena, sin embargo, la gata maulló para que la dejase entrar; venía del cobertizo. Había una puertecita solo para ella por la que entraba y salía a voluntad, una abertura del tamaño justo para que su cuerpo maltés la atravesase cómodamente, junto a la puerta del cobertizo. La abertura tenía una tapa también, con bisagras de cuero. Dejé pasar a la gata; después entré en la alacena y cogí un tazón de harina. Luego la mezclé con agua hasta formar un engrudo espeso y lo apliqué en el revés de las manchas del vestido. A continuación dejé el vestido colgado en el fondo de un armario que contenía ropa vieja de padre.

Después encendí fuego en el hornillo. Preparé café, puse galletas a hornear y escalfé unos huevos para el desayuno.

Abrí la puerta de la sala de estar y grité:

—¡Padre, el desayuno está listo!

De repente sentí un sobresalto. Había una mancha roja en el interior de la puerta. El corazón empezó a latirme en los oídos.

—¡Padre! —grité—. ¡Padre!

No hubo respuesta.

—¡Padre! —llamé de nuevo, todo lo fuerte que pude gritar—. ¿Por qué no hablas? ¿Qué es lo que ocurre?

La puerta del dormitorio estaba abierta. Me dio la sensación de ver un reflejo rojo en ella. Hice acopio de valor y atravesé la sala de estar, en dirección a la alcoba de padre. La cama se reflejaba en el espejo que colgaba sobre su escritorio, enfrente.

Aquello fue lo primero que vi al llegar a la puerta. Vi a padre en el espejo y la cama. Padre estaba allí, muerto; lo habían asesinado durante la noche.

II

La cinta de la fusta

Creo que debí de desmayarme, pues de repente me encontré en el suelo, y durante un minuto no podía recordar lo que había ocurrido. Luego todo me vino a la memoria y un terror horrendo e irracional se apoderó de mí.

«Debo cerrar las puertas de inmediato», pensé; «rápido, o el asesino volverá».

Intenté levantarme, pero no podía mantenerme en pie. Volví a derrumbarme. Tuve que salir arrastrándome de la habitación, a gatas.

En primer lugar me dirigí a la puerta principal; estaba cerrada con llave y tenía el cerrojo echado. Después fui a la puerta norte, que igualmente estaba cerrada. Luego miré la puerta norte del cobertizo, que también tenía el cerrojo echado. A continuación me dirigí a la puerta este del cobertizo, junto a la se hallaba el pasadizo de la gata; aquella puerta se usaba poquísimo, y estaba asegurada por un gancho de hierro. No tenía pestillo.

Toda la casa estaba cerrada desde el interior. Me sobresaltó un pensamiento, como si me hubiese rozado una mano helada: «¡El asesino está dentro!». Entonces me puse en pie, quité el gancho y salí corriendo de la casa, y luego del patio, como si fuese cuestión de vida o muerte.

Tomé la carretera que llevaba al pueblo. La primera casa, donde viven Phoebe Dole y Maria Woods, está al otro lado de un amplio campo. No tenía intención de detenerme allí, pues solo había mujeres, y por tanto no podrían hacer nada; pero al ver que Phoebe miraba por la ventana, atravesé el patio a todo correr.

Abrió la ventana.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Qué pasa, Sarah Fairbanks?

Maria Woods se acercó y se apoyó en su hombro. Tenía la cara casi tan blanca como el pelo y los ojos azules dilatados. Mi expresión debía de haberlas asustado.

—Padre… ¡Han asesinado a padre en su cama! —dije.

Se oyó un grito y la cara de Maria Woods desapareció del hombro de Phoebe Dole: se había desmayado. No sé si Phoebe parecía más pálida (siempre está pálida), pero distinguí una mirada en sus ojos negros que nunca olvidaré. Creo que empezó a sospechar de mí en ese preciso momento.

Phoebe volvió la cabeza en dirección a Maria, pero me hizo otra pregunta.

—¿Ha discutido con alguien?

—Solo con Rufus —contesté—; pero Rufus se ha marchado.

Phoebe se apartó de la ventana para atender a Maria y yo seguí corriendo en dirección al pueblo.

Un centenar de personas pueden dar fe de lo que hice a continuación: podrán decirles que llamé al médico y al ayudante del sheriff; que volví a casa con una multitud espantada; que entraron en tropel a contemplar al pobre padre; que solo el médico lo tocó, con mucho cuidado, para comprobar que estaba muerto; que llegó el juez de instrucción y todo lo demás.

La pistola estaba en la cama, junto a padre, pero no la habían disparado; la carga seguía en la recámara. Estaba manchada de sangre y padre tenía un cardenal en la cabeza que podía ser resultado de un golpe con la pistola. Pero la herida que le causó la muerte se hallaba en su pecho; estaba claro que la habían infligido con algún instrumento cortante, aunque no se trataba de una incisión limpia: el arma debía de ser roma.

Registraron la casa, por si acaso el asesino seguía allí escondido. Oí que murmuraban el nombre de Rufus Bennett. Todo el mundo parecía estar al corriente de que habían discutido la noche anterior; no entendía cómo, si yo solo se lo había contado a Phoebe Dole, que no había tenido tiempo de difundir la noticia, y estaba segura de que nadie más lo había mencionado.

Miraron en el armario en el que colgaba mi vestido de seda verde y lo apartaron para asegurarse de que nadie se ocultaba detrás, pero no advirtieron nada raro en él. En el armario reinaba la oscuridad y, además, no buscaban todavía nada por el estilo.

Todas aquellas personas (el ayudante del sheriff y después el sheriff y dos oficiales forasteros, a los que habían telegrafiado, y los vecinos) habían elegido al sospechoso: se trataba de Rufus Bennett. Todos creían que había regresado para matar a mi padre. Acomodaban todos los hechos a dicha creencia. Lo imaginaron cometiendo el crimen con un destornillador largo y fino que había tomado prestado de un vecino y no había devuelto. Imaginaron que las huellas que seguían en la garganta de mi padre correspondían a las huellas rojas de la puerta de la sala de estar. Se imaginaron que seguramente había vuelto a la casa y entrado por la puerta este del cobertizo, mientras padre y yo estábamos sentados en las escaleras la noche anterior; que se había escondido, quizá en el mismo armario en el que colgaba mi vestido, para salir más tarde a matar a mi padre y escapar después.

No les extrañó que les dijese que todas las puertas estaban cerradas con cerrojo aquella mañana. Ellos mismos encontraron todas las ventanas cerradas, excepto unas cuantas que estaban abiertas por el calor; incluso estas últimas estaban levantadas solo hasta la altura del bastidor, y aseguradas con varillas, de modo que no pudiesen levantarse más. Padre tomaba muchas precauciones a la hora de cerrar la casa, pues a veces guardaba considerables sumas de dinero. Los oficiales observaron todas aquellas dificultades, pero de algún modo las acomodaron a su teoría, y de inmediato enviaron a dos ayudantes del sheriff a detener a Rufus.

Todavía no habían comenzado a sospechar de mí y mis movimientos no estaban sujetos a la más mínima vigilancia. Los vecinos eran de lo más amable y hacían todo lo posible para ayudarme y desembarazarme de los últimos preparativos, que en este caso eran mucho más tristes de lo habitual.

Se llevó a cabo una investigación para determinar las causas de la muerte, durante la cual conté todo lo que sabía, a excepción de las manchas de sangre en mi vestido. Ni siquiera sabía por qué lo había ocultado. Entonces no tenía la impresión de poder haber cometido el crimen y no soportaba la idea de acusarme a mí misma si era inocente.

Dos de las vecinas, la señora Holmes y la señora Adams, permanecieron conmigo todo el día. Hacia la noche, cuando ya no había mucha gente en casa, entraron en la sala de las visitas y la arreglaron para el funeral, mientras yo me quedaba en la cocina, sola. Allí, sentada junto a la ventana, pensé en mi vestido de seda verde y me pregunté si habrían salido las manchas. Me dirigí al armario y saqué el vestido. Los puntos y los churretes casi habían desaparecido. Llevé el vestido al cobertizo y rasqué el engrudo de harina, que estaba casi seco; lo limpié con un cepillo, eché el engrudo al hornillo, subí el vestido a mi armario y lo colgué en su sitio. Las vecinas se quedaron toda la noche conmigo.

A las tres en punto de la tarde del día siguiente, que era jueves, me acerqué a la casa de Phoebe Dole a llevarle el vestido negro que me pondría en el funeral. Las vecinas me habían convencido para que hiciese arreglar mi vestido de seda negro y lo adornase con crespón.

Encontré solo a Maria Woods en casa. Cuando me vio soltó un gritito y se echó a llorar. Tenía aspecto de haber estado horas llorando. Sus ojos azules parecían inyectados en sangre.

—Phoebe ha ido a… a casa de la señora Whitney a… probarle su vestido —dijo entre sollozos.

—Quiero arreglar un poco mi vestido negro —expliqué.

—Volverá… pronto —respondió Maria.

Coloqué el vestido en el sofá y me senté. Nadie consultaba nunca a Maria sobre un vestido. Cosía bien, pero quien lo planificaba todo era Phoebe.

Maria Woods siguió sollozando como una criatura, con su pañuelo empapado sobre la cara, sacudiendo los hombros. En cuanto a mí, me sentía como una piedra; no podía llorar.

—¡Lo sabía! —murmuró tragando saliva—. ¡Lo sabía! Se lo dije a Phoebe. Ya sabía yo lo que iba a pasar. ¡Lo sabía!

Al oír aquello me puse en pie.

—¿A qué se refiere? —inquirí.

—Cuando llegó Phoebe el martes por la noche y dijo que había oído la discusión entre tu padre y Rufus Bennett, ya sabía lo que iba a pasar —dijo boqueando—. Yo sabía que tenía un temperamento terrible.

—¿Phoebe Dole sabía el martes por la noche que padre y Rufus Bennett habían discutido? —pregunté.

—Sí —respondió Maria Woods.

—¿Cómo lo sabía?

—Atajó por vuestro patio para ir a casa de la señora Ormsby a llevarle el vestido marrón de alpaca. Luego volvió a casa y me lo contó; los había oído.

—¿Se lo ha mencionado usted a alguien aparte de a mí?

Maria dijo que no sabía, a lo mejor sí lo había hecho. Entonces recordó haber oído a la propia Phoebe hablando del tema con Harriet Sargent cuando vino a probarse un vestido. Quedaba claro por qué todo el mundo lo sabía.

No dije nada más, pero me pareció extraño que Phoebe Dole me hubiese preguntado si padre había discutido con alguien cuando lo sabía desde el principio.

Phoebe llegó poco más tarde. Me probé el vestido y ella se puso a planificar las modificaciones y los adornos. No hice sugerencia alguna. Me daba igual lo que hiciese, pero aunque no fuese así no habría importado. Phoebe siempre hace las cosas a su manera. Todas las mujeres del pueblo se hallan de algún modo a merced de Phoebe Dole. Las prendas son pruebas visibles de la fuerza de su voluntad.

Mientras acortaba el vestido negro de seda por las costuras de los hombros, Phoebe Dole dijo:

—A ver… Te hiciste un vestido de seda verde en Digby hace tres veranos, ¿no?

—Sí —respondí.

—Bueno, ¿y por qué no lo tiñes de negro? —sugirió—. La seda fina se tiñe bastante bien. Así tendrías un buen vestido.

Apenas respondí, y entonces se ofreció a teñirlo por mí. Tenía una receta que usaba con gran éxito. Le agradecí un gesto tan considerado, pero no me pronuncié sobre si aceptaba o no la oferta. No podía pensar en nada que no fuese el terrible aprieto en el que me encontraba.

—Yo me acerco a cogerlo mañana por la mañana —dijo Phoebe.

Le di las gracias. Pensé en las manchas y después mi mente pareció centrarse de nuevo en otro asunto.

Durante todo ese tiempo, Maria Woods no había cesado de sollozar. Finalmente Phoebe se giró hacia ella con impaciencia.

—Si no eres capaz de tranquilizarte, será mejor que vayas arriba, Maria —le recriminó—. Vas a poner enferma a Sarah. ¡Mírala! No se deja llevar, por muchos motivos que tenga.

—Yo también tengo motivos —exclamó entonces Maria; y después, con un patético chillido, añadió—: ¡Vaya que si tengo!

—Maria Woods, ¡sal de la habitación! —dijo Phoebe. Su brusquedad me hizo dar un bote, a pesar de estar medio mareada.

Maria se levantó sin decir palabra y salió de la habitación, casi doblada en dos por los compulsivos sollozos.

—Le ha afectado muchísimo la muerte de tu padre —explicó Phoebe con calma, mientras seguía con los arreglos—. Está nerviosísima. A veces tengo que ser brusca con ella, por su propio bien.

Asentí. Maria Woods siempre ha tenido la reputación de ser una mujer dulce, débil y dependiente, y sin duda Phoebe Dole le tiene mucho afecto. De algún modo la ha amparado y cuidado durante casi toda su vida. Viven juntas desde que eran unas muchachas.

Phoebe es alta, muy pálida y delgada; pero nunca se ha puesto enferma, ni un día. Tiene una fisonomía corriente, pero hay una especie de bondad severa, una rectitud, en su cara descolorida, con esas suaves bandas de pelo blanco sobre las orejas.

Regresé a casa en cuanto me arreglaron el vestido. Aquella noche vino a visitarme Henry Ellis. No necesito entrar en detalles respecto de la visita. Basta decir que me ofreció toda la comprensión y la protección posibles, y que yo las acepté. Lloré un poco, por primera vez, y él me consoló y me apaciguó.

Henry había venido en coche desde Digby y ató el caballo en el patio. A las diez se despidió de mí en la escalera, y estaba dando la vuelta al buggy cuando la señora Adams llegó corriendo a la puerta.

—¿Esto es suyo? —preguntó, enarbolando una cinta amarilla anudada.

—Anda, pero si es la cinta de tu fusta, Henry —contesté.

La miró.

—Pues sí —dijo—. Debe de habérseme caído.

Se la metió en el bolsillo y se puso en marcha.

—¡La cinta no se le ha caído esta noche! —replicó la señora Adams—. La encontré el miércoles por la mañana en el patio. Entonces me pareció recordar que él llevaba una cinta amarilla en la fusta.

III

Las sospechas no son pruebas

Cuando la señora Adams me contó que había recogido la cinta de la fusta de Henry el miércoles por la mañana, no dije nada, pero pensé que Henry debía de haberse pasado el martes por la noche al final, y que quizá incluso había entrado en el patio a pesar de que la casa estuviese cerrada y yo en la cama, para estar un poco más cerca de mí. Me remordía la conciencia porque no podía evitar sentir un estremecimiento de felicidad, a pesar de que mi padre yacía muerto en la casa.

Enterramos a mi padre con toda la intimidad y la calma que pudimos conseguir. Pero fue una experiencia terrible. Mientras tanto llegaron noticias de Vermont: habían arrestado a Rufus Bennett en su granja. Se mostró perfectamente dispuesto a volver con los agentes, y de hecho no tuvo ningún problema para demostrar que estaba en su casa, en Vermont, cuando se cometió el asesinato. Varios testigos dieron fe de que había salido del estado mucho antes de que mi padre y yo nos sentásemos juntos en las escaleras aquella noche, y de que fue directo a su casa, con toda la velocidad con que el tren y la diligencia pudieron llevarlo.

El destornillador con el que se suponía que se había cometido el crimen lo encontró el vecino a quien se lo había pedido prestado en un cajón de la cómoda de su mujer. Rufus lo había devuelto y ella lo había usado para colocar un cuelgacuadros en su habitación. Bennett fue absuelto y regresó a Vermont.

Luego la señora Adams comunicó que había hallado la cinta amarilla de la fusta de Henry Ellis, que fue arrestado, ya que contaba con un móvil para borrar a mi padre de la faz de la tierra. Todo el mundo sabía que mi padre se oponía a nuestro matrimonio, y se sospechó que Henry tenía el ojo puesto también en su dinero. De hecho, se descubrió que mi padre tenía más dinero de lo que yo misma pensaba.

Henry reconoció que había pasado por el patio aquella noche, y que al regresar echó de menos la cinta de su fusta; pero uno de los mozos de cuadra de las caballerizas de Digby, donde dejó el caballo y el buggy, declaró que había encontrado la cinta amarilla entre los vehículos aquel martes por la noche antes de que Henry volviese de su paseo. Resultaba evidente que había dos cintas amarillas, por tanto, y la del mozo de cuadra parecía encajar mejor con el mango de la fusta de Henry.

Además, el examen post mortem desveló casi el minuto exacto de la muerte; y el testimonio del mozo de cuadra respecto a la hora de regreso de Henry y la velocidad de su caballo despejaron las sospechas que recaían sobre él; pues, si la opinión de los expertos médicos era correcta, Henry había regresado a las caballerizas demasiado pronto como para haber cometido el asesinato.

En cualquier caso, fue absuelto, aunque las sospechas seguían acompañándolo. Ahora mucha gente cree que es el culpable; quien no cree que sea él, cree que soy yo; y algunos piensan que éramos cómplices.

Tras absolver a Henry me arrestaron a mí. No quedaba nadie más a quien acusar. Siempre hay que tener un móvil para el crimen y yo era la única que quedaba con uno. A diferencia de los demás, que fueron absueltos tras la investigación preliminar, a mí me llevaron a Dedham para comparecer ante el jurado que determinaría si había pruebas para mi imputación. Allí pasé cuatro semanas en la cárcel, hasta el día de la comparecencia.

No se me permitió hacer una declaración completa y franca como la que estoy haciendo ahora ni en la investigación preliminar ni ante el gran jurado. Simplemente se me pidió que respondiese a las preguntas que se me formulaban sin añadir nada de mi cosecha, y obedecí.

Yo no sé nada de leyes. Deseaba actuar del mejor modo posible, con la mayor prudencia, por Henry y por mí. No dije nada sobre el vestido de seda verde. Registraron la casa hasta el último rincón en el momento de mi arresto, pero el vestido no se hallaba allí: estaba en la caldera de Phoebe Dole, tiñéndose. Había ido a buscarlo un día, mientras yo recogía las judías del jardín, y lo había sacado del armario. Ella misma me contó todo esto al devolverlo, cuando regresé de Dedham.

—Se me ocurrió llevármelo para darte una sorpresa —dijo—. Ha cogido un negro muy bonito.

Me echó una extraña mirada mientras hablaba: un poco como si viese en el interior de mi alma, a mi pesar, y un poco como si le aterrorizase pensar lo que encontraría allí. No sé a ciencia cierta qué significaba la mirada de Phoebe Dole. Quizá, después de todo, quedase una mancha en el vestido y la hubiese visto.

Supongo que si no hubiese sabido hacer ese engrudo de harina me habrían colgado por la muerte de mi padre. Tal y como estaban las cosas, el jurado no pudo acusarme de ningún cargo porque no había prueba alguna que me implicase; volví a casa libre. Si bastase con los móviles para condenar a la gente, ¿habría bastantes verdugos en el mundo?

No encontraron arma alguna con la que pudiese haber cometido el crimen. No encontraron manchas de sangre en la ropa. Lo único que apuntaba en mi dirección, aparte de mi sempiterno móvil, era el hecho de que la mañana después del crimen las puertas y ventanas estuviesen cerradas. Pero el que yo misma hubiese proporcionado dicha información, por supuesto, le restaba fuerza en mi contra.

Luego algunos afirmaron que quizá me hubiese confundido a causa del terror y el nerviosismo, y se propagó la teoría, que contaba con varios defensores, de que el asesino planeaba matarme a mí también, y que había cerrado las puertas para asegurarse el logro de su objetivo, pero que en el último momento no había tenido valor y me había dejado escapar antes de huir él mismo. Algunos afirmaban que su intención era obligarme a revelar el escondite del dinero de padre, pero que el coraje lo había abandonado.

Padre guardaba una gran suma escondida en un lugar que solo nosotros conocíamos. Pero no se había buscado dinero, por lo que se veía: no habían tocado ni un cajón de la cómoda, y el reloj de oro de padre proseguía impertérrito su tictac bajo la almohada; ni siquiera habían abierto su cartera, que estaba en el bolsillo del chaleco. Había un pequeño fajo de billetes enrollado y algo de cambio; padre nunca llevaba consigo mucho dinero. Supongo que si se hubiesen llevado la cartera de padre y el reloj no habrían sospechado de mí en absoluto.

Como ya he dicho, me absolvieron por falta de pruebas y regresé a casa: libre, es cierto, pero con el horrible peso de la sospecha sobre los hombros. Y eso me lleva al momento presente. Volví ayer por la noche. Esta noche ha venido a verme Henry Ellis; no volverá, porque le he prohibido que lo haga. Esto es lo que le dije:

—Sé que eres inocente y tú sabes que yo soy inocente. Para el resto del mundo, estamos bajo sospecha (yo más que tú, pero ambos estamos bajo sospecha). Si se sabe que estamos juntos, esa sospecha no hará más que aumentar. No me importa en mi caso, pero me importa en el tuyo. Separado de mí, el estigma que acarreas se disipará pronto, sobre todo si te casas con otra.

Entonces Henry me interrumpió.

—Nunca me casaré con otra —dijo.

No pude evitar alegrarme de que lo dijese, pero me mantuve firme.

—Si conocieses a alguna mujer buena a la que pudieses amar, sería mejor que te casases con ella.

—¡Nunca haré algo semejante! —repitió. Me rodeó con sus brazos, pero tuve fuerza para apartarlo.

—No será necesario si triunfo en la empresa que pienso acometer antes de que conozcas a otra —dije. Estaba empezando a pensar que no le importaba aquella bonita muchacha que se alojaba en la misma pensión que él.

—¿De qué se trata? —preguntó—. ¿Qué empresa vas a acometer?

—Pienso encontrar al asesino de mi padre —dije.

Henry me echó una extraña mirada; luego, antes de que pudiese detenerlo, me tomó rápidamente en sus brazos y me besó en la frente.

—Pongo a Dios por testigo, Sarah, de que creo en tu inocencia —murmuró; y desde ese momento me siento apoyada y plenamente segura de que poseo el poder de triunfar en mi empresa.

Encontraré al asesino de mi padre. Mañana comenzaré la investigación. Registraré la casa de modo exhaustivo, como no ha hecho todavía agente alguno, con la esperanza de dar con alguna prueba. Me propongo dividir cada habitación en yardas cuadradas, con líneas y con metro, y estudiar cada una de ellas como si fuese un problema de álgebra.

Tengo la teoría de que es imposible que ningún ser humano entre en una casa y cometa un acto de tal naturaleza sin dejar tras de sí algún resto que, para quien sepa sacarle partido, equivaldría a los valores conocidos en una ecuación algebraica.

Cabe la posibilidad de que cuente con algo de ayuda. Henry ha prometido no venir hasta que yo se lo pida, pero va a mandarme a un detective de Boston, uno que conoce. De hecho, es su primo; si no, habría poca esperanza de que pudiésemos garantizar su presencia, aunque le ofreciese un buen precio.

Ha tenido gran éxito en varios casos, pero no goza de buena salud; el trabajo pesa mucho sobre sus nervios y no se ve abocado a él por falta de dinero. Los médicos le han prohibido que coja ningún caso nuevo durante un año al menos, pero Henry confía en que podamos contar con él para esto.

Ahora apartaré estos asuntos de mi mente y me iré a la cama. Mañana es miércoles; mi padre llevará siete semanas muerto. Mañana por la mañana me pongo manos a la obra; si está al alcance del poder humano y me ayuda un poder superior, triunfaré.

IV

La caja de pistas

(Las páginas que siguen son extractos del diario que la señorita Fairbanks comenzó tras concluir las notas que ya hemos proporcionado al lector.)

Miércoles por la noche. He decidido registrar cuidadosamente los progresos que hago cada día al investigar la casa. Hoy he empezado por la planta baja, es decir, con la habitación menos susceptible de contener alguna prueba, la sala de las visitas. Cogí una tiza y una cinta de medir, y dividí el suelo en yardas cuadradas; luego analicé cada uno de los cuadrados de rodillas. De este modo, no he encontrado literalmente nada en la alfombra aparte de polvo, pelusa, dos alfileres blancos de lo más común y tres pulgadas de seda azul para coser.

Para terminar, cogí la escoba y el recogedor y barrí el suelo yarda por yarda. Puse lo recogido en una caja de cartón blanca y lo saqué al patio para examinarlo a la intensa luz del sol. No había más que polvo, pelusa y cinco pulgadas de hilo de lana marrón, que a todas luces se habrán soltado de un vestido. La seda azul y el hilo de lana son las únicas posibles pruebas que he encontrado hoy, y apenas se merecen ese nombre. Lo más seguro es que la mujer de Rufus pueda explicar su presencia. Le he escrito hoy para preguntarle.

No ha venido nadie a la casa en todo el día. Esta tarde he bajado a la tienda para comprar algunas provisiones necesarias y la gente dejó de hablar cuando yo entré. El dependiente me cogió el dinero como si estuviese envenenado.

Jueves por la noche. Hoy he registrado la sala de estar que da paso a la alcoba de mi padre. He encontrado dos huellas sanguinolentas en la alfombra que nadie había visto antes, quizá porque la alfombra es roja y blanca. He usado un microscopio que tenía para el colegio. Las huellas, que quedan cerca de la puerta del dormitorio y señalan en dirección al salón, son las dos del pie derecho; una es más intensa que la otra, pero ambas están desvaídas. Es evidente que el pie iba desnudo o enfundado solo en una media, porque se extienden a lo ancho. Son más anchas que los zapatos de mi padre. Comparé uno con la huella más acentuada.

No he encontrado nada más en la sala de estar. Las marcas de sangre en la puerta que ya se habían observado siguen allí. No se han limpiado, primero por orden del sheriff, y luego por orden mía. Las manchas son de dos tipos: una parece producto del roce de una prenda ensangrentada, la otra me da la impresión de que se produjo por el contacto de una mano manchada de sangre y que luego la limpiaron con un paño. En la puerta que lleva al dormitorio no hay ninguna marca; sí las hay en las que llevan al vestíbulo y al aparador de la porcelana. Este es en realidad un armario de cocina, aunque solo lo uso para los mejores platos y conservas.

Viernes por la noche. Hoy he registrado el aparador. Una de las estanterías, que llega a la altura de los hombros, estaba manchada de sangre. Me dio la impresión de que quizá el asesino se aferrase a ella para no caerse. ¿Se desmayó tras cometer tan terrible acto? Había unos tarros de gelatina colocados en el estante y nadie los había tocado. Solo estaba la marca de sangre en el borde del estante.

En el suelo del aparador, bajo los estantes, encontré un botón perteneciente a una prenda masculina; parecía que un pie descuidado lo hubiese enviado allí. Es un botón corriente de metal esmaltado negro, de esos para pantalones: es evidente que se había desprendido y lo habían cosido con torpeza, pues tenía una buena cantidad de basto hilo blanco colgando. El botón debía de pertenecer a un hombre soltero o a uno casado con una holgazana.

Si se había cosido con hilo blanco un botón negro, es probable que se hubiese cosido otro. Quizá me equivoque, pero considero que el botón es una prueba.

El aparador estaba como los chorros del oro: de hecho, lo había limpiado la mujer de Rufus el día antes de irse. No podía habérseles caído allí ni a mi padre ni a Rufus, y no habían tenido ocasión de acudir a aquel armario. El botón se le había caído al asesino.

Tengo una caja de cartón blanco en la que he escrito «pruebas». He puesto el botón en ella.

Esta tarde ha venido Phoebe Dole. Es muy amable. Le ha cambiado el corte al vestido de seda teñido y me lo ha arreglado. Los chasquidos de esas grandes tijeras en los oídos me ponen nerviosa. No me apetecía detenerme a pensar en ropa. Espero no haber parecido desagradecida, pues es la única persona, aparte de Henry, que me ha tratado como antes de que esto ocurriese.

Phoebe me preguntó qué me tenía tan ocupada, y le respondí: «Estoy buscando al asesino de mi padre». Me preguntó si había encontrado alguna prueba, y le respondí: «Eso creo». Para entonces ya había encontrado el botón, pero no lo mencioné. Dijo que Maria no se encontraba muy bien.

Me fijé en que miraba las manchas de las puertas y le expliqué que no las había limpiado porque pensaba que podían ayudar a encontrar al asesino. Miró con atención las de la puerta de la entrada, las que más se ven, y dijo que no entendía cómo podrían ayudar, pues no eran huellas digitales; además, pensaba, seguro que me ponían nerviosa.

—No estoy para nada nerviosa —respondí.

Sábado. Hoy he dado con algo que no entiendo. Me he dedicado al dormitorio en el que mi padre encontró su espantoso fin. Por supuesto, se han eliminado algunas de las pruebas más flagrantes. La cama está limpia y la alfombra se ha lavado, pero el horror sigue presente en la habitación. Parece embrujada por el espíritu del asesinato. Al principio pensé que no podría entrar, pero hice en ella un extraño descubrimiento.

Mi padre, a pesar de no llevar encima mucho dinero, tenía la costumbre de guardar sumas considerables en casa; el banco más cercano se halla a diez millas. Sin embargo, era precavido; tenía un escondrijo que no le había revelado a nadie más que a mí. Tenía una mesita en el dormitorio, cerca del extremo de la cama. Por debajo, pegada a su superficie, había asegurado una gran cartera de cuero, en la que guardaba todo el dinero sobrante. Recuerdo cómo le centellearon los ojos cuando me la enseñó.

—La mente común piensa que las cosas están dentro de algo o encima de algo —dijo mi padre—. No contemplan la posibilidad de superar la gravedad y lo predecible.

Al registrar el dormitorio de mi padre me vino a la mente esa frase suya y su peculiar sistema de esconder cosas; entonces realicé mi descubrimiento. He argumentado que en este tipo de investigaciones no hay que buscar solo huellas escondidas del criminal, sino todo lo que por alguna razón se ha ocultado. Alguien podría tener un móvil que guardara relación con algún objeto que mi propio padre hubiese escondido, algo de su historia pasada.

El dinero de la cartera que había bajo la mesa, unos quinientos dólares, ya no estaba allí: lo habíamos ingresado en el banco. Allí no había nada más. Examiné el fondo de la cómoda y la parte inferior de los asientos de las sillas. En la habitación había dos sillas, además de la mecedora con cojines: sillas de madera pintadas de verde que tenían los asientos tapizados con la bandera. No encontré nada bajo los asientos.

Entonces di la vuelta completa a las sillas y observé la parte inferior de las patas. Me dio un vuelco el corazón al ver un trozo de cuero clavado en una. Cogí el martillo de tapicero y quité las tachuelas. Habían vaciado la pata de la silla y el hueco estaba lleno de algodón. Lo saqué y pronto sentí algo duro. Resultó ser una anticuada alianza de oro, ancha y pesada, como un anillo de boda.

Me lo llevé a la ventana y encontré esta inscripción en su interior: «Que el amor sea para siempre». Había dos fechas: una de agosto de hace cuarenta años y la otra de agosto de ese mismo año.

Creo que nadie se había puesto nunca ese anillo; a pesar de que la primera parte de la inscripción resultaba perfectamente clara, parecía vieja y, a todas luces, la última había sido grabada hacía poco.

No puede ser el anillo de mi madre. Solo tenía su anillo de boda y se la enterró con él. Me parece que mi padre lleva años atesorando este anillo; pero ¿por qué? ¿Qué significa? No puede ser una pista y tampoco veo cómo puede ayudar a descubrir un móvil, pero de todos modos lo pondré en la caja, con el resto.

Domingo por la noche. Hoy, por supuesto, no he proseguido mi búsqueda. Tampoco he ido a la iglesia. No me sentía capaz de mirar a la cara a los viejos amigos que no son capaces de mirarme a mí. A veces pienso que en el pueblo donde nací todo el mundo cree en mi culpabilidad. ¿Cómo han sido mi apariencia general y mi comportamiento a lo largo de mi vida? Me he estudiado a mí misma en el espejo, he intentado descubrir la maldad potencial que deben de ver en mi cara.

Esta tarde, sobre las tres, a la hora en la que la gente acaba de terminar su comida de domingo, llamaron a la puerta norte. Cuando acudí a abrir, había un extraño joven allí de pie con un gran libro bajo el brazo. Era delgado y estaba bien rasurado; tenía aire clerical.

—Tengo aquí una obra sobre la que querría llamarle la atención —comenzó; y lo miré asombrada, pues ¿por qué iba a venir un vendedor ambulante de libros en pleno domingo?

Torció un poco la boca.

—Es una enciclopedia bíblica —dijo.

—No creo que me interese comprarla —respondí.

—Tengo entendido que es usted Sarah Fairbanks, ¿no?

—Ese es mi nombre —contesté con sequedad.

—Me envía el señor Henry Ellis, de Digby —explicó a continuación—. Me llamo Dix, Francis Dix.

Entonces supe que se trataba del primo de Henry, el detective de Boston que había venido a ayudarme. Sentí que se me arrasaban los ojos de lágrimas.

—Es muy amable por su parte haber venido —conseguí decir.

—Soy egoísta, no amable —replicó—, pero será mejor que me deje entrar, o me arruinará cualquier posibilidad de éxito como vendedor de libros si los vecinos me ven intentando vender en domingo. Y esta es una empresa respetable, señora Fairbanks. Voy a buscar clientes por la ciudad.

Entró. Le enseñé todo lo que había escrito y lo leyó con cuidado. Cuando hubo terminado se sentó inmóvil durante un rato, con una mueca peculiar y meditativa en el rostro.

—Vamos a desentrañar este asunto en tres días como máximo —acabó por decir, con el rostro súbitamente despejado y los ojos relampagueantes.

—Yo había planeado unos tres años, quizá —dije yo.

—Le digo yo que lo solucionaremos en tres días —repitió—. ¿Dónde puedo alojarme mientras busco clientes para este libro tan notable e interesante que llevo bajo el brazo? No puedo quedarme aquí, por supuesto, y no hay hotel. ¿Cree que las dos modistas de al lado, Phoebe Dole y la otra, me acogerían?

Contesté que nunca habían tenido inquilinos.

—Bueno, me acercaré a preguntar —dijo el señor Dix; y se marchó, con su libro debajo del brazo, antes de que me diese cuenta.

Nunca en mi vida he visto a nadie actuar con la extraña y sigilosa velocidad con la que actúa este hombre. ¿Puede demostrar mi inocencia en tres días? Debió de conseguir alojamiento en casa de Phoebe Dole, pues lo vi pasar con ella camino de la iglesia aquella noche. Estoy segura de que se acercará por aquí mañana por la mañana temprano.

V

Las pruebas apuntan a alguien

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