Detectives victorianas
Mary E. Wilkins (1852−1930) » El brazo largo (1895)
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Lunes por la noche. Ha venido el detective, como yo esperaba. Me levanté en cuanto despuntó el sol y lo vi atravesando los campos salpicados de rocío, con su enciclopedia debajo del brazo. Se había escabullido por la puerta trasera de Phoebe Dole.
Me pidió que sacara la pistola de mi padre; entonces me conminó a que saliese con él al patio trasero.
—Ahora, dispárela —dijo, lanzándome la pistola a las manos. Como ya he dicho antes, la carga seguía en la recámara.
—Voy a alarmar a todo el vecindario —objeté.
—Dispárela —ordenó.
Lo intenté; apreté el gatillo con todas mis fuerzas.
—No soy capaz —dije.
—Y es usted una mujer razonablemente fuerte, ¿no?
Respondí que eso tenía entendido. ¡Con la cantidad de comentarios que había oído sobre la fuerza de mis pobres brazos de mujer y su habilidad para asestar el golpe con el arma del crimen!
El señor Dix tomó en sus manos la pistola y apretó un poco el gatillo.
—Podría disparar —dijo—, pero no lo haré. Alarmaría a todo el vecindario.
—Pero esto son más pruebas en mi contra —expliqué desesperada—. El asesino intentó disparar la pistola y fracasó.
—Son más pruebas en contra del asesino —dijo el señor Dix.
Entramos en la casa, donde examinó mi caja de pistas lenta y cuidadosamente. Tras observar el anillo preguntó si había algún joyero en el pueblo, y dije que no. Le conté que mi padre muy a menudo viajaba por negocios a Acton, a diez millas de distancia.
Examinó con cuidado el botón que había encontrado en el armario y luego me pidió que le mostrase el guardarropa de mi padre. No tardamos mucho en hacerlo. Aparte del traje con que enterramos a mi padre, había otro completo en el armario de su alcoba. También había dos abrigos, una vieja levita, un par de pantalones de paño y dos chalecos negros. El señor Dix examinó todos los botones: no faltaba ninguno. Aún quedaba otro traje viejo en el armario junto a la cocina. Lo examinamos también y no faltaba ningún botón.
—¿En qué trabajó su padre el día antes de morir? —preguntó entonces.
Reflexioné y dije que descargó algunas cajas que habían llegado de Vermont, y se ocupó un poco del jardín.
—¿Qué llevaba puesto?
—Me parece que llevaba los pantalones de paño y el chaleco negro. No llevaba abrigo mientras trabajaba.
El señor Dix regresó en silencio a la alcoba de padre y a su armario, y yo lo seguí. Sacó los pantalones grises y el chaleco negro y los observó con detenimiento.
—¿Qué se ponía para proteger esto? —preguntó.
—¡Pues el mono! —contesté de inmediato. Mientras hablaba recordé ver a padre dando la vuelta por el camino en dirección al patio, con el mono azul doblado bajo el brazo.
—¿Dónde está?
—¿No estaba en el armario de la cocina?
—No.
No obstante, volvimos a mirar en el armario de la cocina; registramos minuciosamente el cobertizo. Mientras estábamos allí, la gata entró por la gatera y se frotó contra nuestras piernas. El señor Dix se inclinó a acariciarla. Después se dirigió a toda prisa a la puerta junto a la que se hallaba la gatera, quitó el gancho y salió. Fui tras él, pero me hizo retroceder.
—Ninguna de las ventanas de mi anfitriona mira hacia acá —dijo—, pero podría venir hasta la puerta trasera.
Lo observé. Pasó con lentitud junto al serpenteante caminito que surcaba la parte trasera de nuestra casa y se extendía débilmente por los campos de pasto hasta la parte trasera de la casa de Phoebe Dole. Se detuvo, registró un arbusto de mosqueta, siguió hasta un antiguo pozo y se detuvo allí. El pozo llevaba muchos años seco y estaba atascado a causa de las piedras y de la basura. Estaba cubierto por unas tablas y una o dos piedras grandes que las mantenían en su sitio.
El señor Dix, dirigiendo la mirada hacia la puerta trasera de Phoebe Dole, se arrodilló, retiró las piedras y las tablas y miró dentro del pozo. Se estiró sobre el bocal y metió la mano. Hizo muchos esfuerzos; luego se incorporó y se acercó a mí para pedirme que le llevase un paraguas de mango ganchudo o algún objeto susceptible de engancharse en una prenda de ropa.
Llevé mi paraguas, cuyo mango de plata formaba un gancho perfecto. Se dirigió de nuevo al pozo, se arrodilló, metió el paraguas y sacó con bastante facilidad lo que había pescado. Luego lo llevó hacia mí.
—No se desmaye —dijo, cogiéndome el brazo. Tragué saliva cuando vi lo que tenía en la mano: ¡el mono azul de mi padre, todo manchado y salpicado de sangre!
Miré el mono y luego a él.
—No se desmaye —repitió—. Estamos en el buen camino. De aquí es de donde salió el botón. ¡Mire, mire!
Apuntó a uno de los tirantes del mono, al que le faltaba el botón. Había un poco de hilo blanco colgando. Había otro botón toscamente cosido con el mismo hilo blanco que encontré en el botón de la caja de pistas.
—¿Qué significa esto? —exclamé con voz entrecortada. La cabeza me daba vueltas.
—Pronto lo sabrá —dijo. Miró el reloj. Luego dejó en el suelo el macabro bulto que sostenía—. La ha dejado asombrada saber que el asesino entró y salió pese a que las puertas estaban cerradas, ¿no es así?
—Sí.
—Bueno, ahora mismo salgo yo. Ponga el gancho en esa puerta.
Salió, con mi paraguas aún en la mano. Puse el gancho de la puerta. Y al momento vi que la tapa de la gatera se levantaba y su mano y su brazo asomaban por ella. Dobló el brazo hacia arriba, en dirección al gancho, pero le faltaba medio pie. Entonces retiró el brazo y metió el paraguas de mango plateado. Con él llegaba cómodamente al gancho de la puerta.
Luego volvió a engancharlo. Eso ya no fue tan fácil. Tuvo que maniobrar un buen rato. Al final lo logró, volvió a quitar el gancho y entró.
—¡Así lo hizo! —dije.
—No, no fue así —replicó—. Ningún ser humano que acabase de cometer un crimen tendría la paciencia suficiente para asegurar la puerta tras él. Por favor, deje el brazo colgando en su costado.
Obedecí. Miró mi brazo, luego el suyo.
—¿No tendrá una cinta de medir? —preguntó.
Cogí una de la cesta de labores. Se midió el brazo, luego midió el mío y después la distancia desde la gatera al gancho.
—Le encomiendo dos tareas a usted para hoy y mañana —dijo—. Voy a venir muy poco por aquí. Busque todas las cartas antiguas de su padre y léalas. Busque a un hombre o una mujer de esta ciudad cuyo brazo mide seis pulgadas más que el suyo. Ahora debo irme a casa, o a mi anfitriona le entrará curiosidad.
Atravesó la casa en dirección a la puerta principal, miró en todos los sentidos para asegurarse de que nadie lo observaba, cruzó el patio en tres zancadas, y de repente estaba caminando por la calle, muy circunspecto, con su enciclopedia bajo el brazo.
Me hice una taza de café y luego seguí sus instrucciones. Me he pasado toda la mañana leyendo cartas antiguas; encontré paquetes en los baúles del desván y había ingentes cantidades en el escritorio de padre. He seleccionado varias para entregárselas al señor Dix. Una de ellas trata de un antiguo episodio en la juventud de padre que debió de perder cualquier interés para él hace tiempo. Estaba escondida del modo que a él le gustaba: sujeta bajo su escritorio. La escribió hace cuarenta años Maria Woods, dos años antes de que mi padre se casara, para rechazar una propuesta de matrimonio. Estaba escrita siguiendo las encorsetadas fórmulas de la época; podrían haberla copiado con exactitud de un manual de correspondencia.
Mi padre debió de querer a Maria Woods con la misma devoción con la que yo amo a Henry para haber guardado la carta con tanto cuidado todos estos años. Yo pensaba que estaba enamorado de mi madre. Parecía tenerle el mismo cariño que otros hombres experimentan por sus esposas, aunque yo solía preguntarme si Henry y yo llegaríamos algún día a estar tan acostumbrados el uno al otro.
Maria Woods debía de ser hermosa como un ángel cuando era joven. Madre no era hermosa; además era robusta y desgarbada, y supongo que la gente habría dicho que era más bien lenta y torpe. Pero era una buena mujer e intentaba cumplir con sus obligaciones.
Martes por la noche. Esta tarde se me ha brindado la oportunidad de cumplir la segunda de las órdenes del señor Dix. Me parecía que la mejor manera de comparar la longitud media de los brazos era acudir a la iglesia. No podía ir por la ciudad con la cinta de medir, pidiéndole a la gente que me extendiese los brazos. Nadie sabe el temor que me inspiraba ir a la iglesia, pero fui e intenté no mirar las caras alteradas y gélidas de mis vecinos, sino sus brazos.
He descubierto lo que deseaba el señor Dix, pero dicho descubrimiento no sirve de nada y lo podría haber hecho él mismo. El brazo de Phoebe Dole mide siete pulgadas más que el mío. Nunca antes me había dado cuenta, pero tiene un brazo casi anormalmente largo. Pero ¿por qué iba a quitar el gancho de la puerta Phoebe Dole?
Phoebe recitó una oración, una oración muy bonita. Incluso me reconfortó un poco. Habló de la ternura de Dios durante todos los problemas de la vida y de que nunca nos abandonaba.
Cuando íbamos saliendo oí a varias personas hablando del señor Dix y de su enciclopedia bíblica. Concluyeron que debía de ser un estudiante de teología que vendía libros para sufragarse los gastos de su educación.
Maria Woods no estaba en la iglesia. Algunas personas le preguntaron a Phoebe por ella, y respondió: «No se encuentra muy bien».
Es muy tarde. Pensé que quizá el señor Dix pasase por aquí, pero no ha venido.
Miércoles. Apenas puedo creerme lo que estoy a punto de escribir. Toda nuestra investigación parece apuntar a una persona, y esa persona… ¡Es increíble! No doy crédito.
El señor Dix vino al alba, como la otra vez. Me dio el parte y yo le di el mío. Le enseñé la carta de Maria Woods. Me contó que había ido a Acton y que el joyero de allí había grabado la última fecha en el anillo hacía unas seis semanas.
—No quiero parecer brusco, pero su padre iba a casarse de nuevo —dijo el señor Dix.
—No sabía que se hubiese acercado siquiera a otra mujer desde que madre murió —protesté.
—Pues había hecho preparativos para casarse —insistió el señor Dix.
—¿Con quién?
Señaló la carta que yo sujetaba en la mano.
—¡Maria Woods!
Asintió.
Me quedé allí plantada, mirándolo, aturdida. No se me había pasado por la cabeza tal posibilidad.
Extrajo un sobre del bolsillo y sacó una tarjetita con unos hilos azules y marrones atados cuidadosamente en ella.
—Permítame ver los hilos que encontró —dijo.
Cogí la caja y los comparamos. Él tenía unas hebras de hilo de seda azul y de lana marrón que coincidían punto por punto con las mías.
—¿Dónde los ha encontrado? —pregunté.
—En la caja de retales de mi anfitriona.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué quiere decir? —pronuncié con voz entrecortada.
—¿Usted qué cree?
—¡Es imposible!
VI
La revelación
Miércoles, continuación. Cuando el señor Dix me sugirió la absurda posibilidad de que Phoebe Dole hubiese cometido el asesinato, él y yo estábamos sentados en la cocina. Él se hallaba cerca de la mesa; colocó una hoja de papel sobre ella y comenzó a escribir. Tengo el papel delante.
—En primer lugar —dijo el señor Dix, escribiendo con celeridad según hablaba—, ¿quién cuenta con una longitud de brazo adecuada para abrir cierta puerta de esta casa desde fuera? Phoebe Dole.
»En segundo lugar, ¿quién tenía en su caja de retales hebras de los mismos hilos que había en el suelo del salón de las visitas, sitio en el que no había puesto los pies, que usted supiera? Phoebe Dole.
»En tercer lugar, ¿quién mostró un interés de lo más extraño en su vestido de seda verde, manchado de sangre, hasta el punto de teñirlo? Phoebe Dole.
»En cuarto lugar, ¿quién se pilló los dedos con una mentira, en su intento de echar la culpa del asesinato a un hombre inocente? Phoebe Dole.
El señor Dix me miró. Yo recuperé la compostura.
—Eso no prueba nada. No tiene móvil.
—Sí que tiene un móvil.
—¿Cuál?
—Maria Woods se lo contará esta tarde.
Entonces siguió…
—En quinto lugar, ¿quién fue vista tirando un bulto por el viejo pozo en la parte trasera de la casa del señor Martin Fairbanks a la una de la noche? Phoebe Dole.
—¿Fue… vista? —farfullé.
El señor Dix asintió. Luego siguió escribiendo.
—En sexto lugar, ¿quién contaba con un móvil sólido, que existía desde hacía años? Phoebe Dole.
El señor Dix soltó la pluma y me miró de nuevo.
—Bueno, ¿qué me dice usted? —preguntó.
—¡Es imposible!
—¿Por qué?
—Porque es una mujer.
—Un hombre podría haber disparado la pistola, como ella intentó hacer.
—Sería necesaria la fuerza de un hombre para matar con el tipo de arma que usó —aduje.
—No, no es cierto. No hace falta mucha fuerza para ese tipo de golpes.
—Pero ¡si es una mujer!
—El crimen no tiene sexo.
—Pero si es una buena mujer, forma parte de la iglesia. La oí recitar ayer por la tarde. No es propio de ella.
—No le corresponde a usted, ni a mí, ni a ninguna inteligencia mortal decidir lo que es propio de alguien o no —afirmó el señor Dix.
Se levantó y se marchó. Yo me limité a quedarme mirando, medio aturdida.
Maria Woods ha venido esta misma tarde, aprovechando la ausencia de Phoebe, que había salido a hacer un recado. Maria ha envejecido diez años en las últimas semanas. Tiene el pelo blanco, las mejillas hundidas y ha perdido todo el color.
—¿Puedes darme el anillo que me regaló hace cuarenta años? —dijo con voz temblorosa.
Se lo entregué; lo besó y sollozó como una niña.
—Phoebe me lo quitó una vez —dijo—, pero no volverá a hacerlo.
Maria me contó entre lastimeros sollozos la historia de su larga subordinación a Phoebe Dole. Aquella mujer dulce e infantil siempre se había hallado bajo la influencia de la fuerte naturaleza de su compañera. La subordinación se remontaba a antes incluso de la primera pedida de mi padre; antes de que él la cortejase, ella le había prometido a Phoebe que no se casaría; y fue Phoebe quien, tras recordarle que estaba atada por su solemne promesa, la empujó a escribirle una carta a mi padre rechazando su oferta y devolviéndole el anillo.
—Y después de tanto tiempo, nos habríamos casado, si no hubiese muerto —dijo—. Iba a regalarme otra vez el anillo y había hecho grabar la nueva fecha. ¡Habría sido tan feliz!
Se detuvo y me miró, mientras me preguntaba horrorizada:
—¿Qué hacía Phoebe Dole en el patio de vuestra casa a la una aquella noche?
—¿Qué quiere decir? —pregunté a mi vez.
—Vi que Phoebe salía por la puerta trasera del cobertizo a la una, aquella misma noche. Llevaba un bulto en la mano. Siguió el camino hasta la altura del viejo pozo; después se inclinó, parecía estar manipulando algo. Cuando se incorporó no llevaba el bulto. Yo observaba por la puerta trasera. Me había parecido oírla salir un rato antes, así que bajé y me encontré la puerta abierta. Entré rápidamente y subí a mi dormitorio cuando puso rumbo a casa por el campo. Poco después la oí entrar y luego oí el ruido de la bomba de agua. Durmió abajo; luego se fue a su dormitorio. ¿Qué estaba haciendo en vuestro patio aquella noche?
—Tendrá usted que preguntárselo —respondí. Sentí que se me helaba la sangre.
—Me da miedo —gimió Maria Woods—. Se comporta de un modo extrañísimo últimamente. Ojalá ese vendedor de libros se quedase más tiempo en casa.
Maria Woods se marchó a su casa una hora más tarde. Le di una cinta y ahora lleva el anillo de mi pobre padre oculto en su pecho marchito. De veras que no puedo creerme lo que está ocurriendo.
Jueves. ¡Todo ha terminado, Phoebe Dole ha confesado! No sé con exactitud cómo lo ha conseguido el señor Dix, cómo la ha acusado del crimen. Después de desayunar los vi atravesando los campos. Phoebe iba primero; avanzaba a zancadas rápidas, como un hombre. La seguían el señor Dix y la pobre enamorada de mi padre, que iba trastabillando detrás, con un pañuelo en los ojos. Nada más verlos, sonó la campana de la puerta principal; allí me encontré a varias personas, a la cabeza de las cuales se hallaba el sheriff. Se amontonaron en el salón mientras Phoebe Dole entraba a toda prisa con el señor Dix y Maria Woods.
—¡Yo lo hice! —exclamó Phoebe Dole dirigiéndose a mí—. Me han descubierto y he decidido confesar. Me enteré de que se iba a casar con tu padre. Ya los detuve una vez. Esta vez sabía que no podría hacerlo si no lo mataba. Lleva más de cuarenta años viviendo conmigo en esa casa. Hay otros lazos tan fuertes como el del matrimonio e igual de sagrados. ¿Qué derecho tenía él a arrebatármela y a destrozar mi hogar?
»Oí a tu padre y a Rufus Bennett discutiendo. Pensé que la gente le echaría la culpa a él. Lo planeé todo. Había visto al gato meterse por la gatera, sabía que la puerta del cobertizo tenía un gancho, sabía lo largo que tengo el brazo; pensé que podría quitarlo. Me colé poco después de medianoche. Rodeé toda la casa para asegurarme de que no había nadie despierto. En el patio delantero me acordé de que llevaba las tijeras atadas al cinturón con una cinta, y las desaté. Pensé que me había metido la cinta en el bolsillo (era una cinta amarilla), pero supongo que no fue así, porque después la encontraron y pensaron que era de la fusta de tu joven muchacho.
»Llegué hasta la puerta del cobertizo, le quité el gancho y entré. La luna daba luz suficiente. Saqué el mono de tu padre del armario de la cocina; sabía que lo guardaba allí. Atravesé la sala de estar hasta llegar a la sala de las visitas. Allí me quité el vestido y los faldones para ponerme el mono. Me coloqué un pañuelo sobre la cara, dejando solo los ojos al descubierto. Luego entré de puntillas en la sala de estar y me quité los zapatos para entrar en su dormitorio.
»Tu padre estaba profundamente dormido; era una noche tan calurosa que se había quitado la sábana y tenía el pecho desnudo. Lo primero que vi fue la pistola en la mesilla de noche junto a su cama. Supongo que sí que temía que Rufus Bennett volviese, después de todo. De repente pensé que sería mejor dispararle. Sería más seguro y más rápido; y si te despertabas, sabía que podía escaparme y que todo el mundo pensaría que él mismo se había pegado un tiro.
»Cogí la pistola y se la puse contra la cabeza. Nunca había disparado, pero sabía cómo se hacía. Apreté el gatillo, pero no funcionaba. Tu padre se movió un poco, yo me volví loca de horror y le golpeé en la cabeza con la pistola. Abrió los ojos y gritó; entonces solté la pistola y cogí esto —explicó Phoebe Dole señalando a las grandes tijeras que colgaban de su cintura—, porque tengo bastante fuerza en las muñecas. Solo le asesté dos golpes, en el corazón.
»Luego regresé a la sala de estar. Me pareció oír un ruido en la cocina (para entonces estaba aterrorizada) y me metí en la alacena. Noté que me desmayaba y me aferré al estante para no caerme.
»Sentí el impulso de subir a ver si estabas dormida y asegurarme de que no te habías despertado con el grito de tu padre. Subí las escaleras con sigilo hasta tu alcoba. Parecías profundamente dormida, pero, mientras te observaba, te moviste un poco; en lugar de asestarte a ti también un golpe, me metí en tu armario. No volví a oírte. Notaba la humedad de la sangre. Cogí algo que colgaba de tu armario y me limpié. Por el tacto supe que era el vestido de seda verde. Estabas en silencio; como vi que seguías dormida, salí del armario y me escabullí escaleras abajo; cogí la ropa y los zapatos. Fuera, en el cobertizo, me quité el mono y me vestí. Enrollé el mono, quité una tabla del pozo y lo tiré allí antes de irme a casa. Pensé que si lo encontraban no constituiría una prueba en mi contra. El pañuelo, que no estaba demasiado manchado, lo puse en remojo esa misma noche y lo lavé por la mañana, antes de que se levantase Maria. Aquella noche me lavé las manos y los brazos con cuidado, y también limpié las tijeras.
»Esperaba que acusaran a Rufus Bennett de asesinato, y quizá que lo colgasen. Estaba preparada para eso, pero no me gustaba la idea de arrojar sospechas sobre ti al haberte manchado el vestido. No tenía nada en tu contra. Decidí hacerme con ese vestido antes de que nadie sospechase de ti y teñirlo de negro. Entré y lo cogí, eso ya lo sabes. Me quedé boquiabierta al ver que apenas tenía manchas. Solo encontré dos o tres puntitos que apenas se distinguían. No sabía qué pensar. Sospeché, por supuesto, que habías encontrado las manchas y las habías lavado, pensando que podrían atraer sospechas sobre ti.
»No veía cómo podrías sospechar de mí. Me alegré mucho cuando soltaron a tu enamorado. No tenía nada en su contra. Esto es todo lo que tengo que decir.
Creo que entonces debí de desmayarme. No puedo describir la pavorosa calma con la que la mujer contó todo esto, aquella mujer de rostro amable a quien había oído rezando en la iglesia como una santa. Desde entonces creo en la posesión demoniaca.
Cuando volví en mí, los vecinos se hallaban a mi alrededor, me ponían alcanfor en la cabeza mientras me tranquilizaban entre susurros, y la cordialidad había vuelto a su rostro. ¡Ojalá pudiese yo olvidar!
Se han llevado a Phoebe Dole, es lo único que sé. No soporto hablar más del tema cuando pienso que habrá un juicio y que tendré que comparecer.
Henry ha venido esta tarde. Supongo que seremos felices después de todo, cuando tenga algo de tiempo para reponerme de todo esto. Dice que ya no tengo nada de qué preocuparme. El señor Dix se ha marchado. Espero que Henry y yo podamos recompensarle por su amabilidad algún día.
Un mes más tarde. Acabo de oír que Phoebe Dole ha muerto en prisión. Esta es mi última entrada. ¡Que Dios ayude a todas las demás mujeres inocentes que se hallen en aprietos como me ha ayudado a mí!