Detectives victorianas

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George R. Sims (1847−1922) » El hombre de los ojos feroces (1897)

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El hombre de los ojos feroces (1897)

El hombre de los ojos feroces

(1897)

Cuando conocí a Dorcas Dene se llamaba Dorcas Lester. Acudió a mí con la carta de un agente teatral; quería un papel pequeño en la obra que entonces estábamos ensayando en un teatro del West End.

Era por completo desconocida en la profesión. Me dijo que quería actuar. ¿Le daría yo una oportunidad? Le ofrecí un papel de criada que contaba con un par de líneas. Las recitó de maravilla, y se quedó en el teatro casi doce meses, sin pasar de los «papeles pequeños», pero actuando siempre excepcionalmente bien.

El último papel que representó fue el de una vieja arpía. Nos quedamos todos boquiabiertos cuando pidió que la dejásemos representarlo, pues era una mujer joven y atractiva, y las mujeres jóvenes y atractivas por lo general desean sacarle partido a su apariencia en el escenario.

Dorcas Lester tuvo un éxito rotundo en el papel de anciana. A pesar de que solo estuvo en escena unos diez minutos en un acto y cinco minutos en otro, todo el mundo comentó lo realista y bien estudiada que resultó su interpretación.

Abandonó la obra a mitad de las representaciones, y pensé que se había casado y había dejado la profesión.

Transcurrieron ocho años antes de que volviésemos a encontrarnos. Yo tenía que tratar un asunto con un conocido abogado del West End. El pasante, creyendo que su jefe estaba solo, me hizo entrar de inmediato a su despacho. El señor… estaba enfrascado en la conversación que mantenía con una dama. Me disculpé.

—No pasa nada —dijo el señor…—, la señora estaba a punto de marcharse.

Ella, dándose por enterada, se levantó y salió.

Vi sus rasgos al pasar delante de mí, pues no se había bajado el velo, y me resultaron familiares.

—¿Quién cree usted que era? —dijo el abogado en tono misterioso cuando se cerró la puerta.

—No lo sé —repuse—, pero me parece haberla visto antes en algún sitio. ¿Quién es?

—Se trata, querido amigo, de Dorcas Dene, la famosa detective. Quizá usted no haya oído hablar de ella, pero cuenta con una gran reputación entre los de mi oficio y la policía.

—¿Ah, sí? ¿Es investigadora privada o miembro del Departamento de Investigación Criminal?

—No tiene un cargo oficial —respondió mi amigo—; trabaja por su cuenta. Ha estado involucrada en algunos de los casos más notables de nuestros días, casos que a veces llegan a los tribunales, pero que con mayor frecuencia se arreglan en el despacho de un abogado.

—Y, si no es indiscreción, ¿qué está haciendo aquí? Usted no se ocupa de casos penales.

—No, yo no soy más que un abogado de familia, anticuado y aburrido, pero un cliente me ha puesto entre manos un caso muy peculiar. No le revelo un secreto profesional si le digo que el joven lord Helsham, que acaba de alcanzar la mayoría de edad, ha desaparecido misteriosamente. El asunto ya ha trascendido a la columna de cotilleos de las páginas de sociedad. Su madre, lady Helsham, que es cliente mía, ha acudido a mí sumida en la más profunda aflicción. Está convencida de que su hijo está vivo y se encuentra bien. La pobre cree con firmeza que se trata de un caso de cherchez la femme, y se teme que su hijo, quizá en las garras de alguna mujer sin principios, se vea abocado a contraer una desastrosa mésalliance. Esa es la única pista que puede ofrecerme para tan extraordinaria conducta.

—¿Y la famosa detective que acaba de abandonar su oficina habrá de desentrañar el misterio? ¿Es eso?

—Sí. Dado que todas nuestras investigaciones han fracasado, decidí ayer poner el caso en sus manos, pues lady Helsham desea de todo corazón que no se ponga en conocimiento de la policía. Le angustia sobremanera que el escándalo se haga público. Hoy le he transmitido toda la información a Dorcas Dene y acaba de ir a ver a lady Helsham. Y ahora, querido amigo, dígame, ¿qué puedo hacer por usted?

El asunto que me llevaba allí era de la menor importancia. Pronto estuvo discutido y arreglado, y después el señor… me invitó a almorzar con él en un restaurante cercano. Tras el almuerzo lo acompañé de nuevo hasta su oficina, paseando. Al acercarnos, un taxi llegó a la puerta y una dama se apeó.

—¡Por Júpiter! Es su detective de nuevo —exclamé.

La detective nos vio y se acercó a nosotros.

—Perdone —le dijo al señor…—, solo quiero comentarle un par de cosas.

Algo en su voz me sobresaltó, y de repente recordé dónde la había visto antes.

—Le ruego que me perdone —intervine—, pero ¿no somos viejos amigos?

—Desde luego —respondió la detective con una sonrisa—; lo reconocí de inmediato, pero pensé que se habría olvidado de mí. He cambiado bastante desde que dejé el teatro.

—Habrá cambiado de nombre y de profesión, pero no de apariencia. Debería haberla reconocido de inmediato. ¿Me permite que la espere aquí mientras habla con el señor…? Me gustaría charlar un rato con usted sobre los viejos tiempos.

Dorcas Lester (o más bien Dorcas Dene, como se llama ahora) asintió ligeramente, y me pasé un cuarto de hora largo paseando arriba y abajo por la acera, fumándome un puro, hasta que volvió a aparecer.

—Me temo que lo he hecho esperar un buen rato —dijo en tono jovial—. Ahora, si quiere hablar conmigo, tendrá que acompañarme a casa. Le presentaré a mi marido. No se le ocurra pensar que será un estorbo, pues, de hecho, nada más verlo se me ocurrió que podía serme usted tremendamente útil.

Levantó el paraguas, detuvo un taxi y antes de que pudiese darme cuenta íbamos de camino a Saint John’s Wood.

Por el camino Dorcas Dene me hizo algunas confidencias. Me contó que había recurrido a los escenarios porque su padre, que era pintor, había muerto de repente, sin dejarles a ella y a su madre más que unos cuantos cuadros invendibles.

—¡Pobre papá! —exclamó—. Era muy listo y nos quería con locura, pero no fue más que un niño grande hasta el final. Cuando las cosas iban bien se gastaba todo lo que ganaba y disfrutaba de la vida; cuando las cosas iban mal dejaba deudas y empeñaba objetos, y le parecía que aquello tenía su gracia. Un día nos invitaba a cenar al Café Royal y después nos llevaba al teatro, y al día siguiente nos enseñaba cómo vivir con tan poco dinero como él en su juventud en París, en el Barrio Latino, y nos cocinaba en el hornillo del taller.

»Bueno, cuando murió me dediqué al teatro, y al menos, seguro que lo recuerda, ganaba un par de guineas a la semana. Con eso mi madre y yo ocupábamos dos habitaciones en Saint Paul’s Road, en Camden Town.

»Luego un joven artista, el señor Paul Dene, que había sido amigo de la familia y nos visitaba constantemente mientras mi padre vivía, se enamoró de mí. Había prosperado con rapidez en su profesión y ganaba un buen dinero. No tenía familia, sus ingresos eran de setecientas u ochocientas libras al año, y al parecer iban en aumento. Paul me pidió la mano y yo acepté. Insistió en que dejase los escenarios; alquilaría una bonita casa, mi madre se vendría a vivir con nosotros y así seríamos todos felices.

»Alquilamos la casa a la que ahora nos dirigimos (un hogar de lo más agradable, con un bonito jardín, en Elm Tree Road, en Saint John’s Wood) y durante dos años fuimos muy felices. Luego nos sucedió una terrible desgracia. Paul contrajo una enfermedad y se quedó ciego. Nunca podría volver a pintar.

»Cuando mis cuidados lo ayudaron a recuperarse, supe que el interés de nuestros ahorros apenas llegaba para el alquiler de la casa. No quería desbaratar nuestro hogar. ¿Qué hacer? Pensé de nuevo en los escenarios, y acababa de decidir que iría a ver si podía conseguir un contrato, cuando el azar decidió mi futuro y me proporcionó la oportunidad de empezar una profesión muy diferente.

»En la casa vecina vivía un caballero, el señor Johnson, que era un comisario retirado. Desde su jubilación regentaba una selecta agencia de investigación privada y colaboraba en muchos asuntos familiares delicados con un conocido bufete de abogados que al parecer tiene los secretos de media aristocracia metidos en su caja fuerte.

»El señor Johnson nos visitaba con frecuencia, y no había nada que entretuviese más a Paul en la calma de nuestras veladas que fumarse una pipa mientras charlaba con el genial y bondadoso comisario retirado. En muchas ocasiones nos quedábamos mi marido y yo hasta la madrugada junto al fuego escuchando extraños relatos sobre crímenes y desentrañando misterios que nuestro amable vecino nos contaba. Nos fascinaba seguir los lentos y prudentes pasos con los que nuestro amigo, que parecía más un alegre marinero que un detective, se abría paso por los laberintos, dignos del palacio de Hampton Court, en cuyo centro se hallaba la verdad de los misterios que debía descifrar.

»Debió de formarse buena opinión del criterio de Paul, pues al poco comenzó a venir para comentar casos que tenía entre manos (sin mencionar nombres cuando se trataba de asuntos confidenciales) y el punto de vista de Paul sobre el misterio más de una vez resultó ser el correcto. A base de frecuentar al señor Johnson, comenzamos a interesarnos por su trabajo, y cuando aparecía un gran caso en los periódicos que daba la impresión de desafiar los esfuerzos de Scotland Yard, Paul y yo lo comentábamos juntos, lo discutíamos y formábamos nuestras propias teorías al respecto.

»Cuando mi pobre Paul perdió la vista, el señor Johnson, que era viudo, venía cada vez que estaba en casa (muchos de sus casos lo apartaban de Londres durante semanas) e intentaba animar a mi pobre muchacho contándole el último romance o escándalo en que se hubiese visto involucrado.

»En estas ocasiones mi querida madre, que es una mujer anticuada y sencilla, no tardaba en excusarse y marcharse. Afirmaba que escuchar las historias del señor Johnson la ponía nerviosa. Que acabaría por pensar que cualquier persona que conocía poseía un oscuro secreto y que el mundo era una gran cámara de los horrores con figuras vivas en lugar de estatuas de cera, como las que hay en el museo de Madame Tussaud.

»Le había explicado al señor Johnson nuestra situación cuando supe que sería necesario buscarme una ocupación para complementar las cien libras anuales, lo único que nos aportaba el dinero de Paul, y él estuvo de acuerdo en que los escenarios eran la mejor opción.

»Una mañana me decidí a acudir al agente. Me arreglé lo mejor posible y consulté el espejo. Me preocupaba que las tribulaciones y la larga tensión por la enfermedad de mi marido hubiesen dejado huella en mis rasgos y arruinado mi “valor en el mercado” a los ojos de los empresarios.

»Me había esforzado tanto, y estaba tan concentrada en el objetivo, que cuando me sentí satisfecha con mi apariencia entré corriendo en nuestra salita y, sin pensar, le dije a mi marido:

»—¡Me voy! ¿Cómo me ves, querido?

»Mi pobre Paul posó su mirada invidente sobre mí y le tembló el labio. Al instante me arrepentí de mi atolondramiento. Le eché los brazos al cuello y lo besé; después, con lágrimas en los ojos, salí corriendo y bajé al jardín de la entrada. Cuando abrí la puerta, el señor Johnson estaba fuera, con la mano en la campana.

«—¿Adónde va? —me preguntó.

»—A ver al agente, a buscar algún contrato.

»—Espere, quiero hablar con usted.

»Lo conduje al interior, al comedor, que estaba vacío.

»—¿Cuánto cree que puede ganar en los escenarios? —preguntó.

»—Bueno, si tengo suerte quizá consiga lo de antes: dos guineas a la semana.

»—En ese caso deje el teatro de momento, porque puedo ofrecerle algo mucho más provechoso. Acabo de recibir un caso en el que voy a necesitar ayuda de una dama; la que trabajaba para mí desde hace dos años ha sido lo suficientemente idiota como para casarse, con las habituales consecuencias, y estoy en un aprieto.

»—¿Quiere… quiere usted que yo sea detective? ¿Que vigile a la gente? —Tragué saliva—. ¡No creo que pueda!

»—Mi querida señora Dene —replicó con suavidad el señor Johnson—, siento demasiado respeto por usted y por su marido como para ofrecerle algo que deba inspirarle recelo. Quiero que me ayude a salvar a un pobre desgraciado que está siendo objeto de tan brutal chantaje que ha tenido que huir de su desolada esposa y sus inconsolables hijos. Se trata, sin duda, de una transacción comercial que un ángel puede acometer sin mancharse las alas.

»—Pero ¡yo no sirvo para… para esas cosas!

»—Sirve más de lo que cree. Me he formado una gran opinión de sus cualidades para nuestro oficio. Posee usted una gran sagacidad y sentido común, es una gran observadora y ha sido actriz. Mire, la familia de la esposa es rica, y obtendré una buena suma si salvo al pobre desgraciado y lo llevo de nuevo a casa. Puedo darle una guinea al día más sus gastos, y solo tendrá usted que hacer lo que yo le diga.

»Reflexioné y acabé por aceptar, con una condición. Quería ver cómo se me daba la cosa antes de decirle nada a Paul al respecto. Si resultaba que ser detective me repugnaba, si resultaba que me obligaba a sacrificar mis instintos femeninos, me despediría y mi marido no sabría nunca que había hecho algo así.

»El señor Johnson aceptó, y nos fuimos juntos a su oficina.

»Así es como me convertí en detective. Resultó que el trabajo me interesaba y que no era tan torpe como yo temía. Tuve éxito en mi primera empresa, y el señor Johnson insistió en que me quedase con él y con el tiempo nos hicimos socios. Hace un año se retiró, recomendándome encarecidamente a sus clientes, y así es como he llegado a ser hoy en día una detective profesional.

—Y una de las mejores de Inglaterra —dije, con una reverencia—. Mi amigo el señor… me ha hablado de su reputación.

Dorcas Dene sonrió.

—Olvídese de mi reputación —dijo—. Hemos llegado a mi casa; ahora tiene que entrar y conocer a mi marido, a mi madre y a Toddlekins.

—¿Toddlekins? Perdóneme… Supongo que se referirá a un bebé, ¿no?

Una sombra cruzó el hermoso rostro femenino de Dorcas Dene, y me dio la impresión de que sus suaves ojos grises se humedecían.

—No, no tenemos familia. Toddlekins es un perro.

Me convertí en visitante asiduo de Elm Tree Road. Había desarrollado una gran admiración por la valiente y sin embargo femenina mujer que, cuando su marido artista se quedó ciego y el futuro pintaba más negro que nunca para ambos, había decidido con arrojo sacarle partido a sus dones y a las oportunidades para emprender con nobleza una profesión que no solo resultaba agobiante y agotadora para una mujer, sino que de ninguna manera se podía decir que estuviera libre de graves riesgos para su persona.

Dorcas Dene siempre estaba encantada de darme la bienvenida en nombre de su marido.

—Paul le ha cogido muchísimo aprecio —me dijo una tarde—; espero que venga a visitarlo y pasar una hora o dos con él cuando tenga oportunidad. Mis casos me apartan mucho de casa; él no puede leer y mi madre, por muy buena intención que tenga, no puede conversar con él más de cinco minutos sin irritarlo. Tiene una visión terriblemente pragmática de la vida que, en palabras de Paul, «provoca úlceras» en su temperamento soñador y artístico.

Yo tenía mucho tiempo libre y de ese modo tomé por costumbre pasarme dos o tres veces por semana a fumar una pipa charlando con Paul. Su conversación siempre resultaba interesante, y la mansa resignación con la que sobrellevaba su terrible calamidad se ganó mi corazón. Pero no me avergüenzo de confesar que mis frecuentes visitas a Elm Tree Road se debían también a mi deseo de ver a Dorcas Dene y de escuchar sus extrañas aventuras y experiencias.

Desde el momento en que supo que su marido valoraba mi compañía me trató como si fuese de la familia, y cuando tenía la suerte de encontrarla en casa comentaba abiertamente sus asuntos profesionales ante mí. Yo le agradecía su confianza, y a veces podía ayudarla acompañándola en los casos en los que la presencia de un compañero masculino era una ventaja material para ella. Una vez me referí a mí mismo como su «ayudante», y después acabé siendo conocido así por todos. Solo había un inconveniente en la alegría que me causaba ayudar a Dorcas Dene en su trabajo de detective. Me daba cuenta de que me resultaría imposible evitar reproducir mis experiencias de una forma u otra. Un día abordé con cautela el asunto.

—¿No le da miedo que su ayudante revele un día los secretos profesionales de su jefa? —pregunté.

—En absoluto —respondió Dorcas; todo el mundo la llamaba Dorcas, y yo también adopté la costumbre cuando supe que ella y su marido lo preferían al formal «señora Dene»—; estoy segura de que no será capaz de resistir la tentación.

—¿Y no tiene objeción?

—No, pero con la condición de que use el material de modo que los casos no puedan identificarse con las partes implicadas.

Aquello me quitaba un gran peso de encima y me dio aún más ganas de resultar útil en tanto que «ayudante» de la encantadora dama que me honraba con tanta confianza.

Una noche, estábamos sentados en el salón después de cenar. La señora Lester hojeaba con desprecio el último número de la revista Tatler mientras se preguntaba en voz alta adónde iban a llegar las jóvenes. Paul fumaba la pipa de brezo que había sido su fiel compañera en el taller, cuando el pobre aún podía pintar, y Dorcas estaba tumbada en el sofá. Toddlekins, acurrucado junto a ella, roncaba suavemente, como suelen hacer los de su especie.

Dorcas había tenido una semana dura y llena de emociones, y no le avergonzaba confesar que se sentía un poco exhausta. Acababa de rescatar con éxito a una joven dama de fortuna de las garras de un aventurero ruso sin escrúpulos; había impedido el matrimonio casi en el mismo altar sacando a la luz los trapos sucios del futuro novio, de los que supo, gracias a la ayuda del jefe de la policía francesa, que le debía un favor. No hacía mucho que Dorcas había llevado a cabo una delicada investigación para el chef de la Sûreté en la que estaba implicado el hijo de uno de los linajes más nobles de Francia, y había cortado de raíz un escándalo que habría proporcionado material a las habladurías de los bulevares durante al menos un mes.

Paul y yo estábamos conversando en voz baja, pues la acompasada respiración de Dorcas hacía suponer que se había quedado dormida.

De pronto, Toddlekins abrió los ojos y murmuró un iracundo gruñido. Había oído la campana de la puerta delantera.

Un minuto después la criada entró y le tendió una tarjeta a la señora, quien, con los ojos aún entrecerrados, se incorporó en el sofá.

—El caballero dice que debe verla al instante, señora, por un asunto de la mayor importancia.

Dorcas miró la tarjeta.

—Haga pasar al caballero al comedor —le dijo a la criada— y dígale que estaré con él enseguida.

Después se dirigió al espejo que había sobre la repisa de la chimenea y eliminó las huellas de su reciente cabezada.

—¿Lo conoce? —preguntó tendiéndome la tarjeta.

—Coronel Hargreaves, Orley Park, cerca de Godalming. —Negué con la cabeza y Dorcas, con un suspiro cansado, fue a ver a su visitante.

Unos minutos más tarde sonó la campana del comedor, y al momento la criada entró en el salón.

—Por favor, señor —dijo dirigiéndose a mí—, la señora le pregunta si tendría la amabilidad de reunirse con ella.

Cuando entré en el comedor me quedé asombrado al ver a un hombre anciano de aspecto militar inconsciente en un sillón, y a Dorcas Dene inclinada sobre él.

—Creo que es solo un desmayo —dijo—. Está muy nervioso y agitado, pero si se queda usted aquí un momento iré a buscar un poco de brandi. Por favor, aflójele el cuello de la camisa. ¿O mandamos buscar a un médico?

—No, no creo que sea nada grave —dije, tras una rápida mirada al desvanecido.

En cuanto Dorcas se marchó comencé a desabotonarle el cuello de la camisa al coronel, pero apenas había comenzado cuando, con un profundo suspiro, abrió los ojos y volvió en sí.

—Ya está mejor —le dije—. No se preocupe.

El coronel miró a su alrededor durante un momento y luego dijo:

—Yo… Yo… ¿Dónde está la dama?

—Volverá dentro de un momento. Ha ido a buscar algo de brandi.

—Ya me encuentro mejor, gracias. Supongo que ha sido el nerviosismo; he estado viajando, sin comer, y además tengo un disgusto terrible. No me suelen ocurrir estas cosas, se lo aseguro.

Dorcas volvió con el brandi. El rostro del coronel se iluminó en cuanto ella entró en la sala. Cogió el vaso que le ofrecía y lo vació de todo contenido.

—Ya estoy bien —dijo—. Por favor, déjeme continuar con mi historia. Espero que pueda ocuparse del caso de inmediato. Déjeme ver… ¿Qué estaba diciendo?

Echó una breve e intranquila mirada en mi dirección.

—Puede hablar sin reservas ante el caballero —dijo Dorcas—. Es posible que pueda ayudarnos si desea que lo acompañe a Orley Park. Hasta ahora me ha contado que ayer encontraron a su única hija, que tiene veinticinco años y vive con usted, al borde del lago que tienen en su propiedad, con medio cuerpo metido en el agua. Estaba inconsciente; la llevaron a la casa y la metieron en la cama. Se hallaba usted en Londres en ese momento y ha vuelto a Orley Park esta mañana, en cuanto lo avisaron por telegrama. Hasta ahí había llegado cuando se ha sentido indispuesto.

—¡Sí! —exclamó el coronel—. Pero ahora ya me encuentro bien de nuevo. Cuando llegué a casa esta mañana, poco antes del mediodía, me alivió saber que Maud (así se llama mi pobre hija) estaba consciente y que el médico había dejado recado de que no me alarmase: volvería temprano por la tarde para hablar conmigo.

»Me dirigí de inmediato a la alcoba de mi hija y me la encontré, como es natural, débil y abatida. Le pregunté qué había ocurrido, porque no entendía nada, y me contó que había salido a dar un paseo después de cenar y que debió de marearse cerca del borde del lago y caerse.

—¿Es un lago profundo? —preguntó Dorcas.

—Sí, en el centro sí, pero la orilla carece de profundidad. Es un lago más bien ancho, con una pequeña isla llena de aves en el centro, y tenemos un bote.

—Probablemente se tratase de un desmayo repentino, como el que usted acaba de sufrir ahora mismo. A lo mejor su hija es propensa a ellos.

—No, es una muchacha fuerte y sana.

—Siento haberlo interrumpido —dijo Dorcas—; siga, por favor, pues supongo que hay algo más que un desmayo tras el accidente, o no habría venido usted a contratar mis servicios.

—Hay mucho más en el asunto —respondió el coronel Hargreaves, dando nerviosos tironcitos a su bigote gris—. Dejé la cabecera de mi hija agradecido a la Providencia por haberla protegido de una muerte tan horrible, pero cuando llegó el médico me confió una información que me causó la mayor incomodidad y alarma.

—¿Él no se creía lo del desmayo? —dijo Dorcas, que observaba con detalle los rasgos del coronel.

El coronel miró a Dorcas Dene, atónito.

—No sé cómo lo ha adivinado —dijo—, pero su suposición es correcta. El médico me contó que él también había interrogado a Maud y le había contado lo mismo: que había sentido un súbito mareo y se había caído al agua. Pero el médico observó que tenía marcas en la garganta y las muñecas amoratadas.

»Al principio, cuando me lo dijo, no entendí a qué se refería. “Habrá sido por la violencia del golpe”, dije.

»El médico negó con la cabeza y me aseguró que ningún accidente podría explicar las marcas que su ojo experto había encontrado. Las del cuello eran producto de un estrangulamiento. Los cardenales de las muñecas solo podían explicarse si alguien las hubiese apretado de modo violento y brutal.

Dorcas Dene, que en apariencia había estado escuchando con escaso interés, se inclinó cuando el coronel hizo esta afirmación extraordinaria.

—Ya veo —dijo—. Su hija le dijo que se había caído al lago, y el doctor le asegura que debe de haberle mentido. La había empujado otra persona tras una fuerte lucha.

—¡Sí!

—¿Y qué dijo la joven cuando volvió usted a preguntarle, poseyendo ya dicha información?

—Se alteró mucho y rompió a llorar. Cuando mencioné las marcas de su garganta, que habían cambiado de color y se distinguían con más facilidad, declaró que se había inventado la historia del mareo para no alarmarme: la había atacado un vagabundo que debía de haberse colado en la propiedad y había intentado robarla, y en el forcejeo, que tuvo lugar cerca del borde del lago, la tiró a la orilla y después escapó.

—¿Y acepta usted esa explicación? —dijo Dorcas, con los ojos clavados en el coronel.

—¿Cómo iba a hacerlo? ¿Por qué iba a proteger mi hija a un vagabundo? ¿Por qué iba a mentirle al médico? El primer impulso de una mujer aterrorizada a la que acaban de rescatar de una muerte terrible habría sido describir a su asaltante para que pudieran buscarlo y llevarlo ante la justicia.

—¿Y la policía ha realizado alguna investigación? ¿Ha averiguado si se vio a alguna persona sospechosa por los alrededores aquella noche?

—No he acudido a la policía. Discutí el asunto con el médico. Dice que la investigación policial lo convertiría todo en una cuestión pública, y que todo el mundo sabría que la versión de mi hija, que ya ha circulado por todo el vecindario, era falsa. Pero el asunto parece tan misterioso, y a mí me resulta tan alarmante, que no podía dejarlo como estaba. Fue el médico quien me aconsejó que acudiese a usted para que llevase a cabo una investigación privada.

—No necesita usted contratar a nadie si convence a su hija de que diga la verdad. ¿Lo ha intentado?

—Sí. Pero insiste en que fue un vagabundo, y declara que hasta que la delataron los cardenales se aferró a la historia del desmayo para alarmarme lo menos posible.

Dorcas Dene se levantó.

—¿A qué hora sale el último tren para Godalming?

—Dentro de una hora —dijo el coronel tras consultar su reloj—. Mi carruaje nos esperará en la estación para llevarnos a Orley Court. Mi deseo es que se instale usted en la mansión hasta que dé con la clave del misterio.

—No —dijo Dorcas tras pensarlo un minuto—. Esta noche no serviré de gran cosa, y mi llegada dará que hablar a los criados. Regrese solo. Mande llamar al médico. Dígale que difunda que su paciente necesita cuidados constantes durante los próximos días y que ha hecho venir a una enfermera titulada de Londres. La enfermera llegará mañana, alrededor del mediodía.

—¿Y usted? —preguntó el coronel—. ¿No vendrá?

Dorcas sonrió.

—Claro: yo seré la enfermera.

El coronel se puso en pie.

—Si consigue usted descubrir la verdad y me desvela qué es lo que me oculta mi hija, le estaré eternamente agradecido —dijo—. La espero mañana a mediodía.

—Mañana a mediodía espera usted a la enfermera titulada a la que ha telegrafiado el doctor. Buenas noches.

Acompañé al coronel Hargreaves hasta la verja.

Cuando regresé a la casa, Dorcas Dene me esperaba en el vestíbulo.

—¿Está usted ocupado en los próximos días? —preguntó.

—No, no tengo prácticamente nada que hacer.

—Entonces venga conmigo a Godalming mañana. Es usted un artista y debo conseguir que le permitan dibujar ese lago mientras yo cuido de la paciente en el interior de la casa.

Eran las doce del mediodía pasadas cuando la calesa que habíamos alquilado en la estación se detuvo ante las verjas de Orley Park, y la mujer del guardés las abrió para dejarnos pasar.

—Supongo que es usted la enfermera de la señorita Maud, ¿no es así, señorita? —preguntó con la vista puesta en el pulcro uniforme de enfermera que lucía Dorcas.

—Así es.

—El coronel y el médico la esperan en casa, señorita. Espero que lo de la pobre dama no sea nada serio.

—Yo también lo espero —dijo Dorcas con una agradable sonrisa.

Uno o dos minutos más tarde la calesa se detenía en la puerta de una pintoresca mansión de estilo isabelino. El coronel, que había visto el carruaje por la ventana, nos esperaba en la escalera, y nos condujo de inmediato a la biblioteca. Dorcas explicó mi presencia con pocas palabras. Era su ayudante, y por tanto me autorizaba a realizar las pesquisas necesarias en el vecindario.

—Para sus empleados, el señor Saxon será un artista al que ha dado usted permiso para dibujar la casa y la propiedad; creo que eso será lo mejor.

El coronel me prometió plena libertad de movimientos en la propiedad, y se acordó que me alojaría en una bonita posada que se hallaba a media milla de la finca. Tras recibir instrucciones precisas de Dorcas por el camino, quedé enterado de lo que tenía que hacer, y me despedí hasta la noche, momento en que debía ir a reunirme con ella en la casa.

El médico entró en la sala para conducir a la nueva enfermera a la cabecera de la paciente y yo me marché con el fin de cumplir con mis instrucciones.

En The Chequers, que era el nombre de la posada, no bien se supo que era artista y tenía permiso para dibujar en la propiedad de Orley Park, la casera comenzó a obsequiarme con explicaciones del accidente que casi le había costado la vida a la señorita Hargreaves.

Habían creído a pies juntillas la historia del desmayo, que era la única que había trascendido.

—Ese lago es un lugar solitario y por la noche no pasa nadie por allí, señor; es un milagro que encontraran a la pobre señorita tan pronto.

—¿Quién la encontró? —pregunté.

—Uno de los jardineros, que vive en una casa en la finca. Había ido a Godalming por la tarde y volvía a casa por el lago.

—¿Qué hora sería?

—Pues casi las diez. Menuda suerte que la viese, pues ya hacía una hora que había oscurecido y no había luna.

—¿Qué pensó él al encontrarla?

—Bueno, señor, para ser sinceros, él al principio creyó que se trataba de un suicidio, que la joven no se había adentrado lo suficiente y había perdido el conocimiento.

—Por supuesto, no podía pensar que fuera un asesinato ni nada parecido —dije—, porque nadie podría entrar de noche sin pasar por la verja de acceso.

—Ah, sí que podría, pero tendría que ser alguien que conociera a los perros o que estuviese con alguien que los conociese. Hay un buen par de mastines que corren como diablos, y a ningún forastero se le ocurriría trepar por allí (es una puerta lateral que usa la familia, señor) una vez que se pusieran a ladrar.

—¿Sabe si ladraron aquella noche?

—Pues sí —dijo la patrona—. Ahora que lo menciona, el señor Peters, el guardés, los oyó, pero no le dio importancia, pues se callaron al minuto.

Decidí que el primer lugar que dibujaría aquella tarde sería la casa de los guardeses. Encontré en casa al señor Peters, y la autorización del coronel me aseguró de inmediato su favor. Su mujer le había hablado del extraño caballero que había llegado con la enfermera, y le expliqué que, como solo había una calesa en la estación y nuestro destino era el mismo, la enfermera había sido tan amable de permitirme compartir su vehículo.

Me puse a trazar detalladas marcas y a tomar notas en mi nuevo bloc, explicándole al señor Peters que se trataba de bocetos preliminares, con el fin de ocultar la naturaleza poco profesional de mis esfuerzos y seguir cotorreando sobre el «accidente» de la joven señorita.

Mencioné que la dueña de la posada me había comentado lo de los ladridos de los perros aquella noche.

—Pues sí, pero se callaron enseguida.

—Seguramente algún forastero que pasase cerca de la puerta, ¿no?

—Lo más probable, señor. Al principio me quedé un poco intranquilo, pero como luego se callaron, pensé que todo iba bien.

—¿Por qué se quedó intranquilo?

—Bueno, es que aquella tarde había estado un hombre rondando por allí. Mi mujer lo vio mirando por la puerta principal alrededor de las siete.

—¿Un vagabundo?

—No, más bien un caballero, pero menudo susto le dio a mi mujer, con aquellos ojos feroces. Y eso que fue amable. Mi mujer le preguntó qué quería y él le preguntó a ella cómo se llamaba aquella mansión y quién vivía en ella. Mi mujer le contó que era Orley Park y que allí vivía el coronel Hargreaves; él le dio las gracias y se marchó. Quizá un turista, señor, o un caballero artista, como usted.

—Que se alojase por aquí y estuviese estudiando la belleza de la zona, quizá.

—No. Cuando al día siguiente lo comenté en la ciudad me dijeron que había llegado aquella misma tarde en tren; los mozos de cuerda se habían fijado en él, tenía un aspecto muy extraño.

Concluí mi basto boceto y luego le pedí al señor Peters que me llevase a la escena del accidente. Era un gran lago y respondía a la descripción que había dado el coronel.

—Allí es donde se encontró a la señorita Maud —dijo el señor Peters—. Ya ve que no tiene profundidad; la cabeza de la señorita se hallaba justo fuera del agua.

—Gracias. Qué islita tan encantadora la que tienen en medio. Voy a dibujar allí mientras fumo una pipa. No le entretengo más.

El guardés se retiró y, siguiendo las instrucciones que me había dado Dorcas Dene, examiné el lugar con todo cuidado.

Se distinguían claras huellas de botas con clavos en el fango, al lado, cerca del lugar en que se había producido el forcejeo que admitía la señorita Hargreaves. Quizá fuesen del vagabundo, o podrían ser del jardinero; no poseía suficientes conocimientos del arte de las huellas como para llegar a una conclusión. Pero había obtenido cierta cantidad de información y con ella me dirigí a la casa, a las siete en punto, y pregunté por el coronel.

Por supuesto, no tenía nada que decirle, solo quería que avisase a Dorcas Dene de mi presencia. En unos minutos llegó Dorcas, con el sombrero y la capa puestos.

—Voy a dar un paseo mientras queda luz —dijo—; venga conmigo.

En cuanto estuvimos fuera le transmití toda la información, y decidió visitar el lago en ese mismo momento.

Examinó con cuidado el escenario del accidente, y yo señalé las huellas de botas con clavos.

—Sí —dijo—, esas posiblemente sean del jardinero. Estoy buscando las de otra persona.

—¿De quién?

—Estas —respondió, agachándose de repente y señalando una serie de marcas en la orilla—. Mire, aquí hay huellas de mujer, y aquí, junto a ellas, hay otras más anchas, que se acercan, se alejan y se cruzan. ¿Ve algo particular en dichas huellas?

—No, aparte de que no tienen clavos.

—Exacto. Las huellas son pequeñas, pero más grandes que las de la señorita Hargreaves, y tienen una forma elegante: ya ve que la parte de los dedos acaba en punta y que la suela es estrecha. Ningún vagabundo tendría unas botas así. ¿Dónde dice usted que vio la señora Peters a ese caballero de aspecto extraño?

—Mirando por la verja.

—Vayamos allí.

La señora Peters salió a abrirnos las puertas.

—¡Qué bonita noche! —exclamó Dorcas—. ¿Queda muy lejos la ciudad?

—A dos millas, señorita.

—Ah, eso es demasiado para mí esta noche.

Sacó el monedero y cogió unas cuantas monedas de plata.

—Por favor, ¿mandará a alguien a primera hora de la mañana a comprarme una botella de perfume de violeta en la farmacia? Es el que uso siempre, pero no me lo he traído.

Cuando iba a tenderle las monedas a la señora Peters, se le cayó el monedero al suelo y el dinero salió rodando en todas direcciones.

Recogimos la mayor parte, pero Dorcas declaró que faltaba otro medio soberano. Se pasó un cuarto de hora largo mirando en todas direcciones por fuera de la verja principal, buscando el medio soberano, y yo ayudándola. En un lugar en particular estuvo buscando al menos diez minutos: un tramo de carretera empapado y poco firme cerca de la parte derecha de la verja de acceso.

De repente, exclamó que lo había encontrado y, tras deslizarse la mano en el bolsillo, se incorporó, le tendió a la señora Peters una moneda de cinco chelines para el perfume, me pidió que la siguiera y continuó paseando por la carretera.

—¿Cómo es que se le ha caído el monedero? ¿Está nerviosa esta noche? —pregunté.

—En absoluto —respondió Dorcas, con una sonrisa—. He dejado caer el monedero para que el dinero saliese rodando y me brindase la oportunidad de examinar con detalle el terreno fuera de la verja.

—¿Ha encontrado de veras el medio soberano?

—Nunca llegué a perderlo; pero sí que he encontrado lo que andaba buscando.

—¿Que era…?

—Las huellas del hombre que anduvo fuera de la verja aquella tarde. Tienen exactamente la misma forma que las del lago. La persona con la que forcejeó Maud Hargreaves aquella noche, la persona que la tiró al lago y cuya culpa intentó ocultar declarando que había tenido un accidente era el hombre que quería saber cómo se llamaba la casa y preguntó quién vivía allí: el hombre de los ojos feroces.

—¿Está usted absolutamente segura de que las huellas del hombre de los ojos feroces que asustó a la señora Peters en la verja y las que se mezclan con las de la señorita Hargreaves junto al lago son las mismas? —le pregunté a Dorcas Dene.

—Absolutamente segura.

—Entonces, si usted lo describe, quizá el coronel pueda reconocerlo.

—No —contestó Dorcas Dene—. Ya le he preguntado si sabía de alguien que pudiese guardar rencor a su hija, y afirma que él no sabe de nadie. La señorita Hargreaves no frecuenta a mucha gente.

—¿Y no ha tenido ningún enamorado? —inquirí.

—Ninguno, según su padre; pero claro, solo puede responder por los tres últimos años. Antes él estaba en la India y Maud (a quien mandaron a casa a los catorce años, cuando murió su madre) vivía con una tía en Norwood.

—¿Quién cree que era ese hombre que consiguió meterse en la finca y encontrarse o sorprender a la señorita Hargreaves junto al lago? ¿Un desconocido?

—No; si fuese un desconocido, no habría intentado protegerlo inventándose la historia del desmayo.

Estábamos a cierta distancia de la casa cuando pasó junto a nosotros una calesa de la estación vacía. Nos subimos y Dorcas le dijo al cochero que nos llevase a la estación.

Cuando llegamos, me pidió que fuese a hablar con el mozo de cuerda para intentar averiguar si un hombre que correspondiese a la descripción de nuestro sospechoso se había marchado en la noche del «accidente».

Encontré al hombre que había reconocido ante el señor Peters haber visto a una persona así y haberse fijado en la peculiar expresión de sus ojos. El hombre aseguraba que nadie de esas características se había marchado desde la estación. Les había hablado a sus compañeros de él y alguno lo habría visto. El desconocido no había traído equipaje y venía con billete simple desde la estación de Waterloo.

Dorcas me esperaba fuera; le conté las novedades.

—No tenía equipaje —repitió—, luego no tenía pensado ir a un hotel ni alojarse en una casa particular.

—Pero podría vivir por los alrededores.

—No; el mozo de cuerda lo habría reconocido si tuviese la costumbre de venir por aquí.

—Pues se marcharía tras arrojar a la señorita Hargreaves al agua. Quizá saliese de la finca y caminase hasta otra estación para coger el tren de vuelta a Londres.

—Sí, podría ser así —dijo Dorcas—, pero me parece que no lo fue. Venga, cogeremos el coche para regresar a Orley Park.

Justo antes de llegar a la finca, Dorcas detuvo al cochero, que se marchó cuando bajamos.

—¿Dónde están esos perros? Cerca de la puerta de madera que hay en el muro y que es de uso privado para la familia, ¿no?

—Sí, Peters me ha señalado esta tarde el sitio.

—Muy bien, voy a entrar. Reúnase conmigo en el lago mañana por la mañana alrededor de las nueve. Pero ahora quédese vigilando hasta que yo llegue a la verja. Esperaré cinco minutos fuera antes de llamar. Cuando vea que he llegado, acuda al tramo de muro que hay junto a la puerta privada. Trepe y mire. Si los perros comienzan a ladrar y se acercan a usted, observe si podría saltar y escapar de ellos sin que alguien conocido los llamase. Luego baje y vuelva a la posada.

Obedecí las instrucciones de Dorcas; cuando conseguí trepar hasta lo alto del muro, los perros salieron de la caseta a toda velocidad y comenzaron a ladrar furiosamente. Si hubiera saltado, habría caído directamente en sus fauces. De repente oí un grito y reconocí la voz: era el guardés. Bajé de nuevo a la carretera y me pegué a la oscuridad del muro. Pude oír a Peters a distancia, hablando con alguien, y supe lo que había ocurrido. Al dejar entrar a Dorcas, había oído a los perros y había acudido a ver qué sucedía. Dorcas lo había seguido.

A las nueve en punto de la mañana siguiente encontré a Dorcas esperándome.

—Realizó un trabajo admirable ayer por la noche —me felicitó—. Peters se llevó un buen susto. Estuvo encantado de que lo acompañase. Tranquilizó a los perros y buscamos por todos los arbustos, a ver si había alguien escondido. No fue la señorita Hargreaves quien lo dejó entrar; ese hombre saltó el muro. He encontrado dos huellas profundas, contiguas, exactamente las que resultarían de caer o saltar desde cierta altura.

—¿Salió de la misma manera? ¿Había huellas al otro lado?

Creía haber hecho un apunte ingenioso, pero Dorcas sonrió y negó con la cabeza.

—No he mirado. ¿Cómo iba a pasar junto a los perros mientras la señorita Hargreaves yacía en el lago? Lo habrían hecho pedazos.

—Entonces, ¡sigue creyendo que el hombre de los ojos feroces es culpable! ¿Quién será?

—Se llama Victor.

—¡Conque lo ha descubierto! —exclamé—. ¿Le ha contado cosas la señorita Hargreaves?

—Ayer por la noche intenté un pequeño experimento. Cuando estaba dormida, y a todas luces soñando, me acerqué sigilosamente en medio de la oscuridad y me coloqué detrás de la cama, para susurrar con la voz más ronca que pude poner, inclinándome hacia su oído: «¡Maud!».

»—¡Victor! —gritó sobresaltada.

»Al momento me coloqué junto a ella y la encontré temblando violentamente.

»—¿Qué ocurre, querida? —le pregunté—. ¿Estaba soñando?

»—Sí… sí —dijo—. Es… estaba soñando.

»La tranquilicé, hablé con ella durante un rato, y al final se tumbó de nuevo y se durmió.

—No es poco —dije— conocer su nombre de pila.

—Bueno, tampoco es mucho. Pero creo que hoy sabremos el apellido. Ahora debe ir a la ciudad a hacer un pequeño recado para mí. Antes de marcharse, traiga el bote y lléveme a la isla de las aves. Quiero registrarla.

—No se imaginará que el hombre está allí escondido —repliqué—. Es demasiado pequeña.

—Lléveme —dijo Dorcas, metiéndose en el bote.

Obedecí y al rato estábamos en la islita.

Dorcas observó atentamente el lago en todas direcciones. A continuación caminó por allí, examinando el follaje y los juncos de la orilla, que se inclinaban hacia el agua.

De repente, apartando una mata de maleza crecida, metió la mano por debajo, en el agua, y sacó un sombrero negro de fieltro blando empapado.

—Pensé que si había caído algo al agua aquella noche, acabaría enganchado aquí —dijo Dorcas.

—Si es el sombrero de ese hombre, debió de marcharse con la cabeza desnuda.

—Eso parece —respondió Dorcas—, pero averigüemos primero si es suyo. Reme de inmediato hacia la orilla.

Escurrió el sombrero, lo hizo una bola y lo envolvió con su pañuelo antes de meterlo bajo su capa.

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