Detectives victorianas

Detectives victorianas


George R. Sims (1847−1922) » El hombre de los ojos feroces (1897)

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Cuando llegamos a la orilla, yo me dirigí a casa de los guardeses y empecé a sonsacar a la señora Peters sobre el asunto del hombre de los ojos feroces. Luego pregunté qué tipo de sombrero llevaba; la señora Peters contestó que uno de fieltro blando con el centro hundido, y supe que habíamos dado en el clavo.

Se lo conté a Dorcas, que esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción.

—Tenemos su nombre de pila y su sombrero —dijo—; ahora queremos el resto. Le da tiempo a usted de coger el tren de las 11:20 con facilidad.

—Sí.

Sacó un sobre del bolsillo y de él una pequeña fotografía.

—Es el retrato de un apuesto joven —dijo—. Por el estilo y el tamaño diría que se lo hicieron hace cuatro o cinco años. El estudio se llama London Stereoscopic Company; el número de negativo es el 111 492. Si va a verlos, buscarán en los libros y le darán el nombre y la dirección del original. Consígalos y vuelva después.

—¿Es él? —pregunté.

—Eso creo.

—¿Cómo diablos la ha conseguido?

—Me entretuve mirando el álbum que guarda en el tocador la señorita Hargreaves mientras ella dormía. Era un álbum antiguo, lleno de retratos de familiares y amigos. Diría que había más de cincuenta, y seguro que algunos de ellos eran compañeros de colegio. Pensé que quizá encontrase algo, nunca se sabe. A la gente le dan retratos, los coloca en un álbum y prácticamente se olvida de que están allí. Me imaginé que la señorita Hargreaves quizá se hubiese olvidado.

—Pero ¿cómo seleccionó este entre los cincuenta? Supongo que había más retratos de hombres…

—Sí, claro, pero los fui sacando uno por uno y mirando el dorso y el margen.

Cogí la foto de las manos de Dorcas y la miré. Advertí que tenía un trozo del dorso desgastado y áspero al tacto.

—Eso lo han hecho con un borrador de tinta —dijo Dorcas—, así que me concentré en esta foto en particular. Había un nombre o alguna otra palabra que el destinatario no quería que viesen otros ojos.

—Eso es solo una suposición.

—Así es; pero hay una certeza en la propia foto. Mire atentamente ese alfiler de corbata con diamantes. ¿Qué forma tiene?

—Parece una uve pequeña.

—Exacto. Hace unos cuantos años estaba de moda que los caballeros llevasen un alfiler con su inicial. La uve de Victor; entre eso y el borrón, creo que merece la pena un billete de ida y vuelta a la ciudad para enterarse de qué nombre y dirección aparecen junto al número del negativo en los libros de la London Stereoscopic Company.

Antes de las dos de la tarde estaba interrogando al encargado de la Stereoscopic Company, que consultó los libros con mucho gusto. La fotografía se había hecho hacía seis años, y el nombre y la dirección del modelo eran: Victor Dubois, Anerley Road, en Norwood.

Siguiendo las instrucciones de Dorcas Dene, me dirigí de inmediato a la dirección para preguntar por un tal Victor Dubois. Allí no residía nadie con ese nombre. Los actuales inquilinos llevaban tres años en la casa.

Mientras regresaba por la carretera me encontré a un viejo cartero. Pensé en preguntarle si le sonaba que hubiese alguien con ese nombre en el barrio. Se quedó pensando un minuto y luego dijo:

—Sí, ahora que lo pienso, había un Dubois aquí, en el número…, pero eso fue hace cinco años o más. Era un caballero más bien mayor, de pelo blanco.

—¡Victor Dubois un anciano caballero!

—Ah, no. El anciano caballero se llamaba mesié Dubois, pero sí que había un Victor. Supongo que debía de ser su hijo, ya que vivía con él. Me suena el nombre. Llegaban cartas para el señor Victor casi cada día, algunas veces hasta dos veces al día, todas con la misma letra, de una dama; por eso me fijé.

—¿Y no sabe dónde fueron a parar el señor Dubois y su hijo?

—No, oí que el caballero perdió la cabeza y lo encerraron en un manicomio; sea como fuere, quedaron fuera de mi ronda.

—Supongo que no sabe a qué se dedicaba.

—Bueno, había una placa de latón que ponía «Profesor de idiomas».

Volví a la ciudad y tomé el primer tren para Godalming; me apresuré en llegar a Orley Court para informar a Dorcas del resultado de mis pesquisas.

Era evidente que le satisfizo, pues me felicitó. Luego tocó la campana (estábamos en el comedor) y entró la criada.

—¿Podría decirle al coronel que quiero verlo? —preguntó Dorcas, y la criada fue a transmitir el mensaje.

—¿Va a contárselo todo? —pregunté.

—De momento no voy a decir nada —respondió Dorcas—. Quiero que me cuente algo él a mí.

El coronel entró. Tenía el rostro demacrado y resultaba evidente que lo atormentaba la preocupación.

—¿Tiene alguna novedad? —preguntó con ansia—. ¿Ha descubierto lo que me oculta mi pobre niña?

—Me temo que no puedo revelar nada todavía. Pero quiero hacerle unas cuantas preguntas.

—Ya le he dado toda la información que poseo —respondió el coronel con un deje amargo.

—Todo lo que recuerda, pero ahora quiero que piense. Su hija, antes de que volviese usted de la India, estaba con su tía en Norwood. ¿Dónde estudió desde que abandonó la India?

—Fue a Brighton al principio, pero desde que cumplió los dieciséis recibió educación privada en casa.

—Supongo que tenía profesores de música, de francés, etcétera.

—Sí, eso creo. Yo pagaba cuentas por cosas así. Me las mandaba mi hermana a la India.

—¿Recuerda el nombre de Dubois?

El coronel pensó un momento.

—¿Dubois? ¿Dubois? ¿Dubois? —repitió—. Tengo la idea de que había un nombre así entre los recibos que me mandaba mi hermana, pero la verdad es que no podría decirle si se trata de una modista o de un profesor de francés.

—Entonces creo que supondremos que su hija tomaba lecciones en Norwood de un profesor francés llamado Dubois. Y ahora dígame, ¿mencionó su difunta hermana, en alguna de las cartas que le escribió a la India, algo que la hubiese inquietado en Maud?

—Solo una vez —respondió el coronel—, y luego todo quedó satisfactoriamente explicado. Se marchó de casa un día a las nueve de la mañana y no regresó hasta las cuatro de la tarde. Su tía estaba enfadadísima y Maud le explicó que se había encontrado con unos amigos en el barrio de Crystal Palace (acudía allí a las clases de dibujo), había ido a despedirse de una de sus compañeras a la estación y, mientras estaba sentada en el vagón, el tren se puso en marcha antes de que pudiese salir y tuvo que continuar hasta Londres. Supongo que mi hermana me lo contó para demostrarme que podía confiar plenamente en ella en tanto que tutora de mi hija.

—¿Que tuvo que continuar hasta Londres? —me dijo Dorcas por lo bajo—. ¡Si podía haberse apeado tres minutos más tarde, en la siguiente estación después de Norwood! —Luego, girándose hacia el coronel, dijo—: Cuénteme, coronel, cuando murió su esposa, ¿qué hizo usted con la alianza de matrimonio?

—¡Por todos los cielos, señora! —exclamó el coronel, poniéndose en pie y recorriendo a zancadas la habitación—. ¿Qué tendrá que ver la alianza de matrimonio de mi pobre esposa con que arrojen a mi hija al lago?

—Siento que mi pregunta parezca absurda —respondió Dorcas con voz queda—, pero ¿sería tan amable de responderla?

—¡La alianza de matrimonio de mi esposa está en el dedo de mi difunta esposa, en el cementerio de Simla! —exclamó el coronel—. Y ahora quizá tenga la bondad de decirme qué significa todo esto.

—Mañana —dijo Dorcas—. Ahora, si me dispensa, voy a dar un paseo con el señor Saxon. La doncella de la señorita Hargreaves está con ella y creo que no me necesitará hasta que regrese.

—¡Muy bien, muy bien! —exclamó el coronel—. Pero le suplico, le ruego que me cuente lo que sepa en cuanto pueda. Le he puesto espías a mi propia hija, cosa que para mí es monstruosa. Y sin embargo… sin embargo, ¿qué puedo hacer? No me lo cuenta y por su bien… debo saber. Debo saberlo.

El viejo coronel cogió la mano que Dorcas Dene le tendía.

—Gracias —dijo con labios temblorosos.

No bien estuvimos en el exterior, Dorcas Dene se giró con ansia hacia mí.

—Lo estoy tratando a usted muy mal —dijo—, pero casi hemos terminado nuestra tarea. Debe volver esta noche a la ciudad. Lo primero que hará mañana por la mañana será ir a Somerset House. Encontrará allí a un viejo amigo llamado Daddy Green, que trabaja en el registro civil. Dígale que va de mi parte y entréguele este papel. Cuando lo encuentre, envíeme por telegrama el resultado y vuelva con el siguiente tren.

Miré el papel y vi escrito con la letra de Dorcas:

Información requerida:

Matrimonio entre Victor Dubois y Maud Eleanor Hargreaves; probablemente entre 1905 y 1908. Londres.

Levanté la mirada del papel hacia Dorcas Dene.

—¿Qué le hace pensar que es una mujer casada? —pregunté.

—Esto —exclamó Dorcas, sacando de su monedero una alianza de matrimonio sin usar—. Lo encontré entre un montón de fruslerías en el fondo de la caja que su doncella me señaló como joyero. Me tomé la libertad de probar todas las llaves hasta abrirlo. Un joyero cuenta muchos secretos a quienes saben leerlos.

—Y llegó a la conclusión de que…

—De que no guardaría una alianza si no hubiese pertenecido a algún ser querido o la hubiese llevado en su propio dedo. Está bastante nueva, ya ve, lo cual quiere decir que se la quitó inmediatamente después de la ceremonia. Solo le pregunté al coronel dónde estaba la de su esposa para estar completamente segura.

Me dirigí a Somerset House, siguiendo instrucciones, y poco después del mediodía el empleado del registro me trajo un papel y me lo tendió. Era una copia del certificado de matrimonio entre Victor Dubois, soltero, de veintiseis años, y Maud Eleanor Hargreaves, de veintiún años, en 1906 en Londres. Mandé las noticias por telegrama con una única palabra: «Sí», y seguí a mi mensaje en el primer tren.

Cuando llegué a Orley Park llamé varias veces antes de que acudiesen a abrirme. Al poco la señora Peters, muy pálida y nerviosa, vino desde los jardines y se disculpó por haberme hecho esperar.

—¡Oh, señor! ¡Qué cosa tan horrible! —exclamó—. ¡Un cadáver en el lago!

—¡Un cadáver!

—Sí, señor, un hombre. ¿Se acuerda de la enfermera que vino con usted aquel día? Pues iba remando por el lago y debió de golpearlo con el remo y moverlo, porque salió a la superficie, todo envuelto en algas. Es un hombre, señor, y tengo la impresión de que es el hombre que vi en la verja aquella tarde.

—¡El hombre de los ojos feroces!

—¡Sí, señor! ¡Oh, es horrible! Primero la señorita Maud y luego este cadáver. ¿Qué significará todo esto?

Me encontré a Dorcas de pie junto al algo, y a Peters y a dos de los jardineros metiendo el cuerpo ahogado de un hombre en el bote que se hallaba junto a ellos.

Dorcas estaba dando instrucciones.

—Déjenlo en el bote y cúbranlo con una lona —dijo—. Cuidado, no toquen nada hasta que llegue la policía. Voy a buscar al coronel.

Mientras se alejaba fui a su encuentro.

—¡Qué terrible! ¿Es Dubois?

—Sí —respondió Dorcas—. Sospechaba que estaba aquí ayer, pero prefería encontrarlo yo en lugar de hacer drenar el lago.

—¿Por qué?

—Bueno, porque no quería que le registrasen los bolsillos. Podría haber papeles o cartas, ya se imagina, que se leerían en la investigación de las causas de la muerte, y podrían comprometer a la señorita Hargreaves. Pero no había nada…

—¿Qué? ¡¡Lo ha registrado!!

—Sí, tras subir al pobre desgraciado a la superficie con el remo.

—Pero ¿cómo cree que acabó ahí?

—Suicidio; locura. Al padre lo metieron en un manicomio, ya se enteró usted ayer en Norwood. Seguramente el hijo heredó la propensión. Parece un caso de manía homicida: atacó a la señorita Hargreaves, a la que seguramente localizó tras años de separación, y, creyendo que la había matado, se ahogó. En cualquier caso, la señorita Hargreaves es ahora una mujer libre. Es evidente que su marido la aterrorizaba cuando vivía, y…

Supuse lo que Dorcas estaba pensando mientras entrábamos juntos en la casa. En la puerta me tendió la mano.

—Mejor que se vaya a la posada y vuelva esta misma noche a la ciudad —dijo—. Ya no puede ayudarme, y es mejor que se mantenga al margen. Mañana estaré en casa. Venga a Elm Tree Road por la tarde.

La tarde siguiente Dorcas me contó todo lo que había ocurrido después de que me marchase. Paul ya lo había escuchado, y cuando llegué se deshizo en agradecimientos por la ayuda que le había prestado a su esposa. La señora Lester, sin embargo, se vio impelida a señalar que nunca pensó que una hija suya se ganaría la vida pescando cadáveres a lo largo y a lo ancho del país.

Dorcas se lo había contado todo al coronel, quien quedó en un estado lastimoso; pero Dorcas le dijo que la única manera de averiguar la verdad era ir a ver juntos a la desgraciada muchacha, con los hechos que conocían, para convencerla de que divulgase el resto.

Cuando el coronel le dijo a su hija que quien la había arrojado al río aquella noche era el hombre con el que se había casado, se quedó atónita, y luego sufrió un ataque de histeria; pero cuando se enteró de que habían encontrado a Dubois en el lago se alarmó y contó al instante todo lo que sabía.

Tenía la costumbre de reunirse a menudo con Victor mientras estaba en Norwood, primero con su padre (su profesor de francés) y luego a solas. Era apuesto, joven, romántico y se enamoraron locamente. A él lo habían destinado durante un tiempo al extranjero, y la apremiaba para que se casasen en secreto. Ella acabó por dar su consentimiento a tal imprudencia, y se separaron en la iglesia: ella volvió a su casa y él se marchó al extranjero aquella misma tarde.

De vez en cuando recibía clandestinamente cartas suyas; en una de ellas le contó que su padre se había vuelto loco y que había que internarlo en un manicomio: tenía que regresar. Solo le daría tiempo a ocuparse del internamiento de su padre y a volver a su destino. Pasó largo tiempo sin saber de él, y después hizo algunas averiguaciones a través de un amigo común de Norwood que conocía a los Dubois y a su familia. Victor había regresado a Inglaterra y había sufrido un accidente que le había ocasionado graves lesiones en la cabeza. Se había vuelto loco y lo habían ingresado en un manicomio.

Así pues, la pobre muchacha decidió mantener el matrimonio en secreto para siempre, sobre todo cuando su padre volviese de la India, pues sabía la amarga pena que le causaría enterarse de que su hija era la esposa de un lunático.

La noche del incidente Maud estaba sola en los jardines. Estaba dando un paseo junto al lago después de cenar cuando oyó un ruido y los perros comenzaron a ladrar. Al levantar la vista, vio a Victor Dubois escalando el muro. Temerosa de que los perros atrajeran a Peters o a otra persona a la escena, corrió a tranquilizarlos; su esposo saltó el muro y se plantó junto a ella.

—¡Ven, alejémonos! —dijo, por miedo a que los perros lo atacasen o comenzasen a ladrar de nuevo, y lo llevó al otro lado del lago, parte que resultaba invisible desde la residencia y desde la casa del guarda.

Al principio, la señorita Hargreaves, en su nerviosismo, olvidó que se había vuelto loco. Él se mostró dulce y amable. Le contó que había estado enfermo, en un asilo, pero que hacía poco que le habían dado el alta. No bien recuperó la libertad se dedicó a buscar a su esposa, y gracias a un viejo conocido de Norwood se enteró de que la señorita Hargreaves vivía con su padre en Orley Park, cerca de Godalming.

Maud le rogó que se marchase sin armar jaleo y prometió escribirle. Él intentó tomarla entre sus brazos y besarla, pero ella, por instinto, se apartó de él, que se puso furioso. Poseído por una repentina manía, la agarró de la garganta. Ella forcejeó y logró liberarse.

Se hallaban al borde del lago. De repente el maníaco volvió a cogerla por la garganta y la lanzó al agua. Ella se sumergió hasta la cintura, pero se las apañó para arrastrarse hasta la orilla; justo antes de salir se desvaneció: por fortuna, su cabeza cayó en la orilla, justo fuera del agua.

El asesino, probablemente pensando que estaba muerta, debió de adentrarse hasta las profundidades para ahogarse.

Antes de abandonar Orley Park Dorcas le recomendó al coronel que dejase que la investigación de la causa de la muerte siguiese su curso y no arrojase ninguna luz sobre ella. Solo tenía que cuidar de que llegase a oídos de la policía que un hombre que respondía a la descripción del suicida había salido recientemente de un manicomio.

Más tarde supimos que un funcionario del manicomio compareció en la vista, y el jurado local dictaminó que Victor Dubois, un lunático, se coló de algún modo en los jardines y se ahogó en el lago en un ataque de locura transitoria. El coronel sugirió que quizá la señorita Hargreaves, que se encontraba demasiado indispuesta para asistir, no hubiese visto al hombre, pero que quizá el sonido de sus pasos la alarmase, lo cual explicaría su desmayo al borde del agua. En cualquier caso, la vista concluyó con un veredicto satisfactorio, y poco después el coronel se llevó a su hija de viaje por Europa, para beneficio de su salud.

Pero de todo esto, por supuesto, no sabíamos nada la noche que siguió al accidentado descubrimiento, cuando volví a reunirme con Dorcas bajo su propio techo.

Paul estaba encantado de volver a tener allí a su esposa, y ella se dedicó a él por entero; aquella noche no tenía ojos ni oídos para nadie más, ni siquiera para su fiel «ayudante».

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