Destello
Capítulo 35
Página 39 de 47

35 La reina Malina
Nunca me ha gustado descender la ladera de la montaña. Es un sendero sinuoso y empinado, peligroso incluso en días claros y despejados. La carretera siempre está cubierta por una fina y resbaladiza capa de hielo repleta de agujeros y rocas escarpadas. Pero cuando azota una tormenta invernal —lo cual sucede casi a diario— el camino se vuelve aún más arriesgado, más traicionero.
He deslizado la cortina porque no soporto ver el precipicio que hay al otro lado. Cada vez que el carruaje se bambolea o se sacude, rechino los dientes.
Supongo que debería sentirme afortunada porque ahora mismo sopla un viento suave y no está nevando con fuerza. Me niego a regresar al castillo esta noche, a pesar de que se desate una tormenta, así que lo único que puedo hacer es rezar porque el tiempo aguante y me respete.
Jeo alarga el brazo y me acaricia el muslo.
—No pasa nada, mi reina. Ya casi hemos llegado.
Asiento con la cabeza, pero no digo nada. Me llevo una mano al estómago porque estoy tan mareada que me da la impresión de que voy a vomitar en cualquier momento.
—¿Por qué te has empeñado en ir a la ciudad si te asusta tanto el viaje? —pregunta Jeo.
Abro los ojos solo para lanzarle una mirada asesina.
—No tengo miedo. No es el viaje lo que me asusta, sino la carretera —puntualizo—. Es distinto.
Jeo esboza una sonrisa arrebatadora.
—Por supuesto.
Le miro con los ojos entornados, claramente molesta por ese retintín porque no tiene ninguna gracia, pero no consigo acobardarle. Lo único que consigo es que sonría todavía más. Mi montura masculina está de lo más relajada en ese carruaje de oro. Con esas piernas larguísimas totalmente extendidas y la cabeza apoyada en la pared, no ha dejado de tararear una cancioncita en voz baja. El hecho de que se muestre tan tranquilo me inquieta.
Si tengo que ser honesta, lo considero un punto débil. Las personas inteligentes y con cierto sentido crítico siempre estamos considerando los «¿y si?», los «¿qué podría ocurrir en el caso de…?». Nuestras mentes siempre están cavilando las diversas posibilidades y consecuencias de cada situación.
Si no hay nada que te preocupe en este mundo, o bien eres un necio o, peor aún, prefieres vivir con una venda en los ojos que no te permite ver la cruda realidad.
Le repaso con la mirada. Al menos es un necio atractivo que sabe utilizar la verga.
Suelto un suspiro y trato de atusarle esa rebelde melena pelirroja.
—Tengo que empezar a dejarme ver por la ciudad. Si consigo que esos campesinos me vean como su mecenas, me ofrecerán su apoyo y podré manipularlos a mi voluntad. Pretendo utilizarlos para mis fines políticos. Sé que esa panda de indigentes y desgraciados discrepan de las decisiones que se toman en palacio y quiero asegurarme de que culpen a Tyndall, y no a mí, de las injusticias que creen tener que soportar.
Jeo hace una mueca.
—¿Aceptas un consejo? No les llames campesinos. Y no menciones que quieres manipularlos o utilizarlos para tus fines políticos.
Hago un gesto de desdén con la mano que podría interpretarse como «tus consejos no son más que pamplinas» y, de repente, la rueda se topa con otro socavón y me aferro al asiento de terciopelo con las dos manos.
Jeo desliza la cortina dorada de su ventanilla y se asoma para echar un vistazo al exterior.
—Ya hemos llegado a los pies de la montaña —me informa en un intento de tranquilizarme—. No tardaremos en alcanzar el puente.
Por fin puedo sentarme como es debido en la banqueta. Resoplo y trato de recuperar la compostura. Ahora que sé que avanzamos por un camino llano y sin trampas mortales, aparto la cortina de un manotazo y doy las gracias por haber sobrevivido al paso por esa senda angosta que, a vista de pájaro, debe de parecer una espiral tallada en la montaña.
En cuestión de minutos, las ruedas del carruaje empiezan a traquetear. Estamos pasando por una calle adoquinada y, de inmediato, reconozco el bullicio de Alta Campana a nuestro alrededor. En general, cuando visito la ciudad, suelo moverme por los barrios más pudientes para disfrutar de una exquisita cena o de una reparadora tarde de compras.
Hoy, en cambio, voy a adentrarme en el mismísimo corazón de la ciudad, donde abunda la indigencia, el hambre y la más absoluta pobreza.
Atravesamos la ciudad escoltados por mis guardias personales. El tacatá de los cascos de los caballos reales llama la atención de los transeúntes. Cuando el carruaje se detiene y mi lacayo abre la portezuela, me preparo para mi gran aparición. Con la máscara de reina bondadosa puesta, la postura perfecta y mi vestido blanco prístino, acepto la mano del lacayo y bajo la escalerita del carruaje.
El lugar que he elegido para ganarme el corazón de esos patanes es la plaza del mercado. Mi corona de ópalo refleja la pálida luz del sol y las faldas de mi vestido agitan los copos de nieve que cubren el empedrado del suelo.
Los guardias han cerrado una parte de la plaza y han dispuesto una mesa larguísima. Al parecer, las noticias vuelan o, al menos, corren más que los carruajes reales porque allí ya se ha reunido una pequeña muchedumbre.
Detrás de todos esos espectadores y curiosos, la plaza está abarrotada de vendedores, clientes y mendigos. A lo lejos, los Pinos Lanzadores se ciernen majestuosos sobre Alta Campana. Las sombras de esos inmensos árboles se distinguen en los tejados de la ciudad.
La plebe no tarda ni un segundo en reconocerme y, de inmediato, se empiezan a oír gritos ahogados, murmullos, cuchicheos. Mis tres consejeros, Wilcox, Barthal y Uwen, ya están aquí y me están esperando junto a la mesa. Se han puesto una capa blanca, tal y como les ordené, para que mis súbditos les relacionen conmigo, y no con Midas. Igual que mis guardias, que han jubilado esas armaduras chapadas en oro tan chabacanas y ahora lucen una nueva armadura de acero, más austera y propia de Alta Campana.
No hay una pincelada de oro en ningún lado. Tal y como pedí.
Me siento en el centro de la mesa, con Jeo a un lado y mis consejeros al otro, y durante una hora nos dedicamos a repartir monedas, comida, rollos de tela, ovillos de lana, hasta muñecas de trapo hechas a mano para los hijos de los campesinos.
Uno a uno, me voy ganando su favor.
Me llaman la Reina de Hielo. Me saludan con una reverencia, lloran cuando les lleno los bolsillos y las manos con oro y agasajos y se deshacen en halagos y agradecimientos. Rostros ajados, manos callosas y ásperas de tanto trabajar, ropa hecha harapos, melenas grasientas y enredadas y cubiertas con copos de nieve, miradas vacías que arrastran el peso de la pobreza. A simple vista, parecen pusilánimes, y sé de buena tinta que Tyndall nunca los tuvo en cuenta. Los ignoró por completo y, por lo tanto, no hay nadie en el reino que desprecie más al Rey Dorado que ellos.
Mi intención es remover todo ese odio, dejar que hierva a fuego lento y transformarlo en algo que pueda utilizar a mi favor. Y, hasta entonces, tengo que metérmelos en el bolsillo y conseguir que me veneren, que me adoren con el mismo fervor con que detestan a Tyndall.
El rumor de que la reina está repartiendo regalos corre como la pólvora por las callejuelas de la ciudad y, en menos que canta un gallo, la muchedumbre se va agolpando en esa plaza. Mis guardias tienen que sudar ríos de tinta para mantener el orden y evitar una avalancha.
En cuestión de minutos veo que nos estamos quedando sin obsequios que regalar, lo cual es todo un alivio porque no me apetece quedarme aquí sentada con la nevada que está cayendo. A pesar de las pieles y las capas de abrigo, tengo frío y solo pienso en regresar a mi castillo antes del anochecer y acurrucarme frente a una chimenea mientras me tomo un cuenco de caldo bien calentito.
Se acerca una mujer y, como de costumbre, la recibo con una sonrisa de serenidad pegada en los labios. Lleva un abrigo andrajoso con parches en los codos y, si la vista no me está jugando una mala pasada, juraría que no lleva nada más debajo. Es un saco de huesos. Tiene la cara demacrada, unas ojeras moradas que le llegan a los pómulos y la mitad de los dientes podridos. No puedo evitar fijarme en el bebé que sujeta en brazos y en el crío que camina aferrado a su pierna.
Siento una punzada de celos al ver esa estampa familiar. Debería haber tenido un niño fuerte y sano. Una niña buena y obediente. Mi castillo debería estar lleno de herederos, pero en lugar de eso es una tumba de oro vacía.
La mujer apenas puede caminar; se tropieza cada dos por tres, y sospecho que sufre cojera. Estoy segura de que los guardias la han escogido entre los asistentes simplemente porque tiene un aspecto de lo más zarrapastroso y desaliñado.
—Acércate, no tengas miedo —digo.
Con esa mirada triste y afligida, echa un vistazo a la mesa, que está repleta de ofrendas de todo tipo, aunque cada vez quedan menos.
—Monedas y tela para la mujer, y juguetes para sus hijos —digo con voz alta y clara.
Mis consejeros cogen todos los obsequios de la mesa y se los entregan a un guardia, que se aproxima a la mujer con los brazos llenos, pero ella se queda quieta. Mira la montaña de regalos, al guardia, a mí, pero no acepta mi espléndida donación.
Ladeo la cabeza. Tal vez padezca algún tipo de deficiencia mental.
—Tu reina te está otorgando unos presentes de valor incalculable, mujer —dice Barthal, y veo que arruga esas cejas oscuras en un gesto de impaciencia—. Da las gracias a su majestad por su generosidad y acepta sus ofrendas.
La mujer desvía la mirada de nuevo hacia mí y en sus ojos me parece distinguir una diminuta llama, como si el comentario de Barthal hubiera encendido una chispa.
—¿Y de qué sirve esto? —pregunta con voz ronca.
Frunzo el ceño.
—¿Disculpa?
El bebé que sostiene en brazos empieza a hacer aspavientos, a revolverse, hasta que esa boquita de piñón encuentra un punto húmedo entre los pliegues del abrigo sucio y embarrado de su madre. Solo entonces se calma.
—Todo esto —dice, y señala la mesa—. ¿De qué sirve todo esto?
—Es un regalo que le hago al pueblo, una pequeña y desinteresada ayuda para mitigar su sufrimiento —respondo.
La mujer se echa a reír. El sonido que sale de su boca es horrendo, áspero y vulgar, como si se pasara el día respirando humo, o quizá el frío le haya congelado las cuerdas vocales, quién sabe.
—¿Crees que con darnos cuatro retales y unas muñecas vas a solucionarnos la vida? Oh, nuestra gran reina Colier nos está bendiciendo con una monedita de oro. Qué generosa. Debe de ser un gran sacrificio para ti, que vives en un palacio de oro macizo.
—Cierra esa boca, mujer —espeta el guardia, y da un paso al frente para atemorizarla.
Levanto una mano para pararle los pies. Con el rabillo del ojo, echo un fugaz vistazo a los campesinos que siguen ahí apiñados. Todos miran a esa pordiosera con gran interés, e incluso algunos asienten con la cabeza. Aprieto los dientes, rabiosa.
Las cosas se están torciendo, y no me gusta un pelo. Quiero que se arrodillen ante mí, que besen el suelo por el que piso, que me agradezcan este derroche de generosidad. El plan era que la gente me viera como su salvadora, como una reina que se preocupa por su pueblo mientras Midas continúa viviendo rodeado de lujos y riquezas, sin mover un dedo por mejorar su situación.
Y esta mujer estúpida lo está arruinando todo.
—¿Dónde has estado todos estos años, mientras la corona ignoraba a las chabolas, y a todos los que vivimos en ellas?
Tengo que recuperar el control de la situación, darle la vuelta y salir indemne de todo esto.
—El rey Midas os ha ignorado, os ha desatendido, pero yo…
—Tú también —ladra ella.
Mis consejeros ahogan un grito ante semejante acto de rebelión. Jamás se había visto a una plebeya atreverse a interrumpir a su reina. La muchedumbre avanza unos centímetros y, de repente, el aire de la plaza empieza a enturbiarse, a cargarse de una energía que me pone los pelos de punta.
—Mientras tú vives apoltronada en tu palacio, ¿tienes idea de cómo vivimos los demás? ¿Sabes que aquí, en los bajos fondos de tu ciudad, la gente muere de frío y de hambre? —pregunta—. No, porque no eres más que una zorra vestida de blanco que finge preocuparse por nosotros. No queremos tus migajas. ¡Queremos ayuda de verdad! —chilla.
Y termina esa diatriba escupiendo al suelo. Está demasiado lejos como para que una sola gota me salpique, pero aun así tengo la impresión de que me ha escupido en la cara.
Mis guardias no tardan ni una décima de segundo en rodearla. La llevan a rastras hacia la multitud, pero ella se retuerce, se pone a chillar como si estuvieran torturándola y, para colmo, sus hijos empiezan a gritar y a llorar a moco tendido.
—¡No me toquéis! ¡Quitadme las manos de encima! —vocifera, y después se dirige hacia las personas que siguen ahí agolpadas—. ¡No os dejéis sobornar por la Reina de Hielo! No pretende ayudarnos, ¡solo quiere dormir con la conciencia tranquila en su cama de oro!
Los guardias la sacan de la plaza y la arrojan a un callejón. Sigue berreando como una histérica pero, por suerte, solo unos pocos pueden oírla.
Esa escenita me ha puesto de muy mal humor, pero no puedo permitirme el lujo de echarlo todo a perder justo ahora, así que respiro hondo y trato de disimular mi enfado. Miro a mis consejeros.
—Traed al siguiente. Quiero acabar con esto lo antes posible —ordeno.
Wilcox parece nervioso. Aunque no sé qué le asusta más, si mis malas pulgas o una posible rebelión de la muchedumbre. Mientras los guardias se llevaban a la mujer, algunos se han dedicado a burlarse de ella y a dedicarle toda clase de groserías. Pero muchos de esos campesinos han escuchado el discurso con atención y ahora me miran pensativos, dubitativos, recelosos.
Están sopesando sus opciones antes de decidir de qué lado están.
—¡Siguiente! —ladra un guardia.
Pero nadie alza el brazo.
Esa caterva de paletos se ha vuelto precavida y está furiosa.
Ya no me miran con reverencia o admiración, sino con hostilidad. Ni uno de esos miserables se atreve a dar un paso al frente para recoger un puñado de regalos.
Todo mi cuerpo se pone tenso.
—Hora de irse, su majestad —murmura Uwen.
—Me niego a que el populacho dicte lo que tengo o no tengo que hacer —espeto.
Jeo se inclina para poder decirme algo al oído.
—Míralos bien, mi reina. No te has ganado su confianza. Están deseando despellejarte. Tenemos que irnos. Ya.
Echo una ojeada a la muchedumbre y me doy cuenta de que Jeo lleva razón. Se están acercando cada vez más y hacen caso omiso a las órdenes de mis guardias, que, a pesar de las sangrientas amenazas, no consiguen acobardarlos. Todo ha ocurrido demasiado rápido. En un abrir y cerrar de ojos, han empezado a sublevarse y, a juzgar por su actitud, ya no hay marcha atrás. Ahora, mire donde mire, solo veo puños sucios en alto, expresiones de profundo desdén, miradas cargadas de odio.
—Está bien —murmuro a regañadientes. Dicen que una retirada a tiempo es una victoria, pero admito que me da rabia que mi plan no haya salido como esperaba.
Panda de ingratos. ¡Cómo se atreven a desafiar a su verdadera y legítima reina!
Me levanto de la silla con total tranquilidad, sin perder la calma. Me niego a parecer una reina aturdida o temerosa. Con Jeo pegado a mí como una lapa, empiezo a cruzar la plaza para dirigirme al carruaje, pero en cuanto doy un paso, la multitud se pone a chillar, a acosarme con preguntas incómodas, a abuchearme. Es como si mi repentina huida les hubiera servido de excusa para desatar toda su cólera e impotencia hacia mí.
Nos escoltan ocho guardias hasta el carruaje. Mi montura me agarra del brazo y tira con fuerza para obligarme a ir más rápido. El corazón se me acelera cuando la gente empieza a arrojar objetos a los guardias. Tardo unos instantes en descubrir que nos están lanzando todos los obsequios que les hemos regalado.
La armadura nueva de los guardias nos sirve de escudo, pero aun así Jeo me protege la cabeza con el brazo para asegurarse de que nada me golpee. Me agacho y corro tan rápido como me permiten las piernas para esconderme en esa caja de acero indestructible. En cuanto entramos en el carruaje, el conductor cierra la puerta y los caballos salen escopeteados.
Los gritos son ahora ensordecedores, un rugido ronco y salvaje que sale de cientos de bocas hambrientas e insatisfechas. Doy un respingo cuando me percato de que han empezado a tirar cosas al carruaje. Por poco rompen el cristal de la ventana.
Jeo está hecho un manojo de nervios y todos sus movimientos son torpes, desatinados. Todavía con el brazo rodeándome los hombros, desliza las cortinas de las ventanillas.
Estoy tan furiosa que le aparto el brazo de un manotazo y lo empujo hacia la banqueta. Me invade una ira intensa, como si me estuvieran clavando astillas de hielo por todo el cuerpo.
—¿Estás bien? —pregunta Jeo.
Le lanzo una mirada asesina.
—¡Por supuesto que no! Tanto esfuerzo para nada —gruño entre dientes—. Me he pasado toda una hora agasajándoles con todo tipo de regalos. ¿Cómo se atreven a pensar que pueden rebelarse contra mí? No son más que un montón de ratas desagradecidas.
A medida que el carruaje va alejándose de esa chusma enfurecida, empiezo a darle vueltas a la cabeza, a cavilar qué puedo hacer para persuadirlos.
Quería que se amotinaran en contra de él. No de mí.
He jugado mal mis cartas, y eso es lo que más me enfurece de todo el asunto.
Mi padre solía decir que el pueblo es como una mecha apagada, una mecha que, en cualquier momento, puede encenderse. Creía haber elaborado un plan perfecto, un plan sin fisuras. Se suponía que, si seguía el plan al pie de la letra, iba a conseguir prender la mecha de mis súbditos y así recuperar su lealtad y apoyo incondicional. En ningún momento imaginé que, al encender la maldita mecha, iban a querer quemarme con ella.
—Menudo desastre —farfullo. Estoy tan furiosa que me hierve la sangre—. Quiero que castiguen a esa mujer.
Jeo no dice nada, lo cual es lo más sensato que puede hacer porque estoy de muy mal genio y le escupiría las palabras más amargas, frías e hirientes que uno pueda imaginar.
El carruaje dobla una esquina de una forma tan brusca que salgo disparada hacia una de las paredes y, de repente, frena en seco.
Mi montura frunce el ceño y se asoma a la ventana.
—Parece ser que hemos tomado un atajo para alejarnos de la plaza. Hay una especie de carreta en mitad de la calle.
—Ya estoy harta de tanta tontería —espeto, y abro la portezuela del carruaje.
—¡Mi reina! —llama Jeo, pero bajo la escalerilla y le cierro la puerta en las narices. Es la gota que colma el vaso. Se me ha acabado la paciencia. Quiero volver a mi castillo y recuperar el control.
Atrás han quedado mis andares gráciles y elegantes; camino con paso firme y decidido. Los guardias se apean de los caballos y me siguen como perritos falderos. Hago un gesto de desdén con la mano, indicándoles que no hace falta que se molesten en seguirme.
—Mi reina —dice uno de ellos, que echa a correr para alcanzarme—. Nos estamos ocupando del problema. Puedes volver al carruaje. Aquí hace demasiado frío.
Ni siquiera me tomo la molestia de contestarle. Voy a encargarme personalmente de apartar al miserable que ha osado impedir el paso de un carruaje real. No me temblará el pulso y, si hace falta, pienso vapulearle.
Me topo con una carreta un tanto destartalada tirada por dos caballos; su pelaje pardusco me indica que no son de Alta Campana. El conductor y dos de mis guardias están enzarzados en una discusión con un hombre. Le instan a hacerse a un lado para que así podamos pasar.
—¿Qué significa todo esto? —exijo saber.
Las cuatro cabezas se vuelven hacia mí, pero yo solo tengo ojos para el tipo que está en el medio. No es un campesino de Alta Campana, de eso no me cabe la menor duda.
Luce un traje de color azul marino muy elegante que le queda como un guante, lo cual me hace sospechar que está hecho a medida. Su postura es señorial y refinada. No tiene los hombros caídos ni la espalda encorvada como los miserables que he conocido. Se ha afeitado la barba y, a pesar de que lleva el pelo muy corto, salta a la vista que es rubio. Las cejas son un pelín más oscuras y ahora mismo las está arqueando, lo que le aporta un toque misterioso.
Es un hombre atractivo, pero hay algo en él que me atrapa, que me cautiva, que me invita a seguir mirándole. Es… magnético.
—Mi reina… —empieza uno de los guardias.
—¿Por qué estás bloqueando la calle? —pregunto, con toda mi atención puesta en el desconocido.
Cuando me detengo frente a él, me doy cuenta de que sus ojos son de un color muy peculiar. No son azules, sino más bien grises, y juraría… juraría que reflejan la luz.
—Reina Malina —dice él, y se inclina en una pomposa reverencia. Es evidente que no es la primera vez que se reúne cara a cara con un monarca.
—¿Cómo te llamas?
—Loth Pruinn, su majestad —contesta.
Me estrujo el cerebro tratando de ubicar ese apellido pero, por mucho que rebusque en mi memoria, no consigo dar con él. Me resulta bastante extraño, sobre todo teniendo en cuenta que conozco a cada noble y a cada aristócrata de Alta Campana.
—Sir Pruinn, nos estás barrando el paso.
Él dibuja una sonrisa deslumbrante, capaz de amansar hasta la bestia más fiera. Nunca una sonrisa me había transmitido tanta paz, tanta serenidad.
—Mil disculpas, mi reina. Se me había roto una rueda y estaba tratando de arreglarla, eso es todo. Pero ya he terminado, así que me apartaré de vuestro camino enseguida.
—Más te vale.
Me doy la vuelta, dispuesta a regresar al carruaje, pero entonces él me pregunta:
—¿Puedo ofreceros algo? Como muestra de agradecimiento por vuestra paciencia.
Me giro y titubeo durante unos instantes, mientras del cielo llueven unos minúsculos copos de nieve.
—Por favor, su majestad —insiste él, y se lleva una mano al pecho en un gesto de súplica—. Sería un gran honor para mí.
Asiento. Esa actitud tan respetuosa ha conseguido calmar mi ira.
—Está bien.
Los guardias y el conductor se hacen a un lado para dejarle pasar. Pruinn me regala otra de sus arrebatadoras sonrisas y se dirige hacia la carreta, que consiste en una especie de caja de madera con un cerrojo en la parte posterior. Desliza un pestillo en forma de gancho, levanta ese costado de la caja y después lo guarda con sumo cuidado en una muesca que hay tallada en el techo.
En el interior de esa caja ha colocado varias estanterías, todas atestadas de objetos. Ahí dentro no cabe ni una sola cosa más. Alargo el cuello para tratar de ver qué guarda en todas esas estanterías. Al parecer, hay un poco de todo. Viales de cristal llenos de perfumes exóticos, baratijas, piedras preciosas, libros, especias, tacitas de té, botes de miel y candelabros. Un batiburrillo de cachivaches, pero ninguno llama especialmente mi atención.
—Una colección muy curiosa. ¿Eres un mercader ambulante? —pregunto. Eso explicaría por qué no he reconocido su apellido y por qué se comporta de ese modo tan educado.
—Algo parecido, su majestad —contesta, aunque la respuesta no me convence. Demasiado ambigua—. Colecciono piezas únicas cuyo valor es incalculable.
—¿En serio? —murmuro, pensativa y un tanto perpleja. Quiero comprobarlo con mis propios ojos, así que cojo un cepillo de pelo plateado y compruebo el peso, el brillo, la calidad. Es un cepillo de plata de verdad. Ahora sí estoy intrigada—. ¿Y cuál es la pieza más excepcional y más valiosa que atesoras, sir Pruinn? —le reto.
Y entonces clava esos imanes grisáceos que tiene como ojos en mí.
—Mi poder, su majestad.
Arqueo las cejas, sorprendida.
—¿Un poder mágico?
Asiente.
—Sí.
Por segunda vez en un mismo día, el monstruo verde de la envidia se apodera de mí. Si hubiera nacido con un poder mágico, ahora no me encontraría en la ardua tesitura de recuperar el control de mi propio reino, maldita sea.
—¿Qué clase de poder mágico? —pregunto curiosa. De repente, ese vendedor de chatarra me parece mucho más interesante.
Pruinn esboza una sonrisa irónica, se acerca un poquito más, como si quisiese revelarme un secreto de Estado, y vuelvo a sentir ese irresistible magnetismo hacia él.
—Puedo mostrar a cualquier persona cómo alcanzar sus sueños, cómo convertir sus mayores deseos en una realidad.
Todo mi interés se desvanece al instante. Me aparto unos centímetros y dejo escapar un suspiro de indiferencia.
—Si hay algo que no soporto en esta vida son los charlatanes —comento con tono molesto.
Él abre los ojos como platos y sacude la cabeza.
—No soy ningún charlatán, su majestad, os lo juro.
Le lanzo una mirada condescendiente.
—Ya. No me cabe la menor duda —farfullo con evidente ironía.
—Por favor, dejadme que os lo demuestre —insiste él, seguramente porque intuye que estoy a punto de llamar a mis guardias para que lo arresten y lo juzguen como a cualquier otro timador.
—¿Y cómo piensas hacerlo, sir Pruinn? ¿Me vas a pedir que cierre los ojos mientras manoseas una bola de cristal?
—En absoluto. Solo necesito sujetaros la mano.
—Ni se te ocurra tocar a la reina —interviene uno de mis guardias.
Pero sir Pruinn ignora la advertencia. Solo tiene ojos para mí.
—Nada de trucos, su majestad —susurra, y extiende la mano con la palma hacia arriba.
No voy a morder el anzuelo.
—Si crees que voy a tragarme el cuento de que mi destino está escrito en las líneas de mi mano, entonces es que eres un charlatán de tres al cuarto.
—Ya os lo he dicho, su majestad. No soy un charlatán —repite, esta vez con gesto serio—. Y no voy a leeros la mano, pues no soy quiromántico. Solo necesito sujetarla unos segundos, nada más.
Ese embustero está acabando con mi paciencia, pero no puedo negar que me pica la curiosidad. Mis guardias, que no han apartado la mano de las empuñaduras de sus espadas en ningún momento, vigilan cada uno de sus movimientos. Sin embargo, saben que no son ellos quienes deciden si puede tocarme o no, pues yo tengo la última palabra.
Estudio a ese hombre tan misterioso mientras trato de adivinar sus intenciones.
—De acuerdo, sir Pruinn. Demuéstramelo.
Coloco la mano sobre la suya. Su piel es suave como la seda, un detalle que me sorprende bastante porque, como viajante que ha asegurado que es, debe de cazar y pescar para poderse llevar un bocado a la boca y seguramente él se encarga de arreglar cualquier desperfecto del carruaje. No tiene manos de vendedor ambulante, sino de pianista.
Los guardias, que no terminan de fiarse, se acercan un poco más.
Con suma delicadeza, sir Pruinn me cierra la mano en un puño y después lo envuelve con su otra mano.
Y en ese momento ocurre algo, una sensación, una burbuja de energía estática que parece explotar entre la palma y el dorso de mi mano y que rebota entre nosotros como si de una pelota se tratara.
Le observo detenidamente, pero él está abstraído. Con los ojos cerrados y el ceño fruncido, es la viva imagen de la concentración.
—Mi reina… —murmura mi guardia, que empieza a inquietarse.
—Silencio.
Deslizo la mirada hacia abajo, hacia mi mano. Debo reconocer que estoy asombrada y atónita, porque puedo notarlo. Sí, percibo el hormigueo de la magia en la palma de mi mano, y sé que esa magia proviene de sir Pruinn. Me da la impresión de que la magia se encoge, se infla, se rompe, como si fuesen diminutas pompas de jabón. Al explotar noto un ligero escozor, pero muy soportable.
De repente, empiezo a sentir un calor abrasador en el interior del puño y, un segundo más tarde, tengo la impresión de se está formando algo, algo pequeño al principio, pero que va agrandándose hasta que no tengo más remedio que desenroscar los dedos para dejar lugar al objeto que, por arte de magia, ha aparecido ahí.
En esta ocasión, no me molesto en disimular que estoy totalmente estupefacta. Ni siquiera soy capaz de pestañear.
Asombro, sorpresa, recelo, entusiasmo, confusión… En mi interior se desata una avalancha de sentimientos encontrados.
No puedo apartar los ojos del pergamino enrollado que estoy sujetando en la mano. Me he quedado tan pasmada que ni siquiera me había dado cuenta de que tenía la boca abierta. Ese trocito de papel parece inocuo, inofensivo, pero aun así el corazón se me acelera.
Sir Pruinn aparta las manos y, de inmediato, esa chispa mágica y magnética se apaga.
—Ahí lo tenéis, su majestad. Podéis abrirlo.
—Lo abriré yo, mi reina —se ofrece mi guardia personal, que no parece fiarse ni un pelo del hechicero.
Pero sir Pruinn niega con la cabeza.
—Debéis hacerlo vos, su majestad. De lo contrario, no funcionará.
Vacilo unos segundos, pero al final me armo de valor y desenrollo el pergamino. No es muy grande, unos tres palmos más o menos. La curiosidad me está consumiendo y me muero de ganas por averiguar qué significa todo esto.
—¿Qué es?
Al desplegar el pergamino, sir Pruinn, que también parece muy interesado, se inclina para echar un vistazo.
—Parece ser que vuestro mayor deseo se encuentra en un lugar bastante específico. Lo que tenéis entre las manos es un mapa.
Examino las líneas de ese mapa con los ojos entornados. En otra situación, le habría arrojado el mapa a la cabeza, le habría acusado de embustero y le habría sometido a un interrogatorio hasta sonsacarle qué truco había utilizado para deslizar ese pergamino en mi mano sin que me diera cuenta. Pero la magia era real, la he sentido en mis propias carnes. Además, hay algo en este pedazo de papel que me recuerda a mí, aunque no sé cómo explicarlo.
Estudio el mapa unos segundos más y, de repente, todo ese entusiasmo e ilusión se desvanecen.
—Este mapa está mal.
Orea termina en los confines del Sexto Reino, y este mapa muestra una frontera con el Séptimo Reino, así que está mal dibujado. Más allá del Sexto Reino no hay nada. Nada de nada. Los seres feéricos lo destruyeron, arrasaron con todo. Lo que antaño fue el Séptimo Reino ahora no es más que un inmenso abismo gris.
Toda esa intriga y emoción se esfuman de inmediato. Me reprendo por haber sido tan ingenua, por haber caído en la trampa, por haberme dejado engatusar por un estafador de pacotilla. Ha estado a punto de convencerme con ese ridículo juego de manos. Está claro que no está siendo mi día.
—Es evidente que ahí no voy a encontrar mi mayor deseo —digo con tono molesto y aburrido—. Este mapa no se ajusta a la realidad. Por favor, no pretendas colármelo como un mapa único en el mundo, no soy tan estúpida.
Sir Pruinn debería estar asustado o, como mínimo, inquieto. Le ha salido el tiro por la culata. Su truco de magia no ha funcionado. Podría hacer que lo fustigaran ahí mismo por ser un farsante que se ha atrevido a timar a la mismísima reina.
Suelto un extremo del pergamino, de forma que vuelve a enrollarse y lo aplasto en mi puño. Después le fulmino con mi mirada de hielo y alargo el brazo para devolverle el maldito mapa.
—El Séptimo Reino no existe. Dejó de existir hace cientos de años.
Sir Pruinn no reacciona. Esperaba que al menos se pusiera un poquito nervioso, pero en lugar de eso dibuja una sonrisita pícara y su mirada gris se ilumina con un brillo especial, el brillo de la complicidad, de la emoción de revelar un secreto. Y entonces agacha la cabeza y murmura algo que me provoca escalofríos en todo el cuerpo.
—¿Estáis segura de eso, su majestad?