Destello

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Capítulo 36

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36 Auren

El castillo de Rocablanca desprende una frialdad glacial.

Es lo primero en lo que me fijo. Después de entregarme a los diplomáticos de Midas, me han metido en un carruaje sin ventanas y me han trasladado hasta una de las puertas traseras del castillo. Sé que no es la entrada principal porque las puertas son demasiado pequeñas, demasiado austeras. Una vez fuera de esa caja claustrofóbica, me escoltan seis guardias, el número favorito de Midas.

Las paredes del pasillo parecen de hielo, pero es un espejismo, un truco visual, un juego arquitectónico. Me acerco y, al dar varios golpes con los nudillos, descubro que están hechas de ladrillos de piedra y recubiertas por una fina capa de vidrio soplado de color azul.

Cruzamos lo que a primera vista parece ser el zaguán principal del palacio. De las vigas de madera cuelgan varias banderas púrpura y en el techo distingo un entrecruzado de madera blanca en cuyo centro se distingue una ventana con forma de estrella de diez puntas.

Aparte de mis guardias, no veo a nadie más. Pasamos junto a varias estancias, pero todas están vacías y sumidas en un silencio sepulcral. Tengo los nervios a flor de piel. Noto el aliento del miedo en la nuca, el cosquilleo del temor en cada poro de mi piel. No sé ni cómo soy capaz de caminar por el palacio con tanta tranquilidad; hay momentos en los que echaría a correr y otros en los que preferiría quedarme quieta. Después de pasar por el inmenso recibidor, atravesamos un pasadizo bastante estrecho y oscuro.

El palacio es hermoso, eso es innegable. Elaboradas molduras de cristal, ventanales con grabados espléndidos, candelabros de vidrio soplado. Cada detalle de la decoración es un homenaje al hielo, cada tapiz púrpura una reverencia a los monarcas de Rocablanca.

Pero a medida que me voy adentrando en el corazón del castillo, el frío se vuelve más intenso, más gélido. Quizá sea producto de mi imaginación y esté exagerando un poco. Tal vez es la sensación que transmiten esas paredes que parecen estar cinceladas en hielo. Sea como sea, tengo la piel de gallina y mis cintas se ajustan un poco más a mi cintura, como si así pudieran proporcionarme un pelín más de calor.

Estoy a punto de reunirme con Midas.

Está aquí, en algún rincón de este majestuoso palacio, esperándome. Con solo pensarlo se me acelera el pulso. Hace semanas que no le veo. Desde que me rescató de aquel callejón, nunca habíamos pasado tanto tiempo separados.

Anhelo su familiaridad, su inestimable compañía. Estoy ansiosa por charlar con él, por explicarle qué le ocurrió a Sail, y también a Digby. Él los conocía tan bien como yo, o puede que incluso mejor, y sé que juntos podremos llorar sus muertes. Mi vida ha cambiado drásticamente desde que partí de Alta Campana, y no veo el momento de contarle todas las aventuras que he vivido.

Los guardias me conducen hacia otro pasadizo angosto y oscuro. Me extraña que no nos hayamos topado por casualidad con un criado, o una doncella o con algún miembro de la corte real. Esa planta está totalmente desierta, y eso me da mala espina. No entiendo por qué estamos dando tantos rodeos, por qué no estamos pasando por las estancias principales del castillo.

Y entonces caigo en la cuenta de algo.

«Soy un secreto.»

Hasta este momento no había vuelto a acordarme de que, cuando Midas emprendió su periplo a Rocablanca, utilizó a una montura pintada de dorado como señuelo, una astuta estratagema para hacer creer a todo el mundo que viajaba con él. Se suponía que así iba a protegerme, pero está claro que su táctica no funcionó.

El silencio de los guardias, la ausencia de una cálida bienvenida y esa ruta clandestina por ese laberinto de pasillos vacíos solo confirman mis sospechas. Quizá no fuese de dominio público que los Bandidos Rojos me habían capturado. Y puede que Midas haya preferido no divulgar la noticia de que el ejército enemigo me ha entregado como gesto de buena voluntad. Viniendo de él, tampoco me extrañaría.

Aunque no sé si estoy de acuerdo con esa forma de actuar.

Subimos una escalera de piedra bastante sobria, sin ornamentaciones, y después nos inmiscuimos por un pasillo muy estrecho y con un techo abovedado altísimo. Alzo la mirada y descubro que, en lugar de ventanas, tiene talladas varias hendiduras por las que se cuelan unos finísimos rayos de luz.

Salimos de ese entramado de pasadizos destinados al servicio porque, de repente, los guardias me guían hacia un pasillo mucho más lujoso, mucho más decorado. Una alfombra suave y esponjosa de color ciruela cubre esa inmensa galería, de punta a punta, y de las paredes cuelgan unos candelabros de plata, aunque no hay ninguna vela encendida. Los ventanales son grandiosos y las cortinas están corridas, por lo que entra mucha luz y una suave brisa invernal.

Subimos una escalera de caracol, después otra y por fin llegamos a un ala del castillo que no está completamente deshabitada.

Reconozco a los guardias reales de Midas de inmediato; hay seis en cada pared. Nos observan, pero no dicen nada.

Cuando un guardia se acerca a unos enormes e intrincados portones y golpetea la madera con los nudillos, no se me agita la respiración. Cuando una de las puertas se abre, no parpadeo. Y cuando los guardias se hacen a un lado y atravieso el umbral, no me tiemblan las piernas, ni me flaquean las fuerzas.

Sin embargo, cuando entro en ese lujoso salón, cuando veo a mi Rey Dorado por primera vez desde hace dos meses, el corazón me da un vuelco.

Alguien cierra la puerta a mis espaldas y me quedo quieta, inmóvil, en la entrada del salón. Por fin a solas. Él y yo, y nadie más.

Midas está esperándome en el centro de ese inmenso estudio privado, donde reinan las tonalidades púrpura y azul oscuro. Él es, sin lugar a dudas, la nota discordante. En mitad de ese arcoíris violáceo y cobalto, parece un halo de luz áurea, con esos ropajes tejidos en hilo dorado, esa piel bronceada, esa melena color miel. Y esa mirada cálida que me recuerda a la corteza de un nogal… Esa mirada resplandece, brilla con luz propia.

Al verme, deja escapar un suspiro corto y rasgado, como si hubiese estado conteniendo la respiración desde que se enteró de que me habían capturado.

—Preciosa.

No es más que una palabra, un murmuro apenas audible que sale de su boca, pero aun así la agonía de la incertidumbre, la preocupación que tantas semanas le ha hostigado, retumba en ese vasto salón. De repente, Midas se desmorona, se viene abajo, se rompe como un cristal al hacerse añicos. En su expresión distingo un alivio abrumador.

Al ver que me mira con esos ojos apenados pero llenos de ilusión, al oír su voz grave y profunda, yo también me rompo. Un segundo después, salgo disparada hacia él porque anhelo acurrucarme en sus brazos, acariciarle la piel, notar su aliento en mi nuca. Pero justo antes de que me lance a su abrazo, él me agarra por las muñecas y me sujeta con fuerza para que no me mueva. Me fijo en que Midas también lleva guantes, aunque los suyos están inmaculados y los míos están sucios y deshilachados.

—Preciosa —repite, pero esta vez me parece intuir la sombra de una reprimenda.

Sacudo la cabeza y me seco las lágrimas de los ojos.

—Lo siento. Lo he hecho sin pensar.

—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.

Esa pregunta tan simple, tan sencilla, desentierra un sinfín de recuerdos que había sepultado en lo más profundo de mi memoria porque me resultaban insoportables. Esas dos palabras sacan a relucir todo el miedo y dolor que sentí en esos terribles momentos. Se me vienen imágenes de Digby y Sail a la mente y, de inmediato, se me escapa una lágrima dorada.

Él abre un poco más los ojos, alarmado.

—¿Qué ha pasado? —dice, pero esta vez con tono más severo, y me zarandea un poco—. ¿Alguien te ha tocado? Dame los nombres de todos y cada uno de los insensatos que se hayan atrevido a ponerte una mano encima y haré que los quemen vivos en la hoguera para después poder pisotear sus cenizas.

La vehemencia de sus palabras me deja boquiabierta.

—¿Quién, preciosa? —insiste, y vuelve a menearme.

Enseguida pienso en el capitán Fane, pero todavía no estoy preparada para esa conversación. No estoy preparada para explicarle lo que hice. Ni siquiera sé cómo voy a contarle lo de Rissa.

—No, no es eso. Mis guardias —susurro, y niego con la cabeza—, Digby y… —Me sorbo la nariz; no quiero derrumbarme justo ahora, así que cojo aire y trato de ordenar las palabras—. Después del ataque, lo que los piratas le hicieron a Sail… fue horrible. Le asesinaron a sangre fría, delante de mí. No consigo quitarme esa imagen de la cabeza.

El dolor que siento en el pecho es tan intenso que me da la impresión de que alguien está estrujando mi corazón en su puño, clavándole los dedos para que deje de latir, para que se desangre.

—No hice nada para evitarlo. Dejé que muriera ahí, en la nieve.

La culpabilidad es una bestia retorcida y despreciable que te araña la piel y te desgarra el alma.

—Arrastraron su cadáver hasta el barco y después…

La imagen de los piratas atando a Sail a aquel mástil me abruma, me desconsuela. Estoy llorando a moco tendido y dudo que Midas esté entendiendo una sola palabra de lo que digo.

—Chist —susurra Midas, y me acaricia los brazos para intentar consolarme—. Eso ya forma parte del pasado. No le des más vueltas. Ahora estás aquí. Te prometo que nadie volverá a alejarte de mí. Jamás.

Asiento. Trato de tranquilizarme, de frenar ese torrente de lágrimas doradas que brota de mis ojos.

—Te he echado de menos.

Él me estrecha entre sus brazos y me mira como si fuese su tesoro más preciado.

—Sabías que haría todo lo que estuviera en mi mano para recuperarte.

Dibujo una sonrisa.

—Lo sabía.

Nos quedamos mirándonos en silencio durante unos instantes. Su mera presencia es como un bálsamo para mí. Midas representa ese calor hogareño que solo puede darte una familia, y a su lado me siento segura, a salvo de todos los peligros. Solo él consigue apaciguar a la bestia que habita en mi interior. Y ahora, por fin, empieza a rezagarse, a esconderse de nuevo en su madriguera, de donde nunca debió salir.

Toda la incertidumbre y ansiedad que me han hostigado durante las últimas semanas empiezan a desvanecerse poco a poco y, al fin, siento que no corro ningún peligro porque ahora sí estoy en casa. Es un alivio saber que ya no tengo que vivir en constante estado de alerta, que puedo relajarme y disfrutar de los pequeños placeres que me ofrece la vida. Suspiro y noto que mis hombros se distienden un pelín.

La mirada pardusca de Midas se suaviza, se enternece. Sus ojos son como la tierra fértil en la que hasta la semilla más vulnerable puede crecer y prosperar.

—Estás aquí, conmigo —bisbisea—. Ya no tienes de qué preocuparte.

Estoy ansiosa por acariciarle la mejilla, por acurrucarme en su pecho y oír el arrullador latido de su corazón, pero me reprimo.

Pasados unos instantes, esa mirada dulce desaparece. Con ojo crítico, me da un buen repaso de pies a cabeza.

—Estás hecha un desastre. ¿Es que no te permitían darte un baño? ¿Ni peinarte?

Me sonrojo. Ahora me siento cohibida, avergonzada. Él tan apuesto y atractivo como siempre, y yo… yo debo parecer una pordiosera a la que no se le acercaría ni un perro callejero.

Trato de lanzarle una sonrisita irónica, pero me sale demasiado forzada, poco genuina.

—Digamos que en las Tierras Áridas no había muchas termas donde disfrutar de un buen baño —bromeo, pero Midas no altera la expresión.

Doy un paso atrás y echo un vistazo a mi vestido. Las faldas están arrugadas, las costuras descoloridas y los bajos deshilachados. La tela está tan cedida, tan floja, que parece que sea dos tallas más grande de lo que en realidad es. La parte superior del corpiño está desgarrada, un recuerdo de mi asqueroso encuentro con el capitán Fane, y la espalda del abrigo también está hecha jirones. Tengo las botas llenas de arañazos, incontables agujeros en los calcetines y no quiero ni imaginar en qué estado está mi cuerpo y mi melena.

—Lo sé, estoy horrible —mascullo mientras jugueteo con la punta de mi trenza. Por suerte, todavía tengo la capucha puesta. Llevo semanas aseándome con un trapo, así que poco más se puede pedir.

—Aquí no te va a faltar de nada, preciosa. Dentro de un par de días, volverás a ser la de antes —dice él con una sonrisa tan cautivadora que me derrito por dentro—. Ahora que has vuelto, tenemos muchas cosas de las que hablar, muchas cosas por hacer.

Me conformo con solo oírle hablar. He echado tanto de menos el sonido de su voz, la ilusión con la que comparte todos sus planes y sueños conmigo…

—Nunca volveré a cometer el error de separarme de ti —promete, y lo hace con solemnidad—. Te compensaré por todos los daños que has sufrido. Lo juro.

—No te culpes. No sabías que iba a ocurrir todo esto. ¿Quién lo hubiese imaginado?

—No, pero me aseguraré de que no vuelva a pasar.

Y después de hacerme esa promesa de eterna lealtad, se encamina hacia el escritorio y se coloca detrás del sillón. Advierto un montón de cartas y misivas y pergaminos. Me acerco un poco.

—¿Recibiste mi halcón? —pregunto.

—¿Qué halcón?

Parpadeo, y me quedo callada y pensativa un par de segundos.

—Tú… Te envié un mensaje. Descubrí dónde guardaban los halcones mensajeros y me las ingenié para escabullirme de mi tienda y mandarte una carta. Te advertía de la llegada del ejército del Cuarto Reino. ¿No la recibiste?

Midas niega con la cabeza y coge la capa de monarca de pelo dorado que está colgada en el respaldo del asiento. Se la pone por encima de los hombros y después se ajusta la corona sobre la cabeza. Ni siquiera me había percatado de que estaba entre todos esos papeles del escritorio.

—Recibí un mensaje del rey Ravinger, escrito de su puño y letra. Ese cabrón alardeaba de haberte encontrado y se jactaba de haberte rescatado de los Bandidos Rojos —explica Midas, y suelta un resoplido de indignación—. Como si sus soldados fueran mejores que esos corsarios analfabetos.

—La verdad es que me han tratado bien. Mucho mejor que los piratas, desde luego —comento, y siento un escalofrío con tan solo pensar en ellos. No me arrepiento de haber matado a ese hombre. El mundo es un lugar mejor sin el capitán Fane surcando sus mares.

Midas se retoca la corona, que le había quedado un poquito torcida, y su mirada se torna oscura, siniestra.

—Me ocuparé de darles su merecido. Los Bandidos Rojos no se van a ir de rositas —dice, y la promesa le ensombrece el rostro—. Clavaré sus cuerpos en picas doradas y sus gritos atormentados se oirán en todos los rincones de la ciudad. Les condenaré a la muerte más lenta, más dolorosa. Y si alguno se atrevió a tocarte un solo pelo, pienso cortarle los dedos uno a uno. Les arrancaré los ojos por haber tenido la osadía de mirar lo que es mío, y solo mío.

Me estremezco al oír semejante amenaza.

—Hay tantas cosas que quiero contarte… —comento, con la esperanza de reconducir la situación. No quiero que nuestro primer encuentro esté manchado de reproches y amenazas. Anhelo alargar un poco más ese primer momento de cercanía, de afecto, de familiaridad.

Si hay algo que he añorado en todo este tiempo es hablar con él. Hablar con todas las letras, tal y como solíamos hacer cuando emprendimos nuestro viaje por Orea y cruzamos varios reinos como un par de nómadas, caminando de día y charlando de noche, abrazados bajo las estrellas.

—Pronto —asegura—. Ahora tengo que reunirme con ese cretino del rey Ravinger. Pero, antes, tengo un regalo para ti.

—¿Un regalo?

Midas ladea la cabeza.

—Ven.

Estoy demasiado intrigada como para no seguirle. Atravesamos dos estancias, una que parece una sala de estar y una alcoba. Echo un vistazo a mi alrededor y me fijo en el abrigo que hay tirado sobre una silla, en la chimenea, en esa cama inmensa. Para construir esas habitaciones han utilizado ladrillos de piedra gris y hierro negro, pero la decoración gira en torno a una gama preciosa de lilas, morados y púrpuras y varias tonalidades de blanco.

—Los aposentos son muy acogedores, me gustan —susurro, admirando cada detalle. Me acerco hacia el balcón para admirar las vistas mientras Midas coge un candelabro de la mesita de noche.

Sin embargo, no me da tiempo a llegar a los gigantescos ventanales. Midas enciende una vela y me hace un gesto para que le acompañe.

—Por aquí.

Me habría gustado asomarme al balcón, pero ya habrá tiempo para eso. Me doy la vuelta y le sigo hasta la siguiente habitación. Me detengo en el umbral de la puerta y, de inmediato, entiendo por qué necesitaba una vela. Ahí dentro no hay una sola ventana. Está totalmente a oscuras. Advierto el fulgor parpadeante de un farolillo en el fondo de la sala, pero parece estar tapado con algo.

Midas entra en la habitación con paso confiado, pero yo prefiero quedarme al lado de la puerta hasta acostumbrarme a esa negrura casi opaca.

—¿Qué es esto?

Vislumbro la sombra de su silueta deslizándose hacia la izquierda. Acerca la vela a la pared, como si estuviese buscando algo, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que está toqueteando un candelero colgado en la pared. Un segundo después, la vela del candelero se enciende, emitiendo un suave resplandor anaranjado.

—En teoría, es mi vestidor. Pero he hecho algunos ajustes, ya verás.

Noto el hormigueo de un mal augurio en la nuca. Midas se encamina hacia el otro lado de esa oscura habitación para encender un segundo candelero.

Y en cuanto la vela alumbra la estancia, se me hiela la sangre.

Porque ahí, construida en el centro del vestidor, yace una hermosa jaula de hierro forjado.

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