Destello
Capítulo 37
Página 41 de 47

37 Auren
Es curioso cómo el cuerpo reacciona a ciertas cosas. En mi caso, cuando veo la jaula, me rugen los oídos. Es el aullido de una ventisca invernal, un bramido tan aterrador que me paraliza por completo, y tan frío que me congela la piel, los huesos, la voluntad, el pensamiento.
No esperaba encontrarme con una nueva jaula tan pronto.
Midas se gira hacia mí con una sonrisa de satisfacción.
—La he diseñado para ti —dice, y señala la jaula con orgullo—. Sé que es un poco pequeña. Es una jaula temporal, no te preocupes. Y todavía no es de oro, por supuesto —añade, y me guiña el ojo.
El bufido de la tormenta es ahora ensordecedor. Me azota los pulmones y siento que me cuesta respirar.
De repente, advierto que algo se mueve en el interior de la jaula y doy un respingo.
—¿Qué…?
Enseguida reconozco a la persona que se está desperezando en esa cama diminuta. Es ella, la joven que Midas maquilló y disfrazó para que todos la confundieran conmigo.
Tiene el pelo un poco enmarañado porque acaba de despertarse de una siesta y su piel es como un lienzo blanco repleto de borrones dorados. Un fugaz vistazo a las sábanas basta para ver que están manchadas de esa misma pintura dorada. Esas pinceladas metálicas en la cama me hacen sospechar que ahí han retozado dos amantes, pero prefiero no decir nada.
La mujer se levanta y nos mira.
—¿Mi rey?
Su melena cae en cascada sobre sus hombros, aunque es un par de dedos más corta que la mía. Tiene unos ojos redondos color avellana, muy parecidos a los míos, y la forma de su rostro es casi idéntica a la mía. Unos labios carnosos y una silueta de reloj de arena que esconde bajo un vestido dorado.
Mi vestido dorado.
A pesar de que la pintura que le tiñe la piel y el cabello no es de la misma tonalidad áurea que la mía y a pesar de esa capa de maquillaje dorado necesita un buen retoque en las mejillas y las palmas de sus manos, ver a mi doble, a una burda copia de mi persona, ahí encerrada me pone los pelos de punta.
Midas se acerca a la jaula y deja el candelabro sobre una mesa, justo al lado de la puerta.
—Buenas noticias para ti, querida, mi preferida ha llegado —informa a la mujer.
Ella sonríe y, al hacerlo, se le forman unos divertidos hoyuelos en las mejillas. Salta a la vista que está ansiosa, quizá incluso desesperada, por salir de esa jaula. Me pregunto si se ha sentido como un pájaro al que le han cortado las alas. Me pregunto si está deseando quitarse esa capa de pintura dorada que le tiñe la piel.
Esto ha sido algo temporal para ella. Ojalá lo fuese para mí también.
Al percatarse de que la estoy observando con ávida atención, su sonrisa empieza a disiparse. Sé que no es culpa suya. No ha hecho nada para vivir recluida en esa jaula, ni para tener que maquillarse y vestirse a imagen y semejanza de la preferida del rey, pero en mi interior se remueven todo tipo de sentimientos, tan erráticos como un ciclón. Asombro, vergüenza, dolor.
Ver que mi persona puede replicarse con una simple mano de pintura y un vestido dorado, verme a mí reflejada en esa mujer disfrazada…
Osrik tenía razón. ¿La joven que ahora mismo tengo enfrente? A ojos de Midas no es más que un símbolo. Para él no es una mujer independiente, capaz de tomar sus propias decisiones y de llevar las riendas de su vida. No, para él es la encarnación de su gran poder, la viva imagen de la tan codiciada y envidiada magia que ostenta el Rey Dorado.
Se me revuelven las tripas.
—Estoy seguro de que ahora dormirás más tranquila. Bienvenida a casa, preciosa. Aquí estás a salvo —dice Midas—. Aquí nadie puede hacerte ningún daño.
Aparto los ojos de la jaula y le miro a él, a mi salvador. Me aferro a la tela de mis faldas para disimular que me tiemblan las manos.
—¿Estás lista? —pregunta.
Demasiado rápido, esto está yendo demasiado rápido.
—Midas… —empiezo, pero se me atragantan las palabras.
Se acerca a mí y entrelaza sus manos con las mías.
—Sé que te he decepcionado, Auren. Te prometí que te mantendría siempre a salvo y te he fallado. Pero te prometo que no volverá a ocurrir. Jamás —dice, y en su expresión advierto una determinación indiscutible.
Trago saliva y trato de contener ese huracán de emociones para poder expresarme con claridad. Necesito tener esa conversación con él, y no quiero esperar un segundo más.
—Esa es una de las cosas de las que quería hablarte. Ya no tengo miedo. Al menos, no como antes —empiezo, pero todavía noto el resquemor del ácido en la garganta.
Midas me mira confundido, arrugando la frente. Tengo que medir mis palabras o se va a poner hecho un basilisco. No era así como me había imaginado nuestro esperado reencuentro. Tal vez lo había idealizado. Creía que querría pasarse el día estrechándome entre sus brazos y, sin embargo, lo primero que se le ha pasado por la cabeza es encerrarme bajo llave. Pensaba que la separación serviría para acercarnos, para escucharnos, para recuperar esa complicidad perdida. Llevaba semanas fantaseando con este momento, y asumí que me pasaría horas hecha un ovillo, a su lado, mientras le narraba todas las aventuras y desventuras vividas.
Noto el peso de la decepción en el estómago, como si fuese un pedrusco áspero y rugoso que rueda por mi interior, desgarrándome las entrañas, dejándolas en carne viva. Estoy desencantada porque es evidente que nada de eso va a ocurrir.
Estamos retomando la relación tal y como la dejamos.
Suponía que, como yo había cambiado, él también lo habría hecho. Qué estúpida ingenuidad.
Tengo la impresión de que nuestros caminos se han bifurcado o, mejor dicho, de que yo me he desviado del camino que él había marcado. Necesito poder explicarle ciertas cosas porque solo así podrá alcanzarme. Quiero que volvamos a caminar de la mano pero intuyo que no va a ser tarea fácil.
—Han pasado muchísimas cosas, Midas —continúo mientras trato de apartar ese pedrusco, de empujarlo con todas mis fuerzas, como si así pudiera empujar a Midas a cambiar de rumbo y reunirse conmigo en esa bifurcación—. Sé que te cuesta creerlo y que voy a tener que esforzarme mucho para convencerte, pero… No necesito la jaula. Ya no. No la necesitamos, ni tú, ni yo.
Él me observa fijamente, con el ceño fruncido.
—¿De qué diablos estás hablando?
—De eso —respondo, y señalo la jaula con la barbilla porque no soporto mirarla. Ni a la jaula, ni a la mujer que está dentro—. No la necesitamos.
Esa expresión de perplejidad y confusión se transforma en un gesto de incredulidad y enfado.
—Por supuesto que sí. Después de todas las calamidades que has padecido, creía que te habría quedado muy claro que sí la necesitamos.
—Eso es lo que estoy tratando de decirte. Gracias a esas calamidades, sé que ya no la necesitamos —me apresuro en añadir, y separo mis manos de las suyas—. He pasado varias semanas conviviendo con ese ejército, y no ha ocurrido nada. No he sufrido ningún daño. He aprendido a cuidar de mí misma, a apañármelas sola. Me he demostrado a mí misma que no necesito la protección de esos barrotes y estoy convencida de que, cuando te explique todo lo ocurrido, tú vas a opinar lo mismo.
Dependía demasiado de esa jaula. Y una vez fuera de ella, no soportaba la idea de volver a entrar. Estaba resentida con él, y también conmigo por haberme pasado tantos años ahí enclaustrada. Se me ha quedado pequeña, y por fin me siento lo bastante fuerte como para admitirlo y decirlo en voz alta.
Midas deja escapar un suspiro exasperado mientras se frota esas cejas rubias y espesas con los dedos. Con el rabillo del ojo veo que esa burda imitación de mi persona observa la escena con gran atención.
—Auren, sé que has vivido cosas terribles, pero van a tener que esperar. Ahora debo reunirme con el rey Ravinger. Más tarde, cuando anochezca, te dejaré salir para que te des un baño y comas algo. Y entonces podremos charlar un rato a solas, ¿de acuerdo?
Niego con la cabeza y levanto las manos.
—No, no estoy de acuerdo. Escúchame, aunque solo sea un minuto…
Pero Midas no va a dar su brazo a torcer.
—No tengo tiempo para esto. Entra en la jaula.
Está actuando como el Midas de siempre; ante cualquier controversia, me interrumpe y alza la voz. Es su manera de zanjar una discusión, de hacerme sentir que él siempre tiene razón. Si pudiera conseguir que me prestara un poco de atención, que me escuchara de verdad, entonces sé que me entendería.
Soy consciente de que está sometido a mucha presión. Con el aliento del Cuarto Reino soplándole en la nuca, es lógico que esté tan nervioso. Lo último que quiero es estresarle todavía más y sé que, en el fondo, anhela recuperar el control sobre mí porque estaba muy muy preocupado. Comprendo que reaccione así, tiene sus motivos, pero… Necesito que él comprenda los míos.
Por una vez, necesito que se ponga en mi lugar.
No quiero agachar la cabeza y obedecer todas sus órdenes. No quiero dejarme amedrentar por él y conformarme con volver a mi vida anterior. Quiero cambiar las cosas, hacer borrón y cuenta nueva. Quiero empezar de cero y quiero hacerlo con buen pie. Quiero mostrarle que podemos llevar una vida distinta, una vida para la que me siento preparada, una vida que necesito vivir.
Respiro hondo en un intento de calmar los nervios.
—No tenemos que seguir viviendo así —murmuro con un tono de voz suave y cariñoso. Tal vez así consiga ablandarle un poco el corazón.
Se instala un silencio entre nosotros, aunque no es un silencio mudo. En él retumban todas las emociones que veo reflejadas en su rostro, una canción que suena a desaprobación, a discrepancia, a discusión. Y no quiero oírla.
—No necesitamos esa jaula. Confía en mí. Las cosas son distintas ahora. Yo soy distinta ahora —insisto, y me llevo una mano al corazón—. No tenemos que llevar la misma vida que llevábamos en Alta Campana —murmuro, y entonces levanto un pelín la barbilla—. De hecho, no quiero volver a esa vida.
Él se queda inmóvil. Me mira con una mezcla de asombro y estupefacción, como si fuese una completa desconocida, y puede que yo también le esté mirando así. Creo que es la primera vez que le dejo sin palabras.
Midas parpadea y, en un gesto de impotencia y hartazgo, se pasa una mano por la cara. Empieza a caminar de un lado a otro de ese minúsculo vestidor, arrastrando los talones por la alfombra púrpura que cubre el suelo.
—Imagino que has tenido que soportar situaciones muy dolorosas, y por eso estoy tratando de ser paciente contigo, pero me lo estás poniendo muy difícil —farfulla, y, de repente, se queda quieto en mitad de la habitación—. Nunca te habías comportado así.
Esa regañina me solivianta, pero tiene razón. Midas solo conoce mi lado más dócil, obediente y vulnerable y, hasta ahora, nunca me había comportado así con él.
Dos meses atrás, habría bajado la cabeza y me habría metido en la jaula sin rechistar. Ni por asomo me habría atrevido a presionarle tanto, ni habría sido tan insistente. Pero he cambiado y sé que juntos podremos lidiar con las dudas, las preocupaciones y los peligros que nos acechan.
La idea de vivir de nuevo en una jaula, y sobre todo en una tan pequeña…
Las palabras de Osrik retumban en mis oídos.
«Nunca llegaré a entender cómo coño lo soportas.»
Y es ahora, en este preciso instante, cuando me doy cuenta de que no puedo soportarlo.