Destello

Destello


Capítulo 38

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38 Auren

Echo un vistazo a la jaula.

Me fijo en cada detalle. Está hecha de hierro forjado, pero no es un trabajo fino y delicado, sino más bien hosco y robusto. Han adornado la parte superior con seis piezas metálicas en forma de espiral para darle un toque más sofisticado, pero aun así resulta escalofriante.

Desvío la mirada de nuevo hacia Midas.

—Sé que tienes prisa, que tienes asuntos muy importantes que atender y no quiero entretenerte y que llegues tarde, así que me quedaré en tus aposentos mientras tú vas a la reunión y hablaremos con más calma después.

Él me atraviesa con una mirada propia de una bestia feroz.

—No sé qué maldita mosca te ha picado, pero aquí no mandas tú, Auren. Soy tu rey, ¿recuerdas? El único que puede dar órdenes aquí soy yo, y harás lo que yo te diga.

El corazón me aporrea el pecho. He perdido toda esperanza de recuperar al antiguo Midas, el Midas benévolo y compasivo que conocí en aquel callejón. El hombre que tengo enfrente es el rey Midas, y no va a ceder.

Sin dejar de mirarme, señala la jaula con un dedo.

—No pienso irme de aquí hasta verte dentro de esa jaula. Nadie, salvo yo, tiene acceso a ella, por lo que sé que vas a estar a salvo. ¿O es que quieres que vuelvan a secuestrarte? ¿Quieres ser vulnerable?

—Claro que no.

Está nervioso, exaltado. Tiene las mejillas arreboladas y la mirada encendida. Su rostro refleja la rabia que ahora mismo está sintiendo. Está sacando a relucir ese temperamento tirano y déspota que yo estaba tratando de contener. Lo único que quería era poder tener una charla tranquila con él, poder abrirme en canal y expresarle mis inquietudes, mis anhelos, mis deseos. Pero he fracasado estrepitosamente.

—¿Me has traicionado? —me pregunta de sopetón. La pregunta me deja sin palabras.

—¿Qué?

—Ya me has oído —responde sin alterar la voz—. ¿Me… has… traicionado? —repite. Cada palabra, una frase, un mordisco.

No doy crédito a lo que estoy oyendo. Abro tanto la boca que creo que se me va a desencajar la mandíbula.

—¿Qué…? ¿Cómo puedes pensar…? ¡Por supuesto que no te he traicionado!

—¿Dejaste que esos piratas te tocaran con sus sucias manos? ¿Dejaste que el ejército del Cuarto Reino te pusiera una mano encima?

—¿Que si les dejé?

La pregunta suena como la cuerda de un arco, esa cuerda que tensas antes de lanzar la flecha. La pregunta me ha dolido y sé que él se ha dado cuenta. Y ese dolor no solo reverbera en mis palabras, sino que también se refleja en mi mirada, en mis rasgos, hasta en mi actitud.

—Está bien —responde Midas, pero su voz todavía es severa, todavía es cruel. Es la voz de un rey que espera una reacción mansa y sumisa—. Si es verdad que no me has traicionado, necesito que me lo demuestres. Entra en la jaula.

Siento el escozor de las lágrimas en los ojos y, de repente, toda mi musculatura se tensa. No está dispuesto a escucharme. Aunque esté aquí en cuerpo y alma, delante de sus narices, tratando de explicarme, no me va a escuchar porque no quiere escucharme.

Agacho la barbilla y cierro los ojos, como si no soportara ni un segundo más el peso de la intolerancia, de esa falta de empatía.

—No lo hagas, Midas. No ahora. No después de todo lo que ha pasado. Por favor.

Mi súplica desesperada no logra derrumbar su coraza de acero.

—Tiene que ser así, y sabes muy bien por qué. Estuviste de acuerdo.

Levanto la vista del suelo para poder mirarle directamente a los ojos.

—He cambiado de opinión.

Midas me lanza una mirada de indiferencia.

—No te he dado permiso para cambiar de opinión.

Me tambaleo y echo la cabeza hacia atrás, como si me hubiera abofeteado. El dolor es real. Midas está hecho una furia y me temo que esté a punto de perder el control. Rechina los dientes y tiene los hombros tan tensos que parece que se le hayan agarrotado. Con ese ademán soberbio y orgulloso, y con su inseparable corona de oro sobre la cabeza, añade:

—Última oportunidad. —Y esta vez utiliza un tono de voz más perverso si cabe—. Entra en la jaula, o me veré obligado a meterte a la fuerza.

Me da la sensación de que me acaba de atravesar el corazón con un puñal.

Hacía dos meses que no nos veíamos. Durante este tiempo, he temido por mi vida en incontables ocasiones. En varios momentos, llegué a creer que no sobreviviría a ese calvario.

Solo quería que Midas me dijera que estaba orgulloso de mí, que seguía enamorado de mí, que me quería por encima de todas las cosas.

Solo quería que me abrazara. Que me abrazara de verdad, apoyar la cabeza sobre su pecho y oír la hermosa cadencia de su corazón. Qué ingenua. No me ha estrechado entre sus brazos, no. De hecho, no ha tenido un solo gesto cariñoso hacia mí.

—Estoy tratando de hablar contigo, Midas. Necesito hablar —insisto, y el dolor que me oprime el pecho también se percibe en mi voz, que suena apagada, herida—. Siempre he confiado en ti. Siempre te he escuchado. Siempre te he obedecido. Por una vez, ¿podrías hacer eso mismo por mí? ¿Podrías escucharme?

Midas está tan furioso, tan encendido, tan acalorado que me sorprende que no escupa fuego por la boca.

—¿Escucharte, a ti? —me ladra—. Porque te ha ido de maravilla cuando has vivido en el mundo exterior, ¿verdad? —pregunta con tono de burla—. Cuando te encontré en ese callejón, ¿tu vida era un camino de rosas?

Un golpe bajo, desde luego. Aprieto los labios, pero no me callo.

—Sabes muy bien que no lo era.

—Exactamente.

—Pero eso era entonces —replico—. No era más que una cría, Midas. Ahora me he…

—¿Qué? ¿Te has demostrado a ti misma que no necesitas la protección de esos barrotes? —me interrumpe, y me echa en cara las palabras que he utilizado minutos antes.

Me cruzo de brazos y le lanzo una mirada desafiante.

—Sí.

Él se mofa por lo bajo. Suelta una risa socarrona y arrogante con la que pretende hacerme sentir pequeñita, indefensa y débil, tal y como ha hecho tantas veces en el pasado.

—¿Y qué me dices de la aldea de Carnith? —pregunta, y empalidezco de repente—. También creíste que podías manejártelas tú solita, ¿verdad, Auren? Y mira lo que pasó.

Tengo el corazón amoratado de tantos golpes. Los cardenales van apareciendo por todo mi cuerpo, manchas que se van tiñendo de un verde enfermizo y nauseabundo.

—Eso fue un accidente —susurro, y las lágrimas se agolpan en mis ojos y me nublan la vista.

Y entonces me arroja una mirada de absoluto desprecio.

—Dime una cosa, Auren. ¿Has tenido más accidentes durante estos meses?

—Basta —farfullo, y cierro fuerte los ojos. No quiero verle, no quiero oírle—. Siempre he hecho lo que me has pedido. Me he entregado a ti sin reservas, me he dedicado en cuerpo y alma a satisfacerte, a hacerte feliz. Te he sido leal y fiel durante más de diez años. Jamás te he reprochado nada. He sufrido, y no me he quejado. Y todo eso lo he hecho porque confío en ti. Porque te amo.

¿Cómo ha podido recriminarme justamente eso? Él sabe mejor que nadie que ese episodio de mi pasado me destruyó por completo.

No reprimo el llanto. Son lágrimas de dolor, de desconsuelo, de profundo sufrimiento. Es como si me llorara el corazón, y no los ojos.

Midas suspira, sacude la cabeza y, durante un segundo, clava la mirada en el suelo.

—Está bien. Estás cansada y muy nerviosa. Creo que te vendrá bien tumbarte en la cama y descansar un poco. Sinceramente, no te reconozco. Esta no eres tú, Auren.

—¡Esta soy yo! —grito.

Midas se queda de piedra, con los ojos como platos. Es la primera vez que le grito.

—Por fin, después de todo este tiempo, estoy empezando a ser yo misma —balbuceo entre sollozos, y me llevo una mano al corazón—. Por fin estoy empezando a decir lo que pienso, y no voy a tumbarme en la cama y hacerte creer que voy a seguir comiendo de tu mano, que voy a vivir sometida a tu intransigencia.

Midas me tenía en un pedestal, pero yo a él también. Sin embargo, no estábamos a la misma altura, por lo que era imposible mirarnos a los ojos y tratarnos de igual a igual. Él siempre ha estado por encima de mí.

Ahora, en cambio, me he puesto a su altura. Ya no soy aquella quinceañera que sucumbía a los encantos de su salvador y se dejaba embaucar con tan solo una mirada. Ahora por fin puedo mirarle con otros ojos, y no me gusta lo que veo.

—Me he rendido a tus pies, te he dado todo cuanto tengo, y aun así no tienes suficiente. Me aconsejaste que mintiera porque creías que era la forma de mantenerme a salvo, de no correr ningún peligro. Pero me engañaste, ¿verdad? No lo hiciste por mí, lo hiciste por ti —continúo, y mis palabras suenan a acusación, una acusación que llevaba tiempo guardándome, e ignorando—. No quiero seguir viviendo así, Midas.

—Eres mía —ruge él, y da un paso al frente para intimidarme.

Doy un respingo, pero no estoy dispuesta a claudicar.

—No, Midas. No soy posesión de nadie.

Él niega con la cabeza y el resplandor anaranjado que ilumina el vestidor se refleja en su corona de oro.

—Te entregaste a mí hace mucho tiempo, preciosa. No olvides cuál es tu lugar.

Mi lugar. Mi lugar está en esa jaula. En sus manos.

Mi expresión es firme, inflexible.

—No.

Silencio. Un silencio tenso y afilado, como la punta de una lanza antes de atravesar a un cervatillo. De repente, Midas se abalanza sobre mí, me agarra por la cintura y me da la vuelta. Y todo en medio segundo. Ha sido un movimiento demasiado rápido e inesperado para el que no estaba en absoluto preparada.

No quería abrazarme para ofrecerme consuelo, pero sí para dominarme como a una marioneta.

Al ver que está dispuesto a utilizar la fuerza bruta para someterme, se me encienden todas las alarmas y, de sopetón, cada desplante, cada herida abierta, cada duda ignorada, cada sentimiento enterrado salen a la luz.

Dejé que me encerrara en una cárcel.

Me rescató en un momento de mi vida en el que estaba hundida, sola y abatida. Le idealicé y creí que a su lado llevaría una vida de cuento. Pero no puedo seguir negando la realidad. Me salvó, sí, pero después me confinó en una pajarera y me obligó a aceptar todas sus condiciones, sin derecho a réplica.

Me arrastró hasta un reino helado, un reino ajeno y desconocido para mí. Se casó con una reina fría y altiva que me desprecia y aborrece.

Se folló a decenas de monturas delante de mí.

Me convirtió en un espectáculo para sus súbditos y visitantes de otros reinos.

Me encerró bajo llave en esa jaula, día sí y día también. Me utilizó.

Hay tantas cosas que he tenido que aceptar, que aguantar… No me ha quedado más alternativa que resignarme y transigir y adaptarme porque «las cosas tenían que ser así», porque «eso era lo que Midas esperaba de mí».

Nunca le paré los pies. Esos mensajes calaron hondo en mí y me convencí de que «las cosas tenían que ser así». Me engañé a mí misma porque le amaba, y porque me dejé manipular.

Llevo tanto tiempo doblegada y postrada a sus pies que había olvidado por completo que podía levantarme, ponerme derecha y caminar sola.

Qué cándida he sido. Qué tonta, qué estúpida, qué imbécil. Aprendí a desconfiar de todo el mundo, pero pensé que podía fiarme de él. Y me equivoqué. Vaya si me equivoqué.

La rabia se apodera de mí y, por fin, reacciono. Empiezo a patearle, a golpearle con los puños, a revolverme entre sus brazos, pero Midas no me suelta.

—¡Auren, para! —me espeta al oído.

—¡Suéltame!

Midas ignora mi súplica igual que ignora cada una de mis embestidas. Siento que el brazo que me rodea la cintura cada vez me oprime y me estriñe más y empiezo a quedarme sin aire en los pulmones. Si sigue apretándome con tanta fuerza, voy a asfixiarme. Poco a poco, vamos acercándonos a la jaula y, con el rabillo del ojo, veo que se palpa el bolsillo. Está buscando la llave.

Le araño los antebrazos, la cara. Apoya la mejilla en la parte trasera de mi cabeza para impedir que siga zarandeándome y para impedir que se me deslice la capucha.

—¡Com-pór-ta-te! —me ordena rechinando los dientes.

Pero no lo hago. No voy a obedecerle porque no puedo hacerlo. No puedo volver a vivir en una jaula. No puedo, no puedo, no…

Un ruido metálico. Intuyo que se le ha caído la llave al suelo.

—¡Abre la puerta! ¡Ahora! —le ordena a la mujer. Había olvidado que seguía ahí.

—¡No! —chillo con voz ahogada, pero mi ruego desesperado no logra conmoverle.

Oigo a mi doble acercarse a los barrotes para recoger la llave del suelo. Oigo que la introduce en la cerradura. Y oigo el inconfundible chasquido del candado. Esa maldita llave ha abierto la puerta de la jaula, pero también ha abierto una puerta interior tras la que se escondían emociones reprimidas, pensamientos contenidos.

Midas me empuja.

Hace apenas un segundo sentía sus brazos como dos bandas de acero sujetándome la cintura. En un abrir y cerrar de ojos, me arroja al interior de la jaula con una fuerza hercúlea y mi cuerpo termina tendido en el suelo frío y metálico de la jaula.

Lo ha hecho. Me ha metido en la jaula en contra de mi voluntad. Y va a encerrarme allí, a pesar de que le he repetido hasta la saciedad que no quiero volver ahí dentro.

Y en ese instante empiezo a gritar.

Un grito eterno, un grito ensordecedor. Un grito que repta por las paredes, que se me adhiere a la piel, que se inmiscuye por mis oídos y atiza mi fuego interior.

Es un alarido rábido, furibundo, enajenado. Un rugido de pánico. Jamás había chillado de esa manera.

—¡Fuera! —le ladra a la mujer.

Me pongo de pie de un salto, y lo hago más rápido de lo que imaginaba. Sé que no puedo perder ni un solo segundo, así que corro despavorida hacia la puerta de la jaula.

Esa réplica andante de mí también trata de huir de esa cárcel, pero sé que, si consigue salir antes que yo, Midas me cerrará la puerta en las narices, y ya no tendré escapatoria.

Y no puedo dejar que eso ocurra.

Mis cintas se desenmarañan al mismo tiempo que mi ira se desata. Las tiras de satén dorado se extienden alrededor de mi cuerpo como serpientes rabiosas y, durante una milésima de segundo, se quedan suspendidas en el aire.

Y un instante después, las veinticuatro cintas salen disparadas hacia la puerta para evitar que se cierre. Se enroscan alrededor de los barrotes y se aferran a ellos como a un clavo ardiente.

Pero la mujer está dos pasos por delante de mí y corre a toda prisa, así que alargo el brazo, mi mano toca su hombro y entonces le asesto un empujón.

Siento un ardor en la palma de la mano, como si tuviese una bola de fuego.

El cuerpecillo de esa mujer sale volando por los aires y termina estrellándose contra el muro de barrotes de hierro forjado. No puedo distraerme, así que concentro toda mi atención en las cintas, que tratan de mantener la puerta abierta. La presión que noto en la espalda es abrumadora, pero no es momento de flaquear, sino de aguantar.

Midas abre la boca y vocifera como un loco, pero no consigo entender lo que dice. Forcejeamos. Utiliza toda su fuerza bruta para intentar cerrar la puerta, pero mis cintas son más fuertes que él. Se oye un chirrido metálico. El hierro está cediendo y, de golpe y porrazo, mis cintas arrancan la puerta de las bisagras y, guiadas por un instinto animal, la arrojan directamente hacia Midas. No les falla la puntería. La puerta golpea a Midas en el pecho y lo tira al suelo.

Mis cintas se desprenden de los barrotes. Tengo la espalda adolorida por el esfuerzo que acabo de realizar. Estoy a punto de desmayarme. Ese arrebato de furia ha drenado todas mis fuerzas y no soy capaz ni de sostenerme en pie. Y justo cuando voy a desfallecer, consigo levantar una mano y sujetarme a los barrotes de la jaula. Eso no evita que me derrumbe al suelo, pero al menos amortigua un poco la caída.

Y en ese preciso instante caigo en la cuenta de algo.

La bola de fuego.

Levanto la cabeza del suelo y observo el barrote de hierro, y la mano que todavía lo está agarrando. Mi mano está al descubierto.

En algún momento se me ha escurrido el guante.

Suelto el barrote de inmediato y empiezo a alejarme, pero ya es demasiado tarde, por supuesto.

El oro ha empezado a manar de la palma de mi mano en cuanto he tocado el barrote, como sangre que sale a borbotones de una herida. Estaba demasiado enajenada como para controlarlo, demasiado asustada como para reprimirlo.

El riachuelo dorado se desliza por el barrote hasta formar un charco a mis pies. Se escurre y fluye y se extiende por el suelo de la jaula como la marea del océano. Se arrastra por cada uno de los barrotes hasta alcanzar el techo abovedado de esa monstruosidad de hierro, cubriendo cada centímetro del metal con su manto dorado.

Me doy la vuelta para gritar una advertencia, pero lo único que sale de mi boca es un lamento estrangulado.

No.

No, no, no.

Echo a correr, me tropiezo con mis cintas por el camino. Pero acercarme solo sirve para confirmar lo que ya sé de antemano. Mi palma ardía cuando empujé a esa pobre chica, pero estaba demasiado distraída como para prestarle atención.

Observo horrorizada la escultura de oro macizo en la que se ha transformado esa mujer, con la boca todavía abierta en un grito mudo. El cuerpo se ha debido de solidificar cuando la he tocado, cuando la he empujado hacia los barrotes, y por eso tiene el cuello tan estirado, como si hubiese sufrido un latigazo cervical.

Sin embargo, sus ojos… Sus ojos están cerrados en una mueca de agonía y sufrimiento, como si pudiese sentir que el oro la estaba consumiendo.

—No…

Me fallan las piernas y me derrumbo sobre mis rodillas. Libero un grito de desesperación, de impotencia.

—¡Mira lo que has hecho, Auren!

Me encojo de dolor al oír esa tremenda acusación. Volteo la cabeza y descubro que Midas ha conseguido quitarse de encima esa pesada puerta de hierro y está poniéndose en pie. Echa un vistazo a la estatua de oro y después me dedica una mirada cargada de profunda decepción, aunque también advierto la sombra de la condescendencia.

Sacude la cabeza.

—¿Lo ves? —me pregunta, y señala a la mujer—. ¿Ves por qué tienes que estar en una jaula?

Los sollozos se agolpan en mi pecho, me apalean la garganta, me pellizcan la lengua.

He matado a otra persona inocente. Esta pobre mujer no había hecho nada. Se vio forzada a suplantar mi identidad, mi persona, y acabo de asesinarla a sangre fría.

El sentimiento de culpa me invade y sacude todo mi cuerpo. No puedo dejar de temblar, de tiritar. Pero esta vez no es de frío, ni de miedo, sino de arrepentimiento.

—No pretendía… —empiezo, pero es una respuesta tan patética que solo consigo odiarme un poquito más.

¿Por qué me he dejado llevar por ese instinto animal tan salvaje? ¿Por qué la he empujado? ¿Por qué no me he dado cuenta de que había perdido el guante?

Reconozco las pisadas de las botas de Midas acercándose a mí. La llama de la vela dibuja una sombra larguísima sobre él.

Chasquea la lengua en un gesto de reprimenda y niega con la cabeza mientras contempla esa espantosa creación dorada.

—¿Lo ves, Auren? Por cosas como esta necesitas la jaula —repite una vez más, aunque su voz rechina en mis oídos como el metal cuando roza la piedra—. No solo para protegerte a ti, sino para proteger a los demás de ti.

Estoy hecha un mar de lágrimas.

Y tengo la espalda dolorida.

Llamé monstruo a Rip pero, en realidad, el monstruo soy yo. Mientras sigo ahí arrodillada frente a esa aberración, frente a ese rostro que refleja la tortura que vivió esa mujer antes de dar su último aliento, Midas me cubre la cabeza con la capucha y después deja escapar un suspiro muy muy largo.

—No pasa nada, preciosa —dice, y esta vez utiliza un tono mucho más suave—. Me encargaré de solucionarlo, te lo prometo. No te preocupes por nada.

Ahora ha adoptado una actitud más amable, más comprensiva. Su voz ya no suena tan severa, ni autoritaria, ni acusatoria. Me da una palmadita en el hombro y después me acaricia la cabeza, como si fuese una mascota herida que se conforma con una simple carantoña de su amo. Y es entonces cuando me pregunto cómo diablos he llegado a creer que en esto consistía el amor.

¿Cómo he podido mirarle a los ojos cada día durante la última década y no darme cuenta de que el brillo de mi piel era lo que le cautivaba y enamoraba, y no el amor de mi corazón? ¿Cómo he podido estar tan ciega? ¿Cómo he podido confundir la figura de un amo con la de un amante?

—Con esta pataleta de niña pequeña has debido de agotar todo tu poder —continúa él, que no deja de rumiar—. Es una lástima, porque tengo una larga lista de cosas que necesito que conviertas en oro, pero da lo mismo. Puedo esperar un poco y, mientras tanto, tú puedes reponerte y recuperar las fuerzas.

Midas continúa parloteando sobre todos los planes que tiene en mente. Parece entusiasmado con todo lo que está por venir. Ya ni siquiera le escucho. No me interesan sus planes. Me siento sola, triste y abatida. Siento el sabor ácido del desamor en la boca. Es un sabor desagradable, un sabor que me provoca náuseas.

—Lo siento. Sé que he perdido los estribos y no me gusta ponerme así contigo. ¿Ves que tenía razón? No puedes prescindir de la jaula, y acabas de comprobarlo por ti misma —dice—. Antes de que te des cuenta, ya te habrás acostumbrado de nuevo a ella, preciosa. Y todo volverá a ser como antes. No te preocupes, no estoy enfadado contigo.

La bestia agreste e indómita que habita en mi interior quiere gruñirle y arrancarle la mano con la que sigue acariciándome la cabeza de un mordisco.

—Ahora, pórtate como una buena chica y recoge las cintas. Quédate aquí quietecita mientras dure mi reunión con Ravinger. Mañana mismo arreglaremos la puerta de la jaula.

Sin embargo, lo único que oigo más allá del iracundo latido de mi corazón es el cristal agrietado, que acaba de hacerse añicos.

Midas se dispone a irse. Pisotea la puerta de la jaula, que sigue tirada en el suelo.

Me doy la vuelta y, antes de que llegue al umbral del oscuro vestidor, digo:

—Si sales por esa puerta ahora, ya puedes olvidarte de mí para siempre. No te lo perdonaré. Jamás.

Mi voz resuena en esas cuatro paredes.

Él se detiene y titubea durante unos instantes.

—Te quiero, pero no necesito tu perdón, preciosa. Lo único que necesito es tu poder.

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