Destello

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Capítulo 39

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39 El rey Midas

Una vez en el pasillo, me sacudo la túnica para que las arrugas, y cualquier rastro de ese pequeño encontronazo, desaparezcan. La tela es bastante gruesa y áspera, igual que la brisa que sopla en este castillo de hielo. En estos lares no azotan ventiscas, ni se desatan tormentas de nieve, pero da lo mismo. El frío consigue inmiscuirse por cada grieta y agujero de este palacio.

Echo un último vistazo a la puerta. Está cerrada. Es de madera maciza, casi indestructible, igual que las paredes, por lo que me resulta imposible saber si Auren sigue gritando ahí dentro. He enviado a todo un equipo de contingencia para que la vigilen, por si acaso.

Tengo los hombros todavía rígidos de la tensión y me duele la mandíbula de haberla apretado tanto. No me agrada tener que utilizar la fuerza para hacerle entender las cosas. No me agrada en absoluto.

Auren siempre ha sido una chica dócil y obediente, un alma cándida en la que podía confiar plenamente. Es una de las virtudes que siempre he admirado de ella. Esa capacidad de mostrar una actitud flexible, tolerante y maleable ante cualquier circunstancia, por muy escabrosa que pueda ser.

Auren nunca me había mirado como me ha mirado hoy, y no me ha gustado.

Sé que he perdido los papeles en el vestidor. Debería haber controlado ese mal genio, pero esa actitud tan exigente y testaruda me ha pillado desprevenido. Esperaba que volviera llorando a mis brazos, rota y temerosa; creía que estaría deseando refugiarse de nuevo tras sus barrotes, porque los dos sabemos que ahí dentro está a salvo.

Sin embargo, Auren ha vuelto… cambiada.

Pero ahora mismo no puedo permitirme el lujo de preocuparme por eso. Sé que arreglaremos este pequeño malentendido y estoy seguro de que, tarde o temprano, la haré entrar en razón. Necesita tiempo, eso es todo. Soy consciente de que le he fallado, y tengo que demostrarle que a mi lado no tiene nada que temer porque la protegeré a capa y espada. Volverá a ser la misma Auren de siempre y entonces, juntos, transformaremos este castillo apagado y frígido en una obra arquitectónica de oro.

Aunque no puedo precipitarme. Todo a su debido tiempo. Los nobles de Rocablanca están empezando a impacientarse.

He apaciguado los ánimos de los aristócratas con promesas de oro, y ahora estoy en deuda con ellos. Si no cumplo con sus exigencias y les concedo lo prometido, empezarán a inquietarse y, peor aún, a rebelarse.

El afán de todos ellos es tener los bolsillos atestados de monedas y sus arcas a rebosar de riquezas. Mi anhelo, en cambio, es sentarme en el trono por clamor popular, sin objeciones, y borrar las fronteras que separan el Quinto Reino del Sexto Reino, uniendo así ambos territorios.

No solo gobernaré un reino, sino dos.

Pero antes…

Avanzo por el pasillo con rumbo fijo. Atravieso varios salones y vestíbulos hasta llegar al lugar que he elegido para reunirme con el cabrón del rey Slade Ravinger.

He ordenado a los criados que preparen el salón del trono para la ocasión, y no la sala de reuniones, ni tan siquiera la sala de guerra. Una elección calculada, por supuesto. Así negociaré el acuerdo sentado en la sede del poder, un escalón, o más de uno, por encima de él.

Le estoy mandando un mensaje muy claro. La sombra de su ejército a los pies del castillo no me amedrenta en lo más mínimo, y ni siquiera su fastuosa exhibición de poder mágico ha conseguido que me tiemble el pulso. Ahora soy el rey en funciones de Rocablanca y sus estrategias intimidatorias no van a funcionar conmigo.

Después de varios años tramando y urdiendo este plan, por fin todo empieza a encajar.

Pero antes tengo que purgar la podredumbre.

Me sigue un séquito de guardias, una procesión dorada en un castillo de cristal, hierro y piedra. Será mucho más majestuoso e imponente cuando sea de oro. Auren tardará semanas, puede que incluso meses, en conseguirlo. Serán jornadas extenuantes. El esfuerzo agotará su poder cada día, pero merecerá la pena.

El oro siempre merece la pena. Cueste lo que cueste.

Entro en el salón del trono pensando que Ravinger y sus hombres ya estarán ahí, esperándome. Sin embargo, las únicas personas que se han dignado a acudir puntualmente a la reunión son varios guardias de Fulke y otros tantos míos, que custodian esa sala vacía desde las paredes.

Tuerzo el gesto, molesto ante esa clara falta de respeto, y atravieso el inmenso salón.

Los cristales azules que decoran los candelabros que cuelgan del techo bañan el suelo con riachuelos color cobalto. Detrás del trono se alzan unos enormes ventanales, aunque están cubiertos por una capa de escarcha bastante gruesa.

Intuyo que no es casualidad, sino que diseñaron el salón así para que la luz se colara justamente por ahí y así iluminara al monarca elegido y bendecido por el Divino. O para deslumbrar a los súbditos que se postren ante el rey, pues la luz es cegadora.

Cuando por fin llego al otro extremo de la sala y subo la tarima de mármol blanco, me doy la vuelta y me acomodo en el trono. Está esculpido en peltre y hierro y ostenta una amatista preciosa en el centro del respaldo. Solo una, pero ya he hablado con un herrero para que añada cinco gemas más.

El seis es mi número predilecto, y el número que debería imperar en todos los reinos.

Mi consejero jefe, Odo, aparece de repente. Sus andares son afanosos y, a juzgar por su expresión, está muy ajetreado. Le pisan los talones unos cuantos asesores más, la mitad contratados a dedo por mí, la otra mitad elegidos por el ya fallecido rey Fulke. Algunos son conservadores y todavía se muestran reticentes a unirse a mi causa, sobre todo porque el heredero de Fulke, Niven, es una opción que se resisten a descartar. Están preparando al muchacho para que ascienda al trono cuando cumpla la mayoría de edad.

Por desgracia para él, eso no va a ocurrir. No ascenderá al trono, y tampoco cumplirá la mayoría de edad. Una lenidad, en verdad. Se ve a una legua que ese joven no está hecho para gobernar.

Sentado en el trono y con la mirada fija en la puerta de entrada, tamborileo los dedos sobre el reposabrazos de peltre seis veces. Una pausa. Y seis tamborileos más.

Con cada minuto que pasa, mi impaciencia se va transformando en indignación. Y la indignación es la piedra angular sobre la que se sustenta mi ira.

Mis asesores toman asiento en el banco situado a la izquierda, justo detrás de la balaustrada que se construyó para separar a los nobles de los plebeyos. El séquito que acompañe a Ravinger, sin embargo, tendrá que quedarse de pie en la zona destinada a los plebeyos.

Otra de mis elecciones calculadas.

Los minutos van pasando. Sigo esperando, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos. Mi paciencia está empezando a agotarse. Esperar me saca de quicio.

Mis guardias están bien entrenados, por lo que permanecen firmes e inmóviles y no muestran un ápice de nerviosismo. Mis asesores, en cambio, están inquietos. Murmuran entre sí, resoplan, tosen, se revuelven en el asiento. Todos esos ruiditos me irritan sobremanera.

Aun así, no es momento de mostrar mi mal genio, así que sigo esperando. Me fijo en la luz que reflejan los candelabros azules y me doy cuenta de que los riachuelos que fluían por las baldosas de mármol han cambiado su cauce, y ahora serpentean unos centímetros más allá.

—¿Dónde está? —pregunto, y ni me molesto en disimular mi enfado. Las palabras resuenan en ese salón gigantesco.

Odo se levanta del banco de un salto. De los bolsillos de su abrigo asoman varios pergaminos, plumas y tinteros, para tomar notas. Eso si el cabrón de Ravinger se digna a presentarse, claro.

—Voy a averiguar qué ocurre, mi rey.

—Date prisa.

Él asiente. A pesar de la calvicie, aún mantiene una aureola de cabellos grises alrededor de la cabeza, como si llevase una corona plomiza. Odo se escabulle por la puerta trasera. La exasperación y el enfado empiezan a reflejarse en mi postura. Como si de un tic nervioso se tratara, no puedo dejar de menear la pierna izquierda. Cualquiera diría que he sufrido un calambre, o algo parecido.

Todo forma parte de un juego psicológico, lo sé. No soy el único que utiliza esta clase de estratagemas con el enemigo. Aun así, me molesta porque ahora mismo podría estar en mis aposentos, consolando a Auren, ayudándola a instalarse en su nuevo hogar.

No consigo quitarme de la cabeza el rencor con el que me gritaba, con el que me miraba. Era como un dragón escupiendo fuego. Nunca. Nunca la había visto así.

Pero no me ha gustado.

No estoy seguro de qué le ha ocurrido, ni sé las calamidades que ha tenido que soportar durante las semanas que no ha gozado de mi protección. Pero lo averiguaré. Interrogaré a los guardias, a las monturas, a todo el mundo. Quiero conocer hasta el último detalle, por insignificante que sea. Y después me vengaré.

Empezaré por los Bandidos Rojos. Estuvo en ese repugnante barco pirata apenas unas horas, pero me aseguraré de que paguen por cada segundo que la tuvieron a bordo.

El rey Ravinger, en cambio… Eso es harina de otro costal. Viajó con su ejército días, semanas. No es de extrañar que haya llegado tan desorientada y de tan mal humor.

Tamborileo los dedos seis veces.

De buena voluntad. Me ha devuelto a mi preferida de buena voluntad. Debo reconocer que no creí que fuese a hacerlo, la verdad. Le quise poner a prueba y, visto lo visto, no la ha superado. Era lo que más me preocupaba, pero el rey Ravinger ha demostrado que no tiene ni la más mínima idea de quién es Auren. De qué es. De lo que es capaz de hacer.

En cuanto me enteré de que había accedido a entregármela sin exigir nada a cambio, respiré tranquilo. Esas semanas de incertidumbre me estaban matando, para qué engañarnos.

Mientras ese secreto no salga a la luz, todo lo demás tiene solución.

Dibujo una sonrisa de satisfacción.

Qué tipo tan estúpido. Me ha entregado el tesoro más valioso de toda Orea, y gratis.

Oh, cómo me encantaría reírme de él en su propia cara, solo para restregárselo.

Pero mantener el secreto es mucho más importante que alardear de él. Y por eso he aprendido a regodearme en privado. Cada vez que Auren convierte algo en oro porque así se lo ordeno, me regodeo. Cada vez que alguien se maravilla ante mi asombroso poder, o se dirige a mí como el Rey Dorado, me regodeo.

He conseguido engañar a toda Orea.

Y ahora tengo la oportunidad de gobernar dos reinos, de reclamar dos tronos, de ostentar dos coronas. Es una oportunidad única que no puedo desaprovechar, y de ahí que esta reunión sea de vital importancia, porque de ella depende que pueda seguir siendo así.

Eso si la maldita reunión llega a celebrarse, claro. Vuelvo a tamborilear los dedos, nervioso.

Seis minutos más. Le doy a ese cabrón seis minutos más. Si no se presenta, bajaré hasta su condenado campamento militar y lo sacaré a rastras de su tienda.

Nadie se atreve a hacerme esperar.

Cuento los segundos con la punta de los dedos. Un minuto. Dos. Tres minutos. Cuatro. Cinco. Seis minutos. La gota que colma el vaso. Estoy furioso. La rabia que me inunda el pecho es espesa, como una mucosidad viscosa que me impide respirar con normalidad.

Me levanto del trono, tenso y rígido, y con expresión de hastío y profundo enojo.

—Iré a buscar a ese canalla yo mismo —ladro.

Y justo cuando me dispongo a bajar el primer escalón de la tarima de mármol, la puerta del salón del trono se abre de par en par, como si la hubiera abierto el violento soplido de un vendaval, y golpea con fuerza la pared.

Oigo los pasos de tres pares de botas. No, cuatro. Uno de ellos es más sigiloso que el resto, y por eso me ha costado distinguir sus pisadas. Todos van ataviados con esa tétrica armadura negra y ni siquiera se han dignado a quitarse el casco, pero, aunque no pueda ver sus rostros, destilan arrogancia por los cuatro costados.

El soldado con esos andares tan silenciosos es menudo, tanto en altura como en corpulencia. Pero el que le sigue es una mole descomunal, una bestia salvaje que, sin lugar a dudas, el rey Ravinger debió de elegir como guardia personal por su tamaño sobrehumano.

El tercer soldado parece ser de estatura media. Luce la misma armadura negra, las mismas tiras de cuero, la misma rama retorcida en la empuñadura de su espada.

Los emblemas del Cuarto Reino están esculpidos en el peto de la armadura, justo a la altura del pecho: un árbol desprovisto de hojas, con cuatro ramas retorcidas y nudosas y unas raíces repletas de espinas afiladas.

Frunzo el ceño al reconocer al último miembro de ese cuarteto tan variopinto. Se acerca a la tarima con paso firme, decidido. De él sí he oído hablar.

Es el comandante del ejército.

Da la impresión de que las espinas afiladas del emblema grabado en su armadura han cobrado vida en él, porque de sus antebrazos y espalda sobresalen unas púas negras que parecen aguijones siniestros sacados del mismísimo infierno.

Es un mensaje andante y, según cuentan las malas lenguas, un monstruo ideado y creado por el mismísimo Ravinger. El rey corrompió a su comandante y lo transformó en un engendro salvaje que siembra el miedo allá donde va.

Él es la personificación de las espinas sádicas que recubren las raíces de ese árbol retorcido.

Los cuatro soldados se detienen delante de la tarima, todos con la misma postura: piernas un pelín abiertas, pies separados, brazos sueltos a los lados y mirada al frente. Ninguno dice nada.

El silencio es sepulcral. Si se cayera un alfiler al suelo, lo oiría.

De pronto, me parece oír un caminar lento, tranquilo, relajado.

Desvío la mirada hacia la puerta. Es el rey Ravinger, que acaba de entrar en el salón.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensan, pese a que trato de aparentar indiferencia y serenidad. Camina siguiendo la misma cadencia con que yo tamborileaba los dedos.

Con ademán estoico y calmado, cruza el salón del trono como si él fuese a proclamarse rey, como si él fuese a conquistar este reino, y no yo.

Escudriño cada uno de sus movimientos, examino cada gesto, analizo cada detalle. Es la primera vez que veo al infame Rey Podrido en persona.

No luce las vestimentas lujosas propias de un monarca, sino ese traje de cuero negro y marrón, el mismo que llevan sus soldados. Sin embargo, él no se ha enfundado esa lúgubre armadura y ha tenido la decencia de presentarse a cara descubierta, sin el casco. Advierto una serie de líneas tatuadas que asoman por su cuello y se extienden por su mandíbula y mejillas. No. No son tatuajes.

A medida que se va acercando, caigo en la cuenta de que las líneas están debajo de su piel, y no dibujadas encima. Se asemejan a un entramado de venas, aunque son tan oscuras como las plumas de un cuervo. Una rápida ojeada al resto de su cuerpo basta para confirmar mis sospechas. Esas extrañas líneas negras también recorren sus manos y se entrelazan por sus dedos. Es como si le hubieran incrustado los tallos ennegrecidos de una planta marchita en la piel.

Le miro a él, y después a su comandante. Las raíces y las espinas.

No me percato de que sigo de pie hasta que el rey se planta junto a sus guardias. Entonces me dejo caer sobre el trono, aunque ese detalle es irrelevante porque el muy cretino continúa avanzando, sube los peldaños de la tarima de mármol y se coloca justo delante de mí.

Mis soldados se tensan y, como si pudieran oler el peligro, adoptan una actitud más defensiva. Los suyos, en cambio, ni se inmutan.

Estoy tan furioso que me hierve la sangre.

Debería ser yo, y no él, quien pudiera mirarle por encima del hombro, quien estuviese por encima de él. Pero al sentarme en el trono y él encaramarse a la tarima ha acabado ocurriendo justo lo contrario.

Me aplasta con esa mirada verde y esa palidez grisácea y enfermiza. A pesar de que sus rasgos bien podrían ser los de un anciano enclenque, ese hombre transmite una fuerza hercúlea, una vigorosidad impetuosa.

—Rey Midas, si quisiera mentirte, te diría que es todo un placer conocerte, pero me temo que hoy el tiempo apremia y no podemos perder ni un segundo en formalidades absurdas.

Vuelvo a ponerme de pie para no tener que levantar la vista para hablar con él. El muy necio tiene la desfachatez de sonreír con altanería y soberbia.

Tiene la corona un poco torcida, como si ni se hubiera molestado en mirarse al espejo al ponérsela. La corona está formada por varias ramas enredadas entre sí y, en la parte superior, asoman unas espinas que pretenden parecer chapiteles. Es una corona vulgar, sin ninguna ornamentación. Un objeto hosco y áspero y retorcido, igual que su poder mágico de putrefacción.

Le observo con frialdad, sin mostrar ninguna clase de emoción. Y mi tono de voz suena igual de gélido y distante.

—Llegas tarde.

Él mira a su alrededor con aire perezoso, despreocupado.

—¿En serio? Vaya, qué lástima. No pretendía hacerte esperar.

La forma en que lo dice despeja todas mis dudas. Le importa bien poco haber llegado tarde.

—¿Qué te parece si empezamos? —pregunta, como si tuviese el derecho de dirigir la reunión.

Sin esperar una respuesta, se da media vuelta, desciende los peldaños de la tarima y se encamina hacia la puerta que hay al fondo. Sus cuatro guardias personales le siguen sin rechistar. Me quedo estupefacto, sin palabras. Ni siquiera soy capaz de pestañear.

Odo aparece de sopetón. Llega jadeando, como si hubiese estado corriendo por los pasillos del castillo.

—Parece ser que el rey Ravinger ha llegado a palacio y está de camino a la sala de reuniones, señor.

—Obviamente —contesto.

Me dirijo hacia la puerta de la sala de reuniones como un miura y atravieso el umbral seguido de mis guardias y asesores reales. Al entrar tengo que pellizcarme para asegurarme de que lo que estoy viendo es real, y no una pesadilla.

Ravinger ha decidido motu proprio que va a ser él quien presida esa mesa larguísima. Sus guardias, que más bien parecen un muro amenazante y silencioso, se han colocado detrás de él.

La osadía y cara dura de ese tipo me desquician. Respiro hondo y recurro a todas las estrategias que, como rey, he tenido que aprender para camuflar las emociones y no revelar mis verdaderos pensamientos. Aun así, el tic de mi mandíbula me delata.

Para colmo, el cabrón de Ravinger se ha dado cuenta. Se acomoda en el asiento con una sonrisita engreída pegada en los labios, como diciendo «ahora te toca a ti».

Mis asesores se miran con el rabillo del ojo. Están demasiado nerviosos. Rodeo la mesa y me dirijo hacia la otra punta, para presidir la mesa desde el otro extremo. Maldito sea él y el Divino, me da igual que estemos a veinticinco metros de distancia. Me niego a sentarme a su lado, como si fuese inferior a él.

Tomo asiento y mis soldados se apresuran en colocarse detrás de mí, con la espalda apoyada en esa pared forrada con papel de color ciruela. La luz es un poco más tenue en esta sala. Solo hay una ventana, justo a mi izquierda, y los cristales están cubiertos de escarcha.

No estoy dispuesto a dejarme humillar y pisotear una sola vez más por él, así que decido tomar la delantera y hablar primero.

—Parece ser que tenemos un problema, rey Ravinger.

Asiente con la cabeza.

—En eso estamos de acuerdo.

Lleva razón. Quizá sea en lo único en lo que estemos de acuerdo.

—Enviaste cadáveres descompuestos a mis fronteras.

Esa sonrisita arrogante otra vez.

—¿Te importaría ser más concreto? ¿A qué fronteras te refieres? Según tengo entendido, has ampliado las fronteras de tu reino, y ando un poco desubicado.

Doy unos golpecitos en el reposabrazos de mi asiento para no perder los papeles.

—Mis fronteras en el Sexto Reino, como bien sabes. En Rocablanca solo soy el rey en funciones, hasta que el heredero de Fulke cumpla la mayoría de edad.

Su mirada verde resplandece.

—Ya. Claro.

Ese retintín y ese semblante incrédulo e irónico me sacan de mis casillas, pero sé que debo controlarme.

Ravinger apoya los codos sobre la mesa y se inclina hacia delante. Las líneas que tiene en el cuello y en la cara son perturbadoras. Por un momento, me parece ver que se mueven, igual que las grietas de putrefacción serpenteaban por la nieve mientras él exhibía ante todo el mundo su asqueroso poder mágico.

—Si pretendes oír una disculpa formal por mi parte, siento informarte de que no la vas a tener —contesta—. Ni siquiera eran tus soldados, eran miembros del ejército del Quinto Reino. Aun así, consideré que lo más sensato era devolver a los hombres caídos en combate, y dado que forjaste una alianza con Fulke, no pensé que fuese a molestarte, la verdad. No quería que te llevaras una impresión equivocada, rey Midas.

—¿Qué impresión?

—Que puedes declararme la guerra —responde, sin rodeos. Sus palabras suenan como un golpe encima de la mesa, y eso que no ha alzado la voz.

—Permíteme que te recuerde que no te he declarado la guerra. El Sexto Reino no tiene conflictos con el Cuarto.

Ravinger levanta una mano y echa un vistazo al salón.

—Y, sin embargo, aquí estamos, en el Quinto Reino, tratando de buscar una solución a un conflicto.

Ojalá pudiese agarrar a ese miserable por el pescuezo. Ojalá pudiera retorcerle el cuello y reventarle esas venas putrefactas. Ojalá pudiese estrangularle aquí mismo, en esta misma mesa.

—El rey Fulke fue condenado por sus imprudentes y desatinadas decisiones —respondo. Debo controlar el temperamento. Alterarse no servirá de nada—. A menos que quieras asesinar a un muchacho inocente por los pecados de su padre, el Quinto Reino ya no supone una amenaza para ti. No es un enemigo que batir. Fue un ataque de última hora de un rey excéntrico que ya está muerto. Y yo no tuve nada que ver con eso.

—Tengo informes que aseguran lo contrario.

Todo ese sarcasmo previo desaparece de un plumazo. Su expresión ya no es divertida, sino oscura. Perversa. Letal. Con ese simple gesto, recuerdo que el hombre con quien estoy negociando no es un tipo cualquiera, sino un ser muy poderoso. Y él va a asegurarse de que no vuelva a olvidarlo.

Noto un hormigueo frío en la nuca y se me eriza la piel.

—Tus informes son erróneos —respondo con voz férrea. Querría mirar hacia otro lado, pero no me atrevo. Uno jamás debe apartar la mirada de un depredador.

—Erróneos.

No es una pregunta, sino una exigencia. Quiere que se lo demuestre.

Extiendo los brazos hacia los lados, un gesto tranquilo de un rey bondadoso y caritativo.

—Estoy convencido de que podemos llegar a un acuerdo. No quiero solucionar este asunto en el campo de batalla, rey Ravinger.

—Qué pena, porque mi ejército está preparado y a la espera de recibir órdenes para atacar Rocablanca y, como bien has dicho, tú eres el rey en funciones —contesta él.

Las líneas negras que tiene en la cara me recuerdan a la pintura de guerra, marcas de violencia y sadismo creadas por esa magia maléfica—. Los hechos son muy claros. Las tropas del Quinto Reino invadieron mi frontera, y no puedo dejar que se vayan de rositas. Alguien debe asumir las consecuencias y pagar por los crímenes cometidos.

Empiezo a angustiarme. La negociación está tomando un cariz que me perturba. Me siento rodeado por un halo de púas que amenaza con atravesarme la piel.

Estoy cerca. Estoy muy cerca de apoderarme de este reino, de conquistar este trono. No puedo permitirme librar esta batalla porque sé que perdería.

—Hay quien asegura que existen informes que indican que te has adentrado en territorios que no te pertenecen, que has traspasado fronteras sin pedir ningún tipo de permiso. Tal vez por eso Fulke decidió mover ficha. Quizá fuese un ataque preventivo, para proteger sus fronteras —comento, aunque trato de ser cauteloso.

Ravinger sonríe de oreja a oreja, pero lo que dibuja no es una sonrisa, ni por asomo. Me está enseñando los dientes, como si fuese un lobo. Solo le falta gruñir.

Se inclina sobre la mesa.

—Demuéstramelo.

Aunque no logro distinguir su mirada tras ese armazón negro, sé que sus cuatro soldados no me quitan el ojo de encima. Examinan cada uno de mis movimientos y analizan todas mis palabras. Echo un vistazo al comandante, el que parece un erizo, y no puedo evitar fijarme en su armadura. Quien fuese que diseñara ese traje de protección no tuvo en cuenta conceptos tan básicos y fundamentales como la estética o la armonía. Es un arma en sí misma. Impone, igual que los demás, y también posee un aura siniestra y despiadada. Su presencia aquí tiene un objetivo muy claro: recordarme la clase de ejército que ha formado filas ahí fuera.

Deslizo la mirada de nuevo hacia el rey.

—Como bien he dicho, no pretendo solucionar este asunto en el campo de batalla.

—Entonces mucho me temo que estamos en un callejón sin salida —replica Ravinger, y se encoge de hombros, como si librar una guerra fuese una nimiedad, una consecuencia intrascendente.

Pensándolo bien…, para él sí es una consecuencia intrascendente. He observado a los soldados del Quinto Reino. El ejército de Ravinger arrasará este reino en un santiamén. Ni siquiera tendrá que utilizar su poder para destruir Rocablanca.

—Estoy convencido de que podemos buscar otras soluciones que no impliquen la muerte de civiles y personas inocentes —propongo con una sonrisa apaciguadora—. Una indemnización por haber atacado tu frontera, por ejemplo.

Con los codos aún sobre la mesa, Ravinger entrelaza las manos y apoya la barbilla encima.

—Soy todo oídos.

«Por fin.»

Simulo estar cavilando durante unos instantes.

—Ordena a tus tropas que se retiren de Rocablanca en son de paz, y te compensaré. Prometo reparar los daños causados con oro.

Silencio.

No musita palabra. Tampoco reacciona. Ni siquiera vislumbro el brillo de la emoción en su mirada. Por un momento incluso llego a dudar de que haya oído mi jugosa oferta.

Estoy al borde de la desesperación.

—Pon un precio, Ravinger. Pagaré con creces. Una vez que firmemos el acuerdo de paz, podrás regresar a tu reino cargado de riquezas y oro.

Pero Ravinger sigue impertérrito. No dice nada. Empiezo a sudar.

Está jugando conmigo. Intimidándome. Tratándome como si fuese mejor que yo. Alardeando de su poder. Es lo que lleva haciendo desde que ha llegado.

Ha colocado a todo un ejército a las puertas del Quinto Reino y su entrada en la ciudad de Rocablanca no puede definirse de otra manera que como triunfal, haciendo gala del poder que atesora. He estado estudiando a sus soldados, y no parecen estar descontentos o agotados, y eso que han cruzado las malditas Tierras Áridas, un páramo inhóspito del que muy pocos logran salir con vida.

Y no han tomado ningún atajo, sino más bien lo contrario. Han tomado el camino más largo, lo cual todavía no logro comprender. Han bordeado el paso de montaña, donde les estaba esperando un contingente que yo mismo había enviado para obligarles a desviarse del camino. Por no mencionar que los soldados que mandé para que se infiltraran en el campamento y rescataran a Auren nunca regresaron. Y tengo el presentimiento de que no volveré a verlos.

Pero Ravinger es un ser insaciable, y no ha tenido suficiente con eso. Después ha presumido de su magia delante de toda la ciudad, dejando que la podredumbre se extendiera por el suelo. Una advertencia, una amenaza para amedrentar a todos los espectadores.

No ha dejado de mostrar esa actitud engreída, arrogante y presuntuosa en ningún momento, ni siquiera cuando ha entrado en el salón del trono. Ha tenido la desfachatez de subirse a la tarima de mármol y de presidir la mesa de negociaciones.

Eso es a lo que se dedica, a alardear. Porque puede hacerlo. Porque es un cabrón vanidoso y presuntuoso.

Se me está agotando la paciencia.

—¿Y bien? ¿Cuántas riquezas vas a querer, Ravinger?

—Ninguna.

Me revuelvo en la silla, anonadado.

—¿A qué te refieres con «ninguna»?

He debido de oírle mal. Todo el mundo quiere oro. Es lo único que todo monarca ansía, de hecho.

—Ya me has oído —responde él con indiferencia—. No quiero tus riquezas.

Estoy totalmente desconcertado. Empiezo a sospechar que Ravinger lo tenía todo planeado desde el principio. Ha llevado la negociación por donde él ha querido, y yo he caído en su trampa.

—¿Qué quieres entonces? —Ahora me toca a mí exigir, y no voy a andarme con eufemismos. Me está haciendo perder los nervios y quiero poner punto final a esta reunión ya.

—Quiero el Pozo de la Muerte.

Dibujo un mapa mental y tuerzo el gesto, perplejo a la par que curioso.

—¿El Pozo de la Muerte? ¿Esa franja de tierra baldía en los confines del Quinto Reino?

Él dice que sí con la cabeza.

—Esa misma.

Le lanzo una mirada de recelo.

—¿Por qué?

—Tal y como tú mismo has dicho, corren rumores de que he… estado adentrándome en territorios que no me pertenecen —dice con voz inquebrantable, y echa los hombros hacia atrás—. Para acallar esos rumores y compensar la invasión injustificada por parte del Quinto Reino a mis fronteras, ahora reclamo la propiedad de esa frontera que, como gobernante en funciones, me entregarás como gesto de buena voluntad. —Una pausa—. De lo contrario, mi ejército atacará al anochecer.

Le observo. Me observa.

En mi cabeza se agolpan toda clase de interrogantes, de dudas, de incógnitas.

Quiere el Pozo de la Muerte.

Pero ¿por qué diablos quiere el Pozo de la Muerte? Me devano los sesos tratando de recordar qué hay ahí. Hurgo en mi memoria, pero lo cierto es que no estoy muy familiarizado con la geografía del Quinto Reino.

Aun así… Estoy bastante seguro de que las tierras que separan su reino de Rocablanca son un erial yermo y estéril. Si no me falla la memoria, ahí no hay nada, salvo hielo.

¿Prefiere que le indemnice con un pedazo de hielo en mitad de la nada que con su peso en oro? Por mucho que le dé vueltas al tema, no consigo entenderlo. No tiene ni pies ni cabeza, pero presiento que no puede ser una elección al azar. Debe tener un motivo para querer hacerse con el Pozo de la Muerte, y necesito averiguar de qué se trata.

Ravinger se inclina hacia delante, y su cuerpo empieza a emanar una onda expansiva que me da mala espina. Tengo la impresión de que el ambiente se enturbia con su aura siniestra y agorera.

Ojalá pudiese meterme en esa cabecita maquiavélica y saber por qué ambiciona ese pedazo de tierra. Aunque la curiosidad me está consumiendo, no puedo preguntárselo. Así son las normas de este juego: reivindicamos lo que consideramos que merecemos, pero no revelamos qué queremos en realidad.

—El Pozo de la Muerte —repito, y en esa afirmación se intuye la sombra de una pregunta. Ravinger asiente con la cabeza otra vez.

—Cédeme por escrito el Pozo de la Muerte, rey Midas, y mi ejército abandonará Rocablanca pacíficamente.

Entorno los ojos. Tengo un mal presagio.

—¿Eso es todo, nada más?

De repente, su expresión cambia por completo. Ahora tengo ante mí a un rey misericordioso, benévolo e indulgente.

—Mis soldados llevan viajando varias semanas. Por supuesto, sé que en honor a tu reputación de rey hospitalario y generoso, nos invitarás, a mí y a mis tropas, a tu recién adquirida ciudad para que podamos descansar y, sobre todo, celebrar este acuerdo de paz.

Aprieto los labios en una fina línea. Y un carajo quiero a esa panda de desalmados como huéspedes en el castillo de Rocablanca.

—No creo que…

Pero él no me deja terminar.

—Oh, no se me ocurre mejor ocasión para festejar este histórico momento. Si no ando equivocado, vas a acoger a otro reino en este mismo palacio dentro de unas semanas, ¿verdad? Estoy seguro de que ni en tus mejores sueños hubieses imaginado compartir tal celebración no en compañía de uno, sino de dos reinos.

Me quedo petrificado.

A mis espaldas, todos mis asesores dejan de garabatear anotaciones en sus cuadernos. Ya no oigo el siseo de la pluma sobre el pergamino. Intuyo que están en estado de shock, igual que yo.

¿Cómo demonios se ha enterado de que en estos momentos hay una comitiva del Tercer Reino que viene hacia aquí?

Esbozo una sonrisa forzada, incómoda.

—Por supuesto. Tú y tu ejército sois más que bienvenidos al castillo de Rocablanca. Por favor, estáis en vuestra casa. Aquí podréis recuperaros de tan larga travesía y reponeros.

Ravinger sonríe, dejando al descubierto dos ristras de dientes afilados y relucientes más propios de un animal acostumbrado a devorar a sus presas que de un ser humano.

El escalofrío que me recorre la espalda despeja todas mis dudas. Quizá haya evitado que su ejército arrase Rocablanca y masacre a su población, pero las prisas nunca son buenas consejeras. Estaba demasiado ofuscado, demasiado obcecado con quitarme a Ravinger y sus soldados de encima. Y, al ceder a su petición y concederle ese absurdo capricho, me temo que he invitado a la verdadera amenaza a mi propia casa.

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