Destello

Destello


Capítulo 40

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40 Auren

Oro.

Una palabra con tantos matices, con tantas connotaciones, con tantas lecturas.

Hay quienes, al escucharla, piensan en riquezas. Otros, en un color. Y otros, en perfección.

Pero para mí, el oro es mi identidad. Siempre lo ha sido, desde que nací y tomé mi primer aliento.

Recuerdo que mis padres decían que brillaba con el calor de la luz. Recuerdo que me llamaban su pequeño sol.

Me pregunto qué pensarían si me vieran ahora mismo, encerrada en una habitación sin ventanas y con paredes que parecen estar hechas de hielo, atrapada en un mundo intolerante que no parece dispuesto a permitirme ser quien soy.

Camino de un lado a otro del vestidor, aunque de vez en cuando miro de reojo a esa estatua dorada. La expresión agónica de su rostro me perturba y, aunque su boca ha enmudecido para siempre, todavía puedo oír su grito desesperado.

¿Eso es lo que me depara el futuro? ¿El oro terminará por consumirme, por asfixiarme, tal y como ocurría en aquella pesadilla? ¿Y si se trataba de un sueño premonitorio?

Siento un escozor en los ojos, como si alguien me estuviera acariciando los párpados con una hoja repleta de púas. Los «¿y si?» que rondan por mi cabeza llevan horas hostigándome, acosándome.

¿Y si mi tez nunca hubiese sido dorada, sino como la de cualquier otro mortal?

¿Y si mi poder mágico nunca hubiese surgido de mis manos?

¿Y si mis cintas nunca hubiesen brotado de mi espalda?

¿Y si nunca hubiese conocido a Midas?

No puedo retroceder en el tiempo, ni cambiar el pasado. Todo eso ocurrió, y estoy aquí. En una sala minúscula y oscura, un antiguo vestidor reconvertido en mi recién estrenada pajarera. Las veinticuatro cintas de satén se arrastran por el suelo, tras de mí. La puerta está custodiada por varios guardias de Midas.

¿El lado bueno? Joder, no veo ningún lado bueno.

Agacho la mirada y observo la palma de mi mano. Está embadurnada de oro, un oro que más bien parece sangre seca. Advierto una gota dorada escurriéndose por mis dedos. Mis manos están obligadas a sostener el peso de la riqueza, un peso que me abruma, un peso que se ha convertido en un lastre, en una carga insoportable.

El poder mágico que las diosas me otorgaron al nacer es una condena. Me lo ha robado todo. No les bastó con traer a Orea a una niña de oro a la que todos miraban boquiabiertos y señalaban con el dedo. Cuando cumplí los quince años, ese oro empezó a manar de mis dedos y me transformó en una asesina. Fue también a esa edad cuando me crecieron las cintas en la espalda, convirtiéndome así en un monstruo.

Ojalá tuviese una ventana a la que asomarme y poder desahogarme. Ojalá pudiese gritarles a las estrellas que se esconden tras la luz del sol.

Pero como no tengo ninguna ventana a mano, decido descargar toda esa rabia contenida contra la puerta del vestidor.

Como una hidra, empiezo a aporrear ese inmenso portón con todas mis fuerzas. Las gotas de oro salpican la madera, se inmiscuyen por cada resquicio, por cada hendidura, y poco a poco las manchas doradas empiezan a extenderse por la superficie.

—¡Dejadme salir! —grito, mostrando los dientes y dispuesta a morder.

Midas no va a salirse con la suya, no va a encerrarme aquí como si fuese un animal. No voy a permitir que me haga esto. No pienso pasarme el resto de mi vida metida en una jaula, esperando a que me arroje migajas.

Durante todos estos años he intentado esconder mi poder mágico, ocultar mis cintas, ignorar mis propias ideas. Me he avergonzado de todo ello. Me he avergonzado de mí misma, de ser quien soy. Y Midas se ha encargado de alimentar esa vergüenza, pero estaba demasiado ciega como para verlo.

Me pasaba los días sentada y sonriendo, marchitándome bajo ese resplandor áureo. Mataba las horas tocando melodías tristes y nostálgicas con el arpa, confinada en mi jaula. Acepté esas condiciones y me resigné a vivir así el resto de mis días cuando debería haberme rebelado, debería haber luchado.

Y Midas…

Me colmaba de besos tiernos, besos tan etéreos como la caricia de una pluma. Me regalaba los oídos. Pero no es suficiente.

Ya no me conformo con ser su montura preferida.

Rip tenía razón.

Se me ha caído la venda de los ojos, una venda que yo misma me encargué de ponerme. Ahora veo las cosas con mucha más claridad, y no me gusta lo que veo.

He tomado muchas decisiones en mi vida y, durante la última década, siempre he antepuesto la felicidad y el bienestar de Midas. Pero tal y como Lu me aconsejó, ha llegado el momento de tomar las riendas de mi vida.

Ha llegado el momento de pensar en mí.

Tuve una oportunidad y la dejé escapar. Hubo alguien que me ofreció su ayuda, y cometí el error de rechazarla. Esa persona era Rip. Y por eso necesito tramar un plan. Tengo que pensar muy bien qué voy a hacer a partir de ahora porque no quiero seguir viviendo alejada y aislada del mundo real, paseándome por el pedestal de Midas como un trofeo.

Agarro el pomo de la puerta con la mano desnuda y mi magia lo convierte en oro. Tiro con fuerza, como si pudiera arrancarlo del pesado portón, pero mi esfuerzo es en vano.

—¡Dejadme salir! —chillo otra vez, pero los guardias de Midas me hacen caso omiso.

Mis cintas se extienden a mi alrededor como serpientes rabiosas a punto de atacar. Ciega de furia y cólera, las arrojo contra el portón con una fuerza hercúlea mientras continúo golpeando la madera con los puños.

Varias cintas se enredan alrededor del pomo, otras comienzan a desbaratar las bisagras, pero la mayoría apalean la puerta como si fueran hachas afiladas.

No es momento de rendirse. Es momento de luchar.

Sin embargo, el cansancio empieza a hacer mella en mis cintas, que no están acostumbradas a que las utilice tan a menudo. Pero no voy a dejar que sucumban al agotamiento, a pesar de que me duelen todos los músculos y a pesar del esfuerzo mental que tengo que realizar para controlarlas y dirigirlas a mi antojo.

Arrancaron la puerta de hierro de la jaula y sé que pueden derribar el portón de madera de esta habitación. Tienen que hacerlo, y punto.

Me embarga el pánico y la impotencia. Se me escapa un sollozo temeroso entre esos gritos de desesperación. Chillo porque esa maldita puerta no se mueve, pero también porque estoy furiosa conmigo, por ser tan débil, tan pusilánime.

Oigo las voces de los guardias al otro lado de la puerta. Y, de repente, caigo en la cuenta de que he cometido un error estúpido, un error de principiante. Me he dejado llevar por el impulso de echar la puerta abajo y no he pensado en las consecuencias. No he puesto freno al flujo de magia y, consumida por la rabia, he convertido en oro esa jodida puerta. A juzgar por las exclamaciones de sorpresa de los guardias, intuyo que también es de oro por el otro lado.

Doy un último golpe a la puerta, pero esta vez con la mano abierta.

Estoy convencida de que las cintas podrían haber destrozado la madera, pero también sé que no pueden atravesar un muro de oro macizo.

—Mierda —farfullo entre dientes. Estoy furiosa conmigo, pero sobre todo con Midas, por haberme encerrado aquí dentro bajo llave.

—Cierra ese piquito de oro y aléjate de la puerta, señorita —me ordena uno de los guardias.

El comentario me saca de quicio.

—¡Que te jodan! —replico.

De pronto, tengo un momento de lucidez, y escurro una cinta por debajo de la estrecha rendija que atisbo debajo de la puerta. Me agacho para poder deslizar todo el largo de la tira de satén. Oigo que uno de los guardias ahoga un grito.

Cierro los ojos y trato de concentrarme. La cinta repta por la superficie metálica hasta alcanzar el pomo y empieza a palpar la manilla. Pero todas mis esperanzas se van al traste cuando intento inmiscuir la punta de la cinta por la cerradura y descubro que es demasiado pequeña.

Alguien intenta agarrar la cinta, así que la aparto enseguida del picaporte y me apresuro en recuperarla por miedo a que los guardias la atrapen, hagan un nudo y la inmovilicen.

Entre jadeos, clavo la mirada en la puerta. Me provoca un rechazo absoluto, como si esa puerta fuese mi némesis.

Las cintas empiezan a temblequear. Están fatigadas, exhaustas. Las he llevado al límite, y ya no pueden más. Suelto otra retahíla de groserías porque además de enclaustrada, siento que tengo las manos atadas. Miro a mi alrededor, en busca de algo, cualquier cosa, que pueda ayudarme a salir de este maldito vestidor.

Entro en la jaula decidida a ponerla patas arriba si hace falta. Quizá mi réplica muerta guardaba algo por aquí que pueda serme útil para escapar. No tengo ni idea de qué pretendo encontrar, pero me niego a quedarme de brazos cruzados. Tengo que intentarlo.

Porque ya no hay marcha atrás. He tomado una decisión y no pienso recular. No voy a volver a vivir así.

Empiezo a hurgar en cada rincón, en cada recoveco de esa horrenda jaula, desesperada. De la palma de mi mano sigue brotando un pequeño reguero de oro líquido, como si se me hubiera cortado una vena que no deja de sangrar.

Y justo cuando estoy apartando el colchón para comprobar si la mujer había escondido algo debajo, percibo algo extraño; el cielo ha cambiado. No necesito una ventana para saber que acaba de caer la noche. El hormigueo que me recorre la piel es la prueba irrefutable de que ya ha anochecido.

En cuanto el sol se esconde tras el horizonte, mi poder mágico de convertir en oro todo lo que toco desaparece con él.

—¡Maldita sea! —grito, y asesto una patada a una bandeja de comida que tenía a los pies.

Mi magia se ha evaporado y las últimas gotas de oro empiezan a secarse en la palma de mi mano. Cierro el puño porque no quiero ver cómo ese minúsculo riachuelo metálico se funde con mi propia piel.

Con el poder que me concedieron las diosas, soy un arma andante. Pero sin él, no soy más que una mujer enfadada con veinticuatro cintas inservibles y encerrada en una habitación sin salida.

En serio, detesto a las diosas. Las aborrezco.

Me tiemblan las piernas, aunque no sé si del peso de la rabia y la impotencia o porque estoy al borde del desfallecimiento. Cada noche, mi magia se repone, se renueva, y sin ella me siento frágil, desvalida, indefensa.

Estoy a punto de desmayarme, pero, por suerte, en un último esfuerzo, mis cintas logran sujetarme. No van a aguantar mucho más. A trompicones, consigo llegar a una de las paredes de la jaula. Me agarro a los barrotes para no caerme de bruces. Estoy hecha un desastre. No recuerdo la última vez que me di un baño decente, mi melena dorada parece más bien un nido enmarañado y mis cintas no dejan de sacudirse, como si estuvieran sufriendo calambres por el cansancio.

Sin embargo, la traición de Midas es lo que me ayuda a mantenerme en pie.

Rendirme ahora es un lujo que no me puedo permitir. Reúno fuerzas y me encamino hacia la puerta de nuevo, dispuesta a aporrearla hasta perder el conocimiento. Pero en ese instante, advierto otro cambio en el ambiente. Un cambio más palpable, más oscuro y más infausto que la caída del ocaso.

Al principio es sutil, como una inhalación, como un zumbido. El aleteo de las pestañas rozando una mejilla fría, el sonido de una cerilla justo antes de prenderse.

Y entonces se oye un alarido al otro lado de la puerta.

Gritos ahogados, insultos imposibles de reproducir, chillidos. Los guardias suenan confundidos y, al principio, autoritarios, incluso déspotas. Pero esa entereza y seguridad enseguida se transforman en una súplica desesperada. Reconozco el inconfundible ruido de las espadas al ser desenvainadas y un segundo después oigo pasos apresurados y una serie de golpes que no auguran nada bueno.

Silencio.

Afino el oído. Nada.

El corazón me late a mil por hora y se me revuelve el estómago. Estoy empezando a asustarme porque no sé qué merodea detrás de esa puerta.

La manilla de la puerta se mueve. Una sola vez, como si alguien estuviese comprobando si la llave está echada. Un instante más tarde, el picaporte se desprende del metal dorado y se desintegra en minúsculos granitos de arena dorada.

La puerta se abre poco a poco. El tiempo se ralentiza y los segundos se me hacen eternos. Estoy en tensión y, de repente, atisbo una silueta cerniéndose en el umbral de la puerta, como un demonio sacado del mismísimo infierno.

La luz que ilumina el vestidor es suave y tenue, un resplandor anaranjado que apenas me permite ver un palmo más allá de mis narices. Sin embargo, reconozco a mi visitante ipso facto. Me atrevería a decir que lo reconocería incluso en la oscuridad más opaca y absoluta.

Porque su aura es casi tangible, porque hasta con los ojos cerrados percibiría su presencia.

Lo mismo ocurrió cuando estaba encaramada sobre aquel montículo de nieve. El poder que desprende ese hombre parece hundirse en el suelo y extenderse a varios kilómetros a la redonda. Noto esa misma vibración bajo mis pies. Me entran náuseas, así que me aferro a los barrotes de la jaula para mantener el equilibrio y tratar de aliviar ese repentino mareo al mismo tiempo que el rey Ravinger entra en la habitación.

Todo el aire que tenía en los pulmones se esfuma, igual que ese picaporte, y el miedo o, mejor dicho, el terror me paraliza por completo. Ni siquiera entorna los ojos al entrar, como si no necesitara adaptarse a la penumbra que reina en ese diminuto vestidor.

Quizá sea porque esa misma negrura habita en su interior.

Avanza con aire distraído, pero sé que está escudriñando cada centímetro de la sala, fijándose hasta en el detalle más insignificante. Lleva un traje de cuero negro pulcro e impoluto, una camisa con un cuello bastante subido que le cubre el cuello y una corona de ramas recubiertas de espinas en la cabeza. Las ramas parecen mustias y secas, casi petrificadas. A simple vista, parece que, una vez marchitas, las hubiera pulido para sacarles brillo.

Se detiene en las sombras, a apenas un par de metros de la jaula, pero no necesito que se acerque un paso más para saber que ahora me está escudriñando a mí.

Sus ojos son de un verde oscuro muy intenso; me recuerdan a una tupida alfombra de musgo justo antes de marchitarse y tornarse marrón. Es el color de los últimos momentos de vida antes de una muerte anunciada. De la exuberancia y la fertilidad antes de la podredumbre y la devastación.

Sin embargo, no consigo despegar la mirada de las marcas que tiene dibujadas en el rostro. Unas líneas que asoman por el cuello de la camisa y se arrastran por su mandíbula y pómulos. Parecen raíces que serpentean en busca de tierra, venas que se alimentan de un corazón corrupto y envenenado.

Las observo con detenimiento; no dejan de moverse, de retorcerse, como si por dentro de esas líneas pérfidas fluyera algo malvado, o puede que maldito.

Él permanece ahí quieto y, con sumo cuidado, echo un vistazo a la puerta. No vislumbro a ninguno de los guardias. Y no se oye absolutamente nada. El silencio que se ha instalado en los aposentos es ensordecedor.

—¿Los has matado? —pregunto entre jadeos.

Ravinger se encoge de hombros, un gesto de orgullo e indiferencia.

—Se han entrometido en mi camino.

Se me encoge el corazón. Estoy atemorizada. Ese monstruo los ha asesinado en cuestión de segundos.

—¿Sabes quién soy? —pregunta. Su voz es tan grave y profunda que retumba en el vestidor. Es estremecedora.

Trago saliva.

—El rey Ravinger.

Asiente. En mi mente empiezan a agolparse las preguntas, las dudas. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué ha venido? Pensé que había logrado escapar de él, pero una vez más he pecado de ingenua y confiada. Debería haber sospechado de ese generoso intercambio. Era demasiado sencillo, demasiado fácil.

No parece inquietarle el hecho de que el rey Midas pueda aparecer en cualquier momento y pillarle en sus aposentos. De hecho, sospecho que le encantaría tener una excusa para poder enfrentarse a él de una vez por todas.

La llama de las velas ilumina su corona de un naranja vibrante, como la luz del otoño tiñe el paisaje con ese hermoso manto color ocre. De melena negra azabache y tez ligeramente grisácea y pálida, advierto una sombra en la mandíbula. Es más joven de lo que esperaba, pero no por ello menos aterrador e imponente.

—Así que aquí es donde el rey Midas guarda a su famosa montura, a su preferida, a la muchacha que tocó y convirtió en oro. —A pesar de la distancia que nos separa y a pesar de la oscuridad, sé que me está estudiando con la mirada, que me está repasando de pies a cabeza—. Entre tú y yo, pareces un jilguero enjaulado. Y es una lástima, de verdad que lo es. Tú no deberías estar encerrada ahí dentro.

Abro los ojos como platos. El corazón me amartilla el pecho, pero esta vez no son latidos de terror, sino de decepción, de un dolor punzante y afilado. Rip le ha contado a Ravinger el apodo con el que solía dirigirse a mí. Y el modo en que Ravinger lo ha pronunciado hace que suene vulgar, casi burlón.

¿Eso es lo que ha hecho Rip? ¿Burlarse de mí cuando ha hablado con su rey?

El huracán de emociones que se desata en mi interior me empuja a gritar de nuevo, porque la única forma que tengo de desahogarme es esa, gritando. De repente, en un arrebato de orgullo y dignidad, me pongo derecha y me quito el abrigo de plumas en un abrir y cerrar de ojos. Salgo de la jaula con paso decidido y le arrojo el maldito abrigo a la cara.

—Toma. Dáselo a Rip —digo con desdén en cuanto Ravinger lo coge al vuelo—. Ya puedes decirle de mi parte que no soy su estúpido jilguero y que no va a volver a reírse de mí a mis espaldas nunca más.

Ravinger echa una ojeada a las plumas y en ese preciso instante me percato de mi error.

«Mierda.»

El frío es helador y sé que en cuestión de segundos empezaré a tiritar. Solo rezo porque Ravinger no se dé cuenta.

Ravinger parece abstraído mirando el abrigo. Unos segundos después, lo coge entre los dedos y lo levanta, como si fuese a ponerlo en un colgador, solo que no hay ningún colgador.

La luz del farolillo alumbra el abrigo y se vislumbra un brillo dorado.

Se me cae el alma a los pies.

—Pero bueno, esto sí es interesante, ¿no te parece? —ronronea.

Empalidezco al ver que le da la vuelta al abrigo, revelando así la verdad que esconde.

El forro interior reluce porque está tejido con hilo de oro.

Me mira con una sonrisa vil y nefaria, pero entonces se echa a reír, y su risa es el sonido más espeluznante que jamás he oído. La tremenda carcajada que escupe por la boca me envuelve, me inmoviliza, me aprisiona.

—Debo admitir que no me sorprendo con facilidad. Uno ya ha visto de todo en esta vida —comenta con tono socarrón mientras frota la tela dorada—. Pero esto, esto sí ha conseguido sorprenderme.

Acaricia el variopinto y caprichoso plumaje que decora los puños y la capucha con la yema de los dedos y examina las plumas doradas que, sin querer, he tocado con la palma de la mano. No conseguí frenar el avance de esa marea dorada, he ahí la prueba. Traté de contenerla, de evitar que se extendiera, pero mis esfuerzos fueron en vano. ¿Qué importa ahora? He desvelado mi secreto. Y al rey Ravinger nada más y nada menos.

Ravinger vuelve a observar la habitación, pero esta vez con más atención y curiosidad. Contempla a la mujer convertida en estatuilla de oro que tengo a mis espaldas.

—Midas es mucho más retorcido y astuto de lo que sospechaba. Y tú también.

Quizá me equivoque, pero parece entusiasmado.

—¿Qué quieres? —pregunto mientras me escabullo hacia la puerta. Me da igual que su poder pueda matarme en un santiamén, voy a intentar escapar de ahí sea como sea. Aunque al hacerlo esté poniendo en riesgo mi propia vida.

Él esboza una sonrisa desde las sombras. Con suma cautela y sigilo, camino de lado porque sé que no debo confiarme, que no puedo quitarle el ojo de encima porque es un tipo muy muy peligroso. Puede burlarse de mí todo lo que quiera, me da lo mismo.

—Es la segunda vez que oigo esa pregunta hoy —dice, y su voz…

Desvía su atención hacia mis cintas. Están arrugadas, mermadas, agotadas. Se estremecen en cuanto notan la mirada de Ravinger clavada en ellas, un temblor tímido y sutil que también percibo a lo largo de mi columna vertebral.

—Ahora todo cobra mucho más sentido. Por fin entiendo por qué está tan obsesionado contigo. Por qué tu piel es de oro. Por qué estás atrapada en una jaula dorada —dice, y mira de reojo la puerta que yace tirada en el suelo—. Aunque tal vez… no estés tan atrapada como parece.

De repente, su poder vuelve a abrumarme, a asediarme. El efecto que su magia provoca en mí es difícil de explicar; tengo la sensación de que me envuelve con unos zarcillos invisibles y trata de alcanzar el poder que habita en mi interior, como si anhelara tantearlo, evaluarlo, explorarlo. Las gotas de sudor me empapan la frente, se me revuelven las tripas y, con paso renqueante, me acerco un poco más a la puerta.

Si pudiese llegar hasta ella… Si pudiese atravesar el umbral…

Otro vahído, otro mareo incontrolable. Estoy a punto de tropezarme y caerme al suelo.

—Para —digo resollando.

Siento que en cualquier momento voy a vomitar.

De inmediato, su poder empieza a retroceder. Siento que esos zarcillos reculan y, con ellos, las líneas negras de su cara se vuelven más gruesas y oscuras, como cuando crece el caudal de un río y amenaza con desbordarse. Ahora, esas enigmáticas marcas se deslizan hasta sus pómulos.

—Te aconsejo que empieces a acostumbrarte —dice. Por lo visto, le resulta muy divertido verme ahí sudando, temblando y al borde del desfallecimiento—. No puede ser que cada vez que estemos en la misma habitación te marees y te entren ganas de vomitar.

—¿Por qué voy a tener que acostumbrarme? —pregunto nerviosa.

Vislumbro el perfil de su cuerpo. No sé qué me daría más miedo, si que se quedase oculto entre las sombras, tal y como está ahora, o verle a plena luz del día.

—Vamos a pasar una temporada juntos.

Se me eriza la piel y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Esa revelación me deja aturdida, petrificada. ¿Piensa secuestrarme? ¿Va a utilizarme, a aprovecharse de mí igual que ha hecho Midas durante todos estos años? ¿Va a abusar de mí?

—¿De qué estás hablando? —pregunto, y el miedo me quiebra la voz. Doy los últimos pasos hasta el umbral y me invade una sensación de victoria cuando mis dedos palpan el marco de la puerta. Me doy la vuelta. A mis espaldas, los aposentos de Midas. Frente a mí, el depredador que puede abalanzarse sobre mí en cualquier momento.

—Oh, ¿Midas todavía no te lo ha contado? —contesta él, que sigue ahí plantado—. Después de una ardua negociación, hemos firmado un acuerdo de paz. Un acontecimiento histórico que bien merece una celebración. Midas, como buen anfitrión, se va a encargar de todos los preparativos y ha invitado al ejército del Cuarto Reino a pasar unos días en Rocablanca y a asistir a los festejos.

Los pensamientos me desbordan, como una avalancha imparable.

Una luz de esperanza en mitad de esa tenebrosa oscuridad. Me aparto unos mechones húmedos de la cara y me aclaro la garganta.

—¿Y tu comandante? ¿También va a quedarse en palacio? —pregunto sin pensar. Y en cuanto las palabras escapan de mis labios, me arrepiento de inmediato. Me reprendo por no ser más precavida, por haberme mostrado tan interesada en Rip.

Si no se va a librar una guerra, si el ejército va a instalarse en Rocablanca…

Necesito un aliado para escapar de aquí. Es mi única esperanza.

Ravinger se ríe por lo bajo, un chirrido que me rasga los oídos, como las astillas de un tronco podrido.

—Oh, Jilguero. Antes te he preguntado si sabías quién era.

Titubeo durante unos segundos. Quiero dar un paso atrás, atravesar el umbral del vestidor, pero incluso mi pie vacila. Frunzo el ceño, confusa y desconcertada, aunque el latido de mi corazón me advierte que debería huir de ahí, huir de él.

—¿Qué?

De pronto, y sin previo aviso, su poder vuelve a vibrar, y esta vez siento que me atrapa en un puño de hierro y me ata un nudo alrededor del estómago. Sí, esta vez la sensación es distinta. No ha tratado de alcanzarme con sus zarcillos invisibles, sino que se ha lanzado sobre mí como lo haría una bestia salvaje, con las garras extendidas y de improviso.

A duras penas puedo respirar. Me retuerzo y me doblo de dolor mientras las gotas de sudor frío se deslizan por mi piel. Inhalo solo por la nariz en un intento de no vomitar, de no perder el equilibrio, de no desfallecer.

Mis manos temblorosas se aferran al marco de la puerta mientras trato de mantenerme derecha. Mis cintas, ya de por sí exánimes y abatidas, empiezan a convulsionar; se hacen un ovillo tras de mí y se zambullen entre las faldas de mi vestido, como si así pudieran esconderse de esa magia.

Esa sensación de mareo y vértigo me sobrepasa. Estoy sofocada y temo desmayarme ahí mismo, así que me recuesto en la pared y me preparo para lo peor. Y justo cuando creo que voy a perder el conocimiento, el poder se disuelve, como la sal en el mar.

Todavía entre resuellos, levanto la vista y veo con mis propios ojos cómo las raíces que se iban abriendo camino por el rostro de Ravinger empiezan a retroceder.

Se acerca a mí, emergiendo así por fin de las sombras.

A medida que esas venas se van replegando, el verdor de su mirada se va apagando, como si sus iris estuviesen absorbiendo ese poder siniestro y putrefacto.

Todo su cuerpo se estremece. Abro los ojos como platos al ver que su rostro se transforma y sus rasgos se vuelven más angulosos, más afilados, más masculinos.

Me quedo paralizada. No puedo respirar, ni siquiera puedo parpadear ante tal mutación. Los huesos de su cara parecen estrecharse hasta volverse tan finos como el filo de una espada. Las orejas empiezan a deformarse, a tornarse más puntiagudas. Y sobre esos pómulos tan marcados que parecen estar esculpidos en su rostro, aparece un reguero de escamas.

—Por el Gran Divino… —murmuro anonadada. No escondo mi asombro. La transformación que estoy presenciando es absolutamente increíble.

Unas púas le atraviesan el cuero de las mangas, a la altura de los antebrazos, y asoman por su espalda. Y así es como Ravinger despliega el ser feérico que realmente es, un ser salvaje y malvado. Todo él se transforma, hasta que lo único que queda de su horrible poder es la empalagosa presencia de un aura oscura muy muy familiar.

—Eres… Eres… —tartamudeo. No consigo articular una sola palabra porque todavía no he asimilado lo que acabo de atestiguar. Sin embargo, el peso de la traición amenaza con aplastar mi alma.

Rip mueve los hombros, como si la metamorfosis de Rey Podrido a monstruo feérico le hubiera provocado un dolor insufrible. Aunque pondría la mano en el fuego de que me ha dolido mucho más a mí que a él.

Esos iris negros que parecen haberse tragado el poder de Ravinger son la única prueba de la magia sucia y repugnante que en realidad posee.

Esa voz. Más profunda, más cruel de lo normal, pero con una nota de familiaridad. Debería haberlo sospechado. Debería habérmelo imaginado, maldita sea.

Da un paso más. Ahora está tan cerca que incluso puedo notar el ardor de su alma ennegrecida y abrasada, el aroma especiado del aliento que se evade de sus labios.

Rip y Ravinger. El ser feérico y el rey.

Aunque pueda sonar exagerado, juro que siento que me están clavando un cuchillo en la espalda una y otra vez. Solo que esta vez la traición tiene un sabor distinto, pues proviene de otro hombre.

Sí, me siento traicionada. Me engañó. Me confundió con un beso y me mintió acerca de quién es en realidad. Tal vez sea injusto teniendo en cuenta que yo también le he mentido, pero no puedo evitar sentir que haya jugado conmigo, y con mis sentimientos.

—Eres el rey Ravinger —murmuro. Suena a acusación, y así lo siento. Esas cuatro palabras retumban en mi cabeza y el eco de esa acusación resuena en mis huesos, en mi corazón.

Rip estira los labios lentamente, hasta dibujar una amplia sonrisa. Al hablar, lo hace con esa cadencia oscura y sensual, con ese ronroneo vil y perverso, con ese brillo malicioso en la mirada.

—Sí, Jilguero, lo soy. Pero puedes llamarme Slade.

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