Destello

Destello


Capítulo 3

Página 7 de 47

3 Auren

Contengo la respiración mientras escudriño la descomunal figura que se cierne sobre mí sin pestañear. Todo mi cuerpo se pone tenso, en alerta, porque estoy a punto de descubrir qué me depara el futuro y qué significa en realidad ser su prisionera.

Por mi mente pasan toda clase de ideas. Una infinidad de posibilidades que revolotean como un enjambre de moscas. Intento prepararme para lo peor.

¿Me agarrará por el pelo y me arrastrará hasta su tienda? ¿Me amenazará? ¿Me molerá a palos? ¿Me obligará a desnudarme para comprobar con sus propios ojos que toda mi piel es dorada y reluciente? ¿Me entregará a sus soldados para que hagan conmigo lo que les plazca? ¿Me encadenará? ¿Me pondrá grilletes y esposas?

No puedo permitirme el lujo de que todas esas ideas se reflejen en mi rostro. No quiero darle pistas de todos los «¿y si?» que ahora mismo están rondando por mi cabecita.

Todo ese dolor, toda esa pena, toda esa preocupación… Enrollo todos mis sentimientos como si fuesen una bobina de lana vieja, sin dejar ni una sola hebra suelta. Porque presiento que, si le muestro mi miedo, si revelo mi fragilidad a este hombre, él no dudará en coger esos hilos y tirar de ellos hasta conseguir desenredar toda la madeja.

«Entierra la debilidad y tu fortaleza saldrá a la superficie…»

Casi había olvidado esas viejas palabras. Me sorprende que me hayan venido a la cabeza justo ahora, de repente. Tal vez mi mente las tenía guardadas a buen recaudo para sacarlas cuando más necesitara oírlas.

Recuerdo el momento en que me canturrearon esas palabras al oído, en un susurro que, pese a ser sutil y silencioso, sentí más afilado que el filo de una espada.

Ahora esas palabras retumban en mis oídos y me ayudan a cuadrar los hombros y a levantar un pelín la barbilla para enfrentarme al comandante con dignidad.

Sostiene el casco bajo el brazo y tiene esa melena azabache un poco alborotada, señal de que llevaba muchas horas con él puesto. Me fijo en la palidez de su rostro, en la hilera irregular de diminutas púas que bordean esas cejas negras y pobladas. Su aura, intensa y potente, satura el aire, me envuelve la lengua en azúcar glas, obstruyéndome así todas y cada una de mis papilas gustativas.

Su aura tiene el sabor del poder.

Me pregunto cómo reaccionaría la gente si supiera lo que es en realidad. No es un mortal por cuyas venas corren remanentes mágicos que ha heredado de ancestros feéricos. No es un monstruo que el Rey Podrido haya corrompido y deformado para asustar a sus súbditos. No es un comandante al mando de un ejército de carácter cruel y desalmado, ansioso por derramar sangre en el campo de batalla y que disfrute degollando a sus enemigos.

No, el comandante es mucho más letal, mucho más pernicioso, mucho más aterrador que eso. Un ser feérico de pura sangre que se pasea por Orea a la vista de todo el mundo.

Si conociesen la verdad, ¿huirían despavoridos? ¿O se sublevarían contra él, tal y como hicieron los habitantes de Orea hace siglos? ¿Actuarían igual que sus antepasados? ¿Lo matarían para exterminar el último reducto de un linaje ancestral?

Fue una época muy oscura. Algunos seres feéricos trataron de defenderse, de resistir a los ataques del enemigo y sobrevivir, pero estaban superados en número y, a pesar de que contaban con su increíble magia, no fue suficiente. Otros, en cambio, optaron por no luchar, por dejarse vencer. No querían asesinar a personas que consideraban sus amigos, sus amantes, su familia.

Quizá hayan pasado siglos desde que Orea y Annwyn, el reino de los seres feéricos, se segregaron, pero, aun así, me sorprende que nadie lo sepa, que nadie vea quién es en realidad cuando, en mi opinión, salta a la vista.

Un fugaz vistazo al comandante Rip basta para saber que él no se quedaría de brazos cruzados. Lucharía con uñas y dientes. Se enfrentaría a toda Orea si hiciese falta, y Orea perdería.

A juzgar por la intensidad de su mirada, intuyo que no soy la única que está rumiando, que está dándole vueltas a la cabeza. Los dos nos estudiamos en silencio, nos juzgamos, nos analizamos.

La curiosidad me corroe. Me muero de ganas por averiguar cómo ha llegado el comandante Rip hasta aquí, por saber cuál es su verdadero objetivo, su meta final. ¿Es un simple perro guardián que el rey Ravinger ha contratado para que acobarde, ladre y enseñe los dientes a sus enemigos? ¿O tiene intenciones ocultas que aún no ha revelado?

Mientras examina cada centímetro de mi piel, y mientras yo hago lo mismo desde los confines del carruaje, veo que está tomando notas mentales. Tengo que hacer un esfuerzo hercúleo para no mover ni un dedo, para no encogerme bajo esa mirada profunda y penetrante.

Sus ojos se fijan en mi mejilla, hinchada y todavía roja del bofetón, y en el corte del labio; después contempla mis cintas, extendidas por todo el interior del carruaje. No me gusta ni un pelo que se interese tanto por ellas. Cada vez que las mira, siento el impulso irrefrenable de esconderlas. De no estar tan doloridas y débiles, las habría enrollado alrededor de mi torso para mantenerlas bien ocultas.

Cuando por fin termina su escrupuloso análisis, levanta esa mirada negra y siniestra y me mira directamente a los ojos. Todos los músculos de mi cuerpo se contraen. Me preparo para lo peor, porque no sé si va a sacarme del carruaje a rastras, si va a ladrarme órdenes o si va a intentar amedrentarme con crueles amenazas. Sin embargo, no hace nada de eso. Tan solo se limita a mirarme, como si estuviese esperando algo.

Si pretende que me desmorone, que me eche a llorar o que le suplique por mi vida, lo lleva claro. Me niego en rotundo a hacerlo. No pienso doblegarme, ni ceder a la presión de su escrutinio, ni romperme porque no soporto un segundo más ese silencio atronador. Si hace falta, me quedaré aquí postrada toda la maldita noche.

Por desgracia, mis tripas no parecen tener la misma tozudez ni la misma voluntad de hierro que yo porque en ese preciso instante empiezan a rugir. Cualquiera diría que me he tragado un león.

Al percibir ese sonido, el comandante entorna los ojos, como si se sintiese ofendido.

—Tienes hambre.

Si no estuviera aterrorizada, pondría los ojos en blanco.

—Pues claro que tengo hambre. Llevo metida en este carruaje todo el día y tampoco es que los Bandidos Rojos nos ofrecieran un plato caliente y generoso después de habernos capturado.

El comandante se mantiene impasible, por lo que me resulta imposible saber si ese tonito irrespetuoso le ha sorprendido en lo más mínimo.

—Parece que el Jilguero tiene un piquito de oro —murmura, y echa un vistazo a las plumas que recubren las mangas de mi abrigo.

Ese apodo me enerva y me irrita profundamente. Aprieto la mandíbula.

Hay algo en él que me saca de quicio. Aunque, después del calvario que he vivido, quizá ese algo esté en mí, y no en el comandante. Sea cual sea el motivo, la ira empieza a dominar todas mis emociones. Trato de reprimir ese impulso irracional, como quien aguanta el muelle de una trampa para ratones para evitar una tragedia, pero es imposible. No puedo controlarlo.

En lugar de alterarme, debería permanecer indiferente, imperturbable. Tengo que ser fuerte como una roca para que esa corriente marina no se me lleve por delante. Siento que estoy en el ojo del huracán, más vulnerable que nunca, y no puedo permitir que me arrastre, que me engulla.

El comandante ladea la cabeza.

—Pasarás la noche en esa tienda de ahí —dice, y señala hacia su izquierda—. Te traerán agua y comida. La letrina está en los alrededores del campamento, hacia el oeste.

Espero a que dicte más indicaciones, o amenazas, o violentas advertencias, pero no pronuncia ni una sola palabra más.

—¿Eso es todo? —pregunto, con recelo.

Inclina la cabeza como solo lo haría un pájaro, un movimiento muy característico de los seres feéricos, y advierto la punta de la púa que tiene entre los omóplatos.

—¿Qué esperabas, si puede saberse?

Estrecho los ojos.

—Eres el comandante del ejército más temido de toda Orea. Esperaba que hicieras honor a tu reputación y te comportaras como el hombre cruel y despiadado que dicen que eres.

En cuanto las palabras salen de mi boca, el comandante se inclina hacia delante y apoya los brazos en el marco de la ventanilla del carruaje, exhibiendo así las púas retorcidas que recubren sus antebrazos. Y, de repente, las escamas grises e iridiscentes que tiene a lo largo de los pómulos relucen. Emiten un destello que me recuerda al filo plateado de una espada recién pulida. Ese súbito fulgor sí me ha parecido una advertencia.

El aire que estaba inspirando se me queda atascado en el pecho, como si se hubiese transformado en un sirope viscoso y pegajoso, y me quedo sin respiración.

—Puesto que ya conoces, o eso crees, el carácter de la persona que te custodia, no voy a hacerte perder un solo minuto de tu valioso tiempo en explicaciones absurdas —dice Rip en voz baja, aunque percibo un tono punzante en cada una de las palabras—. Pareces una joven inteligente, así que supongo que no hace falta que te recuerde que no puedes marcharte. Si tomaras la estúpida decisión de escapar, morirías congelada ahí fuera. De todas formas, te encontraría.

El corazón me amartilla el pecho. Esa promesa esconde una amenaza.

«Te encontraría.»

No ha dicho que sus soldados me encontrarían, sino él. No me cabe la menor duda de que, si me atreviera a huir del campamento, no descansaría hasta dar conmigo. Me buscaría en cada rincón de las Tierras Áridas, si hiciese falta. Y sé que me encontraría. Porque esa es la suerte que tengo.

—El rey Midas te matará por haberme secuestrado —replico. Finjo ser valiente e intrépida, pero la realidad es que el cuerpo me está pidiendo a gritos que me aleje del comandante, de esa presencia abrumadora que ha llenado el interior del carruaje.

Arquea la comisura de los labios, y quedan igual de retorcidos que sus púas.

—Cuento los días para que llegue ese momento.

La arrogancia del comandante me revuelve el estómago. El problema es que sé que no es un farol; habla en serio. Incluso sin esa magia feérica, ancestral y poderosa que presiento que posee, el comandante es un guerrero de la cabeza a los pies. A juzgar por esa musculatura abultada que parece tallada en mármol y ese semblante tan sanguinario y perverso, preferiría que no se acercara a Midas.

Alguna de esas ideas ha debido de colarse por las grietas de mi estoicismo porque, de repente, el comandante se pone derecho y su expresión se transforma. En ella leo desdén, condescendencia.

—Ah, ahora lo entiendo.

—¿Entiendes el qué?

—Te preocupa lo que pueda ocurrirle a Midas, el rey captor —dice, aunque prácticamente escupe las palabras. La acusación es más afilada que la punta de sus colmillos.

Pestañeo varias veces en silencio. El odio que rezuman sus palabras es frío, glacial. Si confirmo sus sospechas, ¿utilizará mi amor por Midas para hacerme daño? Y si las desmiento, ¿me creerá?

Chasquea la lengua a modo de burla al ver que estoy angustiada, abrumada.

—Así que al Jilguero le gusta su jaula. Qué lástima.

Cierro los puños, furiosa. Lo último que necesito es que ese tipo me juzgue, me menosprecie, asuma sin el menor atisbo de duda quién soy y cuáles son mis circunstancias o que se crea con el derecho de opinar y criticar mi relación con Midas.

—Tú no me conoces.

—¿Ah, no? —replica, y su voz retumba en mis oídos—. En Orea, todo el mundo conoce a la preferida de Midas, igual que sabe que el Rey Dorado convierte en oro todo lo que toca.

Ese comentario es la gota que colma el vaso.

—Igual que todos sabemos que el Rey Podrido envía a su monstruo a hacer el trabajo sucio por él —rebato, y clavo la mirada en las púas que recubren su antebrazo.

Una reverberación siniestra sacude el aire que nos envuelve y, de inmediato, se me eriza el vello de la nuca.

—Oh, Jilguero. Ahora crees que soy un monstruo, pero todavía no has visto nada.

Esa amenaza tácita me azota como un soplo de aire árido y se me seca la boca. Tengo que andarme con mucho cuidado y ser más precavida. Si quiero salir indemne de aquí, lo más sensato será que evite cualquier contacto con él para no despertar a la fiera salvaje que lleva dentro. Pero es muy difícil elaborar un plan de antemano si no sabes a qué te atienes exactamente.

—¿Qué piensas hacer conmigo? —me arriesgo a preguntar. Albergo la esperanza de que la respuesta pueda darme alguna pista de lo que está por venir.

El comandante dibuja una sonrisa oscura e intimidatoria.

—¿No te lo había dicho? Voy a llevarte ante el captor que tanto echas de menos. Oh, será un reencuentro memorable.

Y, sin mediar más palabra, el comandante se da media vuelta y me deja ahí, sin poder replicarle con el corazón latiéndome al mismo ritmo que sus pisadas.

No sé qué sorpresa le tendrá preparada a mi rey, pero no auguro nada bueno. Midas espera la llegada de su séquito, de sus monturas y de su preferida, no la de un ejército enemigo.

Me obligo a salir del carruaje. Mis cintas se arrastran tras de mí sobre la nieve. Me embarga un sentimiento de impotencia, de resignación. Sé muy bien lo que tengo que hacer. Necesito encontrar una manera de avisar a mi rey.

Solo espero que no me cueste la vida.

Ir a la siguiente página

Report Page