Destello
Capítulo 4
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4 Auren
Uno pensaría que después de varias semanas de viaje te acostumbras a utilizar una letrina cavada en el suelo en la que hacer tus necesidades. Pero no es así. Tener que arremangarte la falda y sentarte en cuclillas sobre la nieve desmoraliza a cualquier mujer.
Así que, cuando tengo que ir a la letrina, no me entretengo, ni me duermo en los laureles. ¿El lado bueno? Que he aprendido a hacerlo sin salpicarme las botas y sin caerme de culo sobre la nieve. Ahora mismo, esas pequeñas victorias significan mucho para mí.
Por suerte, no tardo mucho en asearme. Termino mis quehaceres antes de que otros se acerquen a usar la letrina, así que al menos sé que no hay mirones observando todos y cada uno de mis movimientos. Recojo un puñado de nieve en polvo y la utilizo para lavarme las manos. Después, me pongo derecha y me seco las palmas de las manos con la tela arrugada de la falda.
Ahora que por fin he solucionado la necesidad que más me apremiaba, me froto los brazos en un intento de mitigar el frío glacial que se ha filtrado por el abrigo de plumas del capitán de los piratas y mi vestido de lana.
Echo un vistazo a mi alrededor y trato de orientarme, pero lo único que veo es el mismo paisaje que lleva días persiguiéndome. Nieve y hielo y nada más.
La inmensa extensión de las Tierras Áridas no parece acabarse nunca. Ese paisaje blanco y nevado y con la silueta de las escarpadas montañas como telón de fondo empieza a aburrirme.
El comandante Rip lleva razón. En este instante, podría fugarme y, quién sabe, quizá incluso esquivar a los soldados y a él mismo durante unas horas. Pero ¿y después qué? No tengo provisiones y dudo que pudiera encontrar un lugar donde refugiarme en este territorio tan hostil. Además, tampoco sabría qué dirección tomar, pues estoy totalmente desorientada. Ahí fuera moriría congelada.
Aun así, la línea del horizonte, una línea recta perfecta, parece burlarse de mí; me tienta con esa libertad aparente, pero sé que es una trampa, un engaño, pues ese mismo horizonte me envolvería en su manto gélido y rompería mi cuerpo frágil y quebradizo en un santiamén, como si fuese un pedazo de hielo.
Aprieto la mandíbula, me doy la vuelta y regreso de nuevo al campamento. Los soldados han tardado apenas unos minutos en levantarlo. No es nada sofisticado; han montado varias tiendas de cuero, que están desperdigadas por el terreno, y han encendido unas cuantas hogueras. Salta a la vista que este ejército no se deja amedrentar por el frío, ni lo utiliza como excusa para holgazanear o eludir sus obligaciones. Las inclemencias del tiempo no parecen desalentar a los soldados. No les afecta en lo más mínimo.
Cuando paso por la primera tienda, compruebo mis alrededores. Debo ser cautelosa y no bajar la guardia. Busco la silueta del comandante o de alguno de sus soldados. Sospecho que puedan estar agazapados entre las sombras, esperando a pillarme desprevenida y temo que se abalancen sobre mí e intenten hacerme daño, o algo peor.
Pero ahí no hay nadie.
No me fío ni un pelo de esa falsa libertad. A solas, merodeo por el campamento con los cinco sentidos bien alerta. No veo a ninguna de las monturas, ni tampoco a los guardias de Midas, aunque hay tantísimos soldados en este ejército que cuesta una barbaridad ver algo más que armaduras y cascos.
Aunque estoy al borde del desmayo y me duelen hasta las pestañas, me obligo a caminar un poquito más y a aprovechar estos instantes de soledad que la vida me está brindando porque quizá no vuelva a tener esta oportunidad nunca más.
Retrocedo en el tiempo. Cuando estaba en el barco pirata, el capitán Fane recibió un halcón mensajero que le alertó de la inminente llegada del comandante Rip. Eso significa que el comandante dispone, como mínimo, de un halcón, sino más. Necesito encontrarlos.
Paso de puntillas junto a las tiendas y rodeo a los grupos de soldados que disfrutan de una cena caliente alrededor de una hoguera. Voy recorriendo el campamento con la cabeza gacha y los ojos bien abiertos, buscando y observando cada rincón. Mis cintas se arrastran sobre la nieve tras de mí, dejando un rastro casi imperceptible a mi paso.
El aroma a comida recién hecha hace que mi estómago, vacío y furioso, emita un rugido petulante, pero no puedo sucumbir al hambre, ni al cansancio. «Todavía no.»
Dudo que guarden los halcones mensajeros en una tienda, así que ni me molesto en echar un vistazo. Imagino que transportan a los animales en carretas cubiertas con lonas, o algo parecido, y eso es precisamente lo que estoy buscando, aunque trato de disimular y sigo andando como vaga un alma en pena, sin rumbo fijo. No tengo que esforzarme mucho, la verdad, ya que no tengo ni idea de hacia dónde ir.
Los sonidos del ejército me rodean. Soldados charlando, hogueras crepitando, caballos relinchando. Doy un respingo cada vez que oigo una risotada ronca, cada vez que una chispa sale disparada de los troncos húmedos. Me sobresalto cada dos por tres porque, en el fondo, estoy esperando a que alguien me asalte en cualquier momento.
Siento la mirada de los soldados siguiéndome allá donde voy. Todo mi cuerpo está en tensión, pero, aparte de esas miraditas de desconfianza, nadie se acerca a mí. Y eso me desconcierta y me perturba. No sé qué pensar al respecto.
¿A qué está jugando el comandante Rip?
Y al fin, cuando tengo las botas empapadas por estar abriéndome paso entre la nieve y tiritando de frío, distingo una serie de carretas de madera cubiertas con lonas de cuero a varios metros de distancia, a las afueras del campamento.
El corazón me da un brinco y mi primer impulso es salir disparada hacia ellas, pero debo mantener la cabeza fría. No me atrevo a ir directa hacia ellas. No me atrevo a acelerar el paso.
En lugar de tomar el camino más corto, doy un buen rodeo y me obligo a seguir arrastrando los pies con cierta pesadumbre. Mantengo la expresión tímida y apenas levanto la mirada del suelo.
Después de ser lo más cautelosa, prudente y sigilosa posible, llego a las carretas. La oscuridad de la noche me ayuda a ocultarme entre las sombras.
Advierto una hoguera a unos diez metros de distancia, pero a su alrededor tan solo hay cuatro soldados, y están enzarzados en una discusión, aunque no consigo oír de qué se trata.
Con sumo cuidado, me acerco a la hilera de carretas y me voy asomando bajo las lonas. Trato de ser rápida porque lo último que quiero es que me pillen merodeando por ahí.
Las cuatro primeras carretas no están cubiertas. Están vacías y apestan a cuero sin tratar, por lo que intuyo que ahí deben de guardar las tiendas. Las siguientes están llenas de balas de heno y barriles de granos de avena para los caballos y, a continuación, descubro varias carretas a rebosar de provisiones para los soldados. Empiezo a perder la esperanza. Cuando llego a la última, distingo la forma cuadrada de lo que, a simple vista, podrían ser cajas… ¿Cajas para animales?
Me escondo detrás de esa carreta y rezo al gran Divino porque haya encontrado lo que andaba buscando. Inspiro hondo, echo un vistazo a mi alrededor y después levanto la lona para comprobar qué hay debajo. Y entonces se me cae el alma a los pies. La carreta no contiene jaulas, ni cajas para animales, tan solo pelajes de animales doblados y plegados.
Observo esa montaña de pieles durante unos segundos. Tengo la sensación de haber perdido una importante batalla, pero aun así me esfuerzo por mantener la compostura. Estoy exhausta y con los ánimos por los suelos, por lo que esa derrota sabe aún más amarga. Me invade el pánico. Siento el escozor de las lágrimas en los ojos y el insoportable peso del fracaso sobre los hombros.
«Por el gran Divino, ¿dónde diablos están?» Si no puedo avisar a Midas…
—¿Te has perdido?
Casi sufro un infarto al oír esa voz. Aparto la mano de la lona de cuero y me doy la vuelta. Miro hacia arriba, y arriba y más arriba. Frente a mí se alza un hombre tan alto que más bien parece un oso.
Le reconozco ipso facto. Su silueta es corpulenta y fornida, pero lo más sorprendente de él es su tamaño. Es descomunal. Si hurgo en mi memoria y regreso al barco pirata, recuerdo que Rip apareció flanqueado por dos soldados y, aunque llevaban el casco puesto en aquel momento, sé que el gigante que tengo enfrente era uno de ellos, el mismo que nos escoltó, a Rissa y a mí, por la rampa de desembarco.
Ahora, sin la armadura y el casco, veo que tiene la cara un pelín rechoncha y un agujero en el labio inferior en el que ha introducido una astilla de madera curvada que me recuerda al árbol retorcido del emblema del Cuarto Reino. Tiene varias tiras de cuero marrón atadas alrededor de esos bíceps abultados y se ha vestido con un atuendo de cuero negro.
Sé que suena extraño, pero me da la impresión de que es aún más alto y más corpulento que antes. Debe de sacarme unas tres cabezas, como mínimo, y luce unas piernas más gruesas que el tronco de un árbol, y calculo que sus puños deben de ser del tamaño de mi cara.
Genial. No puedo creerlo. ¿Tenía que descubrirme precisamente este cabrón?
En serio, no sé qué he hecho en esta vida que haya podido ofender tantísimo a las diosas.
Alzo la barbilla y miro a los ojos a ese monstruo de melena castaña. Doy las gracias por haber visitado la letrina antes porque es tan aterrador que cualquiera se mearía en los pantalones.
Me aclaro la garganta.
—No.
Él arquea una ceja espesa y tupida, frunce el ceño y me lanza una mirada de desconfianza. Los mechones se deslizan alrededor de su rostro, pero tiene el pelo un poco aplastado en la parte superior, señal de que acaba de quitarse el casco.
—¿No? Entonces, ¿que estás haciendo por aquí? Estás muy lejos de tu tienda.
¿Sabe dónde está mi tienda? Ese detalle me inquieta…
Me doy la vuelta, meto la mano bajo la lona y, sin pensármelo dos veces, cojo una de las pieles de la carretilla que tengo justo detrás. Me la coloco alrededor de los hombros y respondo:
—Tenía frío.
No se ha tragado ni una sola palabra que ha salido por mi boca.
—Oh, conque tenías frío. En ese caso, la mascota dorada de Midas debería haberse metido en su tienda.
Me ajusto esas pieles de color azabache, como si pretendiera abrigarme. Conozco muy bien a esta clase de hombres. No son más que matones de tres al cuarto. Lo peor que puedo hacer es dejar que me humille y pisotee, pues quedaría como un blanco demasiado fácil.
Alzo la barbilla en un gesto de amor propio.
—¿No se me permite pasear por el campamento? ¿Acaso me vais a encerrar ahí dentro en contra de mi voluntad? —le desafío, porque eso es justamente lo que espero de ese ejército, y no quiero andarme con rodeos, quiero ir al grano.
Él arruga aún más el ceño y el corazón me amartilla el pecho, como si quisiera salir de ahí y esconderse en algún lugar. La verdad es que no le culpo. Si este hombre quisiera, me cogería por el cuello y, con esas manazas rollizas, me lo partiría por la mitad.
Pero, en lugar de eso, se cruza de brazos y me escudriña, me repasa de pies a cabeza. Su postura no puede ser más espeluznante.
—Así que los rumores son ciertos. Te gusta vivir enjaulada, mascota.
La ira y la rabia fluyen por mis venas. Ya es la segunda vez esta noche que alguien se toma la libertad de juzgarme por vivir encerrada en una jaula. Estoy hasta la coronilla de comentarios mordaces y malintencionados.
—Prefiero estar a salvo bajo el techo del Rey Dorado que formar parte del ejército de un monarca podrido que se dedica a arrasar sus propias tierras —escupo.
En cuanto mis palabras se cuelan por sus tímpanos y llegan a su cerebro, el hombretón que tengo enfrente se queda inmóvil, como si se hubiese transformado en una estatua de hielo.
Sé que he metido la pata, que he cometido un error imperdonable. He cruzado una línea, y ahora no hay marcha atrás. He sucumbido a la provocación y, en lugar de morderme la lengua, he dado rienda suelta al miedo y a la ira. No me he comportado como la piedra inamovible que no se deja llevar por la corriente del río.
He pasado de ser la víctima al verdugo. Esa bestia me estaba hostigando, me estaba acorralando y, en vez de aguantar con estoicismo, le he pagado con la misma moneda. Y, teniendo en cuenta su tamaño, me temo que no ha sido lo más sensato, ni tampoco lo más inteligente.
Lo cierto es que no estaba prestando atención a los murmullos de los hombres que están sentados alrededor de la hoguera, pero ahora que han enmudecido el silencio me resulta atronador. Noto un matiz de emoción tensa en el ambiente, como si estuviesen impacientes por saber qué represalias va a tomar contra mí.
El corazón galopa en mi pecho, abrumado por el atronador latido, y me da la impresión de que en cualquier momento va a salírseme por la boca.
Con una hostilidad y odio que casi pueden palparse, el tipo se inclina hacia delante hasta que su cara queda a escasos milímetros de la mía. Su mirada emite el inconfundible brillo de la aversión, un brillo tan intenso que calcina todo el oxígeno del aire que hay entre nosotros, de manera que no puedo respirar.
Apenas levanta la voz, sino que más bien suelta el gruñido de un lobo. Se me pone la piel de gallina.
—Vuelve a insultar a mi rey y te juro que me importará una mierda de qué color es tu piel. Te fustigaré con un látigo, te arrancaré la piel de la espalda a tiras y no pararé hasta oír una disculpa por esa boquita.
Trago saliva.
Sé que no está exagerando, que habla muy en serio. Y no me cabe el menor atisbo de duda porque vislumbro esa animadversión en sus ojos. Sé que en este preciso instante me empujaría, me tiraría sobre la nieve y me torturaría.
Asiente con la cabeza sin apartar la mirada de mis ojos.
—Bien. Me alegro de que hayas decidido entrar en razón y mostrar un poco más de respeto —susurra. Todavía está demasiado cerca. Siento que sigue invadiéndome mi espacio, que sigue engulléndose el aire que necesito para respirar—. Ya no estás bajo el techo de oro del cretino de Midas. Ahora estás aquí, con nosotros y, si me aceptas un consejo, intenta ser más educada y, sobre todo, demuéstranos que sirves para algo.
Abro los ojos como platos. Sé leer entre líneas y lo que implican sus palabras… me aterra. Por lo visto, ese soldado es capaz de leerme el pensamiento porque enseguida añade una explicación.
—No me refería a eso. A ninguno nos interesa quedarnos con las sobras doradas de Midas —dice con una sonrisita desdeñosa, y suelto un suspiro de alivio, aunque me arrepiento al instante. No debería haberlo hecho—. ¿Quieres que tu vida sea más fácil? Pues entonces compórtate como el pajarito enjaulado que eres y empieza a cantar.
Y es entonces cuando encajo las piezas del rompecabezas.
—¿En serio crees que os daré información? ¿Que traicionaré a mi rey?
Él encoge los hombros.
—Solo si eres una chica lista.
El desprecio y el asco vibran en mi interior hasta crear una melodía atroz. No sé qué percibe en mi mirada, pero al fin ese gigante cruel se aparta de mí, se pone derecho y resopla.
—Hmm. Tal vez no lo seas. Qué lástima.
Cierro los puños.
—Jamás traicionaré al rey Midas.
Esa torre esboza una sonrisa maléfica.
—Eso ya lo veremos.
En mis entrañas, esa furiosa melodía se zarandea, se revuelca y se golpea. No sé qué me ofende más, que me considere una pusilánime que no se atreve a pensar por sí misma o una cobarde que es incapaz de rebelarse ante una injusticia.
—¿Dónde están las demás monturas? —pregunto de repente. Quiero tomar las riendas de la conversación y dirigirla a mi favor—. ¿Y los guardias?
No dice nada. La arrogancia emana de todo su cuerpo como si fuese vapor.
Me mantengo en mis trece.
—Si alguno de vosotros les hace daño…
Pero no me deja terminar la frase. Levanta la mano, mostrándome la palma. Advierto una vieja cicatriz, un corte que le atraviesa toda la palma.
—Ten cuidado con lo que vas a decir —gruñe—. A los soldados del Cuarto Reino no nos gustan las amenazas.
Echo un vistazo a mi izquierda. Los demás soldados, que siguen apiñados alrededor de la hoguera sin musitar una sola palabra, no pierden detalle de la conversación. Me miran fijamente, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas, y se crujen los nudillos. Su expresión es de odio profundo, un odio que se ve más acentuado por las llamas parpadeantes.
La advertencia, o el amago de advertencia para ser más exactos, que habría soltado para defender a mis compañeros de viaje se desvanece bajo el humo de esa amenaza tácita. Quizá estas sean las normas del juego. Quizá el comandante Rip me haya dejado campar a mis anchas por el campamento para que sus soldados me castiguen y me mortifiquen como les venga en gana.
El armario que se cierne sobre mí suelta una risita por lo bajo, y desvío la mirada de los soldados para posarla de nuevo en él.
—Y ahora largo de aquí. Tu tienda está por ahí. Supongo que la perra de Midas sabrá encontrar su caseta, ¿verdad?
Le lanzo una mirada asesina, pero él ni se inmuta. Se da media vuelta y se marcha pisoteando la nieve para sentarse junto a sus camaradas, que continúan observándome sin pestañear.
Me abrigo el pecho con ese retal de pelo negro y me giro, aunque sigo notando sus miradas afiladas clavadas en la nuca, como si fuesen la punta de una espada. Me alejo lo más rápido que puedo, pero sin llegar a correr. Oigo sus risas burlonas a lo lejos y se me sonrojan las mejillas.
Trato de seguir el rastro de pisadas que he ido formando sobre la nieve porque tengo las botas bien caladas y porque no sé si me quedan fuerzas para abrir otro camino que me lleve directa a mi carruaje y a mi tienda, o mi caseta, según se mire.
Tal vez sean imaginaciones mías, pero todos los soldados con los que me cruzo me dedican miraditas más incisivas, más malignas. Ninguno se digna a dirigirme la palabra, pero tampoco hace falta. La energía que rezuman me perturba de tal modo que no me queda más alternativa que claudicar.
Para ellos soy una enemiga que batir. Esperan que me desmorone, que me venga abajo. No tengo a ningún guardia pisándome los talones, pero da lo mismo. Me observan, me vigilan. Están listos para atacarme, para abalanzarse sobre mí. Y, sin embargo, ninguno lo hace.
Opto por ignorarlos, por no mirar a nadie, por ni siquiera pestañear cuando, al pasar por su lado, dejan de charlar y se quedan callados. Mantengo la mirada al frente mientras camino, a pesar de que me tiembla todo el cuerpo y de que el corazón me late a mil por hora.
Me da igual lo que piensen, no voy a traicionar a Midas. Ni ahora, ni nunca.
Con cada paso que doy con esas botas frías y empapadas, me maldigo en silencio. No he encontrado la carreta en la que guardan a los halcones mensajeros y, para colmo, he sido torpe y negligente; en lugar de pasar desapercibida, ese soldado me ha pillado in fraganti. Si pretendo sobrevivir al ejército del Cuarto Reino, tengo que ser más hábil, más inteligente, más sigilosa.
Y más fuerte. Se avecinan días difíciles y no puedo desfallecer.
Siento que la ira se arremolina en mi pecho y, sin darme cuenta, cierro los puños dentro de los bolsillos del abrigo. Mañana. Volveré a intentarlo mañana. Y pasado mañana también. Y al otro. Y al otro.
No pienso rendirme hasta haber rebuscado en cada rincón de este maldito campamento y haber encontrado una forma de alertar a Midas. Y hasta que llegue ese momento, no voy a desanimarme, ni a derrumbarme. No pienso darles nada que puedan utilizar en contra de mi rey.
El comandante me considera tan poca cosa que ni siquiera me ha puesto un guardia para que vigile todos mis movimientos. Bien, pues pienso devolvérsela multiplicada por diez. Tendrá que tragarse toda esa petulancia y chulería y, mientras lo hace, yo me dedicaré a disfrutar del momento con una sonrisa pegada en mis labios de oro.
Creen que, tarde o temprano, terminaré cediendo y me doblegaré ante ellos. Pero voy a demostrarles que no soy de esa clase de monturas.