Destello
Capítulo 5
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5 Auren
Mi sentido de la orientación me juega una mala pasada y me pierdo en mitad del campamento. Supongo que he debido de tomar un atajo y he acabado dando un buen rodeo, porque de repente veo que vuelvo a pasar junto a un grupito de soldados que ya he visto antes.
Se ríen entre dientes e intercambian miradas de complicidad, pero ninguno se digna a darme indicaciones para llegar a mi tienda y, a decir verdad, prefiero no preguntárselo. Tengo el presentimiento de que, aunque les pidiese ayuda, no me la ofrecerían.
Por fin diviso el carruaje negro en el que me he pasado todo el día enclaustrada. Suspiro, aliviada. Aunque me he cubierto la cabeza con la capucha, estoy muerta de frío y me castañetean los dientes.
De camino al carruaje, me doy cuenta de que la tienda que el comandante Rip ha dispuesto para mí está bastante alejada del resto del campamento. En lugar de estar apiñada junto a las otras tiendas, la han instalado a las afueras.
Me detengo frente al que va a ser mi hogar esta noche y echo un vistazo a los alrededores. La tienda más cercana a la mía está a varias decenas de metros de distancia. A primera vista podría parecer algo bueno, ya que así puedo disfrutar de más privacidad que el resto, pero lo cierto es que me asusta un poco.
Solo se me ocurre una razón por la que montarían mi tienda tan apartada de las demás. Les ofrece la oportunidad de colarse en ella a hurtadillas y hacer conmigo lo que les plazca sin que nadie se entere de nada. Así es más fácil que otros soldados hagan la vista gorda y después aseguren no haber visto ni oído nada sospechoso.
Con un nudo en la garganta que no soy capaz de deshacer, doy un paso adelante y, casi de inmediato, arrugo la frente. Alguien se ha tomado la molestia de apartar la nieve con una pala hasta la portezuela de lona de la tienda, despejando así el camino para que no tenga que hundir las botas en esa gruesa capa de nieve.
Compruebo mis alrededores otra vez, pero no veo a nadie vigilándome. La hoguera más cercana está bastante lejos y los soldados, sumidos en la sombra, parecen estar charlando, por lo que intuyo que no me están prestando la más mínima atención.
¿Por qué alguien iba a cavar un caminito en la nieve para que una prisionera pudiera acceder a su cárcel sin mojarse los zapatos? Un fugaz vistazo al resto de las tiendas me basta y me sobra para darme cuenta de que soy la única que goza de ese privilegio. Enseguida distingo las ristras de pisadas que conducen a las tiendas vecinas.
No consigo deshacerme de esa inquietud, de ese desasosiego, pero aun así levanto las solapas de cuero negro, me agacho y me adentro en la tienda. En cuanto pongo un pie dentro me recibe un resplandor agradable y cálido, algo que mi cuerpo tembloroso agradece sobremanera.
Me descalzo en la entrada, me sacudo los copos de nieve del vestido y del abrigo y después contemplo el espacio.
El farolillo que alumbra la tienda está colocado sobre un cubo que han dispuesto del revés, pero el delicioso calor que acompaña a ese fulgor anaranjado proviene de una pila de brasas aún ardientes que hay en el centro de la tienda, sobre el suelo. Rodeadas por un anillo de piedras ennegrecidas, emiten una calidez tan familiar que incluso me entran ganas de echarme a llorar.
Advierto una montaña de pelajes de animal en una esquina, todos del mismo negro azabache, y un camastro en la otra. Tal y como el comandante prometió, ahí está esperándome una bandeja de madera con mi cena. Incluso han tenido el detalle de dejarme un cántaro lleno de agua, un pedacito de jabón y un paño.
Compruebo de nuevo las portezuelas de cuero. No hay forma humana de cerrarlas desde dentro. Pensándolo bien, ¿de qué serviría un cordón de cuero? Si alguien quiere entrar aquí, lo hará igualmente.
Me muerdo el labio y sopeso mis opciones. No puedo quedarme aquí como un pasmarote y muerta de miedo por lo que pudiera pasar. Me quito la manta de pelo negro que llevo sobre los hombros y la extiendo sobre el suelo, aunque la verdad es que hay varias alfombras de pelo que evitan que la nieve empape el suelo de lona. Me siento, cruzo las piernas y coloco la bandeja sobre el regazo.
Hay un trozo de pan y una porción de carne sazonada, además de un cuenco a rebosar de una especie de caldo. Aunque es la modesta ración de un soldado, la boca se me hace agua y el estómago me ruge, como si fuese el manjar más sabroso y apetecible que jamás hubiese visto.
Devoro la cena en un periquete, y no dejo ni las migas. Me llevo el cuenco a los labios y me bebo el caldo de un solo sorbo, sin tan siquiera hacer una pausa para tomar aire. La comida me llena el estómago y calma esa hambre voraz. Me siento mucho mejor al instante.
Una vez terminado el banquete, me chuperreteo los dedos y me relamo los labios. Ojalá me sirvieran otra ración, aunque sé que soy afortunada por haber podido disfrutar de esa cena. Deben racionar las provisiones mientras dure la travesía, y presiento que a los soldados no les haría mucha gracia que su prisionera les exigiera más cantidad de comida.
Echo un trago a la cantimplora. El agua, aunque potable, está helada. No hace falta ser un genio para saber que es nieve derretida. Está tan fría que incluso me duelen los dientes, pero me da lo mismo porque siento que mitiga la sed al instante.
Ahora que ya he aplacado el hambre y la sed, las tentadoras pieles de animales parecen gritar mi nombre, pero sé que antes debo asearme. Quizá sea producto de mi imaginación, pero juraría que tengo el olor del capitán Fane pegado en el cuerpo y necesito librarme de él cuanto antes. A lo mejor, si me froto bien la piel, también consiga deshacerme del recuerdo de esas manazas agarrándome por el brazo, del tiempo que compartí a su lado en el barco pirata.
Todavía llevo puesto el abrigo que le robé de su camarote, lo cual estoy convencida de que no ayuda mucho, pero no puedo tirarlo a la basura. No tengo nada más que ponerme y, además, le di a Polly mi otro abrigo.
Con cuidado de no doblar o estropear las plumas parduscas que decoran la espalda y las mangas del abrigo, lo extiendo sobre el suelo y, en un abrir y cerrar de ojos, me quito ese vestido de lana gruesa. Al desnudarme sin la inestimable ayuda de mis cintas siento que me falta algo, un brazo… o veinticuatro, para ser más exactos.
Dejo que el vestido se deslice por mis piernas y después me quito esos gruesos calcetines de lana. Me quedo solo con la camisola interior dorada y, a pesar del calor que desprenden las brasas, no puedo dejar de temblar. Debo darme prisa porque no me fío de esta aparente privacidad. No me fío ni un pelo. Sin pensármelo dos veces, acabo de desvestirme. Las manos me tiemblan de frío, pero también de nervios.
Estoy totalmente desnuda y, por primera vez, puedo verme las heridas. Tal y como suponía, tengo un cardenal enorme en las costillas, justo donde el capitán Fane me pateó.
Paso los dedos sobre la zona adolorida y deslustrada, y ese suave roce en mi piel hace que resople de dolor. Tiene peor aspecto de lo que imaginaba. Todo el costado izquierdo de mi torso se ha teñido de un color negruzco y ha perdido todo su brillo original; a simple vista, parece que alguien me haya restregado hollín por la piel.
Aparto la mano, me acerco al cántaro y vierto el agua en un cuenco bastante profundo. Sumerjo el paño en el cuenco, convencida de que se me van a congelar los dedos, y me llevo una grata sorpresa al comprobar que está tibia por el calor de las brasas.
Todas esas pieles con las que resguardarme del frío, esa tienda modesta pero privada, las brasas calientes, la ración de comida, la cantimplora con agua de verdad, y no con un cubito de hielo dentro, sin guardias siguiéndome a todas partes, sin grilletes ni esposas que impidan moverme con total libertad… Todo esto me huele a chamusquina. Sospecho que forma parte de un soborno que el comandante ha preparado y calculado al milímetro. Estoy segura de que está esperando a que muerda el anzuelo.
Ese tipo no improvisa, no hace nada que no esté premeditado. Quizá su maquiavélico plan consista en tratar de convencerme de que, mientras permanezca a su lado, no voy a correr ningún peligro. Quiere engañarme para que me relaje, para que me ablande, para que baje la guardia. Pero no pienso caer en su trampa. De hecho, voy a intentar aprovecharme de la situación.
Sin dejar de darle vueltas al asunto, me humedezco un poco la piel, paso ese trocito de pastilla de jabón por todo el cuerpo, incluidas las cintas, y después retiro la espuma con un buen chorro de agua tibia.
Me estoy frotando el brazo cuando, de pronto, advierto una mancha carmesí en el paño. Me quedo mirando esa pincelada durante varios segundos, a sabiendas de que es sangre. Sangre de Sail.
No sé por qué me ha sorprendido tanto ver esa mancha. Aunque en el barco pirata me calé hasta los huesos, es lógico que todavía tenga gotas de sangre en el cuerpo. Lo sujeté mientras se desangraba, moribundo, y lo acuné entre mis brazos cuando dio su último aliento.
Sin embargo, cuando veo esa mancha de color rubí, se me humedecen los ojos. Era lo único que me quedaba de él. Puede parecer extraño, pero esa gota es su vida. Y estoy a punto de limpiarla, borrando así el último vestigio de Sail.
Me tiembla el labio y siento que en cualquier momento voy a romper a llorar, así que me obligo a mordérmelo para contener las lágrimas. Sail ha muerto. Jamás volveré a ver esa sonrisa honesta, ni esa mirada color azul, pero siempre recordaré sus últimas palabras. «Todo saldrá bien.»
Fue culpa mía.
Me aseo el resto del cuerpo a toda prisa, sumida en la pena y la nostalgia. De repente se me enturbia la visión, como si un banco de niebla se hubiese inmiscuido en la tienda. Ojalá supiera dónde está Digby. Me costaba menos conciliar el sueño cuando sabía que estaba cerca de mí, vigilándome.
Ahora, en cambio, me siento muy sola.
Prefiero no lavarme el pelo. No quiero ni pensar en la cantidad de nudos y enredos que debo de tener y, en mi estado actual, no me veo con las fuerzas ni con el ánimo de cepillar todos los mechones largos y dorados sin la ayuda de mis cintas. Mañana. Me encargaré de adecentarme el cabello mañana.
Me acerco a las brasas para secarme un pelín más rápido y, aunque siguen muy calientes, tardo un buen rato. A pesar de que la temperatura es agradable, se me pone la piel de gallina desde las pantorrillas hasta el pecho.
Cuando estoy seca, me inclino para recoger la camisola y, en ese preciso instante, la portezuela de cuero de la tienda se abre.
Una ráfaga de aire frío se cuela por el agujero y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Me quedo petrificada, pero no por esa súbita corriente helada, sino por un motivo totalmente distinto.
El comandante Rip acaba de entrar en mi tienda.