Destello

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La vid dorada

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La vid dorada

SSEGUNDA PARTE

Este miserable la adoraba

a esta vid dorada.

Una sonrisa esbozaba

ante el brillo que emanaba.

Él le entregó cuanto tenía,

y la vid dorada respondía.

Celebraba con alegría

cada centímetro que la vid crecía.

Pero pronto la vid prosperó

y todo el jardín ocupó.

Sus raíces extendió

y en el hogar del miserable se inmiscuyó.

Hojas y ramas de la vid dorada

cada rincón de la casita ocupaban.

Allá por donde el miserable pasaba,

espinas y astillas le pinchaban.

Todos los muebles sacó

y a un fatídico destino los condenó.

Toda su casita vació

y hasta las ventanas arrancó.

Con cada ofrenda que le hacía

más grande la vid dorada crecía.

Hasta que el brillo áureo cubrió

cada baldosa y alféizar que encontró.

Este miserable atesoraba

cada pétalo y hoja de la vid dorada.

Su piel estaba arañada y marcada,

pues la vid tenía púas afiladas.

De todo su cabello se despojó,

pero la avaricia del miserable no menguó,

así que sus uñas le ofreció

y una a una se las arrancó.

Para ver la vid dorada florecer

sobre sus tallos las dejó caer.

El oro nubló su buen juicio,

y jamás se recriminó tanto sacrificio.

Las flores eran hermosas,

de oro, relucientes y muy valiosas.

Mas con las manos lastimadas

el miserable no podía tocarlas.

Su codicia era insaciable,

y con los dientes las cortó el miserable.

Los tallos de las flores mordió

y a buen recaudo los guardó.

Escondió en todos los rincones

varios centenares de flores.

Tantas flores de oro ocultó

que sin espacio en casa se quedó.

El viejo miserable no se atrevía

a venderlas a sus vecinos,

pues si su hermoso tesoro se descubría,

su casa se llenaría de cretinos.

Jamás se desprendió de una flor

y por siempre en su casa se quedó.

A sus seres queridos les dio la espalda,

pues creía que era la opción más sensata.

Mimaba, arrullaba y acunaba

cada rosetón dorado que cortaba.

La vid dorada crecía y crecía

mientras él susurraba: «Eres mía».

Mas sin presentes ni dádivas

la vid dorada se marchitaba.

Preso del tormento y la desesperación

el miserable tomó una decisión.

Cuando a la vid dorada hubo agasajado

y todas sus uñas hubo arrancado,

el miserable de valor se armó

y la nariz y las orejas se cortó.

Con la sangre que el miserable derramaba

los pétalos de la vid su brillo recuperaban.

Pues gracias al constante goteo carmesí

la vid seguía creciendo con gran frenesí.

El viejo miserable se desangraba

y su fortuna dorada multiplicaba.

Dejó que sus venas se colapsaran,

que el latido de su corazón aminorara.

La vid dorada le sorbía la vida, gota a gota,

como un colibrí sorbe el néctar de una flor.

El cuerpo del miserable en su casa yacía,

sumergido entre raíces y hojas doradas.

La vid dorada no cesaba de crecer,

y sus brotes dorados por la colina empezaron a florecer.

El manto de oro se fue expandiendo,

y cada hueco y recoveco fue cubriendo.

Pero él deseaba más y más,

pues la usura del miserable no conocía límites.

Y así fue como los ojos se arrancó,

y sus cuencas en dos agujeros vacíos convirtió.

Sin un lecho en el que descansar,

y sin más lágrimas que llorar,

el miserable era feliz, pues su vid dorada

era lo único que anhelaba.

CONTINUARÁ…

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